El Reino de Espadas

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Capitulo 3

Miraba atentamente al par, que aparentemente por la situación, había descubierto que eran ambos aristócratas. No entendía por qué carajos (si, en el término completo de esa palabra) Alfred no le había permitido acabar con la vida de ese demonio disfrazado de francés y bañado en perfume demasiado oloroso. Ciertamente le daría mucho mas placer que tener esta conversación ahora.

La sirvienta, temerosa, hizo acto de presencia por la puerta extremadamente grande del palacio, vacilante en sus pasos y sin quererlo presto toda su atención en ella. Joven, aparentemente de familia pobre pero con un gran cuidado de su persona, cosa que él no tenía por la suya ya que nunca se vio en la necesidad de hacerlo. Recordó que aun vestía sus vestimentas humildes confeccionadas a mano por su propia madre, y un sentimiento de nostalgia sorprendentemente frío y triste le envolvió de repente. Miro los ojos azulados del desagradable hombre frente a él, quien le regreso una desafiante mirada aun peor que la suya propia. Los labios delgados del aristócrata de amarillo se curvearon en una horrenda mueca parecida a una sonrisa burlona. Sospecho que, efectivamente, eso era.

Alfred a su lado, como era de esperarse, no entendía ni nada acerca del constante intercambio de miradas fulminantes entre los dos rubios restantes, y admitía que comenzaba a fastidiarle un poco. La sirvienta dejo la charola de café en la mesa correspondiente frente a sus majestades y el hombre del reino de Diamantes, haciendo la acostumbrada reverencia, se retiró de la sala con rapidez.

—¿Podemos iniciar de una buena vez la charla—dijo el Rey de Espadas, sin poder evitar dejar de lado las formalidades, se ganó dos miradas curiosas—, o tendremos que esperar y tomar café frío?—concluyó con una risa.

Ciertamente estas estaban de más en ese entonces, puesto que Francis era un buen amigo de la familia real de Espadas, y como represente del Reino de Diamantes en su casa, estaba más que dispuesto a tratarlo con la familiaridad a la que habían sido acostumbrados desde pequeños ambos. Su amigo más cercano fuera de sus tierras era el francés, por lo mismo, hablarle de tu le traía sin cuidado alguno. En cambio, Arthur era la nueva Reina de Espadas, su compañero destinado, y dado los avances de ambos en el coche, no esperaba decirle usted si realmente quería ganar su confianza.

Arthur carraspeo.

—Lamento hacerle perder el tiempo, su majestad—dijo el ingles, aun mirando con odio al de habla francesa. Alfred no pudo más que soltar otra risa divertida.

—Arthur, ya te he dicho que me llames por mi nombre.

—Debo tomarte la palabra, Alfred. Es cierto que estamos perdiendo valioso tiempo mirándonos como dos niños cuando les acusan con su madre. El odio por el bocón será inevitable, y temo que de igual manera, el odio que mon cher Arthur por mi lo es—dijo Francis, con una sonrisa divertida. Arthur bufo.

—Cierra tu asquerosa boca, frog face, o te aseguro que te la cerrare yo—Arthur parecía ser otra persona cada vez que hablaba con Francis, cambiando su tono de voz radicalmente a uno lleno de veneno y resentimiento. Francis rodó los ojos

—Siempre tan educado.

—Con un bastardo como tu la educación sobra—bufo el de habla inglesa—. Ciertamente me sorprende de que te dejen pasear por ahí sin correa. Es bien sabido que los animales sin dueño son sacrificados.

—¿Te interesa el puesto, Arthur?

Alfred se levanto con el ceño fruncido hacia el francés, aunque su cara infantil no mostraba casi ningún tipo de molestia alguna, se notaba en los irises azul que estaba molesto, o por lo menos, disgustado con el visitante del otro reino. Francis lo noto, y repentinamente supo que debía ir al grano antes de que el soberano perdiera la paciencia.

