Disclaimer: La serie de Kuroshitsuji es propiedad de Yana Toboso, esto es de fans para fans sin fines de lucro.

Advertencias: Ortografía, straight shota.

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La línea que ella cruzó

Dos semanas antes.

—¿Qué tal una mujer?

Hannah elevó a penas la mirada antes de llevarse otra copa a los labios. Mark sonrió ampliamente antes de soltar una risita.

—Si ya no hay buenos hombres, entonces ¿por qué no una chica? Las mujeres son dulces y suaves. Quizás debas ampliar tu campo de búsqueda.

—Estás ebrio—declaró haciéndole una señal al bartender—. Deme otro…

—Bueno, con eso ya somos dos… ¿has pensado en salir con alguien cercano?

Mark le dio un sorbo al whisky y al termino clavó la vista en los ojos de la mujer.

—… alguien que te aprecie.

Anafeloz esbozó una sonrisa triste.

—¿Alguien así existe?

—Tal vez… todo depende.

—¿De qué?

—¿De qué? —de nuevo sonrió— Qué pregunta. Pero tampoco estoy seguro de qué podría tratarse—cerró los ojos y echó la cabeza a un lado—. Quien sabe, tal vez del resto del mundo. Del alcohol… o de ti.

—¿Dices que hay algo malo conmigo? —dijo molesta. Él silbó.

—…. Depende.

—Estás ebrio, Mark.

—Estamos—dio un largo trago hasta ver el fondo del vaso y agregó—… un día deberíamos intentarlo. Con suerte y somos lo que cada uno busca.

Ella negó suavemente.

Actualmente.

Si lo hubiese considerado. Si hubiese aceptado salir con Mark. Si tan solo no hubiese intervenido en esa disputa, entonces tal vez…

"Tal vez…"

Su mente era una maraña de cuestionamientos inútiles. Los oídos le zumbaban. Todo su interior se había tornado un caos. ¿Y si alguien los había visto? ¡¿Y si Larry le dijera a alguien?! Sintió que la cabeza iba a explotarle. ¡Basta, basta, basta!

"¿Dónde debo tocarte?..."

Esa línea antes del beso. El sabor del mismo en sus labios descoloridos.

Anafeloz creyó que iba a desmayarse de la vergüenza. Llegó a la esquina, el taxista la miró a través del cristal y ella casi lloró. Apretó los ojos impidiendo el brote de pequeñas lágrimas. Los pies le dolían, en su vida había corrido de ese modo, no tenía condición física. Y en medio de las ensordecedoras palpitaciones de su corazón escuchó que un tacón se le quebraba. Entonces, cuando depositó de nuevo el pie en el suelo no hubo ninguna caída. Dedujo con rapidez, aun cuando su caótica cabeza gritaba confusa, que habría pisado una rama. Aunque la idea de la ruptura persistía en el fondo, lejos de detenerla, la motivaba a continuar. Ella sólo deseaba alcanzar ese vehículo y con suerte, olvidar todo lo sucedido. El taxi se detuvo del otro lado de la calle y Hannah cruzó hasta la otra acera sin importarle nada. Alois se quedó atrás antes de que la luz del semáforo pasara al verde. Ella echó una mirada por encima de su hombro antes de entrar al taxi, el rubio la miró. Hannah sintió el aire atorársele en el pecho. Sus labios temblaron.

Él le sonrió y situó la punta de la lengua sobre el labio superior. Para Hannah, fue el empujón que necesitaba para abandonar la escena. Jaló la pequeña manija hacia arriba y la puerta se abrió. La cara le escocía, el rubor le atacaba de nuevo y el calor emanando de su cuerpo la amenazaba con hacerla colapsar. Fueron segundos que le supieron a eternidad. No volvió a levantar la vista, no quería verlo del otro lado regodeándose de todo. No quería verlo cruzar y ¡Dios! ¡Qué no lo hiciera!

"Deprisa, deprisa"

Entró, como si su vida dependiera de ellos y azotó la puerta.

Ni siquiera pensó en lo que hacía. Ni el auto abandonado, ni el chico rubio que dejaba en un barrio extraño. El conductor le preguntó el destino, Hannah respondió con prisa la dirección de su apartamento ocultando la mitad de su cara tras una cortina de finos cabellos. Lo último que deseaba es que alguien notara el escandaloso sonrojo y le confundieran con un tomate.

El hombre le dio un vistazo y tan pronto volvió la vista al frente echó a andar el taxi.

—…¿Intentó robarle?

Anafeloz sintió congelarse. Él observó la reacción por el retrovisor.

—Tómelo como un consejo: No camine sola por estas calles. Podrán verse jóvenes, pero son peligrosos.

No respondió nada, sus labios estaban sellados pero atinó a mover la cabeza. No tardó, aun en medio de su perturbado estado, que todo el efectivo que pudiera necesitar en aquel instante, lo había dejado atrás junto con el estudiante de uniforme a cuadros escoceses.

Mientras tanto…

Alois tardó unos segundos en asimilar lo sucedido y al poco rato la risa escapó de su boca. Allí, de pie en la acera mirando cómo se desvanecía el auto amarillo maldijo a la mujer. Se echó a reír más fuerte y ni bien habían pasado unos cuantos segundos paró de hacerlo con brusquedad. La situación carecía de gracia desde el principio. Se llevó una mano a la cabeza intentando frenar el dolor de cabeza producto de la cólera que comenzaba a invadirlo. Volvió hacia atrás en busca de su mochila. Esa perra… Ni siquiera tenía el dinero suficiente como para tomar un jodido taxi. Tch.

Llegó hasta el Sedan e inspiró profundo recargándose contra la puerta. Qué diablos, nunca antes le había sucedido algo semejante. Se incorporó y abrió el lado del pasajero. A menudo, se encontraba en situaciones en donde las mujeres sentían algo de pánico al salir por vez primera con él casi al punto de reusarse –en un principio-, pero disuadirlas nunca resultó difícil.

Excepto ahora.

Desde luego que no pensaba dejar así las cosas. No por ello Alois tenía reputación entre sus clientas de ser todo un conquistador. Sin embargo, por esta ocasión cambiaría sus encantadoras tácticas. ¿Algo más espartano tal vez? Hannah parecía querer algo de ese estilo. Un violento contraste, que a fin de cuentas, él deseaba más que cualquier otra cosa. Estaba harto de jugar el papel de chico travieso. Ellas lo adoraban. A él le producía nauseas. Pero sabía muy bien que aquel teatro le llenaba los bolsillos. Preservar tal actitud con ellas era algo que debía hacer. Pero Hannah… Oh~, para su deleite personal se aseguraría de hacerle pagar por tal rechazo y tomando esto como excusa, lo haría de la forma que tanto deseaba: Como el chico malo que era.

Pero profundizando un poco en la morena. Sin bien ansiaba ponerle las manos encima -interés resultado de lo antes descrito- y castigarla hasta estar satisfecho; que ella se hubiese marchado –presa del pánico- de esa manera, dejando su auto… bueno, realmente más que causarle gracia le fastidiaba.

—¿Qué le pasa? —se dijo de mala gana.

Se dejó caer sobre el asiento. Alois miró la calle. El semáforo estaba en rojo. El lugar se hallaba desierto y entonces pensó en la suerte de la mujer. Primero se lo encontraba a él: el chico que podría cumplir todas sus fantasías con algo de dinero de por medio. Pero claro, Hannah había huido. ¡Inaudito! ¿Qué clase de persona adulta escapaba de una situación generada por ella?

Gruñó.

