Capítulo 3

Capítulo 3

Azul

Llevaba más de media hora dándole vueltas con el tenedor a la comida cuando se dio cuenta de que estaba demasiado fría como para querer comérsela. Aunque lo cierto era que nunca había tenido demasiada intención de comer nada. Simplemente, se había sentado a la mesa porque era lo que había que hacer. Un gesto mecánico más dentro de la rutina en la que se había convertido su existencia en los últimos dos días. Con desgana, empujó el plato lejos de ella y giró la cabeza hacia la ventana con la mirada perdida. No sabía muy bien lo que esperaba encontrar al otro lado de aquel cristal, pero, durante unos segundos, el azul del cielo de verano pareció reconfortarla.

Le gustaba mucho el azul.

Sintió un peso sobre su regazo y supo que Crookshanks tenía ganas de que le rascasen detrás de las orejas. Sin prestar mucha atención a lo que hacía, bajó la mano hacia la cabeza del animal y empezó a acariciar aquel punto que hacía que su mascota comenzase a ronronear casi al instante. El suave ruido no se hizo esperar y Hermione sonrió complacida. Las pequeñas garras del animal se clavaron suavemente en los vaqueros de la chica y rozaron su piel. Hermione sabía que era la forma que Crookshanks tenía de hacerle saber que estaba a gusto.

Al cabo de un rato, el gato se quedó dormido, hecho un ovillo sobre sus piernas. No le apetecía despertarlo porque sabía que no se lo tomaría bien y estaría sumamente irritable el resto del día, pero tenía cosas que hacer. Bajó la vista y le dio un suave golpe en el lomo.

- Lo siento, amigo.- le susurró- pero ya tendrás tiempo de descansar. Tengo que terminar de meter mis cosas en el baúl.- Hermione se levantó y posó con suavidad al animal en el suelo, no sin antes rascarle un poco detrás de las orejas en un claro intento de sosegar el malhumor que se adueñaría del gato por haber interrumpido su siesta. Crookshanks la miró con evidente reproche y, emitiendo un pequeño bufido malhumorado, se alejó caminando lo más altivamente que sus arqueadas patas se lo permitían.

Hermione sonrió al reconocerse en aquel gesto. Incluso el bufido había sonado increíblemente parecido a los que tan habitualmente soltaba ella en la sala común de Griffindor. Interiormente, se alegró de que ninguno de sus dos amigos hubiese estado allí para ver la reacción del gato. Ron no habría tardado ni dos segundos en hacerle notar el asombroso parecido. Y Harry habría sonreído con condescendencia esperando el consabido ataque de furia que habría demostrado la muchacha debido al comentario del pelirrojo.

- Cómo echo de menos Hogwarts…- suspiró mientras se giraba hacia las escaleras. Comenzó a subir en dirección a su cuarto cuando se dio cuenta de que no había recogido la cocina. Miró el reloj y comprobó que todavía era temprano- Supongo que todavía me da tiempo.

Bajó los pocos escalones que le había dado tiempo a subir y se encaminó de nuevo a la cocina. Decidió que no merecía la pena poner el lavavajillas para tan poca cosa y, como no tenía mucha experiencia con los hechizos domésticos, se puso aquellos guantes que tanto odiaba dispuesta a fregar los platos sucios. Ella prefería notar el agua en sus manos pero su madre siempre le obligaba a protegerse las manos con los guantes de goma para que no se le quedasen resecas debido al jabón. No pudo evitar una amarga sonrisa mientras iba deslizando los dedos dentro de aquellos guantes. Mientras cogía el estropajo comenzó a notar que los ojos se le humedecían y las lágrimas pugnaban por salir y correr libres por sus mejillas. No se lo impidió.

Estaba sola y no le importaba llorar en silencio mientras fregaba los pocos utensilios de cocina que había utilizado ese día. Necesitaba desahogarse ahora que podía porque, dentro de tan solo unas horas, vendrían a buscarla y ya no podría llorar. No debía llorar.

No le llevó más de cinco minutos terminar su tarea. Cuando acabó de colocar cada cosa en su sitio se lavó la cara y suspiró hondo intentando relajarse. Se sentía mucho mejor. Una vez agotado el tiempo de la autocompasión, todavía tenía cosas que hacer.

