Todos los personajes del Anime/Manga Bleach son propiedad de Tite Kubo
Ichigo Kurosaki conducía por Madame Moore's Lane, un camino muy estrecho y sinuoso que secundaba el cauce del río Trent, desde el centro de New Bern hasta Pollocksville, una aldea pequeña a veinte kilómetros al sur. El camino se llamaba así por la mujer que regenteó el que fuera alguna vez el burdel más famosa de Carola del Norte. Llegaba, incluso, hasta un poco más allá del lugar donde se encontraba la tumba de Richard Dobbs Spaight, un héroe del Sur que firmo la Declaración de la Unión había profanado su tumba: desenterraron su cráneo y lo pusieron luego en una puerta de hierro como advertencia para aquellos ciudadanos adverso a la ocupación. Cuando Ichigo, era niño, esa historia lo detuvo de acercarse siquiera a aquel lugar.
A pesar de su belleza y de su relativo aislamiento, el camino por el que conducía no era cosa de niños. Los conductores tendían a subestimar sus curvas. Como propietario de una de las casas cercanas al camino, Ichigo intento por años que bajara el límite de velocidad. Nadie, a excepción de Orihime, lo había escuchado.
Este camino siempre le hacía pensar en el último día que pasarían juntos. Irónicamente, ese domingo estuvo la mayor parte del día pescando. El hermano y la cuñada de Orihime irían de visita al día siguiente, desde Atlanta, así que ella quería dejar la casa preparada para sus huéspedes. Aunque Orihime le aclaro que no le molestaba en absoluto que fuera a pescar, le pidió, sí, que el sábado arreglara el jardín. Sin embargo, el trabajo se interpuso, e Ichigo decidió ir de pesca el domingo de todos modos. Se dijo a si mismo que se ocuparía del jardín al regresar. Pero al levantarse de la cama esa misma mañana no le comento su decisión a Orihime. Cuando regresó, ella ya había hecho la mayoría del trabajo. El césped estaba cortado, el sendero arreglado, incluso Orihime planto unas flores alrededor del buzón. Con seguridad le tomo horas, y suponer que se encontraba furiosa con él era decir muy poco.
―Hola cariño ―la saludo Ichigo avergonzado ―, perdóname por llegar tan tarde. Es que se me fue el tiempo.
Ichigo volvió la cara y le hablo mientras caminaba.
―Voy a trotar, ¿te puedes encargar de esto?
Estaba por cortar la hierba alta de la calzada; la cortadora de césped descansaba en el patio.
Ichigo sabía bien que no iba a responder. Ichigo entró a la casa y él descargo la pequeña heladera que iba en el maletero del auto. La llevó hasta la cocina. Estaba poniendo el pescado en el refrigerador cuando Orihime salió del dormitorio.
― ¿Qué hay de lo que te pedí? ―preguntó molesta.
―Ahora lo hago, mujer, en cuanto termine con esto, para que no se eche a perder. (N/A: Lo de mujer…fue tan Ulquiorra)
Ella entornó los ojos.
―Olvídalo. Lo haré yo misma cuando vuelva.
Ichigo salió dando un portazo; su esposo oyó cómo repiqueteaba la ventana.
Ya sin la presencia de Orihime, se dio cuenta de que se había comportado como un idiota. Sin embargo, ya no tuvo la oportunidad de disculparse.
― ¿TODAVÍA FUMAS, EH? ―Kensei Muguruma, el aguacil, miró a Ichigo a través de la mesa.
―Yo no fumo ―contestó rápidamente Ichigo.
Kensei levantó sus manos.
―Bueno, está todo bien conmigo si quieres engañarte. Pero me cercioraré de poner ceniceros cuando estés a mi lado.
Ichigo rió. Kensei era su mejor amigo y su jefe, y uno de los pocos en la ciudad que continuó tratándolo de la misma manera que siempre lo había hecho. Lo había protegido desde que Ichigo acabo su entrenamiento. Era más viejo, cumpliría sesenta y cinco años en marzo, y su pelo estaba completamente canoso. Había aumentado unos diez kilos en los últimos años, y casi todos se concentraban en la línea del estomago. No era el tipo de aguacil que intimidaba a la gente y, sin embargo, era tan preceptivo como diligente, como un modo de ser que le permitía encontrar siempre respuestas que buscaba.
