Nada del universo de Harry Potter me pertenece. Todo es propiedad de la gran J. K. Rowling

El Príncipe de Hogwarts

Capítulo 3. De pocionista a medimago

Cuando la puerta del sótano se abrió, desgarradores gritos impregnados en dolor y llanto alcanzaron sus oídos. Obviamente había un hechizo silenciador en el lugar, porque era imposible que esto no se escuchara desde la entrada principal.

Delante de él, Narcissa se petrificó, sus ojos azules veían fijamente los escalones que bajaban hacia la oscuridad y Severus sintió la impaciencia recorrerlo mientras pasaba su peso de una pierna a otra; ella estaba obstruyendo el paso.

"¿Narcissa?" – la bruja reaccionó de pronto y se hizo a un lado sin voltear a verlo. Él dio unos pasos adelante deteniéndose donde había estado ella y giró su rostro para verla a su lado, respirando con dificultad – "No será bien visto…que no bajes."

Ella lo sabía; tenía que regresar al sótano, al lugar dónde su hermana estaba siendo brutalmente torturada. Tenía que estar presente mientras todo pasaba, porque el Señor Oscuro era sádico y esto era sin duda uno más de los castigos para con los Malfoy, con quienes aún estaba enfadado. No volver sería como un desafío de su parte, como un "no tengo por qué soportar esto, me largo" que no repercutiría sólo en ella, sino en toda su familia.

Lentamente asintió y Snape comenzó a bajar las escaleras con pasos firmes y rápidos mientras escuchaba los tacones de la bruja seguirlo hasta llegar a un lugar tan frío y oscuro como las mazmorras de Hogwarts, pero el aire era pesado y hediondo, y conforme más avanzaban entre las celdas que flanqueaban el pasillo principal, la peste aumentaba; olía a orines y sangre y putrefacción, tanto, que él casi podía sentir el sabor del ambiente en su boca, pero no dio señales de ello, se concentró en mantenerse impasible, lográndolo apenas gracias al intenso entrenamiento de dominio mental que había perfeccionado con el paso de los años.

Escuchaba el pesado resoplar de aire que salía por la boca de Narcissa, que caminaba muy cerca detrás de él, y no tuvo que voltear a verla para saber que estaba cubriéndose la nariz con una blanca mano. Distantemente sintió un dejo de enojo, como si le molestara que ella tuviera que pasar por esto. ¿Qué hace una dama como tú, en un lugar como éste?, escuchó a su mente decir y casi rió ante el extraño amago de caballerosidad que aún quedaba en él.

Los gritos provenían de un calabozo de puerta amplia. Conocía bien ese lugar, había estado allí muchas veces cuando comenzaba su vida de mortífago en la primera guerra mágica; ellos se reunían con frecuencia en la mansión Malfoy o en la residencia Lestrange, ambas casonas con suficiente espacio para llevar a cabo rituales de magia negra, torturas a muggles, sangre sucias y traidores, sacrificios humanos, pactos oscuros y… otras cosas. Él casi negó con la cabeza; ¡era tan joven en ese entonces! se había dejado seducir por el poder que la magia oscura ofrecía, y todas las promesas de gloria que el Lord había hecho a sus seguidores parecían tan fascinantes, tan tentadoras, que lo habían cegado, atrapándolo lentamente en la oscuridad.

Pero la gloria nunca llegó, y él vio escurrirse entre sus dedos lo único bueno que había tocado su vida. ¡Había pensado que lo tendría todo!... pero todo se desvaneció entre un destello de luz verde y precioso cabello rojo flotando en el aire.

Snape apartó de golpe todo pensamiento de su mente cuando alcanzó la puerta, y entró sin llamar, sabiendo que lo esperaban. La mazmorra era muy grande y estaba iluminada por un candelabro colgando del techo alto, que era lo único que la adornaba. Unos metros frente a él, encontró el perfil de Lucius Malfoy, su rostro pálido y crispado observaba ido a dos figuras retorciéndose de dolor en el suelo al otro lado del cuarto. A su lado estaba Yaxley, casi tan alto como Lucius, pero con un semblante que denotaba la soberbia que al otro ya le faltaba. Ambos flanqueaban a Bellatrix, la feroz, desequilibrada mortífaga que, a diferencia de Narcissa, parecía bastante entusiasmada con la deplorable escena que tenía enfrente.