Y segundo, abordaba un taxi que milagrosamente pasaba por la zona casi desértica. Era como si el mundo conspirara en su contra para dejarlo sin un centavo. Sacó la mochila y cuando estaba por cerrar de un portazo notó algo en el asiento trasero. Sintió la curiosidad bullir en su interior e inmediatamente dejó sus cosas en el suelo. Entró de nuevo en el auto, asomando medio cuerpo por encima del asiento del pasajero. Surcó una sonrisa en su rostro. Aquello no era otra cosa más que el bolso de una mujer. El bolso de Hannah. Estiró la mano alcanzándolo y tan pronto lo tuvo en su poder lo abrió sin gracia alguna.

—Hannah Anafeloz—entornó los ojos en la identificación—, asistente editora… bien.

El transporte ya no era problema. Ni el dinero.

Cerró la puerta del auto. Sería una pena que le sucediera algo al Sedan. Con la mochila al hombro y el bolso en la derecha, caminó hasta la estación de bus más cercana.

— … but I've gotta say that I never lose—comenzó a cantar en voz baja—, what do I have to do to get inside of you…

En verdad, tenía tantas ganas de volver a ver a esa mujer.

En cuanto a Hannah...

Para cuando el taxi llegó hasta su destino, Hannah sacó el poco efectivo que tenía en los bolsillos.

Entró al departamento desesperada y apenas cerró la puerta de su habitación, como temiendo que alguien pudiese entrar, las piernas le fallaron. Se deslizó hasta el suelo y cuando al fin sintió la loseta fría sostener su cuerpo echó la cabeza hacia atrás, haciéndola chocar suavemente con la madera de la entrada. Pronto comenzó a respirar de forma agitada. Temblaba de pies a cabeza. Hannah se cubrió el rostro. ¿Había sido real? ¿Sucedió todo aquello en realidad?

Escenas entrecortadas comenzaron a reproducirse sin coherencia alguna en un principio. El momento en que se hallaba eligiendo las pastas saltaba de pronto a cuando encendía el televisor y luego pasaba a enfocar la inocente figura del lobo, agradeciéndole haberle rescatado. Todos los recuerdos de ese día hasta abordar el taxi se hilaban unos con otros de forma desorganizada. Hannah cerró los ojos con fuerza intentando alejar sin éxito la línea de sucesos que pronto acaparó su mente. Aquellos se hallaban en perfecto orden, tan fluidos, tan vividos que parecía estar anhelando por voluntad propia, casi como cuando se añora algo, que se repitieran hasta el cansancio. Hannah se vio cundida por un enorme rubor que le llegó hasta las orejas cuando las escenas aumentaron el volumen de cada pequeño sonido grabado en aquellos indecorosos recuerdos. Cada risita y frase que emitió el adolescente retumbaban en las paredes de su conciencia. Anafeloz elevó sus rodillas hasta el pecho y allí ocultó la cara al tiempo en que se cubría los oídos tratando de silenciar los sonidos en su cabeza.

Jamás volvería a mirarse al espejo en toda su vida. La sola idea de asomar la cabeza fuera de su apartamento le remordía la conciencia, como si todo el mundo supiera de sus actos reprobatorios en contra de la sociedad y la moral con la que había sido criada y a la que debía, hasta cierto punto, obedecer como toda una dama inglesa –más o menos -. Si tan solo pudiese quedarse allí, encerrada de por vida, lo haría.

—Uhhohh…—se quejó sin ánimo alguno de levantarse. Ojala el mundo se cayera a pedazos, pensó al recordar el paradero de su auto, el de su bolso y la penosa situación con el taxista. Suerte para ella, en medio de toda la desgracia que la rodeaba, haber guardado el cambio de las compras en los bolsillos de su falda. Si bien no le ayudó a cubrir la mitad del pasaje el hombre se compadeció de ella en parte por imaginar –por cuenta propia- las circunstancias que la obligaron a abordar su taxi. A Hannah sólo le bastó asentir, corroborando la historia que le había creado el conductor y que gracias a eso le disculpaba la falta de dinero, además de compadecerla por la situación que había atravesado. Por último le recomendó llamar a la policía e informarle del robo, a lo cual Hannah respondió (con semblante pálido) que lo haría.

Anafeloz quiso tirarse de los cabellos. ¿Qué era lo que había sucedido? Aquella interrogante zumbaba en sus oídos provocándole mareo. Todo parecía parte de un trágico capítulo de una novela perversa.

El periodo de aflicción en el que se vio inmersa abarcó una hora. Hannah ahora se hallaba tendida en el piso ya más calmada. Las memorias no le angustiaban como en un principio pero continuaban siendo difíciles de sobrellevar, más porque aun sabiendo que todo el asunto era ilícito por mucho que se lo negara, en el fondo el goce que le produjo el incidente no tenía punto de referencia. Asunto que le remordía la conciencia.

Luego de darle un par de vueltas al embrollo se decidió a levantarse. No podía continuar de aquel modo. Caminó torpemente, con desanimo hasta la habitación en donde se desplomó sobre la cama dispuesta a dormir hasta que el sol se pusiera y saliera de nuevo. Quizás al amanecer, todo se hubiese tratado de un mal sueño. Guardó la esperanza de que así fuera y cerró los ojos.

La imagen de un jardín no tardó en aparecer tras sus parpados y aquella voz tan conocida le llamaba otra vez. La gabardina purpura en medio de los rosales, el pelo dorado que era bañado por rabiosos rayos de sol… Hannah se vio sonreír tímidamente. Todo era confuso. Pero tuvo la seguridad de que ella conocía a esa persona. Aquel sueño era como mirar un filme. Allí estaba ella que a su vez, no se trataba de su persona sino de una actriz y Anafeloz, miraba todo situada justamente a lado de su doble. Pero aquella Hannah, se miraba distinta a ella. Más segura, más sensual. Lucía ansiosa y pudo sentir, al extender su brazo y tocarle el hombro, una sensación tan cálido, tan suave, que brotaba de su izquierda. Se intensificó, pronto le quemaba el pecho. El sentimiento la rebasó. ¿Qué era eso? Se sentía embriagada, colmada de algo inexplicablemente exquisito al punto de hacerla llorar mientras miraba la figura de aquel personaje que no recordaba, pero sabía le conocía. Mientras ella se desmoronaba incapaz de contenerse, la otra que vestía como sirvienta reprimía con éxito el mar de emociones que bullían en su interior.

"Te ahogaré en éxtasis, mi señor…"

Hannah abrió los ojos de par en par y tan rápido como le fue posible enfocó a la mujer. Y ella, con toda la calma del mundo la volteó a ver. Los ojos le brillaban de un color parecido al rojo.

El despertador sonó. Las seis en punto.

Apareció en el trabajo tan puntual como solía serlo antes de su espantosa crisis de los casi treinta y como si de un fantasma se tratara, Hannah pasó el día entero en su pequeño cubículo con la cara enterrado en papeles. Ni siquiera Mark logró entablar conversación con ella. Era como si Anafeloz se hubiese transformado en un robot sediento de trabajo y su motivo en la vida fuera alejar a todo ser viviente. El señor Bennett, por supuesto, notó este cambio. No tardó en llamarla a su oficina; Por fortuna, para felicitarle su espíritu renovado que ya desde tiempo atrás, él aseguraba, la estaba abandonando. Después de eso, la envió de vuelta a los labores.

Hannah parecía estar en una especie de trance en el que fuera del trabajo que le asignaban, el relacionarse con el resto de sus compañeros le parecía algo por demás incomodo e inútil. Se sentó tras su escritorio y con la mirada fija en la nada, sintió que el mundo carecía de sentido. De nuevo era un punto insignificante dentro de la sociedad. Cuando su jornada laboral finalizara ese día, iría directo a su departamento. Tomaría una ducha, encendería el televisor y rato más tarde se iría a la cama. Y eso se repetiría todos los días. Si acaso, saldría en su día libre a algún bar en busca de quién sabe qué, que al final –como siempre- no encontraría y regresaría a la rutina. Eso era su vida. Esa era ella. Eso venía siendo desde muchos meses atrás. Excepto ayer…

Ayer ella había roto las reglas. Aquel día, Hannah sintió su pulso gritarle cuan viva estaba.

