NOTA: Recuerden dirigir su amor a Requ, pueden enviar sus comentarios, fanarts y demás a su tumblr, solo deben buscarla bajo el nombre de Requetude. Espero que les esté gustando esta historia como yo disfruto pasarla al español.
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Un Acuerdo Formal / A formal Arrangement
Por: Requ / Traducción por Berelince
Capítulo 3
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La puerta se abrió. Elsa estaba de pie en el umbral, con la boca abierta a punto de decir algo y claramente no esperando encontrarla ahí.
"Uh," soltó Anna, sus ojos se clavaron inmediatamente perdiéndose en la visión que tenía frente a ella. –Elsa lucía deliciosamente descuidada. El cabello le caía suelto sobre los hombros, algunos mechones formaban ángulos extraños sobre su cabeza. Parecía como si se hubiera deshecho precipitadamente el trenzado y no hubiera intentado peinarse. Aun llevaba la camisa puesta, pero estaba a medio desabrochar y la tenía por fuera de los pantalones. Unos gemelos le brillaban en la muñeca, su par se mantenía oculto detrás de la puerta. Resultaba un poco chocante ver que Elsa no estuviera perfecta. Anna no podía recordar la última vez que Elsa no se vio elegante y prolija.
Y por alguna inexplicable razón, esa camisa a medio abrir y esa línea de piel expuesta simplemente parecía reclamarle su atención. Elsa no estaba usando nada debajo de eso, estaba segura de ello. Anna se obligó a no mirar y se encontró perdiendo esa batalla.
"Hola. No tenía idea de a dónde llevaba esta puerta." Le dijo. Y el hecho de haberse encontrado a Elsa viéndose de esa forma… tal vez se atrevería a explorar más. "No quería entrometerme."
"Está bien," escuchó que Elsa le contestaba. Se obligó a mirarla a la cara, sintiéndose culpable. ¡Se había estado comiendo a Elsa con los ojos! Ahora que estaban casadas, mirarla así probablemente debía estarle permitido, dentro de lo razonable. Añadió una voz en la parte trasera de su cabeza. La gente siempre le decía lo que le estaba permitido hacer y todo al final debía estar "dentro de lo razonable" Sabría Dios lo que significara aquello. Se imaginó que Elsa no disfrutaría ser mirada así en público delante de gente importante. Pero no estaban en presencia de nadie en ese momento. Y si lo estuvieran, entonces Anna se la comería con los ojos "dentro de lo razonable."
"Te ves hermosa." Le dijo Elsa, su voz sonaba áspera. El sonido le raspó como una lija los nervios que Anna ni siquiera sabía que sentía. Las mejillas se le encendieron en respuesta, si bien la mirada de Elsa parecía algo distante.
"Gracias," se escuchó contestarle. Oh, estas lecciones de etiqueta en verdad estaban resultándole útiles y le permitían admirar clandestinamente a su esposa (de manera razonable) y aun así parecer que estaba alerta. El Maestro Flynn, Su viejo profesor de etiqueta, se sentiría tan orgulloso al verla aplicar sus enseñanzas; si bien convenientemente estaba pasando por alto que el Maestro Flynn no había tenido aquel propósito en particular cuando le recitaba sus lecciones.
Se había olvidado de lo grueso y suntuoso que era el cabello de Elsa. El peinado que había llevado en la ceremonia le había ocultado esa cualidad. Los dedos le temblaban deseando recorrerle esos mechones platinados, y tal vez acercarla hacia sí con ellos. Entonces recordó cómo Elsa le había recorrido el cabello con la mano durante su viaje en el carruaje, sus dedos enguantados enredados alrededor de su cuello y la palma de Elsa en su mandíbula. Y entonces eso evocó el recuerdo del beso y la sensación de la lengua de Elsa sobre sus labios la hizo sentir placenteramente aturdida.
Le soltó un cumplido sobre el generoso guardarropa que le había comprado y lo caro que parecía. Se preguntaba si podría persuadir a Elsa para que la besara nuevamente.
"Tú lo vales." La escuchó responder.
Anna no tenía idea lo que Elsa había querido decir o de lo qué rayos estuvieran hablando. Había perdido totalmente el hilo de la conversación, ocupada pensando sobre besos y Elsa estando desnuda bajo su camisa. La pelirroja se sintió acalorada y encontró que conversar le resultaba irrelevante. Especialmente si se le comparaba con este nuevo lado de Elsa que nunca había considerado antes.
Elsa le sonrió.
