Disclaimer: Resident Evil y sus personajes correspondientes son propiedad de Capcom.
Notas: -La canción "The worst hangover ever" es propiedad de Offspring. Sólo utilizo el nombre para dar título a este capítulo. Gracias. Por cierto, busquen la letra, es tremendamente educativa.
- Al utilizar nombres de compañías o lugares existentes, no pretendo crear mala fama, desacreditar o calumniar a nadie. Sólo es un apoyo que utilizo para aportar un mayor realismo a la historia.
Que los disfrutes, mi querido lector…
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"Luz de Sol"
Por: Galdor Ciryatan
CAPÍTULO 3.- The worst hangover ever
.-.-.-.
Leon Kennedy, hombre alto y fornido, separó lentamente sus párpados un hora más temprano de lo que comúnmente lo hacía, mostrándole así al mundo sus grisáceos ojos igual de atrayentes que su cuerpo.
Algo en su mente le había enturbiado el sueño. ¿Sería el hecho de tener en su hogar a un joven que casi no conocía? ¡Nah! No era eso. ¿Entonces era la preocupación por ayudarle? ¿O el temor de que en un estado de sobriedad, él no se dejara ayudar? Probabilidades habían muchas, de lo que Leon pensaba a los hechos, la distancia podría ser enorme… Eso era a lo que él temía… Le asustaba el no tener respuestas, soluciones u opciones para ayudar a Steve.
Ciertamente el muchacho era voluble, cambiante. Y eso resultaba en que con él, no se podían cubrir todas las posibilidades. Leon no podía fallarle, tenía que encontrar la manera de ayudarlo porque así se lo había prometido.
Él no era de los que no cumplían su palabra. Leon era honesto, servicial y considerado. No por nada había elegido ser policía. Su conciencia no le permitía abandonar a nadie a mitad del camino. Sentía una obligación con las personas porque la vida siempre fue buena con él… No, corrijo: no todo el tiempo, pero sí la gran mayoría. Por eso quería que la gente que lo rodeaba fuese feliz. Y si Steve iba a ser alguien con quien se topara a menudo en la calle o tocara a su puerta, deseaba que el muchacho lo viera y le saludara con una sonrisa en el rostro; quería que tuviera oportunidad para experimentar lo maravillosa que es la vida.
Aunque por más que Leon quisiera, ese día el pelirrojo no iba a tener en su cuerpo más que dolores y nauseas; todos ellos producto de la borrachera del día anterior y juntos en una insignificante y diminuta nimiedad…una cosita llamada resaca.
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Leon se levantó de la cama y abrió las cortinas de su cuarto. El cielo todavía permanecía relativamente oscuro. Una tenue y agradable lobreguez cubría el oeste de Texas.
El rubio se dirigió hacia la sala de su casa. Sobre el mullido sofá yacía el cuerpo de un cansado joven; éste era arropado por una manta guinda que lo cubría de los pies a la cintura, se encontraba, además, de costado abrazándose el cuerpo. Su cabello estaba revuelto y tenía ojeras como de no haber dormido en tres días. Y aún así, Leon sonrió al mirarlo porque le parecía…lindo. Sí, así eran las cosas. Había que aceptarlas. El joven era cautivador; tenía algo en sus facciones, en todo su cuerpo, que lo hacía llamativo, interesante, atrayente tal vez. Porque no sólo eran sus ojos y Leon lo notó.
