Hola pues aquí les traigo el tercer capítulo y espero que lo disfruten :)
La historia y los personajes no me pertenecen sino a Lynne Graham y Suzanne Collins respectivamente y esto lo hago sin ningún fin de lucro.
Capítulo 3
Katniss volvió en tren a Oxford. Estaba conmocionada. Todo lo que había pasado en la reunión con Peeta la había afectado. Y lo que menos no había sido su propia reacción al beso. Su apasionada respuesta física la había recorrido como una riada y eso la ponía furiosa. Evidentemente odiar a Peeta no era ninguna defensa contra su persuasiva sensualidad. ¿Qué decía eso de su inteligencia y autocontrol?
En ese terreno, reconoció con amargura, nada había cambiado en cinco años. Peeta sólo tenía que tocarla para encenderla de deseo. Pero nadie sabía mejor que ella que esa debilidad sólo conducía al desastre. Su historia familiar lo demostraba. Su madre, tenía sólo diecinueve años cuando se había quedado embarazada de ella y se había tenido que casar a toda prisa. Las desgracias de Effie no habían terminado ahí. A su marido le habían molestado sus nuevas obligaciones familiares. Era un ambicioso joven abogado que había sido un marido negligente y un padre ausente. Cinco años después, Effie se quedó viuda y se convirtió en un objetivo fácil para las promesas de devoción eterna de Snow. Locamente enamorada, Effie había concebido su tercer hijo a los pocos meses de iniciada la relación y se había lanzado de nuevo a un matrimonio de resultados mucho peores que el anterior.
Katniss reprimió un suspiro. Aunque se sentía culpable al reconocerlo, había tratado de aprender de los errores de su madre y había decidido que ningún hombre le haría perder la cabeza. En sus primeros años de adolescencia había mostrado escaso interés por los chicos. Un Snow bebedor, maltratador y mujeriego la había puesto en contra de todo el sexo masculino mientras hacía todo lo que podía para apoyar a su madre y a sus hermanos pequeños.
A los dieciocho años, en el último curso del instituto, cuando Snow le había dicho que le había conseguido un trabajo de jornada parcial como camarera en un club de un amigo suyo, se había sentido indignada porque ya tenía un trabajo de fin de semana en un supermercado. Desgraciadamente, cada vez que Katniss se había enfrentado a Snow, éste había desatado su ira contra el resto de la familia. Después de una semana de continuas discusiones y de ver a su madre completamente angustiada, Katniss había cedido. Aunque reconocía que ganaría más dinero, sabía que las horas extra y el trabajo hasta tarde por la noche apenas le dejarían tiempo para estudiar los exámenes finales.
Desde el principio, Katniss había aborrecido la atención y las miradas que le dedicaban los clientes. El club atraía a profesionales de alto nivel, estudiantes adinerados y jóvenes malcriados que habían bebido demasiado y pensaban que las camareras eran chicas fáciles. Katniss pronto se dio cuenta de que el encargado sólo contrataba chicas que fueran más atractivas de lo normal. Algunas de ellas se acostaban con los clientes regularmente como recompensa de los regalos y el dinero que recibían de ellos.
Katniss llevaba trabajando allí quince días cuando conoció a Peeta. Su atractivo la había dejado cautivada nada más verlo bajando las escaleras. Cuando había girado la cabeza y puesto esos ojos azules en los de ella, había literalmente dejado de respirar. No había podido evitar seguirlo con la mirada y ver dónde estaba en cada momento con el objetivo de robarle otra hipnotizadora mirada. Cada vez que lo había mirado, había descubierto que él la miraba también. Aunque le resultaba violento, había sido incapaz de resistir la tentación.
Un tipo grande de pelo bronce se había acercado a ella al final de la tarde.
—¿Te apetece venir esta noche a una fiesta? —le había preguntado con acento extranjero.
—No, gracias —había dicho llanamente y se había marchado.
