Nadie dijo que sería fácil
Capítulo 3: Tal vez
Las noches de enero eran bastante gélidas en Funbari, la temperatura oscilaba entre los menos cero grados y lo más recomendable era quedarse en casa para no cachar un resfriado.
Yoh, envuelto en una gruesa cobija con estampado de hojas, miraba detenidamente a su hermano. Éste se encontraba sentado en el sillón de piel negra sintética, leyendo un libro. Tomó su guitarra negra acústica favorita y se dispuso a tocar una melodía. Adoraba tocar la guitarra, era su segundo pasatiempo favorito.
Amidamaru lo miraba de reojo, recostado sobre su colcha favorita, en uno de los rincones del lugar.
—Ya tardaron en llegar —dijo mientras miraba el reloj colgado en la pared —Es tarde.
—Hay una nevada fuera, Yoh, ya llegarán. —contestó el mayor de los hermanos sin despegar su mirada del libro.
—Pero, mira… —siguió el menor, preocupado, deteniendo su melodía —Son más de las diez de la noche, debieron de llegar antes de que iniciara la nevaba.
—Quieres callarte —dijo Hao, ligeramente desesperado mientras le dedicaba un golpe en la cabeza —Cállate y sigue tocando.
Yoh comenzó a tocar una de sus melodías favoritas. Era una vieja canción de los años setenta que le había dedicado a su hijo cuando había empezado a dar sus primeros pasos. Se la cantaba siempre, cada vez que podía y aún a sus 20 años lo hacía de vez en cuando. La tonada era suave y ligera, relajante y pacífica.
—Well, I don't know how —comenzó a cantar el castaño —But you are a big boy now —recordó a su pequeño hijo corriendo por la pensión, escabulléndose de él para no tomar un baño. Sonrió. Recordó como cada noche le cantaba la misma canción una y otra vez, y como una enorme sonrisa de tranquilidad aparecía en el rostro de su pequeño rubio al quedarse dormido mientras escuchaba la melodía. Definitivamente su hijo era lo mejor que le había pasado en la vida e Yoh estaba sumamente orgulloso de él. Escuchó a lo lejos como la puerta de entrada se abría y como un rubio, con la nariz y las mejillas rojas, aparecía en la entrada del lugar. —Hello, my big boy —dijo Yoh con una enorme sonrisa en el rostro.
Hanna había escuchado a su padre tocando la melodía desde el pasillo, amaba esa canción, le traía tantos buenos recuerdos.
—Hola, papá —contestó con una leve sonrisa, mientras se recostaba en el mismo sillón en el que se encontraba su tío—Estoy agotado —dijo, dejando escapar un suspiro.
—¿Estabas entrenando? —preguntó Hao, mientras despegaba su vista unos segundos de su lectura para ver el rostro de su sobrino y acariciar su cabellera rubia.
—Sí —contestó soltando un bostezo, mientras cerraba sus ojos al sentir las acaricias en su cabeza —¿No ha llegado mamá? —preguntó a su padre, que se encontraba sentado en el piso, cerca del sillón donde estaba recostado.
—Aún no —dijo, mientras colocaba su guitarra a un lado —¿No vas a cenar? —preguntó, girando su rostro para encontrarse con el de su hijo —Preparé bentō.
Hanna sonrió complacido. Que su padre cocinara resultaba bastante raro, a pesar de que sabía hacerlo admitía ser bastante flojo y prefería comprar comida preparada.
—Esperaré a mamá —contestó el rubio, soltando un segundo bostezo.
—Ese es un buen hijo — Hanna alzó la mirada y vio a su madre sacudiendo los pocos copos de nieve que quedaban en su cabellera rubia —Ahora ve y trae la cena.
—¡Sí! —respondió Hanna con rapidez mientras salía apurado hacia la cocina.
—No te escuchamos entrar, Annita. —Yoh se sintió aliviado.
Anna no contestó, se limitó a mirarlo y a sentarse frente al kotatsu, colocando sus piernas bajo al futón para poder resistir el frío. Sólo diez minutos pasaron cuando Hanna había comenzado a colocar la cena sobre la mesa, arroz gohan, salmón, carne, papa, verduras y pequeñas porciones de frutas se encontraban agrupados en un recipiente de madera listo para ser comido. Se veía delicioso.
Y lo estaba.
Anna soltó un pequeño sonido de satisfacción cuando el salmón tocó su paladar.
