*~~~~* CAPÍTULO 3: UNO MÁS *~~~~*
El resto de los enanos no tardaron en mostrar su entusiasmo ante la decisión de su líder. Los momentos de tensión previos desaparecieron en un instante, los enanos parecían haberlos olvidado por completo, pues se mostraban alegres y dispuestos a celebrar el acontecimiento.
—Esto se merece una buena jarra de cerveza —dijo Kíli levantándose enérgicamente.
—O dos —respondió su hermano sonriente.
—¿Habéis dicho que os duele la cabeza? —preguntó Óin acercándose aún más su trompetilla. Toda la sala rompió en carcajadas. De repente todos los enanos salieron corriendo de la sala en dirección a las escaleras que bajaban a la posada mientras reían y cantaban. A pesar de su aspecto rudo y severo, los enanos eran una raza alegre que aprovechaba cualquier situación para convertirla en una fiesta. Fíli agarró el brazo de Iriel y la arrastró hacia la bulliciosa multitud, la muchacha no tuvo tiempo de reaccionar y se vio conducida escaleras abajo.
—Vamos a darte la bienvenida que te mereces, compañero. —Su rubio acompañante le sonreía mientras las trenzas que colgaban de su bigote se columpiaban alegremente de un lado a otro debido a la rapidez con la que bajaba por las escaleras.
Detrás de la multitud les seguía Bilbo. También quería unirse a la celebración pero sin el exagerado ímpetu que mostraban sus compañeros. Era agradable contar con otro de su raza en esta expedición, aunque sólo fuera mitad hobbit. Tenía ganas de preguntarle un montón de cosas. Con estos pensamientos abandonó la amplia sala en la que se habían quedado Thorin, Gandalf y Balin. Balin se mostraba satisfecho de la decisión de su rey y se marchó rumbo a su habitación para preparar el contrato que le había encomendado. Gandalf y Thorin se quedaron a solas.
—Cuando te marchaste dijiste que ibas a buscar algo importante para nuestra expedición, pero no mencionaste que se tratara de un nuevo miembro.
—No estaba completamente seguro de que Rhein fuera a aceptar mi petición. De haber sido rechazada habría vuelto con alguna otra alternativa.
—Podrías habérmelo consultado. —Thorin miraba al mago con los brazos cruzados. El Istar hacía siempre lo que quería, en varias ocasiones había desaparecido durante varios días sin darles ninguna explicación, pero siempre reaparecía cuando más le necesitaban. La ayuda del mago era demasiado valiosa como para permitirse perderla, por ello aunque Thorin no siempre estaba de acuerdo con sus decisiones, era consciente de que lo más sensato era seguirlas.
—Te habrías negado antes de escucharme. Más adelante te alegrarás de haber seguido mis consejos. —Se agachó hacia el enano apoyándose en su bastón y mostrando una pícara sonrisa añadió—. Piensa que podría haber sido peor. Podría haberte traído… un elfo.
En la cara de Thorin se dibujó una mueca de desagrado, pero segundos después sonrió por el ácido humor del mago. Ambos salieron de la habitación para reunirse con el resto en la posada. Desde las escaleras podía oírse el bullicio de la taberna.
Los enanos habían ocupado varias mesas en el centro de la posada. Sus canciones y sus gritos de alegría habían contagiado a algunos de los viajeros que se encontraban por allí, quienes se habían acercado para ver el motivo de tanto júbilo. La cerveza corría de mano en mano, los enanos brindaban mientras derramaban parte del contenido de las jarras sobre la mesa y sobre sus barbas. Bofur hacía malabares con algunos platos mientras un par de cazadores curiosos le aplaudían. Dwalin y Glóin echaban un pulso junto a la barra, el resto del grupo les habían retado a que el perdedor pagaría una nueva ronda de bebida. Pronto, Dwalin alzó uno de sus puños de hierro victorioso y Glóin rebuscó entre sus bolsillos sacando unas cuantas monedas. Iriel se había sentado en una esquina de la mesa para intentar pasar un poco desapercibida, pero resultaba una tarea complicada teniendo en cuenta que ella era el motivo de la celebración. Kíli y Fíli, más risueños que de costumbre a causa de la bebida, se sentaron junto a ella, uno a cada lado.
