Franziska ahogó un grito, ambos estábamos igual de desconcertados, perplejos y confundidos, mi mirada reparó en la cicatriz de bala que resaltaba en su pálida piel, sentí un escalofrío al verla. Ella puso su brazo izquierdo sobre su pecho para asegurar aún más la blanca toalla que cubría su torso y comenzó a arrojarme cosas que tenía a la mano; tratando de esquivarlas caí al suelo. Pude diferenciar una botella de shampoo, una barra de jabón, mi rastrillo y una jabonera de acero, de igual manera observé cierto objeto de apariencia cuadrada que resultaba casi desconocido para mí, aunque estaba seguro de haber visto algo parecido antes.
-¡¿Acaso eres estúpido?!-me gritó con una notable furia en sus ojos y en su voz-¡¿Nunca te enseñaron a tocar la puerta del baño antes de entrar?!-
-¡Caramba, Franziska! ¡Esta es mi casa y vivo solo! ¡No es necesario!-grité aún más fuerte. Ella se sobresaltó ante mi respuesta, al parecer no me creyó capaz de responderle de tal manera.
-¡Idiota!-me gritó cuando pudo reaccionar, giró su cabeza como buscando algo, temí lo peor, sabía que estaba buscando su látigo aunque debo admitir no la creí capaz de ingresar a la ducha con su fiel amigo de cuero. Después de varios segundos de búsqueda fallida, tomó una toalla que se encontraba a lado suyo y la enrolló de modo que pudiera servir de la misma manera que su compañero, se acercó a mí y comenzó a azotarme con mi toalla.
-¡Franziska, tranquila!-imploré a la yegua desbocada pidiendo un poco de misericordia.
-¡¿Acaso no reaccionarías de igual manera, Miles Edgeworth, si alguien te atrapara semi desnudo?!-gruñó mientras seguía con los azotes mientras yo cubría mi cabeza con mis brazos.
-De hecho, Franziska, tú igual lo acabas de hacer-Touché. Le recordé para que notara que yo me encontraba solamente usando el pantalón de pijama, esperaba que así entrara en razón. Entornó los ojos para después ponerlos como platos y gruñir aún más fuerte. Definitivamente ella tampoco esperaba eso.
-¡¿Cómo te atreves, grandísimo estúpido, a responderme de esa manera?!-prosiguió con los golpes a mi ya adolorido cuerpo.
-Franziska, por favor…-quité los brazós de mi nuca, volví la mirada hacia ella para encontrar mis ojos con los suyos, pero todo el embroyo me había hecho olvidar que von Karma se encontraba justo arriba de mí… Usando solamente una toalla, para ser específicos. Traté de enmendar mi error y no ver más de lo que debía cerrando mis ojos y volteando de inmediato hacia el suelo, pero ella dijo:
-¡Enorme imbécil pervertido! ¡¿Qué es lo que acabas de hacer, maldito enfermo?!-juro que perdí la cuenta de los azotes que me había dado después de 26, yo ya estaba perdiendo la conciencia.
-Franziska, ¡te juro que no vi nada!-
-¡Me las pagarás, maldito enfermo pervertido!-
Yo no sería capaz de golpear a una chica, mucho menos a alguien como Franziska y con más razón si mis sentimientos hacia ella eran demasiado fuertes, pero mi instinto de supervivencia hizo que buscara en el suelo las cosas que ella me había arrojado antes para aventarlas de regreso a ella; mi intención no era lastimarla, pero al menos sí distraerla para poder salir huyendo al baño y estar a salvo. Alcancé el jabón y lo arrojé lejos de ella de manera que sirviera como distractor, al igual que la botella de shampoo. Al tomar el objeto cuadrado que se encontraba en un extraño envoltorio, pude notar que era acolchonado. Un escalofrío recordó mi cuerpo al reconocerlo: una toalla femenina. Tragué saliva.
-¡Menudo imbécil!-vociferó la dama alemana arrebatando ese objeto de mi mano, recogió sus cosas del suelo y huyó a mi habitación encerrándose, Pess comenzó a ladrarle.
-Tranquila, bonita-le dije a mi mascota, ella comenzó a lamer mi frente la cual apenas y me dolía.
