Entonces el borrador original de éste capítulo estaba casi terminado y se pierde por un problema de guardado en mi computadora, del cual pude rescatar algunas de las ideas más importantes, mi celular se destruye en pedazos, y para concluir pronto regresaré a la escuela; básicamente la razón por la que éste capítulo ha tomado tanto en aparecer, aunque ésta historia casi nadie la lee, pero no importa, seguirá habiendo más de esto. Fav, follow o review, disfruten :)
Diferente
Mi capacidad de juicio para tomar buenas decisiones puede medirse con el hecho de que todas mis materias son optativas, había una piscina de opciones para cada una, tanto de horario como de profesores, elegí todas las que inician a las siete de la mañana en punto, y no soy una persona matutina. Sí, así de bueno soy.
Abro los párpados por el sobresalto que me produce mi alarma, los estridentes pitidos logran que abra los ojos completamente pero no logran despertarme del todo, por ello sólo giro para quedar sobre mi costado derecho y apagar la alarma, gruñendo antes de recostarme sobre mi espalda. 5:20 de la mañana.
—¿Por qué decidí despertar tan malditamente temprano? —le reprocho a la oscuridad de mi habitación, estirando las manos para enfatizar.
—Tal vez te gusta el sufrimiento a altas horas de la mañana —giro la cabeza, su voz atraviesa toda la oscuridad y es casi como si dijera cada palabra en mi oído, lo cual me produce otro sobresalto, más que nada un escalofrío.
Desde esta posición puedo ver su distinguible cabeza blanca contrastando con la penumbra que nos rodea, pero no está adormilado, ni siquiera recostado, está sobre el muro, sentado. Pensar en que está mirándome con sus grandes ojos hace que mi parte narcisista sienta satisfacción, además de que produce una sonrisa de idiota que crece en mi rostro con cada segundo que pasa.
—Aunque esa fue tu tercera alarma, tal vez deberías levantarte.
Su comentario hace que me siente de inmediato, sintiendo que ahora sí estoy despertando, estirando el cuello, la espalda, los brazos y las piernas para que cada parte recobre la razón y la sensibilidad de a poco.
Tengo cinco alarmas programadas, las mismas que he estado usando para llegar a tiempo desde hace dos años, cada una resuena cinco minutos después de la anterior; regularmente puedo despertar con las primeras dos, la tercera y cuarta me dicen que llegaré un poco tarde, pero la quinta es la que me dice que, sin importar el esfuerzo que haga, no llegaré a tiempo. También papá suele entrar sin aviso y despertándome regularmente, derribando todo lo que tiene a su paso y diciéndome que me encuentre otro sitio donde estar porque no quiere saber que tuve mi haraganería en casa todo el maldito día; esas son sus palabras.
—Cuidado con tu vista —lo prevengo antes de estirar la mano y encender la luz, sintiendo que incluso con los párpados cerrados es como si el sol impactara directamente contra mi rostro.
Me restriego los ojos y dejo salir varios quejidos, odiándome por completo al haber elegido un horario así, simétrico y algo exhaustivo, pero de no haberlo hecho pasaría todo el día en la escuela, lo que significaría que dejaría de entrenar, cosa que no puede pasar por ninguna razón. Es mi lugar, además él está ahí y aquí.
«Alto, ¿qué fue eso?», pregunta mi somnolienta voz interna.
Agrando los ojos un par de veces, para habituarme a la luz, y giro la cabeza en su dirección cuando también está restregándose los ojos. Con su cabello alborotado y la ropa que queda un poco grande en su cuerpo se ve como un niño pequeño que acaba de despertar de una larga y merecida siesta; no sé muy bien cómo llamar a eso incitándome a abrazarlo así nada más.
—¿Hace cuánto tiempo estás despierto? —pregunto ya que no recuerdo haber escuchado otra alarma que no fuera la mía, además ponerse todo eso lleva un tiempo, al menos a mí me llevaba unos veinte minutos.
—En casa suelo despertar a las cuatro treinta, tengo que hacer el desayuno para mamá antes de que se vaya a trabajar y llevárselo a la cama antes de que siga con todo lo que tengo que hacer —la honestidad de sus palabras me recuerda a la de un niño pequeño, no mide el impacto de lo que va a decir a continuación.
Me trago las palabras mientras sigue restregándose los ojos y le echo una mirada o dos a su ropa. El uniforme de la Preparatoria Auradon no ha cambiado en lo más mínimo desde la última vez que lo usé, y no parece que se esté pensado en hacerlo por los siguientes cincuenta mil años: el mismo pantalón color caqui, el saco formal, en sus distintas tonalidades de azul dependiendo del año que cursa el estudiante, la formal camisa blanca y la corbata a rayas azules con dorado, todo concluyendo con lustrosos zapatos negros; horrible para alguien que le gusta el cuero como a mí, algo que le queda bien a un erudito como él.
Frunzo el ceño cuando una rara idea surge en mi cabeza, una probabilidad a la razón por la que estaba ahí sentado y mirándome: en verdad es un vampiro, o sólo le gusta observar a otros dormir, como si fuera a arrancarles el alma para devorarla con calma, pero como no tengo una seguramente morirá de hambre.
—No sé tú pero muero de hambre —digo, siendo ahora el que lo mira mientras está distraído, ante mi voz levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos, se humedece los labios para hablar pero un grito lo interrumpe.
—¡Quien no esté en la mesa en los próximos cinco segundos saldrá de éste lugar con el estómago vacío! —exclama papá, quedándose sin aliento al final.
La orden parece ir directo a su miedo constante porque se pone de pie como un resorte y se queda firme junto al colchón, la cama perfectamente tendida y las almohadas esponjadas, me río por lo bajo antes de ponerme de pie, dejando mis mantas hechas un lío, abriendo la puerta, haciendo una reverencia para darle paso.
Cuando pasa a mi lado escucho su risa, siguiendo mi broma, levanto la cabeza para verlo levantar la mano, como si le diera una orden a su servidumbre; creo que es algo que no volveré a hacer, aunque fue divertido.
La mesa del comedor es rectangular, papá se sienta en la primera silla, Joel a su derecha, yo a su izquierda, la silla entre papá y yo regularmente queda vacía, para las pocas ocasiones en las que recibimos visitas, pero es como si Carlos lo supiera de memoria ya que es la que toma, se sienta con la espalda erguida, las manos sobre sus piernas y la cabeza agachada. La postura es demasiado rígida, como si la hubiese perfeccionado con el paso del tiempo, y eso me obliga a querer preguntarle al respecto, aunque seguramente se sentirá incómodo y hará que me detenga.
Joel se levanta del sillón individual y arrastra los pies hacia acá, su cabeza va cayendo ya que sigue adormilado, lo único que la detiene de caer contra el suelo es su cuello, además de su impulso para comer.
En el momento que me siento en mi sitio habitual es cuando papá emerge de la cocina, balanceando tres platos en sus manos y colocándolos frente a cada uno de nosotros. Huevos con tocino y unas cuantas rebanadas de pan de centeno junto con un enorme batido de vainilla, como si uno fuera a anular las grasas de los otros.
—Buenos días, señor Jafar —expresa Carlos de un modo cordial, haciendo que los tres lo miremos con extrañeza antes de que sonría, tome un tenedor y comience a atacar al indefenso desayuno, tomando pequeños trozos pero con velocidad, como si alguien fuese a quitárselo.
—Buenos días, Carlos —dice papá, recuperándose de la sorpresa que recibió ya que ni Joel ni yo solemos decirle palabras así antes de iniciar el día, pero habla con una sonrisa en su rostro—, y a ustedes también —añade, frunciendo el ceño y con esa expresión de constante desaprobación, de vuelta a lo usual.