"Son sus facciones, sus labios, la personalidad rebelde que tiene, sus sonrisa sarcástica o sus gestos de enfado, sus lágrimas…sus saladas lágrimas. Y es que me hubiera gustado tanto quitarlas de su rostro con mi lengua, sentir su suave piel en mis labios, probarlo una y otra vez… Pero no hubiera sido justo, no en el estado en el que se encontraba… ¿Qué? ¿Qué si no me da pena confesar estas cosas? Tal vez un poco, pero no quiero negar que el niño posee su encanto. La verdad no hay que rechazarla. Aunque por el momento solamente es un poco de atracción y en realidad no me maravillaría la idea de llegar a más. No es nada serio ni quiero que lo sea. Y de cualquier forma ¿qué caso tendría extrañarlo? Sólo sería confundir al muchacho y yo no deseo eso. De momento mi prioridad es ayudarlo…
'Es muy notorio que Steve tiene problemas. Empezando con que es muy evasivo y terminando con que ayer llegó con varias copas de más. Y ahora que pienso en eso, ¿cómo diablos le habrá hecho para llegar hasta aquí? Venía cayéndose de borracho y nadie le acompañaba. Ciertamente no sé dónde vive, pero por más cerca que esté su casa, en ese estado no hubiera dado con mi dirección. Sólo que alguien le hubiera traído, un amigo o algo así. Pero ¿quién sería capaz de traerlo y luego dejarlo sin siquiera pedirme que lo cuidara? No es lógico. Y en todo caso: ¿Por qué yo? ¿Por qué lo traerían a mi casa o por que habrá Steve decidido venir? ¿así de solo está que acude con un desconocido?
'Bueno, para haber intentado suicidarse…debe sentirse muy desesperado."
.-.-.-.
El reloj marcaba las once de la 'mañana' con cuarenta y nueve minutos. Un suave tic tac valsaba con los segundos. La luz del Astro Rey se colaba por las ventanas de una casa color ocre al norte de la ciudad. En la sala de aquella residencia, un muchacho comenzó a despertar. Sus ojos se abrían pesadamente. Le dolía todo el cuerpo y era un martirio despegar los parpados. Sin embargo, algo ya no lo dejaba dormir… Un maldito tic con su muy desgraciado tac le provocaban punzadas en la sien.
Todo estaba en calma y en paz. Pero el sonido del reloj lo despertó de forma lenta y torturante. Poco a poco el muchacho comenzó a sentir el dolor de cabeza, la boca seca, una sed tremenda, malestar en cada músculo de su cuerpo y la sensación de estar perdido.
Su cabello rojizo y enmarañado le cubría el rostro. De la forma más lenta, torpe y adolorida se llevó una mano a la cara. Se apartó los enredados mechones de su frente y abrió los ojos. La luz de aquel mediodía le lastimó las pupilas. Todo le parecía horrible. No podía mirar hacia ningún lado sin que la iluminación le hiciera cerrar los ojos, no lo toleraba; no podía mover parte alguna de su cuerpo porque le dolería
Y ese tic tac continuaba.
Giró un poco la cabeza hacia donde creía que provenía el ruido. En el acto, sintió la horrenda punzada que esta vez también le mareó. En definitiva, ahora sí daba pena. La cruda realidad le golpeaba en cada uno de sus sentidos. La luz en sus azulverdes ojos le quemaba, el reloj con sus tic tac martillaba en sus oídos y en su cabeza, su sentido del gusto estaba completamente deshecho, su equilibrio seguro era un asco, su propio olor a borracho le daba nauseas, y su tacto… Oh, su joven piel; la que anoche había sido tocada por Leon y en la que le enjugaron sus propias lágrimas… Steve ahora sentía que nadie tendría deseos de acariciar su piel. De hecho, él mismo no quería que nadie se le acercara ni que lo tocaran.
Se sentía terrible por la borrachera que se había puesto, no sólo por las consecuencias físicas que le estaba trayendo, sino por lo mal que se encontraba emocionalmente. A veces su conciencia le castigaba. Tal vez se sentiría pero si arrastraba a Leon a su vida, la cual no era muy esperanzadora o de calidad.
"Estoy en un pozo oscuro, siempre lo he estado. Desde niño no tuve a nadie, nunca conocí a ninguno de mis padres. Cada día de mi vida estuve solo y abandonado. Me sentaba en el suelo a llorar, y ese charco de lágrimas me fue sumiendo en el lodo. Como no tenía el valor para levantar la vista, no me di cuenta de que comencé a hundirme en un agujero que yo mismo estaba haciendo.