—Seguro que estarás cansado del viaje junto a ese viejo hechicero —le dijo Kíli acercándole una enorme jarra de cerveza fría.
—Dicen que ésta es una de las mejores cervezas que se pueden conseguir en millas a la redonda. Deberíamos aprovechar, pues no tendremos ocasión de volver a probar una delicia semejante en bastante tiempo —le sugirió Fíli al ver que su nuevo compañero no recibía la bebida con demasiado entusiasmo.
A Iriel no le gustaba demasiado la cerveza, aunque como era la bebida más popularmente tomada en las reuniones sociales, se había acostumbrado a beberla. Asintió en señal de gratitud hacia los dos hermanos, tomó la jarra con una de sus manos y la introdujo por debajo de la malla que caía más allá de su cuello. La acercó hasta sus labios para tomar un trago. La malla era lo suficientemente larga para seguir cubriendo su rostro a pesar de que la jarra se encontrara debajo. El amargo y espumoso líquido bajó por su garganta provocándole un pequeño escalofrío a causa de su frescura. Fíli y Kíli tenían razón, era una de las mejores cervezas que había probado, pero también una de las más fuertes. Ambos hermanos brindaron frente a ella haciendo un fuerte estruendo al chocar sus jarras. Iriel decidió no beber más por el momento, ya le resultaba bastante complicado concordar en masculino todos los adjetivos referidos a su persona estando sobria, como para tener que hacerlo bajo los efectos del alcohol. Tenía miedo de hablar demasiado y acabar delatándose, al fin y al cabo no estaba muy segura de cómo debía comportarse un hombre, todos los que había conocido eran rudos y solitarios, no les agradaban las grandes compañías y no hablaban demasiado. Los enanos eran muy diferentes a la mayoría de los hombres con los que había compartido aventuras.
A simple vista esta raza se mostraba dura, tosca, seria. Luchaban fieramente contra cualquier peligro para defender su tierra y a sus familias, su valentía y fidelidad eran de sobra conocidas en el campo de batalla. Sin embargo ahora, Iriel estaba conociendo la otra faceta característica de estas gentes, en cuanto la situación se relajaba se convertían en personas alegres y cordiales, una compañía agradable para una noche sombría junto al fuego. Sólo hacía unos minutos que había conocido a sus nuevos compañeros pero, a juzgar por la alegría que manifestaban, todos la habían aceptado como a uno más.
Bueno, todos no.
En ese momento vio cómo Thorin bajaba por las escaleras acompañado de Gandalf. El imponente enano echó un rápido vistazo al bullicio que sus compañeros estaban provocando y, aunque mantuvo su mirada severa, no dijo nada. Iriel seguía atentamente los movimientos del enano, de nuevo presa de esa misteriosa mezcla de atracción y curiosidad que sentía por su reciente líder. Sus miradas se cruzaron un instante antes de que el rey enano se dirigiera hacia el posadero para conseguir una cerveza. El mago aprovechó también para pedir un suculento aperitivo asegurándose de alejarlo lo suficiente del insaciable estómago de Bombur. Thorin se sentó junto al mago en uno de los bancos próximos a la chimenea y allí se quedó un rato, recostado en las paredes de madera con la mirada perdida a través del cristal de la ventana, por el cual resbalaban tímidamente varias gotas de agua. Estaba empezando a llover. El alboroto de los enanos pareció apagarse poco a poco en los oídos de Iriel mientras dirigía toda su atención al único enano ajeno a la celebración.