El desayuno transcurre sin eventos, el silencio se interrumpe por el sonido de los tenedores al chocar con los platos y el noticiero en la pantalla plana, al cual sólo papá le presta atención, aunque Carlos gira la cabeza un poco de vez en cuando, en notas aleatorias como para formar un patrón sobre su interés.
—¿Usted no comerá nada, señor Jafar? —pregunta, su tono de voz muestra que en verdad le preocupa si él comerá algo o no.
Veo que Joel rueda los ojos y se centra de nuevo en los trozos de tocino que no ha comido, algo me incita a patearlo por debajo de la mesa por haber rodado los ojos, no sé muy bien qué, pero me muerdo la mejilla por dentro para no hacerlo.
—Mi día empieza más tarde, tengo que levantarme temprano para darles algo a las bestias que tengo como hijos —espeta papá, como si llamarnos bestias fuera usual entre su reducido círculo social.
—Oh, espero que yo no sea una razón por la que haya tenido que despertarse más temprano a como lo hace normalmente —Carlos deja su tenedor a un lado de su plato y se encoge de hombros, removiéndose en su lugar.
—En absoluto, muchacho, sólo tuve que tomar un poco de sus porciones para formar la tuya, de cualquier modo necesitan reducir sus cantidades de alimento.
—Pero yo soy el que hace ejercicio, él es el perezoso entre los dos —señalo a Joel de modo acusador con mi tenedor.
—Lo único que sé es que si tú vuelves a ser expulsado de otra escuela por llegar tarde o por mal comportamiento tendré que inscribirte en Sherwood —anuncia en todo firme, triunfal, casi dando saltos por el hecho de dejarme callado.
—De ninguna manera, su equipo de tourney apesta.
—Sí, papá, no quiero que Jay esté ahí, imagina la clase de escándalo si supieran que somos hermanos, ¡terrible! —dice, golpeando su puño en la mesa.
—Desde luego, nadie comprendería por qué yo soy el hermano guapo y él sólo vive porque respira automáticamente.
—Jane dice que soy adorable —vuelve a golpear su puño contra la mesa.
—Jane probablemente tiene alguna discapacidad visual y por eso cree que lo eres, es bueno que no distinga bien lo que tiene en frente.
—Sólo porque usa anteojos de vez en cuando no te da derecho a hablar así de ella.
—No lo sé hermanito, no la conozco, pero eso evita que…
—Cierren la boca y dense prisa de una buena vez, los dos están bajo mi radar de advertencia —concluye papá, entrando de nuevo en la cocina, maldiciendo por lo bajo a causa de las inútiles puertas de vaivén.
—Sigo teniendo hambre, fue muy poco para decirle a esto un desayuno.
Carlos se encoge más de hombros y se pone de pie, llevándose su plato consigo antes de que papá se lo quite para lavarlo por él, es el momento en que pateo a Joel en la espinilla con mi talón, por suerte no rompiéndole el hueso, pero sí con la fuerza suficiente para que su quejido sea audible incluso en la planta inferior.
Quizá debí aclararle la propensión de Carlos a tomar los comentarios de los demás muy en serio, pero en verdad necesitaba golpearlo.
Me levanto con el plato entre mis manos, los insultos de Joel hacia mí suenan como música bélica después de una imponente victoria, Carlos se sienta en el sillón de dos plazas, de nuevo en el borde del cojín y como si fuera a caerse mientras mantiene los hombros encogidos.
Papá me quita el plato antes de gruñirme la orden de que me apresure, ruedo los ojos y cuando ruedo sobre mis talones para salir de la cocina me golpea con un cucharón metálico en la cabeza, haciendo que la vibración del impacto llegue hasta el último de mis dientes. Me abstengo de girar para gritarle.
Estrujo los hombros de Carlos hasta que siento que se tranquiliza, deja salir un suspiro para dejarlo en claro, luego lo dejo en paz para entrar a mi habitación y seguir con mi rutina de todas las mañanas. La escuela no debería tener un turno matutino, de hecho las mañanas no deberían existir, no puedo ser el único que no puede carburar de modo adecuado si está despierto desde tan temprano.
Dejo la puerta de mi habitación entrecerrada antes de abrir mis cajones, tomo un pantalón de mezclilla negra, una camiseta roja que queda holgada de un modo preciso a la altura de mi pecho, cinturón y calcetines, me quito la ropa que uso para dormir y me pongo los pantalones, agradeciendo mis duchas nocturnas para no tener que levantarme temprano y hacerlo, como lo hacen papá o Joel regularmente.
Cuando veo mis pies de nuevo me detengo a pensar cuando tenía que usar el mismo uniforme que Carlos, el mismo saco azul celeste para los de segundo año, y cómo fue que lentamente fui dejando que mi deseo por salir de ahí me venciera. Las normas no siempre son lo mío, me adhiero a pocas, pero eso de usar uniformes que no estuvieran hechos de cuero era una que no podía tolerar, además de que todo el mundo se comporta demasiado bien como para que sea saludable.
Dragon Hall no está tan mal, me da un poco más de libertad para hacer las cosas que quiero y elegir lo que me gusta, aunque muchos profesores no sean tan buenos como aparentan, ahí puedo vestir lo que quiera y molestar al prójimo sin que la represalia sea muy grande, a diferencia de la Preparatorio Auradon donde toda alteración del orden conlleva un sermón y una suspensión. Papá gritaba a los cuatro vientos lo mucho que lamentaba no haber sido más estricto conmigo para que algo así no sucediera, a la semana siguiente daba saltos de alegría como si fuera un ciervo en la pradera por todo el dinero que se ahorraría en colegiaturas.
No soy un chico problemático, no tengo ninguna clase de antecedente criminal, falta a la moral o agresión a terceros, simplemente me gusta divertirme.
Escucho la bocina de un autobús casi como si estuviera debajo de mi ventana, algo extraño ya que los autobuses de las escuelas primarias de toda la zona suelen llegar hasta dentro de dos horas.
Alguien llamando a la puerta me interrumpe antes de que pueda ponerme el cinturón, me encamino y cuando la abro veo a Carlos del otro lado, muy sonriente y dispuesto a hablar hasta que se da cuenta de que lo único que traigo puesto es un pantalón, su mirada se pierde en algún momento entre mirar mis ojos y mi pecho, quedándose principalmente en el último lugar.
Sus mejillas se tornan rojizas lentamente, un tono que empieza a llegar a sus orejas, haciendo que sus pecas resalten mucho más, sus labios se mueven como si estuviera diciendo lo que iba a decir en primer lugar, pero seguramente su mente está en blanco, como esa vez que le pregunté si estaba desnudo, pero no tanto.
—Uh, mis ojos están aquí arriba —hago un movimiento con los dedos para que levante la mirada, en el momento que lo hace todo su rostro se torna rojizo, como si lo hubiese atrapado con sus manos dentro de sus pantalones o algo similar.
—M-m-mi autobús e-está aquí, n-n-necesito mi m-mochila, p-por favor —le guiño el ojo antes de dejarlo ahí por un momento, la tomo, bastante pesada para que alguien de su tamaño la cargue, y en el segundo siguiente se la entrego.
—Ten un bien día —le digo, hablando con honestidad.
Sus ojos se encuentran con los míos, algo en ellos destella con esas palabras, como si no las escuchara de un modo tan cotidiano, y yo tampoco, pero papá tiene sus distintos modos para desearme que no sea arrollado por un autobús por ir distraído o que alguien me secuestre antes de llegar aquí.
Baja la mirada y se coloca la mochila sobre la espalda, vuelve a estirar el cuello y una amplia sonrisa está en su rostro.
—G-gracias, t-t-también tú —con eso da media vuelta y se encamina hacia la puerta, papá le da una palmada en el hombro antes de que se vaya, luego me da una mirada asesina, la usual para que continúe con mi rutina.
