Ni la historia ni los personajes son míos.

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CAPÍTULO 3

El día del funeral llovía copiosamente. La boda debía haberse celebrado dos semanas después. Los invitados acudían al ce menterio y parecía que no hubiese mucha diferencia entre una boda y un sepelio. En medio de su terrible desorientación y aturdi miento, Bella se daba cuenta de que su futuro, que parecía tan firme y brillante, era ahora más incierto que nunca. Su madre estaba en el hospital, incapaz de hablar, paralizada por la trombosis sufrida casi en el mismo momento que el coche de Mike derrapaba en el puente y caía al río.

La doble tragedia les había sacudido a todos de manera distinta. Bella tenía conciencia de que la enfermedad de su madre le daba la oportunidad de exhibir un dolor auténtico y profundo que estaba muy lejos de sentir por la desaparición de su prometido, y eso la atormentaba aún más. No era ni la sombra de la joven radiante y confiada que todos admiraron en el baile anual del Club Rotario. No podían adivinar que la gran pena que sentía era por su madre, la cual, sola y desamparada, había caído víctima de un ataque. Sola mente Edward, que la conocía mejor que nadie, sabía la verdad.

Lady Newton estaba deshecha, hasta el punto que Bella se sentía inclinada a compadecerla. Después de todo, había quedado viuda hacía mucho tiempo y ahora perdía a su hijo único.

Bella volvió a la casa grande en el «Rolls Royce» negro con Lady Newton y Edward. El traje oscuro acentuaba el bronceado de Masen. Bella también vestía de negro.

En la casa se sirvió un buffet y Bella recibió a los visitantes con dignidad y compostura, pero tenía plena conciencia de que no estaba ocupando el sitio que le correspondía.

Meditando sobre su situación, se preguntaba qué iba a ser de ella en el futuro. Tenía que hacerse cargo de su madre y no contaba siquiera con un techo seguro. Además, su salario era bastante exiguo.

Pensó en la casita que Mike había comprado a su madre. Tal vez Lady Newton estuviera dispuesta a cedérsela, al menos por un tiempo. Se acercó a la dama, que en aquel momento hablaba con la señora Mallory. Pensaba abordarla para pedirle ayuda, pero Edward Masen le cerró el paso.

—Quiero hablar contigo —le dijo en voz baja. Ella le miró apren sivamente.

— ¿Cómo dice?

—Que quiero hablar contigo. Vamos a la biblioteca.

—No creo que debamos salir de aquí juntos —repuso Bella, lanzándole una fría mirada de reprobación.

— ¿Quieres decir que yo tengo la culpa de lo que le ocurrió a Mike?

— ¡Yo no he dicho tal cosa!

—No tienes que decirlo. Pero estás por completo equivocada. En un momento de debilidad, mi tía me confesó que ella... había conven cido a Mike de que tú y yo... ¿me entiendes?

— ¿Cómo puedo saber que eso es cierto? —replicó la joven con cautela.

—No hay forma. No creo que mi tía esté dispuesta a repetirlo.- Bella desvió la mirada para huir del brillo hipnótico de aquellos ojos verdes.

—Me parece que no tenemos nada más que decirnos.

— ¿No? —Inquirió Edward, levantando las cejas—. ¿Has pensado lo que vas a hacer en el futuro?

Bella le observó, sorprendida.

— ¿Y usted qué interés puede tener por mi futuro?

—Ven conmigo a la biblioteca y te lo diré.

—No puedo. Tengo que atender a estas personas y además quiero hablar con Lady Newton.

— ¿Para qué?

—Eso es asunto mío, señor Masen.

—Tal vez también lo sea mío.

Bella cada vez estaba más asombrada por su audacia.

—Discúlpeme, por favor. Tengo que ir...

—Espera un momento, Isabella.

—Está bien. Hable.

—Quiero decirte que, pase lo que pase, espero que me comuniques lo que piensas hacer en el futuro.