Subió hasta su cuarto decidida a meter en aquel dichoso baúl todas las cosas que necesitaría. Nada más echar un rápido vistazo al suelo de la habitación recordó por qué todavía no había conseguido hacer el equipaje.

Tenía demasiadas cosas.

Llevaba toda la noche metiendo y sacando cosas del baúl, desechando libros o zapatos por falta de espacio, intentando hacer sitio colocando las cosas de mil y una formas diferentes, pero nunca conseguía meterlo todo. Y necesitaba todas aquellas cosas. Faltaban todavía casi dos meses de vacaciones. Casi dos meses que iba a pasar en La Madriguera sin la posibilidad de acudir a su armario a cambiarse cuando tuviese demasiado calor, o cuando necesitase una chaqueta porque tenía frío, o cuando le apeteciese ponerse sus zapatillas de pompones…

- ¡Loca maniática!- se dijo a sí misma Hermione, poniendo los ojos en blanco mientras se arrodillaba por enésima vez delante del baúl a medio llenar. Resopló con cansancio viendo lo que ya había metido y decidió volver a sacarlo. Tenía que hacer más sitio.

Mientras volvía a repasar la lista de los libros que quería llevarse consigo no pudo evitar sonreír. Hermione no se consideraba una persona materialista ni superficial. Nunca había sentido la necesidad imperiosa de poseer algo, ni siquiera cuando era una niña a la que se le podía conceder algún capricho de vez en cuando. Sin embargo, le gustaba tener cerca sus cosas. Eran sus cosas. No le gustaba que nadie las tocara y no le gustaba necesitar algo y no tenerlo a mano. Era una manía, lo sabía. Pero no podía evitarlo. Esa era una de las razones por las que no le gustaba demasiado pasar días fuera de su casa. Nunca le había gustado pasar el fin de semana con algún familiar o en casa de sus amigas del colegio (aunque nunca hubiera tenido muchas).

Sin embargo, con el paso de los años y, por motivos obvios, Hermione había tenido que acostumbrarse a pasar largas temporadas fuera de su casa. Había superado un poco (sólo un poco) la necesidad de llevarse el armario a cuestas cada vez que salía por la puerta. Aunque era cierto que, durante las dos primeras semanas de curso, casi siempre le escribía a su madre pidiéndole que le enviase cualquier cosa que no había podido llevarse por falta de espacio.

Lo más difícil había sido la primera vez que Ron la había invitado a pasar las vacaciones en su casa. Nunca había estado en casa de un mago y no tenía ni idea de lo que podría hacerle falta allí. Se había pasado toda una tarde decidiendo qué se llevaría. Incluso entonces, cuando no tenía ni idea de lo que se iba a encontrar, había sido más fácil que ahora. Conocía La Madriguera tan bien como su propia casa. Y el cuarto de Ginny ya era casi una extensión del suyo propio. De hecho, había dejado allí algunas cosas sin que a la pelirroja le importara. Es más, Hermione estaba segura de que le había encantado la idea. Incluso le había hecho sitio en su armario para que dejase allí algunas de sus prendas de verano.

-No seas tonta, Hermione- le había dicho mientras sostenía en sus manos unos pantalones cortos- Esto no te lo vas a poner ni en Hogwarts ni en tu casa en Navidad. ¿Para qué te lo vas a llevar si tendrás que traértelo de nuevo?- y, sin darle siquiera tiempo a pensar en una réplica coherente, los había doblado y guardado en el armario.

-Tal vez debería haber llamado a Ginny para que me ayudase con esto- dijo en voz alta.

Hermione sabía que Ginny encontraría inútiles muchas de las cosas que ella pretendía llevarse. El secador de pelo, sin ir más lejos. Y lo cierto era que Hermione no se lo había llevado nunca al mundo mágico. ¿Para qué? No le serviría de nada en un lugar en el que no había electricidad. Pero es que todos aquellos años, Hermione sabía que todo lo que dejaba atrás, en la seguridad de su hogar, estaría allí esperándole cuando ella volviera. Esta vez era diferente. Esta vez, puede que no volviera.

Se iba a la guerra con Harry y con Ron. Nadie podía saber cuánto tiempo tardarían en encontrar y destruir los horrocruxes, si es que lo conseguían. Y en caso de que lo lograsen, estaban sus padres. Decir que su situación familiar era complicada era un simple formalismo. A estas alturas su "situación familiar" era un auténtico caos. Lo más probable era que Hermione no volviese a pisar aquella habitación. Por eso quería llevarse todas aquellas cosas. Necesitaba llevarse toda su vida con ella.