—Conocí a Arthur en el pueblo a las faldas de la montaña en donde esta este mismo castillo—comenzó Francis. Los angloparlantes prestaron especial atención, tratando de responder sus propios interrogatorios—. Siempre fui una persona muy... Libre.

—Mujeriego, querrás decir—pensó Kirkland con molestia, recordando las veces que lo atrapo ligándose a su prima.

—Como sea—continuó el francés sin saber que pasaba por la cabeza del de ojos verdes—, sabia que la preparación que me daban en el palacios de Diamantes solo era una parte de los que me esperaban fuera de los muros del castillo. Por lo mismo, y usando las habilidades que mi madre me había hecho aprender, hice un pequeño teatro que yo mismo considero muy bueno, para poder divertirme de la mejor manera que conozco: sobre pasando la autoridad de Vash, mi Jack. En una de esas... Escapadas, estaba visitándote, Alfred, cuando tuve tiempo de salir y conocer el Reino de Espadas que tanto presumen. Se me hizo demasiado fácil integrarme con los súbditos, ya que tenía mucha experiencia, y decirles que era hijo único de un comerciante de Seda que vendía sus productos con otros reinos, y por ello no podía estar demasiado tiempo en el Reino. Conocí a Mon cher Arthur en el mercado, cuando yo tenía unos catorce años. Me burle de él como la mayoría, pero hicimos una gran amistad.

El ingles bufo ante esto.

Arthur tenía doce años, caminaba por el pueblo de manera apresurada, su madre le había encargado que buscase lo necesario para la cena, y debía de encontrarlo antes de que Scott, su hermano mayor, llegará de su trabajo. Miraba a todos lados de manera frenética, intentando localizar a simple vista los ingredientes que le habían pedido que buscará. Choco con alguien repentinamente, fuerte. Cayo de espaldas en el suelo.

Levanto la mirada, topándose con un joven que no se veía como alguien de clase baja, pues estaba demasiado limpio y su piel demasiado cuidada. Definitivamente era alguien que no era de aquí. Eso no evito que le recriminara por haberlo tirado.

—Fíjate por donde vas, idiota—le soltó, levantándose del suelo de un salto—. Si no fuera por que eres nuevo en el pueblo, diría que eres imbecil por comprarle pescado al holandés del puesto de haya—apunto al susodicho, quien quería venderle otro producto a otras personas.

El francés solo le miro. Sonrío divertido.

—Grandes cejas que tienes, mon ami—dijo, apuntando a las dos oscuras orugas que el ingles tenía por cejas. Arthur frunció el entrecejo.

—Solo cállate.

Con eso, regreso a buscar lo que había ido a traer para su casa desde un principio.

Francis suspiro, mirando a Alfred con una sonrisa semi nostálgica por recordar aquel día, hace ya muchos años atrás. El ingles solo bufo, recordando como el idiota del francés le había seguido hacia su casa solamente para seguir "conversando alegremente" —lease, molestar a Arthur— de las cejas del menor.

—Bueno—comenzó Alfred—, eso explica en gran parte el porque se conocieron—sonrío alegremente, sin saber porque sentía que un peso en su pecho se desvanecía y le llenaba de seguridad ese hueco—. Pero aun no entiendo porque Arthur te quiso dañar. Se que no lo conozco desde hace un tiempo, pero creo que no suele reaccionar así, ¿Cierto, Artie?

—Cierto, mi señ...—el ingles se interrumpió catando de golpe. Un tic se le instalo en la ceja izquierda, mientras ponía los ojos en blanco—. ¿Cómo me has dicho?

—¿Quien?

—Tú...

—¿Yo?—se apuntó el americano sonriendo inocentemente. El mayor asintió con la cabeza MUY lentamente—. Solo dije "Artie"

—Mi nombre es Arthur, no "Artie"—dijo haciendo comillas con los dedos—. Segundo, lo quise matar porque me dijo que si le vendía a mi perro me daría dos doblones de oro, pero lo único que me dio fueron dos frijoles y una caja de cartón.

—No pude darte más en dicho momento—se excusó con una sonrisa el francés.

