Kashu Utau:Muchas gracias por tus comentarios! Me alegro mucho de que te guste la historia!
Aquí os dejo el siguiente capítulo de Fire Wings
Disfrutadlo!
Tasuki cabalgó durante toda la noche, para alejarse lo más posible del pueblo. Mientras salía de sus límites el corazón le latía a mil por hora, deseando que nadie le descubriera. La maniobra le había salido bien. Justo después del espectáculo de los acróbatas el pueblo entero esperaba expectante el siguiente número de la compañía en la plaza del pueblo. Nadie advirtió su huída.
Tasuki no dirigió ni una sola mirada atrás. Echaría de menos a los pocos amigos que tenía, y les deseaba lo mejor, de todo corazón. Kafu, cuyos padres siempre peleaban, y que siempre estaba en la calle, retrasando el momento de llegar a casa lo más posible, para no encontrarles en medio de una pelea. Ren, al que su madre había abandonado y vivía en casa de su tía abuela, una señora que siempre le instaba a que hiciera cosas de provecho en lugar de jugar con sus amigos y subir a los árboles. Sayuri, la única chica a la que había considerado una amiga, bueno, era tan chicazo que la podía haber considerado "amigo". Todos y él mismo tenían historias tristes o trágicas en sus vidas. Tasuki habría deseado llevarles con él en aquella aventura. Pero no podía ser.
En la oscuridad de la noche, el pelirrojo cabalgó el caballo de su hermana, alejándose de la vida que conocía. Y pese a la incertidumbre de no saber qué haría a partir de entonces y al hecho de que se encontraba sólo, se sentía más libre y más feliz que nunca. Notaba el viento en su cabello, alborotándoselo, y la fuerza tanto tiempo contenida de Orión galopando con energía.
Tras varias horas de marcha, llegó a las lindes del bosque Reikaku y decidió que lo mejor era introducirse en él y permanecer allí escondido para poder descansar y dejar que el caballo recuperara fuerzas. Al menos hasta que amaneciera.
Tasuki se adentró un poco en el bosque, lo justo para ocultarse de la vista desde el camino, y descendió del caballo. Un poco más adelante, había un pequeño arroyo, y Tasuki dejó que Orión bebiera tranquilo, quitándole la montura y las bridas. Había tenido la idea de llevarse también la cabezada de cuadra así que se la puso para que el caballo pudiera comer más cómodo sin el filete en la boca, y lo ató a una rama baja de un arbol.
Tasuki, se tumbó con la cabeza apoyada en la montura de su caballo y se durmió como un lirón con las primeras luces del amanecer.
Unas horas después, ya adentrada la mañana, Tasuki se despertó, comprobando que Orión aún seguí allí, pastando tranquilamente, y que no había sido descubierto. El bosque resonaba lleno de vida, los pájaros piaban sin cesar y las hojas de los árboles se mecían suavemente al viento, generando un suave e hipnótico sonido. El pelirrojo, sacó de las alforjas un odre y lo llenó de agua fresca. Comió unas galletas y se quedó observando el interior del bosque. Era oscuro y se oían extraños ruidos que provenían de la espesura. Tasuki, no podía dejar de vigilar en dirección al interior del bosque, con sus sentidos alerta. Sacudió la cabeza, como espantando ideas extrañas y dirigió su mirada de nuevo al caballo. Se sintió satisfecho de lo que había hecho. Llevaba comida suficiente en las alforjas así que podría aguantar sin ayuda durante 5 o 6 días, suficiente para alejarse lo máximo posible de allí.
El chico se acercó sigilosamente a la linde del camino. A la luz del día, no le parecía tan buena idea proseguir la ruta por el camino principal. Si habían comenzado a buscarle, podría cruzarse con alguien que le conocía y le atraparían.
Tasuki chasqueó la lengua, fastidiado. Volvió sobre sus pasos y sacó el mapa de Reikaku de las alforjas. Tras estudiarlo unos instantes y orientarse para saber dónde se encontraba exactamente, decidió tomar la ruta por el interior del bosque. Si lo cruzaba, llegaría a una zona desconocida y sin descripción gráfica en el mapa, pero tras atravesarla llegaría a la aldea de Koitsenin, a 2 semanas de camino de su propio pueblo si se viajaba rodeando el bosque. Tasuki dudaba que su familia le buscara tan lejos en aquella aldea, esperaba que le dieran por muerto o desaparecido sin llegar a buscarle tan a fondo. Porque, ¿cuánto podría sobrevivir un muchacho de 14 años él solo en aquellos parajes?