Un fuerte golpe en el cristal de la ventana la sobresaltó. Instintivamente, sacó la varita del bolsillo trasero de sus pantalones y apuntó hacia la ventana dispuesta a aturdir a cualquier cosa que se moviera. Sus músculos se relajaron cuando vio a una diminuta y revoltosa lechuza revoloteando al otro lado del cristal. Con un suspiro de alivio se levantó y abrió la ventana para dejar entrar a Pigwidgeon que, en su afán por entregar lo más rápido posible su carta, voló con tal velocidad hacia ella que le golpeó en la frente con sus diminutas alas.

- ¡Cómo puedes ser tan pequeña y tan molesta!- dijo mientras se frotaba la frente con una mano. Con la otra intentaba en vano atrapar a la pequeña lechuza. Cuando lo logró, se apresuró a desatar el pergamino de su pata. Cuando ya lo estaba desenrollando con ansia para leer la respuesta que llevaba dos días esperando, un súbito escalofrío le recorrió la espalda. Se quedó quieta con el pergamino todavía enrollado en sus temblorosas manos. ¿Y si no era lo que esperaba?

Dos noches antes le había enviado una lechuza a Ron contándole que pretendía irse de casa y pidiéndole que le dejase alojarse en la suya. No habían tardado en enviar a Pigwidgeon confirmándole lo que ella ya sabía. Irían a buscarla. Lo que no se esperaba es que fuesen a tardar dos días. Al principio, no le dio importancia. En los tiempos que corrían, viajar sola era muy peligroso. Y dado la relación que les unía a Harry Potter, el viaje no iba a ser precisamente una excursión al campo. Además, con la boda de Bill y Fleur tan próxima, supuso que La Madriguera desbordaría actividad por los cuatro costados. Pero después de dos días sin saber absolutamente nada de Ron, había empezado a preocuparse. ¿Y si se habían arrepentido y no querían tener un estorbo más en la casa? ¿Y si la señora Weasley no la quería bajo su mismo techo por haber tenido la desfachatez de dar por supuesto que la tratarían como a una más? ¿Y si esperaban que dejándola unos días más en casa se le pasase el cabreo y se reconciliase con sus padres?

Eso no iba a pasar. Había tomado una decisión y la mantendría por muy duro que le resultase. No podían dejarla encerrada en esa casa. No podían abandonarla ahora.

Reunió un poco del valor que la había colocado en Griffindor y desenrolló el pergamino, temerosa de lo que se pudiera encontrar en él. La descuidada caligrafía de Ron la saludó desde el pergamino infundiéndole un resquicio de esperanza.

Contuvo el aire en sus pulmones mientras sus ojos recorrían las escasas palabras que su amigo había escrito en aquel papel.

Espéranos a las 21:00 en el patio trasero de tu casa. Bill me acompañará.

Todo saldrá bien.

Una gran sonrisa se dibujó en su cara. Ahora, con aquel pergamino en la mano, no podía más que pensar que había sido una idiota por haber dudado de Ron y su familia. No la iban a abandonar. Y no había sido tanto el hecho de comprobar que irían a buscarla como que Ron se hubiese atrevido a intentar tranquilizarla en la distancia lo que la había hecho sentir tan bien.

Tres palabras. Nada más que tres palabras, y todo lo que había pasado en los dos últimos días se había esfumado en el aire. Ahora, lo único en lo que podía pensar era en que Ron iba a ir a buscarla.

Bueno, y Bill. Bill también vendría, claro.

Cogió un trozo de pergamino en blanco de encima de su mesa y escribió la nota de confirmación que Ron necesitaría para saber que todo iba según lo previsto y la ató, no sin cierto esfuerzo, a la pata de Pigwidgeon. El corazón le palpitaba en el pecho con fuerza mientras la dejaba salir para que cumpliera su cometido. Miró el reloj. Eran poco más de las 6 de la tarde. Todavía tenía tres horas por delante para pelearse con el condenado baúl.

- Conseguiré meter todo esto aunque tenga que hechizarte…- no pudo evitar golpearse la frente nada más decirlo.- ¡Seré idiota!

