Disclaimer: Aunque no lo dije antes, lo digo ahora y que valga para todo lo que escriba aquí: los personajes no son míos, pertenecen a JK Rowling. Ahora, lo que hacen aquí, es parte de mi febril imaginación y nada más.
Gracias a todos por sus críticas y saludos, me gusta mucho recibirlas, y de hecho es por eso que he continuado esta historia, que si no la habría tirado por ahí, como a la mayoría.
Besos y abrazos a Sayuri Hasekura y Vampilolita. ¡Rickman por siempre!
Capítulo III
Era pleno verano, pero caía una ligera lluvia, limpiando el aire y la vegetación que rodeaba al castillo, y las piedras del castillo mismo. Severus miraba la lluvia caer a través de su ventana, miraba las nubes grises y pensaba que él también se sentía así: gris y sin fuerza. Comenzaba a extrañar a su enfermera. No es que le tuviera ningún aprecio especial, pero... ya nadie venía a visitarlo. Incluso Minerva había dejado de ir a verlo, pero él no la culpaba; sabía exactamente cuánto trabajo implicaba ser el director de Hogwarts por experiencia propia, y además... bueno, no es que nadie estuviera ansioso por ver a una persona como él. Así que estaba resignado a esperar a su enfermera.
—Hola, profesor. ¿Cómo se siente hoy?
Severus escuchó la voz de Hermione y se alegró de que estuviera de vuelta. Claro que no iba a dejarlo ver, pero eso no significaba que no se alegrara sinceramente.
—¿Tarde hoy, señorita Granger?
—No, no tarde. Tenía clases. La mayoría de mis profesores decidieron dejarme lecturas y ejercicios para completar mis estudios, pero hay dos clases en la que necesito estar presente: Defensa contra las artes oscuras y Pociones.
—¿Y quién está dando pociones? —preguntó Severus con un gesto de molestia. A pesar de no haber hecho clases de pociones por dos años ya, no podía evitar sentir como si alguien estuviera metiéndose en su territorio.
—El profesor Slughorn. —Severus hizo un gesto de incredulidad y ella continuó explicándole.— Nadie más quiso tomar el puesto. La profesora McGonnagall me confesó que no hubiera querido contratarlo, viendo cómo se comportó durante la batalla, pero resulta que ahora hay un estúpido rumor que dice que el puesto está maldito, tal y como lo estuvo el de Defensa contra las artes oscuras.
—¿Y quién se supone que maldijo el puesto de profesor de pociones? —preguntó él un tanto confundido. Voldemort ya estaba muerto, los mortífagos en fuga... ¿quién iba a querer hacer algo así?
Hermione se alejó de la cama fingiendo que necesitaba algo de la mesita. En estos casos, siempre la ubicación es lo más importante.
—Usted, profesor, ¿quién más?
Severus la miró incrédulo, y luego se echó a reír, pero era una risa amarga. ¿Es que jamás lo iban a ... no digamos perdonar, pero... dejar en paz? Hermione por su parte hubiera querido darle alguna palabra de aliento, decir que lo sentía, o que no debería importarle, pero sabía que era mejor quedarse callada con eso. Y para rellenar el momento incómodo, se puso a parlotear sobre sus estudios.
—Necesito las clases de Defensa porque es una rama eminentemente práctica. Claro que he aprendido mucho con Harry y con la guerra, pero... —suspiró— y bueno, pociones. Por alguna razón sigo teniendo ciertos problemas con esa materia. —Abrió un estante que había en la habitación y comenzó a sacar frascos de pociones y ungüentos para la herida— Hoy por ejemplo, se me hizo difícil que espesara mi poción antihemorrágica.
—¿Molió las bayas de saúco?
—No, las piqué, tal como dice el libro.
El profesor levantó una ceja, tomando su varita que estaba sobre el velador.
—Hay ciertas cosas que pueden ser mejoradas en ese libro. ¡Accio Moste Potente Potions!
Severus levantó una mano y esperó que el libro que Hermione había dejado sobre la mesa se moviera. Pero no se movió.
—Oh. —Hermione dejó caer su exclamación al comprender lo que sucedía.
—¡Accio Moste Potente Potions!
Nada.
El profesor se dejó caer sobre los cojines y cerró los ojos.