'Luego de percatarme hice intentos para salir, pero siempre terminaba agrandando el hueco. Las sombras aparecieron y se convirtieron en grandes muros. Ahora Leon está afuera de este pozo y se encuentra dispuesto a ayudarme. Pero tengo miedo de que si estira su brazo para tomar mi mano, la oscuridad lo dañe."
No puedes recuperar un anillo de oro de dentro de un tanque con pirañas y no llevarte unos buenos mordiscos o magulladuras. Leon sabía que todo conlleva un sacrificio, una pérdida o una ofrenda; nada en la vida es gratis, tenía eso bien en claro. Sin embargo, quería ayudar a un joven desesperado y no tenía que pensarlo dos veces. "Cada persona posee el derecho a ser feliz" se decía, "y yo no soy nadie para quitar ese privilegio. Al contrario, debo ayudar"
Ese era el buen policía, vecino ejemplar, hijo maravilloso y extraordinaria persona, Leon. Steve o cualquier otro ser humano podrían confiar su vida a ese rubio y él no les defraudaría con intención.
Pero el punto es que en ese momento, Steve no lo sabía, por eso se encontraba un tanto dubitativo. Aunque, bueno, el pelirrojo no tenía mucho tiempo para reflexionar objetivamente sobre Leon. Se sentí terrible y la cabeza le dolía como si todos los Cuervos de Baltimore le hubiesen tacleado…uno por uno.
- Tic tac… -
Ese sonido, ese maldito sonido que le irritaba cada fibra de su ser. Quería detenerlo, hacerlo cesar. Cada segundo en ese penoso estado era un tormento para su joven y adolorido cuerpo.
Además, su estómago se sentía extraño, revuelto. Tenía nauseas, pero si vomitaba no iba a ser la gran cosa; el día anterior no comió prácticamente nada.
"Yo mismo me repugno. ¿Realmente voy a poder salir de esto? Estoy metido en tanta basura. Para colmo, mi ánimo no me da muchas esperanzas. Solo no voy a poder. Necesito ayuda, y mucha. Quiero que alguien como Leon me dé la mano"…
- Tic tac… Tic tac… -
"¡Ya detengan ese ruido!... por favor… Me lastima, me duele escucharlo… Esto es todo un asco. Mi estado anímico por los suelos y mi condición física deja mucho que desear. Me gustaría tener aquí a alguien que me reanimara; a Leon con su hermosa sonrisa, a Ada con sus comentarios y miradas, hasta los regaños de Luis me harían sentir mejor… Pero, bueno, la lista ya no es más larga. Además, ni Luis ni la señorita Ada saben que estoy aquí. Sólo Leon, aunque, ¿Dónde está él?"
"En su trabajo", le hubiera respondido Natura, quien todo lo siente, sabe y ve.
.-.-.-. Más tarde en otro lugar .-.-.-.
Y así era una de las creaciones de la madre de todos, posaba sus múltiples brazos sobre el aire y le daba sombra a uno de sus hermanos. Era un precioso y tupido sauce llorón cuyas ramas yacían suspendidas en el espacio y cobijaban de los rayos solares a una criatura humana. Ésta se encontraba de pie junto al árbol esperando la llegada de otro hombre.
— Podré dejar las muletas en unos tres días— declaró alguien acercándose al que estaba a la sombra.
— Felicidades.
Ambos se alejaron del sauce. Uno de ellos caminaba más lento de lo acostumbrado para esperar al que usaba muletas. El susodicho incapacitado era un hombre como de uno ochenta de altura, de complexión resistente, cabello castaño oscuro y, un tanto obvio, una lesión en la pierna. La tenía vendada desde el tobillo hasta debajo de la rodilla. Habían sido gajes del oficio y nada más.
— Chris— habló el que caminaba por sus propios pies—, sé que te lo he dicho antes, pero, lo siento. No sé qué me pasó. Pude haberlo detenido y ahora tú estarías bien…
— Ya no te preocupes— le tranquilizó el de cabello castaño—. Estas cosas pasan.
— Aún así me siento con culpa. Fue un error mío, lo sé… Perdóname.