Dobló y guardó con cuidado el pergamino que le había enviado Ron en el bolsillo de su pantalón y se abalanzó sobre el montón de libros que descasaban en el suelo. Acababa de recordar el maletero de un viejo Ford Anglia mucho más amplio de lo que debería haber sido sin una pequeña ayuda del señor Weasley.

Volvió a arrodillarse una vez más delante de su baúl con un libro abierto en una mano y su varita en la otra. Cerró los ojos buscando la concentración que necesitaba y realizó el hechizo. Con una sonrisa de alivio comprobó que había funcionado. Volvió a dirigir la vista hacia la ventana abierta por la que podía ver el azul del cielo. No lo sabía, pero le brillaban los ojos.

Le gustaba mucho el azul…

Pasó el resto de la tarde guardando prácticamente todas sus cosas en aquel enorme baúl, despreocupadamente, ahora que sabía que no tenía que preocuparse por el espacio.

Una hora antes de la llegada de los Weasley ya lo tenía todo preparado, lo que la tranquilizó un poco. Pero fue una sensación efímera porque, en cuanto cesó la febril actividad que la había tenido ocupada prácticamente todo el día, se dio cuenta de que tan sólo quedaba una hora para abandonar aquella casa. Su casa.

Sintió como las sensaciones se agolpaban en su pecho. Melancolía, añoranza, miedo, incertidumbre, ira, esperanza… No podía identificarlas en la boca de su estómago pero el palpitar desbocado de su pecho y las lágrimas que volvían a molestarla le dejaron bien claro que no era una buena idea quedarse sentada esperando a que vinieran a buscarla. Respiró hondo intentando tranquilizarse y decidió bajar el baúl hasta el piso inferior ella misma (ignorando que ahora pesaba casi una tonelada) en vez de esperar a que los fuertes brazos de los dos chicos que la sacarían de aquella casa le echasen una mano. Eso la mantendría ocupada durante un rato.

Casi veinte minutos y dos moratones más tarde, conseguía arrastrar el pesado baúl hasta el patio trasero. Se sentó sobre él intentando recuperar un poco el aliento.

Desde donde estaba podía ver el parque donde tantas veces la habían llevado sus padres. Los columpios desde donde tantas veces le había gritado a su padre que la balancease más fuerte para poder llegar más alto. También podía ver la ventana de su habitación en el piso de arriba, ahora ya cerrada.

En ese momento, supo con certeza que ya nada volvería a ser como antes. Aunque volviese a poner un pie en aquella casa, todo sería completamente distinto. Ella sería distinta. Toda su vida sería distinta. Lo que realmente le sorprendió fue que no le importaba. No le importaba dejar atrás toda su vida porque iba a luchar por aquello en lo que creía. Por todo aquello que merecía la pena salvar. Si para ganar en aquella lucha tenía que dejar atrás todo lo que había conocido hasta el momento, lo haría.

- La guerra siempre exige sacrificios- dijo mientras se levantaba y se disponía a entrar por última vez en la que, hasta ahora, había sido su casa. Aunque no fuera a volver, había que hacer las cosas bien. Tenía que despedirse.

Tardó diez minutos en volver a salir, con su bolso en una mano y una chaqueta en la otra. Los ojos enrojecidos y los pequeños surcos en sus mejillas revelaban la dureza de la despedida. Pero su aire decidido y la barbilla alzada dejaban claro que no había marcha atrás. Apoyó el bolso y la chaqueta en el baúl y volvió a sentarse sobre él.

Ahora tocaba esperar.

Un minuto más tarde sintió cómo Crookshanks se frotaba, ronroneando, contra sus tobillos.

- Hola, bicho- le dijo mientras alejaba las manos de su regazo para dejar el lugar libre al animal. Este no tardo en saltar para acomodarse entre los bazos de su dueña.- Empezaba a pensar que tendría que ir a buscarte.

El gato maulló perezosamente y la miró moviendo la cola hacia los lados. A Hermione todavía le sorprendía lo bien que parecía comprenderla. Se entendía mejor con aquel gato que con muchas de las personas con las que compartía su vida.

- Ya sé que a ti te da un poco igual, pero Ron va a venir a buscarnos. Cuando lleguemos a La Madriguera podrás correr detrás de tantos gnomos como quieras. Te prometo que no te reñiré- el gato se relamió significativamente. Hermione no pudo evitar soltar una pequeña carcajada mientras acariciaba con ternura la cabeza de su mascota.- Sinceramente, no sé por qué os lleváis tan mal Ron y tú, con lo que os parecéis. Él tampoco soporta a esos pequeñajos, ¿sabes? Aunque creo que si no fuera porque su madre le obliga a perseguirlos por todo el jardín, probablemente ni se acordaría de que existen.