—Me llamo Finnick Odair y tengo un amigo que quiere conocerte —dejó una tarjeta y un billete de cien libras en la bandeja que llevaba ella—. La fiesta empieza alrededor de la medianoche. Con eso podrás pagar el taxi.
—He dicho «no, gracias» —repitió con las mejillas encarnadas, le lanzó el billete y volvió a alejarse.
Un momento después, una camarera llamada Glimmer fue a hablar con ella.
—Has hecho que Finnick se enfade. ¿No sabes quién es? Es nieto de un magnate griego y está forrado. Da propinas increíbles y organiza fiestas impresionantes. ¿Qué problema tienes?
—No me interesa relacionarme con los clientes fuera del trabajo —podría haber dicho también que tenía clase al día siguiente, pero el encargado le había advertido que no dijera que aún iba al instituto porque eso podría dar mal nombre al club.
Cuando salió al aparcamiento a la hora del cierre, un número sorprendente de vehículos seguían allí. Oyó un fuerte ruido de risas masculinas. Se le cayó el corazón a los pies cuando vio al griego bebiendo de una botella y apoyado en un Ferrari con sus colegas. Después, vio a Peeta ir directamente hacia ella. Sintió pánico y se le quedaron los pies clavados en el suelo. Era tan increíblemente guapo que estaba hipnotizada por la belleza de sus facciones.
—Me llamo Peeta —dijo en un suave murmullo y le tendió una mano con una formalidad que la tomó por sorpresa.
—Katniss —dijo ella casi sin respiración, rozando ligeramente la punta de sus dedos.
—¿Puedo llevarte a casa?
—Iré con una de las chicas.
Sorprendentemente, Peeta sonrió como si esa explicación fuera perfectamente aceptable para él.
—Por supuesto, es muy tarde. ¿Me darías tu número de teléfono?
La carismática sonrisa le hizo sentir que sus defensas se desmoronaban.
—No, lo siento. No salgo con los clientes del club.
La noche siguiente, el encargado, Caesar, la acorraló.
—Me he enterado de que anoche rechazaste a uno de nuestros nuevos clientes más importantes, uno que es miembro de la realeza —la acusó.
—¿De la realeza? —repitió Katniss con los ojos abiertos de par en par.
—El príncipe Peeta es el heredero del trono de Bakhar y de un montón de pozos de petróleo —dijo Caesar con mirada iracunda—. Nuestros dos mejores clientes, Finnick Odair y Gale Hawthorne lo han traído. Esos dos también están forrados. Se gastan miles de libras aquí y no quiero que una chiquilla estúpida los ofenda, ¿está claro?
—Pero si no he hecho nada.
—Hazte un favor: sonríe dulcemente y dale tu teléfono al príncipe.
Caesar cambió la planilla de modo que en su siguiente turno Katniss atendió la mesa de los VIP. Ya que sabía quién era Peeta, se dio cuenta de que había unos guardaespaldas intentando sin éxito pasar desapercibidos. Incómoda por su condición de príncipe, trataba con todas sus fuerzas de sacarlo de su cabeza, pero él dominaba todos sus pensamientos y respuestas. Era como si un hilo invisible lo uniera a él; notaba hasta el más pequeño de sus movimientos. En comparación con él, sus compañeros resultaban inmaduros. Parecía ser el único del grupo dotado de modales y buena educación. No bebía en exceso, no hacía locuras, era siempre cortés. Además, era muy guapo, y Katniss no dejó de darse cuenta de que era el centro de las miradas de todas las chicas del local.
La noche que tropezó y tiró una bandeja de bebidas, todo cambió. Mientras sus alborotadores colegas se reían a carcajadas por el espectáculo, Peeta se puso en pie de un brinco y la ayudó a levantarse del suelo.
—¿Estás bien?
La mano de Katniss temblaba rodeada por la dé él mientras lo miraba a los azules ojos enmarcados por pestañas del color del ébano.
—Cuando te has caído, se me ha parado el corazón —dijo en un susurro grave.