Me levanté y me dirigí a la ducha esperando que cuando hubiera terminado, Franziska ya estuviera fuera de mi casa, por lo que demoré más de lo normal bañándome y tratando de reflexionar por qué ella seguía en mi casa.
Consideré el hecho de que tal vez en realidad sí me había comportado como un pervertido al encontrarla en mi ducha de esa manera, después de todo solo había visto a Franziska con poca ropa una sola ocasión cuando su madre nos llevó a la playa a escondidas de Manfred von Karma. Ella tenía 9 años y yo 16.
-Miles, por favor no vayas a decirle algo a Manfred-me había rogado la buena mujer. La pobre señora vivía prácticamente amenazada por su tirano marido y nos trataba de dar una vida normal cada vez que podía, siempre y cuando el señor no se enterara.
-No lo haré, señora-le prometí, a lo que ella me sonrió dulcemente.
Manfred era mi mentor y yo debía de serle completamente fiel, sí, pero sabía que la manera en la que trataba a su hija, a su mujer y en parte a mí no era correcta.
-Esa mujer de verdad es extraña-dije para mis adentros refiriéndome a Franziska. Traté de quitar de mi mente la imagen de la señorita semi desnuda, lo cual era casi imposible. Su figura era mucho más bella que la de las hermosas mujeres que aparecían en las pinturas renacentistas, que las estatuas griegas, ¡Dios! ¡Había sido como ver a la mismísima Afrodita!
Tragué saliva al recordar la horrible cicatriz de bala marcada sobre el hombro izquierdo. Suspiré y terminé mi baño. Salí vestido por si las dudas, pero no observé algo extraño, al parecer no había presencia de Franziska. Entré a mi habitación a hurtadillas con temor de encontrarla ahí maquillándose frente al espejo o arreglándose las medias, pero vi nada, sólo a mi Pess esperando por mí en el suelo. Soltó un ladrido amistoso.
Me vestí, me peiné y me perfumé para después dirigirme a la cocina, ahí encontré a una mujer joven y peliazul sirviendo jugo en un par de vasos.
-Miles Edgeworth- dijo a modo de saludo. Ya se encontraba maquillada, arreglada aunque con el cabello algo húmedo.
-Franziska, ¿por qué sigues aquí?- repuse serio, su expresión indicó que no esperaba probablemente que me dirigiera a ella de esa manera, puso los ojos como platos y luego bajó la mirada con tristeza.
-Vaya, Miles, realmente lo siento- dijo apenada- No quise ser cruel contigo en el baño y no tenía motivo alguno para serlo, tú no tenías ni la más mínima idea de que yo seguía en tu casa; hizo una mueca.
-La culpa fue mía- admití –Debería tener más cui…-.
-No sabías que yo me encontraba aquí; es tu casa y fue irrespetuoso de mi parte alterarme de tal manera. Miles Edgeworth, discúlpame-.
Hice una mueca y asentí, sólo para no comenzar un pleito mayor con Franziska. Bebí el jugo que había servido anteriormente, ella colocó en el desayunador un par de platos con fruta picada y pan tostado. Comenzamos a desayunar a la par.
-Y bien, ¿tienes planes para hoy?- inquirió dulcemente antes de morder su pan.
-En realidad sólo pensaba ir a la fiscalía para seguir analizando unos cuantos casos, después pensaba volver a casa y pasar un buen rato con Pess… - respondí, pero fui interrumpido.
-¿Te gustaría dar un paseo conmigo?- me preguntó de manera que pareció casi una súplica, con un brillo especial en sus ojos y frunciendo el ceño.
-¿Qué?- inquirí sin pensarlo, fue un impulso. Ella bajó la mirada.
-Bueno, quiero compensarte por mi actitud de esta mañana, y pienso que podríamos ir a aquel restaurante que te recomendó el juez hace un par de días- sonrió guiñándome el ojo recordándome la mentirilla que le había dicho la noche anterior –Yo tengo el día libre… Pero es sólo si tú quieres-.
-Me parece buena idea- le sonreí; ella respondió con el mismo gesto.