Yoh sonrió triunfante.
—¿Te gustó? Yo lo hice —dijo triunfante.
—Está delicioso —admitió Anna —Haz mejorado mucho en la cocina.
—Cómo no mejorar… —dijo Hanna mientras se metía otro trozo de carne a la boca — si Tamao-san se ha esmerado en enseñarle.
El menor de los hermanos se paralizó en su lugar al escuchar el nombre de su novia. Y sólo pudo cubrirse un poco más con su cobija, nervioso. Hao detuvo su lectura para poder observar la escena, que parecía ahora ser un poco más interesante que su libro. Miró a Yoh y una pequeña mueca de burla adornó su rostro.
Mientras tanto, Hanna se atragantaba con su comida al asimilar lo que había dicho.
—¿Tamao? —preguntó la rubia, sin expresión alguna en su rostro, mientras disfrutaba el sabor del arroz.
—Ehm… sí —respondió, soltando un pequeño suspiro de nervios-
—¿Novia? —dedujo Anna al notar las expresiones de los tres hombres frente a ella. Yoh afirmó con la cabeza sin decir más. Hanna miraba a su madre paralizado, no sabía que tipo de reacción tendría al saber de la novia de su padre. Hao esperaba una buena escena de acción. —Ya veo… —continuó la rubia. Una pausa se hizo en el ambiente. —Pues la felicito, te ha enseñado bien —dijo, finalmente con tranquilidad, mientras terminaba de comer. Hanna suspiró aliviado, mientras Yoh sentía que un gran peso se le iba de encima. Hao frunció el ceño. —Me encantaría conocerla, si tu comida sabe bien gracias a ella, no me imagino el manjar que podría prepararme. —imaginó todo tipo de exquisiteces servidas en su mesa y sonrió. No fue una sonrisa de felicidad, ni de tranquilidad, fue una sonrisa de interés. Sería bastante beneficioso, para ella, que la novia de Yoh fuese un Chef. Comida de nivel, deliciosa… gratis.
—Por supuesto, te la presentaré pronto.
La cena pasó y el ambiente se tornó apacible. El televisor no funcionaba, gracias a la tormenta, así que cada uno se entretenía con lo que tenía. Hanna, recostado en las piernas de su madre, disfrutaba cada caricia que le proporcionaba a su cabellera rubia. Le agradaba sentir las delicadas manos de su madre jugar con su cabello, aunque a veces tenía que soportar el hecho de que le hiciera peinados muy afeminados y le colocara prendedores en el cabello. A veces pensaba que a su madre le hacia falta una hija.
Y cuando por fin sintió que caía en los brazos de Morfeo, gracias a las acaricias, éstas se detuvieron. Miró a su madre que veía entretenida su celular, esbozando una pequeña sonrisa. A veces se preguntaba si su madre salía con alguien con fines románticos, ella jamás le había comentado de alguno y en su vida la había visto interesada en algún otro hombre que no fuese su padre. Muchos hombres se le acercaban, de eso estaba seguro, pues él mismo se dedicaba ahuyentarlos, no le gustaba que ninguno se le acercara y le aliviaba pensar que su madre no andaba, no anduvo ni andaría con nadie. O al menos esos trataba de creer.
—Ya que estamos aquí todos reunidos —inició Anna, cortando el silencio —Necesito hablar con ustedes tres —los miró esperando su atención. Al obtenerlo, continuó:—¿recuerdan a la hija de de Silver?
—Por supuesto —contestó Yoh— Solía jugar con Hanna de pequeños.
Hanna cerró los ojos tratando de hacer memoria. No recordaba aquella niña, apenas y recordaba quien era ese tal Silver.
Hao miró a su sobrino algo confundido.
—¿Qué no la recuerdas, sobrino? —preguntó Hao —Es la niña que solía patearte en el estómago cuando la insultabas. Era muy divertido ver como una niña te vencía.
Y como si un switch se prendiera en su cabeza, recordó de inmediato quien era esa mocosa. Recordó que era menuda, de cabello rubio cenizo alborotado y piel dorada. A su mente llegaron imágenes de ella siendo complemente fastidiosa e insoportable. Frunció el ceño. Recordó que no le agradaba para nada esa niña y que odiaba cuando sus padres lo llevaban para 'jugar' con ella, y como terminaba siendo torturado y regañado.
Odiaba a esa mocosa…
Hanna frunció nuevamente el ceño.