Se cubrió la cara con las palmas. ¿Qué demonios era lo que le estaba sucediendo?

Iba a volverse loca.

Habría pasado alrededor de una media hora cuando Mark se asomó a verle.

—¿Todo bien señorita simpatía?

Hannah despegó la vista del folder.

—Estoy trabajando. ¿Necesitas algo? —él le sonrió. Hannah frunció el ceño—Mark, a diferencia tuya hay quienes tenemos un empleo que desempeñar.

—Oh, por supuesto, también tengo qué hacer. ¿Ves esa pila de documentos de allí? —señaló hacia su escritorio—Es de Laurent. Este servidor, por otro lado, debe supervisar el nuevo proyecto.

—¿El proyecto…?—arqueó las cejas—¿De qué rayos estás hablando? Soy una asistente.

El hombre de corbata azul chasqueó los dedos.

—Caíste.

Hannah afiló la mirada.

—Largo.

Mark continuó allí y preguntó.

—¿Todo bien?

—Perfecto, ahora vete, debo revisar estos papeles.

—No hace mucho te ahogabas en un vaso de agua y ahora…

—Por favor, intento hacer mi trabajo.

Pero no. Al hombre, igual que el resto de la oficina aquella mañana, la sospecha de que algo le sucedía lo incitaba a fisgonear. Era justo como el gato de aquel dicho; la curiosidad lo mató, pero murió sabiendo. ¿Qué sería? Se preguntaba mientras su mirada intentaba derribar el muro de indiferencia. Y entonces, a Mark se le ocurrió algo que la tomó por sorpresa, completamente desprevenida. Lo único que podía ser. Su boca se curvó hacia arriba en una brillante sonrisa. Tantearía a ciegas pero tenía la sensación de que vislumbraba algo de cierto en aquello que gritaba en su mente. Y dio el primer paso.

—¿Cómo se llama? —Mark ensanchó la sonrisa—Ya encontraste a tu hombre, ¿no es así?

Anafeloz sintió el corazón en un puño. Se heló. Nada de rubor, sólo palideció y el hombre en frente la vio con ojos extrañados. No estaba lista para decir nada, de nuevo era un manojo de nervios. El calambre en el estómago se hizo presente así como los signos de conversión a gelatina en sus piernas. ¿Habría forma de olvidar todo el maldito asunto alguna vez? Si acaso aquello no hubiese sido suficiente la imagen del rubio apareció como el más puro spam en su mente. Su sonrisa, sus brillantes ojos azules…

"—No digas así mi nombre.

¿Así?… ¿te gusta?"

Su cuerpo se sacudió ligeramente.

—No digas estupideces. —alcanzó a decir antes de que su quijada temblara. Se puso de pie y tan rápido como le fue posible abandonó la oficina. Mark intentó detenerla.

—Oye, espera, ¿a dónde vas? —y luego agregó—He acertado, ¿verdad que sí? ¡Te lo tenías bien escondido!

¡Y una mierda! Eso fue lo que quiso gritarle de no ser porque, cual flash backs, las memorias con el chico volvían a ella una y otra vez. El rubor se decidió a aparecer produciéndole un endemoniado calor. Agachó la cabeza, ocultando su cara con su largo cabello mientras caminaba por el pasillo hasta los sanitarios. El trayecto le pareció ridículamente largo. Cuando sus ojos vislumbraron la entrada al tocador hizo un último esfuerzo por mantenerse con aquella expresión de pura indiferencia. Ingresó y apenas al cerrar, sintió como las fuerzas se le desvanecían. Se tambaleó hasta los lavabos y frente al espejo contempló el rubor de su rostro. Estaba tan roja que le escocía. Abrió el grifo. El recuerdo del rubio danzó frente a sus ojos. Hannah exhaló. Tomó agua entre sus manos y se lavó la cara.

No más. Pensar en ello, en lo que no debió hacer, no importaba ya. Había sucedido y jamás se repetiría. Era tiempo de olvidarlo. No volvería a verlo.

Se repitió la línea de pensamientos una y otra vez. Luego de algunos minutos logró calmarse. La puerta se abrió, Shopi la saludó.

—Hannah. Linda, no te había visto desde la mañana. Parece ser que los rumores son ciertos.

—¿Rumores? —fingió no entender volviéndose hacia la otra.

—Dicen que has llegado con un humor bastante desagradable.

—Tal vez sean ciertos.—respondió antes de salir.

Shopi chasqueó la lengua.

Volvió a su sitio, Mark se encontraba en su propio escritorio frente al computador.

—¿Me dirás?

Hannah lo ignoró. Concentrarse en su trabajo, eso mantendría ocupada su mente.

.

.

.

Dos días después…

Era por la mañana cuando sonó el timbre y a Hannah casi le da un mini infarto. Todavía se encontraba alterada por los pasados hechos, había dormido poco gracias a su maldito subconsciente que desvergonzadamente, se encargó de hacerle una secuela a los recuerdos que involucraban al rubio. Se acomodó el cabello y abrió la puerta lentamente. Shopi le extendió un enorme folder.

—Buenos días a ti también. —dijo con marcado sarcasmo.

—Me gustaría haberlo dicho pero no parece como si lo fuera para ti. ¿Mala mañana?

—¿Qué es? —preguntó pasando de ella—¿Listas de…?

—Es la fotocopia del proyecto más reciente—explicó—. El señor Bennett quiere saber tu opinión al respecto. Es una novela negra; Personalmente creo que es demasiado pretenciosa.

—Le echaré un vistazo más tarde. —prometió tomando el folder. Le importaba un bledo lo que ella opinara, sólo deseaba descansar un rato.

La otra hizo una expresión extrañada y con el ceño fruncido se animó a decir:

—Luces perturbada… ¿qué te ocurre?

Hannah se sorprendió a penas un poco. Diablos, olvidó fingir su estado.

—No es nada.

Shopi la miró preocupada.

—¿Estás segura? Me angustia verte a sí.

—Estoy bien—reiteró fingiendo una sonrisa—. He estado trabajando hasta tarde y tengo muchos pendientes en la oficina. Será esa la razón.

A la otra mujer no le pareció convincente la historia y sin detenerse a pensarlo se lanzó a cuestionarla.

—Me parece haberte visto marchar en horarios decentes… ¿por qué me mientes? Nos conocemos desde hace mucho. ¿Qué es lo que te inquieta?

Hannah sintió el malhumor apoderarse velozmente de ella ante la insistencia de la mujer. Especialmente por el hecho de que dudara de sus mentiras y aún más que supiera que lo eran. Pensó un momento en lo que le respondería, porque tenía que decirle algo para hacerle cerrar la boca. Pero pronto aquella pizca de cortesía se vino abajo, aplastada por la resolución de terminar tan indeseable y por demás problemática charla.

—Shopi. Te agradezco me trajeras los documentos, hasta pronto. —y cerró la puerta sin agregar más, dejándola perpleja y casi sin nariz.

Mientras tanto en otro lugar…

Tocaban a la puerta insistentemente. Al principio, presa de un sueño pesado, no llegó a escuchar las primeras secuencias de golpecitos. Ahora Morfeo se alejaba, obligado a hacerlo al incrementar el volumen y disminuir los intervalos. Abrió un ojo enfocando la entrada. ¿Quién a esas endemoniadas horas de la madrugada –aunque bien pasaban de las 11- le querría ver? Había trabajado hasta pasadas las 4, estaba agotado y el siguiente turno comenzaba a las nueve. A Larry le parecía que aquello era producto de algún desalmado o bien la casera que intentaba derrumbarle la puerta para cobrar la renta. Fuera cual fuera a él le parecían acciones llenas de maldad. ¿Es que no entendían que el pobre hombre se hallaba falto de energías? ¿Qué apenas podía levantar la cabeza de la almohada y fuera de eso mover cualquier otra extremidad representaba una proeza heroica? Tristemente para él: así era. Esa persona –quien fuera- no tenía forma de saberlo. A final de cuentas, Larry el bartender de Blue Moon resolvió, en medio de un bostezo, informarle a su visitante que debajo de la horrible maceta con la planta media muerta guardaba una llave de repuesto. O eso creyó informar pues lo dicho había sido en realidad algo como:

—¡La maceta está en la llave!

