Manos frías

Siempre era igual. Siendo Abel era todo paz, armonía y contención. Era tibieza en la piel y en el alma, pero cuando el Kresnik salía a flote todo pasaba al olvido y de pronto lo único que importaba era esa sed. El cuerpo pidiendo a gritos sangre. La conciencia siempre trabajando para no dejarse llevar por la sed, por el instinto, por el vacío que provocaba el recuerdo de su madre. Siempre tratando de no perder la tibieza de su corazón, porque Abel sabía que en el fondo era humano, que todos son personas. No importa si eres terrano, kresnik o matusalem, todos tienen derecho a sentir calor, amor. El kresnik se negaba a creer que sus manos siempre estarían manchadas de sangre, pues había al menos dos personas que se merecían ese calor: Esther e Ion.