Capítulo 3: Ceremonia.
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"No despiertes, estamos soñando de nuevo con un mundo de fuego.
Abre los ojos, y tu mundo se volverá vacío como el mío."
Cinders
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Fue toda una hazaña, peligrosa, por cierto, pero Erwin finalmente permitió que la ceremonia tuviese lugar, siempre y cuando no cayese en lo vulgar. Debía que ser tal como lo había propuesto Pixis: una ceremonia tranquila, con aperitivos, pero sin escándalos, ni borracheras, ni música estrambótica del tipo de música que se oye en las cantinas del pueblo. Si iba a conmemorar a los caídos y a honorarnos por el esfuerzo, tenía que ser algo muy formal y elegante. La vestimenta iba incluida en eso.
Nunca pensé que, luego de estar en desacuerdo, fuese Erwin quien pidiese que la vestimenta fuese elegante. Sin embargo, entendí que era un asunto serio y no menos importante. También se pidió que los trajes fueran de tonos oscuros y no carnavalescos. El tema era que no podía resultar pintoresco, por respeto a quienes habían fallecido, pero a mí me sonó más a que Erwin no quería levantar extrañas sospechas para el pueblo. Otra de las cosas que me dio esa idea fue que se había estipulado que la ceremonia tomase lugar en el castillo, pero, de todas formas, Pixis iba a dar el veredicto puesto que, según él mismo, podía hacer indagaciones para conseguir un lugar más digno. De todas formas, el orden, decoración y limpieza iba por parte de nosotros.
Nos dieron una semana para organizar todo. Los chicos estarían a cargo de la limpieza y nosotras de la cocina. Yo hubiese preferido compartir las tareas del aseo, porque la cocina no se me daba muy bien. Tampoco mal, pero prefería no arriesgarme. Las demás soldados me dieron ánimos y dijeron que solo tenía que ayudarlas, por lo que accedí de todos modos mientras no tuviese que manejar ollas ni hornos.
Pixis cumplió con lo suyo y se consiguió de locación el castillo de un magnate; quedaba cerca del bosque donde solíamos entrenar. Haríamos uso del salón principal para la ceremonia. Era suficientemente amplio como para acomodarlo todo. Las mesas y el podio dónde Erwin iba a tener que dar el discurso. Y para la tranquilidad de todos, estaba lejos del pueblo.
Teníamos listo el lugar y una semana a favor para organizar los preparativos, porque justo ahora habíamos conseguido agotar todas nuestras fuerzas con la expedición.
Yo estaba recuperándome del golpe que me había dado en la cabeza. Si me tocaba cerca de las sienes, podía sentir las marcas que me habían quedado, sin embargo, eran detalles ínfimos que desaparecerían con el tiempo y algunos ungüentos aplicados con frecuencia. Por lo menos, el dolor había cesado y eso era lo importante, que las jaquecas no continuaran impidiéndome el contento de dormir.
La semana transcurría fugaz. Una tarde de esos días, fuimos con Armin y Eren al terreno para entrenar o al menos esas eran las intenciones, ya que no terminamos haciendo ni la mitad de eso. Partimos con trotes un par de minutos, para luego ir hacia el bosque a probar los equipos, pero no hubo caso. El día estaba perfecto para hacer de todo menos entrenar. Nos fuimos a caminar por allí, bordeando el bosque mientras conversábamos. Recorrimos todo el terreno y salimos hacia las áreas verdes. No nos dijimos nada, nos movimos casi por inercia, y eso era aquello que me encantaba de estar con mis amigos, poder comunicarnos sin hablar, que nos entendiéramos casi por instinto. Eran lazos que solo se pueden tener con personas que son casi como familia y te conocen de hace muchos años.
Transitábamos tranquilos, a paso lento, como si no tuviésemos mayores preocupaciones; Eren, yo al medio y Armin. Parecíamos vivir dentro de un mundo pacífico, donde no existían los titanes, y fue conmovedor poder experimentar esa falsa sensación, aunque fuese por unos minutos. Hacía mucho tiempo que no conversábamos de esa forma, me pareció que nos reencontrábamos después de mucho tiempo y nos poníamos al día con todo lo que nos había pasado hasta entonces. Sin embargo, los temas fueron triviales hasta que…
—Siento que lo de la ceremonia es una tontería —soltó, de repente, Eren, un poco cabizbajo.
Armin se quedó viéndolo sin emitir ningún sonido. Me esperaba que Eren realizara un comentario de esa índole, porque no le había oído reclamar y eso era extraño, sin contar el hecho de que siempre estaba en desacuerdo con todo y que no había dicho nada desde que Erwin había aceptado la ejecución del evento. Pero yo no podía estar más en desacuerdo y se lo hice notar.
—No lo es —afirmé con dureza—. Eren, te he dicho muchas veces que, si no tienes las fuerzas para estar aquí, es mejor que desistas.
—Mikasa —intervino Armin, quien, de seguro, asumía que una discusión venía de camino.
—¿De qué hablas? —se molestó—. ¿Qué tiene que ver eso?
—Rechazas la idea por quienes murieron, ¿no es así? Crees que está fuera de lugar. Si vas a llorar, mejor vete y haz otra cosa con tu vida. Creo que es más digno formalizar una conmemoración en su honor, que olvidarlos para siempre como un simple número —estaba un poco molesta y sentí haberle dicho eso, pero buscaba la manera de manifestarle cuanto me dolía su forma de ser, aún si era en una situación tan fuera de contexto.
—Mikasa tienen razón —Armin hablaba como si tuviese miedo de comentar—. Es hora de que tomemos cartas en el asunto y los despidamos de forma digna… si alguno de ustedes muriese, yo no podría hacer como si nada o menos olvidarlos, ni mucho menos permitir que sus nombres no sean recordados como guerreros de la lucha por la salvación de la humanidad —se emocionó un poco, haciendo que Eren y yo nos quedásemos viéndolo con la boca abierta.
—Armin… —Eren había suavizado su expresión.
—Es por eso, Eren, que no deberías creer que es algo estúpido. Solo estamos humanizándonos un poco más —le dijo, mirándolo compresivo.
Eren bajó el rostro con la misma expresión que bosquejaba cuando lo reprendían y se quedó pensativo durante mucho tiempo. Seguimos recorriendo y, en un momento, cuando la tensión había disminuido, me acerqué más a Armin, tomándolo del brazo.
—¿Sabes, Armin? A veces me gustaría que fueses lo suficientemente pequeño para llevarte en mi bolsillo a todas partes —le saqué una sonrisa y Eren gruñó. Sabía que lo estaba molestando.
Así que con esa conversación algunas cosas quedaron en claro y ya no se hablaría más del tema. Íbamos a esforzarnos y la ceremonia saldría bien, no podíamos permitirnos bajar la guardia o nos hundiríamos, porque no importaba que tan absurdo pudiese parecerles a algunos, después de cien años cantábamos la primera victoria y era bien merecido celebrarla y glorificar a quienes nos permitieron que fuese así. De no ser por quienes habían muerto, hubiésemos perdido gran parte de los carros y no fue sino gracias a su resistencia que habíamos llegado en integridad.
Los días acontecían impalpables, porque entre tantas cosas que había que hacer, el tiempo se hacía omnipresente. Transcurría expedito entre la rutina y las arduas tardes de trabajo que nos costaba llegar al castillo que Pixis había conseguido, y ponerlo de cabeza para que estuviese en óptimas condiciones. Teníamos pensado dejar la decoración terminada un día antes de la ceremonia, y el mismo día en que tomaría lugar, terminaríamos de cocinar para que la comida estuviese fresca y recién preparada. No constaba más que de bocados, pastelillos y demás, nada tan sofisticado porque el comandante Erwin también había hecho énfasis en eso.
Durante la noche, las habitaciones de los soldados tenían más vida que nunca y solo por el hecho de que a todos los tenía con cierta motivación la ceremonia. Mis compañeras no eran la excepción. Yo intentaba buscar en mi mente algún tema de conversación para unirme al murmullo constante que tenían, entre risillas ansiosas y, a ratos, un poco de tristeza. No sabía si lamentarlo, pero entre mis ideas y recuerdos del día de la expedición, no había otra cosa más que la conversación con Levi y eso me exasperaba un poco. Detenía mis pensamientos y prefería escuchar a mis compañeras hablar de lo que fuese que estuviesen hablando.
Estaba ordenando mi uniforme con mucha delicadeza, doblando los pantalones, la chaqueta, todo para que estuviese impecable como cada día. Estaba sentada sobre mi cama en el camarote, y las chicas se habían reunido allí. Me sentía cansada, porque no parábamos en todo el día y en mi único momento de sosiego a ellas se les había ocurrido hacer su aquelarre.