Ni bien había terminado de decir aquello cuando escuchó una risa. Una no cualquiera.

Apretó los ojos incorporándose. El sueño se le había ido. Oyó la cerradura ceder y ya sentado en el borde de la cama, vistiendo un bóxer viejo y calcetines, aguardó. La poca luz que inundó el cuarto le cegó momentáneamente.

—Ciérrala, ciérrala. —le dijo cubriéndose la cara. El segundo le obedeció de inmediato empujando con el pie la puerta. Hubo un silbido de sorpresa y luego, en medio de la penumbra, le saludó.

—Buenos días.

—Ahg, ¿qué quieres? ¿No deberías estar en la escuela? —masculló poniéndose de pie. Se rascó la cabeza y bostezó otra vez.

—Hmpf, con ese carácter no debes tener muchos amigos.

—Y lo agradezco—contestó caminando hacia la cocineta—¿Algo de café?

—No, gracias.

—¿Entonces? —Larry puso la cafetera—¿A qué debo su presencia su alteza?

—Noto que estás encantado de ser mi anfitrión, ¿tan mala mañana te doy?

—Qué perspicaz—comentó sarcástico—¿Quieres moverte de ahí? No es una novela de misterio… ¿por qué no llevas puesto el uniforme?

Avanzó hacia él y con tono aburrido respondió.

—Salí temprano hoy… mi profesor se cayó de las escaleras y se torció el tobillo—tomó asiento a la mesita de la cocina—… Larry este lugar es un desastre, ¿siempre está así de mal?

—Sólo los jueves por la mañana—se sentó en frente del rubio—. Creí verte hace poco… debió ser mi imaginación.

Alois sonrió malicioso.

—¿Ayer?

—… vaya mierda. Sí eras tú.

—Actúas como si estuviese molesto conmigo. ¿Lo estás? —la sonrisa en su rostro se desvaneció—No me gustaría que las cosas se volvieran tensas entre ambos.

El hombre guardó silencio un momento. Era inusual tener al chico en su departamento. Por lo general se encontraban en un viejo parque a unas cuantas cuadras. Él se quejaba del trabajo en el bar mientras Alois lo escuchaba e interrumpía entre tanto y tanto. El de ojos azules no acostumbraba a contarle nada que no fuera sobre el colegio o alguna que otra clienta que no paraba de hablarle sobre un mejor estilo de vida mientras -la hipócrita- le abría las piernas. Era agradable hablar con él, se entendían pese a la diferencia de edades y aun cuando no supiera nada más allá de esas charlas, lo consideraba un amigo. El único conocimiento que tenía sobre el chico era que: vivía con un pariente y que, al parecer, tenía apenas un año dedicándose a, digamos, prostituirse… cosa que se le daba terriblemente bien.

Ahora el problema era que el cabrón le había puesto las manos encima a alguien que, desde algunos meses, él tenía en la mira.

—¿Y?, ¿quién era? —preguntó fingiéndose desinteresado.

—¿Quién era quién?

Larry lo miró. Alois le sonreía de nueva cuenta, de esa forma burlona, porque no lo engañaba. El rubio era un lobo igual que él, sólo que con más maña. Maña que sabía cómo ocultar tras ese aspecto de niño inexperto que el mundo atribuye a la gente joven, ignorando que los tiempos han cambiado y la niñez ya no es sinónimo de pureza. Y mientras se enfrascaba en esos pensamientos, el más joven abría la mochila que llevaba consigo.

—… De modo que tenía razón—murmuró satisfecho y del interior extrajo un bolso de dama. Larry enarcó una ceja, confundido—. La mujer con la que me viste, ¿la conoces?

Recordó a Hannah e intentó borrar la imagen de su cabeza. No podía ser cierto. En aquel momento quiso creer que sus ojos le mentían, que no era la mujer que conocía. Larry centró su atención en el bolso. No pensaría más en ello.

—¿De dónde lo has sacado? ¿Lo robaste?

Alois endureció su expresión e inmediatamente sacó del interior una identificación.

—La conoces, ¿verdad?

El estómago se le revolvió. Tenía que ser una broma de mal gusto. La escena del auto se reprodujo.

—… No estarás hablando en serio.

—No sé lo que imagines, pero, ¿la conoces?

Dudó en responder. Creer que ella estuviese involucrada con un menor… Especialmente con él. Larry observó la ID aburrido. Luego miró al chico. El pensamiento que la relacionaba de forma indecorosa con el rubio lo abordó otra vez. Involucrada. No, no podía hacerse a la idea de que así fuera. Además de que le gustaba y Alois, pese a su edad, sabía jugar bien sus cartas.

Cuando estuvo por responderle con una negativa, el menor pareció leer sus intenciones y se adelantó a decir:

—No mientas, sé que es así. Ella misma me lo dijo. Sólo quiero corroborarlo.

Maldita juventud…

Suspiró y tomó la credencial. Hannah se veía igual que siempre. Con esa expresión melancólica y aire indiferente. Tan bonita y delicada.

—Sí. La conozco, ¿contento?—se frotó la frente con la mirada fija en la pequeña fotografía— No pensé que ella fuera de ese tipo. Parecía estar más interesada en los… legales.

El rubio sonrió.

—¿Te hace gracia?

—Un poco, sí—pausó un momento al tiempo en que tomaba de vuelta la tarjeta. —… me gustaría que me hicieras un favor.

—¿Un favor, dices? —el hombre lo miró escéptico.

—Verás, ella seguramente debe estar reprochándose varias cosas, especialmente esta—aseguró señalando el bolso—. Vamos, no me mires así. Ella misma lo olvidó antes de abandonarme en un páramo desolado. Y pensar que la hice sentir tan bien… qué malagradecida.

—Espera un segundo, ahora estoy confundido. ¿Es o no una de tus clientas?

—Eso no es de tu incumbencia—pausó un instante y añadió—. Hmm, no me digas que… ¿te gusta?

No respondió, en su lugar formuló la pregunta que desde un rato atrás estaba dando vueltas en su cabeza.

—… ¿Qué le hiciste?

Los ojos azules de Alois se clavaron en los marrones del mayor no más de un par de segundos para, seguidamente, pasear la vista por los alrededores y reparar en la pequeña foto de la identificación. Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa antes de volver a enfocar al sujeto.

—Ya sabes… Nada especial.

¿Nada especial? Eso no entraba ni remotamente en el vocabulario del chico. Aquello le dio más mala espina que antes e instantes más tarde alcanzó el Jack Daniels que yacía sobre la mesa. Se sirvió un trago. Le dio apenas un sorbo y luego se frotó la frente, analizando una y otra vez lo que hasta ahora se había conversado… que era casi nada.

—Tiene una voz muy sensual… debiste verla asintiendo a cada cosa que le decía. Pienso que es algo masoquista, es tan sumisa, sabes.

A Larry la mandíbula se le trabó. El olor a café impregnó el lugar. Las preguntas atiborraron su cabeza. ¿Sería prudente preguntar detalles si es que acaso todo lo que decía era cierto? Y de ser así, ¿hasta cierto punto que era verdad y qué no? ¿Debería cuestionarle hasta quedar satisfecho u obligarle a contarle todo sin omitir absolutamente nada? Pero Larry no dijo nada. Pues en el fondo, sabía que de ningún modo Alois habría podido robar el bolso. Más el de ella, menos que lo hurtara por necesidad o diversión. No entendía lo que había ocurrido, pero tristemente había sucedido algo. Y no veía motivos para que el rubio le mintiera.