Ése fue el momento en el que pasó de sentirse simplemente atraída por su vibrante aspecto a estar completamente enamorada de él, pero aun así se soltó de su mano de un tirón, murmuró un «gracias» y desapareció a toda prisa. ¿Qué futuro tenía amando a un tipo que era sólo un visitante ocasional de su país y, mucho peor, estaba destinado a ser rey? Sus dos amigos se le acercaron más tarde esa noche y le advirtieron de que las tímidas miradas que traicionaban su atracción por Peeta no habían pasado desapercibidas. Finnick y Gale prácticamente la habían acusado de ser una provocadora.
—¿Cuánto quieres por salir con él? —le exigió.
Finnick sacudiendo un fajo de billetes delante de sus ojos.
—¡No eres lo bastante rico! —dijo disgustada Katniss.
Esa noche se fue a casa hecha un mar de lágrimas y allí se encontró con Snow, bebido, reprendiendo a su madre junto al encargado del club y quejándose de que ella no mostraba una actitud amigable con los clientes. El siguiente fin de semana, Caesar le dijo que tenía que sustituir a una de las bailarinas de las jaulas que estaba enferma. Ella se negó. Temerosa de perder el empleo y harta de que todo el mundo la criticara, aceptó diciéndose que un bikini no mostraba más de su cuerpo de lo que se veía cuando iba a la piscina. Se convenció a sí misma de que en realidad todo el mundo miraba a las bailarinas como cuerpos que se movían para dar ambiente al local.
Cuando Peeta llegó, le llevaron una tarta de cumpleaños. Katniss aún recordaba el momento en que él se había dado cuenta de que era ella quien bailaba en la jaula: la conmoción, la consternación, el disgusto que no había sido capaz de disimular. En ese mismo instante, bailar en una jaula había pasado de ser lo que Katniss se había dicho a sí misma a ser equivalente a bailar desnuda en medio de la calle. Cuando Peeta se dio cuenta de que ella lo estaba mirando, salió corriendo de la jaula y se negó a volverse a meter. Glimmer, más tarde, le dijo que había sido una trampa.
—Es el veinticinco cumpleaños del príncipe. Gale y Finnick pensaron que sería divertido que bailaras en la jaula. Pagaron a Caesar para que te obligara.
Katniss nunca se lo había contado a Peeta. Contarle historias sobre sus mejores amigos no la hubiera llevado muy lejos. En lugar de eso, se echó la culpa a sí misma por no haber tenido valor y haberle dicho a Caesar que no. Con los ojos enrojecidos por las lágrimas, se puso el uniforme y continuó con su labor habitual como camarera. Ya tenía una promesa de un trabajo a jornada completa durante el verano en la empresa de Haymitch Abernathy, con lo que se consolaba con la idea de que no le quedaba mucho tiempo de trabajar sirviendo copas. Por desgracia, el nuevo trabajo supondría que no volvería a ver a Peeta.
Cuando acabó su turno, salió del trabajo y se encontró con que el tiempo era húmedo y frío y que la chica que normalmente la llevaba se había ido a una fiesta sin decírselo. Temblando mientras llamaba a un taxi con el móvil, se quedó de una pieza cuando un Aston Martin plateado se detuvo delante de ella con un rugido. Peeta salió del coche y la miró detenidamente en silencio y Katniss supo que no le iba a decir nada porque hasta entonces siempre le había dicho que no. Era demasiado orgulloso como para volver a preguntar. Las lágrimas hacían que le escocieran los ojos; aún se sentía completamente humillada por haber accedido a bailar en la jaula.
Cuando Peeta rodeó el coche y se dispuso a abrir la puerta del acompañante, uno de sus guardaespaldas se acercó corriendo y lo hizo por él para evitar que realizara una tarea tan mundana.
—Gracias —dijo ella con voz ronca y se metió en el coche.
En ese momento, no era consciente de que había tomado una decisión. Simplemente no había sido capaz de reunir el coraje necesario para volverle a decir que no. Se dijo a sí misma que, si mantenía las cosas en un tono ligero como si fuera un romance de vacaciones, no sufriría.