"¡Ah, Severus! ven pasa, pronto terminaré con esto y podremos pasar a asuntos más importantes" – la siseante voz de Voldemort lo llamó desde su izquierda. Su tono amable, casi paternal que solía usar con aquellos que tenían su favor. Ahora, Severus se daba cuenta de que esa era una de las cualidades que atraían del Señor Oscuro; podía ser cruel y no había uno sólo de sus seguidores que no le tuviera en menor o mayor medida miedo, pero la simpatía y el reconocimiento que les mostraba al realizar bien su trabajo los hacía querer conseguir más, como un montón de niños queriendo la atención de su padre, un padre poderoso y respetado. Porque, viéndolo desde lejos y a media luz, eso es lo que el Señor era; una retorcida figura paterna.

Severus asintió con reverencia antes de dirigir su vista hacia las dos personas en el suelo que eran víctimas de la varita del Lord. Un charco de sangre se extendía bajo ellos; la mujer llevaba un lamentable vestido desgarrado que dejaba a la vista sus largas y pálidas piernas llenas de heridas y llagas, al igual que sus brazos. Su cabello le cubría el rostro, pero estaba seguro que de no hacerlo, todos podrían ver lo dañado que también estaba. El hombre no se encontraba en mejores condiciones; tumbado boca arriba respiraba con dificultad, sus ojos fuertemente cerrados completaban una expresión de intenso sufrimiento. Le habían quitado la camisa y sobre su pecho desnudo tenía sangrantes cortes y severas quemaduras.

"Por favor…no…sabemos nada…" – suplicó aún con los ojos cerrados.

"¡Cállate, miserable sangre sucia! Mi señor, por favor permítame enseñarle a ésta escoria" – Bellatrix se había parado cerca de los prisioneros sacando su varita y viendo a su señor con expresión suplicante. Estaba ansiosa por demostrarle su total y completa devoción al castigar ella misma a su "familia".

Detrás de él, Severus escuchó un leve gemido provenir de Narcissa, pero no volteó a verla.

Lucius había girado sutilmente hacía donde ellos estaban, sus ojos conectaron con los de su esposa y ésta caminó rápidamente hacía él, parándose a su lado. Snape permaneció impasible, cuadrándose en su lugar preparado para observar la siguiente tortura por parte de Bellatrix, El Lord, e incluso Lucius, quién fue "otorgado con el honor" de azotar a esa parte impura de su parentela frente a los ojos de su afligida esposa, supuestamente, para sacarles información sobre Potter.

Snape sentía impotencia; le había dicho a Narcissa que intentaría ayudar a su hermana y su esposo, pero justo en éste momento no había nada que pudiera hacer, sólo esperar que ninguno de los dos muriera durante la tortura, para después, cuando estuviera a solas con el Lord, tratar de persuadirlo para que los dejara libres. Algo que incluso Narcissa sabía, era casi imposible. Afortunadamente, ni ella, ni Severus, ni Yaxley fueron tomados en cuenta en dicho…entretenimiento.

Cuando el Señor pensó que era suficiente, se volvió hacia sus seguidores. Sus ojos reptilianos pasaron sobre cada uno.

"Bien, dejemos a nuestros invitados aquí, tenemos cosas importantes que hacer. Subamos a un lugar más apropiado para charlar" – Snape observó a su señor caminar ágilmente hacía la puerta antes de voltear hacia él - "Vamos, Severus, hay varias cosas que quiero discutir contigo. Lucius, Bellatrix, ustedes también deben estar presentes y Yaxley…" - el aludido observó al Lord, sus ojos brillando con lo que parecía esperanza contenida, y una horrenda sonrisa se formó en sus labios cuándo escuchó el final de la oración – "Cuando termines aquí, te esperamos arriba, intenta no tardar ¿quieres?"

Un silencio incómodo se formó de repente, y todos intuyeron lo que iba a hacer Yaxley. Los Tonks estaban por conocer otro tipo de tortura.

El Señor Tenebroso cruzó la puerta para dirigirse al primer piso, Bellatrix lo siguió de cerca, muy contenta de ser invitada a la reunión que estaba por comenzar, pero Lucius se quedó atrás, jalando discreta pero firmemente de la mano a su esposa, que estaba clavada en su lugar viendo hacía una terriblemente lastimada Andrómeda. Sus bellos ojos estaban rojos y las lágrimas corrían sin parar por sus mejillas.

