—Esos movimientos de recién fueron geniales.
Detuvo sus alas abruptamente al escuchar esa voz. Se giró sorprendido, descubriendo una sonrisa satisfecha en el rostro de su mejor amigo que lo observaba unos metros más abajo. Su compañero desde que había aparecido en el Reino de Dios, dispuesto a dar todo su cuerpo y voluntad para el Señor. Al nacer se había sentido muy desorientado, pero cálido cuando percibió que no estaba solo, después de todo Atsushi siempre había estado a su lado. Habían aprendido juntos las reglas del Cielo, sus obligaciones y sobre todo, el mayor por solo unos pocos meses le había enseñado la más grande de las libertades de un ángel.
Volar.
Ya no era novedad para los demás que Todomatsu pasara el tiempo arriba de sus cabezas, practicando piruetas, giros y aterrizajes que más de una vez casi terminan en choques. Por suerte nunca había herido a nadie, aunque si se había ganado varias advertencias por parte de sus superiores. Pero era uno de los más pequeños en el Cielo y solían dejárselas pasar.
—Atsushi, ¿desde cuándo estás ahí?—preguntó sonrojado, lleno de pena por haber sido descubierto justo por su "maestro" y confidente. Decidió bajar para luego posarse sobre las nubes que les permitían poder caminar sobre ellas.
—Diría que desde hace unos diez o quince minutos, como dicen los humanos—dijo, logrando que el de orbes rosados lo mirara con reproche. Rio por lo bajo—. ¿Por qué esa cara? No puedes culparme. Has perfeccionado los movimientos con tus alas. Estoy sorprendido.
—El alumno siempre supera al maestro, ¿verdad?—respondió gracioso, sonriéndole con suficiencia al recordar una de las tantas frases que el otro ángel le había comentado. Atsushi rodó los ojos.
—Debería dejar de enseñarte cosas sobre los humanos.
—¡Nooo! Es lo más interesante de lo que se puede hablar aquí, por favor no dejes de contarme sobre ellos—pidió, colocando una expresión a la que simplemente no podía decírsele que no. El mayor intentó resistirse a mirarla, pero terminó cayendo ante ella… como siempre. Suspiró, rascándose la nuca queriendo quitarle importancia al asunto.
—Si tanto te emociona el mundo humano… ¿Quieres que le pida permiso al Señor para poder ir al menos un rato a la Tierra? Estoy seguro de que te permitirá bajar si vienes conmigo—presumió, satisfecho de ser uno de los ángeles más cercanos y llenos de confianza. Todomatsu lo observó con una ceja levantada, sabiendo que se regocijaba por ello, aún sabiendo que eso no estaba bien. No tenían que ser orgullosos, después de todo.
—¿Estás seguro de que nos lo permitirá? Recuerda lo que sucedía con su hermano, él se la pasaba bajando y eso enfadaba a los demás… no sé si estaría bien…
—¿Confías en mí?
La pregunta lo tomó desprevenido. Dirigió sus ojos rosados a los amarronados, que le sostenían firmemente la mirada. Sintió algo extraño en el pecho, pero no le dio importancia. Tragó saliva y por fin relajó sus labios en una sonrisa.
—Claro que confío en ti, Atsushi.
Poco tiempo después, el ángel más experimentado salía del lugar que su Dios utilizaba como oficina; aquel espacio en donde cuidaba y revisaba a cada alma que llegaba al Cielo o que no debía pasar a éste mismo por sus acciones en la Tierra. Todomatsu esperaba afuera a su compañero, sentado al estilo indio sobre una de esas nubes esponjosas que más le agradaban.
—¿Y? ¿Podemos ir? ¿Dijo que sí?—Ni bien lo vio llegar a él se levantó y extendió sus alas blancas en un gesto que dejaba muy claro lo ansioso y emocionado que estaba. Quería volar. Atsushi sonrió, sin disimular en absoluto las miradas que le dedicaba a esas plumas que cubrían esa parte tan importante de su mejor amigo. Y es que, Todomatsu no era solo uno de los ángeles más bonitos del Paraíso, sino también que poseía esas maravillosas alas que no pasaban desapercibidas por nadie. Él estaba satisfecho con las suyas, pero no tenía vergüenza en admirar las ajenas.