—Excusas—bufo el ingles—. Me acabo de enterar que eres miembro del reino de diamantes y me dices que no tienes dinero. Según tengo entendido, eso es robo en cualquier parte de los cuatro reinos.

—Pero no solo soy de otro reino—dijo el de cabello largo, mientras sonreía perversamente al saber cómo reaccionaría el de cejas gruesas ante la revelación que estaba por hacer hacia su persona—. Soy nada menos y nada más que el Rey del Reino de Diamantes.

Cuando Arthur gruño y no alcanzo a ser frenado por Alfred cuando se lanzó contra el francés, el americano supo que iba a haber un problema...

Y que Francis quedaría sin uno o dos dientes.

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El Reino de tréboles estaba cubierto de nieve, desde las montañas nevadas, rocosas y altas, hasta los valles salpicados de hielo y pueblos.

El demonio albino avanzo por el castillo de Tréboles, sintiendo sus pies flotar contra el piso de mármol y su cola rozar con las cortinas y banderas verdes. El pasillo por el cual avanzaba hacia el trono de los reyes, era diferente en muchos aspectos al del Reino de Espadas.

Los colores verdes y plateados predominaban en ese lugar. Grises y de madera oscura y pálida eran los muebles, y espadas colgadas de las paredes, al lado de cuadros y pinturas de hombres y mujeres de mirada fiera, le daban un escalofrío en la espalda a cualquiera. Menos a él. Él era demasiado asombroso como para dejarse asustar tan fácilmente en un lugar frío como aquel.

Giro su cabeza para tratar de encontrar a la persona que buscaba en ese frío lugar, sintiendo que sus bellos se ponían en punta cada vez que escuchaba voces en pasillos que colindaban con ese. Nadie debía verlo si quería seguir visitándole, muchos menos los cortejos* reales, quienes podían informarle a la reina que había ido, y ella al rey. El rey le odiaba, y estaba seguro que si quería desmembrarlo frente a todo el Reino, ella no lo evitaría; seguro estaba que en vez de eso, le incitaría a hacerlo más rápido.

El sonido de una hermosa melodía se escucho a travez del pasillo. Sonriendo perversamente, se acero hacia la puerta de madera oscura que se posaba ante él, empujándola levemente para asomar la cabeza.

Deslumbrado podía ser el adjetivo perfecto como para describir como estaba en ese momento. La elegante figura que estaba sentada en el banco frente al piano de cola, estaba estática, sin embargo, los dedos se movían frenéticos, de manera exquisita, elegante y llenos de gracia y maestría sobre las teclas de Marfil del maravilloso instrumento. Las notas volaban alrededor de la habitación, llegando a sus oídos de forma espectacular, llevándole a descubrir placeres ocultos dentro de su persona. Hermosa melodía, y más hermosa quien la interpretaba. Podía elegir millones de sentimientos que le llegaban a través de esa melodía, pero solamente tenía claro la pasión y la sensualidad. Tal vez era por su naturaleza, sin embargo, la ilusión y admiración que sintió no eran propias de su persona le hizo ver que no se debía a eso, sino, que al contrario de lo que uno pensaría, el musical quería transmitir esos sentimientos hacia su persona, conociendo que él estaba ahí.

Se acercó, esta vez pisando el suelo y haciendo ruido. La cabeza de la silueta de cabello castaño se movió ligeramente, dando a conocer que sabia de su presencia aunque le ignorase. Se sentó al lado de esta, teniendo cuidado de no estar demasiado cerca para estorbar las delicadas manos, pero lo suficiente como para hacer que sus ropas oscuras contrastasen con las blancas y verdes pálidas del músico.

—Veo que has mejorado, señorito—dijo con su voz burlona. Vio de reojo que el hombre frunció el ceño, mientras sus ojos violetas centelleaban por unos segundos, llenos de ira.

—Te he dicho miles de veces que no me digas señorito, Gilbert—dijo el austríaco, mientras tocaba las últimas notas de la melodía. Hizo una pequeña reverencia, como agradeciéndole poder tocar al instrumento—. Y por si no lo recuerdas—se volteo a verle, y el albino se deleito con el lunar al lado de su boca. Muy cerca de esta—, yo tocaba así desde que me conociste, idiota.

