Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo III

Dinamarca miró directamente a los ojos del holandés, no en forma desafiante, si no más bien buscando alguna respuesta para aquel comportamiento suyo. Todavía no podía creer que habían pasado tres meses sin que el otro le dirigiera la palabra o que le mirara siquiera. Abrió su boca para decir algo, pero las palabras no salieron.

Por su lado, el holandés siguió fumando. Estaba un poco nervioso, pues sabía que le tenía que dar las explicaciones pertinentes. Sin embargo, no tenía muy claro cómo hacerlo sin quedar como un estúpido. Pasaron varios minutos, hasta que decidió que finalmente había llegado el momento.

—Bueno, esto… ¿Por dónde debería empezar? —se preguntó a sí mismo. Había tanto por decir y a la vez, no quería hablar de más. Debía encontrar un punto medio en el que no se humillara así mismo y a la vez, le proporcionara la respuesta que tanto ambicionaba el danés.

—No sé, tal vez por qué rayos decidiste ignorarme de repente —le reclamó el otro, con el cejo fruncido. Éste estaba sentado en el sofá de al lado, pero no porque hubiera distancia física, iba a dejarle que se saliera con las suyas. Quería explicaciones y eso era lo que iba a obtener —. O podría también contarme por qué no eras capaz ni siquiera de contestar mis mensajes.

El otro esbozó una sonrisa sarcástica, mientras que apoyaba su cabeza contra la pared de su sala.

—Es bastante ridículo para ser sincero —comentó el otro quién desvió la mirada del otro de inmediato —. Estoy seguro que es algo que suelen decirte bastante —explicó con algo de decepción —. No te resultará tan interesante, supongo —se encogió de hombros.

El nórdico no dijo nada al respecto. Todo lo que quería era una condenada respuesta. ¿Qué había hecho mal para que le ignorara de esa manera? Esa era la pregunta que le había estado rondando por demasiado tiempo y ahora era el tiempo de que se lo explicara.

Se agarró de las posaderas del sofá con cierta fuerza y mordió sus labios con la misma intensidad. Si bien, se suponía que debía darle su tiempo y lo que fuera necesario para que finalmente confesara, honestamente estaba perdiendo la paciencia lentamente. Le daba la impresión de que el tiempo estaba pasando muy despacio en comparación a otros momentos.

—Bueno… —Holanda finalmente le miró directamente a esos ojos azules cielo, determinado a decírselo. Lo que pasara luego, ya estaba lejos de su alcance —. Soy un imbécil —reconoció.

—Eso lo sabíamos todo el mundo —respondió inmediatamente el danés como si fuera lo más obvio —. Sé que ésa es una de las razones por las cuales no me estabas hablando. Pero… —cerró momentáneamente sus ojos y luego los abrió con un brillo que no recordaba haber visto el holandés —. Quiero saber cuál es el motivo principal —sonrió como lo hacía siempre que quería algo.

—Tú también eres un imbécil —acotó éste antes de proseguir, mirándole de la manera más desafiante posible.

Dinamarca se rió ligeramente y se encogió de hombros. Lo había escuchado tantas veces de su boca, que hasta parecía encantado de volver a oírlo.

—Soy tan imbécil que… —Se sentía como un reverendo tarado por no sacarlo de una vez por todas. Simplemente, le daba la impresión que una vez que lo admitiera, sería como si estuviera reconociendo su derrota.

—¿Qué…? —Dinamarca se sentó a su lado y le agarró de la mano de forma sorpresiva. Arqueó una de sus cejas mientras que esperaba que el otro se decidiera.

—Preferí cortar toda relación contigo porque me estaba enamorando de ti, ¿está? —dijo de manera abrupta y ciertamente enfadado al verse obligado a tener que darle explicaciones.

Holanda intentó distanciarse del otro, pues preveía su rechazo de inmediato. Se levantó y miró hacia la calla, dándole la espalda. Ya podía escuchar en su cabeza cómo el otro le explicaba que solamente lo veía a él como su mejor amigo y que estaba enamorado de Noruega, y nadie más. O tal vez, se reiría en su cara, como a veces acostumbraba a hacer cuando le decía algo serio.

Sin embargo, conforme pasaban los minutos, nada de eso ocurrió. Es más, le pareció extraño que alguien tan bocón como lo era Dinamarca, se quedara callado. Se dio vuelta de inmediato y el otro estaba con la mirada perdida. Parecía como si no lo hubiera entendido o que estuviera forzándose a sí mismo de absorber lo que le había dicho.

