Capítulo 3
Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte. –Comenzó Max.
Antes de que pudiera seguir, aparecieron: Alastor Moody, Remus Lupin, Nymphadora Tonks, y algunos miembros del ministerio. Quienes después de hblar con Dumbledore y explicarles de qué ya sabían de los libros, se sentaron
Estaba acostumbrada a tener experiencias raras de vez en cuando, pero solían terminar pronto. Aquella alucinación veinticuatro horas al día, siete días a la semana, era más de lo que podía soportar. Durante el resto del curso, el colegio entero pareció dispuesto a jugármela. Los estudiantes se comportaban como si estuvieran convencidos de que la señora Kerr —una rubia alegre que no había visto en mi vida hasta que subió al autobús al final de aquella excursión— era nuestra profesora de introducción al álgebra desde Navidad.-.
De vez en cuando yo sacaba a colación a la señora Dodds, buscando pillarlos en falso, pero se quedaban mirándome como si fuera un psicópata. Hasta el punto de que casi acabé creyéndolos: la señora Dodds nunca había existido.
Casi.
–5 dracmas a que te apuesto a que es el chico-cabra.–dijo Travis a los gemelos Weasley
–Lo sentimos pero hasta nosotros sabemos que es Grover, además de que nosotros usamos galeones.–Los gemelos Stoll hicieron un mohín.
Grover no podía engañarme. Cuando le mencionaba el nombre Dodds, vacilaba una fracción de segundo antes de asegurar que no existía. Pero yo sabía que mentía.
Algo estaba pasando. Algo había ocurrido en el museo.
No tenía demasiado tiempo para pensar en ello durante el día, pero por la noche las terribles visiones de la señora Dodds con garras y alas coriáceas me despertaban entre sudores fríos.
Muchos de los que recordaban a su primer monstruo temblaron.
–Oh, pensé que Potter era la única nena que había. ––Bromeó Malfoy ante el escalofrío de algunos semidioses, ganándose la mala mirada de estos y algunos estudiantes de Hogwarts.
El clima seguía enloquecido, cosa que no mejoraba mi ánimo. Una noche, una tormenta reventó las ventanas de mi habitación. Unos días más tarde, el mayor tornado que se recuerda en el valle del Hudson pasó a sólo ochenta kilómetros de la academia Yancy. Uno de los sucesos de actualidad que estudiamos en la clase de sociales fue el inusual número de aviones caídos en el Atlántico aquel año.
-¿Por qué estarán enojados los dioses ahora? –murmuró Hermione, aunque algunos la escucharon.
-¿Cómo dices? –le preguntó Harry.
-Siempre que suceden cosas por el estilo, siempre tiene que ver con el animo de los dioses. Si no, pregúntale a sus propios hijos. –Dijo la castaña mirando hacia los Semidioses.
-Así es, pero no les diremos nada. Dejemos que el libro lo haga. –Dijo Max.
-¿En serio no eres una hija de Atenea? –preguntaron los gemelos Stoll. Mientras que el gran comedor reía y Hermione se colocaba completamente roja.
Empecé a sentirme malhumorada e irritable la mayor parte del tiempo. Mis notas bajaron de insuficiente a muy deficiente. Me peleé más con Nancy Bobofit y sus amigas, y en casi todas las clases acababa castigada en el pasillo.
Los chicos de las cabañas de Apolo y Hermes, junto con la mayoría de el gran comedor reía, mientras que los de Atenea y la profesora McGonagall miraban mal el libro.
Al final, cuando el profesor de inglés, el señor Nicoll, me preguntó por millonésima vez cómo podía ser tan perezosa que ni siquiera estudiaba para los exámenes de deletrear, salté. Le llamé viejo borrachín. No estaba segura de qué significaba, pero sonaba bien.
Muchos estaban fuera de sus asientos riéndose. Mientras que los gemelos de ambos mundos aplaudían.