—Vaya, parece que la haz recordado —dijo su padre riendo —Te daba unas buenas palizas, aunque tu igual te lo buscabas.
—¡Va! —bufó Hanna.
—Me alegra que los tres la recuerden —prosiguió la rubia con el tema —Ella ahora es aspirante a periodista, es muy buena escritora y le interesa el mundo de la moda, así que… le ofrecí un puesto de pasante en la revista, que servirá para concluir sus estudios.
—Me alegra —contestó Yoh —¿Pero a qué viene todo esto?
—Que regresará a Japón y le dije a Silver que nosotros cuidaríamos de ella —contestó, mientras Hanna se levantaba de su regazo aún crujiendo los dientes por aquellos recuerdo —Y vivirá aquí, en la pensión.
—¡¿QUÉ?! —exclamó Hanna poniéndose rápidamente de pie — ¡MAMÁ! ¿POR QUÉ?
—¡BAJA LA VOZ! —el regañó lo hizo callarse —Porque yo me ofrecí. Aunque tú no la recuerdes del todo, yo sí y la he visto el año pasado cuando viajé a Estados Unidos. Su padre hizo mucho por nosotros cuando éramos jóvenes, así que es una forma de agradecerle. Además, siempre le he tenido un gran cariño, así que ella vendrá y se quedará aquí… —dijo, cruzándose de brazos y mirando con reproche a su hijo — ¡Y NO QUIERO QUE NINGUNO SE SOBRE PASE CON ELLA!
—¡¿Eh?! —exclamaron los tres al unísono
—¿Por qué haría yo eso? —cuestionó Yoh ligeramente ofendido —¡Jamás haría algo así con Alumi-chan, la vi crecer prácticamente es como mi hija también!
—Va, no exageres, Yoh, eres hombre y por eso les advierto por igual. Sobre todo a ti —dijo, apuntando al moreno sentado en el sofa —Hao, te sobrepasas, te castró.
Hao sonrió divertido.
—No me interesan las niñas, Anna, prefiero una buena mujer — guiñó el ojo y una sonrisa atrevida adornó su moreno rostro, la insinuación era evidente. Anna giró los ojos fastidiada, mientras un prendedor dorado volaba hacía la dirección del mayor de los Asakura, quien lo esquivó con facilidad.
—¡Nada de guiños! —exclamó Hanna, lanzando un segundo prendedor. Con este segundo, Hao no tuvo tanta suerte.
Una pequeña mueca de molestia, que pasó desapercibida por todos, apareció en el rostro de Yoh. Su hermano no cambiaría nunca.
—Hanna —llamó su madre —No quiero ningún reproche tuyo sobre esta situación. Alumi se quedará aquí y cuidarán de ella. Sólo será durante el tiempo que dure su pasantía —vió a su hijo hacer una mueca de fastidio y continuó —Quita esa cara, eran niños, supongo los dos ahora son suficientemente maduros para no pelearse cada 5 segundos.
—¡Pero, Mamá!
—¡Ah callar! No tienes ni voz ni voto en esta situación, se quedará aquí y punto. ¿Algún inconveniente, Asakura? —preguntó, volteando a ver a su ex-pareja.
—Ninguno —contestó con sinceridad el moreno —Será agradable tenerla en casa, prometo cuidar de ella.
Hanna soltó un suspiro de resignación. Alumi… ahora los recuerdos se hacían más vívidos. Recordó lo poco agraciada que era como niña, tan fastidiosa y molesta ¿Cómo una niña de 11 años podía ser tan insoportable? Y lo peor de todo es que sólo era insoportable con él, actuaba linda y amable cuando estaba cerca de los adultos, pero con él, había sido toda una molestia.
Definitivamente sería un fastidio tenerla en casa.
La mañana resultaba oscura y gris. El frío había disminuido y la tormenta se había detenido un par de horas atrás. En las noticias alertaban a los ciudadanos sobre el cierre de calles cubiertas de nieve y recomendaban no salir de sus hogares al menos por las primeras horas del día.
Anna miraba por la ventada, aliviada de que era domingo por la mañana y no tenía que perder un día de trabajo por la tormenta. Miraba Amidamaru jugar divertido en el jardín cubierto de nieve, parecía ser el único en aquella casa que disfrutaba las consecuencias de la tormenta.
Todos dormían o al menos eso creía hasta que vio entrar a su ex-pareja a la habitación donde se encontraba, trayendo consigo dos tazas de chocolate caliente.
