¿Jugamos? (parte III)
Sé que estamos en una pausa porque todos los ocupantes del plató se mueven de un lado a otro repentinamente. Un hombre y una mujer han retocado el maquillaje de Caesar y han hecho lo que han podido con el mío. El equipo de reanimación ha regresado a su esquina, y el presidente ha vuelto a ocupar su lugar tras las cámaras. Creo que la emisión debió de interrumpirse tras el paro cardiaco de Gale, cuando todo empezó a ser un caos, pero el paréntesis ha sido fugaz, y ya está todo listo para retomar la emisión.
Gale continúa reclinado en su silla, con el cuerpo ladeado y frágil, aunque tiene los ojos abiertos. Ya no le quedan fuerzas para cerrar los puños como lo hacía hace un rato y su tono de piel, la que no está embadurnada de sangre, tiene un matiz azulado. Veo como su pecho asciende arriba y abajo, advierto su respiración lenta y muy pesada. Su mirada de odio también se ha diluido, aunque no puedo culparle, yo tampoco me siento capaz de seguir chillando. Tengo que concentrar todos mis esfuerzos en hacer lo que ha dicho Snow. Hablar alto y claro, y no mentir. Es la única forma de que el corazón de Gale siga latiendo. Al menos, durante un rato más.
La visión de mi amigo hace que se acumulen más lágrimas en mis ojos. Me gustaría que siguiera inconsciente para no tener que presenciar esto. Imagino la impotencia que debe estar sintiendo; la rabia, y la frustración; por no hablar del dolor estrictamente físico. Mirándole, me percato de que en su cuerpo hay marcas que no le han hecho ahora. Son la impronta de un látigo, como las que dejó en su espalda la brutal paliza de Thread tras el incidente del pavo; pero éstas todavía están frescas. Es evidente que lo han estado torturando antes de traerlo aquí, probablemente para sacarle información sobre los rebeldes y el 13. No puedo evitar que me extrañe el hecho de que a mí no me hicieran nada de eso. ¿Creerán que no sé nada? ¿Qué mi único papel con los rebeldes ha sido simbólico y de cara a la galería? ¿Piensan que Coin sólo ha estado usándome para estimular a la población de los Distritos? ¿O en realidad piensan que yo soy valiosa, que aún puedo servirles para algo, y prefieren dejarme indemne?
Pensándolo bien, soy incapaz de calcular el tiempo que ha pasado desde que nos cogieron. Has debido de ser días, pero, ¿cuántos?; ¿dos?, ¿tres?, ¿una semana? Decido que necesito esa información y giro mi cuerpo en busca de Caesar Flickerman. Él sigue a mí lado, sus piernas cruzadas de manera bastante femenina y un documento de varios folios entre las manos.
"¿Cuánto llevamos aquí? ¿Cuánto… cuánto hace que nos capturaron?", cuestiono con un susurro un poco vacilante.
Caesar me mira sorprendido. Creo que mi súbito estado de calma le extraña tanto como la pregunta en sí misma.
"Seis días", contesta, girando la cabeza hacia mí.
Seis días, pienso; es más de lo que imaginaba. Me pregunto qué es lo que habrá ocurrido en ese lapso de tiempo. Está claro que a mí me han tenido dormitando en el cuarto blanco, y a Gale le han estado torturando en cualquier otro lugar, ¿pero qué ha pasado con la Guerra? ¿Cuántos más habrán muerto? Los rebeldes parecían ganar terreno cuando nos cogieron, claro que las calles del Capitolio estaban llenas de vainas, así que no sé si consiguieron avanzar mucho. Pienso en Peeta y me doy cuenta de que lo más probable es que haya muerto. El corazón me da un vuelco, aunque evito centrarme en ello durante muchos segundos. De todas formas, todos vamos a morir. Yo quiero morir, cuanto antes mejor. Sólo me queda voluntad para desear que Prim y mi madre sigan seguras en el Distrito 13.
Caesar vuelve a tocarme el brazo y deja la mano sobre él.
"¿Estas lista? ¿Necesitas más agua?", me pregunta con voz suave y una sonrisa dulce. No sé qué se puede esperar de este hombre. Frente a Snow muestra su cara más cruel y despiadada, pero a veces parece compasivo y con la intención de ponerme las cosas más fáciles, igual que en las entrevistas previas a los Juegos. Afirmo con la cabeza, más a la pregunta del agua que a la de si estoy preparada. Caesar vuelve a llamar a la mujer encargada de darme líquido para evitar que muera de deshidratación auto-inducida por los nervios, la ansiedad y el miedo.