Terminamos de desayunar en silencio, le comenté que el café, el jugo y el resto de la comida le había quedado delicioso; el arte culinario nunca había sido su fuerte, de hecho yo sabía que ella casi detestaba cocinar, por eso me sorprendió el hecho de que ella misma preparara nuestros alimentos. Franziska insistió en lavar los trastos y limpiar la cocina. Probablemente a varias personas les parecería machista, pero verla realizando deberes del hogar me encantaba, se veía preciosa, como toda una ama de casa; decidí ayudarle y su opinión fue que "Me veía como todo un hombre de familia", me ruboricé al oírla decir eso.
-Es curioso verte así, Miles Edgeworth- admitió –Aunque no te imagino casado.
-¿Hablas en serio?- inquirí, ella asintió con la cabeza.
-Creo que es más probable que yo consiga marido y me case antes que tú- dijo riendo para después para en seco, cambiar su expresión y seguir ayudándome en los deberes. Su cambio de ánimo fue demasiado brusco; me sorprendió y a la vez no.
Yo bien sabía que Franziska había estado comprometida hace mucho tiempo, por lo que supuse esa fue la razón de su reacción; aunque en un principio se había negado rotundamente, con el paso del tiempo se había resignado y hasta había llegado a quererlo… Se enamoró. Yo lo había conocido por supuesto: Francesco Sartori-Bisognin IV. Apuesto, alto, carismático, amante de los deportes, los niños y las aves exóticas, buen nadador, excelente en la equitación y, obviamente, millonario. Sin contar la hilarante ironía de su nombre de pila, el cual hacía juego con el de mi adorada Franziska, todos creían que era perfecto para ella… Hasta que salió a la luz su mayor defecto: su enorme cobardía.
Franny había quedado comprometida cuando solamente tenía 14 años de edad, ¡pero qué locura emparejar a una niña que apenas entraba a la adolescencia con alguien tres años mayor que ella! Todos sabían que no disfrutaría su juventud, no tendría citas, no conocería muchachos fuera de la corte y, a pesar de que el matrimonio estaba programado para que se realizara 10 años después, sabíamos que ella no viviría de la misma manera, como sus amigas, como las chicas de su edad. Manfred la había comprometido con la esperanza de aumentar la fortuna de los von Karma (sí, aún más), y volverlo así el imperio Sartori-von Karma, la hija de un prestigioso fiscal con el primogénito de un pomposo empresario italiano dueño de varios barcos de lujo, pero fue gracias al padre de la novia y a sus anteriores crímenes que el compromiso se disolvió.
Días después del juicio del señor von Karma, cuando la noticia llegó a oídos de la familia italiana. Francesco, el cual temía ser investigado por ciertos tratos ilegales y llevado a la corte al tener estrecha relación con la poderosa familia alemana, decidió terminar a Franziska argumentando falsamente que no estaba 100 % seguro y que quería que tanto él como ella vivieran un poco más antes de cargar con un compromiso. Ésto, por supuesto, destrozó a la joven fiscal quedándose así sin padre y sin prometido, y endureciéndo aún más a la piedra que era ahora.
-¿Entonces qué? ¿Saldrás conmigo esta tarde?- me preguntó la peliazul sacándome de mis pensamientos.
-Oh, sí, sí- respondí con una vaga sonrisa, ella igual sonrió. Subí a mi cuarto, verifiqué que estuviera bien arreglado y presentable, guardé las cosas necesarias en mi portafolio y bajé a la sala, en la cual la mujer más hermosa que hubiera visto me esperaba.
Comentario de la autora:
Ahora sí, ¡YA PUBLIQUÉ! ¡AVIÉNTENME JITOMATAZOS POR SER UNA LOSER QUE NO LLEGA A TIEMPO! Publico hoy celebrando el lanzamiento del Spirit of Justice. ;v; (?) Gracias a las dos mujeres guapetonas que me comentaron. x3 Y bueno, me han pasado miles de cosas (luego les contaré cuales) y por eso apenas volví, perdón por publicar hasta apenas. Y sí, ya sé lo que he dicho respecto a los capítulos cortos, que los odio, aborrezco, etc., pero prometo que los siguientes serán máaaaaaas largos. En fin, gracias por leer. Los quiero. 3