—Aunque me parece que las intenciones del comandante Pixis son las mejores, no puedo evitar sentir una enorme tristeza —comentaba Christa que estaba sentada cerca de la puerta. A su lado de pie estaba Ymir, acariciándole el cabello. Nadie había escuchado de sus bocas que tuviesen algo las dos, pero a esas alturas, todos lo sabíamos por deducción y a nadie parecía interesarle.
—Es inevitable —comentó Ymir—, esto va a pasar sí o sí, así que hagámoslo bien y dejemos de lamentarnos.
—Sí —asintió Christa, como sintiéndose culpable de lo que había dicho anteriormente.
—Yo no sé cómo hay que vestirse —Sasha también estaba ahí, comiéndose una papa hervida.
—Dudo que entres en algo si sigues comiendo así —Ymir parecía entretenida con la situación.
—¡Qué cruel! —se quejó sin dejar de comer.
—Creo que usaré un vestido oscuro y un abrigo —comentó Christa—. Tiene que ser sobrio.
—Intentaré buscar algo —dijo Sasha, bastante entristecida.
Recordé, en ese momento, que, si quería ir, también tenía que utilizar una vestimenta formal. Recordé también que no tenía nada por el estilo y comencé a idearme vestimentas con lo que siempre había usado, pero nada parecía ir acorde con los requisitos de la ceremonia.
—¿Mikasa? —la dulce voz de Christa me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Sí? —espabilé, dándole paso a hablar.
—¿Has pensando qué vas a usar para la ceremonia?
Me quedé callada unos segundos sin saber qué responder, pero era más cuerdo decir la verdad, después de todo, no iba a poder arreglármelas sola en ese aspecto.
—Yo… —dudé—. No sé qué haré. No tengo nada por el estilo entre mis prendas.
—No hay problema —habló Ymir, con fuerza y convicción. Tenía ese timbre pesado—. Yo te puedo prestar un vestido que nunca he usado. ¿Eres de mi talla, no es así?
Alcé la vista para mirarla. Me sentí confundida, sin saber que responder.
—Mikasa, si Ymir lo dice, lo cumplirá. No te preocupes, de seguro te quedará estupendo —Christa me sonrió.
Ella podía sonreír siempre, pero sus ojos eran muy tristes. Me llamaba mucho la atención su dedicación hacia los demás, su bondad, humildad y transparencia. Todos la apreciábamos demasiado y es que era imposible no hacerlo.
—¿Qué dices? —insistió Ymir, encogiéndose de hombros y esperando mi respuesta.
—Está bien —asentí, mientras bajaba el rostro. Me sentí un poco incómoda.
—No te preocupes. Es muy sencillo. Es un vestido azul oscuro e intenso, largo con media manga… —Ymir se quedó pensando—. Podría traerlo para que te lo pruebes y salgamos de dudas. Después de todo, no queda tanto tiempo.
—Muchas gracias. Lo apreciaría bastante —añadí, para luego seguir con lo mío.
Al cabo de un rato, me acosté a dormir. Ya era tarde, pero las chicas no dejaban de conversar. Sin embargo, yo estaba tan fatigada que sus murmullos más que molestarme, se me hacían relajantes, cada vez más hasta que de a poco comencé a oírlas en la distancia. A pesar de que mi personalidad no compatibilizaba con el resto de las soldados, el paso del tiempo me había enseñado a conocerlas y a adaptarme a ellas. Si bien no podía unirme a su parloteo, me había acostumbrado a él.
Las últimas palabras que oí fueron de Sasha dirigiéndose a Christa: «Deberías irte a dormir. Aún ni te quitas el uniforme, que tengas buenas noches». Luego de eso, el silencio reinó en la habitación y no pude contar más segundos porque mi conciencia se oscureció.
Desperté en medio de la noche y lo hice con todo el ímpetu, como si fuese temprano por la mañana para ir a entrenar. Me di un par de vueltas, indignada por la situación, pero no podía volver a dormirme. Estaba inquieta, así que me quedé despierta, mirando el techo del camarote.
No se podía oír nada, excepto el siseo del respiro de Sasha. Nuestras compañeras de habitación habían muerto hace tiempo, así que compartíamos ese cuarto entre las dos. Me gustaba que fuese así, aunque sonara tirano de mi parte, porque me gustaba la tranquilidad, aun cuando hacía falta la presencia de las otras chicas.
El cuarto se veía muy iluminado. Ese día la luna daba hacia nuestra ventana y alumbraba con todo su esplendor. La ventana estaba situada entre los dos camarotes, por lo que la luz rebotaba en el pasillo, expandiéndose por las paredes, dándole a la habitación ese toque de madrugada. Un azul muy profundo. Pensé que tal vez eso me había molestado, el exceso de luz, pero era imposible. Tantas otras veces la luna había brillado de esa forma y nunca me había interrumpido el sueño, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Me conocía y sabía que no iba a dormirme de nuevo sin ningún esfuerzo, así que decidí quedarme viendo por la ventana la luna y las estrellas. Nunca me había percatado de que teníamos tan buena vista desde allí.
Y lo que sucedió a continuación no ayudó para nada tampoco, porque en vez de darme sueño fue todo lo contrario.
Luna. Estrellas. Cielo… Fogata. Canción. Secretos.
Se me apretó el estómago y, casi como una alucinación, unos ojos frívolos y de un color azul profundo se vinieron a mi mente, tan reales que eran casi palpables. Me tapé el rostro con las frazadas, pero eso no pudo protegerme, porque todo estaba en mi mente y no había podido sacarlo desde el día en que había sucedido. Prometí que no iba a olvidarlo nunca. Sentía haber sido tan literal, y no era que quisiera olvidarlo, pero lo recordaba mucho y no quería, porque sabía que iba a entristecerme el hecho de que eso no volvería a ocurrir, y me aterraba la idea de estar aferrándome a una idea por mera soledad, por el simple capricho de tener algo entre manos que me sacara de ese maldito vacío existencial.
¿Y si no? ¿Y si no era eso? Me debatí toda la noche entre esos pensamientos y me reté a mí misma, porque era probable que al día siguiente me quedase dormida.
Y no me equivoqué. Nunca lo hacía. Desperté con los ojos pesados y sintiéndome como si no hubiese descansado nada, necesitando hibernar por mucho tiempo más. En la mañana, había tomado un baño rápido y me había vestido a duras penas. Durante el desayuno, me quedé dormida mientras estaba sentada y en el entrenamiento rendí muy poco. No podía enojarme, que era lo peor, ya que no había habido motivos por los que me había despertado en medio de mi descanso, simplemente, mi cuerpo así lo quiso y me jugó una pésima pasada, porque justo este día íbamos a arreglar el salón para la ceremonia.
Pixis tenía más ánimos que nunca ese día, tanto que nos agotaba a todos, gritándonos con su voz de mandato y haciéndonos brincar del susto. Su calva brillaba con los rayos del sol y sus arrugas se habían marcado más que nunca, solo que esta vez era por la expresión de felicidad y tranquilidad que yacía en su rostro.
Nos reunió temprano para armar equipos y así dividir las tareas. Los equipos de trabajo eran escogidos por nosotros mismos. Nos aseguró que siempre era mejor trabajar con quien nos fuese grato para que todo pudiera realizarse efectivamente.
Busqué a Eren y a Armin, pero Armin ya estaba con Connie y Sasha para ordenar el salón, colocar cortinas y ubicar el podio con los estandartes. Eren estaba junto a Jean (increíblemente), Reiner y Bertholdt encargándose de ver los lienzos que irían colgados en la parte de atrás y que estuviesen impecables. Al ser los más altos y fuertes no tendrían problemas en colocarlos. Me di cuenta de que me quedaban pocas opciones, así que insistí con mi idea.
—Eren —me acerqué al grupo. Los chicos voltearon a mirarme desinteresados y siguieron en lo suyo.
—¿Qué sucede? —me miró extrañado.
—Hagamos equipo para ordenar las mesas y poner manteles —dije sin mayor ánimo. No era que no lo tuviese, pero aún tenía demasiado sueño.
—No puedo —sonrió orgulloso—. Voy a colgar los lienzos.
—Vamos a ordenar —insistí, un poco más molesta.
—Oye, ¿qué estás intentando…
—Eren —Reiner sonó irritado. Lo había fastidiado la situación, sin embargo, no manifestó su molestia. Tenía una lista entre manos y estaba tachando algunas cosas—. Acompaña a Mikasa. Nosotros podemos hacer esto sin mayor dificultad.
—Pero… —parecía decepcionado. Tenía ambas manos empuñadas.