–Kesesese—río maliciosamente—. Pero aun te falta mucho para poder llegar a mi altura, señorito. El otro gruño ante la mención de ese apodo de nuevo—. Cambiando de tema, ¿Están aquí los reyes? Creo que le tienen envidia a mi asombrosa persona y la quieren desterrar para siempre.

—Todo mundo quiere desterrarte a las profundidad de las cuales vienes, Gilbert. Y contestando a tu pregunta, sí, están en casa. Mi Reina ha sido herida en combate, creo que fue mientras entrenaba; y mi Rey esta en alguna parte del palacio, no te diré en donde específicamente, claro está. Siempre le he dicho a Elizabeta que debería de considerar seriamente el abandonar las peleas.

—Es un hombre, ¿Qué esperabas?—el austríaco le dio un golpe en el hombro—. Auch—soltó ese quejido de manera socarrona.

—Sabes que no se me tiene permitido dejar que insultes a Mi Reina a tu antojo, y te aseguro que aunque se me permita, no te dejaría hacerlo.

—Lambiscon.

—Déjame decirte, que el único lambiscon eres tu—respondió indignado el de cabello castaño—, albino idiota.

—Pues este albino asombroso que tienes como "aliado"—sonrío burlonamente, mientras veía al austriaco sonrojarse levemente por el tono tan sugestivo que había utilizado en la última palabra—, consiguió información importante del Reino de Espadas.

—¿Que clase de información?

Gilbert solo sonrió perversamente, sabiendo que le encantaría a su señorito la buena noticia que le diría.

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Alfred sonrió nerviosamente, mirando al ingles a su lado, quien estaba cruzado de brazos con el ceño fruncido y un mohín de molestia, que simplemente le pareció adorable a su perspectiva. Francis, por otro lado, estaba con una bolsa de hielo recargada en su sien, pues Arthur le había arrojado una taza en esta y, —aunque solamente tuviera un pequeño raspón— el francés había insistido en que le dieran hielo para cuidar su hermoso rostro.

—¿Qué tal si nos calmamos todos, y hablamos?—río el americano, volviendo a provocar en el de cejas gruesas un pequeño pitido en los oídos.

—Alfred—llamo el ingles. El de lentes el miro con una sonrisa—. Me gritaste en el oído.

—¡Perdón, Artie!

El francés, que desde que estaba sentado en ese lugar había pensado que era demasiado curioso el comportamiento de su amigo Alfred y Arthur, les miro confundidos.

—Bueno, Arthur—comenzó el del reino de diamantes, ganándose una mirada fulminante del ingles, quien estaba para nada feliz con el de amarillo— ¿Desde cuándo eres un sirviente del palacio de diamantes? Pensé que Scott te estaba pagando el colegio.

El ingles se sonrojo, y Alfred solamente frunció el ceño, ¿quién demonios era Scott?

—Y-yo...—balbuceo Arthur, mientras trataba de encontrar la excusa perfecta para que el francés dejara de preguntar sobre su situación actual—. Ya me gradué del colegio.

Francis sonrió, sorprendido levemente.

—¿En serio?, ¿Ya pasaste por la ceremonia?—el ingles apenas y puso asentir con la cabeza—. ¡Fantastique! ¿Qué destino tenias predestinado? Ciertamente no me sorprendería el que te volvieras caballero, Arthur, siempre pensé que eras demasiado "educado" para trabajar en el pueblo, aunque ciertamente no lo digo por tan vocabulario.

—No soy caballero...

—¿Entonces?

Arthur no respondió, no estando seguro si el rey aprobara el que dijera palabra sobre su unión en público, y mucho menos frente al Rey de diamantes—al cual por cierto, ya había golpeado dos veces en el mismo día—. Por lo que solo bajo la cabeza, sumiso ante lo que su Rey dijera o pidiera. Siempre había sido así, mostrándose sumiso frente a sus hermanos y a sus padres.