Tasuki montó a su caballo y comenzó su marcha hacia el interior del bosque por un sendero marcado en el mapa. A medida que avanzaba las copas de los árboles cada vez estaban más altas y en consecuencia, la luz del sol llegaba más tenue. Pronto, el paisaje del bosque se volvió oscuro y húmedo, y en aquellas tinieblas, Tasuki aguzó el oído, con sus sentidos alerta, para detectar cualquier amenaza.
Al cabo de unas horas, el chico encontró un claro en el bosque, donde la luz del sol llegaba sin obstáculos. Comprobó que el sol estaba muy alto ya, y que debía apresurarse para cruzar el bosque mientras aún era de día. No tenia ningunas ganas de pasar la noche en aquella tenebrosa espesura. Tras descansar unos instantes para beber agua y tomar un tentempié, Tasuki se dispuso a seguir su camino. Al otro lado del claro comprobó que el sendero continuaba, pero más estrecho, los matorrales trataban de cortarles el paso a él y a Orión, así que Tasuki desmontó y lo guió de las bridas, tratando de buscar el camino más fácil para el caballo. Esto le supuso una pérdida de tiempo mayor de la que había pensado, y pronto, las tinieblas del bosque se volvieron casi impenetrables. Tasuki entornó sus ojos, tratando de vislumbrar el sendero en la oscuridad. Apenas veía nada, y la noche cayó rápido sobre el joven tiñendo todo de tinieblas a su alrededor. Los ruidos del bosque se volvieron mas siniestros, el canto de los ruiseñores fue sustituido por el lúgubre ulular de las lechuzas, el vuelo de los insectos, por el aleteo de los murciélagos que volaban en busca de presas, y quitando aquellos sonidos, un silencio sepulcral se apoderó del bosque, tanto, que Tasuki sentía como si sus pasos y los del caballo resonaran ensordecedores en aquel lugar. Si el muchacho había odiado los sonidos desconocidos del bosque, ahora odiaba aún más el silencio de la noche.
Tasuki, guardó el mapa, en aquella oscuridad no podía leer nada y de todas formas sabía que debía seguir el sendero para llegar a atravesar el bosque. Era la única vía posible. De pronto, oyó un ruido. El chico, movió sus ojos de lado a lado, y, silenciosamente, se acercó a las alforjas que portaba su caballo para empuñar el cuchillo. Orión resoplaba nervioso, él también había notado algo extraño, amenazador, y el pobre cuadrúpedo se preparaba para salir corriendo, Tasuki sujetaba firmemente sus bridas impidiéndole escapar y prosiguió con su camino, sin dejar de notar como si alguien o algo les estuviera observando. Lentamente fueron avanzando, no sabía si protegidos por el bosque o amenazados por él. Por fin, Tasuki comenzó a vislumbrar con más facilidad el entorno. Los espesos matorrales se abrían a los lados permitiéndole avanzar más rápidamente, y los árboles guardaban más distancia unos con otros, permitiendo a la luz de la luna introducirse entre las ramas para alumbrar de forma tenue su camino. Tasuki apresuró el paso para salir del bosque.
Al llegar al exterior, el chico sonrió orgulloso de sí mismo. Guardó el cuchillo en su cinturón y con las manos en la cintura y las bridas del caballo aún sujetas, se giró para observar la enorme sombra que era aquel bosque.
- Te vencí. – dijo el chico, dirigiéndose a la oscuridad. – No has podido conmigo. – Sonrió, mostrando sus colmillos.
Ya más relajado por haber salido del bosque, Tasuki fue a montar a Orión pero de pronto, el caballo arrancó a galope, desbocado, antes de que el muchacho echara el pie en el estribo, arrojándole al suelo violentamente y abandonándole a su suerte.
Tasuki se levantó quejándose, y miró en la dirección en la que Orión se había ido. Aun le veía a lo lejos, corriendo sin parar.
- ¡Caballo imbécil! ¡Vuelve aquí, idiota! – bramó Tasuki, en dirección al caballo. Éste siguió su camino hasta que se perdió de vista.