—Nos dio permiso, siempre y cuando no nos dejemos ver por ningún humano y regresemos pronto.
—¡Eres increíble, Atsushi!—exclamó, rodeándole el cuello con los brazos para abrazarlo con una ilusión genuina. Estaba muy feliz, siempre había querido conocer la Tierra pero las visitas a ésta estaban demasiado restringidas por lo que había sucedido muchos años atrás con el hermano mayor de su Dios—Entonces, ¿cuándo iremos?
—Hoy mismo, después de todo en estos momentos allá debe estar atardeciendo. Aprovecharemos el poco sol que queda y contemplaremos un poco la noche… ¿Tienes miedo a la oscuridad?—preguntó, enterneciéndose al verlo estremecerse por sus palabras.
—Oscuridad… es cuando todo está apagado, ¿verdad? Y la luz que siempre está aquí no aparece en ningún lado y el negro está por todas partes así como los demonios y mon-…
—Sí, le tienes miedo—Lo interrumpió, mirándolo con cierta burla pero no grosera. Todomatsu se puso firme, ruborizándose antes de intentar plantar una actitud firme y decidida.
—N-No tengo miedo. De verdad. Soy un ángel, ninguna criatura de las tinieblas me atrap-…
—Todomatsu, cálmate. Estarán la luna y las estrellas. Ellas nos van a iluminar.
—¿C-Con la luz necesaria?
—Sí, y de no ser así, solo deberás tomar mi mano—Luego de decir eso la extendió y entrelazó ambas cuando el menor la sostuvo con timidez—. Todo estará bien, ¿sí? Solo debes preocuparte por aterrizar bien, así no dañarás tus alas. Estaré cerca de todas maneras, ya que podrías ser algo impulsivo al querer lucirte y-…
—Oh, cállate—dijo divertido, soltando su mano para después darle un codazo con suavidad, apenas un empujoncito que ni siquiera lo movió—. Menos palabras y más mundo humano.
Atsushi suspiró, extendiendo sus enormes alas blancas, preparándose para bajar. Todomatsu estiró mejor las suyas al verlo.
—Eres irremediable.
—Lo sé—Y le sonrió, elevándose junto con él al tomarlo de ambas manos sin previo aviso, llevándolo consigo. Sería la primera vez que pisaría la Tierra y tenía muchas emociones arremolinadas en su interior, pero si estaba al lado de su mejor amigo todo estaría bien. Llevó al mayor casi a la rastra, a pesar de que ambos volaban y cuando llegaron al borde de la nube se detuvo de forma brusca. La inseguridad había asaltado todo su cuerpo—U-Uhm…
—¿Tienes miedo? No te preocupes, llegaremos rápido. No seremos los primeros ángeles en ir allá—Lo tranquilizó Atsushi, colocando una mano en su hombro. Ese gesto hizo que el contrario frunciera el ceño decidido y mirara de la misma manera a su compañero.
—No tengo miedo. Vamos—Posicionó sus alas, se preparó mentalmente para todo el recorrido en picada que tenía por delante y estuvo por saltar cuando sintió un agarre seguro alrededor de su mano. Se sorprendió, pero eso no evitó que le terminara sonriendo al de orbes marrones—. ¿Lo haremos juntos?
—A la cuenta de tres—Sus manos se presionaron la una a la otra y sus voces se unieron al contar hasta el número acordado. Una vez lo dijeron, ambos se tiraron e hicieron un buen uso de sus alas. Todomatsu soltó poco a poco a su amigo, a pesar de que éste parecía preocupado por su actuar y apretaba su mano como si no quisiera que la dejara sola.
—Está bien. Puedo hacerlo—susurró, y cuando el otro lo dejó libre, sintió una gran satisfacción. Un sentimiento completamente nuevo.