A la semana siguiente el director envió una carta a mi madre, dándole así rango oficial: el próximo año no sería invitada a volver a matricularme en la academia Yancy.
«Mejor —me dije—. Mejor.»
Quería estar con mi madre en nuestro pequeño apartamento del Upper East Side, aunque tuviera que ir al colegio público y soportar a mi detestable padrastro y sus estúpidas partidas de póquer.
Grover y Max gruñeron ganándose la mirada de todo el resto del gran comedor.
-Max, no sabía que el padrastro de Ginny jugara póquer. –Le dijo Thalía.
-Éste es el primer padrastro de Ginny, Gabe. Un verdadero imbécil.
-Espera, y verás. –Dijo Grover haciéndole una señal a Max, para que siguiera leyendo.
No obstante, había cosas de Yancy que echaría de menos. La vista de los bosques desde la ventana de mi dormitorio, el río Hudson en la distancia, el aroma a pinos. Echaría de menos a Grover, que había sido un buen amigo, aunque fuera un poco raro; me preocupaba cómo sobreviviría el año siguiente sin mí. También echaría de menos la clase de latín: las locas competiciones del señor Brunner y su fe en que yo podía hacerlo bien.
-Sesos de alga, tú sabes hacer muchas cosas bien. –Dijo Thalia mientras sonreía nostálgica. Su prima había desaparecido hace un tiempo después de haber conocido a ese tal Harry Potter. ¿Por qué lo habría hecho? No estaba segura, pero deseaba con ansias volver a verla.
Se acercaba la semana de exámenes, y sólo estudié para su asignatura. No había olvidado lo que Brunner me había dicho sobre que aquella asignatura era para mí una cuestión de vida o muerte. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que empecé a creerlo.
-Así debe ser. Alerta permanente. –Dijo Moody, mientras algunos que se habían olvidado de su presencia saltaron en sus asientos.
La tarde antes de mi examen final, me sentí tan frustrada que lancé miGuía Cambridge de mitología griegaal otro lado del dormitorio. Las palabras habían empezado a desmadrarse en la página, a dar vueltas en mi cabeza y realizar giros chirriantes como si montaran en monopatín. No había manera de recordar la diferencia entre Quirón y Caronte, entre Polidectes y Polideuces. ¿Y conjugar los verbos latinos? Imposible.
Me paseé por la habitación a zancadas, como si tuviera hormigas dentro de la camisa.
-¿Tienen alguna idea? –Dijo Fred mirando a Travis. Él sonrió, ojalá se acercara el intermedio para hacer travesuras.
Recordé la seria expresión de Brunner, su mirada de mil años. «Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Ginny Jackson.»
Respiré hondo y recogí el libro de mitología.
Nunca le había pedido ayuda a un profesor.
-¿Y por qué romper la marca ahora? –Rió Dean Thomas.
Tal vez si hablaba con Brunner, podría darme unas pistas. Por lo menos tendría ocasión de disculparme por el muy deficiente que iba a sacar en su examen. No quería abandonar la academia Yancy y que él pensara que no lo había intentado.
Bajé hasta los despachos de los profesores. La mayoría se encontraban vacíos y a oscuras, pero la puerta del señor Brunner estaba entreabierta y la luz se derramaba por el pasillo.
Estaba a tres pasos de la puerta cuando oí voces dentro. Brunner formuló una pregunta y la inconfundible voz de Grover respondió:
—… preocupado por Ginny, señor.
Me quedé inmóvil.
No acostumbro escuchar detrás de las puertas, pero a ver quién es capaz de no hacerlo cuando oyes a tu mejor amigo hablar de ti con un adulto.
-Bueno, al menos ella tiene algún motivo. No como Potter que adora escuchar conversaciones ajenas. –Dijo Snape, mientras miraba al trio de oro. Ellos ni se inmutaron, mientras que el resto del gran comedor, exceptuando los Slytherin's, lo miraron mal.
Me acerqué más, centímetro a centímetro.