Estoy sumida en mis pensamientos cuando vuelvo a escuchar el himno de Panem. Los recientes acontecimientos y mi ataque de histeria han hecho que la actitud de Caesar se sosiegue, y ahora habla con más delicadeza. Incluso parece que le demos lástima (que tipo tan voluble, por dios).
Después de disculparse con la audiencia por la interrupción del espectáculo vuelve a dirigirse a mí.
"Katniss, ¿podrías hablarnos sobre tu vuelta a casa como vencedora de los Juegos del Hambre?".
Sé que ésta es una de esas preguntas trampa que intentan hacer que me relaje. Y es exactamente lo que intento; tranquilizarme y contestar con franqueza.
"Era muy abrumador al principio. Los periodistas rodeaban mi casa en la Aldea de la Victoria día y noche, y hubo un sinfín de celebraciones y actos a los que acudir. Apenas pude ver a Gale…", hago una pausa para mirarle, y se me encoge el corazón. "…hasta casi un mes después de mi regreso".
Caesar también echa un vistazo a Gale antes de continuar. "Por lo que veo, sois una familia muy unida, ¿no es cierto?".
"Sí", respondo de inmediato, sin pararme a pensar si la palabra familia ha sonado con retintín, o escondía segundas intenciones. "Gale y yo pasábamos mucho tiempo juntos antes de los Juegos. Nuestros padres murieron en el mismo accidente minero y esa tragedia hizo que nos acercásemos". Al hablar me resulta inevitable recordar lo poco cerca que Gale y yo hemos estado los últimos meses en el 13; el pensamiento provoca una punzada de tristeza en mi estómago. Yo casi todo el tiempo ida, cabreada y preocupada por Peeta. Él, totalmente centrado en ganar la Guerra, sin importar lo que hubiera que llevarse por delante. No me había dado cuenta de lo mucho que todavía me importa Gale hasta ahora, al verle en esa silla eléctrica al borde de la muerte.
Caesar parece pensativo y nos mira alternativamente a Gale y a mí antes de formular la siguiente pregunta;
"¿Cómo se tomó él tu relación con Mellark? ¿Supongo que no le hizo mucha gracia que le alejaran de su prima?".
Respiro hondo antes de decir algo inadecuado que haga sonar el pitido y ponga en marcha el achicharrador. Ya sé que 'no lo sé' es una respuesta a evitar, pero es que de verdad no lo sé. No hablé de eso con Gale en aquel momento y tampoco lo hice más adelante. Aunque en realidad, no era necesario, sabía perfectamente cómo se sentía. Todavía sé cómo se siente al respecto.
"No, no le hizo mucha gracia. Ya he dicho que estábamos muy unidos", contesto con voz temblorosa, e intento sonreír a la cámara.
"Lo estás haciendo muy bien, Katniss", dice Caesar al ver mi temblor. "Quiero que hablemos del Vasallaje de los Veinticinco, pero antes, tengo que preguntarte por vuestra boda, la que celebrasteis Peeta y tú en el 12 antes de volver a la arena. ¿Podrías hablarnos de ella?".
Y ahí está de nuevo. Otra pregunta sin respuesta. ¿De qué boda voy a hablarle si no hubo boda? Noto como empiezo a sudar y el nudo en la garganta comienza a ahogarme de nuevo.
"Yo – esto… ".
¿Qué digo?
"Estuvo bien".
Mierda. Ni estuvo bien ni estuvo de ninguna forma porque no existió, pero las palabras han salido solas de mi boca y no he tenido tiempo de pensarlas, ni de detenerlas. ¿Será que me he acostumbrado a mentir a diestro y siniestro y ahora soy incapaz de evitarlo? ¿O qué he empezado a creerme mis propias mentiras? Mientras me odio a mí misma por hablar sin pensar antes, comienzo a oír todos los indicadores de la catástrofe: el pitido, los gritos de Gale, la risa seca del presidente Snow…
Todo sucede muy rápido está vez, aunque la secuencia es la misma. Gale convulsionándose con espasmos en su silla hasta quedar inconsciente. Más sangre. Yo chillando, llorando, retorciéndome y suplicando que paren, más histérica y descontrolada que nunca. Los médicos —o lo que sean— reanimando a Gale, que yace en el suelo. Snow riendo a carcajada limpia mientras mira la escena. Caesar y el profesor Flavius con una cara a medio camino entre atónita y preocupada. El resto de trabajadores con gesto incómodo mientras contemplan la situación. Caesar diciendo a cámara que vamos a hacer otra pausa, pero enseguida regresamos…
Después de un rato de agitación y sacudidas, alguien se acerca, e inyecta una sustancia blanca en mi antebrazo derecho, la cual me tranquiliza de inmediato. Mi espalda cae lánguida contra el respaldo de la silla, y mi respiración comienza a desacelerarse poco a poco, aunque los latidos del pecho aún resuenan en mi cabeza. Me gustaría poder restregarme los ojos con la mano, porque me pican terriblemente. Las lágrimas han debido mezclarse con la pintura negra que me pusieron en la sala de preparación, y ahora noto la sustancia densa deslizarse a lo largo de mis mejillas con un leve cosquilleo. Otra sensación incómoda son las correas que me oprimen el pecho y el estómago, las cuales desconozco cómo han llegado hasta allí, pues no recuerdo a nadie ajustándolas. A estas alturas resulta evidente que el lugar en el que estoy sentada es una bonita y capitolina silla de tortura.