—No tengo por qué hacerlo. Sé muy bien que usted tenía la espe ranza de que todo me saliera mal.

—Así es, Isabella, en eso no te equivocas —le respondió, burlón.

—¡Es usted un canalla!

—Tu vocabulario es bastante reducido. Me parece que ese califi cativo no es el más apropiado.

—Me imagino que usted sí sabe manejar el idioma.

—Sí, Isabella, así es —respondió, muy serio de pronto, y se alejó con rapidez.

La señora Mallory se acercó a la joven para decirle: —Querida señorita Swan, siento mucho lo ocurrido. ¡Qué triste debe ser todo para usted! Le decía a Lady Newton que, de ahora en adelante, tendrán ustedes que ayudarse mutuamente para soportar esta pena tan grande. Y pensar que en unos cuantos días iba usted a ser una novia feliz, ¡pero así es la vida!...

—Tiene usted razón. Ahora, con su permiso, voy a hablar con Lady Newton.

Había llegado el momento y tenía que aprovecharlo. Se le acercó decidida y le dijo:

—Estuve en el hospital y hablé con el especialista.— Lady Newton la miró sin prestar mucho interés a sus palabras.

— ¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo?

La joven se sintió ofendida por la actitud indiferente de la señora. Después de todo, su madre la había servido durante más de doce años, pero no le quedaba más remedio que continuar.

—Me dijo que no es probable que mi madre vuelva a caminar.

— ¡Cuánto lo siento! —respondió, impasible, la dama. Bella se humedeció los labios y continuó:

— ¿Se da usted cuenta, Lady Newton, de lo que eso significa?

—Perfectamente: significa que tu madre ya no podrá seguir siendo mi ama de llaves.

Bella replicó, inclinando la cabeza: —No... No pensaba seguir trabajando después de...

— ¿Después de la boda? —la interrumpió Lady Newton sin emoción—. Pero Isabella, ya no habrá boda.

La joven, profundamente humillada, tuvo que hacer un esfuerzo para continuar:

—En realidad, estaba buscando la ocasión de hablar con usted sobre este asunto.

— ¿Y qué querías decirme?

—Quería pedirle que me alquile la casita que compró Mike en Blind Lane.

— ¿Quieres que yo te la alquile? Estás perdiendo el tiempo. Todas las Propiedades de Mike han pasado a manos de... ¿sabes de quién?, pues nada menos que del varón de más edad de la familia de mi difunto esposo.

La joven la miró, atónita.

—No..., no lo sabía.

Lady Newton se secó con un pañuelo las lágrimas que asomaban a sus ojos.

—Claro que no, ¿cómo ibas a saberlo? —Conteniendo los sollozos, agregó—: La casa de la granja es mía, aunque está alquilada, pero la casa grande y todo lo que contiene, así como la finca, la tierra, todo, absolutamente todo, pertenece a la familia de mi marido.

— ¿Y qué va usted a hacer ahora? —Por un momento, Bella se olvidó de sus propios problemas.

—No lo sé... Espero que me concedan un plazo razonable para desocupar la casa.

La aparición de Aro Vulturi, notario de la familia, interrumpió su conversación y Bella se retiró discretamente.

Así pues, su madre y ella no eran las únicas que habían quedado desamparadas. Bella se paseaba lentamente por el salón, contem plando la escalera de mármol, los cortinajes y la imponente chimenea. ¡Y pensar que había estado a punto de pasar a ser la dueña de todo aquello!... La condesa Newton, hija del ama de llaves, joven, hermosa y rica. Pero también hubiera tenido que desempeñar las funciones propias de su rango; entre ellas, la de esposa de Mike en la intimidad de su

alcoba. El recuerdo de la última vez que estuvo junto a él, le hizo estremecerse.

— ¿Pensando en lo que pudo haber sido? —inquirió una voz suave junto a ella.

—Así es. No tengo por qué negarlo —replicó la joven, resentida.