—Eren, vamos —sentencié. Y me retiré del lugar, caminando algo encorvada por el cansancio y sin querer voltear. No quería encontrarme con la expresión de Eren en ese momento, porque justo ahora me encontraba volando muy bajo.
Íbamos solos, caminando en silencio. Cargábamos mochilas donde estaban los manteles limpios. Las mesas ya estaban dispuestas en el salón para ser ordenadas. Miré a Eren por el rabillo del ojo, en muchas ocasiones cuando nos dirigíamos hacia el castillo, pero él no se volteó a mirarme en ningún momento. Iba ensimismado, demasiado serio como si fuese pensando en algo que lo preocupaba mucho, pero no quise preguntar porque no quería cansarlo más. Siempre recordaba el día de la conversación en el establo y me obligaba a mí misma a no ponerlo en situaciones que lo incomodaran, aunque justo ahora había fallado con eso.
Cuando entramos al castillo, vimos que el aseo estaba listo. El equipo anterior había hecho lo suyo y el salón brillaba de arriba abajo sin olvidar mencionar el exquisito aroma que expedía. El lugar estaba fresco y los ventanales estaban abiertos para que se siguiese ventilando.
Meneé la cabeza, volviendo en sí para comenzar a trabajar. Teníamos que terminar pronto, ya que debía volver con las chicas para ayudar en las tareas de la cocina, y, además, aún tenía que probarme el vestido de Ymir. Todavía faltaba tanto por hacer y la ceremonia era al día siguiente. Sentí que nos estábamos atrasando y aquello me desesperó un poco, por lo que puse manos a la obra de inmediato.
Junto a Eren ubicamos las mesas. Eran rectangulares, así que las alineamos todas para hacer una mesa larga que atravesaba el salón por un lado y otra fila de la misma forma por el otro lado, de manera que quedase un pasillo amplio entremedio de las dos. Hicimos las cosas en silencio, y Eren seguía sin ni siquiera mirarme.
Pero, mientras intentábamos poner el mantel, que era gigante, decidió hablarme.
—¿Por qué decidiste hacer equipo conmigo? —su voz sonó ronca y fuerte, porque el salón estaba vacío y el sonido se ampliaba. Por otro lado, estábamos situados en distintos lugares de la mesa para dejar la tela uniforme, así que, para conversar, teníamos que hablar fuerte.
—¿Te molesta? —dije mientras arreglaba el mantel de una esquina que estaba arrugado. Traté de no mirarlo, porque sabía que iba a ponerme nerviosa y a entorpecerme.
—No respondes mi pregunta —se quejó, haciendo un sonido de hastío con la boca—. Siempre es lo mismo —estaba muy molesto—. Tenemos muchos compañeros., ¿por qué yo?
Sí, siempre era lo mismo, pero lo era por la misma discusión de siempre. Si él podía quejarse tanto de mi presencia, ¿podía yo quejarme de su ausencia? Si él podía reclamarme tantas cosas, ¿por qué no podía hacerlo yo? No podía seguirle el ritmo, llegué a mi límite y lancé palabras sin contenerme.
—Eren, ¿por qué te molesta tanto mi presencia? —dije sin manifestar mayor sentimiento. Guardé la calma, al menos.
—Es porque insistes en aferrarte tanto a mí. Estamos en una institución donde se forman soldados y tú no pareces más que niñera cuidándome las espaldas. Me irrita —me discutió.
—Solo me preocupa… —no me dejó terminar.
—¿Qué cosa? —se alteró—. No soy idiota, puedo ser incluso más fuerte que tú, si me lo propongo. Soy yo el que tiene el poder del titán. ¿No debería darte eso mayor seguridad? Puedo luchar contra todo…
—No es cierto. Eren tengo que cuidarte siempre, si te dejo solo morirás… —entristecí.
—¡No! —negó con su mano en el aire—, yo te di esa absurda idea, dejando que me protegieras en tantas otras ocasiones. Fue mi culpa por dejarme proteger. Debería haber seguido solo…
—¡No quiero perderte! —solté sin más y me arrepentí en el mismo segundo. Levanté el rostro para verlo a la vez que intentaba contener mi respiración.
Se quedó mirándome con la boca abierta y el entrecejo fruncido. Yo volví mi vista hacia la mesa y comencé a jugar con el dobladillo del mantel. Mis manos estaban frías y habían comenzado a temblar. Maldije seguidas veces en mi mente, mientras trataba de controlarme. Fueron los minutos más largos de mi vida, tensos, fue incómodo, quería salir corriendo y no podía.
«Dime algo», pensé. «Cualquier cosa que rompa este silencio».
—Termina de quitar de las arrugas. Iré a ver cómo van con los lienzos —se retiró del lugar, bufando y caminando con pesadez.
Me quedé sola, mirando la mesa y sintiéndome peor de lo que me sentía antes. Hubiese querido sepultarme a mí misma metros y metros bajo tierra, aun si moría asfixiada, porque no había otra cosa más dolorosa que amar a Eren y sentir su rechazo. A él no le importaba, en lo más mínimo. Estaba totalmente enfocado en la batalla, ganar contra los titanes y superarse cada día más. Yo también ansiaba las mismas cosas, pero jamás, a pesar de todas mis ambiciones, lo había dejado de lado ni menos lo había pospuesto. Él era mi prioridad siempre, porque estaba aquí para estar a su lado y cuidarlo constantemente. Iba a seguir luchando a su lado, pero él no me tenía en sus planes. ¿Por qué era así? ¿Qué tenía de malo que me preocupara? Nunca había dejado de ser un excelente soldado, nunca había dejado de lado mi labor por preocuparme de él, entonces ¿por qué?
Suspiré largo y hondo para soltar la pena que tenía ahogada en la garganta. No iba a llorar, eso estaba claro. No iba hundirme, tenía que ser fuerte, aunque el dolor me apretara las costillas, tenía que ser firme y seguir adelante. Eren me había dado las fuerzas de luchar, sin importar qué.
«Si luchas, vencerás», y siempre utilizaba estas palabras. Esta vez no sería la excepción, aún si esas palabras eran para usarlas contra él mismo.
Los cortinajes de los ventanales sonaron fuerte a causa del viento que los hacia bailar a su gusto. Alcé la vista en dirección a la puerta, porque había sentido una presencia, y vi a Hange sonriéndome.
Se me acercó lentamente, como si temiese asustarme, y terminó de estirar el mantel con cuidado.
—¿Estás trabajando sola? —me miró extrañada.
—Sí —dudé un poco. No quería que me preguntase más cosas, pero no lo hizo.
—Es estupendo —se alegró —. El salón está en excelentes condiciones. ¿Vamos de vuelta al castillo? Hay que seguir con las labores de la cocina.
Tuve la sensación de que Hange se había hecho la idea de lo que había ocurrido, pero no quiso ahondar en ello. Fue cortés conmigo y me sacó de ahí. Lo agradecí en silencio. No tenía ganas de nada, pero preferí seguirla y distraerme con eso. No tenía ganas de pensar en Eren, ni en sus palabras, ni en recuerdos. Me hubiese gustado poder dejar la mente en blanco.
Apretaba un poco, pero era suave.
—¡Woah! —escuché a Christa suspirar—. Es como si lo hubiesen mandado a hacer para ti.
—Totalmente de acuerdo —asintió Ymir, quien tenía las manos en la cintura y me miraba de arriba abajo.
—Mikasa, eres increíble. Todo resulta perfecto en ti —chillaba Sasha por otro lado.
El vestido me llegaba hasta los pies. Era un poco suelto hacia abajo y ajustado hacia arriba. Tenía media manga y todo lo que había dicho Ymir, excepto por el hecho de tener un escote, que, aunque era redondo, dejaba mucho pecho a relucir y tenía una apertura en la espalda para lucir los omoplatos. Entendí por qué nunca lo había usado. Era muy femenino, no parecía el traje que usaría alguien como ella, pero mentiría si dijese que no era precioso.
—Te queda un poco ajustado de las caderas, pero es que tu cuerpo es más curvilíneo que el mío —añadió Ymir, mientras seguía comprobándome.
Me sonrojé, sintiendo las mejillas calientes. Nadie me había dicho eso antes.
—Bueno, eso es todo —dije en voz alta—. Tengo que guardarlo para mañana.
Ciertamente, al día siguiente era la ceremonia y si las cosas durante la semana habían estado agitadas, ahora estaban descontroladas por completo. Se podía ver a los soldados correr de un lado a otro, con sillas y más mesas, consiguiéndose trajes, y otros incluso iban de camino al pueblo para ir a sus casas a buscar algo. El comandante Erwin les había dado el permiso.
En la noche antes del gran día, trabajamos duro en conjunto con mis compañeras. Incluso Annie, quien no tenía nada que ver con el asunto, llegó para darnos una mano, luego de dejar documentación en una de las oficinas principales.