Alfred, mientras tanto, estaba esperando que Arthur dijera que era su Reina, y que al fin las Diosas le habían dado a la pareja que tanto ansiaba encontrara para no estar solo jamás. Sin embargo, al ver el sonrojo, sutil claramente, que barajaba casi todas las mejillas de s ingles, si porque era de él y solo de él, decidió actuar para darle confianza. Mathew siempre le recordaba que era malo para leer el ambiente, y que de no ser por que él estaba siempre apoyándole en conversaciones entre los Reyes y el consejo de Sabios, ya habría provocado la guerra entre reinos por la falta de deducción que tenía. Lo único que se le ocurrió hacer para darle ánimos a Arthur, fue posar su mano sobre la del ingles, y darle un pequeño apretón para alentarle.

El ingles sintió la mano del americano sobre la suya, encontrando el tacto increíblemente cómodo, reconfortante e incluso familiar. Era fantástico el sentir que con solo ese toque podría hacer cosas que el no se imaginaba. Su alma, pensó, vibraba dentro de él, extasiada del casual contacto que el otro le brindaba. Sus mejillas se encendieron, toda su sangre se concentró en ellas, y su interior se sacudió orgulloso de que su Rey y pareja le encontrara lo suficientemente bueno como para querer presumirle. Su madre tenía razón. El alma había elegido bien.

Miro al francés, quien le dio una mirada curiosa.

—Soy la Reina de Espadas—confeso un poco avergonzado por el título femenino, pero sin demostrarlo.

Francis abrió sus ojos sorprendidos, sintiendo que el aire le faltaba y que se desplomaría en cualquier momento. Mientras tanto, Alfred juro sentir un rugido victorioso en su pecho, ahogándose en sus pulmones y saliendo como una exhalación silenciosa. Un calor indescriptible se extendió por su vientre hacia su pecho, llenándolo de una seguridad abrumadora. Por fin lo había encontrado. Por fin había encontrado a Arthur.

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Roderich se acercó a los tronos creados de oro blanco, con hermosos adornos verdes en ellos. Su reina, una hermosa y fuerte mujer joven, con largo y brillante cabello castaño claro y ojos amenazantes de color verde, le miro con cierto afecto cuando atravesó el salón del trono, con paso firme y con su bastón atrás de él, tensado en su mano listo para defenderse a él o a sus Reyes de ser necesario. Sintió la mirada carmesí puesta sobre él desde la ventana, donde sabia que Gilbert le miraba oculto en las sombras.

Su rey, un hombre robusto, fuerte y con ojos violetas aniñados de manera casi sádicamente y perturbadora, sonreía con inocencia hacia él. Trago duele cuando le asintió con la cabeza a amanera de saludo.

—Roderich—dijo Elizabeta, su reina—, ¿Qué sucede?

—Me he enterado de una noticia reveladora, mis majestades—dijo, haciendo una reverencia cuando llego frente a ellos. Alzo la cabeza, al no escuchar ningún comentario, mirando directamente a sus reyes—. Es del Reino de espadas.

—¿Qué ocurre con el Reino de mi buen amigo Alfred?—dijo el Rey, mirando al castaño con extremado interés.

—Han encontrado a la reina.

Gilbert sonrió, desapareciendo en un humo negro rojizo y con una sonrisa maliciosa, se haya en el Reino de corazones. Donde el Rey espera a su visita con una mueca de seriedad casi sepulcral. Le sonrió con cariño implantado en sus ojos, dando un paso hacia adelante y cometiendo un acto que se tacharía de osadía hacia su Rey, le tomo en brazos, parándose de puntitas para colocar su mentón en su hombro. Soltó una risa al mismo tiempo que le estoico rubio sonrió.

—Que bueno es verte, West—le dijo el Joker, su cola comenzando a juguetear por el costado del rey, causándole escalofríos y haciéndole sonreír burlonamente.