Severus sintió el inicio de un escalofrío formarse en su espalda baja, pero logró controlarlo antes de que fuera evidente.

"¡Vamos, Narcissa, no te puedes quedar aquí!" – decía Lucius en susurros desesperados, tratando de hacer que su esposa lo siguiera, pero ella trataba de liberarse de su agarre e ir hacia su hermana.

"¡No, Andrómeda!...no, no…"- decía ella con voz quebrada.

Severus los veía forcejear, sabía que no podían demorarse mucho en subir. También sabía que una orden había sido dada y nadie podía contradecir al mago oscuro más peligroso de todos los tiempos sin obtener una maldición a cambio, así que, casi sin pensar, se acercó hasta ellos y tomó a Narcissa del otro brazo para jalarla junto con Lucius hasta la puerta y obligarla a marcharse.

Antes de salir, Severus miró a Yaxley, quien ya caminaba con expresión lujuriosa hacía Andrómeda y comenzaba a desabrocharse la camisa, ajeno a la mirada homicida que Snape le lanzaba.

Pero el pocionista no podía hacer nada más que cerrar la puerta detrás de él.


La reunión no se extendió mucho. El Lord habló con ellos acerca de las medidas que se tomaban en el Ministerio; cómo los progresos que se habían hecho gracias a la Comisión de Registro de Nacidos de Muggles, y las nuevas medidas que se tomarían tanto ahí como en Hogwarts; en la escuela se pondrían mortífagos por cada puerta y cada pasadizo a Hogsmeade, para vigilar que nadie saliera o entrara, y enviarían algunos Dementores con la misma finalidad, pues se creía que tarde o temprano Potter regresaría a solicitar refuerzos.

También se habló del grupo de "apoyo a la causa": los Carroñeros, que recibían dinero a cambio de cazar nacidos de muggles y enemigos del estado como Potter o su amiga Granger. En éste punto de la conversación, Severus tuvo que hacer un esfuerzo por ocultar en la parte más alejada de su mente los sentimientos de angustia que de pronto lo invadieron al pensar en lo que pasaría si esos chicos tenían la desgracia de caer en manos de los carroñeros, y mientras lo hacía se dio cuenta de que, quizás por primera vez, no estaba pensando en ellos como "el engreído Potter al que tenía que cuidar" o "la insoportable sabelotodo Granger" sino como dos simples chicos, dos de sus ex alumnos, dos niños a quienes había visto crecer…entonces se regañó a sí mismo; se estaba poniendo estúpidamente nostálgico y en el momento menos apropiado.

Debo estar envejeciendo, pensó con sarcasmo.

Yaxley se les unió poco después, venía algo sudado, pero fuera de eso estaba tan presentable como en cualquier otro encuentro con el Señor Tenebroso -Snape se forzó a no mostrar una expresión de fastidio cuando el mortífago se sentó a su lado con una satisfecha mueca sonriente - y después de que él y Snape pusieron al tanto al Lord sobre lo que ocurría en sus respectivos dominios – El Ministerio y Hogwarts – la sesión se dio por concluida.

Todos comenzaron a levantarse y Severus sabía que esa podía ser la primera y última oportunidad que tendría para tratar de intervenir por los Tonks, así que, esperando a que todos hubieran salido, se acercó a Voldemort, que se había aproximado a la chimenea encendida, dándole la espalda. Tomando un profundo respiro de resolución, Snape habló, su mente trabajando a toda potencia para idear la mejor forma de acercarse al tema de los prisioneros sin parecer interesado.

"Mi Señor, ¿me permitiría un momento para dirigirme a usted…a solas?" – concluyó viendo de soslayo a Bellatrix, que hacía todo para retrasar su salida y lo veía con rencor desde la puerta.

El Lord volteó lentamente para verlo a los ojos.

"Por supuesto, Severus, por supuesto" – dijo levantando su varita y cerrando con magia la puerta, sacando bruscamente a Bellatrix en el proceso. – "Dime, ¿qué sucede?"

Snape usó toda su habilidad en oclumancia mientras hablaba lo más elocuentemente que le era posible con Voldemort.