Él era diferente a todos los demás. ¿Qué ocuparía sus pensamientos en ese momento? Tanto su cuerpo como su rostro se mostraban imperturbables, inexpresivos, sin perder esa actitud imponente que le caracterizaba. A Iriel le resultaba imposible averiguar uno sólo de sus pensamientos, tal vez ésa era la razón que atraía tanto su curiosidad. Ella seguía mirándole de reojo mientras acercaba de nuevo la jarra a sus labios para probar un segundo trago. En ese momento una voz la sacó de sus pensamientos para volver a sumergirla en el jaleo de la habitación donde se encontraba.
—Nuestro tío nunca se une a nuestras celebraciones —dijo Kíli en tono de aburrimiento mirando hacia la silueta de Thorin, había adivinado a quién estaban persiguiendo los ojos de su nuevo compañero.
—Tiene muchas preocupaciones en la cabeza, estoy seguro de que cuando hayamos recuperado Erebor cambiará un poco de actitud —le contestó su hermano.
—Ese día prepararemos la fiesta más grande que podamos recordar —respondió con una gran sonrisa que delataba la gran celebración que estaba imaginando en su mente—. Ni siquiera nuestro tío podrá resistirse a ella.
—La cabeza del dragón colgará de los balcones de nuestra majestuosa ciudad. Todos en la Tierra Media cantarán canciones sobre nuestra victoria. —La emoción de los muchachos iba en aumento, mezcla de la vivacidad de su juventud, las esperanzas depositadas en todos sus compañeros y el embriagador elixir que ya corría por sus venas. Había una cosa muy clara, esta pareja de hermanos estaba dispuesta a luchar hasta su último aliento, la derrota no era una opción para ellos.
—Eso será si salimos vivos… —dijo Bilbo en un susurro acercándose a la mesa donde se encontraban. Ninguno de los dos hermanos lo escuchó, y si lo hicieron, prefirieron ignorar su comentario pesimista. El alcohol había hecho aflorar en el hobbit el miedo y la desesperanza, pues a pesar de las buenas intenciones de los enanos, él era consciente del final que les esperaba cuando llegaran a la Montaña Solitaria. Desde que Bofur le describió al dragón el día en que se conocieron, no podía apartar de su mente su llameante aliento y sus atroces colmillos, aunque intentaba que ninguno de sus compañeros se diera cuenta. Iriel miró a su compañero hobbit que suspiraba mientras sostenía un trozo de tarta de queso a medio comer. Aquel mediano no se había enfrentado al peligro en su vida, él disfrutaba de una existencia tranquila y rutinaria bajo su acogedor agujero-hobbit. Aún no entendía por qué había salido de allí. Las palabras del mago aún resonaban en la cabeza del mediano.
«Tendrás alguna que otra historia que contar cuando vuelvas».
«¿Y me prometéis que volveré?»
«No. Y aunque vuelvas, jamás serás el mismo».
Eran esas últimas palabras las que más inquietaban a Bilbo. ¿Se reconocería a sí mismo si conseguía salir vivo de esta locura?
Una alegre canción, que empezó a sonar desde el otro lado de la habitación, hizo que la sombra que acechaba el corazón del hobbit se desvaneciera durante un rato y le hiciera formar parte de nuevo de la fiesta. Algunos acompañaron la melodía con improvisados instrumentos.
Entre las laderas de las montañas
Unos radiantes rayos de sol nos invitan.
Una nueva mañana nos está llamando.
Los bosques y los ríos cantan a su son,
Una esperanza resuena en nuestro corazón.
Los pájaros gritarán de alegría,
Los peces silbarán de júbilo,
El atardecer sonreirá en su camino,
La luna les mostrará su destino.
Escucharemos el viento entre los árboles.
Sentiremos un susurro que se aleja.
Más allá de nuestros ojos,
Perdiéndose en la distancia.
Nunca dejaremos de buscar,
Nunca dejaremos de pelear,
Con valor, el tiempo nos perseguirá.
Iriel había oído esta canción en alguno de sus viajes. Algunos exploradores solían cantarla cuando se encontraban desanimados en lugares ásperos alejados de sus hogares. Esta suave melodía tenía la capacidad de apaciguar sus corazones durante esos instantes. Pero los enanos habían conseguido algo más, su voz le daba una fuerza diferente, transmitían un sentimiento de triunfo, la vivaz sensación de que todos ellos podían ser capaces de lograr cualquier cosa sólo con desearla. Ojalá no se tratase sólo de una falsa ilusión.