—Y yo lo comprendo. Este lugar es verdaderamente magnífico.

—Me sorprenden sus palabras, porque creo que todo esto es muy diferente a lo que hay en su tierra.

— ¿Cómo debo tomar ese comentario? ¿Acaso supones que yo vivo en una pocilga?

—No, sólo estaba señalando que la Inglaterra rural debe de ser muy diferente a... ¿dónde vive usted? ¿En Sudamérica?

—En efecto. Y tienes razón: es muy diferente —repuso él con intencionado énfasis.

Bella hubiera querido alejarse. Le molestaba su presencia porque la desconcertaba con gran facilidad. No debía llevarle más que siete años, pero le parecía mucho mayor.

Trato de cambiar la conversación, inquiriendo:

— ¿Se va a quedar para las Navidades?

—Depende —Edward se cruzó de brazos y la miró fijamente.

— ¿Depende? ¿De qué?

—Te contestaré con tus propias palabras: eso es asunto mío.

Bella se sonrojó, bajó la cabeza y dijo:

—Lo siento. No era mi intención ser indiscreta.

Cuando trataba de alejarse, Edward la detuvo cogiéndola por un brazo.

— ¿Has hablado con Lady Newton?

— ¿Por qué me lo pregunta, si ya lo sabe?

— ¿Qué te ha dicho? —La miraba, inquisitivo.

—Que la finca y todas las propiedades, pasan a manos del nuevo heredero y que ella, al igual que mi madre, va a quedarse sin techo.

— ¿Esas han sido sus palabras?

Bella trató de liberarse de la mano que la retenía, pero fue inútil.

—No sé si han sido ésas precisamente, pero para el caso, es lo mismo.

La dejó irse entonces y ella se frotó el brazo para estimular la circulación de la sangre. Pero antes que se alejara, Edward le dijo:

—Lo siento por ti, Isabella, pero... mirándolo bien, no estoy tan seguro de lamentarlo sinceramente.

— ¡Es usted despreciable! Aunque lo dude, yo estaba enamorada de Mike y su trágica muerte es lo único que me duele en este mo mento.

— ¿De verdad? —le preguntó con un tono tan marcado de escepti cismo, que se sintió denigrada—. ¡Qué conmovedor! Perdóname si no comparto tus sentimientos.

—A usted no le importa lo que pueda sucederme, pero se divierte enormemente viéndome sufrir.

—Yo no me divierto a tu costa; muy al contrario. ¿Qué pensarías si te dijera que quiero casarme contigo?

Bella dio un paso atrás y puso su mano en la bola de metal que remataba el barandal de la escalera.

—Me doy cuenta de que no se te había ocurrido esa posibilidad —le dijo él con absoluta calma—, y el elemento sorpresa no deja de tener ventajas.

Bella hizo un esfuerzo para mirarle a la cara. Sospechaba que se trataba de otra treta para humillarla.

—Le ruego que no se burle de mí. No le he dado motivos para que me trate de esta manera.

—Estoy hablando en serio. ¿Te parece tan desagradable mi proposición?

Bella pensó que había llegado la oportunidad que tanto esperaba y le respondió:

—Con franqueza, sí. Pienso que debe estar usted loco para suponer que podría aceptarle.

La joven nunca había pensado que podría provocar su ira, pero se equivocaba. Los músculos faciales de Edward Masen se pusieron, tensos, su agresiva mandíbula se contrajo y a sus ojos asomó una mirada perversa. Bella se dio cuenta de que había tenido razón al desconfiar de aquel hombre.

—Muy bien —dijo él, controlándose—; te aseguro que recordarás este momento.

Al alejarse Edward, Bella permaneció allí varios segundos, tra tando desesperadamente de recobrar la compostura, pero no lo lograba. Estaba segura de que, a pesar de su pequeña victoria, la guerra no había terminado.