Menos de treinta minutos después, Bellatrix vio salir a Snape por la enorme puerta de caoba tallada del comedor. Se acercó a ella de un par de zancadas, alto y solemne.

"El Señor solicita tu presencia, desea que lo acompañes a la antigua residencia Black" – dijo escuetamente. Bellatrix se mostró encantada y pasó rápidamente a su lado, entrando por la puerta de la que él había salido. No fue hasta que Snape escuchó el fuego de la Red Flu apagarse, que corrió a los calabozos de la mansión con su capa ondeando fuertemente tras él.

La angustia que lo invadía hizo que el camino hasta la celda le pareciera excesivamente más largo que la vez anterior, y cuando por fin cruzó la puerta, entrando al lugar como un huracán, se detuvo un momento para asimilar la escena ante él.

La sangre manchaba el suelo y las paredes, lo que daba un aspecto más tétrico al calabozo. Dispersas sobre el piso había ropas tan desgarradas que apenas se podían considerar más que trapos. Al fondo, en una colchoneta, se encontraba Andrómeda Tonks, desmayada, desnuda y tapada con una frazada que apenas la cubría completa, tenía un aspecto aún peor –si eso era posible – que un par de horas atrás, era obvio que había sido brutalmente violada y lacerada. Narcissa estaba arrodillada junto a ella, tomando su mano mientras lloraba y Lucius estaba parado a un lado, incapaz de hacer mucho a falta de su varita.

Severus notó que el esposo de Andrómeda, Ted, estaba sobre otra colchoneta, pero no parecía que se hubiesen ocupado de él además de separarlo del frío suelo. También estaba inconsciente y tenía el aspecto de un desahuciado en la peor de las condiciones.

"¡Severus!"– dijo Lucius acercándose a él con pasos ansiosos. Narcissa volteó a verlo sollozante. – "has… ¿has hablado con el Señor?"

"Sí. Pueden subirlos a las habitaciones, si se recuperan podrán irse" – les dijo rápidamente. Eso pareció invocar algo de vida en los Malfoy, porque en menos de un minuto ambos salían llevando a Andrómeda -bueno, Narcissa, quien sí tenía varita, la sacó flotando – mientras él mismo tuvo que llevar al hombre, haciendo levitar su colchoneta lo más cuidadosamente que le fue posible.

"¡He detenido la hemorragia, Severus, pero no me ha sido posible reparar los daños internos!" – decía desesperada Narcissa mientras caminaban. A Snape no le sorprendió oírlo; los Tonks estaban en muy mal estado, seguramente morirían si no se les atendía de inmediato, quizás incluso ya no hubiera mucho que hacer. La tortura había sido intensa y larga y probablemente había dañado órganos vitales, por lo cual sería requerida la intervención de un profesional. Pero estaban muy débiles para trasladarlos a San Mungo, además, si el Lord o los otros se enteraban de la inmensa preocupación de los Malfoy por la "traidora a la sangre" y su esposo el "sangre sucia" no se lo tomarían muy bien ¿Después de todo, por qué tomarse la molestia de buscar ayuda médica para ellos?

No había opción, deberían atenderlos ahí mismo.

Al llegar al segundo piso los metieron en una espaciosa y lujosamente decorada habitación; Andrómeda ocupó la cama y Snape no había terminado de colocar sobre el suelo la colchoneta de Ted cuando Lucius lo llamó desde atrás, su voz sonando levemente más razonada que preocupada.

"Severus, ¿podrás hacer algo por… ellos?"

Snape volteó hacía él, meditativo; la gente solía pensar que podía hacer el trabajo de un Medimago sólo por ser pocionista y tener nociones del funcionamiento corporal, aún si esto iba enfocado a la actividad de cada poción más que en el trabajo global orgánico por sí mismo. En Hogwarts, en casos graves no era raro que Dumbledore o Poppy lo llamaran para pedir su opinión –especialmente si se sospechaba de envenenamientos o uso de magia negra-, en cuanto a su trabajo para el Señor Tenebroso, las misiones y los castigos habían vuelto necesario el adquirir conocimientos de medimagia, aunque fueran básicos. Aun así, normalmente en un caso tan grave como éste, él recomendaría la búsqueda de un profesional, pero obviamente esa no era una opción ahora.

"Puedo tratar, pero necesitaré algunas pociones…" – respondió suavemente.