Anna se ruborizó profusamente, Elsa debía haberse percatado de su distracción. Le ofreció una tímida sonrisa a manera de disculpa, esperaba no haberla molestado. Elsa pareció querer decir algo más, pero se contuvo. La alta joven cambiaba el peso que apoyaba en sus piernas de manera inquieta y un mechón largo le resbaló de la cresta cayéndole sobre el rostro. Antes de siquiera poder razonarlo, Anna había avanzado hacia Elsa y guiado a ese rizo rebelde de vuelta a su sitio. Era suave como la seda, lo deslizó entre sus dedos tímidamente.
Percibió un agudo suspiro y se imaginó de dónde habría provenido. Se encontraban muy cerca, lo suficiente como para que Anna pudiera sentir el calor corporal de Elsa. Si tan solo se pusiera de puntas, podría besarla nuevamente. Podría ponerle las manos sobre los hombros sin preocuparse por arruinarle las charreteras, oh, Dios santo, ahora había dobleces y tela suelta; sabía que podría aferrarse a eso, incluso deslizar las manos por debajo-
"Lo siento, pero tengo que terminar de alistarme, Estaba buscando a Gerda. ¿Está por ahí?" le soltó Elsa, con el rostro hermético y frío, dando un paso atrás y alejándose de ella.
Fue tan abrupto y punzante como una bofetada cruzándole el rostro. Anna estaba perpleja. Ella había creído… Un momento, ¿Qué, sólo ella era la única interesada en los besos? ¿Elsa no lo había disfrutado? Se esforzó por intentar ocultar su decepción. "Ella está en, uh, la alcoba. Eso creo, Son muchos cuartos. Creo que me he perdido."
Elsa la miró expectante y fue cuando Anna se dio cuenta que la estaba urgiendo para que se retirara. ¿Es que estaba Elsa tan enfadada con ella? Por lo visto así era. "Iré por ella si eso es lo que quieres.", le dijo a regañadientes. Estaba equivocada. Las lecciones de etiqueta le habían salido por la culata. Por un momento deseó haber crecido como una salvaje, así no tendría por qué estar diciendo las cosas contrarias a las que deseaba en realidad.
"Sí, por favor. Gracias." Le soltó Elsa y le cerró la puerta en la cara.
Anna se quedó parada ante aquella barrera, su barbilla le tembló ligeramente. Trató de comprender lo que acababa de pasar, como si hubiera estado resolviendo un simple problema matemático y la respuesta resultara ser completamente inesperada.
Nunca en la vida había sido rechazada tan sonoramente. Y no podía apreciar la ironía de que su primera experiencia en ese aspecto le viniera de manos de su esposo, esposa o lo que fuera.
Elsa se estaba convirtiendo en su primera de muchas cosas. Como ilícitos besos apasionados en carruajes y ser rechazada de la presencia de su esposa como si no soportara su simple presencia.
Anna giró sobre sus tacones y se fue a buscar a Gerda como amablemente le habían solicitado.
El maestro Flynn bien se podía ir al infierno.
…
"¿Tuvieron un desacuerdo?"
Elsa estaba de pie frente al espejo anudando su corbata con lentitud –se encontraba fuera de práctica. "No." Miró a Gerda a través del cristal reflejante. "¿Por qué, Anna te dijo algo?"
"Parecía molesta." Le contestó más como un indicio que como una acusación.
La Reina hizo un sonido desentendiéndose, miró el espejo de soslayo, y entonces suspiró. El nudo estaba torcido. Comenzó a deshacerlo y Gerda exhaló una larga exhalación para sí misma cuando se acercó hacia Elsa haciéndole un movimiento para que se girara.
"Generalmente es trabajo del ayudante de cámara hacer esto," le dijo Gerda ajustándole la corbata alrededor del cuello a Elsa. "del ayudante o de la esposa."
La mujer no supo lo que esas palabras le provocaron a la Reina, pero Elsa no lo demostró. "Que buena suerte que tú seas esposa, entonces, Saluda a Harold de mi parte."
El ama de llaves ajustó la corbata más de la cuenta a propósito. "Usted sabe a lo que me refiero," le dijo con severidad. "No deberían estar peleando el día de su boda."
"No, imagino que tenemos el resto de nuestras vidas para eso." O lo que le tomara a Anna darse cuenta que ya no deseaba estar casada con ella nunca más. La mirada que Gerda le dedicó por su comentario ocasionó que alzara los hombros en defensa. "No peleamos. Fui descortés y Anna se ofendió" Con todo su derecho, le dijo una voz salida de su cabeza.
El ama de llaves le frunció el ceño a Elsa. "Usted tiene excelente modales y ha sido bien educada. ¿Por qué le haría eso a su propia esposa?"