Miró la pequeña esfera de su reloj para comprobar la hora. Cuando esperas algo con verdadera ilusión, los últimos minutos siempre parecen alargarse demasiado. Pero, convenciéndose a sí misma de que lo que se revolvía en su estómago no eran más que nervios por el inminente traslado, ella tenía la sensación de que realmente habían pasado más de 10 minutos. Las manecillas se lo confirmaron. Eran las 21:10.

Hermione miró a su alrededor, escudriñando la creciente oscuridad que la rodeaba. La puntualidad no era el fuerte de Ron, pero venía con Bill, un adulto responsable, un miembro de la Orden del Fénix. Ningún miembro de la Orden había llegado tarde nunca a una misión. Herminone no se consideraba, ni de lejos, tan importante como Harry, pero sabía que aquel "viajecito" era peligroso y había sido supervisado por la Orden. No tenía sentido que hubiesen tardado dos días en ir a buscarla, por motivos de seguridad, y ahora llegasen tarde.

Estaba empezando a preocuparse. ¿Habría pasado algo? El día anterior había leído en El Profeta (que le seguía llegando religiosamente cada mañana) que se habían intensificado los ataques contra muggles e hijos de muggles. Esa mañana, sin ir más lejos habían atacado a los Crow, una familia que vivía a tan sólo unas manzanas de distancia de la casa de Hermione, y cuya hija pequeña recordaba haber acompañado hasta el aula de encantamientos tan sólo unos meses antes en Hogwarts. Entonces, con el periódico en la mano, se había alegrado sobremanera de que hubiesen obligado a Bill a acompañar a Ron a recogerla. Ahora, sola en la oscuridad de la noche, el corazón le dio un vuelco cuando escuchó un ruido al otro lado de los setos del jardín de su casa. Sintió como se tensaban los músculos de su espalda y de sus brazos, que aún sostenían a Crookshanks. No necesitó escuchar el bufido del gato para saber que algo no iba bien. Bill y Ron nunca se habrían ocultado de ella.

Lentamente, sin movimientos bruscos, acercó su mano derecha al bolsillo donde reposaba su varita. No quiso soltar al gato para no alarmar a los que la vigilaban. Ahora había oído las voces, sabía que eran más de uno. Cerró los ojos un instante intentando calmar los desenfrenados latidos de su corazón, rezando a cualquiera que pudiese escucharle para que nadie los oyese. Sabía lo que tenía que hacer. Sólo tenía que encontrar el valor suficiente para que no le temblara la voz.

En el mismo instante en el que Crookshanks saltaba con las garras por delante hacia aquel seto, Hermione aferró su varita con una velocidad que no sabía que poseía y apuntó hacia el lugar donde esperaba que se encontrase alguno de los dueños de aquellas voces:

¡Petrificus Totalus!

Se sorprendió a sí misma al escuchar la potencia de su voz. Al tiempo que escuchaba el sonido inconfundible de un cuerpo petrificado cayendo al suelo, corrió para ocultarse detrás del único árbol que sus padres habían decidido plantar en aquel pequeño jardín. Bendito cerezo. Justo cuando se agachaba tras el delgado tronco, un rayo de luz roja se estrelló contra él.

- Ese no es un gran escondite, niña- una voz grave y profunda llegó hasta sus oídos, estremeciendo hasta la última fibra de su ser. – Será mejor para ti que salgas, créeme.

- ¡Cómo te has atrevido a petrificar a uno de los nuestros, asquerosa sangre sucia!- gritó otra voz, esta vez femenina. Hermione no se atrevía a asomar la cabeza, le asustaba descubrir a cuántos mortífagos tendría que enfrentarse. Oyó pasos que se acercaban y alzó la varita por encima de su hombro:

- ¡Desmaius!- gritó esta vez sin estar muy segura de adónde estaba apuntando.

