CRISIS MINISTERIAL

CAPÍTULO 3

EL GABINETE DE CRISIS

-Pase, la están esperando.- Dijo una de las secretarias de la Ministra nada mas verla entrar en el antedespacho mientras señalaba con un bolígrafo la puerta que conducía al salón de reuniones del Gabinete Ministerial. En la pared opuesta había otra puerta que comunicaba con el despacho oficial de la Ministra. Cecilia asintió con la cabeza y se dirigió hacia donde le indicaban.

En el interior había bastante gente reunida, sentados en torno a la gran mesa ovalada de reuniones escuchando a un hombre bajo de anchos hombros que, ayudado por una pantalla de power point, hablaba con un tono cuasi militar. El mago se calló cuando la vio en la puerta.

-Veo que ya está disponible, señora Pizarro.- Dijo la Ministra a media voz.- Por favor, únase a nosotros. El comandante López nos está explicando la situación. Puede continuar, Comandante.

Cecilia se apresuró hacia la única silla disponible mientras el brujo volvía a su exposición. En cuanto se sentó escuchó un levísimo chasquido. Miró hacia el tablero y descubrió que ahora tenía frente a sí un grueso dossier, semejante a los que manejaban los otros asistentes. Un cartelito vertical con su nombre también había aparecido. Abrió el dossier y lo primero que encontró fue un folio impreso cuya cabecera rezaba "Gabinete Especial Transitorio de Crisis", y debajo la lista de participantes. Paseó la vista por la lista con rapidez. Algunos los conocía, aunque sólo fuera de oídas. Por ejemplo, su primer Jefe, Eduardo Callejón, Director de Relaciones Internacionales desde ni se sabía la fecha. Pero la mayoría eran completos desconocidos. Incluído ese Comandante López, que resultó ser el jefe de los aurores.

-Hemos introducido a dos de los nuestros en la Policía Nacional. Nos tienen permanentemente informados de los resultados de la investigación. Todo apunta a personas de raza oriental, posiblemente chinos. Los muggles que estaban en el parque reportan la presencia de un grupo de cuatro, de diversas edades y vestidos de manera un tanto estrafalaria y además sin niños. Por nuestra parte hemos encontrado trazas de magia que podría corresponder con hechizos de corte oriental.

-¿Las fronteras? -. Preguntó un brujo entrado en años que a Cecilia le resultaba vagamente familiar aunque no sabía por qué.

-Debería contestar el Comisario García.

García, un hombre bajo y delgado con el pelo entrecano y un bigote de húsar, era el máximo responsable de Seguridad Mágica, cuerpo dedicado a las actividades delictivas que no implicaran magia que, por su nivel, entrara dento de las competencias de los aurores. Estaba sentado cuatro puestos a la derecha de Cecilia. Carraspeó antes de hablar.

-Blindadas mágicamente. Cualquiera que intente entrar o salir del territorio de la Federación por medios mágicos será detectado y pasará por un control. Las fronteras muggles están vigiladas por la Policía Nacional y la Guardia Civil.

El brujo anciano asintió con la cabeza.

-¿Alguna pregunta mas? – El Comandante de los aurores lanzó una mirada casi militar a la concurrencia. Cecilia tenía muchas, pero como había llegado tarde a la reunión pensó que era posible que ya las hubieran tratado, de manera que se calló para que no pensaran que los hacía perder el tiempo. Ya intentaría aclararlas estudiando la documentación.

-Muy bien. Tienen un dossier con toda la documentación. Les ruego que estén permanentemente localizables. Nos reuniremos cada dos horas. Nos veremos aquí a las once. No tengo que recordarles que están obligados a la máxima discreción con cualquiera con quien hablen.

El ruido de sillas arrastrándose precedió a la marcha silenciosa de los asistentes, unos diez según estimó Cecilia.

-Señora Pizarro, espere un momento.

Cecilia suspiró. La Ministra la retenía a saber por qué razón. Había llegado tarde al trabajo y encima en un día en el que había ocurrido algo excepcional y terrible y además no había contestado las llamadas de su jefe, que seguramente iban encaminadas a avisarla de que la máxima instancia oficial mágica requería su presencia.

-Quiero que se guíe por su buen juicio en este asunto y busque donde considere que debe buscar…- La señora Pinto, la Ministra de Magia de la Federación, la hizo abandonar sus pensamientos de golpe.