Estaban sentados a la mesa, en un reservado en un extremo del bar. La camarera, agobiada por la cantidad de gente que llegaba a esa hora, les llevó una jarra de té y dos vasos con hielo mientras pasaba a atender otra mesa. Ichigo vertió el té y luego le acercó el vaso a Kensei.
Kensei tomó un sorbo.
―Vaya, ¿así que te mueres por conocer a Rukia?
Ichigo lo miró.
― ¿A quién?
―A la maestra de Kon.
― ¿Te lo ha contado tu esposa?
Kensei sonrió bovinamente. Mashiro trabajaba en la escuela, en la oficina de director. Y parecía saber todo cuanto allí ocurría.
―Por supuesto.
Ichigo tomó un sorbo.
― ¿Es buena como maestra?
―Mashiro dice que es fantástica, y los niños la adoran. Me dijo que también es bonita. Muy atractiva. Y sin pareja.
―No sé cómo habría podido ir a ese encuentro sin tener la última evaluación de Mashiro.
― ¡Ay, tómalo con calma, Ichigo. Sabes que Mashiro siempre piensa en ti!
―Dile que estoy bien.
― ¡Demonios!, eso ya lo sé. Pero Mashiro se preocupa por ti. Ya sabe que fumas.
― ¿Vinimos a hablar de mis intimidades o querías verme para hablar de otra cosa?
Mientras formulaba esta pregunta, la camarera llegó con dos platos de carne de barbacoa, ensalada de col y tortas de maíz fritas, que era lo que ambos ordenaban generalmente.
―Sí, hay otra cosa de hecho ―Kensei se calló un momento para ordenar sus pensamientos―, Shinji Hirako retiró los cargos contra Sosuke Hitsugaya.
Hirako era el abogado del distrito en el condado de Craven.
Ichigo lo miró fijo.
― ¿Cómo?
―No hay pruebas. A Gin Ichimaru de pronto le dio amnesia, y no sabe que sucedió.
―Pero yo estaba allí.
―Tú estuviste allí después de que ocurriera. Gin juró por todos los santos que él mismo se cayó y que Aizen nunca lo tocó. Y sin el testimonio de Gin, ¿Qué probalidades tiene Shinji de encarcelarlo? Pero por otro lado, tú conoces a Aizen. Él está en cosas más serias. Solo démosle tiempo.
―Es eso lo que me preocupa.
Ichigo perdió de pronto el apetito, e hizo a un lado el plato. Él y Aizen Hitsugaya compartían una larga historia. Todo comenzó ocho años antes, cuando Ichigo arrestó a Toshiro Hitsugaya, el padre de Aizen (N/A: Loco ¿no?), el padre de Aizen, luego de que empujara a su esposa por la puerta de una casa rodante. Toshiro pasó unos meses en prisión, y tiempo después también lo hicieron cinco de sus seis hijos.
Para Ichigo, Aizen encarnaba un peligro mayor, puesto que era el más inteligente. Ichigo sospechaba que él era más que un criminal menor, como lo era el resto de la familia. Por alguna razón, no lo ponía en el conjunto. A diferencia de sus hermanos, no usaba tatuajes y llevaba sus cabellos cortos. Hubo épocas en las que logró trabajar con regularidad. No se parecía a un criminal, pero las apariencias engañan. Fue sospechoso de varios crímenes, e incluso un especuló con la idea de que él dirigía el negocio de las drogas en el condado.
Aizen también tenía sus resentimientos.
Ichigo no se dio cuenta hasta después de que Kon nació. Arrestó a tres de los hermanos, Orihime estaba en la sala, arropando al bebé de cuatro meses, cuando un ladrillo se estrelló en una ventana. Casi los golpea, pero un trozo de vidrio cortó una de las mejillas de Kon.