—¿No dices nada? —Alois suspiró ligeramente irritado—Has salido con mujeres que me frecuentan, no hagas un drama por esta.

—No hago dramas… Y no lo entiendo. —expresó saliendo de su mutismo mientras acercaba nuevamente el vaso a sus labios.

El adolescente lo miró con atención. Pasados unos segundos Larry retomó la palabra.

—No puedo decir que mientes, pero tampoco que me estés diciendo la verdad—Trancy estuvo por refutar cuando este primero agregó—… al menos no toda.

El menor abrió la boca dispuesto a darle largas pero los ojos decididos del Bartender le obligaron a pensárselo mejor. Cierto era que había llegado a algo con Hannah y que ella lo había disfrutado, sin lugar a dudas. Así que mentiras hasta el momento no había dicho. La mujer no era su clienta… no aun, pero ya lo sería. Omitir esa parte entre tanto le parecía sensato. Estaba determinado a que la de piel canela le reembolsara con creces lo que esa tarde había perdido. Además, le producía cierta curiosidad saber lo que se ocultaba tras esa desagradable mirada prepotente y poco expresiva.

—Cree lo que quieras creer, pero hazme este favor—cuando vio venir la negativa del hombre se apresuró a añadir—. Más bien, hazle a ella este favor.

—¿De qué estás hablando?

Una hora más tarde…

Era un milagro. El auto estaba en una sola pieza. Alois sonrió aliviado.

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué dejó su auto? Y, ¿por qué tienes sus cosas?

—Prometiste no preguntar.

—Dijiste que me contarías lo que ocurrió apenas llegáramos.

—Y tú que no me preguntarías. Como has roto tu promesa no veo por qué no, romper la mía—Larry lo miró con reproche y este segundo sacó las llaves del bolsillo de su pantalón—. Así que, ¿puedes llevárselo? Seguro te lo agradecerá y quién sabe, quizás hasta te la…

—Para con eso. —y le arrebató las llaves.

No entendía nada. Nada. ¿Qué había sucedido? Se quedó un momento mirando el auto. Apretó las llaves. Volvió la vista al rubio. Larry resopló.

—Al menos dime una cosa.

—¿Mmm?

—¿Cómo la conociste?

—Ella vino a mí. —respondió encaminándose al Sedan.

Larry silbó, como una forma de exteriorizar lo que las palabras no podían. Alois se guardó un último comentario, enlazado con aquella línea. Pero dados todos los planes que tenía para con la mujer, prefirió no decir nada. Si el bartender lo había tomado, como sea que lo hubiera hecho, no importaba ya.

—¿Puedes dejarme en la estación del metro? Tengo un asunto que tratar.

El mayor quitó la alarma y los seguros.

—¿Tienes la dirección? —dijo desganado. El rubio le dio una credencial. La del empleo. Allí venía el domicilio.

Subieron al auto. Larry encendió la radio. Puso el auto en marcha e intentando sonar desinteresado preguntó:

—¿A quién verás hoy?

Alois, con la atención centrada en el móvil, contestó.

—Paula…

—¿Es nueva?

—… mmm, sí, algo como eso—terminó de enviar el mensaje y se guardó el teléfono entre la chaqueta—. Es bonita pero muy estúpida.

—¿Por qué lo dices? —preguntó dando vuelta a la izquierda.

—Bueno, ¿será por los pechos enormes? No. Tal vez sea la edad. Apenas tiene veinte… aunque eso nada influye en la madurez emocional—rió al escucharse decirlo—¡Sí, lo sabré yo!

—¿Y por eso ella es estúpida?

—Hmm, —asintió con un gesto desdeñoso— me resulta tan desagradable.

—Wow, wow, espera ahí. ¿Es que ella…? ¿Aún guarda inocencia? —Larry lo miró por el rabillo del ojo y vio como éste volteaba hacia la ventanilla—¡Oh, pobre envidioso!—sonrió mofándose—Debe ser difícil encontrarse con alguien que tiene lo que uno siempre deseó mantener por más tiempo.

—Cierra la boca, perdedor. Me agradabas más esta mañana cuando lloriqueabas por esa zorra. —escupió irritado.

—¡No lloré por nadie! —objetó propinándole un pequeño golpe en la cabeza—Hannah es atractiva eso es todo. Sólo lamenté la perdida de una mujer de esas medidas.

—¿Perdida?

—… que le gusten los mocosos como tú. Eso es un caso perdido para mí—chasqueó la lengua y lo miró de reojo—… ¿qué puedes ofrecerles tú que un hombre de verdad no tenga?

Alois lo pensó un momento. Sus ojos destellaron con cierta malicia al hallar la respuesta. Volteó a verlo.

—Un crimen perfecto—se llevó el índice sobre los labios— Es adrenalina. Romper las reglas en las narices de todos. Escupir sobre la sociedad. ¿No te encantaría tirarte a una chica de instituto? ¿No te gustaría arrancarle el uniforme? —soltó una risita— Es un maldito cliché que excita... Es por mi edad. Con seguridad que lo es.

Larry parpadeó varias veces seguidas procesando la información.

—Eso es tan enfermo…—dijo al fin esbozando una sonrisa pícara.

Alois se echó a reír.

Horas después…

Escuchó a alguien tocar y se aproximó con andar flojo. Seguramente sería Shopi de nuevo. Atrapó la manija sin ánimos de abrir. No quería verla. No deseaba ver a nadie. Le había resultado imposible tomar una siesta sin que la culpa la atormentara. Maldita moral hipócrita.

Inspiró hondo y giró la manija. Más papeles, más libros basura que venderle al público, le daba igual.

—¿Olvidaste decirme al…?

Quedó paralizada. Larry le extendió las llaves.

—Lo dejé estacionado en frente—Anafeloz dio un paso hacia atrás—. Sigue en una pieza… y… bueno, los vegetales en la cajuela no están tan mal. ¿Fuiste de compras ese día? —sacudió la cabeza— Olvídalo, no es de mi incumbencia. Así que, toma tus llaves. Nos vemos un día que, ya sabes, decidas darte una vuelta por Blue Moon.

Intentó decir algo. Fue incapaz. Entonces asió las llaves; las manos le temblaban. Él dio la vuelta. Ella lo miraba alejarse. Tenía que estar soñando, tenía que ser un mal sueño.

—Casi lo olvido—Larry se detuvo y volteó a verla—. Me dijo que te lo devolvería en un par de días.

A Hannah se le desmoronó el mundo. Ni siquiera preguntó sobre qué hablaba, ella sabía bien.

El bolso…

Después de eso Larry se marchó.

Esa noche Hannah no durmió ni un poco. El techo sobre ella, el sonido de la calle, su respiración pausada… se incorporó. Salió de la cama y fue hasta la cocina. En medio de la oscuridad esbozó media sonrisa. Seguía austera, su cocina continuaba poco hogareña. Dio unos cuantos pasos más y se sentó. Allí, sobre la mesa, estaban las llaves. Las contempló un momento. Mañana lo resolvería todo.

—Mañana…

Y Hannah se preguntó una última vez la razón por la que subió a ese chico a su auto.

Fue para ayudarlo… porque ella era una buena persona y las nobles –como lo era ella-, ayudaban a quienes lo necesitaban.

Mientras se mentalizaba con ello, una pregunta la asaltó.

¿Por qué no opuso más resistencia?

Hannah agachó la cabeza. Sintió marearse y se echó a reír suavemente.

—… porque se sintió… bien…

Sonrió tristemente.

Sí, mañana terminaría con toda esa locura.