La sensación del viento golpear contra su piel, el roce del mismo en sus alas que no tenían miedo al moverse, la maravillosa visión que le brindaban todos esos tipos de verdes debajo de ellos y el simple hecho de saber que uno de sus sueños estaba siendo cumplido. Tal era su ilusión junto a su felicidad, que en su mirada rosada aparecieron varios destellos; un brillo característico de un alma pura e inocente. Un niño.
Atsushi, que nunca le había quitado la vista de encima, al notar eso se sintió extraño. Tuvo un palpitar extraño en su pecho, uno que jamás había sentido. Era nuevo, pero agradable. Y curioso. Lo único que podía decir con seguridad era que le gustaba ver esa sonrisa y ese rubor en el rostro ajeno. Quería atesorar esa expresión por siempre.
—Es bonito, ¿cierto?—preguntó, manteniéndose a una distancia prudente por si llegaba a haber algún accidente en pleno vuelo.
—¡Es… increíble! ¡Mucho mejor de lo que me imaginé!—exclamó, mirándolo contento y también agradecido, sin sospechar que despertaba nuevos sentimientos en su amigo, quien debió tragar saliva para calmarse.
—E-Entonces… aterricemos ya—sugirió y al obtener la afirmación ajena, fue disminuyendo la velocidad, indicándole a Todomatsu como debía hacerlo. Pronto sus pies tocaron el césped de esa pradera a la que habían llegado y lo primero que hizo el menor fue agacharse para tocar una margarita. Ésta era iluminada por la poca luz que el sol todavía brindaba, porque no se había escondido del todo.
—Qué hermoso… pensar que los humanos tienen toda esta belleza y lamentablemente no siempre saben apreciarla—musitó desilusionado, acariciando con gentileza los pétalos blancos de la flor. Atsushi se inclinó a su lado y acarició su cabeza.
—Aunque la mayoría sea así, créeme que hay humanos que sí agradecen la dicha de estar vivo y más si son recompensados con este tipo de maravillas—comentó, sabiendo que Todomatsu tomaba esas opiniones como enseñanzas que se guardaba en lo más profundo del alma.
—Sí, tienes razón—Terminó de jugar con la margarita, a la cual le dio una última caricia y después miró a su amigo—. ¿Hay algún lugar mejor que éste que conozcas?—Quiso saber, observándolo con entera curiosidad. Atsushi sonrió.
—Sí. Sígueme, no estamos lejos—Comenzó a caminar, sin darse cuenta de que el contrario no obedecía. Cuando se percató, se volteó confundido y no pudo evitar suspirar resignado al ver que tenía las alas extendidas—. Y pensar que antes te daba terror volar.
—Hasta que tú me enseñaste.
Esa sonrisa acompañada de esas palabras realmente logró hacerlo sentir extraño. Todomatsu parecía más… lindo. Tierno. Agradable. Fue inevitable pensar que de verdad lo quería mucho. Deseaba que estuvieran juntos por siempre, quería contemplar ese rostro lleno de felicidad sin falta. No quería perderlo nunca.
—¿Atsushi? ¿Todo está bien?
La voz ajena logró sacarlo de su estado de trance. Al darse cuenta de las cosas en las que se había quedado pensando, se ruborizó y sacudió la cabeza para volver a tomar las riendas de la situación.
—S-Sí. Solo vamos. Volemos—decidió, elevándose antes de esperar a que su amigo hiciera lo mismo. Cuando estuvo a su altura, tomó su mano sin previo aviso, encajó sus dedos de una forma perfecta sin esperar respuesta u opinión del menor y lo fue guiando con extrema suavidad hacia el lugar que había hallado años atrás. Todomatsu solo lo seguía, expectante y emocionado. Sabía que el más grande siempre lo complacía cuando le mostraba algo. Esa vez seguramente no sería la excepción.
No lo fue.
Se quedó boquiabierto al encontrarse frente a un gran prado, que si bien tenía la misma tonalidad de verde que el anterior, estaba lleno de flores. Un jardín majestuoso, enorme. Claveles, jazmines, margaritas, rosas, amapolas… y un sinfín más que no conocía, porque después de todo era nuevo en ese mundo. Solo sabía reconocer las anteriores porque Atsushi más de una vez se las había descrito en el Cielo, cuando regresaba de la Tierra y él lo esperaba. Le contaba tan bien como eran esas flores (gracias a su paciencia) que ya podía deducir cual era cual entre todas esas. Y eso era fantástico.
