Saludos lectores!!!! Ya estoy aquí de nuevo, Idril aquí está el capítulo, tu capítulo, a ver qué te parece.
Y a los demás, no deis por muerta a la gente antes de terminar el relato que en los reviews me matáis a los personajes en el segundo capítulo!!!O.o
En fin, espero que os guste¡¡¡¡¡REVIEWS!!!!!
Saludos,
Lorelei Majere
Idril, la elfa.
-¿Y ahora qué hacemos?
-Ahora me tenéis que conseguir la otra.
-¿Cómo?
-No os preocupéis, mis jóvenes aprendices, si tenemos paciencia, vendrá a nosotros…
Ílfirin fue tomando poco a poco conciencia de lo que estaba escuchando; parecían tres voces diferentes… no, ahora cuatro… sí, cuatro voces que sonaban enfrente de ella, hablaban en Común. Y ella… estaba de pie, con las muñecas atadas en lo alto, contra lo que supuso que era una pared.
Cuando se despejó del todo decidió que no abriría los ojos aún para ver si conseguía escuchar algo más de la conversación.
-…pero entonces no podremos…
-¡Calla! –gritó entonces el que había llamado aprendices a los otros- ya ha despertado…
Ílfirin abrió los ojos de golpe, ya no merecía la pena seguir fingiendo. Una figura alta y esbelta, no sabría decir si hombre o elfo, se le acercó; llevaba una capucha gris echada sobre la cabeza y un bastón coronado en oro con un diamante: era un hechicero renegado, de la peor calaña. Pero Ílfirin percibía un gran potencial en él, por lo que decidió que procuraría averiguar lo máximo posible sin contrariarle demasiado.
Con respecto a los otros tres, no la preocupaban, eran los que la habían atacado antes y ya había descubierto su estrategia y no volvería a caer en su truco nunca más.
-Vaya, vaya –dijo el jefe, ahora delante de ella- eres una hechicera bastante lista y muy hábil, he de admitirlo. Pero tu estratagema no te sirvió de nada, de hecho, sabía que intentarías salvarles a ellos antes que a ti por eso mandé a uno de mis subordinados que les atacara… y caíste en mi trampa…
Ílfirin no se lo podía creer, había caído, cierto, si hubieran ido a por ellos, los dos magos restantes no la habrían atacado a ella mientras estaba ocupada con el primero.
-…claro que, he de admitir que fue algo muy noble, aunque no tuviéramos ningún interés en ellos… -terminó la frase en una especie de risa gutural que ella conocía muy bien; ya no le cupo duda, era un kalanesti.
-Entonces ¿qué queréis de mí?
-Vaya, la típica pregunta bochornosa… bueno, digamos que tienes suerte, de momento te necesitamos viva y en buenas condiciones; pero no nos toques mucho las narices porque puedo cambiar de opinión.
Entonces dio media vuelta y se marchó con los otros tres pisándole los talones, no sin antes advertirla de que no escapara.
Tampoco tenía mucho interés en hacerlo, ahora que sabía que, de momento, no la iban a hacer daño; en esos momentos, sus padres ya deberían haber llegado a la frontera con Qualinesti y estarían a punto de encontrar a su amiga Idril… bueno, ella les encontraría a ellos y luego iría a buscarla dondequiera que la hubiesen traído. Confiaba en Idril pues ésta tenía la extraña capacidad de pasar inadvertida a los ojos de la gente, cuando quería; era capaz de pasearse tranquilamente por un campamento de draconianos y ni uno solo la vería. Dijeran lo que dijeran esos renegados, Idril la sacaría de allí sin ningún esfuerzo.
No, definitivamente, no estaba preocupada por escapar.
Lo que más le interesaba ahora era conseguir información de esos cuatro y cuando los tres subordinados bajaran sin su jefe, sabía que lo podía conseguir…
Y ahora que lo pensaba en frío, era muy raro que un kalanesti pudiera llegar a esos niveles de la magia… y mucho menos siendo renegado.
Nota de la autora: Tres asteriscos, no sé por qué, no me deja ponerlos
Una rama; otra rama; otra rama… Salta, corre; salta, corre… Sus piernas corrían por encima de finas ramas en los altos árboles, sus ojos no apartaban la vista ni un segundo del grupo de draconianos que huían de ella; sus manos no dejaban de disparar…
El Grupo de Rastreo de la Coalición había detectado una caterva de draconianos a las afueras de Qualinesti y les habían atacado; pero los draconianos eran muchos y una docena escapó. ¡Era increíble cómo corrían esos endemoniados en pleno bosque! A los Rastreadores les estaba costando bastante seguirles; habían recibido órdenes de erradicar todo cuanto encontraran relacionado con el enemigo en sus inspecciones rutinarias… y esto era el enemigo. El único problema era que ella se había quedado sola, hacía rato que habían dejado atrás a sus compañeros.