—No pretendas que te importa, sé que…

—Lo siento —le interrumpió el danés con la voz temblorosa, para la sorpresa del dueño de casa. Holanda se quedó con la boca abierta, pero de inmediato dejó escapar una pequeña risa.

—¿Qué cosa sientes? —preguntó con un poco de curiosidad. Ya se había abierto demasiado ante el otro así que era el momento de retomar su expresión de indiferencia con el que se caracterizaba.

El nórdico parecía dudar sobre lo que iba a decir a continuación. ¿Cómo no se había percatado de lo que le había hecho? O sea, en ningún momento se le había pasado por la cabeza que el sexo ocasional, podría… Bueno, hacer que el otro confundiera amor con amistad. Ahora estaba comenzando a entender cómo el noruego se sentía o al menos, de cierta forma.

—Yo… —Se mordió los labios de tal forma que comenzó a chorrearle un poco de sangre —. Sólo… Se suponía que era sin compromiso —comentó, diciéndolo más para sí mismo que para el otro.

—Sabía que era una estúpida idea —replicó el holandés, mientras que se hundía en el sofá, al punto que desde la perspectiva del nórdico, sólo se veían sus piernas —. Pero tú insististe en que sería algo de lo más normal, que no cambiaría nuestra amistad y todo eso —explicó.

De repente, el danés se levantó y como si recién se hubiera dado cuenta de la confesión del otro, recorrió la habitación muy molesto. ¿O sea que, de acuerdo a él, todo esto era su culpa?

—¡¿Desde cuándo…?! ¡¿Por qué no me dijiste para detenerlo antes de…?! —preguntó irritado, haciendo gestos de reclamación. No dejaba de moverse de un lado a otro, ya que buscaba una solución para tal situación.

—Por esto —comentó fastidiado el de la cicatriz —. Sabía que esto iba a pasar, imbécil.

—¡Eres un tarado! —le acusó el otro —. ¿Pensaste que no me iba a preocupar por ti? ¿Qué me iba a olvidar de nuestra amistad tan fácilmente?

—Bueno, creo que ya se arruinó —le respondió el holandés —. Nuestra amistad ha terminado, supongo —Se encogió de hombros, como si no le importara, aunque la realidad era bastante distinta. Creyó que la mejor forma de lidiar con la dichosa situación era no dándole importancia.

Si bien el danés no quería dejar las cosas de ésa manera, no estaba seguro de cómo arreglarla. Es decir, no podía mentirle al otro y decirle que le amaba y que estarían para siempre juntos, porque eso no era lo que sentía. Pero, por otro lado, ¿cómo podía dejar de lado a la persona con la cual siempre se divertía y emborrachaba, a quién le contaba todo cuando nadie más le escuchaba?

—¿No hay forma qué…? —preguntó Dinamarca mientras que observaba al otro. Enseguida se dio cuenta de que le rehuía. Ni siquiera le dedicaba una mísera mirada o sonrisa. Parecía que, dijera lo que dijera, el otro ya había tomado la decisión por ambos.

—Lo mejor es que nos apartemos por un tiempo —dijo suavemente, tomándose su tiempo —. Creo… Creo que es lo que deberíamos hacer —comentó.

—Pero, ¿no hay otra alternativa? ¿Acaso debemos…?

—No, no hay —respondió tajante —. Creo que necesito separarme de ti, por un tiempo. Hasta que… Bueno, supongo que no hay necesidad de que te lo diga —le miró directamente a los ojos, esperando encontrar un poco de comprensión de parte del otro —. Voy a tratar de salir con otra gente —suspiró.

Aunque Dinamarca quería seguir insistiendo, sabía que sería inútil. Tratar de convencer al holandés de lo contrario, sería una tarea casi hercúlea. Sin embargo, al menos iba a intentar que el otro acceda a quedar en contacto.

—Supongo que no tiene sentido que siga buscando otra solución —respondió seriamente el nórdico —. ¿Al menos, podrías atender mis llamadas y responder mis mensajes, de vez en cuando? —le preguntó antes de salir. Si bien, ya no iba a salir con él a celebrar o simplemente emborracharse hasta perder la conciencia, quería asegurarse de que podrían hablar de tanto en tanto.

Luego de varios minutos de silencio, Holanda asintió. No le parecía una idea terrible. Siempre que guardaran las distancias, tendrían que estar bien.

—Sí, una vez por semana estaría vez —comentó finalmente éste mientras que estaba concentrado en su pipa.

—Entonces, nos vemos —Éste sonrió ligeramente y se retiró. Aunque no estaba precisamente feliz como había creído que estaría una vez que descubriera, podía decirse que estaba aliviado. Cerró suavemente la puerta y se retiró a su casa.