Chris suspiró. Sabía que por más veces que le dijera a su amigo que no había problema, él le diría otra vez: perdón. Se conocían desde niños y siempre fue así. Cuando Chris se caía y se raspaba las rodillas, cada cinco minutos él le preguntaba "¿Todavía te duele?". Chris contaba con un amigo considerado, responsable y leal en el cual apoyarse siempre que lo necesitara.
— ¿Te llevo a tu casa?
— No me imagino en muletas cruzando media ciudad a pie— fue la forma de asentir de Chris Redfield.
Los dos hombres que rondaban los 27 años de edad se subieron a un auto color plata. En la labor, Chris fue asistido por su amigo. Y para no hacerles el cuento largo y empezar con lo de "el cabello rubio, los ojos de color y la complexión envidiable" les diré que ese hombre considerado y amable era Leon Kennedy, el cual, por cierto, era propietario del vehiculo y persona que lo conducía; obvio, el estado d Chris no le permitía manejar un auto.
Leon dejó a su amigo de la infancia en su casa, donde vivía con su hermana Claire. De inmediato se retiró, tenía prisa por ver a Steve.
En el camino mientras manejaba marcó de su celular a la casa. Ocho veces timbró el teléfono y nadie contestó. Leon empezó a sopesar la probabilidad de que el pelirrojo se hubiese marchado.
"No le puedo ayudar si no sé dónde está. ¿Qué rayos le sucede a ese muchacho? Inclusive le dejé una nota en la mesa de la sala diciendo que iba a trabajar, que volvería pronto, que había comida en el refrigerador y hasta que el perro estaba en el patio de afuera. Primero me dice que quiere ayuda y luego parece haberse largado de donde lo dejé."
Leon estaba solamente un poco equivocado. La verdad es que la nota no había sido leída por el joven debido a ciertos factores. Pero Steve si continuaba en la casa del rubio. El problema es que su estado no le permitió prestar atención a los detalles.
Es decir, cuando sientes tremendas ganas de devolver lo poco que traes en el estómago, no posas tu vista en hojitas de papel dobladas y firmadas sobre la mesita de noche, no señor; te levantas del sillón como Dios te da a entender y, cargando con todos tus dolores y nauseas, buscas el baño más próximo aunque sea a trompicones.
.-.-.-.
Leon estacionó su auto al frente de su residencia. Al entrar a ella azotó la puerta.
— ¡Steve!
La casa se encontraba vacía…al parecer. It no estaba, tenía la mala costumbre de saltarse la cerca de atrás y pasear por el vecindario, causa de que ya hubiera visitado la perrera un par de veces. Pero Leon siempre iba por él.
Respecto al muchacho, Leon no lo encontró en la sala.
— Steve— le volvió a llamar.
Parecía haberse ido.
No por ser desconfiado, pero Leon miró de reojo la vitrina donde guardaba la vajilla de plata… Al menos los vasos y platos sí continuaban así.
El joven policía caminó por el pasillo hacia su recamara con la intención de ir a cambiarse de ropa. Pero antes de llegar notó que, en ese mismo pasillo, una puerta estaba abierta. Él tenía la costumbre de siempre cerrar las puertas, jamás olvidaba hacerlo.
Se aproximó y asomó la cabeza. Ahí dentro se hallaba una de las causas de sus pendientes…no, no eran los cubiertos de plata.
De rodillas en el piso y prácticamente con la cabeza dentro del retrete, Steve tosía tratando de sacar completamente de su estómago media hamburguesa con queso y un refresco de McDonalds que comió el día anterior. Leon lo miró en ese estado y se compadeció de él, al principio pensó en regañarlo por no contestar su llamada, pero no era el momento.
El joven se sostenía del escusado con sus adoloridos brazos y también se tambaleaba un poco a pesar de encontrarse de rodillas. Vomitó todo (lo poco que traía) y de nuevo comenzó a toser. Su joven y castigado cuerpo sufría de aquellos espasmos semi-voluntarios que le provocaban un dolor inmenso en sus músculos.