Había dejado de llover. La luna anunció la medianoche alumbrando las ventanas con su nacarado resplandor, la tarde había trascurrido discretamente con aquella celebración. Iriel decidió que ya era hora de irse a descansar, pues les aguardaba un duro camino al día siguiente. El mago pareció adivinar los pensamientos de la chica y también se levantó para abandonar la sala. Los enanos habían reservado las habitaciones por parejas, por lo que lo más sensato era que Gandalf compartiera la suya con Iriel. Ambos subieron por las escaleras hasta llegar a la octava habitación del pasillo. Era la suya. Una vez dentro oyeron cómo algunos de los enanos también subían para descansar en sus respectivos cuartos, sin embargo otros todavía continuaron abajo, apurando las últimas gotas de sus recipientes.
La habitación era sobria pero acogedora. Tenía dos camas separadas por una mesilla de madera sobre la que descansaba un pequeño candil que iluminaba el lugar. Junto a la ventana había una silla y un pequeño arcón que servía como armario. En el otro lado de la habitación había una pequeña vasija con agua y una toalla. Gandalf corrió las cortinas de la ventana y se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada. Iriel aprovechó entonces para liberarse de su atuendo. Respiró aliviada al quitarse el casco y la malla. Sus cabellos cayeron rápidamente sobre sus hombros al sentirse liberados. Se desató el apretado e incómodo jubón y se quedó solamente con la camisa gris. Se quitó los brazaletes y los guantes, se desabrochó el cinturón donde tenía sus armas y lo dejó todo en una silla al lado de la ventana. Arrojó las pesadas botas al suelo y se tumbó en la cama. No tardó en quedarse dormida. El mago la miró con dulzura.
—Descansa pequeña, nos esperan duras y solitarias travesías en nuestro camino. —Y apagando la vela del candil se recostó sobre su cama. Tardó bastante tiempo en conciliar el sueño, muchas preocupaciones rondaban en su interior. Finalmente cayó en un sueño superficial manteniendo sus ojos abiertos, el mago se había acostumbrado a dormir de esta manera para que el peligro no se aprovechara de su situación.
Iriel se despertó con los primeros rayos de la mañana, mas el mago ya no se encontraba a su lado. Se acercó a la vasija para lavarse la cara y las manos. Tras secarse con la toalla y respirar profundamente, se dispuso a colocarse de nuevo todas las piezas de su atuendo. Recogió sus cabellos como pudo para esconderlos en el interior del casco. Cuando hubo terminado se miró en el cristal de la ventana. El rey enano tenía razón, su aspecto no pasaba precisamente desapercibido, pero le gustaba, le confería un aspecto misterioso. Incluso podía acabar acostumbrándose al frío de la malla que rozaba su piel, al metal que sujetaba su frente dejando escapar su flequillo. Sólo sus ojos escapaban de esta prisión. Unos ojos que ansiaban explorar el mundo hasta el último rincón. Abrió la ventana de par en par, sintió el viento en su cuerpo, la calidez del sol. La excitación de una nueva aventura recorría su estómago y un escalofrío le recorrió la espalda imaginando lo que le esperaba. Había nacido para esto, se preguntaba cómo había sido capaz de mantenerse tres años alejada de las maravillas que la Tierra Media podía ofrecerle. Era hora de ponerse en marcha para su última aventura.
Unos tímidos golpes llamaron a la puerta. Al otro lado se encontraba Balin con un pergamino en la mano.
—Espero no haberos despertado. —Iriel negó con la cabeza—. Aquí tenéis el contrato de nuestra Compañía, tal y como os prometió nuestro señor.