—Tendrás que decirme dónde vives —murmuró Peeta tan tranquilo como si la llevara acercando a su casa meses.
—Feliz cumpleaños —dijo ella con voz temblorosa.
En los semáforos, Peeta la agarraba de la mano y casi le hacía daño de lo fuerte que lo hacía.
—En mi país, dejamos de meter a la gente en jaulas cuando se abolió la esclavitud hace cien años.
—No debería haber accedido a hacerlo.
—¿No querías?
—Claro que no… Además de por muchas otras razones, no soy bailarina.
—No vuelvas a hacerlo —le dijo Peeta con una autoridad innata y al instante ella deseó volverlo a hacer para demostrarle su independencia.
Tuvo que morderse el labio para no responderle con el tono desafiante que estaba acostumbrada a emplear con su padrastro.
Y así empezó una relación que atrajo una buena cantidad de comentarios desagradables por parte de los demás. Finnick le dejó claro que él la consideraba igual que a las chicas de las secciones de contactos. Gale, el italiano delgado y sofisticado que completaba el trío, parecía pensar igualmente que Katniss no merecía ser tratada con respeto, pero no era tan evidente su forma de demostrarlo. Si hubiera estado menos verde en lo que respecta a los vínculos que existen entre los hombres, se habría dado cuenta de que con enemigos tan poderosos como ésos, su relación con Peeta estaba destinada a terminar en llanto. Como el odioso Finnick decía:
—¿Por qué no lo planteas en términos más sencillos? —le oyó preguntar una noche a Peeta—. Los chicos conocen a las chicas, los chicos se tiran a las chicas, los chicos dejan a las chicas. ¡No tengas un romance con una camarera!
Como decía su repugnante padrastro:
—Bueno, deberías agradecerme haberte conseguido ese trabajo que te va a permitir hacer fortuna. Dile que prefieres dinero a diamantes.
Le surgió la posibilidad de alquilar una habitación durante el verano en una residencia de estudiantes y la aprovechó para escapar de Snow y dejar el trabajo del club. Al mismo tiempo empezó su contrato temporal en el departamento de contabilidad de Jerrold Plastics. Las semanas siguientes fueron las más felices pero también las más tormentosas de su vida, porque Peeta pretendía marcar las normas como si fuera un comandante en jefe y no aceptaba bien los desacuerdos. Para Katniss era un auténtico reto conseguir que mantuviera las manos quietas, siempre que se sentía a punto de ser dominada por la pasión, la prudencia le hacía recuperar el control. Era virgen y bien consciente de que descendía de una familia de mujeres realmente fértiles. Estaba totalmente aterrorizada con la idea de quedarse embarazada. También pensaba que no teniendo relaciones sexuales completas sufriría menos cuando Peeta volviera a Bakhar.
Hasta que el tren no se detuvo en la estación, Katniss no consiguió librarse de todos esos recuerdos. Mientras esperaba el autobús, empezó a intentar ordenar lo que había sabido recientemente e hizo un gesto de dolor cuando las cosas empezaron a encajar. A pesar de que ella no tenía ni idea de ello, había habido toda una parte oculta en su relación con Peeta. La cuestión económica lo contaminaba todo: no sólo por el vergonzoso endeudamiento de su familia, sino también por lo que parecía una descarada negativa a pagar la deuda. No sorprendía que con el paso del tiempo Peeta hubiera empezado a sospechar de sus motivos y hubiera podido llegar a la conclusión de que era una buscona dispuesta a sacarle todo lo que pudiera.