Dándole una patada a una piedra, Tasuki comenzó a caminar en aquella dirección. Por lo menos, el estúpido caballo no se había vuelto a meter en el bosque, pensó el muchacho. Tasuki avanzaba deprisa con los dientes apretados y el ceño fruncido, deseando atrapar al caballo para darle una buena patada en la barriga, cuando, mientras caminaba, entre juramento y juramento se percató de que en medio de aquel prado en el que se encontraba, entre la alta hierba, había algo.
Decenas de ojos brillantes le observaban y Tasuki podía oír algún que otro gruñido. Con sus sentidos aguzados, Tasuki echó a correr de repente, tan rápido como pudo, para salir de aquella zona con la hierba alta, y se dirigió hacia la parte donde la hierba casi no crecía, para poder ver a sus enemigos. Los había oído seguirle mientras corría, había oído sus patas golpeando el suelo con furia mientras le perseguían, pero no le alcanzaban. El pelirrojo era más rápido que ellos. Poseía una velocidad sobrehumana, pero desgraciadamente su resistencia no era tan alta como hubiera deseado. Cuando llegó a la zona más despejada, Tasuki, cansado, se giró blandiendo su cuchillo valientemente, y las criaturas emergieron de su escondite entre la hierba, acercándose ahora más despacio, amenazadoramente. Eran lobos del monte Reikaku, más grandes que los lobos comunes y más salvajes. Sus ojos brillaban en la oscuridad por el influjo de la luna y se relamían mirando a Tasuki. Había decenas de ellos.
El muchacho, no retrocedió ni un sólo paso, aunque sabía que tenía pocas posibilidades, esperó a que los lobos le atacaran.
- ¿A qué esperáis? – les retó, gritándoles.
Pronto, uno de ellos se lanzó sobre Tasuki y él lo esquivó a gran velocidad, saltando hacia un lado y asestándole una puñalada en el costado, mientras el animal aún estaba en el aire. El lobo cayó en el suelo gimoteando lastimeramente, y otras dos bestias corrieron hacia Tasuki, que se preparó para recibir el ataque.
Pero aquel ataque no llegó. Varias flechas impactaron sobre los lobos que se habían lanzado a por él, y Tasuki pudo ver a su derecha la luz de algunas antorchas acercándose. Eran hombres a caballo los que habían disparado sus flechas. Pero aquellos lobos eran más valientes y sanguinarios que ningún otro, y no se rendían. En lugar de huir aterrorizados, siguieron atacando a Tasuki, que se defendía como un león, recibiendo algún revolcón contra el suelo cuando los esquivaba, y aquellos hombres seguían disparando sus flechas mientras se acercaban a galope.
Tasuki, cada vez más cansado, observó a su alrededor, ya solo quedaban menos de 10 de las fieras, y se arrodilló en el suelo, exhausto. Desde su posición vió que llegaba hasta él un hombre cuyo rostro no pudo vislumbrar, que blandía algún tipo de arma con la que lanzaba violentas llamaradas hacia los lobos, matándolos de tres en tres.
Cuando ya todo parecía haber acabado, desde algún lugar en el que había permanecido oculto, el más grande de los lobos se lanzó con furia sobre Tasuki, que se hallaba en el suelo, arrodillado. Los hombres no podían lanzarle flechas, ya que Tasuki estaba muy cerca, así que el muchacho recibió el ataque del gigantesco lobo clavándole el cuchillo en el abdomen mientras la bestia le mordía el hombro. Tasuki cayó al suelo con el cuerpo del lobo moribundo sobre él, y antes de perder la consciencia, con las últimas fuerzas que le quedaban, apartó al enorme animal de encima de él, y clavó su cuchillo en la zarpa de la bestia, cortándole una garra. Luego todo se volvió negro.
…
…
…
Tasuki se despertó sobresaltado en una habitación extraña. Lo último que recordaba era haber sido atacado por una manada de lobos en los límites del bosque de Reikaku. El chico miró a su alrededor. La habitación estaba amueblada y decorada con objetos que parecían muy valiosos. La puerta era de doble hoja y tenía numerosos grabados en la madera que la hacían más elegante. La cama en la que estaba tumbado era grande y cómoda, no como el triste jergón en el que había dormido durante 14 años.
