Lanza del Sol: Fire&Blood.
El calor sofocante de la ciudad llegaba hasta ella. Desde las alturas podía contemplar la maraña de callejuelas que se extendían por toda Lanza del Sol, un mar de arena y adoquines, de colores de tierra. Incluso el olor inundaba sus fosas nasales, olía a azufre y guindilla, a especies, a picante, al sabor del sol abrasando su lengua.
En Dorne la tierra era cálida, y su gente emanaba pasión; se decía que las mujeres eran lujuriosas y los hombres vengativos, que se escondían tras la arena y atacaban a traición, aunque no era del todo verdad. Sí que era cierto que las mujeres gozaban de más libertad que en otros lugares, y que eran mucho más abiertas; el calor las hacía vestir de sedas tan transparentes que sus pieles podían verse, no les importaba exponerse, no se reprimían y podían gobernar. Pero sólo dentro de sus fronteras, donde la ley dorniense imperaba.
Y era por ello que estaba enjaulada en una torre de marfil y plata, tan alta que podía acariciar la luna desde la ventana. Había quebrantado la lealtad buscando justicia, planeando la venganza, y sólo había logrado ser encerrada. La muerte de su hermoso caballero blanco planeaba sobre su conciencia, a veces dolía el recuerdo de sus suaves labios inexpertos. También le apenaba recordad cómo la sangre brollaba del bonito rostro de la princesa dorada, cómo sus ojos claros, del mismo color de la hierba, se llenaban de tiernas lágrimas. Pero, sobre todo, lo que más le dolía era la traición. Alguien había confesado y, por ello, ahora estaba en aquella situación, pensando en sus amigos, desterrados, condenados ya para siempre.
No le importaba tanto su destino, era una Martell, pero no la dejaban hablar. Los días se sucedían, todos iguales, del mismo modo en que empezaban se consumían, sin que ella supiera nada, sin que pudiera escapar, huir y enfrentarse a su suerte, poder hablar con su padre, explicarle la verdad, que sus amigos habían actuado por el amor que le tenían, por cariño y aprecio, lealtad. Quería suplicar el perdón para aquellos a los que tanto estimaba, pero ni aquello se le permitía hacer. Podía dedicar su tiempo ociosamente, la lavaban y le daban de comer. Pero el silencio en que la tenían sumida la mataba, era más ponzoñoso que el veneno, le hacía sentir perdida, aislada. Y cada hora era un tormento, un instante más en vilo, esperando el momento en que la condena fuese sentenciada y la librasen de ese sufrimiento.
No sabía cuánto tiempo había sucedido cuando voló de nuevo. Corrió por las escaleras, sintiendo el calor del viento. Y por primera vez se enfrentó a su padre. Le arrojó todo aquello que su corazón albergaba, dando rienda a su indignación, ignorando lo mucho que su padre había velado por ella, lo mucho que significaba, lo importante que era. Había tenido que humillarle para darse cuenta de la verdad que tanto tiempo llevaba enterrada.
Y se lo había prometido, la venganza llegaría, se haría por fin justicia. Por sangre y fuego.