Pero a ella le daba igual, los estaba derribando y, de momento, no estaba cansada. Draconiano tras draconiano, iban cayendo al suelo uno por uno con una flecha clavada en la base del cráneo.
Se acabó, quedaban dos. Agarró una flecha de su espalda y disparó, agarró otra y… no, no pudo agarrar otra, no le quedaban.
- Oh, vaya, justo cuando empezaba a divertirme –entonces sonrió maliciosamente.
Aceleró.
Algo cayó delante del draconiano y antes de que éste se diera cuenta de lo que estaba pasando, una espada siseó al ser desenvainada… lo último que vio el draconiano fue el reflejo de unos negros ojos almendrados en un filo plateado… y después rojo.
Tres asteriscos
- Caramon¿en serio crees que la encontrará? –preguntó Tanis.
-Sí, se la llevaron, no la mataron, esté donde esté, ella la encontrará.
-Cierto –corroboró Tika- una vez estén las dos juntas… nadie las podrá parar.
-Juntas son un terremoto –continuó el hombretón; había pasado de una exasperada desesperación a un silencioso mutismo en el que llevaba sumido la mayor parte del viaje, con los ojos fijos al frente, sin vacilar y casi sin hablar- además, es muy buena rastreadora y sabe pasar desapercibida, la encontrará, estoy seguro.
-Vaya Caramon, me halagas –sonó una voz por encima de ellos.
Todos miraron al lugar donde la habían oído; pero ya no había nada. Sin embargo, entre los árboles, enfrente de ellos, se erguía una figura alta, esbelta, vestía unas calzas de lino canela y un jubón de lino fino, verde y marrón y botas marrones. El negro pelo liso parecía corto, pero por detrás acababa recogido en una fina trenza, por debajo de los hombros. Llevaba un arco, un carcaj vacío y dos espadas de acero élfico a la cadera.
Les miraba sonriente; pero sus ojos negros observaban detenidamente cada centímetro de los seres que no conocía; al poco, sintiéndose satisfecha, hizo una leve reverencia.
-Idril Irüniel –se presentó- encantada de conoceros…
Tres asteriscos
-Cabeza…cabeza…duele…no decir…no decir…socorro…muero…muero…muero…
Ílfirin se estaba comenzando a exasperar… y eso era muy malo.
- Vamos a ver, no es tan difícil ¿qué se supone que queréis hacer conmigo?
-¡No querer¡Deber!¡¡DEBER!!Obligan, no querer, no querer¡no querer!
La chica había encontrado su oportunidad para sacar información a dos de los tres subordinados del kalanesti cuando éstos habían bajado a llevarle su ración diaria de pan y agua.
Cuando la habían soltado para que comiera, ella les había hechizado y se había metido en su mente para hacerles contestar la verdad. Había comenzado a hacerles preguntas y todo iba bien, había averiguado algunas cosas; hasta que había tocado el tema de la conversación oída nada más despertar, entonces el primero se había tirado al suelo con las manos en la cabeza diciendo que le dolía y que le quería morir.
Luego ella le había preguntado al otro qué le pasaba y él se había encogido de hombros y cuando inquirió acerca de ella misma, el otro comenzó a delirar también.
En ese momento se encontraba en medio de su celda con dos cuerpos en el suelo gritando y obstruyéndole la salida y ella empezaba a aburrirse. Entonces, de repente, los dos cuerpos explotaron en llamas en medio de agónicos estertores. El tercero de los magos apareció en el umbral de la puerta; el extremo superior de su bastón brillaba tenuemente, apagándose.
-No vas a escapar, muchacha.
La chica alzó una ceja.
-No sé qué les has hecho pero no te…
El mago se calló, puso cara de no saber qué pasaba y, tambaleándose, cayó hacia delante con un pequeño dardo en la base del cuello y no se volvió a levantar.
En el espacio que éste había dejado libre se recortó una silueta que Ílfirin conocía muy bien, llevaba en la mano un largo bastón, acabado en una esmeralda completamente pulida.
-Hola Ílfirin, perdón por la tardanza, no sé si lo sabes, pero estás muy bajo tierra, en los profundos calabozos de… ¿sabes dónde¿a que no lo adivinas?
-Ni idea; pero vámonos de aquí, me estoy empezando a cansar de esta monotonía.
Las dos chicas, codo con codo, salieron de la celda, con un báculo y dos espadas por delante y comenzaron a subir las escaleras de las mazmorras.
-Por cierto –dijo la elfa- estamos en Daghorskull…