(…)

Resopló agotado cerrando el libro de algebra y moviendo el lápiz de lado a lado, se llevó el extremo en donde yacía la goma a los labios. ¿Qué debería hacer ahora? El reloj marcaba las dos de la madrugada. Alois hizo una expresión aburrida y dejó caer el lápiz sobre el escritorio. Tenía cuatro horas de buen sueño por delante, los deberes hechos y una cómoda cama que lo llamaba con dulzura. Sin embargo, había algo que lo inquietaba. ¿Su malnacido tío? No, no era algo relacionado con ese anciano. Gruñó. Tenía esa molesta sensación de haber olvidado algo. Ah, ¿pero qué? En aquel momento nada llegaba a su cabeza que pudiera ser. Bostezó cansado dirigiéndose a la litera. Fuese lo que fuese tal vez podría esperar hasta el amanecer. Pero recién se había cubierto con el edredón; abrió los ojos. Oh, por supuesto, casi lo olvidaba. Se levantó y se dirigió de nuevo a su pequeño escritorio. Abrió el cajoncito del lado derecho y de entre las múltiples cosas en él, sacó una cajita de té. La abrió.

—Con un par bastará…

Sacó dos Trojan y los metió en uno de los compartimientos de la mochila. Sonrió malicioso. Tenía la impresión de que los necesitaría. Quien sabe, tal vez Paula querría jugar a ser una niña mala o quizás…

Quizás alguien se decidiera a recuperar algo.

Uno nunca sabe.

Y entonces…

Eran las tres de la tarde. Había pedido el resto del día; argumentando no sentirse bien y el señor Bennett le permitió retirarse.

Aunque estaba decidida a ponerle punto final a su calvario, aun así, debía estar loca. Lo estaba. La garganta se le cerró. Bebió del agua embotellada que llevaba consigo. No hubo mejoría. Su corazón acelerado iba a romperle los tímpanos por tan ensordecedor sonido. Finalmente el timbre que anunciaba el final de las clases sonó. Hannah palideció. Pensó en encender el auto y huir lejos. No lo hizo. Clavó sus dedos en el volante sin lograr mover un sólo musculo. ¿Pero qué demonios estaba haciendo allí? ¿Acaso había perdido la cordura? Sus pómulos enrojecieron produciéndole escozor. Cielos, de pronto tenía tanto calor. Respiró profundo un par de veces. Hannah apretó los ojos intentando encontrar una excusa que ella misma pudiera creerse. Abrió los ojos de inmediato. ¿Excusa? No, no, no era eso. Simplemente quería recuperar lo que le pertenecía. Mero capricho. Nada más. Por supuesto, porque ella era una mujer adulta.

—Hey, ¿esperas a alguien?

Casi gritó de la sorpresa. Hannah sintió claramente como si un abismo se situara en su estómago. Creyó que iba a morir. Con toda la calma que logró fingir, miró hacia la ventanilla. Los claros ojos, el cabello rubio, la jovialidad… un enorme calambre hormigueó en su estómago.

—¿Qué haces aquí?—alcanzó a pronunciar sabiendo que no era la indicada para formular aquella pregunta.

Él sonrió descaradamente; De forma burlona.

—Vi tu auto—terminó de inclinarse y colocó ambos brazos en el marco—. Lo reconocí y pensé en saludarte.

Mocoso infeliz, bastardo. Hannah le lanzó una mirada que terminó desquebrajándose en instantes. Ella no podía, y él lo sabía.

—Escucha, yo-

—No eres mi tipo. —declaró repentinamente dejando a Hannah parcialmente fuera de lugar.

Curvó los labios y Hannah creyó que jamás en su vida había visto una expresión tan seductoramente perversa y cruel. Tragó saliva. Incluso con aquel comentario, tan irreverente (porque no conocía a ningún hombre que dijera semejante cosa), Hannah no lograba pensar en nada. Tenía ese par de ojos mirándola de esa forma.

—Pero yo sí soy el tuyo, ¿no es verdad?

Y una bofetada imaginaria se estrelló en su rostro. Jadeó sin poder controlarlo, reaccionando de forma incrédula ante tal afirmación.

—¡Por supuesto que no! ¡Eres un niño! ¡Un pre-adolescente! ¡¿Cómo podría yo interesarme en ti?! —vociferó rehuyéndole la mirada. Alois enarcó las cejas adquiriendo una expresión de indiferencia.

—Dímelo tú. ¿Por qué estabas esperándome?

Enmudeció. Y la maliciosa sonrisa en el rostro más joven retornó.

—… ¿Vas a dejarme subir?

—S-sólo vine a hablar contigo. Seré muy breve así que-

—No es verdad.

Hannah lo miró. No estaba segura de negar esa afirmación, ni siquiera para ella misma.

—Sólo vine a hablar contigo—esta vez, las palabras salieron con más fluidez, sin tropiezos— con respecto a lo que sucedió. No quiero que esto se llegue a saber. También agradecería que me devolvieses mi bolso. No me importa si tomaste todo el efectivo. Sólo devuélvemelo.

—Hablar conmigo y recuperar tu bolso. De modo que le das más importancia a la charla con este servidor que a todas tus credenciales. Interesante—Alois hizo una pausa. Se irguió echando la cabeza para atrás revirando los ojos casi con hastío y luego volvió acomodarse—. Dejémonos de juegos. Sólo dilo ya. Es molesto.

Hannah a penas y lo miró.

—Di que quieres hacerlo. Ambos lo sabemos. Con suerte y te rebaje la tarifa.

El rubor estalló con violencia en su rostro.

—¡Pero que impertinente! Hablarle de ese modo a una mujer como yo.

Hubo una risita nasal y luego esa implacable mirada. Apartó la vista. No podía hacerle frente, era tan patética.

—Sólo eres una zorra. Te mojaste así de rápido esa vez y, ¿te das el lujo de fingir decencia?

Ella continuó con la vista clavada en el volante sintiendo arder su cara. Alois soltó una risa que golpeó el ego de la mujer.

—Dime, Hannah—esa maldita forma de pronunciar su nombre—, ¿me tienes miedo?

Hannah volteó a verlo de inmediato. No, ella no…

Los largos dedos del adolescente repasaron la orilla del cristal.

—¿Te… asusta la idea?

Alois la miró, retándola a hacerlo. Invitándola a jugar algo que, con toda seguridad, Hannah sabía que sería el fin de su vida como la conocía. Se miraron unos segundos más. Hannah se sintió subestimada. Aquellos ojos le susurraban cobarde. La humillaban. Mordió su labio. No. Si ella lo hacía. Si quitaba el seguro de la puerta habría cruzado la línea. No caería en el juego de un niño. Ella era una mujer adulta. El rubio amplió la sonrisa, como si pudiese saber lo que ella pensaba.

¡Bastardo!

Ningún chiquillo jugaba con ella. Bajó la vista, su índice rozó un pequeño interruptor. Click. Y el seguro de las puertas se desactivaría. Su respiración comenzó a regularizarse. Tan sólo lo dejaría subir para evitar malos entendidos. No estaba haciendo nada malo de todos modos. Ella no cometía los mismos errores dos veces. Era la adulta. Hablaría con él y obtendría su bolso. Nada más que eso.

El sonido al ser abierta la puerta, al cerrarla. Alois la miró en silencio. Hannah puso el auto en marcha.

El trayecto desde allí hasta su departamento se redujo a no más de un par de pestañeos. Para cuando comenzó a sentir el peso de la realidad ya se hallaba oprimiendo el botón de su piso en el ascensor. Sintió como una gota de frío sudor se deslizaba por el costado izquierdo se rostro y por el rabillo del ojo observó con brevedad al adolescente. Alois, fuera de lo que ella pudo haber imaginado, tenía una expresión que le heló los sentidos. Parecía distante, casi indiferente de tenerla a lado y al mismo tiempo, fastidiado por el simple hecho de estar allí. Como si se viera obligado a estarlo. Peor aún, como si ella lo estuviese arrastrando. Todo eso la hizo desear desaparecer y el nerviosismo se situó en su estómago que no tardó en pasarle cuenta de ello, tensándose hasta el punto de dolerle como si un enorme puño le golpeara las entrañas. Y mientras esto la atormentaba las puertas del elevador se abrieron exponiendo el destino que en aquel momento a Hannah, lejos de parecerle el pasillo de su piso, se le asemejó a la zona del miedo.