Horneamos pastelitos. Annie ulereaba la masa y lo hacía con la misma seriedad que hacía todas las cosas. Más bien parecía estar peleando con la masa, aunque lo hacía muy bien. Era rápida y perfeccionista. La subestimábamos si creíamos que luchar era lo único que hacía bien. Yo tenía la tarea de ponerles crema a los pastelitos, una pequeña porción a cada uno y en la mesa había cientos ya. Parecía que no íbamos a terminar nunca, pero poco a poco se iba reduciendo la cantidad. Christa iba colocando los que estaban listos en bandejas y Sasha les ponía flores de mazapán. Justo a mitad de la noche, se les había ocurrido ponerles el símbolo de la Legión con el mismo mazapán. Me terminé enojando y no lo hicieron. Estábamos muy cansadas y era tardísimo, no había tiempo que perder diseñando o proponiendo ideas. Lo hubiesen pensado antes, pero no; así que las flores estuvieron bien. Por lo menos, al día siguiente teníamos el día libre para prepararnos.
En la cocina había un olor dulce y empalagoso en el ambiente, con eso se podía deducir lo increíbles que estaban quedando los bocadillos, y tenía que ser así o de lo contrario, al día siguiente, nadie comería nada y yo iba a matarlos a todos si eso sucedía. Tenía que valer la pena el esfuerzo. También hacía mucho calor dentro. Los hornos prendidos, más las luces de los faroles nos tenía sudando la gota gorda, pero nos habíamos preparado para ello tomándonos el cabello en una coleta y limpiando el sudor constantemente, para que nada fuera a caerle a la comida.
No fue una tortura después de todo. Nos tomamos la orden con mucho ánimo y humor desde luego. Christa y Sasha no dejaban de lanzarse cosas. En un momento, vi que a Christa le colgaba mazapán del cabello, pero seguían riendo y cocinando a la vez. Nunca las había visto hacer estar cosas. Era extraño en cierta medida, porque estaba acostumbrada a vernos correr, trepar, volar, caer, luchar, incluso sangrar, pero nada como cocinar y jugar; cosas que estaríamos haciendo si los titanes nunca hubiesen existido. Si fuésemos jóvenes normales, ¿Qué estaríamos haciendo?
Una bola de mazapán gigante me atacó sacándome de mis cavilaciones. Ambas participantes se pusieron serias y volvieron a sus labores haciéndose las desentendidas e intentando no reír.
—Oigan —rezongó Annie, quien seguía amansando para los últimos pasteles.
Hacía mucho tiempo que no me sentía así de relajada. Incluso, me había olvidado de todas las cosas malas que me habían pasado y los malos momentos de la semana. El aura de las chicas era muy liviana y entregaba paz. Annie no, siempre me había dado cierta desconfianza, pero verla así de hogareña me hizo alejar un poco esos pensamientos. Empero, Christa y Sasha eran como un sedante, o al menos cuando Sasha estaba con el estómago lleno.
Cuando terminamos con los pastelillos, vinieron los postres de fruta. Base de crema de pastel y cubierta de variedad de frutas. No me cabía en la cabeza de dónde habían sacado tantos recipientes. Me costaba enfocar la vista para verlos a todos, es que eran demasiados. Y así hasta entrada la madrugada pelamos fruta, cortamos, troceamos, y añadimos pequeñas fuentes para que se ordenasen en las bandejas también. El detalle de los postres de fruta eran hojitas de menta. Me tocó lavarlas, y cuando lo hice, pensé que quizás esa menta la habían traído de la expedición.
Todo se veía muy lindo al terminar. Todo excepto nosotras. Yo no solía reírme, pero no pude evitar esbozar una sonrisa cuando vi como había quedado todo luego de que terminamos. Annie tenía harina hasta en el cabello, Christa las manos pegoteadas, Sasha tenía los dedos llenos de mazapán y yo estaba cubierta de crema.
—Menos mal somos soldados y no cocineras —rio Christa, y todas la seguimos. Fue inevitable.
—Supongo que vamos a dar el visto bueno —se quejó Sasha, a quien había empezado a rugirle el estómago. Aunque de todos modos la entendía, había pasado tiempo de la cena, muchas horas.
—Por supuesto —dije, tomando un pastelillo. Todas tomamos un bocadillo y al mismo tiempo nos los aventamos a la boca. Nos quedamos mirando expectantes, pero no había nada que decir al respecto. Estaban deliciosos—. ¡Éxito! —celebré.
Nos fuimos a dormir muy tarde, tanto que no rondaba ni un alma por los pasillos, y, al día siguiente, aún había tanto que hacer. Pero estaba tranquila, podía asegurarlo de todo corazón, porque las cosas iban a resultar bien y el esfuerzo valdría la pena.
Mantuve esa promesa, y me desperté, aunque cansada, con el mejor ánimo del mundo, porque al fin el día había llegado. Me vestí con las botas y el pantalón del uniforme, pero para la parte superior usé una blusa cualquiera de color blanco.
Lo primero en la lista era repasar el aseo del salón. Me acompañé de Sasha y ordenamos los manteles que eran de un tono blanco invierno y pusimos otros encima de un color verde esmeralda muy oscuro, eran cuadrados y hacían juego con todo lo demás. Acomodamos las bandejas y muchos vasos para que quedaran repartidos equitativamente. No olvidamos los cubiertos, que iban puestos en bandejas también para que todos pudieran sacarlos a su gusto. Y cuando las mesas estuvieron listas, las cubrimos con más manteles que serían sacados minutos antes de dar pie a la ceremonia.
El salón estaba perfecto. Hacia el norte, estaba ubicado el podio que brillaba, relucía y hasta reflejaba algunas cosas. Dos lienzos gigantes pendían del mismo techo hasta el suelo, con el símbolo de las Alas de la Libertad. Algunos arreglos florales estaban repartidos alrededor del podio, eran gardenias. Blancas y neutrales.
Frente al podio había un pequeño monumento tallado en madera, con los nombres de los que habían caído el día de la expedición. Hacia el lado, la bandera a media asta con un pañuelo negro amarrado. Se veía alucinante, tristemente alucinante.
El suelo del salón era de mármol, y los ventanales habían sido adornados con cortinales de un tono azul pálido, con visillos esponjados. Nunca habíamos estado en un lugar tan excéntrico, pero recordé que la ocasión lo ameritaba.
Cuando ya no quedaron más detalles que arreglar, la noche entró presuntuosa y nos quedó el tiempo justo para dedicarnos a nosotros mismos.
Los nervios me atraparon una hora antes, porque me había arrepentido de haber aceptado el vestido de Ymir. Sí, era formal y sobrio, pero me hacía sentir muy señorita y no estaba acostumbrada a ese tipo de cosas. De todas formas, no tenía otra opción, ni otra vestimenta bajo la manga como para retractarme. «Es solo por hoy», pensé.
Christa entró al cuarto con prisa; estaba buscándome para irnos. Se veía bellísima, bueno, ella lo era. Traía puesto un vestido blanco hasta las rodillas, con zapatitos blancos también y algo de taco que la hacía ver un poco menos bajita. Traía entre los brazos un abrigo de tono grisáceo y muy formal. Se había peinado el cabello y lo traía muy ordenado.
—Mikasa, no paro de decirte que ese vestido fue mandado a hacer para ti —sonrió al verme.
—Gracias —mencioné, seria como siempre.
No tenía opinión respecto al tema, solo había conseguido el vestido con el fin de ponerme algo para el evento.
—¿No vas a arreglarte el cabello? —me miró entristecida.
—¿Debería? —pregunté, mientras me tocaba las puntas.
—¡Tengo una idea! —comentó, y sacó del bolsillo de su abrigo una diadema con pequeños detalles plateados—. Ponte esto, Mikasa, y peina tu cabello hacia atrás.
Miré el objeto con extrañeza, y me sentí como mujer de las cavernas, así que preferí obedecer. Deslicé la diadema hacia atrás y como mi cabello era rebelde, se esponjó un poco en la parte de adelante.
—Se ve mal —dije tratando de bajarlo.
—¡No! Se ve mejor que nunca —Christa me miraba con sus ojos brillantes. Se había divertido mucho con la idea del vestido y yo.
—Bien, no haré más. Es suficiente —me desagradaba el hecho de estar preocupándome de qué cosa ponerme encima. Hubiese sido más simple ir con el uniforme.
Pero ya no había tiempo para retractarse. Y quedaban minutos para la ceremonia.
Inhalé todo el aire que me fue posible y me auto convencí de que todo estaría bien. Con toda la determinación que pude, me paré erguida y con la cabeza en alto. Era hora de partir.