Las visitas comenzaron a despedirse y, a las cinco de la tarde, Bella, Edward y Lady Newton se quedaron solos. La joven se discul pó, aduciendo que tenía que supervisar la limpieza de la vajilla. La cocina era su dominio y allí se refugió, negándose a aceptar que su destino podía cambiar si se decidía a pronunciar una sola palabra. No tenía idea de las razones del hombre para hacerle semejante ofreci miento, pero de cualquier manera, tenía que desecharlo por impo sible.

Sin embargo, no podía dejar a su madre abandonada en un hospital de caridad para siempre. Era su deber ofrecerle una vida decorosa y tranquila.

Cuando todo estuvo limpio y en su sitio, los sirvientes se fueron y Bella se sintió muy sola. Encendió el fuego y abrió el frigorífico. Dentro de una hora saldría rumbo al hospital para ver a su madre y, como no había probado bocado, creyó conveniente comer algo antes de ponerse al volante.

Estaba preparándose una taza de té cuando se abrió la puerta para dar paso a la mujer que durante tantos años la había intimi dado.

— ¿Puedo ofrecerle una taza de té?

—Sí, muchas gracias —respondió la dama.

Bella la miró intrigada y le dijo:

— ¿Quiere usted sentarse?

Cuando Lady Newton lo hizo, le sirvió el té. Se preguntaba cuáles serían sus intenciones y, pensando lo peor, sospechó que iba a pedirle que se fuera de su casa.

— ¿Has decidido lo que vas a hacer en el futuro?

—No, todavía no...

— ¿Te das cuenta de que no estoy en posición de ayudarte?

—Sí, Lady Newton, me doy cuenta.

—Ni siquiera puedo ayudarme a mí misma. ¡Dios mío, a qué si tuación he llegado!

—Lo siento mucho —Bella la observó compasivamente.

— ¿De verdad? Es increíble —repuso la dama con arrogancia.

— ¿Cómo dice? —replicó la joven, indignada.

—No, nada, no quería ofenderte. Lo que ocurre es que... bueno, no es tan fácil explicarlo.

Nunca había pensado Bella que Lady Newton pudiera quedar se sin palabras frente a ella.

—No se desespere. Estoy segura de que los parientes de su esposo no van a desampararla —le dijo, desconcertada, porque la situación le parecía sumamente molesta y absurda.

—La verdad es que podrían hacerlo. Todo depende de ti.

— ¿De mí? —respondió, perpleja—. ¿Qué quiere usted decir?

Lady Newton apretó los labios y, haciendo un esfuerzo, añadió:

— ¡Edward te ha pedido que te casaras con él y tú le has rechazado!

La estaba acusando y Bella no sabía por qué. Se levantó de la silla, incapaz de continuar impasible ante tal recriminación.

—No entiendo, Lady Newton. ¿Qué tienen que ver mis asuntos privados con su situación? —protestó, trémula.

—Tú no eres tonta. Ibas a casarte con mi hijo y todos sabemos que no era por sus lindos ojos. Querías ser la dueña de la casa, conver tirte en Lady Newton. ¿Por qué ahora te muestras tan orgullosa y te niegas a aceptar a Edward?

— ¿Qué es lo que trata de decirme? —preguntó, alterada, y Lady Newton pareció darse cuenta de que el asombro de la joven era auténtico. Se puso de pie, la miró de manera inquisitiva y después lanzó una carcajada.

—Debí imaginarlo. Edward no te ha explicado la situación. No te ha dicho la verdad.

Bella estaba más desconcertada que nunca.

— ¿Qué tenía que explicarme? ¡No entiendo nada!

— ¡Que soy yo el heredero! —Exclamó Edward, entrando en la cocina—. La finca pasa a mis manos.

— ¿Qué? —murmuró Bella, derrumbándose en la silla, mien tras Lady Newton se volvía hacia su sobrino.