Sexo… «Es lo único que puedes ofrecerme». Aún ofendida por la frase, Katniss no podía encontrar ninguna excusa para semejante afirmación. Era evidente que eso era todo lo que había querido de ella siempre y el modo brutal en que la había abandonado apoyaba también esa idea… Se sentía orgullosa de no haberse acostado con él cinco años antes, pero rápidamente el falso coraje por el orgullo herido y la rabia empezaron a atenuarse al tener que afrontar la realidad. Empezó a bajar la calle en la que vivía aminorando el paso según se acercaba a su casa. Después de todo, ¿qué había conseguido? No había logrado nada con Peeta. Él era duro, decidido y despiadado. Los sentimientos nunca se cruzaban en el camino de su autodisciplina. Era triste que la fuerza, la inteligencia y la tenacidad que había admirado una vez en él también hicieran de Peeta un enemigo de una efectividad letal.
Katniss salió de sus pensamientos al ver a su padrastro entrando en su baqueteado coche aparcado justo frente a su casa. Katniss se sorprendió porque nunca había demostrado el más mínimo interés por ver a sus tres hijos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó consternada.
—¡Métete en tus malditos asuntos! —dijo Snow con tono y gesto agresivo.
Muy preocupada, Katniss lo miró salir disparado en su coche. ¿Por qué había ido a su casa? Había ido a una hora a la que sabía que su madre estaba sola. Fue directamente al taller de su madre. Effie estaba sollozando y la habitación estaba toda revuelta. Las cortinas estaban por el suelo y una silla estaba patas arriba. Lo más elocuente de todo era que el bolso de su madre estaba abierto encima de la tabla de planchar y había unas pocas monedas esparcidas alrededor.
—Me he encontrado con Snow en la calle. ¿Ha venido a quitarte dinero otra vez? —preguntó Katniss desesperada.
Effie se vino abajo y le contó con todo detalle toda la historia. Cuando Snow había descubierto unos años antes que Peeta era el propietario de la casa, había acusado a Effie de estafarlo con su parte de la propiedad. Casi desde ese mismo instante su madre había vivido atemorizada por sus amenazas y continuas exigencias de dinero. La rabia de Katniss se iba incrementando en la medida en que comprendía por qué su madre no había sido capaz de pagar la renta. Entre bastidores, Snow había seguido sangrando a su familia.
—Snow se llevó la parte que le tocaba cuando os divorciasteis. No tiene derecho a nada más. Te ha estado contando mentiras. Voy a llamar a la policía, mamá…
—No, no puedes hacer eso —la miró horrorizada—. Prim y Darius se morirían de vergüenza si detienen a su padre…
—No, se morirán de vergüenza por lo que ha estado pasando aquí, ¡por lo que has estado aguantando por ellos! El silencio protege a los maltratadores como Snow. No te preocupes… Yo me encargaré —juró furiosa consigo misma por no haber sospechado lo que estaba pasando.
El divorcio no había servido para deshacerse de Snow y trabajar para ganarse la vida nunca había sido su estilo.
Estaba colgando el abrigo debajo de la escalera cuando oyó al cartero. Se puso tensa al ver el conocido sobre marrón y lo recogió del suelo. Sí, como había temido era otra carta de los abogados de Peeta. Respiró hondo y abrió el sobre. El sudor le cubrió la frente cuando se dio cuenta de lo que era: una carta en la que se notificaba a su madre que debía abandonar la casa antes de catorce días. Como había retrasos en el pago de la renta, la propiedad iría al juzgado para recuperar la casa a final de mes.
Katniss se llevó la carta con ella al piso de arriba. No podía afrontar entregársela a su madre en ese momento. Desde la ventana miró a sus hermanas, Prim de diecisiete años y Rue de nueve que subían por la calle con los uniformes del colegio. Darius arrastraba los pies a su lado, un muchacho alto y larguirucho de catorce años que aún tenía que crecer y cambiar la voz. Su hermano, Boggs, estudiaba cuarto de Medicina y llegaría a casa un poco más tarde. Katniss estaba muy unida a sus hermanos. Habían pasado demasiada infelicidad cuando Snow había convertido su vida en un infierno, pero habían permanecido juntos. Eran buenos chicos, trabajadores y sensibles. ¿Qué supondría para ellos perder su casa? Todo. Acabaría con la familia porque Effie con su agorafobia no podría soportarlo. Cuando Effie estallara, ¿qué pasaría? Boggs tendría que dejar la carrera y a Prim le resultaría imposible estudiar y seguir sacando sobresalientes.