"Tenemos un botiquín, lo traeré enseguida" – se apresuró a decir Narcissa y salió corriendo de la habitación.

Severus ya estaba revisando a Ted cuándo ella volvió. Entre ambos los inspeccionaron, encontrando más heridas y daños de los que se imaginaban al ir avanzando. El hombre apenas respiraba, estaba bastante pálido y tenía sangre en la boca, lo cual podía indicar daño del tracto respiratorio o digestivo. Snape logró hallar con ayuda de hechizos de medimagia, una severa fisura interna causada por la fractura de varias costillas, lo cual, aunado a las muchas heridas corporales habían causado una terrible pérdida de sangre. Afortunadamente tenían a la mano Esencia de Díctamo y Poción crece-huesos, pero el tratamiento era doloroso y largo, quizás le tomaría para sanar por completo unos diez días y Severus no estaba seguro de que estuviera en condiciones para soportarlo.

Después de aplicar ambas pociones a Ted, Severus se enderezó y fue hacia la cama donde Narcissa atendía a su hermana con ojos aún llenos de lágrimas y tan hinchados que se sorprendió de que aún pudiera ver. Ella lo notó acercarse.

"Ayúdala por favor Severus, no sé qué más hacer…está muy mal…ese Yaxley…ese…" – ella se soltó a llorar, incapaz de seguir hablando, sus manos temblaban y se veía tan vulnerable como lo había estado hacía un año, cuando le rogó que hiciera un juramento inquebrantable para proteger a su hijo. Él no tuvo que escuchar lo que ella no dijo; era obvio lo que Yaxley había hecho con su hermana.

Lucius, que había estado al margen, frustrado de no poder hacer nada, se acercó rápidamente a ella y puso su brazo alrededor de sus hombros. Severus sospechaba que no le importaba tanto lo que pasara con los Tonks, sino lo que su esposa sufriera.

"Tendré que revisarla, Narcissa" – dijo Snape, con voz gélida– "He terminado con su esposo, pero sería de gran ayuda que le aplicaras ungüento para quemaduras y lo vendaras. Por él, no hay más que yo pueda hacer" – concluyó solemne, con cuidado de no dar un pronóstico y delegando ésta tarea a ella para mantenerla ocupada mientras él examinaba a Andrómeda, lo cual, iba a ser bastante incómodo para todos.

Narcissa vaciló un momento y volteó a ver a su hermana. Sabía que Snape podría ayudarla más de lo que ella podía, pero el que tuviera que verla desnuda y esculcarla la conflictuaba con su recatada educación; hubiera preferido que alguna bruja medimaga estuviera ahí para hacer el trabajo, pero eso no era posible. Sin querer perder más valioso tiempo, ella se paró y junto a Lucius se acercó a Ted para comenzar a vendarlo.

Cuando le dejaron el paso libre, Severus reunió todo su coraje para hacer lo que había querido posponer desde que supo que tendría que asistir en la sanación de los Tonks. Suavemente, retiró la sábana que cubría a la mujer y se encontró con un cuerpo delgado, blanco como la nieve y tan magullado que hacían de ella una amarga y trágica visión. Estaba más limpia que Ted y muchas de sus heridas habían sido sanadas casi por completo, pero otras, las más profundas, aún se veían húmedas por la sangre a medio cicatrizar. Las llagas de sus brazos y piernas también parecían estar en proceso de cierre, pero requerirían de una poción para terminar de sanar. Pese a todo, para no ser medimaga Narcissa había hecho un trabajo bastante bueno en las curaciones externas. Ahora le tocaba a él tratar de curar el daño interno.

Andrómeda tenía rotos cuatro dedos de la mano derecha, como si se los hubieran pisado con saña, tenía desgarre muscular en ambas piernas, seguramente debido a la maldición cruciatus y, mientras Severus subía su varita haciendo un escaneo mágico de todo su cuerpo, se topó con algo que no había notado, quizás por estar evitando pasar sus ojos por esa zona: uno de sus pezones estaba destrozado, como si hubiera sido masticado fuertemente, y a juzgar por el enrojecimiento y la cicatriz en uno de sus lados, había sido arrancado casi por completo y vuelto a soldar en su lugar recientemente.