— ¡Eres un canalla! Me has venido utilizando para lograr tus pro pósitos. Ni siquiera le dijiste la verdad cuando le propusiste matri monio.

—Eso no tiene importancia, tía. Me interesaba saber cómo ibas a manejar la situación —replicó Edward, haciendo caso omiso de sus protestas.

— ¿Quiere decir que estaba usted escuchando detrás de la puerta?—inquirió Bella, atónita.

—Así es, pero mi querida tía no lo ignoraba. En realidad, he podido escuchar casi todo lo que habéis dicho.

Bella bajó la cabeza porque no pudo sostenerle la mirada. Estaba por completo abatida. Ahora lo comprendía todo. Edward creía que ella se casaba con Mike por su dinero y porque deseaba ser Lady Newton. Por eso le había propuesto matrimonio, sin anunciarle primero que todo le pertenecía, incluyendo la casita de Blind Lañe. Era una venganza cruel y refinada, ya que, al rechazarle, rechazaba igualmente todo aquello que había anelado y también lo poco que necesitaba ahora para subsistir. Pero eso no explicaba por completo cuáles eran sus verdaderas razones, ni tampoco por qué la seguridad de Lady Newton dependía de su matrimonio con él.

La señora se sentó de nuevo, tomó la taza y le dijo a Bella:

— ¿Podrías servirme más té? —La joven obedeció de inmediato. Edward se colocó frente al fuego, directamente detrás de la silla de Bella, que no pudo dejar de sentir el influjo de su potente masculinidad.

— ¡Bueno! —dijo, burlón—. Aquí estamos los tres juntos, en este ambiente tan familiar.

—No me hacen gracia tus chistes —señaló Lady Newton, disgus tada.

—Lo siento. Es que me parece muy agradable tomar el té a las cinco de la tarde y cerca del fuego. En mi país no lo hacemos.

— ¡Por amor de Dios, Edward, termina de una vez! No juegues con nosotras. Recuerda por todo lo que hemos tenido que pasar en este horrible día —dijo Lady Newton, mientras sacaba un pañuelo para secarse los ojos.

Por un momento reinó el silencio. Edward se colocó frente a ellas con las manos a la espalda.

—Está bien, tía, tienes razón, pero continúa explicándole a Isabella cuál es la situación.

—No veo por qué tengo que hacerlo yo, pero si insistes, no me queda otro remedio —replicó la dama, impaciente.

—Lo siento mucho —dijo Bella, yendo hacia la puerta—, pero tengo que ir al hosp...

— ¡Siéntate!

Edward y su tía hablaron al mismo tiempo y la joven obedeció de inmediato, pero levantó los ojos, decidida a no dejarse intimidar.

—Voy a llevarte al hospital, pero de momento te quedas donde estás —le indicó Edward con voz cortante y agregó—: Lo que trataba de decirte mi tía es que si tú hubieras aceptado ser mi esposa, a ella se le hubiera permitido permanecer en la casa grande indefinidamente.

— ¡Pero eso no es justo! —Replicó la joven de inmediato y volvién dose a Lady Newton, exclamó—: ¡Usted no puede hacerme una cosa así!

—Yo no tengo nada que ver en este asunto —replicó la señora con frialdad.

—Hace poco tiempo, en el salón, te he asegurado que ibas a recor dar ese momento —le dijo Edward a Bella.

—Puesyo no he cambiado de opinión —replicó la joven.

— ¿No? Vamos a verlo.

—No vamos a ver nada —insistió Bella y se puso en pie—. Mi decisión no cambiará tan sólo porque ahora sé que usted es el herede ro de la familia.

—Yo no te he pedido que cambiaras tu decisión —contestó él con frialdad y la joven se sonrojó al darse cuenta de que se había anticipado tontamente—. Dime, Isabella, ¿adonde vas a llevar a tu madre cuando salga del hospital?

—No se preocupe. Ya me las arreglaré.