Él se sentía fantástico.
—A-Atsushi… esto es… es…—No encontraba las palabras, tampoco era capaz de devolverle la mirada al mayor. Su visión había sido totalmente robada por esos extravagantes colores, que desaparecían poco a poco por la noche próxima—Es… es bellísimo—Por fin pareció reaccionar y decidió ladear la cabeza hacia el contrario para agradecerle, para abrazarlo y para poder decirle lo feliz que lo hacía con esos gestos, pero nunca pudo hacerlo.
Sus labios habían sido callados por los del otro ángel.
Un beso suave, dulce, sin profundizar; un simple roce que duró segundos eternos pues Todomatsu se había quedado estático. No se lo había esperado, en absoluto. Y tampoco se esperó que su corazón empezara a latir desenfrenado, ni esperaba sentir un calor sofocante acumularse en sus mejillas.
¿Aquella no era una de las muestras de amor de los humanos?
Respiró ligero por la boca cuando ésta fue liberada y miró conmocionado a su compañero que parecía querer huir de sus ojos.
—¿Qué…? ¿P-Por qué tú…?
—Yo… realmente te veías… Lo siento… no pude evitarlo…
Se sumieron en un silencio incómodo, hasta que Todomatsu se llevó una mano a esa zona que no dejaba de palpitar de forma desesperante.
—¿Puedes… hacerlo de nuevo?—Su pedido logró que Atsushi dejara de sentir un peso sobre sus alas y a la luz de la luna, volvió a besarlo, siendo esta vez correspondido.
Ese fue el inicio de su relación.
A causa de las reglas, no podían pasearse en el Paraíso tomados de las manos (a no ser que le estuviera enseñando ejercicios referentes a volar, como muchas veces pasaba entre ángeles) y ni hablar de besarse, por lo que a escondidas de los superiores, iban a la Tierra cuando no los precisaban para poder amarse libremente. Solían esconderse en algún rincón solitario, alejado de toda compañía y se besaban sin descanso. A veces solo unían sus labios y éstos pasaban minutos de ese modo. Otras, Atsushi mordía con cuidado la boca del menor, que la abría por acto reflejo y le brindaba un beso profundo.
Fue en uno de esos que un día ya no pudo más.
—T-Totty…—llamó con ese apodo que le había dado a mediados de su noviazgo, separándose de él.
—¿S-Sí?—Todomatsu parecía bastante agitado, pero le mantenía la mirada.
—He e-estado pensando… mucho tiempo… ¿Recuerdas lo q-que hacen los humanos cuando se aman demasiado…?—Fue tanteando, dando sutiles indicios de a dónde quería llegar. Si bien el contrario era uno de los ángeles más jóvenes, no era tonto y de inmediato lo entendió.
—Sí… aquello q-que para nosotros está prohibido, ¿verdad?—recordó en voz baja, desviando sus ojos de los ajenos. Tuvo un leve estremecimiento cuando las manos de Atsushi se afirmaron sobre su cintura, a la cual habían estado abrazadas todo ese tiempo.
—Lo e-está, pero… lo necesito. Te necesito—susurró, hundiendo su rostro en su cuello y respirando allí—. Y sé que tú también…—Sus manos, que nunca habían osado tocarlo por debajo de sus prendas, esta vez lo hicieron. Y Todomatsu nunca se quejó.
Esa noche se entregaron mutuamente, olvidándose de los riesgos y del horrible castigo que podrían tener por violar una de las reglas más importantes del Cielo.
Las consecuencias no tardaron en llegar.
Habían creído ingenuamente que si regresaban al Paraíso como si nada, nadie se daría cuenta, pues lo habían hecho en la Tierra alejados de toda acusación. Pero Choromatsu no era estúpido y podía sentir a la perfección el cambio en sus auras celestiales. Los citó urgente en su oficina y con solo ver su expresión, ambos supieron que habían sido descubiertos.