Me quedo en el marco de mi puerta, rígido, sintiendo una corriente de aire frío que impacta contra toda mi piel expuesta, pero es la sensación que su mirada produjo en mí lo que me impide moverme siquiera un poco, como si yo también quedara impactado al haber visto a alguien tan expuesto, como si de cierta manera hubiese violado sus inocentes y grandes ojos marrones.
La imagen de su rostro no dejará mi cabeza en todo el día, la confirmación a su orientación está ahí, literalmente frente a mi cara, y de todos modos me pregunto si nunca antes había visto a un chico sin camisa. Me encantaría enviarle un mensaje para disculparme, pero no sé si sea algo que deba hacer.
—Tu noviecito es todo un personaje —Joel me saca de mis pensamientos desde el lavabo, se mira en el espejo en un intento de levantar su cabello en un flequillo sólo con sus manos—, bajo de estatura para su edad, delgado y con pecas, además tiene el cabello teñido, no creí que ese fuera tu tipo de chico.
—No es mi novio, idiota —me pongo la camiseta y los calcetines, empujándolo para que me haga espacio frente al espejo, solamente para interrumpirlo ya que mi cabello es lo suficientemente largo para quedarse detrás de mis hombros todo el día, eso si el viento no decide soplar con fuerza y alborotarlo, algo que me ahorra mucho tiempo ya que no necesito peinarlo tan compulsivamente como él.
Para lo único que sí nos damos tiempo es para cepillarnos los dientes, cuando él vuelve a su peinado sigo empujándolo, metiéndolo en el baño y sosteniendo el pomo de la puerta para que no pueda salir, riéndome mientras papá gruñe en voz alta y nos dice que nos demos prisa.
Me aburro rápidamente de eso y lo dejo en paz, entro a mi habitación para ponerme zapatos deportivos, tomar una chaqueta y mi mochila, tendiendo mi cama para que se vea sólo un cuarto de decente a como lo hizo Carlos, apagando la luz y saliendo en el momento cuando Joel sale del baño, arreglándose la camisa y entrando indignadamente en la habitación compartida con papá para tomar sus cosas, su mochila y algo para abrigarse, las cuales prepara todos los días antes de irse a dormir para que, si me despierta, no lo haga sufrir demasiado.
—Sólo eres así de valiente porque quieres impresionar a tu novio.
Giro la cabeza hacia él, furioso, cuando corre hacia la puerta, es como si papá la hubiese tenida preparada para él cuando emprendiera su graciosa huida. Me pongo la mochila en los hombros y lo persigo, tomando mi par de llaves que papá extiende en su mano, saltando sobre los rieles de las escaleras y algunos escalones, dándole la oportunidad para escapar de mí ya que podría atraparlo si impongo un poco más velocidad y simplemente estiro el brazo.
Cuando llegamos a la calle principal él gira hacia la izquierda, sus apresurados pasos y agitada respiración retumban por el solitario complejo de apartamentos, se va en la dirección hacia su escuela, a unos quince minutos de camino, la mitad si sigue corriendo por su vida. Por otro lado yo giro a la derecha, tomando las correas de mi mochila y respirando por la nariz, nivelando mi respiración, pensando que, incluso siendo un chico rudo, el frío polar de ésta mañana me habría hecho volver y quedarme en la cama todo el día.
Luego de cinco minutos de caminar doblo de nuevo hacia la derecha, viendo que el autobús necesario para llevarme a la escuela está ahí, casi esperándome. Lo más cerca que esa ruta puede dejarme es a unas siete calles de distancia, las cuadras son horriblemente largas como para caminar por ellas, como si el costo de que Dragon Hall estuviese en una zona privilegiada fuese llegar caminando, a menos que se haga un viaje en auto, lo cual no vendría mal.
Al subir pago la tarifa y tomo un asiento en la parte trasera, junto a la ventana del lado derecho, golpeando mi cabeza contra la ventana y rodeando mi mochila con mis brazos, sintiendo que mis párpados son demasiado pesados.
Pongo mis auriculares en mis oídos, casi tan adentro que podría incrustarlos en mi cerebro, y cierro los párpados cuando el autobús empieza a moverse, dejando que mi lista de canciones pase aleatoriamente por el rock, pop, heavy metal, rap, canciones de películas, música instrumental, musicales, blues, jazz, entre otros.
Todavía me siento demasiado expuesto por el hecho de que Carlos me vio con tan poca ropa encima, en verdad es como si hubiese alterado su estado de calma, profanado entre sus inestables ideas; la estúpida idea de Joel sigue estando dentro de mi cabeza, Carlos y yo como algo, imposible sólo de pensarlo.
Tal parece que para mi hermano no puedo dejar que alguien esté conmigo en el departamento sin que haya segundas intenciones de por medio, además no las hay, simplemente le estoy extendiendo la mano a alguien que necesita ayuda, aunque todavía me cuestiono qué es lo que vio para recurrir a mí. Quizá no tenga más familia que le ayude, tal vez en verdad fui la primera persona en quien pudo pensar para sacarlo de una situación tan confusa, o quizá el que tiene las segundas intenciones es él y uno de estos días despertaré atado a mi cama, con una venda en mis ojos y viviendo alguna escena de bondage.
Esa torpe idea de Joel hará que mi día sea demasiado extraño, aunque sólo lo será si me esmero inconscientemente a que lo sea. Una idea que me desagrada al mismo tiempo que no suena nada mal.
El calor de las tres treinta de la tarde es horrible, aumenta mi incomodidad cuando la contaminación de los autos a la mitad de un embotellamiento sin sentido y el calentamiento global suben la intensidad del calor, la ventaja que tengo es que mi camiseta no oprime completamente mi cuerpo y poseo algo de ventilación extra, aunque no del todo ya que en mi lugar el sol impacta sin piedad, siendo ocultado nada más por las copas de los pocos árboles en el camino.
Un primer día que no fue solemnemente raro, pero tampoco transcurrió como me hubiese gustado desde la mañana cuando el caos vehicular de los niños que asisten a las cerca de siete escuelas que rodean al departamentos me hizo llegar con contados diez minutos a la calle más cercana, de ahí bajar del autobús y pisar un pequeño charco de líquido de basura orgánica, el apestoso aroma me persiguió por todo el camino saturado de gente hasta la escuela, gente desde los estudiantes de primer año hasta aquellos que regresan a ese encantador edificio hecho de ladrillo y pintura negra que se cae en distintas secciones, aterrador en el exterior por su apariencia a una fortaleza en ruinas, frío en el interior por la amplitud de todos los pasillos, aulas y laboratorios que asemejan a calabozos en los sótanos.
Éste año no pude formar parte del comité de bromas contra los estudiantes de primer año, sin duda mi actividad favorita para iniciar la escuela, ya que decidí inscribir clases con profesores que entran a tiempo a los salones de clases, los que en verdad se preocupan por el aprendizaje aunque Dragon Hall no tenga una fama de muchos estudiantes graduados y un alto índice de desertores. No es del todo la culpa de la escuela, también lo es de los estudiantes.
Por suerte para mí Mal está en la mitad de mis clases de todo el semestre, Evie en la otra mitad, Freddie sólo en algunas, igual que Zevon y CJ. No sé por qué creí que el autonombrado doctor Facilier tendría un poco de misericordia con su propia hija al ser su estudiante, pero será incluso más cruel que con el resto. La imagen de Carlos ha estado y sigue estando grabada en mi cabeza todo el día, cada vez que parpadeo o empiezo a divagar regreso a su pecoso rostro estando sonrojado.
Aunque lo intento no entiendo muy bien la mente de quien hizo la planeación de la oferta de clases del año, algunas son de corta duración, cincuenta minutos, mientras otras se extienden hasta seis horas ininterrumpidas, eso primordialmente para los de último año, pero al menos las que elegí me hacen estar todos los días desde temprano hasta las dos de la tarde, luego soy libre hasta el día siguiente. Y esas son apenas las de dos días, tengo otro montón de profesores que conocer.