Balin le tendió una pluma junto al pergamino. Iriel desenrolló hasta el final el extenso documento. La mayoría hablaba sobre los peligros de la misión y sobre las condiciones a las que se someterían. En la parte de abajo se encontraba la parte referente a su recompensa. Como Thorin le había prometido, tendría acceso a la biblioteca de Erebor. Al final se encontraban la firma del viejo sabio y la del líder de la misión. Iriel sonrió para sus adentros, incluso la caligrafía de Thorin tenía la sofisticada esencia de la realeza, su cuidadosa letra realzaba todavía más la fuerza de su nombre, el poderoso linaje de Durin. Se quedó observándolo un poco más y gracias a ello se percató de que la tinta aún no estaba seca, no haría mucho tiempo que lo había firmado. Apoyó el pergamino en la pared y firmó en el hueco correspondiente. Le entregó el papel en silencio y, dejando atrás al enano, bajó por las escaleras.
Salió de la posada para ir a saludar a su caballo. Allí se encontró con algunos de sus compañeros que también estaban preparando sus ponis. Cargaban los fajos con provisiones que acababan de comprar en la aldea y se aseguraban de que todos los paquetes estuvieran bien sujetos. Ori se encontraba cepillando las crines y el pelaje de las monturas mientras dejaba escapar algún que otro bostezo.
—Buenos días, Rhein —le dijo cuando le vio acercarse. Iriel le contestó asintiendo con la cabeza y se acercó a su plateada montura. El caballo la recibió con un suave relincho. Iriel acarició la cabeza del animal con dulzura. Comprobó que sus cosas seguían donde las había dejado. Iba a dejar el cobertizo cuando se encontró con Gandalf.
—Thorin dice que ya nos hemos retrasado lo suficiente, así que vamos a partir inmediatamente. —Le tendió un paquete envuelto en un pañuelo. Al desenvolverlo descubrió una hogaza de pan con varios trozos de queso—. Ese testarudo enano ni siquiera nos deja tiempo para desayunar como es debido, eso es lo único que he podido conseguir del posadero a estas horas, el cocinero todavía sigue durmiendo.
Iriel agradeció la comida del mago, el día anterior no había comido demasiado a causa del hormigueo que le recorría el estómago. Dwalin se acercó a ellos a grandes zancadas. A juzgar por la seriedad de su rostro y las ojeras que surcaban su cara, parecía que las rondas de cerveza de la noche anterior le habían pasado factura.
—Daos prisa, muchachos. Thorin nos espera en diez minutos al otro lado del puente, al norte de la aldea.
—¿Dónde está el resto? —preguntó Dori cargando los últimos paquetes de los ponis con la ayuda de Bofur.
—Nori, Óin y Glóin han ido a comprar el resto de las provisiones. Bifur y Bombur están en la posada terminándose su desayuno. Thorin se marchó temprano, sus sobrinos querían comprar flechas y afilar las hojas de sus armas, por lo que ha decidido acompañarles. Él trabajó durante muchos años como herrero, así que sabrá conseguirles piezas de buena calidad —explicó Balin, que acababa de llegar al cobertizo.
—¿Y Bilbo? —preguntó Gandalf.
—Acabo de despertarlo, el pobre parecía estar muy a gusto bajo las sábanas… —contestó Balin.
Iriel se montó en su caballo y sin decir nada salió cabalgando a toda velocidad hacia el lugar donde habían quedado. El resto se quedó quieto mirando la estela de polvo y barro que había dejado.
—A Rhein nunca le ha gustado hacer esperar a nadie —dijo el mago intentando disculpar los bruscos modales de la joven.
Bilbo apareció bostezando justo cuando el caballo de Iriel atravesó la posada. La velocidad del animal al pasar a su lado hizo que Bilbo perdiera el equilibrio y se tambaleara hacia atrás, quedando sentado en el bordillo de la puerta y tirando la tostada que llevaba en la mano. Tuvo que mirar a ambos lados para entender lo que había pasado. El animal siguió cabalgando contra el viento que ondeaba sus crines y el flequillo de la joven. La muchacha adoraba cabalgar así. Podía sentir cómo se tensaban los músculos del animal sobre su piel. Lo que más adoraba era el sonido de las pezuñas golpeando la tierra. Ese sonido que definía su libertad. Libertad para alcanzar cualquier destino.