—… solo este verano —decía Grover—. Quiero decir, ¡hay una Benévola en la escuela! Ahora que lo sabemos seguro, y ellos lo saben también…
—Si lo presionamos tan sólo empeoraremos las cosas —respondió Brunner—. Necesitamos que la chica madure más.
-Si hubiésemos esperado, quizá ya no estaríamos aquí. –Dijo Max, ganándose una mirada de confusión de gran parte del alumnado de Hogwarts. ¿Qué tanto habría hecho esa chica?
—Pero puede que no tenga tiempo. La fecha límite del solsticio de verano…
—Tendremos que resolverlo sin Ginny. Déjala que disfrute de su ignorancia mientras pueda.
—Señor, ella la vio…
—Fue producto de su imaginación —insistió Brunner—. La niebla sobre los estudiantes y el personal será suficiente para convencerla.
—Señor, yo… no puedo volver a fracasar en mis obligaciones. —Grover parecía emocionado—. Usted sabe lo que significaría.
-Tú no fallaste, Grover. Yo escogí mi destino. –Dijo Thalía. Los que no conocían la historia, se le quedaron mirando extrañados.
—No has fallado, Grover —repuso Brunner con amabilidad—. Yo tendría que haberme dado cuenta de qué era. Ahora preocupémonos sólo por mantener a Ginny con vida hasta el próximo otoño…
-¿¡QUÉ!? –Saltó el gran comedor.
-Tranquilos, salimos vivos de ésta. Ahora, Max, sigue leyendo. –Dijo Grover.
El libro de mitología se me cayó de las manos y resonó contra el suelo. El profesor se interrumpió de golpe y se quedó callado. Con el corazón desbocado, recogí el libro y retrocedí por el pasillo.
Una sombra cruzó el cristal iluminado de la puerta del despacho, la sombra de algo mucho más alto que Brunner en su silla de ruedas, con algo en la mano que se parecía sospechosamente a un arco.
Abrí la puerta contigua y me escabullí dentro.
Al cabo de unos segundos oí un suave clop, clop, clop, como de cascos amortiguados, seguidos de un sonido de animal olisqueando, justo delante de la puerta. Una silueta grande y oscura se detuvo un momento delante del cristal, y prosiguió.
Una gota de sudor me resbaló por el cuello.
En algún punto del pasillo el señor Brunner empezó a hablar de nuevo.
—Nada —murmuró—. Mis nervios no son los que eran desde el solsticio de invierno.
—Los míos tampoco… —repuso Grover—. Pero habría jurado…
—Vuelve al dormitorio —le dijo Brunner—. Mañana tienes un largo día de exámenes.
—No me lo recuerde.
Muchos hicieron una mueca, estaban completamente de acuerdo con n Grover. Los exámenes eran una tortura.
Las luces se apagaron en el despacho.
Esperé en la oscuridad lo que pareció una eternidad. Al final, salí de nuevo al pasillo y volví al dormitorio. Grover estaba tumbado en la cama, estudiando sus apuntes de latín como si hubiera pasado allí toda la noche.
—Eh —me dijo con cara de sueño—. ¿Estás lista para el examen?
-¿Cómo pueden compartir una chica con un chico habitaciñon en una escuela? –Preguntó Hermione.
-Medidas de Yancy, y con la intervención de Quirón, todo funcionó. –Le respondió Grover.
No respondí.
—Tienes un aspecto horrible.
—Puso ceño—. ¿Va todo bien?
—Sólo estoy… cansada.
Me volví para ocultar mi expresión y me acosté en mi cama.
No comprendía qué había escuchado allí abajo. Quería creer que me lo había imaginado todo, pero una cosa estaba clara: Grover y el señor Brunner estaban hablando de mí a mis espaldas. Pensaban que corría algún tipo de peligro.