- ¡Protego!- la voz del mortífago le llegó fuerte y clara- No seas estúpida, la primera vez te salió bien porque no nos lo esperábamos, pero no volverás a tener tanta suerte. ¡Sal de una vez! Esto no tiene gracia si no te vemos la cara.- No era el mismo que había hablado la primera vez. Aquella voz le llegaba distorsionada desde debajo de la máscara que sabía que llevaban aún sin haberlos visto todavía. No era capaz de situarla pero le resultaba extrañamente familiar. Horriblemente familiar. Había pasado algo más de un año, pero la noche en el ministerio permanecía fresca en su memoria. Tanto, que todavía se despertaba por las noches gritando, empapada en una incómoda mezcla de lágrimas y sudor frío, con las cicatrices del pecho palpitándole rabiosamente.

Las dos primeras voces le habían llegado desde su derecha. Ésta última, junto con los bufidos de Crookshanks, le llegaba desde su izquierda, desde el lugar donde había conseguido reducir a uno de sus atacantes. Cuatro. Habían venido cuatro. Ojalá sean sólo cuatro, pensó.

¿Dónde demonios estaban Ron y Bill? Tendrían que haber llegado hacía mucho. Mientras volvía a mirar el reloj, como si allí pudiese encontrar la ayuda que necesitaba, la certeza de que algo les había pasado la golpeó en el pecho dejándola sin aliento. Seguro que se habían encontrado con alguno de los miembros del grupo que la estaba atacando a ella. Los mortífagos siempre se movían en grupos numerosos, y cuatro no era un grupo numeroso.

Un miedo atroz, mucho mayor del que había sentido hasta entonces se apoderó de ella, contrayéndole el estómago, atenazándole la garganta y abotargando sus sentidos. ¿Qué le habían hecho a Ron? Si algo le había pasado… No, no podía pensar en eso ahora. Tenía que salir de allí como fuera y encontrarlos. Tenía que volver a oír aquella risa atronadora del pelirrojo, tenía que volver a ver aquellos ojos azules que la atravesaban y la dejaban sin aliento. Tenía que encontrar a Ron y asegurarse de que estaba bien.

Con decisión se incorporó y salió del refugio que le prestaba el tronco del cerezo con la varita en alto. Sabía que no podía enfrentarse a tres mortífagos y salir vencedora pero tal vez, con un poco de suerte, podía aturdir al que estaba más cerca del camino y alejarse lo suficiente como para poder desaparecerse hasta un sitio seguro. Tenía que intentarlo. Y si no lo conseguía, juraba por Merlín, que aquellos asquerosos cobardes se arrepentirían de haberse enfrentado alguna vez a Hermione Granger.

- Vaya, vaya, mírala qué valiente- dijo la mujer con sorna- Si se va a enfrentar a nosotros...

Sus compañeros rieron. A Hermione no le importó. No podían asustarla más de lo que ya estaba. Se oyó a sí misma contestar a aquellos monstruos, con la voz cargada de veneno.

- Seguro que no te haría tanta gracia enfrentarte a mí si no tuvieras a esos gorilas contigo.- Los mortífagos dejaron de reír. Los ojos de la mujer la miraban con interés desde los agujeros de su máscara.- ¿Por qué no le preguntas a ese si le ha parecido divertido caer al suelo petrificado?- escupió con desdén mientras señalaba con la cabeza al bulto inmóvil del suelo.

- ¿Te crees muy lista, verdad?- el mortífago que sostenía a Crookshanks la miraba con los ojos peligrosamente entrecerrados- ¿Crees que esta vez también podrás escapar? Esta vez no va a venir nadie, niña. Estás sola y nosotros somos más.

- Por supuesto que sois más. No sois lo suficientemente valientes como para enfrentaros a nadie solos ni con la cara al descubierto. ¡Malditos cobardes!

Hermione sabía que era la rabia la que hablaba por ella. Una pequeña vocecita en el interior de su cabeza le decía que no era buena idea provocarlos, pero la imagen de Ron inerte y ensangrentado en su cabeza anulaba cualquier resquicio de racionalidad que pudiese acudir a ella en un momento como aquel.

- No deberías haber dicho eso- nunca una voz le había resultado tan amenazadora.