"Ese imbécil" – pensó Snape enojado. Yaxley tenía fama de preferir la tortura sexual, gusto que él y algunos otros no compartían, pero no era sorpresa; Yaxley siempre había parecido mucho más obsesionado por el sexo que cualquier otro mortífago; era conocido por hacer fiestas que terminaban en orgías, rifas de jovencitas, tanto muggles como brujas secuestradas para jugar con ellas hasta que sus cuerpos estuvieran tan dañados que dejaran de ser útiles, y entonces las mataban. Le encantaban las violaciones grupales a los prisioneros que estuvieran en su casa, lo cual el Lord no veía mal, porque claro, todo ser que osara oponerse a él merecía una terrible tortura.

Obviamente, con Andrómeda no había encontrado motivo para contenerse y eso era realmente preocupante. Recordando lo que sabía Yaxley hacía con sus víctimas, Severus dirigió sus manos a las piernas de la mujer, tratando de no pensar mucho en lo que estaba haciendo, y las separó con cuidado para poder tener vista a sus genitales y examinarla. Con dedos profesionales separó sus labios vaginales, anormalmente rojos e hinchados, y la inmensa incomodidad que sentía disminuyó un poco con lo que encontró; por dentro, Andrómeda tenía horribles quemaduras y sus paredes vaginales se habían adherido en varias partes. Severus sintió un escalofrío mientras una imagen de Yaxley metiendo a la vagina de la bruja su varita con la punta al rojo vivo sacudió su mente.

Su mano se crispó en enojo y requirió de gran autocontrol para no levantarse, salir de la mansión, aparecerse en la casa de Yaxley y lanzarle un cruciatus. Era extraño como se sentía respecto a las acciones del otro hombre ahora; hace mucho, cuando era más joven, lo que Yaxley o cualquiera de sus compañeros mortífagos hiciera a los prisioneros no le era de gran importancia, él sólo estaba interesado en la magia negra, el conocimiento de las artes oscuras y el poder.

Pero ahora…ahora, había más. Ahora existía en él preocupación por otros. Por más que deseara lo contrario, ya no podía andar por la vida con indiferencia hacía el sufrimiento ajeno, ya no podía hacer oídos sordos a los gritos de ayuda o dolor, aun cuando muchas veces tenía que aparentar lo contrario. Y era cansado, era difícil que le importara todo a su alrededor, más difícil que la cómoda indiferencia. Severus estaba seguro de que todos esos años al lado de Dumbledore tenían mucho que ver en éste cambio. Tantos años en Hogwarts, en un ambiente infantil e inocente donde no era un seguidor sino un tutor que debía preocuparse, velar por la seguridad de los estudiantes, enseñar, guiar, dar un buen ejemplo… había pasado muchos más años siendo profesor que siendo un mortífago, más años cuidando que lastimando, tantos, que ya no le era posible volver a ser lo que era.

De pronto, una urgencia por volver al colegio, a ese ambiente conocido y cálido lejos de esto, lo invadió.

Severus enfocó su vista en Andrómeda, estaba seguro de que podía ayudarla. Después de administrarle un par de pociones para sus heridas y fracturas, llamó a Narcissa y le indicó –no sin una abrumadora sensación de vergüenza e infinita incomodidad- que la untara con ungüento para quemaduras. Le aconsejó una serie de pociones que la ayudarían a sanar y otras que le darían fuerza para recuperarse, finalmente, usó un hechizo revitalizante en ella –al igual que previamente hiciera con Ted - y su tarea ahí estuvo hecha.

"Tendrán que estar vigilándolos por la noche" – les dijo a los Malfoy mientras se limpiaba las manos con un pañuelo, aliviado de haber terminado. – "Especialmente a él. Si está vivo para mañana…será una excelente señal" – concluyó dirigiéndole una mirada grave a Ted. Luego se acercó a una de las mesitas de noche que estaba llena ahora de frascos de pociones de todos tamaños y colores. – "Deben darles esto cada cinco horas. El ungüento cada tres y ésta es cada siete" – decía mientras iba tomando distintas botellitas para mostrarlas rápidamente y volverlas a colocar en la mesa.

Narcissa asentía a cada indicación.

"Te lo agradecemos mucho Severus, no sé qué hubiéramos hecho de no haber estado tú" – dijo ella y Snape notó una mirada de fastidio en el rostro demacrado de Lucius, pero él también asintió.