La tarde siguiente, cuando abandonaba el examen de tres horas de latín, colapsado con todos los nombres griegos y latinos que había escrito incorrectamente, el señor Brunner me llamó. Por un momento temí que hubiese descubierto que los había oído hablar la noche anterior, pero no era eso.
—Ginny —me dijo—, no te desanimes por abandonar Yancy. Es… lo mejor.
Su tono era amable, pero sus palabras me resultaban embarazosas.
-Al parecer, Quirón, no eres tan bueno con las palabras al igual que el profesor Dumbledore. –Dijo Harry riendo. El gran comedor estalló en carcajadas.
Aunque hablaba en voz baja, los que terminaban el examen podían oírlo. Nancy Bobofit me sonrió y me lanzó besitos sarcásticos.
—Vale, señor —murmuré.
—Lo que quiero decir es que…
—Meció su silla adelante y atrás, como inseguro respecto a lo que quería decir—. Verás, éste no es el lugar adecuado para ti. Era sólo cuestión de tiempo.
Me escocían las mejillas.
Allí estaba mi profesor favorito, delante de la clase, diciéndome que no podía con aquello. Después de repetirme durante todo el año que creía en mí, ahora me salía con que estaba destinado a la patada.
Quirón sonrió, quizás sus palabras no fueran las mejores con ella, pero Ginny también era su alumna favorita.
—Vale —le dije temblando.
—No, no me refiero a eso. Oh, lo confundes todo. Lo que quiero decir es que… no eres normal, Ginny. No pasa nada por…
—Gracias —le espeté—. Muchas gracias, señor, por recordármelo.
—Ginny…
Pero ya me había ido.
El último día del trimestre hice la maleta.
Los otros chicos bromeaban, hablaban de sus planes de vacaciones. Uno de ellos iba a hacer excursionismo en Suiza. Otro, de crucero por el Caribe durante un mes. Eran delincuentes juveniles, como yo, pero delincuentes juveniles ricos. Sus papás eran ejecutivos, o embajadores, o famosos. Yo era un don nadie, surgido de una familia de don nadies.
-Quizá tu padre, pero no el de nosotros. –Dijeron la mayoría de los campistas riendo.
Me preguntaron qué pensaba hacer yo aquel verano, y les respondí que volvía a la ciudad. Me abstuve de mencionar que durante las vacaciones necesitaría conseguir algún trabajo paseando perros o vendiendo suscripciones de revistas, y pasar el tiempo libre preocupándome por si encontraría escuela en otoño.
—Ah —dijo uno—. Eso mola.
Regresaron a sus conversaciones como si yo nunca hubiese existido.
La única persona de la que temía despedirme era Grover, pero luego no tuve que preocuparme: había reservado un billete a Manhattan en el mismo autobús Greyhound que yo, así que allí íbamos, otra vez camino de la ciudad.
-Qué casualidad, ¿no?, Grover. –Dijeron los gemelos Weasley, mientras el sátiro se colocaba completamente rojo y el resto de gran comedor reía.
Grover no paró de escudriñar el pasillo todo el trayecto, observando al resto de los pasajeros. Reparé entonces en que siempre se comportaba de manera nerviosa e inquieta cuando abandonábamos Yancy, como si temiese que ocurriera algo malo. Antes suponía que le preocupaba que se metieran con él, pero en aquel autobús no iba nadie que pudiera meterse con él.
Al final no pude aguantarme y le dije:
—¿Buscas Benévolas?
Grover casi pega un brinco.
—¿Qué… qué quieres decir?
Le conté que los había escuchado hablar la noche antes del examen.
-¡No!, nunca confesar. –gritaron gran parte de los bromistas de Hogwarts.
Le tembló un párpado.
—¿Qué oíste? —preguntó.
—Oh… no mucho. ¿Qué es la fecha límite del solsticio de verano?