Elsa se encogió de hombros. No iba a admitirle abiertamente que había echado a Anna de su alcoba porque no había querido besarla. Se había estado muriendo por hacerlo de nuevo, solamente que Elsa no confiaba en sí misma como para no hacer algo estúpido o imprudente o ambas cosas. Besarla de hecho ya había contado como eso y más, simplemente no podía pensar en las palabras adecuadas. Sentirse miserable parecía ir de la mano con su falta de elocuencia.
"Me disculparé con ella" fue lo mejor que pudo articular.
Gerda terminó el nudo. "Listo. Bueno, cada matrimonio debería comenzar con un historial limpio. Borrón y cuenta nueva. Siéntese, la peinaré."
Un historial limpio era algo imposible para ellas –Elsa pensó en la cláusula, la necesidad de un heredero, y como esas cosas importantes en realidad ya habían atentado contra su matrimonio antes de que este siquiera comenzase. No iba a ser un matrimonio de verdad. Nunca sería uno verdadero como el que habían tenido sus padres.
Si tan solo las cosas hubieran sido diferentes, Si tan solo no fuera la última de Arendelle. Bueno, probablemente ella había sido la razón por la cual sus padres no concibieron un heredero –por miedo a que él resultara como ella, maldito con la magia.
Nuevamente se sumergía en autocompasión. Elsa suspiró. Captó la mirada de Gerda en el espejo.
"No es nada." Le dijo anticipándose a su entrometimiento bien intencionado. No creía que ni siquiera valiera la pena el esfuerzo de pensarlo.
Gerda decidió no comentar ante la evasiva, en su lugar levantó unos mechones de cabello rubio entre sus manos. "Creo que debería dejarse el cabello suelto para la fiesta."
"Se vería ridículo. Estoy usando ropas de varón para esto, por si lo habías olvidado." Dijo gesticulando a la camisa y chaleco que llevaba puestos. "Sé bien que no me veo como un hombre, pero–"
"Bueno, claro que no se ve como un hombre," la interrumpió Gerda con irritación. "Solo estaba sugiriendo que dejara su cabellera suelta porque se vería bien y además sería un buen giro." Entonces añadió astutamente: "A Anna le gusta mucho su cabello."
Había sido un golpe bajo y aun así la puntería había resultado precisa. Elsa tuvo que darle crédito al ama de llaves por eso. La había hecho desear preguntarle qué otras cosas había dicho Anna, o si Gerda se lo estaba inventando todo, entonces recordó que Anna probablemente no se sintiera caritativa con ella en aquel momento.
"¿Le gusta?" Ahí estaba. Odiaba como podía escuchar su patético tono esperanzado en la interrogante.
"Oh, ella siempre lo ha admirado." Le dijo Gerda alegremente. "Y es una pena que lo recoja. Nunca una dama se ha presentado a una fiesta con chaqueta y su cabello suelto. Será una sensación."
"No hay damas que se presenten a las fiestas usando chaquetas," le señaló a Gerda, "Y si causo una sensación sería probablemente por estúpida. Sería recordada como la Reina que quedó como tonta en su propia boda. Y tal vez cause un escándalo."
Gerda arqueó las cejas. "Ya asistió a su ceremonia de boda vistiendo como un varón. ¿Por qué no cambiarlo para la fiesta? Es solo una noche."
Elsa abrió la boca para rehusarse.
Entonces Gerda le soltó el guante. "¿y si a su esposa le gusta suelto?"
Silencio.
Para cualquier otro, el rostro de Elsa no mostraba extremos ni emociones y resultaba extraordinariamente impasible dado sin se consideraba que estaba siendo orillada a un potencial escandalo ante severos cientos de personas en su propia recepción de bodas. Pero Gerda podía ver un guiño de esperanza y anhelo que fueron rápidamente enterrados bajo una avalancha de dudas. Le rompía el corazón ver que su pequeña princesa –porque Elsa siempre sería su princesa, coronada o no.– se debatiera de esa manera, pero apoyó su resolución y se negó a sentirse culpable a pesar de haber golpeado a Elsa en donde resultaba ser más débil.
"Bien." Soltó Elsa finalmente. Su tono era frío, y sus manos se entrelazaron sobre su regazo. Esa era su pose real de negociación. "Lo dejaré suelto, pero, átalo como hacen algunos hombres con cabello largo."
No era exactamente lo que Gerda había querido, pero sabía que era mejor no presionar a la Reina. Tarareó cuando se puso a cepillarla.
…
Elsa no se apareció para el pequeño almuerzo que Anna estaba teniendo mientras esperaba que la recepción diera comienzo esa noche. Anna se repetía que no debía importarle porque aún estaba molesta por el desaire que le había causado. Sus padres estaban presentes, aunque a juzgar por sus expresiones gemelas de resplandeciente orgullo era como si no la vieran. Anna se sintió tentada a pasarles la mano por delante para comprobarles las miradas. Pero se sentó y mordió su sándwich en su lugar.