— ¿Con tu sueldo de bibliotecaria? Sé por mi tía que le has pedido que te dejara ocupar la casita de Blind Lañe y quiero que sepas que no estoy dispuesto a permitirlo.

Los labios de Bella temblaron irreprimiblemente.

—No esperaba menos. —Con un brusco ademán, se limpió las lá grimas que pugnaban por brotar de sus ojos.

—Muy bien, ahora sí que nos vamos entendiendo. Ve a buscar tu abrigo y te llevaré a ver a tu madre.

—No se moleste. Yo puedo ir en mi coche.

— ¡Ve a buscar tu abrigo! —repitió Edward y ella le obedeció. Desde la noche que su madre sufrió el accidente, Bella no había estado en el hospital. Volver allí, significaba revivir los dramáti cos acontecimientos. Estaba tan atribulada, que tenía que hacer un esfuerzo tremendo para no dejarse llevar por la desesperación.

Antes de llegar al hospital, Edward detuvo el coche y encendió la luzpara buscar un paquete de cigarrillos. Al darse cuenta de que la joven se acurrucaba en el asiento, le lanzó una mirada de indignación.

—¡Por amor de Dios, Isabella! ¿Qué crees que voy a hacerte?

—No lo sé. ¿Por qué ha detenido el coche?

—Porque quiero hablar contigo a solas.

— ¿Y bien?

Edward encendió un cigarrillo y aspiró el humo.

—Isabella, debes casarte conmigo, para que cuando tu madre salga del hospital, tenga dónde vivir y no le falte asistencia médica.

_Usted está convencido de que voy a casarme tan sólo para con seguirle una casita a mi madre, pero se equivoca, señor Masen.

_No Isabella, cálmate; todavía no has escuchado el final.

_Me imagino que ese final tiene relación con Lady Newton, pero debo decirle que no estoy dispuesta a aceptar semejante responsabi lidad.

_ ¿No? Te advierto que si no estás de acuerdo con mi decisión, ella quedará tan desamparada como tú.

_Entonces tendremos que ayudarnos mutuamente, pero sepa de una vez por todas que no va a intimidarme. Por nada del mundo me iría a vivir a Sudamérica y tampoco podría obligar a mi madre a que lo hiciera.

_Sigues anticipándote a mis palabras, Isabella. Creo que en nin gún momento he mencionado la posibilidad de que vayas a Santa Magdalena. ¡Nunca he pensado llevarte allí!

_Entonces, ¿cuáles son sus planes? —inquinó la joven, calmada.

_No tengo intenciones de que vivas con mi familia. Ni siquiera deseo que la conozcas —respondió Edward.

_Me imagino que no estoy a su altura —comentó Bella, re sentida.

—Pues no andas muy equivocada, pero permíteme acabar de una vez por todas —replicó él, impaciente.

Bella enmudeció, pero no pudo reprimir un estremecimiento.

—Yo había pensado lo siguiente —añadió Edward—: Te casas con migo y pasas a ser la dueña de la casa, que es precisamente lo que deseas, y yo, por mi parte, me hago cargo de que tu madre se encuen tre atendida durante el resto de su existencia.

— ¿Y dónde viviremos?

—En la casa grande con mi tía, si bien los papeles se cambiarían por completo.

—Ya entiendo. Usted pretende crear una situación anormal, sólo por el placer que eso puede proporcionarle.

—Escucha, Isabella —le dijo él con vehemencia—: soy muy vengativo, así que no me impulses a hacer algo de lo que ambos pudié ramos arrepentimos.

—Está jugando con nosotras, manipulándonos como si fuéramos títeres.

— ¿Acaso tú no hacías lo mismo con Mike para salirte con la tuya?

— ¡No!

— ¡Yo digo que sí! Eres ambiciosa y calculadora. Mereces el castigo que supone cargar con mi tía.

—También a ella la desprecia, ¿verdad?

—No tengo intención de permitir que me manejéis a vuestro antojo. Mi tía y tú sois iguales y yo deseo unir vuestras vidas para siempre.