Tasuki se incorporó y, como una punzada, un dolor le atravesó el cuerpo desde el cuello hasta el estómago. Con los ojos cerrados, el chico dejó escapar un quejido, volviéndose a tumbar en la cama. Respirando entrecortadamente, Tasuki esperó a que los pinchazos cesaran para levantar la cabeza con cuidado y mirar su magullado cuerpo.
Le habían quitado la camisa y el chico veía que tenía vendajes en su cuerpo. Tenía magulladuras y moretones por todas partes y un gran vendaje cubría su hombro derecho. Con cuidado, rodó sobre su hombro izquierdo y ayudándose con los codos, se sentó en la cama. Le dolía la cabeza como si un carruaje le hubiera pasado por encima. Tasuki se llevó las manos a las sienes y las frotó como para aliviar el dolor. Aunque se sentía mareado, trató de levantarse, y en seguida vio que no era buena idea.
- … ¡Uuf! – exclamó, antes de dejarse caer de nuevo en la cama. En aquel momento, la puerta de la habitación se abrió, dejando paso a un hombre de corta estatura y avanzada edad que traía en una bandeja lo que parecía un auténtico festín.
- ¡Vaya, muchacho! Por fin despertaste. Ya comenzaba a pensar que aquellas bestias habían dado cuenta de ti y que no te recuperarías. – El anciano, dejó la bandeja sobre una mesa cercana a la cama donde Tasuki se hallaba sentado, mirándole en silencio. – Voy a decirle al jefe que te has despertado. ¿Serás capaz de llegar hasta la mesa tú solo? – preguntó el abuelo, a lo que Tasuki respondió con un silencioso asentimiento. El hombre le sonrió y abandonó la habitación con un paso forzoso pero rápido, cerrando la puerta tras de sí.
Tasuki repitió el esfuerzo de levantarse de la cama. El hambre superaba al dolor en aquel momento, así que se obligó a caminar medio mareado hasta una de las sillas que había junto a la mesa, y se sentó, atrayendo hacia sí la bandeja con la comida. Era extraño, era como si no hubiera comido en mucho tiempo.
El chico comenzó a devorar la comida, y se encontraba en la mitad de este cometido cuando alguien golpeó la puerta de la habitación antes de a abrirla de nuevo. Esta vez en lugar del anciano, un hombre joven y con una dura expresión en su rostro hizo su aparición en el dintel de la puerta. El hombre, al ver a Tasuki comiendo, relajó un poco su mirada, y el muchacho dejó de comer para observarle en silencio.
Tenía el cabello largo y oscuro, y sus ojos eran fríos pero a la vez parecían llenos de conocimiento. El hombre se acercó a la mesa.
- ¿Puedo sentarme? – preguntó a Tasuki, señalando una silla en frente de la que ocupaba él. El chico asintió con la cabeza, sin saber realmente qué decir. El hombre se sentó frente a él y le miró. – continúa comiendo. Debes estar hambriento después de aquella batalla con los lobos, además llevas inconsciente dos días.
- ¡¿Dos días? – exclamó Tasuki, dejando caer los palillos en el plato, por la sorpresa. El desconocido asintió sonriendo.
- Estabas exhausto.
- Y… ¿Dónde estoy? – preguntó tímidamente Tasuki.
- Estas en el Monte Reikaku, en la guarida de los bandidos. Yo soy el jefe de ellos. Mi nombre es Hakourou.
Tasuki miró aún más sorprendido al hombre. Se hallaba ante el más temido de los bandidos de aquella comarca. Hakourou era el protagonista de muchas de las historias que los viajeros explicaban cuando visitaban la aldea de Tasuki. Nunca imaginó que se hallaría ante él, en su propio escondite.
- No tengas miedo – le dijo Hakourou, advirtiendo la expresión de pánico que comenzaba a apoderarse del rostro de Tasuki – Si quisiera matarte, ya lo habría hecho. Pero en mi casa está prohibido derramar sangre. - Tasuki se relajó un poco, aunque seguía mirando a Hakourou con los ojos incrédulos. – Vaya, veo que algún lobo debió comerse tu lengua. – comentó Hakourou.
- L… Lo siento, señor. Es que, no sé qué decir. Y no recuerdo nada de lo que pasó – se disculpó Tasuki.