Sólo había una salida, una forma de proteger a su familia del horror de verse en la calle: Peeta.
Peeta… y el sexo. Seguramente sería una decepción para él, cuyas conquistas solían aparecer en las revistas del corazón, descubrir que ella no tenía ninguna habilidad especial como amante. Sólo ignorancia. Le vendría bien, pensó Katniss apretando los labios. El sentido común le decía que tendría que asegurarse primero de que cancelaba todas las deudas y el desahucio antes de que se acostase con él y comprobara que no había valido la pena renunciar a tanto dinero. Se vendería a cambio de dinero.
Recordó que, si no hubiera tenido tanto miedo a que le rompiera el corazón y al embarazo, se habría acostado con Peeta cuando habían salido. Habría sido distinto porque estaba realmente enamorada de él y pensaba que él sentía por ella algo más de lo que los hechos habían demostrado. ¿Sería capaz de acostarse con él sin sentir nada? Seguramente, otras mujeres lo hacían. No tenía sentido ponerse puntillosa con una realidad que demostraba que no tenía elección si quería evitar que su familia acabara en la calle.
De pie junto a la ventana, llamó a Metrópolis Enterprises y pidió hablar con Peeta. Varias personas trataron de hacerle desistir y convencerla de que se conformara con hablar con alguien de menor nivel. Insistió recordando que había tenido ese mismo día una reunión con el príncipe y que se sentiría muy decepcionado si no recibía esa llamada personal.
Peeta estaba en una reunión cuando en su PDA apareció un mensaje. Katniss. Una sonrisa fría y lenta se dibujó en sus labios mientras atendía la llamada en su despacho. Así que el pez había mordido el anzuelo. Se sentía como un tiburón a punto de darse un festín. Finalmente era suya. Sólo para su disfrute. A su disposición donde él decidiera y por cuanto tiempo quisiera. Él marcaría las reglas y ella no lo soportaría. Sus ojos azules brillaron de anticipación. Se la imaginó recibiéndolo después de un largo viaje por el extranjero y al instante supo dónde la acomodaría. En algún sitio donde su tendencia a la infidelidad no pudiera ejercitarse. Un lugar discreto donde no tuviera otra cosa que hacer que dedicarse a ser su entretenimiento sexual. No se le ocurría un sitio mejor que el palacio de su abuelo en el desierto.
—¿En qué puedo ayudarte? —dijo Peeta arrastrando las sílabas.
Al instante Peeta deseó colgar el teléfono y darle una bofetada porque supo que él sabía para qué llamaba ella. Se tragó su orgullo con dificultad.
—Quiero aceptar tu oferta.
—¿Qué oferta?
—Has dicho que sólo había una cosa que pudiera ofrecerte.
—Tu cuerpo —dijo Peeta saboreando cada sílaba—. A ti. Tendremos que reunimos para discutir las condiciones.
—¿Qué condiciones? —protestó ella—. Sólo quiero oír que la orden de desahucio no se va a cumplir.
—Reúnete conmigo mañana por la tarde en mi casa de la ciudad —le dio la dirección—. Hablaremos de los detalles de nuestra futura asociación. Vas a vivir en el extranjero. Eso te lo puedo adelantar —cuando Katniss iba a decir algo, alarmada por lo que acababa de escuchar, Peeta concluyó seco—. Será como yo diga.
Peeta dio por concluida la llamada. No se había comprometido a nada. Las reglas no serían negociables. Todo sería como él quisiera. Cuanto antes lo aceptara, mejor para ella.
Que les pareció? Katniss acepto la propuesta indecente de Peeta :O!
Espero lo hayan disfrutado tratare de actualizar pronto y ya sabes pueden mandar un PM si tiene cualquier duda o dejar un review con su linda opinión
Nos leemos pronto!