En tan sólo un par de minutos había dejado atrás la aldea y ya podía ver delante de ella el puente donde habían quedado. Un pequeño riachuelo serpenteaba debajo de él. Había un par de árboles frutales al otro lado. Se acercó a ellos para coger una manzana para el caballo y otra para ella. Se sentó bajo su sombra apoyando su espalda en el tronco y comenzó a mordisquear la manzana mientras esperaba al resto de sus compañeros.
Thorin apareció unos minutos después acompañado de sus sobrinos. Kíli había llenado su carcaj con flechas y Fíli parecía haber adquirido un nuevo puñal en su cinturón. Thorin miró al caballo plateado y a la joven que seguía sentada disfrutando de su refrescante fruta.
—Parece que sois más puntual que el resto de mi Compañía —la elogió Thorin. Iriel sonrió orgullosa pero la malla ocultaba sus emociones. Poco después empezó a escucharse una multitud de pisadas que se aproximaban. Las siluetas de los enanos sobre sus monturas comenzaron a divisarse. Gandalf era el primero de la comitiva junto a un atormentado Bilbo que no podía parar de estornudar. Enseguida se reunieron todos en el puente. Dwalin, que iba el último, soltó las riendas de tres caballos para los descendientes de Durin. Kíli y Fíli saltaron sobre sus ponis llenos de emoción. Thorin acarició el hocico de su montura antes de subir.
—Hoy nos espera un largo camino, espero que vuestros cuerpos se hayan recuperado, pues os necesito en plena forma para esta expedición. No acamparemos hasta que hayamos atravesado estos páramos. —Nadie replicó las órdenes de Thorin aunque sabían que en el mejor de los casos atravesarían la zona hacia la medianoche. Bajo las órdenes de su líder no había muchos descansos.
La montura de Thorin inició la marcha, el resto de los enanos le siguieron detrás, algunos en solitario y otros en parejas. Iriel arrojó el hueso de la manzana al río y subió a su caballo. Se colocó al final de sus compañeros, no le apetecía mucho conversar.
El sol les acompañó en su travesía. Desde su punto más alto les observaba orgulloso. Ninguno paró a comer, tuvieron que conformarse con mordisquear un trozo de pan de sus alforjas. La tarde siguió avanzando hasta que el sol se ocultó en el horizonte. Aún quedaba bastante camino para que Thorin estuviera satisfecho. Iriel notaba cómo se entumecía todo su cuerpo, hacía demasiado tiempo que no soportaba tantas horas a caballo. El viaje con el mago había sido más relajado.
Ninguno de sus compañeros parecía quejarse del cansancio y como se encontraba al final de la fila, no podía ver la cara de agotamiento que en realidad tenían. El estómago de Iriel empezó a rugir con furia, tanto que hizo relinchar a su caballo. Bofur y Dwalin se giraron para mirarla. Iriel se sintió bastante avergonzada, afortunadamente la malla cubría el tono rojizo que debían de haber adquirido sus mejillas.
—No eres el único que tiene hambre, muchacho. A veces creo que Thorin disfruta torturándonos con sus interminables caminatas —dijo Bofur sonriente, llevándose la mano a la barriga.
En ese momento el rugido de otro estómago resonó por toda la fila. Bilbo estaba recostado sobre el lomo de su montura sujetándose el abdomen. Bofur estalló en carcajadas.
—Así que era cierto. El apetito de los hobbit es el más voraz de las razas de la Tierra Media.
—Me muero de hambre —dijo Bilbo con las pocas fuerzas que le quedaban. El resto de los enanos comenzaron a murmurar. También ellos sentían un doloroso agujero en sus estómagos. Los murmullos de protesta llegaron a los oídos de Thorin.
—Por favor, tío —suplicó Kíli—, déjanos descansar un rato, llevamos todo el día cabalgando.