Ichigo fue donde vivían los Hitsugaya ―un terreno cercano a la ciudad, donde se agrupaban casas rodantes deterioradas, dispuestas en semicírculo― junto con tres oficiales, todos armados. Los Hitsugaya salieron de sus viviendas en forma pacífica y sin una palabra fueron cacheados por si trían armas, esposados y transportados hasta la comisaría.
No hubo cargos por falta de pruebas. Ichigo estaba furioso, y discutió con Shinji Hirako afuera de la oficina. Hablaron a gritos hasta que Ichigo finalmente desistió.
En ese momento, Kensei miraba por encima de su plato, con cara de preocupación.
―Escúchame bien, ambos sabemos que él es más culpable que el mismo diablo, pero ni se te ocurra tomar justicia por tu cuenta. Pronto hará algo estúpido otra vez, y cuando lo haga yo seré el primero en intervenir.
Ichigo miró más de cerca a Kensei.
― ¿Hay algo extra, eh?
Kensei enfrentó la mirada de Ichigo durante un buen rato.
―Sí, Aizen declaró que estuviste excesivamente rudo en el arresto, presentó quejas.
Ichigo pegó un puñetazo en la mesa.
―Es una insensatez.
Kensei quiso calmarlo.
―Demonios, lo sé, y se lo dije a Shinji. Pero él cree que Aizen dice la verdad, y me pidió que yo te lo dijera.
―Entonces, ¿qué se supone que debo de hacer si veo a Aizen delinquiendo?
―Sólo mantente distanciado por un tiempo, hasta que pase todo esto, salvo que no haya alternativa.
Pasaron unos segundos e Ichigo resopló.
―Está bien ―respondió.
Pero sabía que el asunto entre él y Aizen no acabaría allí.
TRES HORAS más tarde, Ichigo estacionaba el auto en la escuela primaria de Grayton. Descubrió a Kon en el mismo momento en que esté lo vio a él. Kon le soltó a los brazos, que lo recibieron abiertos; Ichigo lo abrazó fuerte.
―Hola campeón, ¿cómo te fue en la escuela?
Kon se hizo hacía atrás.
―Bien.
―Escúchame, ¿quieres que vayamos a tomar un helado una vez que termine hablar con tu maestra?
Kon asintió entusiasmado. Ichigo lo bajó al suelo y se acuclilló para quedar a la altura de los ojos del niño.
― ¿Crees que estarás bien en los juegos mientras hablo con tu profesora?
―Ya no soy un niño, papi. Además, Ishida tiene que quedarse también. Su mamá está con el doctor.
Ichigo observó el patio y vio al mejor amigo de Kon, que aguardaba, impaciente, cerca del arto de baloncesto.
―Bueno, quédense juntos, ¿sí? Y nada de andar por ahí.
―No, no lo haremos.
Kon le dio la mochila a su padre.
Ichigo la puso en el asiento delantero. Echó un último vistazo al niño antes de entrar a la escuela.
Al hacerlo, sintió el golpe de aire caliente. El sistema de aire acondicionado no funcionaba correctamente las primeras semanas de clase, cuando el verano todavía golpeaba duro. Ichigo sintió que empezaba a sudar mientras caminaba por el pasillo.
Cuando llegó al salón de Kon, se encontraba vació. Se fijó en su reloj y comprobó que había llegado un par de minutos antes. A lo largo de la pared estaban pegadas unas hojas escritas, composiciones breves. Ichigo empezaba a preguntarse cuál de ellas sería la de Kon cuando oyó una voz a sus espaldas.
―Discúlpeme el retraso. Tuve que dejar una serie de cosas en la oficina.
Ésa fue la primera vez que Ichigo vio a Rukia Kuchiki. En aquel momento no tuvo ninguna sensación especial en el cuello, ninguna premonición estilo explosión-de-fuegos-artificiales. Al recordar luego todo lo que sucedió a partir de ese encuentro, no dejó de sorprenderle era rara ausencia de señales. Siempre recordaría, sin embargo que sí le sorprendió la exactitud de palabras de Kensei: ella era muy atractiva. Su pelo color negro, corto, caía apenas hasta sus hombros. Tenía puesta una falda larga y una blusa amarilla. Sus ojos violetas oscuros irradiaban una frescura tal que daba la impresión de que había pasado el día en la playa, muy relajada.