-¡Muy bien! —Exclamó la joven—. Si eso es todo lo que tiene que decirme, ya le he escuchado. Ahora, tenga la bondad de llevarme al hospital.

—De acuerdo, pero quiero que pienses en lo que te he dicho.

—No tengo que pensarlo. Por muy materialista que me considere, no voy a casarme con usted por ningún motivo.

Edward apagó la luz interior del coche y lo puso en movimiento.

Durante el resto del trayecto no volvió a abrir la boca. Al llegar, la joven descendió rápidamente, pensando que al fin iba a librarse de su presencia. Pero se equivocaba, porque Edward, después de aparcar el coche, se apresuró a seguirla.

—Por favor, retírese. No le necesito para nada.

Edward ignoró sus palabras y Bella no insistió, recordando que él era médico y sabía, mucho mejor que ella misma, cuál era la ver dadera condición de su madre.

La señora Swan estaba inmóvil y su mirada no demostró reacción alguna ante la presencia de su hija, que se sintió invadida Por la desesperación y el desconsuelo. Edward salió en busca del médico por lo que la joven se sentó junto al lecho de su madre. Había pasado más de un cuarto de hora cuando apareció el doctor y le pidió que le acompa ñara a su despacho.

Tras cerrar la puerta, dijo a Bella con cautela:

—¿No ha habido ningún cambio en su madre al verla?

—No —respondió la joven, angustiada. Había tenido la esperanza de que Edward estuviera presente y se volvió ansiosa hacia la puerta, esperando verle aparecer.

—Es una situación lamentable —agregó el médico—, que se puede prolongar durante muchas semanas, quizá meses. Considero mejor hablarle con franqueza.

—Naturalmente —asintió Bella con aprensión. Quizá Edward le había predispuesto en su contra. ¿Sería capaz un médico responsable de aceptar aquel tipo de malévolas sugerencias? Pensó que no debía adelantarse a los acontecimientos.

—No podemos tener a su madre en el hospital mucho tiempo. Casi nada podemos hacer por ella y sufrimos una grave escasez de camas. Si usted no puede hacerse cargo de ella, no nos queda otro remedio que trasladarla al hospital de Mount Carson.

¡Mount Carson!, pensó, desolada. Había oído hablar de aquel sitio. Era una especie de asilo de ancianos donde iban a dar los enfermos incurables. Se estremeció al imaginar a su madre allí.

—Pero doctor, ¿no hay otro remedio?

—Los hospitales no tienen cupo suficiente para atender todas las solicitudes que reciben. Las emergencias se atienden de inmediato, pero cuando los enfermos alcanzan un nivel estacionario, tenemos que sacarlos de aquí. Lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por usted. Su madre necesita atención médica constante y eso cuesta dinero. Mount Carson no es un lugar tan malo como usted se ima gina.

—Gracias, doctor, ha sido muy amable. —Se puso de pie. Edward la estaba esperando y, al verla, se le acercó solícito para preguntarle:

-¿Y bien?

La enfermera les miraba con curiosidad, ya que desde hacía un rato venía observando al apuesto caballero que se paseaba impa ciente por el corredor.

—Usted sabía que esto iba a ocurrir —exclamó la joven en tono acusador—. ¿Qué puedo haber hecho yo para merecer este castigo?

— ¡Vámonos de aquí! Este no es el lugar más apropiado para hacer escenitas. —Edward la miraba impasible.

—Si mi compañía le produce vergüenza, no sé por qué se ha em peñado en venir conmigo.

—Escucha, Isabella, tú eres la que te exhibes innecesariamente. ¡Vámonos ya!

Bella sintió el impulso de dejarle plantado frente al coche, pero los transportes urbanos tardaban mucho a aquella hora y la temperatura era bajísima. El frío la atenazaba por fuera y por dentro y no se sintió capaz de emprender por sí sola el regreso.