—Ten —dijo Yoh colocando una taza rosada sobre la pequeña mesa.
—Gracias —contestó y tomó un sorbo de la bebida.
Un silencio se creó en la habitación. Yoh se sintió un poco incómodo, hacia mucho tiempo que no estaban ellos dos solos en un lugar.
—¿Cuándo llega Alumi? —preguntó, tratando de romperlo.
—Esta semana debe de llegar —respondió la rubia, bebiendo lo último del chocolate caliente, sintiéndolo exquisito.
—Está bien, le prepararé una habitación para que se sienta cómoda.
—No será necesario —Anna lo miró por unos segundo —Le daré mi habitación.
—¿Por qué?
—Ya he conseguido apartamento, ayer fui a verlo. Me lo darán en un par de días.
—Oh vale ¿por qué no me dijiste anoche?
—Te lo estoy diciendo ahora.
—Sabes que podías quedarte el tiempo que quisieras aquí, no era necesario que te mudaras tan rápido.
—Llevo tres semanas aquí, Yoh, creo que es demasiado —Y era verdad, para ella era demasiado tiempo. Estar de nuevo bajo el mismo techo que él le resultaba un poco incómodo, más ahora sabiendo que había una tercera persona involucrada. Saber que Yoh tenía una relación hacía su estancia un poco menos placentera. —Además, no creo que le agrade mucho a tu novia que yo esté viviendo aquí ¿no? —Yoh sonrió con un toque de culpabilidad. Conocía muy bien aquel hombre como para saber qué significaba esa sonrisa —No me digas que no lo sabe…
—No —admitió —Ella está en Francia y no había encontrado el momento adecuado para decirle. Sólo sabe que estás en Tokyo —dijo mientras se rascaba su cabellera castaña —Tenía pensado decírselo cuando regresara de su viaje, pero supongo ya no será necesario.
—Vaya, así que ocultándole cosas a tu novia, eh —dijo con un tono de malicia en su voz, mirándolo detenidamente —Eso no se hace, Asakura.
Yoh sintió los nervios en su cuerpo.
—No es eso —respondió, con rapidez —Sólo no sabía como decírselo, es complicado —y una pequeña risa nerviosa acompañó sus palabras.
—También llevó tres semanas aquí y tampoco sabía de tu novia ¿qué excusa le pones a eso?
—Ninguna —el moreno se sintió un poco atrapado con sus preguntas —Es sólo que… no tenía por qué decírtelo ¿o sí? —Se tragó sus nervios y decidió confrontarla de igual manera. Apoyó su barbilla sobre sus manos y continuó —¿Es algo personal, no? Así como tú tampoco me haz dicho nada sobre eso… ¿tienes pareja, Anna? —No sabía si en realidad quería saber sobre al asunto, pero era su manera de enfrentarla.
—Tienes razón —respondió la rubia —Es algo personal.
Yoh frunció ligeramente el ceño ante la respuesta de Anna.
—No se vale —se quejó el castaño con un ligero puchero —Haz ignorado mi pregunta.
—No seas infantil, Yoh. Tú mismo dijiste que era algo personal.
—No soy infantil.
—Por supuesto que lo eres —Anna se puso de pie dispuesta a salir de la habitación. No quería tocar el tema de parejas, así que mejor lo evitaría por el momento —Siempre los haz sido y lo serás, Yoh.
Las palabras de Anna lo molestaron. Que ella se refiriera a él de esa manera le había hecho hervir la sangre. No sabía el por qué le molestaba que pensara eso de él. Tampoco es que fuese algo grave, pero que lo dijera lo había hecho molestar, más con aquella actitud altanera con la que lo había dicho. Y sin siquiera pensarlo, sin poder controlar su cuerpo, se puso de pie frente a ella y la pegó a la pared, agachándose ligeramente para quedar su rostro al altura del de ella. La había tomado por la muñeca para que no se le escapara y con su mano libre había creado una barrera entre él y la pared.
Y con la voz más seria que tenía le dijo:
—No soy infantil, Anna.
La rubia se quedó sorprendida en su lugar antes los movimientos del moreno. No esperaba en lo más mínimo una reacción así por parte de él y menos por algo insignificante como eso. Su rostro estaba demasiado cerca, pudo sentir su cálido aliento al pronunciar sus palabras. Y ella se había quedado paralizada en su lugar, desconsertada por su acción.