Trato de moverme lo más mínimo posible debido a que una chica ha estado dormida sobre mi hombro desde hace unos veinte minutos, una completa extraña, y parece no volver a despertar ya que su respiración es muy acompasada.
Es muy bonita, tiene tatuajes en los brazos y las clavículas, una perforación en la nariz y otra en la ceja izquierda, lleva puesto un vestido que la vuelve una chica totalmente femenina, como si fuese una modelo, pero la vi besándose con otra en la parada del autobús, así que no puedo intentar nada con ella, aunque podría ser que estén dispuestas a un trío o algo similar, pero… Carlos no estaría ahí.
Sacudo la cabeza para alejar ese absurdo pensamiento, no quiero incluirlo en mis fantasías diurnas y tampoco quiero que él sea una de ellas, sería demasiado raro, por eso me ocupo en mirar por la ventana mientras el autobús se mueve a una velocidad que no hace que el conductor estruje el volante por la ira, y a una que tampoco me hace pensar en lo apresurado que debo hacer las cosas para llegar a tiempo al entrenamiento, él único sitio al que sí puedo llegar temprano.
Tengo a esta chica guapa dormida en mi hombro mientras estamos en el autobús, no sé si deba despertarla o llegar al final de la ruta :S, le escribo a Mal, viendo que recibe el mensaje en el mismo instante y está escribiendo su respuesta.
Acabo de verte cuatro horas ésta mañana y tendré que verte dos más después, no quiero saber nada de ti o de tus cosas de una noche por el resto del día -_-, es lo único que me responde antes de seguir escribiendo. No lo sé, quizá sólo debas despertarla, de todos modos no es como si fueras a acompañarla a casa o algo similar.
Levanto la cabeza, cuando me doy cuenta veo la parada cerca de casa pasar a mi lado, momento en el que entro en pánico y ésta vez un espasmo se apodera de mí, haciendo la chica extraña se mueva sólo para acomodarse más sobre mi hombro. Lo levanto un poco, como si lo hiciera con mi mano, para que despierte.
—Uh, ¿disculpa? —comienzo, usando un tono que no refleja el odio que estoy sintiendo por tener que caminar de regreso a casa y que en su lugar suena a un padre que despertaría a su hija para ir a la escuela, muy a diferencia del mío—. Uh, ¿hola? Dime que no estás muerta —añado, siendo más brusco con el movimiento de mi brazo, logrando que despierte con un sobresalto.
—¿Qué…? ¡Oh no! Por favor dime que éste no es el final de la ruta —dice, aferrándose con desesperación a mi brazo y mirándome con sus brillantes ojos verdes, su momento de pánico hace que otra parada quede en el olvido.
—No, apenas es la mitad del recorrido, es sólo que tenía que bajar y tú estabas dormida —respondo con honestidad, sin ser sarcástico o demasiado agresivo.
—Demonios, lo lamento mucho, adelante, pasa —dice, momento en el que jalo el cordón para que el conductor se detenga en la siguiente parada—, de verdad lamento mucho si te hice perder el tiempo.
—No lo fue, eres una chica linda, así que más allá de una pérdida fue como sentirme alagado por verte dormir tranquilamente sobre mí hombro —le guiño el ojo y sonríe un poco, mostrando profundos hoyuelos en sus mejillas. El autobús se detiene y las puertas se abren, mi momento para irme—. Pero ahora debo irme.
La extraña no dice o hace nada más, sólo deja que pase a su lado para bajar del autobús, aguardo hasta que una pareja de ancianos baja antes que yo, cuando toco el suelo la escucho golpeando la ventana, giro para verla otra vez y coloca una hoja de papel contra el vidrio con un mensaje escrito con un grueso plumón negro. LINDO TRASERO :* ;) :3, concluye con una pequeña cara que tiene corazones en lugar de ojos, cuando el autobús se dispone a marcharse arroja un trozo de papel que golpea mi pecho, lo atrapo antes de que caiga al suelo y lo extiendo, leyendo una nota.
Mi chica y yo estamos buscando un poco más de estabilidad en lo que tenemos, creemos que una persona más entre nosotros podría hacer que la consigamos, espero que estés interesado *w* ¬w¬", al fondo de todo está su número y su nombre, Elisa. Sonrío y dejo salir un suspiro, doblando el papel y deslizándolo en mi bolsillo frontal derecho, luego tomo las correas de mi mochila y empiezo a caminar, la batería de mi celular a punto de morir pero con la energía necesaria para que llegue a casa con música.
No estoy muy seguro si la buena suerte estaba de mi lado o qué para que ella supiera lo que estaba pensando, de todos modos escribirme con ella y mandarnos algunas fotos provocadoras no estaría mal, cosa que no suelo hacer pero su estilo parece ser más adecuado para esa clase de situaciones extremas.
Al llegar a la calle principal que lleva hacia mi respectivo complejo me pongo a pensar de nuevo en la oferta de Elisa, en especial si debería decírselo a alguien. Mal me diría que no lo piense demasiado y simplemente lo haga, alguien más me diría que piense bien las cosas, porque sería como salir con dos personas a la vez, lo que sería un gasto monetario y físico mayor, además de las situaciones incómodas y todo lo demás.
No sé bien por qué siento que la opinión de Carlos me resultaría definitiva para tomar una decisión, aunque no creo que le guste escuchar esa clase de cosas.
Gotas de sudor bajan por la parte trasera de mi cuello, cubrirme del sol con la mano no evita que me sienta acalorado, mi cabello largo tampoco pero por suerte llego a la caseta de vigilancia que me corresponde, como siempre el guardia no está ahí, lo único que hago es trepar por la puerta y saltar al otro lado, aterrizando con las rodillas flexionadas para que el impacto no sean tan súbito en mis huesos.
Habría sacado mi par de llaves de la mochila pero eso habría involucrado que me la quitara, las buscara entre el montón de tonterías que hay dentro, abrir la cerradura y volverme a poner la mochila en la espalda; saltar es más divertido.
Frente a cada edificio una pequeña muralla hecha de piedra volcánica, de unos tres metros y medio de altura, nada que un buen salto no pueda ser divertido. En la que está frente a mi edificio veo a Carlos, encorvado sobre un cuaderno en su regazo, un libro a su derecha que consulta antes de escribir con el lápiz y pluma que tiene en las manos, los cuales alterna con hacerlos girar sobre sí mismos.
Está tan abstraído en sus deberes que no se da cuenta de que me acerco a él por el frente, tampoco que me coloco al frente ya que musita cosas sin sentido, algo sobre ecuaciones de primer grado y derivaciones, las notas que puedo ver en su cuaderno son números y letras combinados, toda una pesadilla.
—¿Qué haces aquí afuera? —pregunto, causando que se sobresalte y se mueva hacia atrás, a punto de caer, de inmediato estiro el brazo para tomar su camisa y corbata, quizá tomando un poco de piel en ello, pero todo sea por evitar una caída de tres metros que concluirá en que quede paralítico para siempre.
Su expresión no es la que esperaba, está molesto, frunce el ceño y los labios, además está temblando, quizá por el miedo o por la ira reprimida.
—¡No hagas eso! —ajá, por supuesto es la ira reprimida—, mis oídos son muy sensibles, los sonidos fuertes me asustan.
—Asustadizo y potencial cobarde —digo sin pensarlo, mi carencia de tacto con las palabras siendo evidente, a lo cual arquea la ceja derecha e infla las mejillas, como si en verdad fuese a creer su gesto de enojo—. Bien, me retracto… la verdad no, sólo lo digo para no hacerte enfadar.