"Estamos tan felices, cariño," le dijo su madre, la Reina Alice. Se encontraban en una de las habitaciones de la Reina en una sala de estar. "Te veías espléndida en tu vestido, incluso si te tropezaste."
Anna gruñó. "No tienes que recordármelo, Madre. Todos lo vieron."
"¡Y después de tanta práctica!" La Reina Alice se reía alegremente. Ella era una de esos miembros de la nobleza que de hecho eran agradables en persona. La Reina encontraba diversión en todas las cosas que se cruzaban por su camino, sus hijos incluidos. Se decía que Anna había heredado su luminosa personalidad, aunque Anna lo dudaba – ¿Qué clase de madre se burlaba de su hija tan cruelmente?
"Lo hiciste bien," le susurró su padre. "Además no llegaste muy lejos. Elsa te atrapó." El Rey le sonreía con alegría, la imagen de un padre orgulloso. Anna hizo bizcos ante la mirada.
"Oh si, fue muy romántico, ¿verdad?" dijo la Reina. "¡Elsa se veía tan atractiva en el viejo uniforme de Alexander! Nunca me lo hubiera imaginado, pero le sentaba bien. Fue un excelente trabajo de costura el de ese traje, no tenía ni una sola pieza fuera de sitio."
Anna pudo pensar en una muy buena razón para tener algunos pliegues en un uniforme. Sintió su cara caliente. Maldijo su complexión cuando su madre la miró con interés.
"Lo sabía." Canturreó la Reina Alice triunfante.
Anna intentó con todas sus fuerzas controlar el rubor que se le extendía por la cara, ahora maldiciendo a su madre por su astucia y por heredarle su indiscreta complexión.
"¿Qué cosa?" Preguntó su padre.
"¡Nuestra hija y Elsa!"
Anna se preguntó si fingir que se desmayaba distraería a su madre lo suficiente como para desviar la atención del asunto de ella y Elsa. Podía ver la escena correr en su mente: Ella caía al piso como un pez fuera del agua y su madre se levantaba prontamente quizás a examinarla, entonces concluía que Anna estaba bien y continuaba como si nada. No había manera de que se lo creyera. –Anna tenía la constitución de un caballo. Nunca se había desmayado en la vida y empezar en ese momento solo le daría a su madre otra historia para avergonzarla, probablemente algo como: "Oh, ¡esa ocasión en la que Anna decidió tomar una siesta en la sala de estar y en su boda, ni más ni menos! Así es esta niña que a veces se olvida que la gente descansa en camas."
Así que como cualquier hijo que sufre la humillación materna, le siseó. "¡Madre!"
Eso solo la animaría por supuesto, pero Anna se negaba a seguir sufriendo silenciosamente.
"A nuestra hija le gusta Elsa en ropa de hombre," continuó la Reina Alice. "No te preocupes, cariño. Soy una tumba." Lo cual era una reverenda mentira y ni siquiera estaría pregonando algo falso. La idea hizo que Anna abriera la mandíbula escandalizada, sin embargo también se sentía un tanto aliviada. Había pensado por un momento que su madre contaba con algún tipo de evidencia incriminatoria del beso en el carruaje, como si tuviera una bandera roja encima que le proclamara al mundo entero que se había besado con Elsa sentada sobre su regazo y había disfrutado cada segundo de ello. Ciertamente no quería que el mundo supiera algo así y si su madre se enterara, bueno, siempre podía volverse una ermitaña y vivir en una cueva el resto de sus días. Tal vez podía compartirla con Kristoff, en donde quiera que se encontrara en aquel momento.
Anna comenzó a verle el atractivo a viajar por el mundo y no decirle a nadie en dónde te encuentras hasta que ya estás ahí.
"Tienes unas muelas adorables, querida." Comentó su madre. Anna cerró la boca instantáneamente. Sus muelas se golpearon al juntarse y por poco se muerdió la lengua. "De todas formas Elsa también se ve maravillosa en vestido. Realmente favorece a Marina, ¿no te parece?"
"Bastante." Admitió su padre. "Pero esa chica necesita ganar algo de peso. Prácticamente es piel y huesos."
"Oh, ahora tiene una esposa para encargarse de eso." Le dijo la Reina Alice, sonriendo pícaramente. "Nuestra pequeña Anna la cuidará bien."
"Madre." Le siseó Anna nuevamente. No porque no fuera cierto. Iba a ser justo como su madre lo había dicho, pero era compartirse esa sonrisa privada con su padre lo que hacía que Anna se enfadara y deseara abandonar la habitación.