—¿Pueden decirme que significa esto?—interrogó, su expresión de severidad les hizo temblar ante su imponente voz. Los dos ángeles permanecieron callados, uno con la cabeza baja y el otro sosteniéndole de manera firme la mirada—. Nunca me lo esperé de ustedes, menos de ti, Atsushi. Eras uno de mis ángeles más allegados y cediste ante un pecado como lo es la lujuria... Y ni siquiera parecen arrepentirse.
—¡No lo hacemos!—Megami se quedó perplejo cuando el menor de los tres alzó su mirada y se plantó decidido, en una actitud segura, elevando la voz—¿Por qué habríamos de arrepentirnos? ¡Nos amamos! ¡¿Qué hay de malo en eso?!
— ¿Qué saben ustedes del amor?—reprochó, frunciendo el ceño ante la reacción del más joven, nadie osaba a hablarle de esa manera sin sufrir consecuencias.
—¡¿Qué sabes tú del amor, si abandonaste a tu hermano por un estúpido puesto más alto que el de un ángel?!—El silencio reino en el lugar. El Dios pareció shockearse, sus palabras hicieron eco en su mente y trajo de nuevo pensamientos que no se había permitido en años. Nadie mencionaba a Osomatsu, más allá de su secretaria con la que compartía una estrecharelación (a pesar de los regaños que muchas veces se llevaba por no hacer bien su trabajo) Era un tema totalmente tabú. Y Todomatsu se había atrevido a sacarlo a la luz después de tantos años…
—¡Suficiente! Ustedes no merecen lugar alguno en el cielo. Es más, ya que les place tanto actuar como humanos a partir de este momento, dejarán de ser ángeles. Caerán a la Tierra, en donde vagarán para siempre entre los hombres. Perderán la capacidad de volar—anunció, sin dar explicaciones de su castigo tan "sereno" porque era demasiado íntimo. A fin y al cabo, no quería que se perdieran más alas; con las de su mellizo era suficiente.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo, Megami hizo un movimiento con su brazo y ambos dejaron de sentir la firmeza del suelo bajo sus pies. Todo había desaparecido y se encontraban cayendo directo al mundo humano.
Por inercia buscaron batir sus alas, pero éstas parecían congeladas. Estaban allí, las veían, pero no podían moverlas. Era desesperante. Demasiado. Se miraron en pánico, sabiendo que les esperaba una fuerte caída y tuvieron el mismo pensamiento de buscar aferrarse el uno al otro, lográndolo de inmediato. Todomatsu ocultó su rostro en el cuello de su pareja, en tanto ésta lo hacía en su hombro.
—T-Tengo miedo.
—Tranquilo, no podemos morir.
—¡Por e-eso! No s-sabemos cómo podremos qued-…—Atsushi lo tomó de la mejilla y lo calló con un beso. Era el único gesto que podía brindarles seguridad a ambos.
Y cayeron.
Podrían haberse roto los brazos, pues impactaron de costado, pero no lo hicieron. También pudieron haberse quebrado las alas, sin embargo tampoco sucedió. Quedaron adoloridos, casi inconscientes, no obstante más allá de unos hematomas estarían bien.
—A-Atsushi…—murmuró Todomatsu, rozando sus labios en uno de sus pómulos que tenía al alcance. Se alivió al ver que movía la cabeza, respondiendo a su llamado—¿P-Puedes levantarte? —Era casi gracioso preguntarle eso si apenas podían mantenerse despiertos—Vamos, sé que puedes. P-Podemos salir de e-esto. Juntos—animó. Él siempre había sido ayudado por el mayor… Era su turno de apoyarlo ahora.
Reuniendo fuerzas, se separó de su cuerpo, ignoró todos los dolores en el propio y se puso con dificultad de pie, levantando luego a su novio. Había visto un tronco bastante grande antes de caer, así que lo recostó con delicadeza allí, asegurándose de que no hubiera alguna rama que pudiese lastimarlo (más de lo que ya estaba). Todo ese tiempo, se encargó con amor de su cómplice en el supuesto pecado cometido. Su fuerza de voluntad le permitió moverse para buscar alimento. Claramente debía agradecer que hubiesen caído en un entorno bastante lleno de árboles proveedores. Bayas, moras, a veces alguna que otra manzana con mucha suerte era lo que hallaba.