Rueda los ojos y comienza a guardar sus cosas en la mochila, se levanta de un salto y casi cae sobre mis pies, apenas a un milímetro de distancia de ellos, luego empieza a caminar hacia la puerta principal del edificio. Se ríe mientras tanto.
—Pero hablo en serio, ¿qué haces aquí afuera? —abro la puerta y lo dejo pasar, de nuevo percibiendo el olor a chocolate cuando pasa junto a mí.
—Estaba esperándote, ¿no es obvio? Traté de usar el timbre…
—No funcionan —respondo automáticamente, a lo cual suspira.
—Lo descubrí después de quince minutos presionando el botón —subimos las escaleras despacio, tomándonos nuestro tiempo en ésta conversación—, así que sólo me quedé ahí sentado y comencé con mi tarea mientras llegabas.
—Pero pudiste gritar o algo, papá está en casa, y a juzgar por la hora —digo, haciendo que se detenga para que me mire en el descanso del siguiente tramo de escaleras, observo un reloj imaginario en mi muñeca izquierda—, Joel también debe estar ahí, haciendo nada como siempre.
—No tienes un reloj —señala lo obvio.
—Exactamente —rueda los ojos y sigue caminando, de nuevo lo escucho reír.
Esta vez tomo la delantera, antes de que lleguemos al departamento la puerta se abre completamente, revelando al otro lado a un Joel muy molesto lanzando una mirada despectiva, cruza los brazos y trata de fulminar a Carlos con la mirada, sabe que si lo hace conmigo no vivirá para contarlo.
—Ya era hora de que llegaran —gruñe hacia ambos, paso a su lado y lo golpeo con el hombro, riendo cuando se queja por el dolor.
—Hazte a un lado, no quiero hacerte llorar —gruño de vuelta.
—Recuerda lo que te dije ésta mañana.
—Recuerda lo que le hice a tu pierna esta mañana —azota la puerta cuando Carlos entra, él se encoge de hombros hasta que llegamos a la cocina.
Todo el departamento huele a especias varias, vegetales al vapor y que están siendo cocidos además de carne, distingo puerco y pollo en el aire. Cuando paso por las puertas de vaivén veo una enorme cazuela en la estufa con vegetales en su interior, sartenes que están friendo carne, y a papá yendo de un lado al otro por la cocina, con más vegetales en las manos y supervisando que nada se queme.
—Hola, papá —digo, distrayéndolo un poco.
—Hola, hijo. Hola, Carlos —añade cuando él aparece a mi lado.
—Hola, señor Jafar —toma una muy profunda respiración y su estómago habla primero que él, haciendo un sonido tan grave que asustaría a cualquiera que lo escuche—, eso huele muy bien, señor Jafar.
—Oh, gracias, sólo es comida china casera, Jay me pidió que la preparara hace cerca de un mes, la verdad no lo recuerdo.
—Ahí puedes ver lo mucho que soy escuchado en éste lugar —empleo un tono de mártir, el cual siempre hace que papá me mire con desagrado. Ésta vez no es una excepción, lo hace e incluso arquea las cejas más que usualmente.
—Tal vez te lo mereces —dice, empleando un tono tan valiente de voz que en verdad no creí que poseyera. Mi sorpresa es tanta que agrando los ojos.
—Además cuando prepara eso lo comemos una semana entera, fue bueno que no lo hiciera antes —añade Joel desde la sala de estar.
—Como sea, estará lista pronto, sólo tengo que encargarme de los vegetales y condimentar bien toda la carne.
—¿Cree que pueda ayudarlo? —pregunta él, desde aquí lo veo que sonríe.
Papá no es la clase de hombre que pida ayuda, mucho menos recibirla cuando alguien la ofrece tan libremente ya que dice que todo aquel que se ofrece de un modo tan altruista a hacer algo que los demás no quieren hacer lo hacen por el mero reconocimiento que conlleva la acción, no porque lo digan de modo sincero.
Se queda rígido en su lugar, meditativo, mira de reojo que la carne no quede carbonizada, luego sus ojos se mueven de un lado al otro a tal velocidad que me siento mareado, así deben estar surgiendo sus pensamientos.
—Oh, no lo sé muchacho, podrías quemarte con el aceite o cortarte un dedo con los cuchillos —racionaliza, buscando maneras para que Carlos entienda que no quiere su ayuda pero sin decirlo de un modo tan brusco.
—No tiene que preocuparse, en casa suelo ser yo quien prepara la comida para mamá y para mí, tengo algo de práctica —se defiende, un argumento que no suena del todo sólido, al menos para mí.
Papá vuelve a meditar sus opciones, si su orgullo es lo suficientemente fuerte como para tolerar que alguien de la edad de Joel le ayude en una de las tareas que cree haber perfeccionado con el paso del tiempo, y al final deja caer los hombros, aceptando en silencio su propuesta.
—Supongo que un poco de ayuda no me vendría mal.
Carlos sonríe más ampliamente y sale de la cocina como una exhalación, hago la espalda hacia atrás para ver la sombra de sus movimientos proyectada en la puerta, lo veo caer un par de veces sobre mi colchón mientras trata de mantener el equilibrio y alisa las cobijas para asemejar que nada pasó.
Regreso la mirada a papá cuando se aclara la garganta, cruza los brazos y me mira con una ceja levantada. Hora de un reproche.
—Deberías ser como él, tiene mucha iniciativa y sólo ha vivido aquí menos de veinticuatro horas, a diferencia de ti que lo has hecho diecisiete años.
Ruedo los ojos y salgo de la cocina hacia mi habitación, Carlos sale de ahí con una camiseta de manga larga encima, negra con calavera al frente, demasiado rudo para alguien como él. Pasa a mi lado y me dedica una sonrisa, le guiño el ojo y levanto mi pulgar, deseándole buena suerte en silencio.
Dejo caer sonoramente mi mochila al suelo y me lanzo sobre mi colchón, girando en el aire para caer cómodamente sobre mis mantas, restregando la mejilla contra la almohada y luchando contra mi impulso de dormir una semana entera, me coloco sobre mi espalda y pongo un brazo sobre mis ojos, ocultando el sol que entra por la ventana hasta que impacta en mí. Es apenas el primer día, no tengo nada que hacer como tarea, y de todos modos quiero dormir una semana entera; no creí que la escuela me desagradara tanto.
Mi paz no dura más allá de cinco segundos cuando escucho el sonido de la puerta mientras se mueve contra la alfombra, mis oídos son muy sensibles también y puedo distinguir sonidos de baja intensidad, aunque no salgo por los de alta intensidad. Levanto el brazo un poco y veo a Joel con la espalda sobre ella, los brazos cruzados junto con esa sonrisa estúpida en su rostro, la que suele llevar cuando me inculpa de cosas que él hizo.
—Así que tu novio está haciendo meritos con papá, ¿van a decirnos que está embarazado o algo así? Digo, para vomitar antes de comer.
—Ya te dije que no estamos saliendo —me incorporo sólo para sentarme y no caer dormido ahora, me quito los zapatos y los pongo a un lado, hago círculos con mis tobillos y dejando salir un pesado suspiro cuando dejo de sentir la opresión en mis pies—, además si tuviéramos hijos serían lo más sexy que haya pisado la Tierra, y entiendo bien que estés celoso porque yo estoy teniendo sexo con Carlos mientras tú procedes de manera lenta con Jane.
—Tal vez tienes razón, tal vez no —dice, usando un todo de voz tembloroso—, aunque no estoy muy seguro, no me gustaría tener un sobrino que tenga el cabello teñido como el suyo —me acerco al borde inferior del colchón y me quito los calcetines, flexionando los dedos para desentumecerlos.