Cuando se disfrutan las cosas, estas se ven de un modo distinto. El castillo, por ejemplo. Una semana trabajando en él y no me había dado cuenta de lo maravilloso que era. Ahora que entraba a él, con la noción de que iba a una ceremonia, podía darme cuenta de todos los detalles. Tenía amplios jardines y un pasillo largo con suelo hecho de piedra que te llevaba a encontrar con el edificio.
A mitad de camino, se podía apreciar una enorme pileta con forma de ángel, todo en tonos mármol, dentro de lo que pude apreciar, porque ya había oscurecido.
Iba acompañada de Sasha, Christa e Ymir. Sasha llevaba un vestido morado muy oscuro, casi negro, de manga larga y poco más debajo de la rodilla, con el faldón holgado y ajustado hacia la parte superior. Por primera vez se había soltado el cabello. Me hizo gracia verla así, pero porque era extraño; fuera de eso se veía excelentemente bien. Ymir iba de blusa y pantalones de tela. Se había comprometido bastante con lo de sobrio.
Al momento de llegar, me terminé poniendo más nerviosa que antes. El salón estaba más que vivo, podría asegurar que apenas faltábamos nosotras, porque ya estaba repleto.
Las chicas se adelantaron y yo me quedé atrás, asustada.
—¡Oh! Mikasa, vamos —me llamó Christa, pero yo no podía moverme.
Me había entrado el pánico minutos antes de entrar.
—Oye —se rio Ymir—, no me digas que te da vergüenza que Eren te vea así.
—¡Ymir! —protestó Christa.
—Mikasa, luces muy bien, tranquila —Sasha intentó darme ánimos.
Apreté los puños y respiré profundamente. Había podido hacer tantas cosas difíciles, ¿qué era esto?
Avancé junto a las demás. Cuando entramos, se podía percibir cuán acogedor era el lugar. Todo estaba como lo habíamos dejado, excepto porque ahora se sentía el calor humano dentro de él. Al mirar alrededor, se podía notar cuánto esfuerzo habíamos puesto en esto, sin olvidar mencionar que todos lucían espléndidos, y a pesar de que solo éramos nosotros, no podía describir la sensación de verlos a todos tan íntegros y elegantes, y no sucios, cubiertos de sangre, derrotados. Ahora resplandecían y me sentí orgullosa de ser quienes éramos.
Vi a Connie y a Armin en una esquina. Ellos también lucían increíbles, vestidos de trajes oscuros. Tenía que acercarme a Armin y verlo de cerca, porque parecía mentira.
Me adelanté sin más, sin pensarlo, porque si lo hubiese pensado, me hubiese retractado. A medida que avancé, todo el salón se volteó a mirarme boquiabierto. Se giraban para seguir viéndome mientras yo avanzaba y quise que el mundo me tragase, pero ya estaba caminando y no iba a quedarme a mitad del pasillo sin moverme. ¿Qué me veían? Era la misma persona que veían cada día. Qué molesto. No era tan radical el cambio. Preferí olvidarme o iba a salir corriendo.
Escuché como se impactaban, se volteaban a comentar y no había forma de que cambiaran esas caras absurdas. ¿Cuándo el pasillo se hizo tan largo?
Fue cuando entonces me percaté de otra cosa. Jean estaba ahí, de traje, uno gris oscuro y muy bien peinado, todo ordenado. Vi como su mandíbula llegó casi al suelo, pero lo ignoré como siempre hacía. Hasta que de pronto vi a Eren. Vestía un traje negro y se había peinado… por primera vez en años. Lo interesante fue que también se quedó viéndome con la boca abierta, y no sé qué tanto eso me fue gratificante, porque aún me dolían sus palabras. Iban a dolerme toda la vida.
Pasé de ellos y llegué hacia Armin.
—Armin —llamé su atención.
—Woah —su cara me pareció divertida, igual de impactada que todas las demás—. Mikasa, te ves tan… distinta.
—Tú también —le sonreí con suavidad.
Me entristeció pensar que crecimos juntos, con tierra en la cara, y ahora nos veía de una forma tan diferente. Tan… grandes, si pudiera decirlo así.
—Mikasa, te ves genial —me dijo Connie, con una sonrisa en el rostro.
Detrás de mí llegaron las demás chicas y se unieron a la conversación.
En las puertas del castillo había escoltas. Tenían estrictas órdenes de no dejar pasar a nadie que no perteneciera a la Legión. Entreví, por el pasillo, que estaban cerrando las puertas, lo que significaba que todos habían llegado ya y la ceremonia estaba próxima a comenzar.
Entre el disturbio se pudo oír a alguien que comenzó a pedir silencio y orden. La masa de personas comenzó a moverse hasta ubicarse frente al podio, pero siguiendo la misma organización que teníamos cuando esperábamos las charlas en el terreno. Filas, unos detrás de otro, así que imité situándome en primera fila. No quería perderme un segundo del discurso, porque iba a ser interesante ver que se le había ocurrido a Erwin Smith.
Un solo soldado estaba correctamente uniformado. Era quién estaba a cargo de la presentación y, por lo tanto, había tenido que permanecer con el uniforme puesto. Luego de darse diversos paseos por la zona norte, se paró frente al podio y, cuando el salón completo había guardado silencio, se dirigió al público luego de aclararse la garganta.
—Bienvenidos, soldados, buenas noches —enunció. Parecía muy nervioso, tenía unas hojas entre las manos y las movía constantemente—. Es un grato honor y un orgullo tenerlos a todos reunidos el día de hoy, principalmente, por el hecho que nos convoca: la primera victoria en cien años —hizo una pausa para cambiar las hojas con dificultad—. Para dar comienzo a la ceremonia, el comandante Erwin Smith dará un discurso en honor a quienes perdieron la vida en la expedición. Por consiguiente, el comandante Dot Pixis, en conjunto con la líder de las tropas estacionarias, Hange Zöe entregará los reconocimientos pertinentes y, para finalizar, podrán disfrutar de una comida hasta terminar la ceremonia —todos aplaudieron, excepto yo. No sabía que había que aplaudir—. A continuación, se dirige a ustedes el comandante Erwin Smith.
Cuando Erwin entró y caminó hacia el podio, detrás de él venía Hange, Pixis y Levi. Me quedé viendo a este último como si ante mis ojos hubiese un espejismo, pero no. Ahí estaba, vestido completamente de negro y llevaba una capa larga del mismo color sobre sus hombros. Estuve tanto tiempo mirándolo que notó mi presencia y vio en dirección hacia donde estaba yo. Me sonrojé en el acto. Sin embargo, lo vi abrir los ojos en toda su extensión y luego pasarse la lengua por los labios, mientras quitaba la mirada y se posicionaba detrás del podio junto a Hange y Pixis. Ese gesto me dejó petrificada en mi lugar, así que bajé el rostro para concentrarme en un punto del suelo y oír el discurso, porque iba a desconcentrarme si me quedaba mirándolo.
Erwin estaba frente a nosotros, con un traje militar de chaqueta blanca y con una capa sobre los hombros también. Nos miraba muy concentrado a todos haciendo la situación un poco tensa, pero para sorpresa de su público expectante, terminó esbozando una sonrisa militar. Era de ese tipo de sonrisas serias, por contradictorio que eso se oyese, pero para él funcionaba así.
—Disculpen, es curioso verlos tan elegantes —comentó y sacó una risilla masiva. Yo estaba muy seria, y aunque siempre era así, ese día llegaba al decaimiento. Mas tenía que recordar mi promesa de que todo iba a salir bien, así que alcé el rostro y puse atención a lo que siguió a continuación.
Erwin tardó en poner en orden sus papeles, los nervios parecían traicionarlo también y eso no fue visible excepto si no, por sus manos.
—Reclutas, para empezar, les pido silencio por favor —hizo una pausa para llenarse los pulmones de aire y continuó:
«Comandante de las Tropas Estacionarias, Líder de la Cuarta División y Capitán del Escuadrón de Operaciones Especiales, Oficiales y todos los presentes,
No pretendo que las palabras expresen el profundo pesar que nos causa la pérdida de nuestros compañeros. No solo de armas, compañeros de vida, amigos, todos quienes fueron reconocidos por ser servidores de la sociedad y luchadores contra lo que creemos injusto.
Bien sabemos que la vida y la muerte funcionan como una unidad, que la muerte es una verdad irrefutable y es el destino que todos compartimos. Pero hemos de demostrar que su pérdida es la fuerza que nos amparará en un mañana, cuando sus cuerpos no nos acompañen más, pero su espíritu more con nuestra fortaleza.