— ¿No has podido arreglar nada? —le preguntó él, ya dentro del coche.

—Es usted un cínico. Desde que me ha traído al hospital estaba al tanto de la situación.

— ¿Qué vas a hacer ahora? —siguió preguntando él, sin defenderse de la acusación.

— ¿Qué puedo hacer? —La joven le lanzó una mirada de des precio.

—Tú lo sabes bien.

— ¡Casarme con usted!

—Sí.

—No entiendo qué provecho sacaría de ese matrimonio —comentó ella—. No le amo...

— ¡Amarme! No creo que seas capaz de amar a nadie, pero debes saber que no tengo intenciones de hacerte el amor; no por el momento ,al menos.

—No entiendo nada.

—Eres una niña, Isabella. Una criatura egoísta y ambiciosa y a mí no me interesan los niños.

—Pero si usted tiene veinticuatro años —exclamó Bella, extra ñada.

—Veinticinco, pero tengo la sensación de ser mucho mayor.

—Bueno, ¿qué es lo que usted quiere? Explíquemelo de una vez.

—Quiero volver a Santa Magdalena.

— ¿No va a vivir en Inglaterra? —inquirió Bella, bastante intrigada por la actitud de Edward.

—No —respondió él, sonriendo satisfecho—. No tengo la inten ción de permanecer en Inglaterra. No me siento bien aquí. Prefiero vivir en mi país, donde la gente no es fría y calculadora.

— ¡Miren quién lo dice!

—Tienes razón: puedo ser tan calculador como el que más, si tengo necesidad de serlo.

—Pero, ¿por qué se ha tomado la molestia de urdir algo tan complicado?

—Tú querías casarte con Mike para heredar sus propiedades, Ahora yo te ofrezco la misma opción. Estabas dispuesta a sacrificar tu libertad para salirte con la tuya, y yo te estoy dando la oportunidad de hacerlo.

Bella se sintió por completo confundida. No sabía qué con testar.

—Me imagino que en algún momento podré pedir el divorcio.

—Eso sí que no.

— ¿Cómo que no? Todos tienen derecho a cambiar de opinión.

—Yo soy católico, Isabella. Si te casas conmigo, será para siempre.

—Sigo sin entender. Dígame con claridad qué es lo que quiere.

Edward se inclinó ligeramente para poner la llave de contacto al tiempo que le respondía, sonriendo:

—Digamos que las mujeres no me interesan demasiado, pero no vayas a creer que en eso me parezco a Mike.

— ¿Por qué se ha fijado en mí?

—Ya te lo he dicho: me complace este asunto. Y ahora dime, ¿has decidido aceptar mi proposición?

—Pues... no lo sé.

—Piénsalo, Isabella... Serías la dueña de la casa grande. Mi tía pasaría a ser la condesa viuda, mientras que tú...

— ¡Cállese, cállese! No puedo soportarlo —exclamó, desesperada, llevándose las manos a los oídos.

— ¿Ni siquiera por tu madre enferma? Estaría mucho más cómoda en la mansión Newton, tendría una enfermera de día y de noche, además de los sirvientes. Te aseguro que nada le faltaría.

—Lady Newton habló de los impuestos de la herencia; parece que son muy cuantiosos.

—Yo no soy pobre, Isabella. Mi padre me dejó una fortuna considerable. Soy dueño de varias fincas cafetaleras en Brasil. Te aseguro que nunca más tendrías que preocuparte por el dinero.

—Eres... eres un canalla, Edward Masen —murmuró ella con voz ahogada.

—Querida, tu vocabulario sigue siendo muy limitado —replico él con sorna.

Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar. Aquel hombre conocía mejor que nadie su situación y la manejaba a su antojo. No podía darse el lujo de rechazar su ofrecimiento; tenía que aceptarlo sin tener en cuenta sus propios sentimientos.

Espero que os haya gustado :)

Tricia