—Su cabello crece de esa manera, uno de los niños en el entrenamiento se lo preguntó y eso fue lo que le respondió —argumento, diciendo la verdad ya que esa conversación sucedió literalmente a mi derecha cuando Dean, el niño más curioso que hay ahí, quiso saber incluso el día de su cumpleaños, el cual no recuerdo.
—De todos modos no me agrada la idea.
Si Joel en verdad es mi hermano entonces debería saber que siempre tengo un motivo para hacer las cosas, no soy la clase de chico que gasta sus energías tan deliberadamente, sólo cuando en verdad estoy aburrido y no me doy cuenta de lo que pasa, pero ahora me dio una razón para tomar su brazo y jalarlo hacia mí, girando en el aire antes de que caiga con la espalda sobre mi cama y coloque mi cuerpo sobre el suyo, apresándolo para que reciba su merecido.
—¡Jay! ¡No, para! ¡Por favor, no! ¡Somos hermanos y esta no es la clase de cosas que hacen los hermanos! ¡Jay! ¡Pa…! —aprovecho el momento en que iba a pedirle ayuda para meter uno de mis calcetines en su boca, cubriéndola para que no pueda escupirlo ni seguir gritando.
Soy al menos quince kilos más pesado que él, más grande en todos los sentidos imaginables, así que no entiendo su intento por querer quitar mis manos de su rostro o quitarse mi peso de encima.
Me río cuando las lágrimas empiezan a juntarse en sus ojos, casi por resbalar por sus mejillas, su garganta y su estómago tienen arcadas, como si estuviera por vomitar de verdad, otra cosa que se sumaría a la larga lista de malos ratos que le he hecho pasar a mi pobre hermano menor. Mis pies no huelen mal, nunca lo han hecho, sólo fue lo primero que se me ocurrió para darle una lección sobre que no puede comportarse como un bastardo sin que haya alguien que le enseñe por las malas una cosa o dos, en este caso a no ser un idiota.
—Ahora tienes una razón para vomitar, no por si mis hijos están dentro de su pequeño cuerpo —las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas y es lo que me orienta a seguir con mi tormento.
Después de unos tres minutos de lucha quito las manos de su boca y me hago a un lado, de inmediato escupe mi calcetín y se sienta en el borde del colchón, respirando profundamente, como si tratara de reprimir las náuseas, y eso hace que mi risa estalle contra él, por ser tan exagerado.
Cuando decide que nada abandonará su estómago solamente me golpea justo en el nervio de mi pierna izquierda y se pone de pie, va al lavabo a limpiar todo rastro de mi pie con enjuague bucal, cuatro veces.
Me abstengo de seguir riendo para que no me duela el estómago, me pongo de pie y camino descalzo hacia la cocina, me coloco contra el muro cuando su risa es audible apenas un poco, no con la fuerza con la que lo he escuchado reír.
—¿Siempre se comportan así? —pregunta mientras escucho que el cuchillo se mueve a una velocidad impresionante, por una abertura entre la puerta de vaivén y el muro veo que unas manos con largas mangas negras se mueven contra la tabla de picar, corta zanahorias y pimientos verdes en rodajas y tiras respectivamente, las desliza por la tabla al interior de la cazuela antes de ir por los demás vegetales.
—La mayor parte del tiempo, aunque sé que en el fondo se quieren, al menos se estiman un poco, si no fuera así estoy seguro que uno ya habría muerto en las manos del otro, probablemente Joel —afirma papá, me hace sentir medianamente orgulloso de mí mismo, gana el hecho de que me percibe como alguien demasiado agresivo—. ¿Y qué hay de ti y tu familia?
—Oh, bueno, sólo somos mi madre y yo, no conozco a mi padre y no tengo hermanos, lo único más cercano a eso es mi primo, Diego, pero se encarga de hacer mi vida un poco miserable aunque es menor que yo.
—Debes mostrarle quién es el que manda, tomar el control de la situación, ser esa persona que le muestre quién tiene el poder.
Puedo jurar que cree que me está hablando a mí, incluso a Joel, pero un poco de charla motivacional esporádica que oriente hacia el empoderamiento no está mal, aunque si fuera en mi caso me seguiría recordando el mantra de la familia.
—La pondré en práctica la próxima vez que lo tenga de visita en casa —dice, aunque nada sincero en realidad, como si sólo quisiera que papá cerrase la boca.
Escucho un sonido hueco, supongo que le dio una palmada en la espalda, lo que sigue es la risa de ambos, demostrando que en verdad están congeniando. Tal vez Joel tenga razón, si en algún momento tengo que darle a papá una noticia como la que sugirió entonces creo que no lo tomaría tan mal, es eso o me echaría sin oportunidad de volver hasta que sepa cómo enmendar mis errores.
Claro, por supuesto siempre será la segunda opción.
Grita la orden para acomodar la mesa y puedo jurar que Carlos dio un salto tan alto que lo haría atravesar el techo, Joel y yo nos encargamos de acomodar cada lugar, chocando contra el otro mientras intentamos entrar o salir de la cocina con lo necesario, poniendo un cesto con otros condimentos extras, los platos para cada lugar y un espacio enorme, justo para que papá salga también de la cocina y ponga la enorme cazuela en el centro.
De inmediato que el patrón del departamento se sienta los demás lo hacemos y comenzamos a servir enormes porciones para cada uno, casi luchando con dientes y uñas para conseguir algo bueno, por otro lado Carlos aguarda a que sea su turno, no lucha para tomar el cucharón que el primer desprevenido deja sin supervisión, sólo se queda ahí hasta que los tres nos servimos, se sirve una porción diminuta a comparación de las nuestras y empieza a comer con los palillos que papá compró para la ocasión, usando una habilidad impresionante con sus dedos.
Me doy una bofetada interna y actúo como una persona cualquiera, tomo los trozos de comida, semillas germinadas de trigo, zanahorias, pimientos, cebollas, el pollo y el puerco con los palillos, cuando doy el primer mordisco es como si todo explotara en mi boca en una combinación que me hace soltar un gemido, y sí, empezar a comer como un troglodita.
No soy el único, por el rabillo del ojo veo que Joel hace lo mismo, sonriendo con cada nuevo trozo que come, e incluso papá parece luchar por querer actuar igual que nosotros, como si esto fuera lo último que vamos a comer y entre más cantidad comamos será mejor.
—Esto sabe tan jodidamente bien —gruñe Joel, recibiendo un sonoro golpe por parte de papá. Una regla de la casa es que no podemos maldecir tan libremente, sólo contra nosotros, y supongo el golpe fue más contundente por el visitante.
—Si vuelves a hablar así terminarás de comer en el baño —lo regaña, mi boca llena me impide reírme en voz alta de él—, pero tiene razón, Carlos, tienes una habilidad impresionante para esto.
—Oh, g-gracias señor Jafar… también tú, Joel —es la primera vez que le dirige la palabra, apenas lo mira a los ojos antes de encogerse de hombros y mirarme por el rabillo de su ojos, añorando mis palabras.
—Lo que él dijo, pero sin el golpe —señalo a Joel, Carlos estira el cuello y la sonrisa no tarda en hacerse presente, dura tanto que le impide comer ya que no puede dejar de hacerlo, y yo debería dejar de mirarlo.
En un parpadeo mi plato queda vacío, sólo unos cuantos pedazos de semillas o de carne quedan encima, lucho por lamer el resto ya que eso haría que papá me golpee con su estilizada vara azotadora. Estiro la mano para tomar otra porción considerablemente grande pero el reloj del muro, sobre la cabeza de papá, parece enviarme una señal para que me detenga; las 5:00 de la tarde en punto.
—Creo que deberíamos irnos —le digo a Carlos, me mira y señalo con la vista al reloj, se encoge de hombros pero asiente con la cabeza.
—Sí, creo que sí.
