-¿Pretende darnos un adelanto de lo que dirá en su discurso inaugural del ArtFest?

Desde que oyó que el oficial lo llamó "Hormonas", Rudi no había dejado de prestar atención a la conversación que tuvieron el zorro y la coneja, que estaba seguro trataba de él Y el último comentario que hizo la policía antes de que ella y su pareja salieran por la puerta encaminándose a la galería lo dejó bastante consternado:

-No me sorprendería que formase parte del Club Naturalista.

Su compañero rio jubilosamente e intersectó:

-Nah, es reservado para ese tipo de cosas.

Hasta ahí alcanzó a oír antes de que se fueran.

Rayos. Ciertamente el universo quería recordarle el vergonzoso acontecimiento de la semana pasada, por todos los medios plausibles. Hasta una coneja que no sabía que había algo de razón en lo que estaba diciendo, algo de verdad. Y eso fue muy lamentable, al punto en que no dejaba de pensar en eso todos los días a cada momento.

Todas esas reflexiones se amontonaron tumultosamente en la cabeza del joven Schiele, un año mayor que Judy, para luego fluir fugaz y visceralmente como torrentes encaminados a una cascada, pues todas acabaron precipitándose a caer fuera de las orejas gachas de la gacela. Ya, olvidadas. Para poner atención en contestar al hipopótamo:

-No pienso así; será más como que hablaré de algo que me preocupa y me incumbe, aunque me digan que no, y eso es como el tema central de la galería. Todos nosotros, Jenny, Cecily, Steven, Fangsy...hablamos de lo mismo, pero no hacemos las mismas observaciones, salvo que opinamos que está mal; estamos en contra de lo que diseccionamos con las obras.

Aquellos que trabajaban para periódicos hacían anotaciones.

-Pero sólo esperen; ya cuando se ocupen todos los asientos de la habitación, ahí es cuando les aconsejo que prendan la cámara.

-¡Ah, así son los muchachos! ¡Tan confianzudos!-Paco Beltrán se llevó el micrófono que tanto detuvo frente a la gacela a la boca, y de paso le dio una palmada a Rudi en la espalda.

Rudi, siendo muy reacio al contacto físico, inclusive al de sus familiares, tensó su cuerpo instinctivamente, y después permitió sumiso que el señor Beltrán le abrazara el costado para que salieran los dos en una toma fotográfica.

No pudo evitar acordarse del día exactamente hacía una semana, gracias a la piel lisa del compadre que le sujetaba. Ese bochorno y esa amargura lo acosaban todavía, y lo mejor era poder aguantar a que llegase el momento para desahogarse y corregir lo que había pasado.


Rudi meditaba en la tranquilidad de su departamento. Cuando las tardes caían en la salvaje ciudad, y el bullicio externo comenzaba a desacelerarse y a apaciguarse, a él le gustaba encender unas velas, colocarlas en el piso, regar todos sus útiles de pintura y dejarlos rodar en el suelo, para caminar hacia su única ventana, que le ofrecía una alucinante vista panorámica desde las alturas de Zootopia. Luego apagaba las luces, cerraba las cortinas y ponía el seguro a su puerta, para no ser interrumpido en su relajación. Se sentaba con las patas cruzadas en postura de Flor de Loto, cerraba los ojos y respiraba. Inhalaba...y exhalaba. Para mayor comodidad, se quitaba la corbata y la aventaba por donde cayera, estiraba los brazos, se masajeaba cautelosamente el cuello, y de ahí pasaba al rostro...Todo eso lo practicaba antes de que a eso de las 7 de la noche le entraran ansias por darse una ducha. Cuando esa actividad la daba por finalizada, salía ceremoniosamente con su toalla del baño para terminar de secarse en su cuarto. Ya después de ahí no volvía a ponerse vestimenta; ni la pijama-solo justo antes de dormir. Y así cenaba, y veía televisión, en la privacidad total del cuarto que alquilaba. Completamente desnudo. Consumado una vez todo su ritual (uno de los muchos que estableció para llevar a cabo sus labores rutinarias), sentía que era hora de hacer lo que hacen los artistas: pintar, y filosofar. Con suerte, no andaba bajo en inspiración y podía dibujar autorretratos en posiciones que más le parecieran apropiadas, ya fuese abrazándose su torso apasionadamente, o descansando en el piso con gesto casual, siempre incluyendo a su mirada ejerciendo un feroz contacto visual.

Esa tarde terminaba uno, un carboncillo sobre papel de acuarela combinado con otros colores en pasteles difuminados para dar más volumen e intesidad a la imagen. Se veía bien. Pero no terminaba ni de formular una opinión, cuando oyó a alguien llamar a su puerta.