A pesar de eso, el líquido que me han inyectado está teniendo efectos bastante beneficiosos, porque cuando levanto la vista a la habitación, todo está envuelto en una bienvenida neblina gris. Ya no escucho a la gente, sólo suaves murmullos por aquí y por allá y, reconozcámoslo, es mucho mejor que el estado de híper-consciencia previo. Me dejo mecer por la bruma y trato de pensar en cosas agradables. Me encuentro tan bien que incluso me entran ganas de cantar y creo —no estoy segura— que tatareo en voz baja algunas notas del Árbol del ahorcado.
En algún momento de mi ensoñación una voz se hace más nítida.
"Retomaremos la emisión en cuanto se espabile. No iba a poder continuar en el estado en el que estaba", escucho decir a un hombre al que no pongo cara.
"Espero que sea pronto. No se puede cortar así una emisión en directo. No es serio", replica Snow; su voz retumba en mis oídos como si estuviera mil decibelios por encima que las del resto.
"Sólo le hemos puesto un calmante. El efecto no durará más de media hora", repone el hombre de la voz suave.
"Media hora es demasiado. Necesitamos que la gente vea la calaña del Sinsajo cuanto antes. Los rebeldes han sitiado la mansión, pero las pantallas del Capitolio aún funcionan. Quiero que sepan lo que hago con quienes me desafían. Quiero que vean la muerte del chico y al Sinsajo hundirse en la miseria".
Aunque no atravieso mi mejor momento de lucidez, soy capaz de darme cuenta de lo que significan las palabras de Snow. Esto, básicamente, es una ejecución en directo. La ejecución de Gale. Recuerdo las palabras de Plutarch cuando estaba recuperándome del intento de asesinato de Peeta. Dijo que habían matado a Portia y al resto del equipo de preparación de Peeta, y lo habían retransmitido por la televisión. Debe ser otra de las buenas costumbres del Capitolio. Así que, en definitiva, dará igual lo que yo diga o haga, a Gale van a matarlo, y el único propósito de toda esta parafernalia es hacerlo más doloroso para mí (y para él, obviamente).
No va a haber nada que lo impida, no existe forma de frenarlo. Lo único que quieren es hundirme, que pierda la poca cordura que me queda, y tal vez, encontrar algo más de apoyo entre la población del Capitolio. Que dejen de sentir simpatía por mí, si es que hay alguien que aún siente simpatía por mí. Sé que las carencias han hecho que muchos capitolinos se vuelvan contra el Gobierno, y esto, ver que el Sinsajo y toda su historia de amor es una farsa, podría devolverles a Snow.
Por eso quieren mantenerme con vida. Por eso no me han torturado como a Gale, y no estoy conectada a la máquina del dolor.
Ser consciente de todo esto hace que vea las cosas desde una perspectiva diferente. Recuerdo lo que dijo Finnick en el 13, sobre Peeta. Lo recuerdo diciendo que no le matarían si pensaban que podían usarlo contra mí. Y si efectivamente, esa fue la intención de Snow en aquel momento, tal vez exista una forma de mantener a Gale con vida. Tal vez, la única forma de salvarlo sea cambiar de estrategia, y mentir sobre nosotros. Si creen que Gale me importa lo suficiente como para hacer de él un arma arrojadiza en mi contra —tal y como hicieron con Peeta— es posible que lo mantengan con vida, aunque eso signifique que tenga que soportar unas cuantas descargas más. Para ellos sería como una inversión a largo plazo, ahora que no tienen a Peeta.