—Lo mismo digo, hermano—dijo El hombre de rosa, sonrojándose levemente ante las supuestas muestras de cariño (que comenzaba que sospechar solamente eran para dejarle humillado con el tema de demostración de afecto) del mayor.

—Traigo buenas y malas noticias.

—¿Acaso te volvieron a arrestar?

—Claro que no, kesesesese. Soy demasiado asombroso como para dejar que me arresten.

—¿Volviste a cometer una atrocidad en el Reino de Tréboles?

—Nop. Estoy limpio esta vez, West.

—¿Entonces que es la noticia importante que has venido a decirme?—el albino sonrió burlona y perversamente, esperando que su hermano no se diera cuenta.

—Kiku sigue siendo amigo del Rey de Espadas, ¿Cierto?

—Nuestra paz con el Reino de Alfred se ha mantenido, si a eso te refieres. En cuanto a una relación de amistad, debo decir que Kiku es uno de los pocos que toleran lo suficiente a Alfred para no quererle arrancar la cabeza después de treinta minutos de convivencia, y al contrario de lo que muchos piensan, pasan mucho tiempo juntos, por preferencia de Alfred, claro.

—Oh—exclamo falsamente sorprendido—. ¿Y eso no te molesta? ¿No te da, acaso, un poco de celos?

—¿debería?— pregunto con un deje de preocupación, mientras su mente le traicionaba y comenzaba a idear múltiples situaciones en las cuales Kiku se veía implicado junto con Alfred en indecorosas fantasías creadas por sus celos. Si bien no amaba a Kiku como debería de haberlo hecho, sabia que sus vidas estaban unidas por conexiones fuertes y lazos afectivos. No soportaba la idea de que el corazón casto de Kiku, SU Kiku, fuera contaminado con los intuís tos primitivos de un rey sin enlazar.

Kiku era su Reina, y aunque no fuera su elección ese hecho, no permitiría y no podía imaginarse siquiera que fuera de otra forma.

—No—se atrevió a sonreír un poco—. Kiku es la persona más leal que conozco, aparte de Feliciano. No tienes porque preocuparte ni ahora, ni en un futuro. Alfred ya no pasara tanto tiempo con Kiku.

—¿Porqué lo dices?

—El Reino de Espadas ya tiene una Reina.

La cabeza de Feliciano se asomo por la puerta, seguido por la de Kiku. El italiano, tembloroso, se acercó a los hombres germánicos empuñando su lanza frente a él y con dirección a Gilbert, mientras que el japonés se quedaba rezagado atrás de él.

—Lamento nuestra interrupción—comenzó el japonés–, pero no pudimos evitar escuchar cuando hacíamos nuestra ronda matinal para recorrer el palacio. Debo decir, que si bien no ha sido nuestra intención escuchar su conversación, se nos hizo imposible no hacerlo en lo absoluto, y que debido a ello, y a mi educación, decidimos que lo mejor era entrar y tratar de integrarnos en ella para aliviar el peso de nuestra culpa en nuestro subconsciente.

—Sabes que eres bien recibido en nuestra conversación si así lo quieres, mi Reina—dijo el Rey. Gilbert hizo una leve reverencia con la cabeza, a manera de respeto—. ¿Qué opinas de la noticia?

—Que debemos de hacerle una visita a Alfred.

—¿Cuando sería oportuno?—preguntó Feliciano—. Digo, para preparar el carruaje real vee~. Y pasta, desde luego.

—Ahora mismo.

Nini: Ok, seque soy una persona de lo peor. Para empezar, lamento si hay faltas de ortografía, aunque me asegurare de revisarlo dos veces para asegurarme de no cometer HORRORES ortográficos y darles una lectura de calidad... O la máxima calidad a la que puedo llegar.

Se también que he tardado mucho en actualizar, y que este capítulo, aunque yo no lo haya querido así, es corto después de toda mi ausencia. Y que, para terminar de matarme, le deje en suspenso... O semi suspenso. Espero que me sigan leyendo, pues tratare de actualizar mucho más rápido.

Gracias por leer.

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