Yoh, sin más, la soltó y salió de la habitación cerrando la puerta tras de él.
Al salir, sintió que la realidad le caía encima ¿Qué demonios había hecho? Había sido una reacción completamente sin pesar. Idiota, se dijo a sí mismo, golpeándose en la frente como castigo por su atrevimiento. Pero tenía que aceptar que se había sentido muy bien haberla callado de esa manera. Verla tan de cerca, haberla tocado… Anna le hacía sentir y hacer cosas que ni él mismo imaginaba. Creía haber dejado eso atrás, después de tantos años de no verla, pero después de dicha acción había comprobado que no era así.
Se alejó de la habitación, dispuesto a salir a jugar con su mascota. Sabía que en cualquier momento ella le reclamaría lo sucedido, así que prefirió evitarla y huir hacía el jardín cubierto de nieve.
Anna, por su parte, se había quedado sorprendida ¿Qué se había creído ese idiota al tratarla así? ¿Qué demonios le pasaba? Hubiese querido proporcionarle tremenda bofetada por su atrevimiento, pero se había quedado inmóvil, sorprendida… extrañamente disfrutando el momento. Se asomó por la ventana y lo vio jugar con su mascota, sin abrigarse, con una enorme sonrisa en el rostro como si no hubiese sucedido nada.
Maldito Asakura.
Suspiró resignada. No lo golpearía ni le reclamaría, buscaría su venganza de alguna otra manera.
—No entiendo cuál es el problema de Luchist con estos nuevos diseños, a mi me agradan bastante ¿tú que opinas, Hanna? —Hao miraba detenidamente los papeles sobre su escritorio que había examinado durante varias horas. Los nuevos diseños automotrices que le habían enviado, después de varias presentaciones y cambios, lo tenían bastante ocupado durante esos días. Alzó la mirada al no recibir respuesta de su sobrino —¡Hanna!
—¡Lo siento! —exclamó el joven ligeramente exaltado ante su llamado. Hao tenía fruncido el ceño —Lo siento… —repitió, guardando su celular en el bolsillo —Mamá me envió un mensaje, quiere que vaya por esa mocosa al aeropuerto, no pensé que llegaría tan pronto.
Había pasado ya una semana desde la noticia sobre Alumi. Su madre se había mudado a su nuevo departamento, que quedaba sólo a tres estaciones de la pensión Asakura. Hanna le había insistido que se quedara con ella en su departamento, había sido su idea darle un puesto de pasante en la empresa donde trabajaba, así que para Hanna era responsabilidad de su madre cuidar de esa niña, no de él. Lamentablemente el departamento de su madre sólo tenía una habitación, era grande y lujoso, para una sola persona, como ella quería.
—Lo lamento —recordó las palabras de su madre —Te dije que no está a discusión, se queda en la pensión.
Manejaba molesto hacia el aeropuerto. Era un maldito viaje de casi dos horas contando el tráfico, pensó en irse en taxi pero descartó de inmediato la idea, demasiado caro, su padre le había enseñado a no malgastar su dinero. Igual pensó en tomar el subterráneo, pero tan sólo la idea de regresar cargando maletas, le molestó. No odiaba manejar, pero odiaba la idea de tener que ir hasta el aeropuerto a buscar aquella mocosa y arruinar por completo sus planes de la noche.
—Ve y quita esa cara de amargado que te cargas, no le darás buena impresión a la chica —dijo su tío observándolo desde lejos.
—Esto arruinas mis planes de hoy… —soltó un pequeño suspiro de resignación.
—Planes, eh ¿una chica?
—Por supuesto —contestó orgulloso —Y por culpa de esa mocosa y de mi madre… no podré salir con ella. —decepción y enojo se escuchó en voz.
Recordó la plática con su tío antes de salir al aeropuerto. Su maldita cita estaba arruinada. Había ansiado tanto que llegara ese día, el trabajo, la escuela, las nevadas y su madre le habían impedido salir con Haruka los últimos días. Odiaba esta situación y más el saber que compartiría techo con ella por varios meses.
Tardó más de dos horas en llegar al aeropuerto por culpa de la nevada.
El aeropuerto estaba repleto de gente, el clima había bajado la temperatura de nuevo, era una helada noche.
Miró el reloj en su celular, siete y cuarto de la noche. Su madre le había comentado que el avión debía de llegar pasado las seis, así que ella debería de estar ahí esperando. Caminó por el lugar buscando la sala de espera de la puerta G6. Había demasiada gente y las pantallas del aeropuerto mostraban vuelos cancelados por la tormenta que se avecinaba. Aceleró su paso, odiaba las multitudes.