Pasaron días, semanas, hasta que Atsushi curó. Todomatsu sonrió al ver que ya podía caminar por su cuenta y revisó sus tan preciadasalas, porque desde su caída había tenido miedo de descubrirlas quebradas. Casi llora de alivio al confirmar que, si bien sus alas ya eran inútiles, no estaban dañadas.
—¿Por qué estás conteniendo las lágrimas? No podremos volver a volar nunca—Totty se sorprendió por la voz tajante de su pareja, pero creyó que era por la molestia de haber pasado tanto tiempo bajo su cuidado cuando normalmente siempre era al revés.
—¿N-No lo entiendes? Nuestras a-alas están incapacitadas, es c-cierto, pero las tenemos, ¡ni siquiera están quebradas! ¿Quién dice que no hay esperanzas de que podamos volver a volar?
Atsushi apretó los puños, ¿cómo podía ser tan ingenuo? Vivir para siempre entre seres imperfectos no era lo suyo, él estaba destinado para algo más grande y siempre lo supo, pero ahora… había sido desterrado por la imprudencia del más bajo. Si Todomatsu no lo hubiera seducido, no lo hubiera enamorado… él todavía sería uno de los ángeles más importantes para Megami.
Todo era su culpa, de no haber hecho caso ante su cortejo no estaría en esa penosa situación. Había abierto los ojos.
—¿Huh? ¿Atsushi?—Esa voz suave, aterciopelada, lo enfadaba muchísimo, ¿por qué no podía callarse? Quería cortarle las cuerdas vocales. Quería… sí. Su mirada se posó en las alas blancas del menor, que aunque estaban cerradas, lucían su belleza.
Todomatsu le había quitado su libertad en el Cielo, ¿por qué no iba a quitarle él la suya?
—Totty…—dijo, acercándose a donde estaba. Le complació que no retrocediera, que se quedara quieto y hasta se acercara un poco para saber que necesitaba. Apoyó una de sus manos en el pecho ajeno y lo empujó, recostándolo en el suelo. Fue muy rápido, tanto que el otro ni siquiera logró reaccionar que ya estaba de espaldas al más grande. No entendía absolutamente nada—. ¡Todo esto es tu culpa!—gritó, cerrando una de sus manos alrededor de una zona sensible de sus alas para después tirar de ella… desgarrándosela.
Todomatsu gritó.
—¡Es tu culpa! ¡Tu maldita culpa!—Estaba cegado por la ira, el odio y el rencor. Quería destruir la vida de ese ángel, porque por su culpa ahora estaba condenado a vivir entre los mortales. Una de sus manos sostenía firmemente la cintura del más pequeño, cuidando que no se moviera mientras la otra seguía arrancando parte de sus alas. Sus piernas estaban metidas entre las de Totty, también para evitar que se levantara. Ver las plumas blancas salir volando, dejando rastros de líquido carmesí lo llenó de satisfacción. Le encantaba oír también los gritos desesperados que escapaban de esa garganta.
—¡Ahh! ¡A-Atsushi! ¡D-Detente, por f-favor! ¡A-ATSUSHI! ¡AHHHH!
¿Por qué? ¿Por qué estaba ocurriendo eso? Lo había cuidado, había estado a su lado y por sobre todas las cosas… lo amaba. Siempre habían estado juntos, entonces… ¿Por qué sus alas estaban siendo destrozadas por quién más estimaba? Las lágrimas rodaban por sus mejillas, la sangre empezaba a manchar su piel y los recuerdos afloraron en su mente.
—¿L-Lo estoy haciendo bien?—preguntó con miedo, sin soltar la mano que lo sostenía con firmeza mientras aprendía a planear en el Paraíso. Su primera lección y estaba muy nervioso. Atsushi le sonrió.
—Lo estás haciendo genial, pequeño. Sigue y no mires abajo. Mírame a mí. Estoy contigo.