"Estoy segura que Elsa será un esposo encantador," la calmó su madre. "¿O es esposa el termino correcto? Me parecía que esposo funciona mejor después de verla en ese uniforme. Y las miradas que cosechó, ¿las notaste, cariño? Por un momento creí que esa condesa francesa del otro lado del pasillo se la iba a comer entera. En una boda ni más ni menos. Tan vergonzoso. Aunque supongo que no se le puede culpar si el novio era tan excepcionalmente apuesto."
Anna abrió los ojos enormes. Espera, ¿qué? Abrió la boca para demandarle a su madre que expusiera todos los detalles relativos a esa "condesa francesa", pero la Reina Alice le señaló su sándwich a medio terminar. "Deberías comer, cariño. No queremos que te desmayes en tu propia fiesta."
Anna dio un bocado. Era mejor no preguntar nada, decidió. Su madre podría interpretar cualquier mención de la condesa como celos de su parte. Lo cual no sentía. "¿Cuánto tiempo se quedarán en Arendelle?"
"Probablemente algunos días." Respondió su padre. "Es mejor no dejar el trono vacante por demasiado tiempo."
"Te desharás de nosotros pronto, cariño." Le dijo la Reina Alice. "Estoy segura que querrás pasar algún tiempo con tu nuevo esposo." Sus padres intercambiaron esas miradas de complicidad que le hicieron sentir escalofríos.
…
La mayoría de los invitados arribaron a la recepción al anochecer. La atmosfera que se respiraba era jovial y emocionada –la real pareja involucraba a una famosa Reina recluida y otra joven princesa. ¡Una boda entre dos mujeres! Habían pasado siglos desde la última vez que había ocurrido algo como eso en una familia real. Resultaba más común entre los miembros de la clase baja o la nobleza menor, pero la realeza era una cosa que se cocía aparte. Después de todo, estaba todo ese asunto de los herederos.
Y ese era el tema más discutido de la velada.
"Si Arendelle y Corona querían unir sus casas, ¿por qué no fue el Príncipe Kristoff el que se desposó con la Reina?" Se preguntó una dama. El príncipe Kristoff brilló por su ausencia. Se rumoraba que el heredero de Corona sufría un caso terminal de Wanderlust (un impulso ferviente por viajar, como escape.) y se encontraba por algún lugar del mundo recorriendo alguna montaña. Las noticias del matrimonio de su hermana seguramente ni siquiera habían llegado a sus oídos a pesar de que el compromiso fuera anunciado con un año de anticipación. "¡Eso habría solucionado bastante bien algunos pequeños detalles, ¿no?"
Otra dama le acalló. "¡Ambos son los herederos de sus respectivos tronos! Y Arendelle y Corona se encuentran tan distanciados, que difícilmente podrían gobernar sus reinos."
"Arendelle estará en problemas si no hay heredero legítimo en los próximos años." Se hizo escuchar el Duke de Weselton entre su círculo de seguidores. La fortuna de Weselton dependía mayormente de Arendelle. "Nuestra propia economía se vería afectada si el reino se viniera abajo por algo tan simple como una ascensión."
"Yo he oído decir que los matrimonios entre dos mujeres son extraños," dijo un invitado. "que hay cierto espacio para… aperturas."
Aquel último comentario dejó un brillo especulativo en más de algunas miradas. Ambos, novio y novia eran jovenes atractivas. Algunos se burlaron por lo bajo argumentando que los contratos nupciales eran flexibles, y que después de todo, las damas y los amantes abundaban.
Los asistentes sabían bien que sería mejor que nada de lo mencionado llegara a oídos de las recién casadas o del Rey Frederick y la Reina Alice. Rodarían sus cabezas ya que Arendelle y Corona contaban con gran poder e influencias.
Al tiempo que el gran salón era un hervidero, Elsa aguardaba al pie de las escaleras por Anna. Las altas botas de tacón golpeteaban en el piso mientas la Reina trataba de no ponerse a pasear. Se tiraba de las solapas, nerviosamente sin ser capaz de dejar de moverse, suspiró reprendiéndose y cruzó los brazos sobre su pecho para mantener sus manos quietas.
Elsa odiaba las fiestas: la socialización, la política, las intenciones veladas en conversaciones aparentemente inocuas. Ella raramente las frecuentaba cuando era más joven, y siempre se le excusó completamente luego de la muerte de sus padres así que las siguió evitando después de eso. Esta sería su primera desde su coronación. Aunque también compartía la distinción de incluir su primer baile en compañía de Anna.