Todo ocurrió muy rápido. El mortífago de su izquierda soltó a Crookshakns al tiempo que gritaba ¡Crucio! El animal cayó al suelo con un ruido sordo que Hermione no oyó porque, en el mismo momento en el que el hombre alzaba su varita, ella se había tirado al suelo y le había lanzado un hechizo aturdidor que lo alcanzó de lleno en el pecho. La potencia del hechizo lo levantó del suelo y lo hizo caer al otro lado del seto. Los otros dos mortífagos habían tardado unos segundos en reaccionar, segundos que, probablemente le habían salvado la vida a Hermione. Mientras la maldición lanzada por el primer mortífago le pasaba por encima, ella había rodado sobre sí misma para alejarse de los otros dos con la intención de alcanzar la valla para saltarla y desaparecerse. En el momento en que intentaba levantarse, un hechizo pasó rozándole la cabeza mientras unas manos como garras se aferraban a su tobillo haciéndola caer de nuevo al suelo. Se giró sobre sí misma y vio a la mujer, que había perdido la máscara, abalanzándose sobre ella. No la conocía, nunca la había visto, pero eso no importaba. Intentaba matarla. Con la pierna que todavía tenía libre le lanzó una patada a la cara. El fuerte chasquido y el alarido de dolor le confirmaron que le había roto la nariz. Se alegró.

Pero le duró poco porque el otro mortífago ya la estaba apuntando. Consiguió levantarse y alzó su varita.

- ¡Protego!- gritó, desesperada, mientras le daba la espalda y echaba a correr hacia la vaya. Notó cómo el hechizo rebotaba en su escudo y sintió alivio al ver que la dichosa valla cada vez estaba más cerca. Casi lo había conseguido cuando un hechizo la golpeó en la espalda y la hizo caer de nuevo al suelo.

El mortífago al que había petrificado había recuperado la movilidad y no estaba muy contento. Notó algo caliente escurriéndose por su mejilla y supo que era sangre, aunque no tenía ni idea de cómo se había herido. No tuvo tiempo para pensar en ello. Un dolor lacerante se había adueñado de todas y cada una de las células de su cuerpo. Sintió como los huesos le quemaban por dentro y los músculos se contraían en espasmos de dolor.

Gritó. Gritó con todas sus fuerzas, desgarrándose el alma y la garganta. Deseando que aquella agonía tocase a su fin. Aunque aquello significase no volver a respirar, no volver a levantarse, no volver a ver a Ron. En algún momento, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Pero no era por el dolor. Al menos, no por el dolor físico que en aquellos momentos la destrozaba por dentro. Lo que de verdad le dolía era saber que no volvería a tener la oportunidad de acercarse a su pelirrojo favorito y susurrarle al oído en la biblioteca que allí no se podían comer ranas de chocolate, sintiendo como, al instante, a él se le erizaba el pelo de la nuca y se le ponían rojas las orejas. Había desperdiciado tantas ocasiones, pensando que tenían todo el tiempo del mundo por delante…

Deseó volver a verle con todas sus fuerzas. Deseó que, aunque ella no pudiese volver a verle, se encontrase bien. Que no le hubiese pasado nada malo por haber ido hasta allí solo porque ella se lo había pedido.

Y tan rápido como había comenzado, el dolor cesó. Volvió a sentir el aire inundándole los pulmones y haciéndole pensar que miles de alfileres se clavaban en ellos. Levantó la cabeza, decidida a enfrentarse a aquellas alimañas con dignidad hasta el final. No iba a rendirse tan fácilmente. No les iba a suplicar por su vida. Eso era precisamente lo que querían y no estaba dispuesta a dárselo.

- ¿Eso es todo lo que puedes hacer?- susurró despectivamente mientras se incorporaba con las pocas fuerzas que le restaban, aferrando todavía con fuerza su varita en la mano derecha.

- No volverás a desafiar a los seguidores del Señor Tenebroso, sangre sucia.- dijo la mujer que todavía sangraba por la rota nariz.

Hermione alzó todavía más la barbilla en un gesto que, esperaba, resultase altivo y cerró los ojos preparándose para recibir el impacto de la luz verde que sabía que saldría del extremo de aquella varita. Sonreía.

Pero fue otra voz la que gritó a su espalda. Una voz grave, autoritaria, decidida, acostumbrada a aquellas situaciones. Una voz que ella conocía.

- ¡Expelliarmus!

La varita de la mortífaga salió volando y Bill la atrapó en el aire mientras apuntaba con la suya propia a otro de los mortífagos aturdiéndolo sin piedad. Hermione sintió que las rodillas se le doblaban. Pero no llegó a caer al suelo. Unos fuertes brazos surgieron de la nada y la sujetaron, apretándola contra un torso que subía y bajaba al ritmo de una respiración agitada.

