Disclaimer: El párrafo escrito en cursiva no me pertenece, sino que es un spoiler que dio Cassandra Clare sobre CoFA escrito por ella misma. Mi FanFic está basado en ese párrafo para desarrollarlo.
Nota: Espero que os guste esta nueva actualización. Sé que estoy tardando en colgar capítulos, pero he estado ajetreada con la Universidad. Así que pido disculpas. Tengo poco más escrito, porque me estoy centrando en una historia que me ronda por la cabeza y quiero plasmar en el papel. Ya sabéis, si os gusta este FanFic añadidlo a favorites o haced algún review, ¡agradezco todo! Y así me anima a seguir escribiendo. :)
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– J-J-Jace... yo no... no quería... –Las palabras de Clary se aferraban con fuerza a su garganta, sin querer ser pronunciadas. Estaba aterrada de lo que acababa de hacer. Miró con horror la mano con la que lo había golpeado, como si ese miembro fuera una parte de su cuerpo ajena a ella, como si fuera de otra persona... Sus labios, entreabiertos, no siguieron hablando, pero de repente empezó a tiritar a pesar del agradable calor de tormenta.
Los gotas caían furiosas del cielo nocturno, golpeando con fuerza el pavimento del suelo. Ambos tenían las ropas caladas en menos de veinte segundos, de pies a cabeza. Clary alzó sus ojos verdes hacia los dorados de Jace, los cuales parecían más apagados que hacía unos meses, desde que Raziel le concedió a Clary lo que más deseaba. No pudo distinguir ningún atisbo de cuál era su expresión, pero todavía se palpaba la mejilla. Clary sollozó en bajo, al fondo de su garganta, esperando que no la escuchara, pero ninguna lágrima se desbordó a pesar de que su rostro estaba surcado por la lluvia.
– Está bien. Puedo decir que me lo merecía. –Susurró él, con la voz calmada. Un rayo calló detrás de ella, iluminando el rostro del nefilim. Parecía estar llorando, se dijo, con aquellas gotas que precipitaban del cielo bañando sus facciones.– Clary... Lo siento. No quería lastimarte... –Titubeó un segundo, dudando de cómo seguir.– No lo hice, al menos, con esa intención, yo sólo quería... desahogarme y no se me ocurrió mejor manera. Sé todo lo que me vas a decir, cualquier insulto que parezca una barbarie. Pero no te equivocarás, porque soy todo lo que tú quieres que sea. –Guardó silencio, bajando la mano de su mejilla para que su brazo colgara a cada lado.– Me sentía rabioso, descontrolado... Por eso actué así. No siento nada por Aline Penhallow, tan sólo es un pasatiempo para poder ocupar mis pensamientos con otra cosa que no seas tú, tú y sólo tú... Pero cuando intento apartarte de mi mente, me siento desvalido, incompleto. Vacío. Y no es eso lo que quiero, quiero sentirme bien, quiero que tú me llenes con tu mera presencia...
Si esperaba que Clary replicara cualquier cosa, encontró una decepción, pues se mantenía en silencio, pegada contra la pared como si aquella fuera el único sustento que podía mantenerla en pie.
– Entiendo que... después de estas semanas, me desprecies. Soy un completo inútil. A pesar de que presumo de pensar antes que actuar, no siempre puedo decirlo... –Suspiró al ver que Clary lo miraba fijamente, con una expresión indefinible. Suspiró derrotado.– De acuerdo, ya no te molesto más, Clarissa. –Dio media vuelta, girando lentamente sobre sus talones.
Ella había estado conteniendo las lágrimas, las cuales no eran ni de tristeza ni de felicidad. Sintió como si se lanzara a un abismo demoníaco, cuando viró sobre sí para alejarse de ella. Consiguió despegarse de la pared a duras penas, tambaleante, con unas rodillas que fallaban. En aquel segundo, distinguió una música suave y relajante que seguramente procedía de alguna de las casas circundantes, y se dejó inundar de la fuerza moral que desprendía. Dio un paso decidido a pesar de su debilidad.
– Jace. Te amo. –Su voz apenas fue una exhalación, un pequeño susurro que probablemente sólo un fantasma podría haber oído. Él, que parecía estar atento a todo, la encaró de nuevo al haberla escuchado no sin algo de dificultad.