Cuando Anna descendió las escaleras, detrás de su Madre y su Padre, distingió a Elsa recargada contra el muro, su rostro miraba hacia a otra parte y sus manos se escondían bajo sus codos. De nuevo estaba ahí tan frustrantemente guapo y hermosa. Ya no usaba el austero uniforme militar. Llevaba puesta una camisa blanca y un chaleco negro bajo un abrigo de cola color azul cobalto. Una elegante corbata negra de seda se anudaba sobre su cuello blanco y se perdía dentro de su chaleco. Su larga cabellera estaba peinada hacia atrás en una caída platinada sin trenzar, asegurada con un sencillo listón azul casi en las puntas. Pantalones color arena ajustados a las delgadas caderas y botas altas negras relucientes le completaban el atuendo.
Anna todavía no la perdonaba y quería clamar contra la injusticia de todo aquello – ¿No podía Elsa al menos tener la cortesía de poseer algún tipo de imperfección con la que Anna pudiera tener fijación? ¿Tal vez una misteriosa cicatriz o un grano? ¿Era demasiado pedir? la pelirroja estaba consciente que sus pensamientos se estaban volviendo ridículos, y culpaba de ello enteramente a la perfectamente calzada de su esposa.
Elsa los notó y realizó una reverencia como un caballero ante el Rey y la Reina. "Buenas noches, Tía, Tío," les murmuró.
"Oh, Dios mío, eres una visión." Soltó la Reina Alice atrapando la cara de Elsa entre sus manos haciendo que esta se doblara para permitir que la Reina le besara la mejilla. Mientras el Rey Frederick era un hombre grande como un oso, la Reina Alice era media cabeza más corta que Anna y solo llegaba al hombro de Elsa. "Anna tendrá que apalear a tus admiradoras para quitártelas de encima."
Anna no estaba segura si quería apalear a su madre o a Elsa o a las admiradoras (una cierta condesa francesa se encontraba entre ellas) por el comentario. Tal vez las apalearía a todas.
Elsa se río con suavidad, con la cara caliente. Ella siempre había tenido predilección por la Reina. "Eres tan propensa a exagerar, Tía Alice." Le dijo. "Pero gracias."
El Rey Frederick le palmeo el hombro a Elsa con una sonrisa orgullosa como si se tratara de su hijo. "Fue una buena boda. Hiciste un gran trabajo con la planeación. ¿Entiendo que tienes preparado entretenimiento para esta noche?
"Algo así" respondió Elsa vagamente. Sus ojos se desviaron hacia Anna y su cuerpo se estremeció ligeramente, cohibiéndose como un gato ante la atención. El Rey y la Reina intercambiaron miradas silenciosas y se encaminaron a la recepción, dejando a las muchachas solas. Ninguna de ellas se dio cuenta, pero los reyes las observaron por sobre los hombros sonriendo ligeramente al marcharse.
"Hola," saludó Elsa y la reverenció. Las lecciones de etiqueta obligaron a Anna a responderle cortésmente, sin embargo se mantuvo reacia a doblar las rodillas. Entonces la reina tomó la mano de su esposa y le acarició el dorso con los labios. La Reina se había puesto nuevamente sus guantes blancos.
"Lamento mucho lo de antes." Su voz era un suspiro, el cálido aliento se deslizaba por su mano. "Fui descortés."
Anna trató de continuar molesta. Nadie debería librarse de algo así tan fácilmente, pensaba. Era tan injusto que Elsa pudiera ganarla de esa manera con nada más que una mirada sincera y delicadas palabras. Pero encontró su resistencia desmoronarse contra su candor y le sonrió, su postura se relajó. Ni siquiera se había dado cuenta que había estado tan tensa. "Está bien. Supongo que te sorprendí."
Elsa sostenía en alto su mano y la dejó descender, pero no la liberó, trazó gentiles círculos con el pulgar sobre su dorso, cosa que Anna encontró relajante y dulce. "Tu… me atrapaste en un mal momento. Siento mucho haberla tomado contigo."
Por alguna razón, el corazón de Anna dio un salto. Elsa era… demasiado buena. Era tan sincera y tan seria y su madre estaba en lo cierto, de verdad era una visión. Fuera de sus ropas, ella era absolutamente maravillosa, una atractiva mezcla de cualidades masculinas y femeninas. Solo habían pasado cuatro años, pero esta Elsa era muy diferente a la que Anna recordaba. Se veía mayor, más madura, su comportamiento era tan majestuoso que inconscientemente demandaba atención y respeto para quienes la rodeaban, como un león. No, no un león, Anna decidió. Había visto un gato en un circo ambulante que visitó Corona en una ocasión. Era más pequeño que un león y tenía un denso pelaje blanquecino con manchas y una cola magnifica. El propietario del circo, ávido por entretener a la familia real, les había explicado que aquel felino vivía en las montañas más altas y era difícil de encontrar, pues su pelaje se mezclaba con la nieve y las rocas por entre las que vagaba y era extrañamente incapaz de rugir. ¡Un leopardo de las nieves! Eso era.