-Pero yo no tengo ninguna formación ni entrenamiento policial de ningún tipo.

-Para eso ya tenemos al Comandante López y al Comisario García. No le pido heroicidades, solamente que haga lo que usted sabe hacer.

-Pero…

-Este asunto tiene prioridad absoluta. Su jefe ya sabe que lo que ahora tuviera entre manos en Tributación queda aparcado hasta nueva orden. Tiene acceso a los archivos mágicos de todo nivel. Los Directores de Departamento colaborarán con usted. Tendrá asignada una persona de total confianza para asuntos administrativos. Busque, señora Pizarro, búsqueme los flecos de este asunto.

Cecilia salió perpleja del salón de reuniones. ¿Buscar? ¿Buscar qué? Ella era una letrada, una experta en Derecho Mágico. Para indagar líneas de investigación, buscar pistas y seguirlas y encontrar a la niña había otros. Pero ella… ¿qué demonios quería de ella la Ministra?

Caminaba cavilando sobre todo aquello, ensimismada en sus pensamientos, cuando Nieves, la Secretaria de Internacional y probablemente una de las brujas más competentes de todo el Ministerio le salió al paso.

-¿Un café, Cecilia? – Creo que te ayudará a pensar. Y diciendo aquello chasqueó la varita e hizo aparecer dos tazas humeantes.

-¿Ya lo sabes todo?-. Cecilia la miró a los ojos mientras caminaban lentamente por un corredor desierto hacia su despacho. De alguna manera, aquella bruja se enteraba de prácticamente cualquier cosa que se cociera en cualquier despacho de la planta noble del Ministerio nada más producirse.

-Todo, todo… no. No me sobreestimes. Lo que si se es que no te va a dejar en paz hasta que no te fiche en su equipo. Necesita algún que otro Director competente.

-Ya veremos lo que piensa una vez pase todo esto. Me ha metido en un asunto en el que me siento completamente incompetente.

-Callejón me ha dicho que tengo que trabajar contigo.

-¡Ah! ¡Entonces el café es parte de tu labor administrativa!

Nieves sonrió. Tiempo atrás, hubiera considerado el comentario de Cecilia como una salida de pata de banco. Ahora lo veía como un cumplido.

-No se qué demonios espera que haga…

-¿Sabes mucho del régimen legal de adopciones?

-Muy poco. Y sobre todo de oídas.

-Y muggle, supongo.

-Claro.

-Bien. Resulta que China no admite adopciones de niños mágicos por parte de muggles.

A Cecilia casi se le atraganta el café.

-¿Entonces?

-Yo creo que la Ministra quiere que indagues por ahí.

-¿Quieres decir, cómo pudo ser que a unos padres muggles les dieran una niña mágica?

-Eso creo. No se me ocurre ninguna otra cosa. Como tu bien dices, no te va a poner a hacer de aprendiz de C.S.I., pero quizás sí a bucear en el papeleo, los resquicios legales… esas cosas que siempre se te han dado tan bien ¿Todo bien con tu hija mayor?

-¡Vaya! ¡No se puede tener intimidad en este Ministerio!

-La Ministra se preocupó muchísimo al saber que no estabas a primera hora. Nos hizo llamar al Hospital para averiguar si podía hablar contigo. Dijeron que estabas dentro de la consulta acompañando a Isabel…

-¡Oh! A veces pienso que el derecho a la privacidad en nuestro entorno vale bien poco. ¿Entonces eras tu quien me intentaba localizar?

-No exageres, Cecilia. Ella solamente te buscaba. Lo de la niña es cosa mía, no tienes por qué contestarme nada.

-Perdona, Nieves. Es que no termino de situarme con todo este asunto.- Cecilia, perspicaz, decidió hacer como si no se hubiera dado cuenta de que Nieves se evadía de contestar su pregunta. Era obvio que la habían puesto al tanto del asunto antes incluso de meterla a ella.- Isabel lo que tiene es que ha dado un estirón tremendo en cuestión de un año… pero resulta que la medimaga dice que la que tiene un problema de espalda soy yo. Tengo en la mesa el papel con las sesiones de rehabilitación… ahora a ver cómo le digo a mi jefe que me firme eso…

-Vaya.

-Supongo que tendré que esperar a que pase este huracán.

Cecilia sintió una ligera vibración en el bolsillo y extrajo el móvil.

-¡Qué barbaridad! ¡Tengo dieciséis llamadas perdidas!