"No fue…nada" – respondió entrecortadamente antes de dirigirse hacia la puerta, pero antes de cruzarla una delicada mano lo agarró del brazo. Él giró para ver a Narcissa.

"Has hecho tanto por nosotros, salvaste a nuestro hijo y ahora salvas a mi hermana y su marido, estamos en deuda"

Él la miró a los ojos, casi extrañado.

"Narcissa, ¿realmente crees que logré disuadir al Lord de no matarlos? No, si tu hermana y su esposo siguen con vida no ha sido por mi intervención, sino porque el Señor Tenebroso ya lo planeaba así. Ellos no fueron asesinados por una razón; por si Potter intenta volver a contactarlos" – aquí se quedó callado, dándole tiempo a la bruja de procesar sus palabras. Luego dejó escapar aire por la nariz, como una parodia extraña de un suspiro – "Te seré sincero, tu hermana tiene mucha suerte de estar viva. Por cierto, recomendaría encarecidamente una poción anticonceptiva para evitar…efectos secundarios" – concluyó dándole una última mirada a la dormida Andrómeda, luego dio la vuelta y salió de la habitación.

Lo que más quería era llegar a Hogwarts y asegurarse de que todo estaba en orden, de que ningún profesor o estudiante había muerto y, de ser posible, descansar un poco.

En la penumbra de la madrugada, Severus dejó al viento frío tocar su rostro y jugar con su cabello un momento, luego desapareció.


Había sido una estupidez pensar que tendría un descanso cuando llegara al colegio, porque eso lo haría feliz y obviamente el mundo no quería que fuera feliz.

Acababa de entrar al castillo y había comenzado a subir las primeras escaleras en su camino hasta su cómodo despacho, cuando McGonagall lo encontró y con voz y ojos enojados –a los cuales ya se estaba acostumbrando- le informó de todo lo que había ocurrido en su ausencia; al parecer Amycus había tenido un problema con el profesor Slughorn, concerniente a un mensaje escrito en una pared por algún estudiante, que había terminado con el profesor de pociones siendo empujado por las escaleras y golpeándose tan severamente que había sido llevado a la enfermería, donde Severus estaba ahora escuchando los reclamos de Poppy y McGonagall.

"¡Tendrá que quedarse aquí un par de días para asegurarme de que se recuperará!" – decía la enfermera, sus ojos relampagueando de odio hacia Snape.

"Por supuesto" – respondió con su habitual indiferencia, volteando a ver a quien le había enseñado el arte de la preparación de pociones cuando era niño y que ahora tenía vendada la cabeza y una mano. El rostro avejentado lo veía de regreso, con miedo en los ojos.

"Pero, mis clases del lunes…" – comenzó Slughorn antes de ser interrumpido por Snape.

"Yo las daré en tu lugar Horace, después de todo, no hay poción en el temario que yo no haya enseñado" – dijo con voz petulante antes de voltearse y salir de la enfermería con aire soberbio, impidiendo que siguieran reteniéndolo con su parloteo. Estaba cansado, necesitaba dormir, necesitaba olvidarse de todo un momento.

Y mientras se encaminaba a su despacho con la punta de la varita iluminando su camino por los oscuros corredores, pasó frente a una pared que tenía grandes palabras escritas con magia. El color dorado de las letras brilló ante la luz de su varita cuando se acercó a leer la razón por la que había comenzado la pelea que enviara a Slughorn a la enfermería:

"El Ejercito de Dumbledore vive y peleará. Fuera mortífagos"

Por su mente cansada, sólo cruzó un pensamiento: Va a ser un año muy largo.


Hasta aquí por ahora. Una disculpa, sé que dije que habría una clase de pociones en éste capítulo, pero quedó tan largo que decidí cortarlo a la mitad. Aún así, en el próximo por fin veremos a Snape en su papel de profesor (parece que tiene muchos no?: espía, mortífago, pocionista, y medimago ahora XD)
Si se fijan, Snape parece tener cierta...debilidad por las peticiones de Narcissa, no se, él ama a Lily claro, pero Narcissa es hermosa, elegante, delicada, indefensa y bueno, él es un hombre y tiene ojos XD
Espero les esté gustando, pasamos a clasificación M de una vez.
LOS REVIEWS NO CUESTAN Y SU OPINIÓN ES TOMADA EN CUENTA! :D