Puedo dejar que crean que vuelvo a ser una pieza en sus juegos.
Así que me preparo para un nuevo drama amoroso, y un romance desventurado e imposible, como hice en los primeros Juegos. Me mentalizo de que Gale es el amor de mi vida y acepto que haré lo que sea por salvarlo, incluso morir, si hace falta. Poco a poco, empiezo a dar muestras de estar recuperando la capacidad de hablar, a fin de que continuemos con el juego de las verdades, las mentiras, y el suplicio de Gale a mi costa.
Cuando me enderezo en la silla todo el mundo responde a mi gesto restableciendo sus posiciones en el plató. Caesar vuelve a su butaca, el profesor Flavius recupera el control de las máquinas, los cámaras se recolocan en sus puestos y Snow da un par de pasos a su izquierda para quedar fuera de plano. Gale, evidentemente, no mueve un milímetro de su medio destrozado cuerpo. Intento controlar las lágrimas al mirarle, hago de tripas corazón, y me aclaro la garganta fuertemente para que todo el mundo sepa que estoy lista para seguir.
El proceso es igual que las dos veces anteriores, aunque esta vez no tratan de arreglar mi maquillaje. Suena el himno y Caesar empieza a hablar, disculpándose por el parón y situando a un público imaginario en el punto en el que lo habíamos dejado. Después me mira.
"Katniss… tu aspecto ha mejorado considerablemente".
La verdad es que lo dudo, pues sigo sintiendo la pasta que han pasado a ser mis lágrimas recorriéndome las mejillas. Además, el vestido blanco ya luce varios manchurrones negros. De todas formas hago un gesto afirmativo con la cabeza, feliz de tener un plan. Menos es nada.
Si no funciona, tendré que pensar otro en el que Gale y yo terminemos muertos. O nos morimos ambos, o aquí no se muere nadie.
"Lo estás haciendo estupendamente, Katniss. Eres una chica muy valiente", sigue hablando Caesar; el Caesar alentador y amable, no el Caesar despiadado que sé que volverá después, cuando esté formulando preguntas. "¿Dónde nos habíamos quedado? ¿Puedes ayudarme, querida?".
"Sí", contesto, procurando que la voz me salga firme. "En la boda que nunca hubo en el 12".
Hay una exclamación generalizada. Cesar, los médicos, Flavius, los cámaras, y el resto de personas presentes en la sala me miran atónitos. Gale pone una sonrisa tenue que probablemente soy la única que nota, y Snow me mira con cara de: vaya, eso no es ninguna sorpresa para mí.
Cuando se ha recuperado de la impresión, Cesar dice: "Entonces, ¿no hubo boda?".
"Ni embarazo", añado. Estoy ganando confianza en mí misma por momentos. Por descontado que la máquina no hace ni un ruido, pues digo la verdad.
Caesar titubea, aunque intenta mantener las formas, a pesar de que mi repentino cambio de actitud y de discurso lo tiene claramente desconcertado. Al único que no he conseguido asombrar es a Snow, quien continúa con cara de estar al tanto de todo, de conocer todos mis secretos.
"¿Quieres decir que has estado fingiendo todo el tiempo? ¿Los Juegos, las entrevistas de después, la Gira de la Victoria; todo eso fue una actuación?".
Yo todavía no sé qué partes de aquello eran falsas y cuáles no. Pero una férrea determinación (y mi nuevo plan), me empujan a decir: "Sí", alto y claro, como Snow me ha pedido que haga. La máquina de la verdad sigue en mute. Cierro los ojos y suspiro aliviada, intentando que no se note mucho.
"Katniss, nos estás dejando a todos muy impresionados. Eres una actriz excelente. ¿Qué conclusión podemos extraer de todas estas novedades? La única que se me ocurre es que en realidad todas tus acciones fueron un desafío, una invitación directa a la rebelión para la gente de los Distritos. ¿Fue así, Katniss? ¿Era eso lo que pretendías desde el principio?".
En absoluto, me digo a mi misma. Después lo digo en voz alta. "Para nada. No esperaba incitar ningún tipo de revuelta. En los primeros Juegos sólo quería salvarme, y salvar a Peeta, pero no porque le amase. Quería que ambos pudiésemos regresar a casa". Trago saliva. "Vivos, a ser posible", añado, por si quedan dudas acerca de mis palabras.
"¿Y en el Vasallaje, Katniss? ¿Conocías entonces los planes de los rebeldes y el Distrito 13?".