Tuvieron que pasar meses hasta que finalmente volvieron a encontrarse. Holanda había hecho todo lo posible para evitar al danés en los encuentros públicos, aunque siempre conversaban por el teléfono. Claro, siempre intentaban no hablar de ese asunto en particular por el cual no se estaban viendo.

Sin embargo, durante una fiesta en la cual toda Europa estaba participando, fue prácticamente imposible que los dos se vieran. Dinamarca estaba tomando como siempre y había decidido separarse por un rato del resto de los países nórdicos, simplemente para sondear un poco el ambiente.

De repente, vio al holandés de espalda. Después de tantísimo tiempo, quizás era hora de volver a verse a cara a cara. Sonriente, decidió darle una sorpresa. Pero antes de que pudiera siquiera tocarle el hombro para que le pudiera ver, de inmediato se dio cuenta que estaba agarrado de manos con alguien más.

Se suponía que no le importaba eso, porque él… Porque él le había asegurado que no sentía nada. Se suponía que debía sentirse feliz por el hecho de que su amigo hubiera encontrado a alguien más y que ahora, su amistad podría regresar a la normalidad. Pero, por alguna razón, no sentía nada de eso. No estaba para nada contento, para ser sincero.

Sí, era un jodido egoísta por pensar que el holandés sería suyo sin dar nada a cambio. Estaba molesto por verle con alguien más, por que aparentemente alguien estaba supliendo el lugar que él mismo había rechazado meses antes.

Se retiró antes que se percatara de su presencia. De hecho, estaba tan irritado que decidió salir de la fiesta sin decírselo a nadie. Se quedó sentado en las gradas de la entrada a pensar. Se sentía un completo ridículo por todo esto. ¿Por qué no fue capaz de decirle que estaba con alguien más? Si ya se había olvidado de él, entonces tendría que habérselo contado sin ningún problema.

De repente, alguien tosió y se dio cuenta de que una sombra estaba cerca de él. Enseguida se percató de quién era e intentó cambiar su expresión. Se secó los ojos rápidamente y se paró, ya que lo último que quería de ese hombre era su lástima.

—¿Hace cuánto que estás aquí parado? —indagó el danés mientras se ponía de pie.

—Unos cinco minutos, quizás. Creí que tendría que golpearte la cabeza para que me notaras —respondió Holanda con los brazos cruzados. Enseguida cambió el tema de conversación —. Me extraña que estés tan alejado de la cerveza, ¿estás en rehabilitación o algo así?

—¿No puedo dejar de tomar cuándo se me da la gana? —preguntó el nórdico en un tono arisco.

—Si no te conociera, diría que sí. Pero teniendo en cuenta que nunca desperdicias la oportunidad para…

—No creo que hayas venido solamente para hablarme de la cerveza —le interrumpió, mirándole de forma desafiante. No quería mantener una conversación con él, precisamente. Prefería irse a su casa en cuanto pudiera.

El silencio que se formó entre ambos fue abrumador. A pesar de que había una fiesta desarrollándose justo detrás de ellos, ninguno de los dos podía escuchar la música o el bullicio que provenía de la misma. Era como si nadie más existiera en ese preciso instante.

—¿Qué rayos te pasa, imbécil? —le preguntó sin perder más tiempo.

—¿Qué demonios te hace pensar que me pasa algo? ¡Estoy perfectamente bien! —exclamó, mientras que esbozaba una falsa sonrisa. Incluso él sabía que no engañaba a nadie con esa expresión tan falsa en su rostro.

El otro dejó escapar un suspiro y se acercó tanto al antiguo Rey de Escandinavia, que éste se puso mucho más nervioso de lo que ya estaba. Holanda puso ambas manos sobre los hombros del rubio, para asegurarse de que no pudiera huir a ningún lado.

—¡¿Qué rayos…?! —Dinamarca lo empujó con toda la fuerza que pudo y dio un par de pasos hacia atrás, olvidándose por completo de que se encontraba en una escalinata. Por lo que en lugar de pisar tierra firme, pisó una de las gradas y se fue para atrás.

Sin embargo, antes de que pudiera ocurrir algún accidente, Holanda le agarró de la mano y lo jaló con tal fuerza, que el danés terminó cayéndose sobre él. Cuando se percató de ello, se levantó enseguida, sin agradecerle. La verdad era que prefería haberse caído todo el trayecto hasta llegar al final de las escalinatas.

—Creo que en agradecimiento, podrías contestarme honestamente —dijo luego de pararse el holandés. Le parecía que estaba en un estúpido juego sin sentido y esperaba que el otro le diera un fin al mismo, de una vez por todas.