—Dejen los platos ahí, Joel se hará cargo de ellos —dice papá, Joel se prepara a discutir pero papá lo fulmina con la mirada. Un calcetín en su boca y tener que lavar los platos sucios, hoy definitivamente no es su día.
Los dos nos ponemos de pie y entramos a mi habitación, tomo mi cambio de ropa para los entrenamientos de la cajonera, una camiseta negra con el logotipo del club y un holgado pantalón negro con una franja roja a los lados de cada pierna, arrojo la ropa sobre el colchón y cuando tomo los dobladillos de mi camiseta para quitármela él se aclara la garganta. De inmediato me detengo para mirarlo.
—Yo… uh… —no me mira a los ojos, prefiere concentrarse en la alfombra, algo que no me sorprende mucho ya que parece disfrutar de no hacer contacto visual—. Creo que tú deberías adelantarte, llegaré después que tú pero te prometo que llegaré.
Me siento sobre mi colchón, dejando que el tiempo pase, en otro escenario me movería a la velocidad de la luz para salir de aquí lo más pronto posible. Parecía muy feliz hace un minuto cuando se trataba de él preparando esa deliciosa comida, ahora es como si mirara a alguien completamente diferente, el verdadero actor que está debajo de una especie de máscara.
—¿No quieres ir conmigo? —pregunto con suavidad, moviendo la cabeza para buscar sus ojos, los cuales encuentro después de dos segundos de intentarlo.
—Es sólo que… tengo algo que hacer antes, pero te prometo estar ahí —estira el meñique derecho, una promesa inquebrantable que no había hecho con nadie desde que tenía cinco años, ni siquiera entonces porque no tenía muchos amigos.
—En verdad espero que estés ahí —digo, estrechando mi meñique derecho con el suyo y hablando con una parte ajena de mí, una que quiere verlo más seguido.
Me pongo de pie y entro al baño, me cambio en los siguientes tres segundos, al salir de ahí veo mi bolso que está afuera de mi habitación, no fue Carlos quien lo sacó ya que sigue en la misma posición que cuando salí, sin haberse movido si quiera un poco. No le doy mucha importancia, lo tomo para lanzarlo al sillón, lleno una enorme botella de agua y la meto en un compartimento, vuelvo a donde está Carlos para tomar una sudadera, mi celular y mis auriculares.
Lo veo una última vez, por ahora, notando una sonrisa forzada en su rostro y otra de esas misteriosas historias detrás de sus grandes ojos. Incluso cuando salgo del departamento todavía puedo ver esa expresión, y más preguntas vienen a mí.
Cuando entro a nuestro salón de entrenamientos lo primero que puedo ver es al inseparable grupo de niños y niñas, que tienen entre cinco y diez años, corriendo por todos lados y gritando, haciendo sonidos estridentes que incomodarían a todo el mundo que los escuchase. Incluso con mis auriculares los escucho.
El salón de entrenamientos es un sitio considerablemente pequeño para las cerca de treinta personas que entrenamos, el espacio para los movimientos es tan reducido que corremos estrujados, las colchonetas azules de noventa centímetros de grosor que están contra los muros, para los ejercicios de fuerza en las piernas y resistencia, reducen un poco más de espacio. En dos paredes hay espejos, la tercera está hecha por un enorme ventanal que permite ver una cancha de soccer, el lugar para los patinadores y, mirando hacia arriba, la ciudad. La cuarta es la entrada.
Dejo caer mi bolso sonoramente y eso llama su atención, mientras me quito los auriculares todos corren hacia mí, se arremolinan demasiado cerca y se empujan unos a otros, como si su pequeña fuerza fuese suficiente para derribarme.
—¡Jay! —gritan en coro, haciendo que me encoja de hombros un poco.
—Creo que ya les han dicho que no jueguen aquí adentro —empiezo a decir, su entusiasmo desaparece lentamente—, pueden hacerlo afuera, además de que se cansan demasiado rápido y no entrenan como deberían.
—Lo sentimos —agachan la cabeza pero mantienen sonrisas, en verdad no me toman tan enserio a como la situación lo demanda ya que soy algo así como un segundo al mando cuando nuestros profesores no están.
—No lo hagan y todo estará bien, ahora deberían prepararse.
Atienden mi orden y cada uno corre con sus respectivas madres, se quitan los zapatos y calcetines para empezar a correr cerca de ellas. Una regla aquí, además de la ropa negra, es estar descalzos, lo cual duele en un principio por todos los ejercicios que hacemos hasta que llega la habituación. Supongo que les resultaba muy doloroso recibir patadas con sus zapatos, pero recibir el impacto directo es un poco más doloroso, sin la debida práctica.
Me dejo caer al suelo y también me quito los zapatos y calcetines, pensando en lo mucho que me agradan los niños, es fácil jugar con sus mentes propensas a la confusión, además creo que también les agrado, de otra forma no correrían a mí cuando entro a este lugar, o cuando necesitan ayuda, o sólo cuando quieren hablar sobre lo que hay dentro de sus pequeñas cabezas.
Por el rabillo del ojo veo que Mal y Ben discuten, seguramente algo que por lo que Mal está haciendo un alboroto y Ben busca dos millones de maneras para pedirle disculpas. Más lejos están Evie y Doug literalmente rodando en el suelo, los dos aplican los movimientos de derribo y llaves paralizadoras; desde aquí puedo ver una tienda de campaña en los pantalones de Doug, por eso se mantiene boca abajo la mayor parte del tiempo, sabiendo que si Evie se entera del efecto que tiene sobre su cuerpo entonces no lo volverá a hacer. Deberían salir y ya.
No creí que la vanidad de Evie le permitiese formar parte de un deporte que es tan violento y que podría desviarle la nariz si no tiene cuidado, pero parece que le importa más su fuerza y desempeño en combate.
Fuera de eso no me he concentrado en conocer al resto de personas, les hablo de vez en cuando pero no pasa de eso, además de que no conozco sus nombres, sólo de algunos niños porque nuestros profesores suelen regañarlos con frecuencia.
—Qué hay, Jason —dice la irritante voz con tono jovial, haciéndome rodar los ojos de un modo sumamente doloroso hasta el otro lado de mi cráneo, eso antes de que me ponga de pie y gire sobre mis talones para verlo. Si no entiende la falsa modestia de mi sonrisa ante su presencia entonces es más ciego de lo que creí.
Chad se queda ahí de pie, me mira cruzado de brazos y con una intolerable sonrisa sobre su rostro, creyendo solemnemente que una camiseta sin mangas es suficiente para denotar los autonombrados músculos en sus brazos y para que las pocas chicas que entrenan aquí se fijen en él.
Cree ser la gran cosa porque su nombre suele ser el primero en la larga lista de competidores para torneos y competencias nacionales, lo que ha aprendido lo hace por su padre, quien le enseña trucos sucios, movimientos mañosos y a lastimar a los demás hasta que consiga su victoria. Es engreído por eso, se siente popular entre nosotros por los trofeos y medallas que consigue; no es más que un pobre diablo que no tiene muchas aspiraciones en la vida.
Además de todo eso, tiene algo por mí, un flechazo o está profundamente enamorado de mí, la verdad no lo sé pero me mira todo el tiempo, me habla sobre cualquier tontería que se le ocurre, sobre sus antiguos amoríos (los cuales todavía creo que no existen), y cuando es muy osado toca alguna parte de mi cuerpo.
La peor parte está en su fetiche por mis pies, los observa todo el tiempo, desde que corremos hasta cuando hacemos ejercicios en el suelo y está detrás de mí, es como si quisiera lamerlos, tocarlos, sentirlos sobre su cuerpo, no lo sé pero la muy amplia gama de posibilidades me resulta enfermiza. Entiendo que sean un poco grandes, pero eso es cosa de la edad, no lo controlo, o quizá siente curiosidad por el vello que crece en mis dedos, algo que es común al menos en los hombres que entrenan aquí, me ha hecho verlos para rectificar que yo no sea un fenómeno. También entiendo que todos puedan tener un fetiche o dos, el mío son los ojos, pero él pudo tener alguno que no fuera tan mal visto.