―No se preocupe ―respondió él―, yo fui quien llegó un poco más temprano.
Estiró su mano para presentarse.
―Soy Ichigo Kurosaki.
―Y yo Rukia Kuchiki. Me alegra mucho de que haya podido venir hoy mismo.
―No tuve mayor problema ―explico él, mientras ella le daba también un apretón de mano ―, mi jefe me dio permiso.
Ella asintió, sonriendo.
― ¿Kensei Muguruma, verdad? Conozco a su esposa, Mashiro. Se ha portado fantástica conmigo, me ha ayudado aquí en todo.
Fue hasta el escritorio y comenzó a sacar papeles, buscando uno que necesitaba.
Afuera, el sol empezaba a salir de una nube, e inmediatamente la temperatura dio impresión de elevarse. Ichigo tiró un poco de su camisa para despegarla del cuerpo. Rukia miró hacia arriba.
―Sé que hace mucho calor. He querido trae un ventilador aquí, pero todavía no he tenido tiempo para hacerlo.
―Estoy bien ―pero incluso al decir eso, podía sentir cómo el sudor le corría por el pecho y espalda.
―Bueno, creo que podemos hablar afuera, está un poco más fresco. Hay mesas en el parque, si a usted no le parece mal.
―No, por mí está bien. Además, Kon se quedó en el patio, así que es mejor, porque puedo mirar en qué anda.
En seguida salieron del edificio por la puerta principal.
― ¿Hace cuánto que está viviendo aquí? ―le preguntó Ichigo.
―Desde junio.
― ¿Y le gusta?
Lo miró y le dijo:
―Es muy tranquilo, pero agradable.
― ¿De dónde viene?
―De Baltimore, crecí allí, aunque… ―se detuvo― necesitaba un cambio.
Ichigo asintió con la cabeza.
―Entiendo. A veces yo también siento que necesito irme lejos.
Al decir estas palabras, Ichigo vio que el rostro de Rukia mostró que entendía lo que pasaba. Se dio cuenta entonces que sabía lo de Orihime. Sin embargo, ella no comentó nada.
Mientras se sentaban a la mesa, Ichigo tuvo la oportunidad de obsérvala bien. De cerca, su piel se veía tersa, casi luminiscente.
― ¿Debo llamarla "señorita Kuchiki"?
―No, Rukia está bien.
―Bueno, Rukia…
Ichigo se detuvo, y Rukia reanudó la frase.
―Debe estarse preguntado por qué quiero hablar con usted.
―Sí, algo así pasó por mi mente.
Rukia observó la carpeta que tenía delante de ella, y luego alzó nuevamente la vista.
― ¿Kon le ha dicho algo de lo que pasa?
―No hasta esta mañana. Me contó que tenía problemas con parte de las tareas. Supongo que usted no cree que sea un problema grave, ¿no?
―Yo creo que sí. No es que Kon tenga dificultades con una parte de las tareas o de los ejercicios. Tiene dificultades en todas las tareas.
Rukia abrió la carpeta y le alcanzó a Ichigo un montón de papeles, las tareas de Kon: dos exámenes de matemáticas sin una sola respuesta correcta, un par de páginas con unos garabatos y tres exámenes de lectura, también errados.
Rukia se inclinó hacia adelante.
― ¿Nunca algún maestro le ha comentado que su hijo tiene problemas?
Ichigo miró hacia otro lado. Podía ver a Kon que entonces bajaba por el tobogán.
―La madre de Kon murió justo antes de que él empezara a ir al jardín de infantes. Yo sé que solía esconder su cabecita debajo del pupitre, y que a veces lloraba. Pero sus maestros nunca me dijeron que andaba mal en otras cosas. Sus notas eran buenas. Pasó lo mismo el año anterior.
― ¿Usted revisa las tareas que tiene que hacer en casa?
―Nunca tuvo tareas para la casa, excepto por algunos trabajos manuales.
En ese momento, a él mismo aquello le pareció ridículo. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Ichigo suspiro molesto, consigo mismo y con la escuela.
Rukia parecía leer su mente.
Continuará….