—Mira, Ginny…
—Se estremeció—. Sólo estaba preocupado por ti. Ya sabes, por eso de que alucinas con profesoras de matemáticas diabólicas…
—Grover…
—Le dije al señor Brunner que a lo mejor tenías demasiado estrés o algo así, porque no existe ninguna señora Dodds, y…
—Grover, como mentiroso no te ganarías la vida.
Todo el gran comedor estaba en risas, los más inmaduros se sujetaban la barriga intentando no caerse de sus asientos.
Se le pusieron las orejas coloradas. Sacó una tarjeta mugrienta del bolsillo de su camisa.
—Mira, toma esto, ¿de acuerdo? Por si me necesitas este verano.
La tarjeta tenía una tipografía mortal para mis ojos disléxicos, pero al final conseguí entender algo parecido a:
Grover Underwood
Guardián
Colina Mestiza
Long Island, Nueva York
(800) 009-0009
—¿Qué es colina mes…?
—¡No lo digas en voz alta! —musitó—. Es mi… dirección estival.
Menuda decepción. Grover tenía residencia de verano. Nunca me había parado a pensar que su familia podía ser tan rica como las demás de Yancy.
—Vale —contesté alicaído—. Ya sabes, suena como… a invitación a visitar tu mansión.
Asintió.
—O por si me necesitas.
—¿Por qué iba a necesitarte?
—Lo pregunté con más rudeza de la que pretendía.
Grover tragó saliva.
—Mira, Percy, la verdad es que yo… bien, digamos que tengo que protegerte.
Lo miré fijamente, atónita. Había pasado todo el año peleándome, manteniendo a los abusones alejados de él. Había perdido el sueño preocupándome por qué sería de él cuando yo no estuviera. Y allí estaba el muy caradura, comportándose como si fuese mi protector.
-Sí, Grover, eres un caradura. –Dijeron los gemelos Stoll, riendo. Al igual que el resto del gran comedor, mientras que el pobre sátiro estaba tan rojo como el cabello de los Weasley.
—Grover —le dije—, ¿de qué crees que tienes que protegerme exactamente?
Se produjo un súbito y chirriante frenazo y empezó a salir un humo negro y acre del salpicadero. El conductor maldijo a gritos y a duras penas logró detener el Greyhound en el arcén. Bajó presuroso y se puso a aporrear y toquetear el motor, pero al cabo de unos minutos anunció que teníamos que bajar.
Nos hallábamos en mitad de una carretera normal y corriente: un lugar en el que nadie se fijaría de no sufrir una avería. En nuestro lado de la carretera sólo había arces y los desechos arrojados por los coches. En el otro lado, cruzando los cuatro carriles de asfalto resplandeciente por el calor de la tarde, un puesto de frutas de los de antes.
-Esto no me huele bien. –Dijo Harry en voz baja, mientras Grover se colocaba nervioso.
La mercancía tenía una pinta fenomenal: cajas de cerezas rojas como la sangre, y manzanas, nueces y albaricoques, jarras de sidra y una bañera con patas de garra llena de hielo. No había clientes, sólo tres ancianas sentadas en mecedoras a la sombra de un arce, tejiendo el par de calcetines más grande que he visto nunca. Me refiero a que tenían el tamaño de jerséis, pero eran claramente calcetines. La de la derecha tejía uno; la de la izquierda, otro. La del medio sostenía una enorme cesta de lana azul eléctrico.
Las tres eran ancianas, de rostro pálido y arrugado como fruta seca, pelo argentado recogido con cintas blancas y brazos huesudos que sobresalían de raídas túnicas de algodón.
Los semidioses se colocaron completamente nerviosos, sabían a que se referían en el libro.
Lo más raro fue que parecían estar mirándome fijamente.
Me volví hacia Grover para comentárselo y vi que había palidecido. Tenía un tic en la nariz.
—¿Grover? —le dije—. Oye…
—Dime que no te están mirando. No te están mirando, ¿verdad?
—Pues sí. Raro, ¿eh? ¿Crees que me irán bien los calcetines?