Es lamentable, siendo tan jóvenes, pero sus nombres no serán olvidados. Glorificados serán por todo su esfuerzo y convicción en el campo de batalla, y su legado será lo que hemos construido hoy.
Esta noche, los recordamos con el dolor de la partida, pero con el orgullo en el corazón. Todo paso de cada ser en esta vida tiene un propósito y ellos han cumplido con el suyo, en nombre del honor. Su sangre no se ha derramado en vano.
Entregamos nuestras más sentidas condolencias a sus familiares y cercanos, en nombre de la institución. Sepan que aquellos que cayeron, lo hicieron por amor a ustedes y a la humanidad.
Hoy más que nunca, su imagen nos quedará grabada, su ímpetu vivirá en nosotros y serán la fortaleza cuando el miedo sea nuestro enemigo.
¡Gloria eterna para todos quienes entregaron su vida al honor!»
Los aplausos se oyeron como la lluvia cuando cae sobre los techos. Masiva, explosiva. El sonido rebotó por las paredes e inundó el salón. Vi los rostros de todos. Estaban emocionados, algunos habían llorado, porque habían perdido a sus amigos. Era una escena muy triste y entendí la importancia que tenía todo esto. Supuse que todos quienes habían creído que era algo absurdo, estaban tragándose sus palabras en ese momento.
Busqué a Pixis con la mirada. Estaba de pie, un poco más atrás que Erwin con el pecho inflado. Tenía los ojos cerrados. Estaba consciente de lo que había significado hacer esta ceremonia. Sus años de experiencia no podían ser equiparados. Él sabía por qué hacía las cosas. Levanté las manos levemente y me uní al aplauso. Mientras lo hacía, pensé qué sentiría si mis amigos fuesen los despedidos y me dolió tanto la idea, que desistí de ella y me concentré en lo demás.
A mi lado, Christa e Ymir aplaudían vigorosamente, mientras comentaban algo sobre lo que venía ahora.
—Creo que nos van a entregar unos prendedores militares con forma de estrella para poner en la chaqueta —le habló fuerte, en medio del bullicio y Christa arrugó un poco el rostro, intentando escucharla—. Eso simboliza la primera victoria.
Y así fue, Hange tomó lugar en el podio y añadió más bellas palabras a lo que había dicho Erwin. Nos agradeció a todos por el esfuerzo que pusimos en el desarrollo de la expedición y explicó la entrega de reconocimientos.
—En esta ocasión hice dos categorías. Una especial y otra para todos quienes cooperaron en tan noble misión —«Dos categorías», pensé. No quise cuestionármelo, después de todo Hange era así. Pero ingenuamente le había restado importancia, porque casi me congelé cuando la oí continuar—. El primer reconocimiento está destinado solo a dos soldados quienes, gracias a su valentía, aportaron nueva información sobre los titanes: hay un tipo de ellos que son mucho más ágiles de lo normal y más peligrosos. Esa información privilegiada nos fue otorgada gracias a la ayuda del capitán Levi y la soldado Mikasa Ackerman. Los invito a pasar adelante para recibir sus insignias —ahí iban de nuevo con los aplausos, mientras el soldado uniformado y Pixis le facilitaban las bandejas a Hange donde estaban los reconocimientos. No podía avanzar, no quería moverme, no quería nada excepto enterrar la cabeza en el suelo.
—Qué bien, Mikasa —me celebró Christa, pero yo no podía reaccionar. Tuve que obligarme mentalmente, o de lo contrario la situación resultaría más incómoda.
Avancé hasta el podio y recibí la insignia. Hange nos entregó ambos prendedores, uno era una estrella, como lo había dicho Ymir, y el segundo era un prendedor que tenía la imagen de las Alas de la Libertad con un número uno en el medio. Estaba al lado de Levi y por alguna extraña razón me encontraba muy inquieta. Por ahora me preocupaba que todos se preguntasen cómo habíamos averiguado lo de los titanes ágiles. Era probable que ya estuviesen enterados, muchos nos habían visto y el rumor debió esparcirse: «Mikasa pasó la noche con el capitán, lejos de la formación». Había sido por fuerza mayor, ¡y no pasaba nada! Tenía que dejar de alarmarme tanto.
Cuando fue mi turno de retirarme, lo hice rápido y sin mirar a ningún lado, excepto por el espacio que había dejado antes. Me paré allí de nuevo a ser espectadora y esperé que pasara la noche, porque la lista de soldados era muy larga y todos tenían que recibir su insignia.
Había pasado, por lo menos, una hora de insignias y aplausos que al final ya eran casi forzados. Sin embargo, a todos les volvió el alma al cuerpo cuando se dio permiso para pasar a disfrutar de la comida. Los grupos comenzaron a dispersarse, y a sacar vasos, servicios y a comer, por supuesto. Aunque me molestó en cierta medida, había costado tanto hacerlo todo y ordenarlo, y ahora iba a desaparecer en cosa de segundos. No me animaba a coger un bocado porque los había preparado yo y no me motivaba hacerlo. Había quedado abotagada con ellos durante toda la noche anterior.
En un momento, me quedé sola en un lugar del salón, porque todos se habían retirado hacia distintos lugares. Así que mientras jugaba con un vaso vacío, me debatía si acercarme a alguien o no. Pero alguien llegó a hacerme compañía, alguien que no esperaba.
—¿Puedo ver tu insignia? —Eren estaba a mi lado, mirándome con la misma expresión de siempre, como si nada hubiese pasado. Me había pegado las insignias en el vestido para no perderlas. Desabroché la que me pidió y se la pasé.
—Hm —soltó sin mayor interés—. Cuídala, no la pierdas. Es bonita.
Devolví el prendedor a su lugar.
—¿Quién te prestó ese vestido? No es tuyo —dijo mientras miraba la caída de la prenda.
—Ymir —dije, cabizbaja. No me había dicho nada importante, ni siquiera me estaba pidiendo disculpas y, por cierto, estaba resultando desagradable y pesado.
—Cuídalo también, para que lo devuelvas tal y como te lo entregaron —tomó la tela y la acarició—. ¿Y eso que traes en el cabello? Sácatelo —soltó la diadema y la observó entre sus manos, detenidamente, durante unos segundos—. Estas cosas no van contigo.
—¿Por qué no? —pregunté con un nudo en la garganta, intentando contenerme de explotar, porque ya me sentía hastiada.
—No te dejes influenciar por ideas tan femeninas —me retó —. Es solo por la ocasión y la ceremonia está por terminar.
—Solo es por hoy —aclaré.
Dejé el vaso en la mesa con pesadez, para ver si entendía que me estaba molestando.
—Lo sé, pero estoy advirtiendo que no te dejes llevar por cosas tan pretensiosas.
—¿Viniste a decirme algo importante? ¿O solo a arruinarme la velada? —«Mikasa, detente», me reté a mí misma, nunca había reaccionado así con Eren. «Él salvó tu vida», repasaba argumentos sentimentalistas para controlarme, pero no podía más con esa sensación tan denigrante dentro de mí.
—No te lo tomes tan personal —me miró casi ofendido.
—Es personal —mascullé con furia—, desde hace tiempo —le quité la diadema de las manos y me retiré de su presencia. No quería oírlo más. Por mucho que le debiera mi vida, por mucho que lo amase, me costaba vivir así. Me destruía la idea, si iba a tratarme de esa forma por el resto de mi vida, mejor me hubiese dejado morir.
«No, no pienses así, no seas mediocre».
No vi a nadie conocido a mí alrededor, todos estaban agrupados y, de pronto, sentí que sobraba. No sabía dónde ir y tampoco quería voltear porque temía encontrarme con Eren nuevamente. Así que preferí salir de ahí.
Repentinamente, el salón me pareció muy lleno y asfixiante, pero la que en realidad se estaba ahogando era yo. Salí a tropezones del castillo y sin pensarlo dos veces recordé la pileta que había visto antes. Todos disfrutaban de la comida, así que supuse que nadie saldría y, por lo demás, los guardias habían dejado de escoltar la puerta.
Llegué a la pileta sin mirar nada más que la misma, haciéndola mi blanco, y me senté, me dejé caer abruptamente en la parte menos visible hacia el castillo.
Y comencé a preguntarme hasta cuándo tendría que soportarlo, por qué el problema era conmigo y qué le había hecho a Eren como para que fuese así.
No pude contenerme más y lloré. Las frías lágrimas cayeron por mis mejillas como un torrente fluvial y reventaron en mis manos que aún sostenían la diadema. No la solté en ningún momento. Tenía mucho dolor en el pecho, me costaba respirar y suspiros sonoros salían entrecortados de mis labios. Lloré durante mucho tiempo, hasta que mi rostro se tornó rojizo al igual que mis ojos. La brisa fresca me limpiaba las mejillas, pero no tardaban mucho en humedecerse de nuevo.