El cabello rubio del policía se meció a causa de su andar hacia el muchacho. Girando ligeramente la cabeza, Steve lo vio acercarse. Al principio no hubo palabras de por medio, pero Leon terminó también en el piso abrazando al joven. Sus fuertes y protectores brazos rodearon la cintura del pelirrojo y lo sostuvieron por la espalda.
Aquel gesto no pudo llegar en mejor momento. Steve se reconfortaba sintiendo las manos de Leon en su cuerpo y su abdomen en su espalda baja. Percibió también la cálida respiración del policía cercana a su cuello. Y sus palabras… Sus consideradas palabras y su voz eran una melodía que aliviaba su sufrimiento…presente o pasado.
— Siento mucho haberte dejado solo. Perdóname, Steve, en serio. Es que no conozco a alguien que hubiera podido quedarse a cuidarte. Lo único que hice fue dejarte una nota. ¿No la viste? Tenía escrito el número de mi celular y un par de cosas más… Bueno, ya no importa mucho. ¿Cómo estás?... ¿Cómo te sientes?
Steve no volvió a toser. Luego alzó la cabeza y respondió con un murmullo: — Me duele todo.
Tal cometario originó una afable risa, nada burlona, por parte de Leon. Al joven le alegró un tanto el sonido y volteó hacia el policía para encontrarse con su rostro. Mientras se miraban a los ojos y el rubio sonreía, éste acarició el torso del más joven. Lo abrazaba por la espalda y se encontraban muy cercanos. Leon dirigió una de sus manos hacia el cabello del otro y lo alisó.
Así sí se podía soportar una resaca, de esa forma, Steve podía aguantar cualquier cosa, con luz de Sol.
.-.-.-. Horas más tarde .-.-.-.
Recostado en el sofá de la sala (esto ya parecía habitual) y tomando un agua mineral es como se encontraba Steve. Se había dado un baño y llevaba puesta ropa de Leon. La playera le quedaba muy holgada y si se ponía de pie se le caerían los pantalones.
— Si estás cómodo puedes quedarte aquí unos días— le sugirió Leon de la forma más cortés.
El pelirrojo quería gritar y decirle que sí. Por su puesto que se moría de ganas por pasar tiempo con Leon y empaparse de luz y su optimismo. Sin embargo, la trágica y justa resaca no le permitía ser muy efusivo. Un simple ajá y un leve movimiento de cabeza le tomaron la palabra al rubio.
Y de cualquier forma, Steve no tenía cara para volver con Luis. ¿Qué iba a decirle? Muy a su manera y con sus regaños, el español solía preocuparse por el pelirrojo. Pero él siempre fue renuente a los cuidados de su casero y ahora hasta le había robado.
Recién llegó a vivir al edificio, el muchacho le tenía mala idea a Luis. Lo tachaba de mujeriego, poco serio y nada confiable. Cuando comenzaron a tratarse, algunas de estas creencias fueron corroboradas, pero Steve también descubrió los puntos positivos de Luis.
Sin embargo, ¿Qué venía eso al caso? A menos que una de las cualidades del español fuese el perdón o la comprensión, no tenía objeto quebrarse la cabeza pensando en él. Mejor distrajo sus remordimientos centrándose en Leon. No hablando con él ni pensando en él, sino simplemente mirándolo. Y era entonces que el pelirrojo se percataba de que era en Leon en quien podía confiar. ¿Cómo lo sabía? Sencillo: ambos tenían una especie de don. Pero en Steve era más constante, él mismo estaba conciente de que lo poseía (aunque a veces no le agradara); pero eso le hacía darse cuanta de algunas cosas. Una de ellas: que podía sentirse seguro y protegido al lado de Leon.
Con luz, con una guía, Steve podía lograr cosas estupendas. Ese fue su problema; en su vida nunca tuvo a nadie, desperdició sus virtudes, sus dones y cometió imprudencias. Solo y sin alguien que le orientara, no llegaría muy lejos. Fue un gran golpe de suerte haber encontrado a Leon.
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CONTINUARÁ…
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-Galdor Ciryatan -