-No es hora de bromas, Ginny, si que no es hora de bromas. –Dijeron los gemelos Stoll.
—No tiene gracia, Ginny. Ninguna gracia.
La anciana del medio sacó unas tijeras enormes, de plata y oro y los filos largos, como una podadora. Grover contuvo el aliento.
—Subamos al autobús —me dijo—. Vamos.
—¿Qué? —repliqué—. Ahí dentro hace mil grados.
—¡Vamos!
—Abrió la puerta y subió, pero yo me quedé atrás.
Al otro lado de la carretera, las ancianas seguían mirándome. La del medio cortó el hilo, y juro que oí el chasquido de las tijeras pese a los cuatro carriles de tráfico.
-¡Eran las Parcas! –Gritó Hermione.
-Ajá, y cortó el hilo en frente de ella. Supongo que sabes lo que significa. –Dijo Quirón. Hermione sólo asintió.
-¿Qué significa, Hermione? –lé pregunto Ron aunque ella no le contestó.
Sus dos amigas hicieron una bola con los calcetines azul eléctrico, y me dejaron con la duda de para quién serían: si para un Bigfoot o para Godzilla.
A pesar de la gran tensión, muchos rieron.
En la trasera del autobús, el conductor arrancó un trozo de metal humeante del compartimiento del motor. Luego le dio al arranque. El vehículo se estremeció y, por fin, el motor resucitó con un rugido.
Los pasajeros vitorearon.
—¡Maldita sea! —exclamó el conductor, y golpeó el autobús con su gorra—. ¡Todo el mundo arriba!
En cuanto nos pusimos en marcha empecé a sentirme febril, como si hubiera contraído la gripe. Grover no tenía mejor aspecto: temblaba y le castañeteaban los dientes.
—Grover.
—¿Sí?
—¿Qué es lo que no me has contado?
Se secó la frente con la manga de la camisa.
—Ginny, ¿qué has visto en el puesto de frutas?
—¿Te refieres a las ancianas? ¿Qué les pasa? No son como la señora Dodds, ¿verdad?
-Son peores, niña, mucho peores. –murmuró Hagrid. Quien sabía mucho sobre mitología griega y sus animales y monstruos.
Su expresión era difícil de interpretar, pero me dio la sensación de que las mujeres del puesto de frutas eran algo mucho, mucho peor que la señora Dodds.
—Dime sólo lo que viste —insistió.
—La de en medio sacó unas tijeras y cortó el hilo.
Cerró los ojos e hizo un gesto con los dedos que habría podido ser una señal de la cruz, pero no lo era. Era otra cosa, algo como… más antiguo.
—¿La has visto cortar el hilo?
—Sí. ¿Por qué?
—Pero incluso cuando lo estaba diciendo, sabía que pasaba algo.
—Ojalá esto no estuviese ocurriendo —murmuró Grover, y empezó a mordisquearse el pulgar—. No quiero que sea como la última vez.
—¿Qué última vez?
—Siempre en sexto. Nunca pasan de sexto.
-¡Grover! –le reprendió Max, mientras le golpeaba en la cabeza.
—Grover —repuse, empezando a asustarme de verdad—, ¿de qué diablos estás hablando?
—Déjame que te acompañe hasta tu casa. Promételo.
Me pareció una petición extraña, pero lo prometí.
—¿Es como una superstición o algo así? —pregunté.
No obtuve respuesta.
—Grover, el hilo que la anciana cortó… ¿significa que alguien va a morir?
Su mirada estaba cargada de aflicción, como si ya estuviera eligiendo las flores para mi ataúd.
-Fin del capítulo. –Dijo Max.- ¿Quién lee ahora?
-Yo lo haré. –Dijo Harry, levantándose y tomando el libro.
-o-o-o-o-
Mil perdones por no haber actualizado antes.
Aquí el capítulo, espero que les haya gustado.
¿Quieren que traiga a los dioses?
Un beso
Nos leemos
Connie.