—¡T-Te lo r-ruego! ¡AHHH! ¡A-Atsushi, b-basta, b-basta por favor! ¡T-Te lo s-suplico…!
—¡Te encontré!—Atsushi apoyó sus manos sobre las suyas, que lo habían abrazado desde atrás aprovechando que ya dominaba el vuelo. Luego se giró bastante rápido y él casi cae, pero fue sosteniendo firmemente por los brazos del mayor.
—Y yo te atrapé. Siempre estaré para atraparte. No permitiré que caigas.
—¡Nh…! ¡Por f-favor…! P-Por favor, ya no m-más…
—Oye, Atsushi…
—¿Sí?
—¿Crees que algún día pueda volar tan bien como tú?—Su voz fue tímida y el ángel más grande rió.
—Claro, ¿por qué no habrías de hacerlo? Perfeccionas muy rápido tu vuelo, y, ¿sabes qué será lo mejor cuando ese momento llegue?
—¿Qué?
—Que volaremos juntos.
—D-De… detente…—Iba a desmayarse. No lo soportaba más. Los sonidos del desprendimiento forzado de sus alas más el dolor que éste le provocaba estaba siendo demasiado para él. Ni siquiera le quedaba voz para seguir implorando.
—¿E-Estás bien, Totty?
—S-Sí, solo hazlo…
—D-De acuerdo…—Acarició su cintura desnuda y se posicionó entre sus piernas, inclinándose hacia su oído para brindarle un último mimo mediante susurros. Lo necesitaba calmado para ese instante—Te amo, Totty…
—Y-Yo también te a-amo…
—…sushi…—jadeó, ya sin poder pronunciar su nombre completo. Cuando dejó de sentir el peso sobre su cuerpo, no hizo movimiento alguno. Tenía miedo. Sentía un profundo dolor en su espalda, concretamente en sus alas y no quería vérselas. Suficiente era para él ver el rastro de sangre que se extendía a sus lados, mezclándose con sus lágrimas.
—Eso fue… divertido—Esas palabras terminaron por destruirlo. Tenía una pequeña esperanza de que se arrepintiera y buscara su perdón, sin embargo… eso no sucedería. Escuchó una risita satisfecha y luego como se sacudía las manos—. Bueno, creo que pasaré al otro lado. Tsk, no me veas así, créeme: Te hice un gran favor. Esas alas no servían para nada—Saber que su gran amor se iría con los demonios fue un golpe certero en todo su ser. Ya no quería oír má siquiera la lluvia pudo aliviarlo minutos después de que Atsushi lo abandonara, dejándolo a su suerte. Quería morir, desaparecer, lo que fuese con dejar de sentir.
Pero no. Estaba condenado a vagar eternamente por el mundo de los humanos… solo. Completamente solo.
Las gotas frías chocaban contra las áreas maltratadas limpiando la sangre, se tensó ante la sensación y cerró con fuerza sus ojos mientras las lágrimas recorrían su rostro. El único testigo de su sufrimiento era la tierra que absorbía su sangre derramada, quería gritar pero era incapaz de hacerlo. Se sentía humillado. Frustrado mordió con fuerza su labio inferior, ahogando cualquier ruido que pudiera salir de su boca.
No solo sus alas estaban rotas, sino también su corazón.
Megami tenía razón. Él no sabía nada del amor.
Y no quería saberlo nunca.
¡LAMENTAMOS LA DEMORA!
Sucedieron muchas cosas, MUCHAS, pero hemos regresado. Y nuestro bebé más especial de todos nuestros fics también (AMA, claro)
Sí, un capítulo bastante fuerte, ¿verdad? Pobre Totty. Y lo escribió mi waifu, me dolió mucho cuando lo leí y espero que a ustedes también, okno.
Bueno, al principio de todo avisamos que se mencionan otras parejas antes de las verdaderas y este AtsuTodo no es la excepción. Esto era necesario lo supieran para entender la personalidad de Totty en el futuro y no solo está esta pareja, habrán muchas más en adelante pero las que quedan definitivas son las mencionadas en la descripción.
Esperamos no retrasarnos más... no mucho.
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Los amamos!
Bel &Monik