Siempre había pensado que, cuando creciera, iba a permanecer al lado de Eren y que íbamos a cuidarnos el uno al otro. Siempre había pensado que, tal vez, algún día él pudiese entender cuanto yo lo quería y, así, se decidiera por mí. Mas no contaba con que los titanes fuesen a volver, con que la vida se iba a volver tan ardua e insostenible. Pero esa era la realidad. Tal vez sí… estaba volviéndome muy sentimentalista, tal vez era yo el problema. No sabía qué pensar al respecto. Era la más fuerte de todos, jamás le exigía nada a Eren, solo lo cuidaba… ¿Qué era lo que estaba tan mal?
Pasaron muchos minutos antes de que empezara a calmarme, y durante ese tiempo, el frío había brotado de la nada. La brisa se hizo más fresca hasta volverse gélida y comencé a temblar, porque a causa de los nervios se me había bajado la presión, y el frío no era una buena combinación.
Me quedé ejercitando la respiración para volver en sí, para calmarme e inhalar todo el aire que me fuese posible hasta que me doliesen los pulmones. Tenía que recapacitar para salirme de ese maldito estado de debilidad.
Sin soltar la diadema, me comencé a frotar las manos con suavidad, como si eso fuese a ayudarme a pasar el frío. Pero para mí sorpresa, sin que pudiese anticiparlo, algo cálido cayó sobre mis hombros. Di un brinco agitando las manos, pero aquello que había caído sobre mí, me había envuelto completa. Era una capa negra.
—Estás temblado —Levi se dio la vuelta y se sentó a mi lado en la pileta.
—Capitán… —me estremecí. ¿De dónde había salido?
—Levi —dijo con tono pesado—. Estamos solos ahora.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, tratando de entrar en confianza, y sosteniendo la capa para envolverme más y abrigarme.
—¿No debería yo preguntar eso? —enarcó una ceja—. De nuevo estás llorando.
Fruncí el entrecejo y miré al suelo. Ciertamente, era la segunda vez que me encontraba en esas condiciones.
—¿Vas a arruinarme la noche también? —sentencié. Estaba comenzando a molestarme de nuevo e iba a propinarle sendas patadas al próximo que se atreviera a fastidiarme.
—En lo absoluto. Vine a ver cómo estabas —se quedó viendo un punto perdido en la nada. Estaba mirando hacia al frente. Yo levanté el rostro discretamente para entrever de qué iba su expresión. Serio, como siempre.
—De nuevo siendo testigo de cosas tan absurdas —me avergoncé. No se me hacía agradable el hecho de que «una de los soldados más fuertes» fuese vista en ese aspecto tan íntimo.
—No importa, gajes de trabajar a cargo de mocosos —comentó con sorna.
Bufé sonoramente.
—Si insistes…
—Lo siento —me interrumpió.
Se dio cuenta de que esta vez yo no estaba para bromas, ni buenas ni malas, ni siquiera para su trato recurrente, altanero y de líder. No, para nada. Por algo me había decidido por estar sola. Yo no lo había llamado.
Hubo silencio por unos segundos, pero no se hacía incómodo. Apenas había compartido una vez con él un momento que contextualizaba una situación fuera de su rango y deber, y ya me sentía con la confianza de guardar silencio, sin que este me importunara.
—Sigo sin entender por qué te aferras tanto a Eren —irrumpió el silencio.
—Ya se lo dije. Se lo hice saber —cargué la voz al final. ¿Acaso había olvidado la conversación?
—Lo sé. Supongo que Eren también lo quiere saber, ¿no? —estaba jugando conmigo, pero no entendí qué quería conseguir.
—¡No es de su incumbencia! —me estaba enojando—. ¿Podría, simplemente, dejarme sola y dejar de fastidiar?
—No, no puedo —su voz sonó ronca.
No supe qué responder a eso. Me quedé mirándolo confundida. Ya me sentía colapsada por lo que había ocurrido con Eren y, dificultosamente, podía darme espacio para pensar, de forma instantánea, lo que estaba sucediendo en ese momento.
—¿Qué? —pregunté, pero mi voz fue un hilo que él no debió escuchar.
—No te lo mereces, Mikasa —añadió después—. Eres fuerte. Más que Jaeger, podrías reducirlo en cosa de segundos. No permitas que te hunda así. Eres más fuerte que él.
Giró el rostro para mirarme y sus ojos se conectaron con los míos. Nos quedamos mirando mucho tiempo. Había algo en él que había despertado algo en mí. No sabía qué era, pero era esa misma incógnita la que me incentivaba a querer preguntarle cosas, pasar tiempo con él y descubrir que había detrás de esas murallas incluso más grandes que las que nos rodeaban a todos. Era como verme a mí misma y querer ver más allá de lo que me era inalcanzable. Todo aquello en la persona menos probable, que incluso antes había despreciado, pero las cosas se habían dado para que obtuviese una pieza del rompecabezas y no iba a descansar hasta terminarlo.
El tiempo con Levi ahí mirándome, intentando buscar respuestas en mi rostro, fue como una pausa al dolor. Mentiría si dijese que su presencia no me resultaba relajante porque lo era, infinitamente. No entendía cómo era posible, si solo al verlo al rostro muchos desistían de acercársele. Pero a mí, en ese entonces, me hacía sentir acompañada, sentía que tenía a alguien en medio de todo el caos que me rodeaba, que tal vez estaba sufriendo tal y como yo, que podría comprender. No quería alejarme de esa idea, y aunque lo quisiera, mi mente me llevaba de vuelta a ella, arrastrándome.
—Lo sé —murmuré, retomando el tema. Pareció que lo había meditado mucho, pero mis pensamientos estaban ocupados con otras cosas.
—Entonces deberías perdonarme por la vez que lo golpeé —logró que me irritara un poco con ese recuerdo. Prefería no irme tan atrás y quedarme con la imagen que tenía de él ahora.
—Nunca —sentencié molesta, girando el rostro.
—Sé que ya lo hiciste —se encogió de hombros.
No emití comentario al respecto para no arruinar el momento. De todos modos, estaba molesta con Eren.
—¿Por qué viniste hasta acá? ¿Sabías que estaba aquí? —cambié el rumbo de la conversación.
Soltó un suspiro.
—Te traje un regalo —me dijo.
Lo soltó de golpe, abruptamente, como si hubiese llevado rato pensando en cómo decírmelo.
—¿Hice algo? —pregunté asustada. Puso cara de pocos amigos y no quise seguir perturbándolo—. ¿A mí? ¿Por qué? —me sentía confundida, no entendía nada.
De pronto cambiaba el tema para decirme algo de un regalo.
—¿Por qué tanto recelo? —me increpó.
—Me enseñaron a dudar dos veces en la vida: cuando algo es gratuito y cuando es muy simple —me quedó mirando confundido y pestañeó dos veces muy rápido, como si intentara razonar ese dicho en el mismo instante—. Lo siento —meneé la cabeza, girando el rostro a otro lugar—, estoy siendo cerrada y no tiene nada que ver contigo.
—Lo admites. Es un avance, al menos —musitó, como si sacara cuentas—. Ah, sí. No te di las gracias por salvarme el pellejo.
Abrí los ojos de par en par. Él me estaba dando las gracias. Sentí un mareo a causa de los terribles desconciertos que tenía en mente en esos momentos. No es bueno sufrir tantas confusiones cuando uno está recuperándose de un golpe en la cabeza. Balbuceé tratando de pronunciar algo, pero fue inútil.
—Te devolviste y aunque no tengo idea de por qué lo hiciste, de no haber sido por eso, tal vez no me hubiese ido tan bien ese día —¡Qué orgulloso! No le costaba nada decirme que sin mí habría muerto… Ese día… me refería a en ese momento.
—Era lo correcto. No pude correr como una cobarde.
—Además curaste mi herida y no se me cayó la pierna —lo miré fijamente. Incluso había recordado ese comentario que lancé sin pensar.
—De nada —bajé la mirada, enterrando el rostro dentro de la capa. Se sentía muy cálido allí.
Pude notar, por el rabillo de mi ojo, que Levi se removió buscando algo. Cuando lo encontró, sacó de su bolsillo un saquito pequeño de color café, similar al cuero, y se quedó viéndolo durante un par de segundos, como meditando.
—Iba a regalárselo a Isabel cuando cumpliera dieciocho —pronunció palabras que me parecieron envueltas en dolor—. Murió antes de eso —la respiración se me cortó y no supe qué responderle—. No sabía qué regalarle a una mujer, menos a una como ella. Era tan rebelde, así que luego de pensarlo por mucho tiempo, consideré que regalarle algún detalle como este, por primera vez, sería memorable. No lo robé. Aunque fue en aquella época oscura, en la que no me gusta ahondar, decidí comprarlo honradamente, porque quería hacerle un regalo limpio.