Anna sonrió. Elsa le recordaba a ese leopardo de las nieves, callado y reservado. Y Elsa no tenía la necesidad de tratar de ser hermosa –ella simplemente lo era. Y tampoco necesitaba rugir. –su voz queda parecía funcionarle bastante bien para ejercer autoridad.
Sabía que debería sentirse celosa porque alguien como Elsa existiera, pero Elsa le pertenecía a ella y esa realización la emocionaba. La hacía sentir invencible y sin temores. Antes de que pudiera pensarlo, se lo dijo sin más. "¿Me besarías nuevamente?"
Pudo sentir la conmoción a través de los dedos de Elsa, pero la agarró antes de que pudiera escaparse. Elsa parecía sorprendida e incómoda. Su fresca compostura se había esfumado y evitaba mirarla.
"Anna," le dijo alejándose un paso. Anna la siguió. "Tenemos una fiesta a la cual asistir, hay invitados esperando –"
"Pueden esperar" le contestó. "Tú eres la Reina, Elsa, Puedes hacer lo que quieras."
Elsa trató de alejarse nuevamente, halando inútilmente de su mano, pero la joven que la tenía sujeta no estaba dispuesta a dejarla ir y la persiguió como un sabueso que encuentra un rastro.
"Solo quiero un beso" le insistió. "¿es mucho pedir? Estamos casadas. Está permitido, tú lo sabes."
Elsa no le respondió, miraba a todas partes menos a Anna. Comenzaba a verse entrada en pánico y atrapada mientras retrocedía y cuando su espalda golpeó la pared. La pelirroja dio un paso dentro de su espacio personal y atrevidamente, la sujetó por las solapas para evitar que se escabullera. Nunca se había percatado de lo alta que era Elsa. La diferencia de estaturas no era demasiada, pero se dio cuenta que le gustaba que Elsa fuera más alta.
"Elsa" le susurró Anna. La Reina miraba hacia la nada por sobre el hombro de Anna con una determinada expresión en blanco, silenciosa como una tumba, y concentrada, como si pretendiendo que aquello no estaba sucediendo se fuera a liberar.
Bien. Si Elsa se iba a portar de esa manera, entonces Anna disfrutaría el momento y su recién descubierto valor. Comenzó con lo que tenía inmediatamente cerca. La corbata estaba innegablemente bien hecha, las solapas eran de satín negro. Acarició el material entre sus dedos de manera experimental, comprobando que le gustaba el sonido que producía. El chaleco negro contrastaba bien con el saco azul y la camisa blanca. Se preguntaba si era la misma camisa de antes. Y si su esposa no estaba usando nada debajo de ella.
Pensamientos retorcidos. ¿Así era como pensaba la gente cuando se casaba? Era como si todo un mundo nuevo se abriera para ella. Observo la corbata negra y el intrincado nudo. "¿Tu ataste esto, Elsa?"
Miró cómo la garganta de Elsa funcionaba. Finalmente, la joven alta le respondía. "No, Gerda me ayudó." Su voz sonaba rasposa.
"Mi padre tampoco es muy bueno para atar la suya," le dijo Anna de manera casual, como si estuvieran hablando del clima. "Mi madre le ayuda a veces."
Elsa guardó silencio nuevamente.
"Yo podría ayudarte con la tuya." Le susurró.
Elsa liberó un suspiro contenido. "Anna, alguien podría venir –"
"Entonces mejor apúrate y bésame" le soltó le pelirroja sin rodeos.
La Reina pareció debatirse consigo misma, pero entonces volvió a fijar la vista por sobre el hombro de Anna. Evadiéndose tercamente.
Anna se negó a sentirse ofendida. "¿Elsa, acaso me encuentras poco atractiva?"
La rubia giró la cabeza instantáneamente y miró a Anna de manera incrédula. "¿Qué? ¡No!, ¡claro que no!" Las dos parecieron sorprenderse ante la vehemencia de la declaración. Y Elsa agregó con más suavidad. "Yo te encuentro muy bella, Anna."
Anna se ruborizó y desvió la mirada. A ella la habían descrito como linda y bonita y una gran cantidad de floridos cumplidos con anterioridad, pero había algo en la forma en la que Elsa se lo dijo, que la hizo creerlo. Y de pronto se sintió tímida e insegura.
"¿Entonces porque no quieres besarme?" le soltó, la pregunta sonó más dolida de lo que le hubiera gustado.