—¿Sabías de esto también?
—No. No creo que nadie supiera. Si madame Pomfrey lo hubiera sabido me lo hubiera dicho.
—Ni una palabra, ¿me entiendes?
Hermione dejó los frascos y se sentó en el borde de la cama. A cualquier otro paciente ella le hubiera tomado la mano para reconfortarlo, pero no a Severus.
—Todo esto debe ser temporal profesor. La incapacidad de caminar, la falta de... —las palabras murieron en su boca— He leído que en ocasiones, cuando un mago pasa por una situación como la suya, cuando hay una enfermedad grave, una depresión profunda, cualquier situación que acarree un estrés anormalmente grande, la magia puede abandonar al mago. Pero una vez superado el problema inicial la magia vuelve —susurró— debemos esperar, la magia volverá.
Aún hundido entre los cojines y con los párpados apretados, Severus habló entre dientes.
—¿Y si tiene que ver con la lesión de mi columna? ¿Me quedaré aquí para siempre, incapaz de caminar, incapaz de hacer magia?
Hermione sonrió. Había algo que ella sabía y él no,
—Profesor, usted es perfectamente capaz de caminar. —Él trató de incorporarse y hablar, súbitamente con los ojos desorbitados, pero ella lo detuvo poniendo una mano sobre su pecho— Los medimagos curaron la lesión. Hubo una cierta inflamación de la médula espinal, inevitable, pero está todo corregido. Su cuerpo recuperará la habilidad para caminar en cuanto usted le de la orden. Pero para eso es usted quien debe ser consciente de que puede, y no sólo eso, sino que debe tener la voluntad de hacerlo.
Él abrió la boca para hablar, pero no encontró las palabras y se quedó ahí, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. Ella sonrió ante la escena. Un Snape aturdido no era una visión que hubiera tenido el placer de ver antes. Si lograba conseguir prestado un pensadero sería una linda imagen que mostrarle a los muchachos.
—Lo sé, profesor. No es algo común que les suceda a los magos. Los muggles sufren de estas cosas más a menudo. Ellos reciben ayuda psicológica, pero los magos no tenemos nada semejante. Así que tendrá que lidiar con esto usted solo. —Hermione se levantó para retirarse de la cama, pero sintió una garra de acero cerrándose sobre su muñeca, deteniéndola.
—Júreme, señorita Granger, que no le va a decir nada de esto a nadie. A nadie. Ni siquiera a sus... "amiguitos".
Sus oscuros ojos se clavaron en los de ella, dos pozos profundos, hipnóticos. Algo dentro de ella hizo clic. Él confiaba en ella, por increíble que pudiera parecer. Él estaba en sus manos ahora.
—Se lo juro, profesor. —Le contestó sosteniéndole la mirada y agregó— Y le juro que lo voy a ayudar a salir de ésta.
Severus suspiró aliviado. Podía confiar en la sabelotodo, siempre se las arreglaba para encontrar una solución a los problemas más difíciles. Se acomodó en los cojines y cerró los ojos, esperando a que la chica hiciera su trabajo.
Los días pasaban sin mayor variación. Daba lo mismo un jueves que un sábado, ella siempre estaba cerca. Y cuando no estaba, la extrañaba. Se había acostumbrado al sonido de su voz, a su quieta presencia mientras estudiaba silenciosa en un rincón. Ella le traía libros y galletas de chocolate, que eran ambos su debilidad. Y aunque él no hablaba mucho, la dejaba parlotear su gusto cuando dejaba de estudiar. No es que hablara de cosas sin importancia, ella no era como sus coetáneas que habrían hablado de chicos o moda; ella más bien hablaba de libros, hechizos, pociones, y del futuro que le esperaba como medimaga. Gracias a ella conoció a algunos autores muggle que de otro modo habría despreciado, y se sintió particularmente conmovido al leer la "Balada de la Cárcel de Reading" de Oscar Wilde.*
Y una mañana, al acercarse a curar su herida (que se había reducido, pero no cerrado), él notó algo particular en el dedo anular de la mano derecha de ella.
—¡Señorita Granger! —le dijo con un fingido tono de admiración mientras le sujetaba la mano contra su voluntad— Noto algo distinto en esta mano. ¿Un rubí? Qué Gryffindor. ¿Potter?