Caminó entre la gente disculpándose a su paso con un tono de enfado. Este día no podía ser peor.
Buscaba con la mirada a la chica, la cual no debía ser tan difícil de encontrar de acuerdo a lo que él recordaba.
Y no estaba equivocado. Se detuvo un momento cuando la vio de lejos.
Ahí estaba ella de pie, junto a sus maletas rojas. Y no pudo creer lo que veía. Era delgada, no muy alta, de piel dorada y llamativa. Tenía el cabello rubio cenizo, no muy largo, acomodado en una trenza que caía delicadamente sobre su hombro derecho. Vestía completamente de negro, con un abrigo estilo trench que acentuaba su cintura y uno pantalones negros que se adherían a la perfección a sus torneadas piernas.
No podía negarlo, era atractiva.
Se acercó a ella con cautela y la saludó.
—Hola… Alumi —dijo con una voz baja. Ella volteó a verlo al escucharlo y Hanna se perdió en su mirada. En definitiva no recordaba aquellos grandes y azules ojos que tenía. Trago saliva, nervioso. —Soy Hanna, no sé si me recuerdas, mamá me envió por ti. Y te manda una disculpa por no haber podido venir ella en persona…
Alumi lo miró por unos segundos y le dedicó una leve sonrisa.
—Hola, Hanna —respondió —Para serte sincera, no te recuerdo del todo —Mintió. Por supuesto que lo recordaba, como olvidar aquel niño idiota que la molestaba de pequeña, pero prefirió hacerse la olvidadiza. —Oh, no hay problema, me alegra que hayas llegado a tiempo. A comenzado a llegar mucha gente y no soy fan de la multitudes.
—Ni yo —contestó el rubio tomado una de las maletas para salir del lugar —Vamos.
Caminaron en silencio hasta el automóvil. Con mucha suerte y rezándole a Kami-sama, la nevada no empeoraría hasta llegar a casa. Salieron del aeropuerto aún en silencio, el rubio manejaba con mucha precaución, pues la nieve, aunque aún no era intensa, nublaba su vista.
—Tardaremos en llegar, si estás agotada puedes dormirte. Supongo el viaje fue muy agotador —Hanna intentó romper el silencio. Se encontraba ligeramente nervioso a lado suyo.
—Supones bien, pero no estoy cansada —contestó la rubia.
—¿De verdad no me recuerdas?
—Han pasado diez años y mi memoria es muy mala —respondió, tratándose de librarse del tema.
—Oh, ya veo.
No dijeron más. El camino se tornó silencioso de nuevo.
Los autos iban con lentitud al igual que él.
Tenía que aceptar que la mocosa que recordaba había cambiado por completo. Era una mujer atractiva y exótica con aquella piel dorada. Parecía que su temperamento no era tan molesto como cuando era pequeña, o al menos ese creía él, no podía sacar conclusiones cuando apenas y había intercambiado unas palabras con ella. Si viviría con ella, necesitaba conocerla mejor y decidió, para romper los silencios, que él iniciaría las pláticas durante el viaje.
—Oye y… —inició pausadamente —¿Por qué decidiste periodismo? —preguntó sin recibir respuesta. Desvió su mirada del camino para mirarla unos segundos. Dormía, plácidamente. Hanna frunció levemente el ceño en modo de burla —Pero no estabas cansada, eh.
Sólo por unos segundo pudo contemplarla dormir, tan tranquila. Los cabellos rubios, que tenía sueltos, caían sobre su rostro cubriendo parte de él. Era muy bonita, era obvio, sólo un ciego no lo vería. Y, aunque le costará, tendría que actuar como ciego. No podía fijarse en ella. Uno: porque estaba prohibido, dos: porque tal vez aún sería la mocosa fastidiosa de su niñez, y aunque ella no lo recordaba, él sí.
La miró por segunda vez y la vio sonreír entre sueños.
Debía admitirlo, tal vez está experiencia no sería tan mala.
Tal vez ella ya no era la mocosa fastidiosa de antes.
Tal vez el día no había terminado tan mal como pensaba.
Y, tal vez, sólo tal vez… no sería un fastidio tenerla en casa.
Continuará.
¡Disculpen la demora! Gracias por sus comentarios, espero les agrade este capítulo.