Aún estaba a tiempo de retractarse de no hacer nada, porque ella no planeaba hacer nada con él, excepto hablar y pedirle que le devolviera el bolso. Pero podía hacer eso: nada. Podía no hacer nada, retractarse de hablar con él o pedirle de vuelta el bolso. En su lugar podría, cobardemente salir del ascensor antes que él y antes de eso, marcar el botón de la planta baja enviándolo de regreso. Total, no sabía en qué departamento se hospedaba e igual si preguntaba por ella en recepción alegando que había encontrado algunas pertenecías suyas, el gerente únicamente le pediría que las dejara allí y sin más, la cosa terminaría así. Al fin y al cabo, sólo eran tarjetas y efectivo, nada le costaba tramitar todos esos trastos. Pero no, Hannah no resolvió eso. Parte del poco orgullo que le quedaba le impedía hacer semejante cosa y la lógica moral que la regía en aquellas horas le decía muy razonablemente que ella, de ningún modo, haría algo impropio con él. Ella sólo le pediría el maldito bolso y le dejaría las cosas bien claras. No harían nada, no haría nada con él que no fuera lo que ella le había dicho rato atrás. Estaba resuelta.

Y con paso firme caminó fuera hacia el largo pasillo.

—Es por aquí. —le indicó sintiendo la seguridad nacer en su interior. ¡Qué bien se sentía volver a ser ella, una mujer sin dudas ni crisis existenciales!

Pero poco le duró aquella faceta puesto que, cuando deslizó la llave en la cerradura y el sonido del seguro siendo retirado anunció ruidosamente que ya sólo bastaba una vuelta más para que se abriera la puerta, Hannah escuchó aquel tono que ya antes le crispaba los nervios, ser usado en una aparentemente inocente frase.

—¿Tienes vecinos?

Para cualquier persona normal en una situación normal cualquiera, esa pregunta no significaba nada. Más bien, no tenía algún sentido oculto o trasfondo malicioso. Pero ella no estaba en una situación normal con una persona cualquiera y nadie tenía que decirle lo que aquel estúpido, simple cuestionamiento implicaba. Y es que esa pregunta sólo era el preludio de dos posibles continuaciones que tenían el mismo fin. Informarse si es que podía hacer ruido o no. Esa clase de ruido. Hannah tuvo la impresión de que las piernas le fallarían de nuevo si Alois decidía acercarse para repetir la pregunta con la excusa de hacerse escuchar mejor.

Aun así, Hannah terminó de abrir la puerta y se repitió una última vez que sólo hablaría con él, porque ella era una mujer adulta, con una moral indiscutible, que aquello sólo había sido un imperdonable desliz, producto de una vergonzosa crisis. Se hizo a un lado y con semblante inexpresivo le indicó entrar.

—No está mal. —dijo apenas cruzó el umbral.

Ella cerró la puerta tras de sí. Alois caminaba mirando todo detalladamente. No sonreía ya, tenía una expresión diferente. Dio una vuelta sobre sí y encaró a la mujer al tiempo en que deslizaba la mochila al suelo. Curvó los labios formando una sugestiva sonrisa, esa misma que le dio antes y la orillaba a creer que podía leer su mente. Vio sus intenciones.

"No."

Él se las mostró. Hannah logró romper el contacto visual casi hipnótico, excusándose con servirle algo de beber y huyó a refugiarse a la cocina. Allí prácticamente se abofeteó. Se tambaleó hasta el lavabo y atrapando la orilla, exhaló profunda y silenciosamente. Ahora lo veía todo claro. Apretó los ojos sintiéndose despreciable. Si tan sólo hubiese querido hablarle, no lo habría llevado a su apartamento. No había la necesidad. Sólo había intentado engañarse y por un breve instante se lo creyó, tan sólo para mitigar la culpa y reunir el coraje necesario para sumergirse en el fango.

—¿Qué haces?

Aquella voz, que ahora fingía matices inocentes acarició sus oídos. Lo vio rápido por encima del hombro, asustada, nerviosa, sintiéndose culpable al hacerlo. Lento, se irguió y tomó la tetera con sus manos temblorosas.

—Té… ¿quieres té?

Él le devolvió una sonrisa y recargado su cuerpo en el marco de la entrada le respondió con otra pregunta.

—No sé~. ¿Eso quieres tú?

Hannah lo miró.

"¿Qué… quiero?"

Las manos cesaron aquel movimiento involuntario. Anafeloz dejó la tetera sobre la barra para seguidamente dirigirse a él con voz lánguida.

—Acompáñame un momento. Quiero mostrarte algo.

Minutos más tarde.

Lo arrojó contra la cama para seguidamente quitarse aprisa el molesto saco y las zapatillas. Todo le estorbaba pero quitárselo allí de pie, le parecía tiempo desperdiciado además de parecerle poco atractivo. Era mucho mejor cuando alguien más le despojaba de las prendas. Sin perder un segundo más subió al lecho. Se montó sobre él y Alois le atrapó del cuello, acariciándola con los pulgares. Él tenía esos ojos tan grandes y perfectos, llenos de mil matices. Le gustaban demasiado. Hannah exhaló, casi a modo de jadeo. Le gustaba demasiado. El modo en que le hablaba, en como la trataba, la forma de pronunciar su nombre, la expresión en su rostro. Hannah sintió la oleada de calor hacerle arder la piel. Las manos de Alois la liberaron. Ella se echó para atrás y de un solo movimiento se quitó la blusa. Lo vio sonreír, divertido, y luego le fue retirado el sostén. La piel desnuda quedó expuesta. Desvió la vista. Él dejó salir una risita. No sabía si era vergüenza o nervios. O un poco de ambas. Pero se sentía torpe. Aun llevaba puesta la falda encima, Alois por el contrario tenía el uniforme entero.

—No es justo… quítatelo.

—¿Por qué? ¿No te excita hacerlo con un estudiante?

Ni bien había formulado algo que refutar ante tan brillante sarcasmo cuando sintió cosquillear todo en ella. Gimió en respuesta atrapando al rubio de los cabellos. Se retorció, las piernas le temblaban. La lengua, la saliva tibia en sus senos. Aquellas manos jugueteando bajo su falda. Lo soltó para atrapar su rostro, sumergido entre sus pechos. Se relamió los labios. Alois apenas se hallaba ruborizado. Le sonrió. Hannah se mordió con sensualidad el labio inferior. Le dio un tirón y atrapó su boca. Por un instante pensó que recibiría una negativa. No la hubo. Ni siquiera algo de resistencia. Lo derrumbó en la cama una vez sintió sus manos atraparle la cintura. Exploró su boca, él la suya. La respiración acelerada dificultaba mantener el contacto pleno. Alois la mordió, suave. Hannah se separó un segundo y le besó de vuelta, deslizando las manos a la hebilla del cinturón. Él se las atrapó.

—No—le susurró contra los labios—. Espera un poco más.

La piel se le erizó. Generalmente no le gustaban los juegos previos, a ella no la encendían… hasta ahora. Se besaron de nuevo. Alois rodeó la cintura y poco después devolvió sus manos bajo la falda. Hannah rompió el beso ante los inevitables jadeos que escapaban de su boca. Esas manos, moviéndose con maestría le provocaban tanto placer que de dejarlo continuar ella acabaría en cuestión de minutos. Atrapó sus manos y él la miró brevemente extrañado. Fue cosa de segundos antes de que finalmente desabrochara aquel molesto cinturón. Alois se rió quedamente.