Las solapas se alzaban y descendían entre las manos de Anna mientras Elsa suspiraba. "No es porque no crea que eres bella, Anna." Una mano enguantada se alzó y le apartó el flequillo cobrizo de los ojos. Sus dedos le trazaron la mejilla y le sostuvieron la barbilla, sus miradas se encontraron.
La expresión de Elsa era inescrutable. "¿Si te beso, te convencerás que me pareces bonita y podremos presentarnos a nuestra fiesta?"
Anna sonrió ante el trato que le estaba siendo ofrecido, sabiendo que no había nada sospechoso en el. Ella fingió considerarlo profundamente, y entonces asintió seriamente. "Sí, considero que esos términos son aceptables. Un beso por una fiesta."
Las comisuras de los labios de Elsa ascendieron, Entonces se controló y, lentamente, inclinó su cabeza mientras Anna la elevaba.
Sus labios se encontraron tiernamente, dulcemente, como un deseo que se ha esperado por largo tiempo. Anna trató de profundizarlo, jaló a Elsa con las manos hacía sí, pero la rubia templó el beso, manteniendo su hambre en orden con ligeros y burlones roces que afilaban su deseo como un cuchillo. Elsa no se quedaba demasiado tiempo en un solo punto, su toque sutil, rozando sobre la comisura de su boca en un momento y luego regresando a posarse sobre su labio inferior al otro. Anna sentía que sus terminaciones nerviosas cantaban, avivándose en lugares que ni sabía que existían. Se presionó inconscientemente contra Elsa, como si deseara que sus cuerpos se fusionaran juntos.
Y Elsa no luchó. En su lugar, le rodeó la cintura con el brazo cuando las rodillas de Anna parecieron dejar de funcionarle. La mano que le había colocado en el mentón la tenía ahora en su cuello, cuidando de no arruinarle el peinado en esta ocasión. Y cuando Elsa le barrió el labio inferior con la lengua, la joven se estremeció en sus brazos y liberó un débil gemido contra su boca.
Cuando se separaron, las dos jadeaban. Sus ojos se encontraron y todo era tan ardiente y arrebatado que Anna tiró de Elsa y la besó nuevamente. Gracias Dios por las solapas, pensó Anna sintiéndose aletargada. Deberían volverlas un tesoro nacional.
Su tercer beso fue fuerte e intenso, pero corto. Elsa lo interrumpió esta vez.
"Anna, no," le susurró sin aire. Se inclinaba contra la pared como si no pudiera sostenerse con sus propias piernas y su cara estaba extremadamente roja. "No aquí."
Su corazón se detuvo. "¿Entonces después?"
Elsa cerró los ojos, su expresión era dolorosa. "No lo sé."
"¿Qué, ¿por qué no? Elsa –"
"Anna, por favor." La cortó. colocándole el pulgar sobre los labios para silenciarla. "No es que no te encuentre deseable, pero no podemos hacer esto aquí y ahora. Tenemos varios cientos de invitados que esperan por nosotras, y mientras más estemos aquí, más probabilidades existen que alguien venga a buscarnos y bueno, tendríamos que lidiar con nuestro primer escándalo antes que con nuestra primera fiesta." Le explicó, esperando que Anna entendiera y dejara de mirarla de aquella forma porque sentía que apenas y podía controlarse así como se encontraba.
Anna la estudió por un momento, saboreándola en su labio, antes de asentir "Está bien" tímidamente se echó para atrás y se contrajo. "Lo siento."
Elsa se miró y notó sus solapas retorcidas. Las suavizó con una sonrisa desmayada. "Listo, como nuevas." Extendió los brazos. "¿Cómo me veo?"
"Bien" Ella hubiera querido decir más, como que no quería ir a la recepción y que prefería perderse en su compañía en algún rincón, pero Elsa tenía razón. Anna se alejó un paso y dejó que Elsa le acomodara el vestido, estremeciéndose ligeramente cuando sus manos la tocaban. No porque lo hiciera de manera sugestiva, sino porque parecía ser que estaba desarrollando una creciente sensibilidad ante el tacto de Elsa en general. Sus labios resultando un primer claro ejemplo de ello.
"Pues tú también estas bien," le dijo Elsa cuando terminó su trabajo. Se quedaron así mirándose un momento, estaban conscientes de lo extrañas que le resultarían a alguien que pasara y las viera así, pero el sentimiento era tan mutuo y compartido, como una broma privada, de la cual era difícil sentirse avergonzadas.
Entonces Elsa le sonrió nuevamente, sus ojos destellaban con un inesperado brillo alegre. Se veía feliz.
"¿Me acompaña, mi dama?"
Anna le devolvió la sonrisa y deslizó su brazo bajo el brazo extendido de Elsa. "Por supuesto, mi galante caballero." Le respondió, percibiendo una agradable calidez que la llenaba.
