Capítulo III .:: Una mirada engañosa ::.

El chico despertó sobresaltado, no era la primera vez que tenía ese sueño, el castillo, el fuego, la madre con los bebés… "Maldita sea, ¿qué demonios significará?" Pensaba el joven mientras se desperezaba.

Se paró de la cama dejando a un lado a una chica que seguía plácidamente dormida.

Vistió su casaca de cuero, sus pantalones y botas de combate, su espada y salió de la tienda de campaña.

- Gran día hoy, ¿No crees Bram? -

El chico dirigió una sonrisa hacia el hombre que le habló y suspiró.

- Así es padre. Un gran día para por fin cobrar mi venganza.

- Ese es mi chico… -

El hombre puso una mano sobre el hombro de Bram y sonrió de manera orgullosa.

- Emeryl, debemos irnos ya. Si no llegamos antes del atardecer a Hyrule probablemente no encontremos a su ejército.

- Si ya sé, estoy bastante conciente de ello…

- Yo ya estoy listo padre, podemos irnos en cuanto gustes. –

Emeryl miró a su hijo y enseguida dio la orden a sus hombres de salir hacia Hyrule.

Los hombres portaron sus armas, montaron sus caballos y cabalgaron hacia las afueras de su terreno.

Uno de los jinetes apresuró un poco el paso para alcanzar a Bram y le habló en un susurro:

- ¿De quién se supone que vas a vengarte? Emeryl y tú llevan años hablando de eso pero nadie sabe nada Bram. ¿Le prometiste que no dirías nada?

- Bien sabes que Emeryl en realidad no es mi padre, tú estabas con él cuando me encontraron, no es así? –

El jinete asintió un poco asustado, Bram regresó la mirada hacia delante y prosiguió…

- Los hylian acabaron con mi vida, no me dieron ni siquiera la oportunidad de conocer a mi familia, de ser quien en verdad estaba destinado a ser…

- Pero míralo del lado positivo, vives en una tribu de traficantes de esclavos, de los cuales puedes aprender cosas que ni un perro hylian puede saber.

- Eso sí… Pero nada quita que en verdad hubiera deseado conocer a mi verdadera familia. Algo dentro de mí me lo indica. –

Apresuró su paso para alcanzar a su padre, quien iba en frente del ejército. El jinete le dirigió una mirada triste y siguió cabalgando sin afán de alcanzar a Bram para seguir aclarando sus dudas.

Bram llegó a esa tribu siendo apenas un bebé. Su madre era estéril y al encontrarlo, Emeryl decidió criarlo como si fuera su propio hijo.

Al enterarse de esta verdad, Bram ni siquiera reaccionó, él sabía que no pertenecía ahí, empezando por sus rasgos; piel blanca (aunque quemada por el sol había adquirido un tono moreno), cabello rubio y sus ojos azules no eran comunes por esa zona.

Emeryl le dijo que lo había encontrado al lado de una carreta en ruinas, recién destruida por un ataque de parte del ejército del rey.

Bram prometió vengarse de los hylian por esa razón, haber matado a su familia sin razón alguna era algo totalmente injusto, sólo quedaba él para limpiar el nombre de su familia y así lograr calmar la ira que lo carcomía con cada día que pasaba.

- ¡Alto ahí! -

Los jinetes se detuvieron al escuchar la orden. Tres hombres se encontraban en frente del ejército de Emeryl, uno de ellos portaba una capa roja con el emblema de la familia real, Bram apretó un puño para evitar salir a atacarlo, en cuanto lo vio, en seguida supo que se trataba del rey.

- ¿Quiénes son y qué asuntos presentan en este reino?

Emeryl sonrió malévolamente y volteó a ver a Bram, éste al captar la señal se acercó al rey.

La yegua del rey relinchó e intentó bruscamente retroceder, el rey asustado por la reacción del animal tomó control de ésta y miró a Bram fijamente.

- ¿Puedo ayudarte en algo joven?

- Te irás al infierno… -

El rey lo miró confundido, Emeryl volteó hacia sus hombres.

- ¡ATAQUEN! -

Cientos de flechas volaron por el aire. Los jinetes que acompañaban al rey cabalgaron hacia él para evitar que fuera herido por alguna de las flechas.

Bram desenvainó su espada y corrió hacia el rey.

Emeryl dio la orden a sus hombres y éstos bajaron la guardia.

El rey desenvainó en seguida su espada, a tiempo para detener el ataque de Bram, el cual de seguro lo hubiera matado.

Los jinetes sacaron también sus espadas y ambos amenazaron a Bram.

- Aléjate del rey antes de que mueras. – Le dijo uno de los jinetes.

- No creo que me puedas matar. – Respondió Bram con una sonrisa malévola.

Dos flechas atravesaron a los jinetes por el cuello. El rey miró asustado mientras sus guardias caían muertos de sus caballos, los animales salieron cabalgando rápidamente de la escena dejando solos al rey y Bram.

- ¿Quién demonios eres? -

- Es mi hijo. – Emeryl se acercó al rey y a Bram, éste último le dirigió una mirada amenazante.

- Aléjate padre, éste es mi derecho de sangre.

- ¿Derecho de sangre? ¿Qué quieres decir?

- He esperado diecisiete años para este momento, no tengo tiempo de explicarlo.
- En nuestro código existe el llamado derecho de sangre, al haber sido el responsable de la muerte de su familia debes luchar contra Bram. Si ganas, mi hijo morirá, y si pierdes… Bueno, creo que eso es obvio. – Interrumpió Emeryl.

El rey miró a Bram preocupado, ¿Qué quería decir con haber matado a su familia? Era verdad que diecisiete años atrás estalló un ataque en el castillo, pero la pelea no salió de esas paredes…

Bram corrió y atacó al rey, éste esquivó el ataque con gran agilidad y apuntó su espada contra el chico.

Bram había sido entrenado en combate cuerpo a cuerpo pero nunca en combate a caballo. Debía eliminar a ese animal para poder demostrar su verdadero poder.

Desmontó su propio caballo y corrió hacia la yegua del rey. Con un corte de su espada la cabeza del animal se desprendió de su cuerpo, el rey cayó de su montura y se golpeó fuertemente en la cabeza dejándolo atónito un momento.

Bram aprovechó esto y se acercó a él.

El rey atacó repentinamente a Bram cortando totalmente su brazo derecho.

El chico se retorcía de dolor en el suelo, creyó que era de esas heridas que con cada segundo dejaba de doler, pero no fue así…

Logró ponerse de pie después de un rato, corrió hacia el rey y le tiró una patada en la mano, logrando que éste soltara su espada.

El rey, sin arma alguna y manchado en la sangre de Bram cayó de rodillas al suelo.

- Chico, no te dejes engañar…

- No te preocupes, por eso no pienso tomar en cuenta tus últimas palabras. –

Y terminando de decir esto atravesó con tal fuerza su espada por el abdomen del rey que logró perforar su armadura.

Emeryl corrió hacia Bram a tiempo para evitar que éste cayera inconsciente al suelo.

- ¡Vámonos ya! Debemos llegar rápido al campamento para ver al médico. -

Sus hombres cabalgaron de regreso al campamento y Emeryl miró por última vez el cadáver del rey antes de sonreír de forma orgullosa y regresar a su hogar cargando a su hijo herido.