—Creí haberte dicho que esperaras.

Ella bajó la cremallera.

—No sólo eres tú quien quiere jugar un rato.

Los ojos más claros se abrieron con sorpresa para seguidamente entrecerrarse en medio de un gemido. Hannah lo lamía y se sentía endemoniadamente bien. Enredó sus dedos en los largos cabellos de la mujer. Jadeante alcanzó a pronunciar unas palabras que ella ignoró en medio del placer. Hannah liberó una de sus manos y la llevó hasta su entrepierna. Podía sentir sus bragas por completo empapadas y la palpitante sensación en su sexo que añoraba ser manipulado.

—Ahí… lo haces bien… ahh… se siente… ahg…

La voz del rubio tan sensual, acarició sus sentidos, entregándole una sofocante sensación que ardió en todo su cuerpo. Finalmente Hannah se apartó en busca del cuello de Alois. Repartió besos, lamió una de sus orejas y mordió con suavidad el lóbulo. Él estrujó uno de los pechos, arrancándole una débil queja. Hannah comenzaba a parecerle interesante.

—¿Qué sucede? ¿No vas a hacer que termine?

Ella se retorció al sentir los dedos hundirse en la blanda piel.

—Q-quiero que lo hagas adentro. —susurró acariciando la erección.

—Eres una puta, ¿lo sabías Hannah? —se relamió los labios—Y yo que traje un par.

De nuevo, allí estaba esa Deja vu. Esa voz, esa forma de pronunciar su nombre. Esas jodidas expresiones. ¿Cómo era posible que aquel chiquillo fuese capaz de perturbarla a tal grado? ¿Cómo?... mordió su labio. Preguntas inútiles. Hannah gimió, lasciva, posicionando la punta en su entrada. ¡Mmm~! De la forma que fuese, ya no importaba. Exhaló profundo e introduciendo la palpitante y caliente virilidad del rubio dentro de ella, jadeó arrojando la razón a un lado. Una descarga le recorrió el cuerpo entero. Lo tenía adentro finalmente. Se movió con suavidad y sintió que su interior se derretía. Jadeó más fuerte arqueando la espalda. Demonios, ¡se sentía tan bien! Estaba tan mojada, tan excitada y la expresión que le regalaba Alois la encendía más. Hannah gimió mientras movía las caderas de adelante hacia atrás. Alois las atrapó, obligándola a seguirle el ritmo. La cabeza le daba vueltas mientras el rubio la llamaba. Su voz le producía escalofríos y hormigueos por todo el cuerpo, potencializando su sensibilidad y sentidos. El placer. Nada importaba más que eso. Nada, ni la alarmante cita que se repetía en su cabeza de manera morbosa.

Estaba teniendo sexo con un menor de edad.

—¿Te gusta?

—M-me gusta… Mmmm~, me gu-gustaaaahhh…

—Mmh…Di mi nombre.

—Alois, A-Alois…

La succión en sus pezones. Las manos clavándose en su piel dejando suaves marcas. Él entrando y saliendo, golpeando sus paredes y enloqueciendo sus sentidos. Hannah gritó, gimió y volvió a gritar las veces que fuera necesario, presa del placentero momento y de sensaciones nunca antes experimentadas. La voz de Alois, tan sensual, tan ronca a ratos jugaba con sus sentidos. La embriagaba. Lo besó, enredando su lengua con la de él. Trancy la mordió. El sabor a hierro se mescló en ambas bocas. Sapidez metálico-acre. Se separó dejando un delicado hilo de saliva entre ambos. Alois la obligó a volver con un sutil tirón. Hannah ahogó un gemido. No estaba acostumbrada a besar en medio del ajetreo. Le resultaba complicado. Además, la había mordido. Sin embargo accedió a hacerlo de nuevo.

—Estás… uhg, muy apretada… relájate… ahh…

Hannah sonrió llena de satisfacción antes de ir por su boca. Enredó su lengua lascivamente. Su cuerpo ardía. ¿Apretada, eh? Eso era bueno, significaba que lo estaba gozando también. Alois cortó el beso e inmediatamente la derrumbó a la derecha. Le sujetó una pierna y la empujó hacia adelante. Hannah se ruborizó. Estaba tan expuesta, era tan vergonzo…

—¡Ahh!

Adentro otra vez. Las sensaciones se intensificaron. Hannah se retorció. Iba más profundo, más intenso. La imagen de aquel uniforme desaliñado, manchado de labial, le inyectó una generosa dosis de promiscuidad. Su mente se permitió formular un pensamiento mordaz; Un colegial haciéndola morder la almohada, el sueño de todo pedófilo. Al carajo con eso. Lo estaba disfrutando y cada poro de su cuerpo transpiraba satisfacción absoluta. Arqueó la espalda, degustando cada estocada. La palpitante sensación, la fricción. Anafeloz gimió de forma estridente. Alois estaba dando justo en ese punto bueno. Lo golpeaba.

Hannah se incorporó con rapidez, tomándolo por sorpresa. Sí, se sentía maravilloso, pero nada le producía más placer que estar encima. Lo echó hacia atrás, montándolo casi al instante. Comenzó con movimientos circulares, arrancándole varios suspiros. No tardó en aumentar la velocidad y el cambio brusco al vaivén: atrás-adelante, lo hizo jadear repetidas veces. Su rostro albergaba un rubor muy débil que desprendía un aire provocador, casi rayando en lo lascivo. Alois la miraba desde abajo, recargándose sobre sus codos. Maldición, se veía jodidamente apetitoso.

Las escenas del auto se manifestaron como flashes de cámara. La situación empezaba a tornarse confusa. Lo que sucedía en aquel momento, los recuerdos, la satisfacción que le nublaba el juicio, el semblante tan erótico en él, la adrenalina, todo lo que conformaba aquel coctel que iba en contra de sus principios y la sociedad misma, la orilló hacia el orgasmo. Hannah sintió una explosión, miles de chispas, electricidad, cientos de contracciones y en medio del torrente de placer: Alois.

Su cabello, ¿siempre había sido tan rubio? Él mismo parecía resplandecer. Sus ojos eran tan azules, tan llenos de vida. Y la miraban sólo a ella.

—Mierda…—masculló él con voz lastimosa. Iba a terminar. Se impulsó hacia adelante, sentándose. Gimió.

Hannah le atrapó los hombros. La sensación cálida invadió su interior. Tiritó, víctima del éxtasis. Alois jadeó hundiéndose entre el par de pechos. Ella lo liberó y con lentitud deslizó las manos en la dorada cabellera. Era tan sedosa. Se sentía increíblemente bien al tacto…

Pronto se sintió extremadamente agotada. Los parpados se le cerraban. Tenía tanto sueño. Creyó oír su nombre. No estaba segura, era como un sueño. De apoco se dejó caer a un lado y después todo se oscureció.

Ahh, finalmente. Ahora podía dormir. La cama se sentía tibia.

Continuará…

Notas de la autora: ¡Por supuesto que la cama se siente genial! ¡Tienes a Alois llenándola! Entonces, ¿amor de madre? ¡Nada de eso!... coff, la euforia del momento después de poner ese glorioso punto final al capítulo. Quizás esperaban más acción, descuiden, habrá más. Por cierto, lamento mucho la demora. Tuve que esperar las dos semanas de vacaciones para poder terminar este capítulo y gracias a la inspiración que me ha abordado, comencé el tercero, que sin dudas será igual de largo o más; hay muchas cosas que plantear.

Espero sigan disfrutando de esta historia.

… ¡Lo terminé! ¡El jodido tercer capítulo! ¡Será mejor que les haya gustado! Son 24 páginas que me costaron tanto. Uuhh, sniff, soy tan feliz.