—Es Jay, no Jason, no Jayden, mucho menos Jake, mi nombre es Jay —repito por la milésima vez desde que tuve el desagrado de conocerlo hace dos años, me rasco la nuca y observa el movimiento de mi brazo, cada movimiento.
—No puedes engañarme, un nombre no puede tener tres letras, estoy seguro que se trata de un diminutivo.
—El tuyo tiene cuatro —digo, remarcando una obviedad.
—Pero mi nombre es normal, no como el tuyo —de inmediato que dice esa palabra me suelto a reír, casi limpiándome un par de lágrimas de los ojos.
—Muy gracioso, usas la palabra 'normal' cuando nada en ti lo es —hago comillas en esa palabra, antes de que pueda decir otra cosa giro sobre mi flanco derecho y empiezo a caminar, con suerte sin cruzar una palabra con él por el resto de tiempo que pasaremos aquí.
A la mitad del camino siento una tétrica y fulminante mirada, mi impulso a la idiotez me hace mirar a la izquierda para encontrarme con su hermana, Charlotte. Al ser el hijo menor y el varón le corresponde ser el mimado, consienten casi todos sus caprichos y peticiones mientras que a ella le tocan las desventajas de ser mayor.
Algo que no entiendo es que ella y yo somos amigos, quizá no los mejores pero sí que se entienden, aunque hay ocasiones en las que decide no hablarme, sólo gruñe en mi dirección o rueda los ojos, en otras veces me habla sobre lo que ocurre en su casa o cómo va sobrellevando la relación amorosa que tenga en turno, como cuando hablo con Mal pero sin la misma calidad.
Antes de que su mirada me convierta en piedra empiezo a caminar de nuevo, viendo por el espejo la cabeza blanca de Carlos mientras deja sus cosas junto a las mías, se quita los zapatos rápidamente y se recarga sobre la ventana abierta, cruza un pie detrás del otro y encoge los hombros. Ahora tengo a dónde ir, a su lado, ya que cumplió su promesa.
—No creí que los patinadores fueran tu tipo —digo cuando me coloco junto a él, el espacio es reducido así que estamos hombro con hombro.
—Eso es lo que tú crees, no lo son, pero ese de ahí —señala a uno alto, de piel blanca y cabello castaño rizado mientras pasa con su tabla frente a nosotros, como si supiera que iban a señalarlo—, estaba mirándome mientras hacía un truco, se distrajo y cayó con la cara en el suelo, me reí y él también lo hizo.
—Lo conozco —digo, claramente omitiendo la última parte ya que, por alguna razón, me hizo sentir incómodo—, Kyle, solía entrenar con nosotros, ponía mucha dedicación en lo que hacía, era fuerte y elástico, pero los humos de haber ganado una competencia nacional se le subieron a la cabeza y decidió buscar una vida llena de vagancia y vicios. No digo que todos los patinadores sean así, sólo que él optó por esa ruta.
—Entiendo.
Mientras más gente llega al salón, niños con sus padres y personas que no creí volver a ver ya que se había ido hace un año o dos, y yo he estado haciendo esto como parte de mi vida durante cuatro años, el sol sigue continúa ocultándose en el horizonte, es claro el fenómeno que surge entre mayor es la oscuridad y más notorio es el alumbrado público, las luces de las casas y los altos edificios al encenderse, como si la oscuridad fuese a consumirlos si no lo hacen.
Giro la cabeza un poco para mirarlo, frunce el ceño mientras parece que su cerebro está procesando demasiada información, probablemente sobre lo que sea que tuvo que hacer antes de llegar. Aún quiero saber de qué se trató eso.
—¿En qué piensas? —pregunto, evitando llegar directo al punto.
—Miraba la ciudad y pensaba en que eso, la ciudad, es sólo una pequeña parte del estado, el estado forma parte de un país, el país de un continente, el continente, junto con los demás, incluidos los océanos, conforman la Tierra, la Tierra es parte del sistema solar, el sistema solar de una galaxia, la galaxia está en una Vía Láctea, y de ahí quién sabe, quizá un macrouniverso al lado de otro macrouniverso que, de todas formas, sigue siendo un microuniverso a comparación de algo mayor —veo sus labios moverse con cada palabra, rosados, con apariencia suave, incitadores, pero antes de que esas ideas aumente gira la cabeza en mi dirección—. Lo siento, creo que es algo muy arraigado en mí, pensar demasiado, así que…
—Creo que te entiendo —afirmo.
Frunce el ceño y ladea la cabeza, como si esperara que nadie comprendiera lo que suele decir. En verdad me tomó un poco de trabajo crear las debidas conexiones en mi cabeza, pero en serio creo que sé a lo que se refiere.
—¿E-en serio? —pregunta, levantando tanto las cejas que casi se pierden en la línea de su cabello.
—Ajá —afirmo de nuevo, asintiendo con la cabeza—, creo que tu idea oscila un poco sobre lo superfluo de la existencia humana en su día a día, que incluso con el mayor descubrimiento científico, la creación de una súper vacuna, o si los extraterrestres llegan a visitarnos, será nada a comparación de todo lo que está ahí afuera sin ser descubierto, e incluso aquí adentro —señalo mi cabeza, refiriéndome al cerebro—, es algo que está ahí pero de lo que se conoce muy poco. Creo que te refieres a una fuerza superior, no sé si a una deidad o algo, pero algo mayor.
—¡Sí! ¡De eso estaba hablando! —da saltos en su lugar, su voz levantada hace que algunos de los patinadores nos miren, Kyle entre ellos—. No creí que alguien fuera a entenderlo.
—Creo que acabas de llamarme estúpido —respondo, en verdad sintiéndome ofendido por su comentario, como si en verdad fuese único para pensar de un modo tan magnánimo y medianamente único.
—Oh, no, claro que no, no podría llamarte así nunca —baja las cejas, un gesto de tristeza real, remarcando que malentendí sus palabras—, a lo que me refiero es que muchas personas no piensan de ese modo, no muchos sienten la curiosidad de saber lo que ocurre en otros sitios incluso de la ciudad.
—Te entiendo de nuevo, es como saber sobre la floriografía o sobre el origen biológico de las emociones, cosas que están ahí pero de las que no todos hablan.
Lo miro de nuevo, sus cejas completamente perdidas en la línea de su cabello, sus ojos a punto de saltar de sus cuencas por la sorpresa.
—¿Quién eres, Jay? —pregunta, sonriendo ampliamente.
—Alguien que utiliza el Internet para otras cosas además de Facebook o ver vídeos sobre la desgracia ajena, aunque sean muy divertidos.
—Quiero saber lo que has aprendido en ello.
—Comencemos con un par de flores azules para el desayuno —ambos nos quedamos ahí, lo miro y él me mira, pero el brillo en sus ojos es otro.
No es como si me mirara por el buen físico que me ha dicho que poseo, o como si pensara que puede sacar algo de provecho de mí. Su mirada es diferente, es la única palabra que puede describirlo en su totalidad, la sensación que despierta en mí no se compara a la que surgió por la propuesta de Elisa o por el chico extraño en el centro comercial; Carlos me está viendo como una persona, como alguien que también puede pensar, que puede ser listo como él o habilidoso en otras cosas, pero como si quisiera conocerme.
Es simple: Carlos me hace sentir diferente.
N/A: tuve que terminarlo ahí o sería un capítulo infinito, trataré de resolver las preguntas que nadie hace en futuros capítulos. Fav, follow o review, hasta la próxima actualización :)