—Ron. —Le corrigió ella retirando su mano suavemente, con la mirada baja. "¿Modestia?" Pensó Severus. "No", se corrigió, "no es modestia, ¡es vergüenza!"
—No me había contado que tenía un novio tan en serio.
—No me pareció apropiado.
—¿Cuándo será el feliz acontecimiento?
—Después de los ÉXTASIS.
Severus arqueó su ceja izquierda.
—Pronto, entonces. Muy pronto. ¿Hay algún apuro en particular?
Hermione se sintió indignada por la indirecta.
—¡No estoy embarazada! —chilló.
—¿Y cuál es el apuro, entonces? Son muy jóvenes todavía, y por alguna razón usted no encaja en el perfil de las muchachitas que quieren casarse apenas terminan el colegio.
—Ron... Le han ofrecido un puesto en los Chudley Cannons y quiere comenzar su propia familia. Sueña con tener hijos y...
—¿Y su entrenamiento en San Mungo? ¿Y sus sueños de convertirse en una investigadora?
Ella tomó una gran bocanada de aire antes de contestar.
—Puedo hacer todo eso. Aunque tal vez los hijos deberán esperar un poco.
—Y por supuesto, él está de acuerdo con todo eso.
Hermione guardó silencio. Snape se rió por lo bajo.
—Yo que usted esperaría un poco más antes de atar el lazo.
—Usted... usted no es nadie para dar esa clase de consejos —dijo ella temblando de rabia—, usted ha esperado demasiado, por lo visto. No conozco a ninguna señora Snape y dudo que alguna vez la vaya a conocer.
La sonrisa sarcástica murió en los labios de Severus.
—Usted no tiene ni la menor idea de las razones por las cuales yo he decidido no formar una familia, señorita Granger. —Respondió en voz baja, con un tono amenazador que helaba la sangre y una mirada sombría. Pero Hermione se negó a sentirse intimidada. Le plantó cara, mirándolo fijamente a los ojos y le habló tratando de imitar el mismo tono de voz.
—Vi sus memorias, señor. Harry me las mostró.
Snape estaba furioso de que esa chiquilla lo hubiera cogido en su propia trampa. Y de que no se sintiera intimidada con su mejor tono de amenaza.
—Le agradecería que no me hablara del tema nunca más. —Concluyó sin romper el contacto visual. Al menos en eso no se dejaría vencer.
—Igualmente, señor. —Contestó ella con una sonrisa forzada.
Y no hablaron más del tema. Pero Severus estaba convencido de que Hermione cometería el peor error de su vida casándose con Ronald Weasley. Por una parte, el muchacho estaba lejos de pertenecer a la misma categoría intelectual de Granger. Por supuesto, el muchacho tenía una mente analítica formidable, pero la sed de conocimientos de Hermione la situaba en otro nivel. Y pensándolo mejor, no había otro muchacho en Hogwarts que pudiera estar a su nivel. Un Ravenclaw, tal vez, pero los Ravenclaw carecían del espíritu y la valentía que exudaba ella por cada poro de su cuerpo. Y pensar que pronto estaría llena de críos pelirrojos, preocupada de cambiar pañales y cocinar... ¡qué desperdicio, por Merlín! Cualquier tonta podría parir diez críos y alimentarlos, pero... qué desperdicio. Severus se encogía de hombros mentalmente cada vez que el pensamiento lo asaltaba, diciéndose a sí mismo que si era eso lo que ella quería para su vida, pues entonces estaba bien. Pero él sabía que no era eso lo que ella realmente quería... y le molestaba como una piedra en el zapato. Bueno, asumiendo que usara zapatos...
Hermione por su parte estaba preocupada de otras cosas. El profesor no estaba haciendo ningún progreso, y a ese paso se pasaría el resto de su vida tumbado en esa cama, incapaz de hacer magia o caminar.
"Tengo que sacarlo de ahí", pensaba ella, desesperada. El quedarse encerrado en esa habitación sólo lo estaba condenando a perpetuar su estado depresivo. Tal vez si lo llevaba a su antiguo laboratorio de pociones recuperaría las ganas de moverse, de hacer algo por sí mismo... pero cómo moverlo. No le iba a echar un movilicorpus y a llevarlo flotando por medio Hogwarts, al menos no si quería llegar a vieja. Sabía que el profesor moriría antes de soportar semejante humillación, demasiado parecida a su experiencia con los merodeadores, aun cuando no estuviera flotando cabeza abajo. Tendría que hablar con el profesor Flitwick...