Mientras él contemplaba el objeto entre sus manos, yo me había quedado atónita. Quise añadir algo para no quedarme atrás.
—Qué bello detalle —en serio, no se me había ocurrido nada más.
—Ahora voy a regalártelo a ti.
Dios.
—¿Por qué? —pregunté con voz temblorosa. Tenía que aclarar esa duda.
—No voy a tenerlo yo. Es algo que debería tener una mujer… y además tú me salvaste, así que…—dijo sin mayor importancia.
—¿Y es solo gratitud? —recordé lo mismo que me había preguntado él de Eren.
Sentí cómo se tensó, y creyó que yo no lo había notado, pero lo vi apretar el pequeño saco.
—Mikasa…
—Dame una razón —lo escruté con seriedad.
Parecía estarse cansando, pero yo no quería ser desagradable, realmente tenía que saber qué estaba pasando.
Tomó aire para darse paso a hablar.
—Según yo veo las cosas, cuando las personas mueren se convierten en fuerza. Luchar por vivir y seguir adelante es la prueba de que aún viven. Tú luchas siempre, a pesar de todo, de tus pérdidas, eres fuerte. Eres como yo, dura por fuera y demasiado frágil por dentro, por eso eres como una fortaleza para que nadie entre y vea qué hay en realidad.
No podía creer que él hubiese tomado en cuenta todos esos detalles. Quizás no era la única con quién lo había hecho. Usualmente, nuestros superiores nos analizaban para poder tener un perfil de nosotros, quiénes éramos, nuestras capacidades, fortalezas, debilidades, entre otras cosas que eran transcendentales para su conocimiento.
Sin embargo, algo me decía (o así lo había sentido yo), que aquello me lo había dicho en un tono más personal, dirigiéndose directamente a mí como un caso específico. Todos me lo decían todo el tiempo, pero que lo hiciera el capitán se sentía distinto.
Por otro lado, me sentí triste. No podía aceptar el regalo. No era que no lo quisiera, solo que sentía que no lo merecía, porque había sido de alguien importante para él y yo no ocupaba ni un pequeño espacio dentro de eso. ¿Cómo podría aceptarlo? También sabía que sería cruel rechazarlo si no le explicaba el por qué.
También pensé que él debió haber querido mucho a esa joven…
Si Eren muriese, ¿podría yo estar tan tranquila como Levi en ese momento?
—Levi —murmuré—, amabas a Isabel, ¿no? —indagué, aun con miedo de herirle con la pregunta, con miedo de la respuesta, con miedo de haberlo arruinado todo, pero no fue así.
Negó con la cabeza muchas veces.
—Era como una hermana. No, quiero decir… era mi hermana. Pero respondiendo esa interrogación, si me preguntas por amor sincero y transparente —hizo una pausa—, creo que es la primera y única mujer que he amado en mi vida.
Aquella confesión fue infinitamente más reveladora que las primeras. Todo iba tornándose más interesante, excepto por la angustia que me había provocado de pronto oírle hablar así.
—Entonces, ¿por qué dármelo a mí? —sentía ser tan insistente con el tema, pero no podía entenderlo, no podía. Me tembló la voz cuando solté la pregunta. Tuve que esclarecerme la garganta.
Me ignoró por completo. No habló más y se quedó viendo el saquito.
Estúpida. Esto iba en serio.
Extendí mi mano, aunque un poco renuente, lo hice con sumo cuidado para que no pareciera una exigencia. Levi alzó la vista un poco al ver que mi mano estaba acercándose y depositó el pequeño objeto en mi palma y encerró mi mano con la suya.
El envoltorio era suave y algo pesado. Abrí el saquito casi con desesperación porque me temblaban las manos y me obstaculizaba el paso a dar con el contenido. Cuando lo abrí y lo tumbé en mi otra mano, vi un enredo en tono plateado. Lo moví para soltarlo un poco. Era un collar de plata con un colgante en forma de media luna con detalles y una piedrecilla negra en medio.
Alcé la vista para verlo con la boca abierta. No podía creerlo. Tenía que ser muy caro.
—Yo —murmuré—… no sé —en ese punto, ya había colapsado.
—No digas nada. Solo acéptalo —dijo molesto. Entendí que me estaba volviendo irritante.
—Voy a cuidarlo. ¡Lo prometo! —dije con total convicción. Se me había alzado un poco la voz, pero estaba emocionada o lo que haya sido. No podía describirlo.
Levi tomó mis manos para quitarme el colgante. Se acercó más a mí y me tensé por completo. Lo miré con timidez y con el rostro algo retraído. Supuse que quería colocarme el collar así que deslicé la capa hasta mis hombros y levanté un poco el mentón. Cuando tuvo que abrochar el collar por detrás, su rostro estaba muy cerca del mío, sentí su respiración en mi mejilla, lo que me hizo sonrojar un poco. Una vez que estuvo listo, retrocedió para verlo mejor y se deleitó con esa escena.
—Queda perfecto —asintió.
Pero no se detuvo ahí. Me quitó la diadema también y me preocupé por lo que haría con ella, ya que tenía que devolverla. No fue nada malo, después de todo. Levantó su mano y paseó sus dedos por mi cabello, desordenándolo en una caricia brusca que no podía ser sino de él. Suavicé de inmediato mi expresión. Colocó la diadema de vuelta en mi cabeza y la acomodó.
—No me vienen estas cosas —me encogí de hombros.
—Te vienen perfectamente bien —gruñó—. Basta de tanto martirio, mocosa llorona.
Quité su mano empujándola. Tenía que darles ese toque a todas las cosas. Pero, pensándolo bien, para qué mentir. Aunque me llamara mocosa todo el tiempo, él había dicho que me veía bien.
—Gracias —dije con sarcasmo.
Soltó un hm a modo de sonrisa ligera y luego repitió aquello que había estado advirtiéndome durante todo este tiempo:
—No seas estúpida —me miró con frialdad y por fin entendí a qué se refería.
—No lo seré —asentí.
—No dejes que nadie te diga quien debes ser —continuó lanzando palabras como un rayo—. Te reconocen por tu determinación, no vuelvas a flaquear —la cercanía, que se había vuelto peligrosa, me tenía los nervios a flor de piel. No sabía cómo reaccionar.
—¿Por qué estás haciendo todo esto? —me extrañé.
—Ven mañana conmigo y te lo digo —su mirada asesina me hacía sentir que eso sonaba más a una amenaza que una invitación.
—¿A dónde?
—A cualquier lugar.
—¿A qué?
—A lo que sea, no importa —sacudió la mano en el aire.
Comencé a entrar en dudas. No estaba bien, esto no estaba bien.
—¿A entrenar? —sugerí, porque la deriva no me iba muy bien y la situación me tenía confundida. Añadí palabras para alinear la secuencia de eventos que se venía como una avalancha y me encontré, de paso, con que no me importaba mucho si estaba bien o no.
—Al bosque con el multiaxial. ¿Contenta? —había notado que me estaba complicando.
—¿Hora? —tenía que tener todo claro para que resultara.
—En la mañana, después del desayuno.
—Está bien —contesté con una expresión firme y determinada en el rostro.
De nuevo, me sostuvo la mirada unos segundos. Había abierto la boca para intentar decir algo, pero ese algo nunca salió al aire.
—¡Mikasa! —escuché la voz de Sasha llamándome.
Un hielo me recorrió la espalda y se me apretó el estómago con la sola idea de que alguien me viera ahí con él, conversando de la vida y, peor aún, con la idea de que me hicieran preguntas al respecto.
—No lo vayas a olvidar, mocosa —me dijo Levi, mientras se incorporaba rápidamente para desaparecer de la escena.
—No lo haré, enano —me enojé.
No sé si me escuchó, probablemente no, porque habría llegado con una patada voladora a corregirme, pero daba igual. Lo importante era la promesa detrás de eso. No lo iba a olvidar.
—¡Mikasa! Aquí estás. Queda poco pastel —Sasha me encontró y caminó hacia mí mientras atacaba un plato con pastel.
—Ahora has alcanzado un nuevo nivel. Comer, caminar y hablar al mismo tiempo —dije sin mayor expresión.
—¿Qué quieres decir? —me miró, entrecerrando los ojos.
—Vamos adentro —me puse de pie, ignorándola.
—¿Eh? ¿De dónde sacaste esa capa? —soltó de repente.
Permanecí perpleja en mi lugar y me quedé mirándola con la boca abierta intentando, inútilmente, decir algo.
Levi había olvidado la capa.
