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Una pérdida inesperada

Lo cierto es que no tuve tiempo de abrir la carta. Confiando en que la lechuza no me dejase el alféizar de la ventana hecho un asco cuando volviese, puse rumbo a mi primera clase de Herbología. Fuese lo que fuese lo que esa lechuza traía, tendría que esperar, o a mi me daría un ataque muy pronto.

Al rato, tras tener ya la clase, la cual, a mi parecer, había salido bien, volví al despacho. La lechuza se había ido, afortunadamente sin dejarme ningún regalito, sólo la carta. En cuanto la cogí, me percaté de que era de San Mungo. Nervioso, abré el sobre.

Tras leer, me senté un momento en su silla. La carta había caído al suelo, mientras que de mis ojos comenzaban a salir lágrimas.

Mi madre había fallecido.

Tras el shock inicial, me enjugué las lágrimas y me dirigí al despacho de la Directora McGonagall, en cuya puerta llamñe insistentemente.

―Merlín bendito, Neville, ¿qué te ocurre?

―Directora… Me ha llegado una carta de San Mungo… Mi madre ha muerto.

Minerva no pudo más que abrazarme fuertemente. Ella, personalmente, había conocido a Alice Longbottom, así que su muerte también le dolía.

―Cualquier cosa que necesites, Neville, cualquier cosa, me tienes a tu entera disposición. Ahora ve a San Mungo, te necesitarán allí. Toma la chimenea.

Así lo hice, y minutos después ya estaba en la sala Janus Thickey. Mi padre, con la mirada perdida, permanecía sentado en su cama. Estaba como siempre, muy desmejorado y con el pelo canoso. Mi abuela también había llegado.

―Oh, Neville… Una gran pérdida, una gran pérdida.

Yo estaba demasiado afectado como para decir cualquier cosa, pero mi abuela sonó sincera. La relación de ambas, según tenía entendido, nunca fue muy buena. Tras apartarme de mi abuela, caminé hasta mi padre.

―Hola, papá.

Frank Longbottom se me quedó mirando, sin reconocerme. Yo no me molesté en explicarle las cosas a mi padre, pues este seguía actuando como siempre. Ni siquiera se había percatado de que su esposa, o la mujer con la que había estado compartiendo aquel lado de la sala durante años, ya no estaba.

―Señor Longbottom ―se presentó un sanador ante mí.

―¿Sí?

―Necesitamos que venga para tomar parte del cuerpo de su madre y ver qué decide hacer con él.

Logré hacer acopio de valor y seguí al sanador. Llegamos hasta una sala que debía ser la morgue del hospital. De ahí caminamos hasta una camilla, donde había un cuerpo envuelto en una gran bolsa blanca.

―¿Está listo?

Tragué aire y asintí con la cabeza mientras tragaba saliva. El sanador abrió la bolsa y mostró el cadáver de Alice Longbottom. Yo aparté la mirada, aunque no se me borraría de la memoria la imagen de mi madre, blanca como la nieve.

―¿Cómo fue?

―Un ataque al corazón. Fulminante. ¿Qué quiere hacer con él?

―Le daremos sepultura. Gracias por todo el trabajo que han hecho estos años.

―Sentimos que esto haya sucedido, señor Longbottom, seguiremos cuidando de su padre.

Yo asentí con la cabeza pero no pude decir nada más. Tras salir de la morgue, volví a la sala Janus Thickey para despedirme de mi abuela. Después, me dirigí de vuelta a Hogwarts.

Minerva me había dicho que podía tomarme la tarde libre, por lo que me la pasé en mi, despacho, sin hacer nada, simplemente mirando al vacío, recordando

Llamaron a la puerta. Yo ni siquiera hizo el esfuerzo de levantarse, pero quien quiera que estuviese fuera, insistía. Finalmente, me levanté a duras penas, caminé hasta la puerta y abrí.

Allí fuera estaba Hannah, con cara de preocupación.

―Hannah…

De inmediato, recordé lo sucedido la noche anterior, y lo que pasó al día siguiente, cómo la abandoné mientras ella dormía. Esperaba que Hannah no volviese sólo para echarme en cara aquello.

―Estoy embarazada.

Lo siguiente que recordaría sería que me desperté en mi cama, sudoroso. A Hannah sentada al borde del lecho, procurando que me encontrase bien. ―¿Qué tal estás?

―¿Qué has dicho? ―pregunté, confuso.

―Te he preguntado que qué tal estás, Neville.

―No ―le detuve ―. No me refiero a eso, Hannah. ¿Qué has dicho que estás?

Hannah evitó mi mirada.

―¿Embarazada? Sí, lo estoy. Esta mañana tenía que ir a hacerme un chequeo en San Mungo. Han analizado mi sangre y me han dicho que estoy embarazada. Supuse que debías saberlo. Lo siento.

Yo logré levantarme de la cama.

―No, no, no, tranquila. Me alegro de que me lo hayas dicho, merecía saberlo. ¿Qué piensas hacer ahora?

―Bueno, pensaba tenerlo ―dijo ella, a la defensiva, por si a mí se me pasaba por la cabeza la idea de sugerirle el aborto.

Pero, en vez de eso, yo sonrié.

―Me parece una idea perfecta. Y, si quieres, estaré aquí para ayudarte a llevar esta carga.

Hannah sonrió con sinceridad.

―Te lo agradezco, Neville. Te lo agradezco de veras ―yo sonreí por lo bajo ―. ¿Te ocurre algo? Parece como… si hubieses estado llorando.

Miré a Hannah a la cara.

―Hoy me ha llegado carta de San Mungo. Mi madre… ha fallecido.

Hannah esbozó una mirada de pena y me abrazó para reconfortarme, mientras yo empezaba a llorar. Nos quedamos así durante toda la noche. Incluso nos quedamos dormidos, Hannah abrazándome, hasta que fue el día siguiente.