Thorin no tenía intención de detenerse pero las famélicas caras de sus compañeros le ablandaron un poco el corazón.
—Caminaremos un poco más hasta encontrar un lugar seguro para acampar. Dwalin, Glóin, adelantaos para explorar la zona.
Los dos enanos obedecieron las órdenes espoleando a sus animales para adelantarse. Cuanto antes consiguieran un lugar seguro, antes podrían cenar y descansar. El ánimo del resto de los enanos mejoró ante la noticia de un merecido descanso. Thorin miraba a su alrededor rastreando hasta donde le alcanzaba la vista. No sabía por qué pero se sentía inquieto. Dwalin y Glóin regresaron al cabo de un rato.
—Más adelante, a la derecha de ese risco, hemos encontrado una pequeña hondonada rodeada de rocas. Son lo suficientemente grandes para ocultarnos y nos resguardaran del frío de la noche —informó Dwalin.
—Además existe un recoveco desde el que se puede vigilar sin ser visto —les explicó Glóin.
—Bien, descansaremos en el lugar que habéis encontrado.
Todos se alegraron, pero sin duda los que más lo hicieron fueron los dos hobbits. Iriel empezaba a sentir que se le nublaba la vista por el cansancio y el hambre. Desmayarse en el caballo durante su primer día no habría ayudado mucho a demostrar su valía. Los animales también se alegraban de poder descansar sus extremidades y deshacerse durante unas horas de la carga que transportaban.
Cuando llegaron a la hondonada todos empezaron a acomodarse junto a las rocas. Fíli y Kíli fueron los encargados de asegurar las riendas para que ninguna de las monturas escapara. Ori y Dori llevaron agua a los ponis, que se la bebieron en un abrir y cerrar de ojos. Bombur empezó a sacar las ollas y los cuencos mientras Nori encendía el fuego. Bofur sacó varios trozos de panceta de las provisiones y se las acercó a Bombur para que las cocinara. También sacaron un buen puñado de huevos para acompañar la carne. Bilbo sacó de su mochila un paño con varias manzanas que había comprado en la aldea justo antes de marcharse. Se acercó sigilosamente a los ponis para ofrecerles alguna sin que los enanos lo vieran, aunque como la mayoría no parecía estar interesada en ningún alimento de color verde, no creía que les molestara que alimentara con ellas a los animales.
Cuando la comida estuvo lista todos se sentaron alrededor del fuego. Bofur y Dori repartieron los cuencos llenos de comida. Los enanos la engulleron en un instante, pero no pidieron que les rellenaran el cuenco por segunda vez. Ninguno excepto Bombur, al que directamente le habían servido dos cuencos. Los enanos se mostraban satisfechos con sus estómagos llenos, tanto que empezaron a acomodarse para dormir. Sacaron los sacos de sus mochilas y colocaron las bolsas a modo de almohada. Bilbo se acomodó entre Gandalf e Iriel. La muchacha iba a hacer lo mismo cuando Thorin la llamó.
—Rhein y yo haremos la primera guardia. Después nos sustituirán Glóin y Nori.
Iriel dejó escapar una maldición en voz baja. Estaba muerta de sueño, pensaba que le darían al menos un par de días para acostumbrarse a este ritmo antes de pasar la noche en vela. Dejó sus cosas junto al fuego y se dirigió hacia donde estaba el enano. Escalaron un par de rocas hasta que llegaron al hueco al que se había referido Glóin. Era lo suficientemente grande para tres personas y uno de sus lados sobresalía hacia delante con bordes afilados, resguardándoles del viento y ocultándoles del exterior. Glóin tenía razón, era un buen lugar para vigilar sin ser visto.
La razón por la que Thorin le había elegido como compañero era tenerle vigilado. A pesar de las palabras de Gandalf no acababa de fiarse de Rhein. El hecho de que ocultara su rostro de esa forma le hacía sospechar todavía más. Además no había conseguido quitarse ese extraño sentimiento de inquietud desde que habían decidido acampar.
No iba a ser una noche fácil para ninguno de los dos.