Y así fue como Hermione se presentó una mañana en la habitación del profesor Snape llevando...
—¿Qué rayos es eso, señorita Granger?
Hermione chasqueó su lengua.
—Profesor... una mente analítica como la suya... cualquiera diría que podría llegar a una conclusión por sí mismo.
—¡¿Una silla de ruedas?!
Pero no era una silla de ruedas común y corriente, como la de los muggles. En primer lugar era una maravillosa pieza de carpintería, confeccionada en madera de ébano, con hermosos tallados y primorosamente tapizada de chintz color granate con volutas de dorado oscuro. Y estaba encantada para subir y bajar escaleras y cualquier obstáculo que se pusiera en el camino. También estaba encantada para obedecer la voluntad mágica de quien la usara, pero... tendrían que prescindir de esa característica por el momento.
—¿Qué le pasó, Granger, se golpeó la cabeza, se cayó de la escoba? No voy a utilizar semejante cachivache. Lléveselo, no quiero verlo.
—Bueno, y entonces, ¿qué pretende hacer, profesor? ¿Quedarse tumbado en esa cama por el resto de sus días? —Exclamó ella exasperada, las manos en la cintura, irguiéndose amenazadoramente sobre él. Severus se quedó atónito, nunca ningún estudiante había tenido el coraje de enfrentarlo así. Pero tampoco se iba a dejar regañar por una aprendiza... o por nadie.
Se sentó rápidamente en la cama, poniendo su mejor cara de vampiro amargado y su tono de voz más intimidante.
—¡No voy a pasearme por ahí en esa cosa para que los alumnos se rían de mí!
—¡Noticias, profesor! ¡Los alumnos siempre se han reído de usted y no dejarán de hacerlo! Y eso usted lo sabe perfectamente. —Hermione se detuvo y lo miró directo a los ojos, a pocos centímetros de su cara.— Murciélago grasiento de las mazmorras, estúpido grasoso, ¡Batman!...
—¡BASTA, GRANGER! —Aulló él, tapándole la boca con la mano**, frustrado de no poder hacer nada más para detenerla. La muchacha ni siquiera se detuvo a pensar en nada, simplemente agarró esa mano y la quitó de su boca.
—¡No es como si no lo supiera! —escupió con rabia— y a nadie le importa un comino si usted camina, se arrastra, vuela o duerme colgado de la barra del ropero.
—¡¿Y entonces por qué le importa a usted?!
—¡Es una excelente pregunta, profesor, no veo por qué debería importarme si ni siquiera a usted le importa! —Bufó y luego respiró profundo para calmarse.— No debería importarme. Pero me importa —concluyó con tristeza.
El silencio cayó como una piedra entre los dos. No había nada más que decirse en ese momento. Severus se sentía aturdido de pensar que por lo menos para alguien era importante si vivía o se pudría en un pozo. Pero Hermione se sentía derrotada e impotente.
Ella se dirigió hacia la puerta con paso cansino y tomó su bolso con libros del suelo. Haciendo de tripas corazón, Severus preguntó:
—¿Hasta mañana, señorita Granger?
Hermione se detuvo un momento y lo pensó. No tenía idea de lo que haría. Y salió de la habitación sin voltearse ni despedirse.
Continuará.
Notas de la autora:
* La Balada de la Cárcel de Reading fue la obra más conmovedora de Oscar Wilde, quien la escribió mientras cumplía una condena de dos años de trabajos forzados por el delito de sodomía. Después de escribir esto jamás pudo escribir ni una sola palabra más (literariamente, claro), y al poco tiempo murió.
Ya no llevaba la guerrera roja
pues -la sangre y el vino rojos son,
y sangre y vino reteñían sus manos
cuando a él con la muerta se le halló,
con la mísera muerta que él amara
y a la que él en su lecho asesinó.
Si usan un poquito la imaginación sabrán por qué a Severus lo conmovió tanto este poema.
** Jajajaja... apuesto a que creían que la iba a callar con un beso... no, no, no... Severus es un poco más complejo que eso, niñas.