- Bien. En ese caso, debo explicártelo yo. Encontramos tu caballo corriendo desbocado y lo atrapamos. Cuando vimos que llevaba montura y alforjas pensamos que alguien se habría caído del caballo o que quizás hubiera más gente en compañía del dueño de aquel animal. Nuestra primera intención fue ir en busca de quien fuera el dueño, para pedir una gratificación por la ayuda, claro está, pero al acercarnos a las lindes del bosque, vimos que un muchacho loco con el pelo naranja estaba plantándoles cara a la manada de Zann, un lobo que llevaba dándonos problemas desde hace varios años. Así que aprovechando que los lobos estaban todos agrupados, decidimos acudir para acabar con ellos. – Hakourou se inclinó hacia Tasuki, con los ojos fijos en los del chico – Estás aquí porque tú acabaste con Zann con tus propias manos, cuerpo a cuerpo, y recibiste un buen recuerdo de aquella maldita criatura. – Esto último lo dijo dirigiendo su mirada al hombro vendado de Tasuki. El chico, se tocó levemente el hombro, ahora comenzaba a recordar todo. – Pero ¿de dónde diablos has salido tú? – preguntó Hakourou.
- Soy de un pueblo situado no muy lejos de aquí, se llama Taito-shi – El hombre asintió con la cabeza sonriendo, alentándole a continuar. – Me cansé de la vida que tenía allí y decidí escaparme. Lo hice por la noche, y le robé el caballo a mi hermana. Quería llegar hasta Koitsenin pero me dí cuenta que para evitar que me encontraran debía atravesar el bosque en lugar de seguir el camino principal. Así fue como llegué a la explanada donde encontré a los lobos. Mi caballo debió olerlos y se fue corriendo antes de que pudiera montarlo.
Hakourou escuchó con atención la historia del muchacho. Pensó que era un chico muy valiente, y algo loco. Nadie en su sano juicio le habría plantado cara a una manada de más de 30 lobos como hizo él. Y eso le gustó.
- Es necesario que sepas que cuando alguien llega a la guarida de los bandidos, no puede abandonarla, a menos que entre a formar parte de la banda. Sólo así podemos mantener en secreto la ubicación de nuestra guarida. Supongo que lo entenderás – le informó Hakourou. Tasuki bajó la vista a su bol de arroz, asimilando lo que aquello quería decir.
Formar parte de una banda de bandidos. No tener que rendirle cuentas a nadie nunca más. No tener que dejarse las manos en carne viva trabajando la tierra. Y sobretodo, no tener que aguantar nunca más a ninguna mujer que le diera órdenes y le ridiculizara. No parecía un mal plan. De todas formas, ¿qué habría hecho una vez hubiera llegado a Koitsenin?
- De acuerdo. Me quedo, formaré parte de la banda. – dijo Tasuki, con decisión. Hakourou rió ante la impulsividad del chico.
- Aguarda un poco. No es así de fácil. Primero deberás aprender todo lo necesario para hacer nuestro trabajo. Deberás aprender a luchar, y también a robar. Robar es todo un arte, muchacho. Aunque nosotros sólo robamos a los más ricos y a los que tratan más injustamente a las personas, nunca a la gente humilde. – Explicó Hakourou. Tasuki asintió con la cabeza, demostrándole que había entendido todo. – Bueno, pues si lo has entendido todo, a partir de ahora yo seré tu maestro. ¿Cómo te llamas chico?
- Todo,s excepto mi familia, me llaman Tasuki. – respondió el muchacho.
- Y, ¿cómo te llamaba tu familia? – inquirió Hakourou.
- … ¿Qué más da? Todos ellos están muertos para mí. – dijo secamente Tasuki. Hakourou le miró con frialdad, y le dijo.
- ¿Tanto les odias que deseas borrarles de tu pasado? – le preguntó Hakourou. Tasuki no contestó. Continuó mirando en silencio los palillos dentro de su cuenco de arroz. - En ese caso, como maestro tuyo te daré un nombre nuevo.
Hakourou introdujo una mano por dentro de la casaca que llevaba y sacó un extraño colgante.
- A partir de ahora te llamarás Genrou, Lobo Fantasma – le dijo. Y colocó el colgante alrededor del cuello de Tasuki. El chico, tomó entre sus dedos la extraña pieza engarzada a la cadena. Era una garra de lobo. La garra del lobo al que mató con sus propias manos. Su primer trofeo de guerra.
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Hasta el siguiente capítulo!