El artista vio con ojos dudosos a la puerta, reparó en un santiamén en que no estaba vestido.

Azotan nuevamente la entrada bloqueada.

-¡Un momento!

Se vio obligado a hacer esperar a quien quiera que estuviera del otro lado en lo que se enlistaba para recibirlo: apenas le quitó el seguro a su puerta, todavía estaba ajustándose los pantalones.

Sorpresa, sorpresa. Eran sus progenitores. Nicanor y Delilah Schiele.

-¡Hola, amor!

-¿Cómo estás, Rudi?

La primera fue la hembra del vestido rosado que cargaba con un bolso en ambas pezuñas; el segundo fue el macho de camisa cuadriculada y la voz gruesa.

-Papá, mamá. Que alegría poder verlos-saludó él en un tono no muy entusiasta, pero congruente con su palabra.

La madre se abalanzó a abrazar a su hijo, y él recibió el abrazo gustoso. El padre hizo lo mismo.

-Pasen, pasen-Rudi en gesto de cortesía les permitió la entrada con la pata a su guarida.

La pareja se adentró al lugar como si estuviese en un museo donde no tenían el consentimiento de tocar nada; las velas del día, los lápices, hojas de dibujo y mochila de útiles desvalagados en el piso, el amplio tocador de la pared paralela a la cama...se anduvieron con cuidado para no incomodar el aura volátil de su hijo, quien cerró la puerta tras ellos. Le indicaron que no hacía falta que prendiera la luz, y que las velas les hacía sentir cómodos. Total, abundaban y alumbraban.

-Honestamente no esperaba una visita-reconoció la gacela más joven.

-Tu padre quiso explorar tu santuario de soltero, y yo solo quise pasar tiempo a solas con mi querido ángel-ella recorrió la mandíbula de Rudi con las pezuñas izquierdas, sonando consentidora como siempre.

Éso lo hacía curvear las comisuras de la boca hacia los lados.

-Puedo ir yo con ustedes para la próxima-propuso él, de forma muy seca.

-Sería maravilloso, nos encantaría salir contigo a alguna parte; ¡oh! ¡o podemos quedarnos en casa e invitar a todos los vecinos!

-Me vi hoy con el hurón de la tercera casa a la izquierda; me preguntó que cuándo volvíamos hacer otra reunión así-contó el padre, entusiasmado.

-¿Hacen reuniones en casa?

-Sí, Rudi. Y no sólo eso, sino que me dijo "Nicanor, ¡a ver cuándo traes a tu hijo!".

-¿Y cómo está eso?

-Verás, Rudi-intervino la señora-Escogemos una fecha, invitamos a muchos vecinos, y vienen una tarde a pasarla en el patio trasero. Servimos platillos y tu padre saca el producto de la cervecería de cortesía y ¡bum! medio vecindario conversando entre ellos y con nosotros, en nuestro hogar.

-Ponemos música con bocinas y conectamos el equipo de micrófonos e improvisamos un karaoke para las visitas más arrojadas, y a menudo Delilah nos deleita con sus-Nicanor puso una pezuña en el hombro de su esposa y la vio a la cara coquetonamente-canciones versionadas.

A continuación intercambiaron sonrisas en frente de su hijo, quien parecía estar procesando toda la información que le acababan de proporcionar.

-¿Entonces, se mudaron?

-No es muy grande el lugar-Delilah de repente notó el desencanto que invadió a Rudi repentinamente.

-Por eso cabe medio mundo en nuestro patio; somos como veinte animales en una sola residencial-explicó el padre Schiele.

-Hmm...-Rudi alzó el cejo, afectando el equilibrio en que la pareja había llegado.

Ellos sabían que él era muy celoso de su domicilio de su infancia y sus sentimientos de de la antigua casa eran más de propiedad más que de pertenencia; y así, como si nada, ellos lo dejaron ir. Él no iba acceder tan fácilmente a llegar a un ambiente desconocido donde habrían veinte animales invasores.

Ver a sus papás ponerse todos cursis era señal de que, efectivamente, estaban maravillados con lo que la vida ofrecía.

Nicanor volvió a asumir la palabra:

-¿Sabes a quién vimos la última reunión de vecinos?

-¿A quién?-Egon arrojó la pregunta políticamente correcta con desgana, la mirada clavada en el suelo (en un lugar donde ni estaba su papá) y un timbre berrinchudo en su voz.

-Aurel.

Los orejas del pintor se alzaron momentáneamente.

-¿De veras?

-Sí-aseguró Delilah jovial-y preguntó por ti.

-¿Qué dijo?

-Que te extraña y que quiere volver a verte.