Mi respuesta es negativa otra vez. "No sabía nada, y estaba decidida a que Peeta ganase y sobreviviese, aunque no estuviera enamorada de él".
"¿Ibas a morir por él, pero no lo amabas? Todo lo que nos estás diciendo es muy extraño, Katniss".
Lleno mis pulmones de aire, porque voy a soltar la bomba. Voy a arriesgarme, aunque no tenga claro que vaya a servir para nada. Pienso por un momento en Peeta, y en si esto va a empeorar su ya de por sí deteriorado estado mental. Busco con la mirada la perla en mi bolsillo, pero cinco partes diferentes de mi cuerpo están atadas a la silla, y ya no llevo mi traje de Sinsajo y, en realidad, ni siquiera sé dónde quedó la perla que me regaló Peeta en la arena. Puede que la perdiera mientras huía de la grieta en el asfalto del Capitolio, o que me la quitasen cuando estaba en la habitación blanca. Entonces me digo que ni siquiera sé si Peeta continúa con vida; pero Gale está aquí, frente a mí, y la suya pende de un hilo. El pensamiento me da el aplomo necesario para que las palabras salgan de mi boca.
"Quería a Peeta", digo. "Quería mantenerlo vivo a toda costa porque pensaba que su vida era más valiosa que la mía. Todavía lo pienso. Sin embargo, no estaba enamorada de él, ni me case con él, ni tenía intención de quedarme embarazada y tener hijos con él. No podía amarle porque ya amaba a alguien más".
Permanezco en silencio mientras miro fijamente a Gale y trato de poner ojitos enamorados. La entereza me dura un suspiro, y no tardo en comenzar a temblar de miedo. Sé que la máquina de las mentiras empezará a sonar de inmediato, y él comenzará a vibrar y a gritar, si es que todavía puede hacerlo… luego volverán a salir los tipos del aparato de reanimación… y yo comenzaré a ahogarme, y a sacudirme sobre mi silla con un nuevo ataque de histeria… y volverán a pincharme la sustancia blanca en el brazo y…
Pero no ocurre nada de eso. Todos me observan hasta que una mujer joven se acerca a decir algo a Snow. Él se mueve y comienza a dar órdenes en voz baja, o directamente en silencio, lanzando miradas imperativas que la gente acata de inmediato. Creo que han vuelto a parar la emisión. O tal vez Beetee haya conseguido detenerla desde el 13; interrumpirla usando propos del Sinsajo y los rebeldes ganando la Guerra.
Snow hace un gesto a Caesar, quien se levanta para hablar con él. Y de repente, todas mis sujeciones se sueltan. Los grilletes desaparecen de mis muñecas, y alguien viene a quitarme las correas. En cuanto me siento liberada corro hacia el frente, hacia Gale, que tampoco tiene grilletes pero permanece en su silla, inerte. Tiro de él para intentar ponerlo en pie, pero es un peso muerto imposible de sostener, y lo único que consigo es que se desplome sobre mí. Parece que salir corriendo no es una posibilidad real en estos momentos, a menos que lo haga yo sola.
Lo siento en el suelo, me arrodillo a su lado, y le abrazo. Él se queja. Esta dolorido y he debido hacerle daño con mi ímpetu. Lo suelto y le miro a los ojos. Gale me devuelve una mirada confusa. Todavía no quiero pensar que mi plan ha funcionado, para no hacerme ilusiones antes de tiempo; así que por si acaso, y para seguir con mi estrategia, lo beso en los labios. El beso es muy suave, porque no quiero volver a provocarle dolor, y porque ni yo ni él tenemos saliva para hacerlo más húmedo o más intenso. Cuando me separo, Gale me mira aún más confuso, sus ojos entrecerrados, pero no hay tiempo para explicaciones. Tengo que conseguir que se mueva y aprovechar cualquier opción de huida que nos brinde el desconcierto repentino y generalizado que nos rodea.
Entonces escucho el brusco sonido de una puerta al abrirse, un montón de pisadas corriendo a través de ella. Vuelvo la cabeza, y mis ojos se topan con un hombre vestido con el uniforme del 13 y armado hasta los dientes. Ahora soy yo la desconcertada. Miro a mi alrededor y veo más soldados, no fuerzas de paz, soldados rebeldes. Y de pronto, les veo a ellos dos. Visten trajes con coraza, iguales a los que llevábamos en el pelotón 451, y sostienen las armas diseñadas por Beetee para la Guerra. Son Johanna Mason y Haymitch.