- ¡Desmaius!- Bill había reducido a dos de los mortífagos que todavía quedaban en pie y se enfrentaba a la mujer que se defendía ferozmente, con una habilidad asombrosa.

- ¿Estás bien?- la voz, cargada de preocupación y agonía, llegó a sus oídos desde muy cerca inundándola de sensaciones, de un calor que creía que no volvería a sentir- Hermione, ¿estás bien?

Levantó la cabeza para mirar al dueño de aquella voz. Los ojos azules de Ron la miraban vidriosos y llenos de temor, apremiándola, exigiéndole una respuesta. La traspasaban y la dejaban sin aliento, como siempre. Asintió levemente con la cabeza porque no se sentía con fuerzas para nada más. Quería decirle que ya no tenía por qué preocuparse, que las heridas eran superficiales. Que el dolor causado por la maldición cruciatus empezaba a remitir. Pero no podía, porque los ojos de Ron la atrapaban. La presencia de Ron la embargaba y su abrazo le robaba el oxígeno que necesitaba para hablar.

Ron sonrió con alivio y, casi al instante se giró con el ceño fruncido hacia donde su hermano se batía en duelo. Hermione supo lo que pensaba. No se atrevía a lanzar ningún hechizo por miedo a alcanzar a su hermano, pero mantenía la varita en alto dispuesto a reducir a aquella mujer en cuanto tuviese una mínima oportunidad. Los dos cuerpos de los mortífagos reducidos estaban a escasos metros de ellos y Hermione notó cómo uno empezaba a moverse. Alzó la varita y le apuntó con decisión:

-¡Incarcero!- al instante unas gruesas cuerdas lo inmovilizaron. Ron pareció sorprendido pero enseguida comprendió lo que había pasado. Inmovilizó el otro cuerpo y apretó un poco más a Hermione contra su pecho al notar cómo se le volvían a doblar las rodillas por el esfuerzo.

- ¡Bill! ¡Hay que sacarla de aquí!- apremió a su hermano.

Como si hubiese estado esperando una señal, el último hechizo del mayor de los Weasley superó las defensas de la mortífaga y la derribó. Bill inmovilizó el cuerpo, del mismo modo que Hermione y Ron habían hecho con los otros dos. Se acercó a ellos y examinó las heridas de la chica.

- Tenemos que llevarla con mamá. Ella se ocupará.- alargó la mano para ayudar a Ron a cargar con ella, pero Hermione negó con la cabeza.

- No os preocupéis, estoy bien- dijo mientras se apartaba con suavidad de los brazos de Ron. Este no parecía muy dispuesto a soltarla- En serio, Ron, puedo sola.- su voz sonaba débil pero decidida. No quería ser débil. No quería marearse por el dolor que todavía le recorría por dentro. No quería desmayarse al dar un paso hacia su baúl. Pero lo que ella quería no era lo que su maltratado cuerpo exigía. Sintió cómo la cabeza le daba vueltas y perdió el equilibrio. Por segunda vez en menos de diez minutos, los brazos de Ron la rodearon.

- No te preocupes, lo has hecho muy bien- le susurró al oído con una dulzura que pocas veces había detectado en aquella voz- Ahora ya puedes descansar. Todo saldrá bien.

Hermione notó cómo la levantaban del suelo y alzó la cabeza para protestar. Pero no pudo ni siquiera intentarlo. Lo último que vio antes de abandonar aquel lugar fueron lo ojos azules de Ron.

Definitivamente, le gustaba mucho el azul.

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Bueno, pues aquí está el tercer capítulo. Me ha costado más de lo que esperaba escribirlo porque, la verdad, no tiene nada que ver con lo que, en un principio, tenía pensado para este capítulo. Iba a ser mucho más desenfadado y relajado. Pero a medida que iba avanzando, me pareció que un poco de acción no le venía mal.

Espero que el enfrentamiento con los mortífagos haya quedado bien. Me pareció una buena excusa para explicar el cambio en el comportamiento de Ron y Hermione en el séptimo libro, en el que se muestran mucho más cariñosos el uno con el otro. En algún momento tienen que darse cuenta de que están en guerra y les puede pasar cualquier cosa. No sé qué pensáis vosotros.

En fin, que espero que os guste. Un saludo.