El danés sabía que eso era lo mínimo que se merecía, aunque en lugar de mirarle a sus ojos verdes, prefirió estar con la cabeza gacha. Como un niño que había recibido algún regaño de parte de sus padres. Tomó una bocanada de aire y finalmente decidió enfrentarle.

—¿Por qué no me dijiste que vendrías con un acompañante? —le preguntó.

Holanda arqueó una ceja apenas escuchó aquella pregunta. Se quiso reír, pero primero debía contestarle… Con otra pregunta.

—¿Debía hacerlo?

—¡Sí! —exclamó y después intento calmarse un poco —. Digo… —Se aclaró un poco la garganta antes de continuar —. Supongo. Eso significa que no sientes nada más por mí, ¿no? —se cruzó de brazos, con un notable rubor que iluminaba sus mejillas.

El otro se volvió a acercar. Esta vez, no lo tocó.

—¿Y se puede saber por qué te interesa eso? —Sonrió levemente después de pronunciar aquellas palabras.

Dinamarca abrió su boca para responder, pero enseguida volvió a cerrarla. Eso era lo que él mismo quería saber. No tenía ninguna explicación racional para ponerse de esa manera y sin embargo, estaba molesto. ¿Por qué no podía ponerse contento al ver al holandés con otra persona que no fuera él?

—¿Estás celoso? —indagó el otro, sin darle rodeos a la cuestión. Le pareció hasta divertido plantearle esa pregunta, simplemente para ver cuál era su reacción.

—¿Celoso? ¿Yo? —Respondió un tanto ofendido —. No me compares con ese que estaba a tu lado. Yo soy mucho mejor, así que la verdad es que no entiendo por qué estabas con él, si pudiste haberme preguntado y… —Se calló en el momento en que se percató de lo que estaba diciendo.

—Sólo hay una forma para descubrir qué sientes en verdad —se encogió de hombros y luego agarró por el rostro al danés. Tras un brevísimo intercambio de miradas, el mayor de los Países Bajos le plantó un beso en la boca.

No se trató de un beso cualquiera. Holanda le había puesto su empeño para que fuera relativamente dulce, más que nada, porque quería atrapar al danés. Todo dependía de ese corto pero intenso momento.

Luego de que se separaron, el holandés dio unos pasos hacia atrás, mientras que aguardaba por la respuesta que le daría el otro. Podría corresponderle o darle un puñetazo en la cara, ambas eran posibilidades igual de factibles.

—¡¿Por qué rayos hiciste eso?! —le reclamó el danés, quien estaba realmente confundido. No estaba seguro de cómo debía sentirse al respecto.

—Un experimento —explicó el otro.

—¿No era que estabas con alguien más? —Volvió a quejarse, pues todavía no podía creer lo que el hombre de la cicatriz había hecho.

—¿No era que tú estabas enamorado de alguien más? —le respondió de vuelta y esta vez, dejó callado y perplejo al nórdico. Como se dio cuenta de que el otro iba a continuar en silencio, entonces prosiguió —. Yo no veo a Noruega por ningún lado —Se encogió de hombros.

Dinamarca cerró con fuerza sus puños. Estaba bastante frustrado con lo que había sucedido.

—No… No es que sienta algo por ti —aclaró rápidamente, tratando inútilmente de recuperar el poco orgullo que le quedaba.

—¿Entonces, qué es? —se cruzó de brazos —. No quieres que sea feliz a tu lado o con alguien más. ¿Quieres decirme qué demonios quieres qué haga? —le reclamó. Estaba empezando a hartarse de su comportamiento.

—Lo que quiero es que te quedes de una maldita vez en mi vida y no te vuelvas a ir —reconoció y enseguida, agarró la mano del holandés —. Quédate a mi lado, maldición —le pidió con cierta dificultad.

El otro arqueó su ceja, al darse cuenta de la fuerza que estaba empleando el nórdico.

—¿Tanto te costaba? —se burló un poco, aunque en verdad estaba contento por lo que le había dicho hacía unos momentos.

—Lo dice el tipo que tardó media hora en declararse —comentó con un poco de desdén.

Después de un breve silencio, el danés irrumpió riéndose a carcajadas mientras que apoyaba una de sus manos sobre el hombro derecho del holandés. Éste se limitó a suspirar.

—Vamos a casa —le dijo el holandés luego de asegurarse de que el otro había terminado de reírse.

—Vamos —contestó entusiasmado —. Sólo hay una forma en la cual esto puede mejorar —se rió.


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