– Por el Ángel, Clary... Yo no podría amarte. –Murmuró con la mandíbula tensa.– Ese verbo no abarca todo lo que siento por ti, porque esto –se llevó un puño al pecho donde se encontraba su corazón palpitante, y ella pudo ver que tenía los nudillos blancos de la tensión– va más allá de todo eso, no creo que nunca nadie haya sentido algo así por otra persona... Estoy irremediablemente atado a ti, como un imán atraído por el hierro... Más de lo que Lucifer amaba a Dios.
Clary no necesitó escuchar nada más. Alzó una de sus manos y tiró de su camisa mojada con los delgados dedos, mientras su espalda volvía a chocar contra la misma pared de antes. La lengua de Jace, demandante, traspasó la barrera que eran los labios de la pelirroja con ansia, buscando la de ella para que ambas emprendieran un baile pasional en el que estaban coordinados el uno con el otro, almas gemelas que sabían a la perfección el próximo movimiento de su acompañante. Las manos del muchacho bajaron más allá de la cintura de ella, mientras Clary tiró con más fuerza de él contra ella, recelosa de que un centímetro de aire se interpusiera entre ellos.
El callejón y la música desaparecieron, y no había nada más que ella y la lluvia y Jace, sus manos sobre ella... Él hizo un ruido de sorpresa, abajo en su garganta, y clavó los dedos en la tela delgada de sus medias. Como era de esperar, las arrancó, y sus dedos mojados estaban de repente sobre la piel desnuda de sus piernas. Sin ser menos, Clary deslizó sus manos bajo el dobladillo de la camisa empapada, y dejó que sus dedos exploraran lo que había debajo: la piel tirante, caliente sobre sus costillas, las crestas de su abdomen, las cicatrices en su espalda. Este era un territorio desconocido para ella, pero parecía estar volviéndolo loco: él gemía suavemente contra su boca, besándola más y más, como si nunca fuera suficiente, no era suficiente...
Clary sabía que nunca se cansaría de los jugosos labios del muchacho, para ella eran como una droga que podía mantarle lentamente si no tomaba su dosis diaria. Y había estado demasiado tiempo en abstinencia, su cuerpo hablaba por sí solo, al igual que el de Jace. Éste, con una profunda respiración, parecía más inexperto de lo que jamás ella había pensado. Sabía, y era cierto, que él no era virgen, un rostro y una anatomía como las que Jace poseía no se desperdiciabas así como así, cualquier mujer podía apreciarlo. Los nervios siempre habían sido traicioneros y eso parecía ser lo que le sucedía. Pero bastó un poco más de ímpetu en el movimiento de los labios de Clary para darle a Jace la certeza absoluta de lo qué era que ansiaba. Un ronco gemido involuntario ascendió por la garganta de la perlirroja cuando las manos masculinas que más idolatraba se deshacían de los últimos trozos de las medias, arrojándolos al suelo, y ascendían suavemente por sus muslos bajo la falda que llevaba. Ella tiró con fuerza del cinturón de él, precipitando sus caderas para que éstas se cerraran la una contra la otra. No había duda de la excitación de ambos, mas cuando Clary era capaz de sentir tras su ropa la hombría viril.
Había sido demasiado tiempo conteniéndose ya hubiese sido por un motivo u otro. Ya no tenía nada de malo aquello. Y ambos lo tenían muy claro. Los labios de Jace se despegaron de los de ella para besar su mandíbula, dándole pequeños mordiscos que no causaban daño alguno, con la intención de despertar cualquier terminación nerviosa aletargada. Siguió descendiendo hasta que su boca quedó a la altura de la clavícula de ella, y bordeó un poco la zona para quedar justo a un lado de su cuello. Recorrió la zona de su yugular de abajo arriba con su músculo bucal, catando el sabor de la piel de Clary. Aquello era un néctar divino, se dijo él, mientras dejaba descansar su boca a la altura del oído izquierdo de ella. La muchacha tenía el rostro alzado hacia el cielo tormentoso, del cual se había olvidado por completo de que seguía derramando lágrimas angélicas sobre ellos, con los ojos algo entrecerrados y vidriosos de aquella sensación que se apoderaba de ella. Mordió fuertemente su labio inferior cuando una de las manos de Jace se situó entre sus piernas, rozando su piel desnuda en un camino ascendente en la parte superior de entre sus piernas. Jace jadeó, fuera de sí.
– Bravo, bravo... –Unas palmadas secas y pausadas interrumpieron lo que en aquél momento era una burbuja.– Esto me conmociona. –Ninguno de los dos supo identificar la voz, ni siquiera de si era de un sexo o de otro. Por un momento creyeron que tan sólo existían ellos dos, y que lo que les rodeaba era ajeno.
