N/A: El segundo capítulo ha llegado, ¡Al fin! Siento la espera, he tenido mucho lío y no podía escribir. Y no sé como, este capítulo me ha vuelto a quedar más largo. Creo que van a ser capítulos crecientes. (?) Advierto, que este tiene algo más de lenguaje explícito, lemmon, como queráis llamarlo...

Disclaimer: Esta historia está basada en los personajes de la serie Once Upon A Time y no me pertenecen. Este fic está hecho sin ánimo de lucro, es puro entretenimiento.


On Another Love: Capítulo 2.

El capitán Garfio apenas tuvo tiempo a girar la cabeza, cuando un puño impactó directamente en su mejilla, firme y contundente. Durante un instante, Emma se cobijó en el pecho del que, no sabía bien como, se había convertido en algo así como su amante, queriendo que se la tragara la tierra en ese preciso momento. Alcanzó a recolocarse el sujetador y buscó a tientas por la arena, dando con la camisa de Garfio, la cual se puso con rapidez, levantándose de encima de su dueño. Él emitió un gruñido, frotándose la mejilla con la mano, antes de ponerse en pie también, y sin previo aviso, recibir otro puñetazo en la mejilla contraria, que lo hizo tambalearse hacia atrás. Ya está. Estaba harto, se dejó llevar por uno de esos impulsos tan típicos en él, que lo dominaban en momentos como ese, y alzó la zurda blandiendo el garfio con la única intención de acabar con aquella pelea como se debía.

— ¡No! —La voz de Emma, junto con sus manos agarrándole el brazo, lo detuvieron con la misma firmeza que un muro de hormigón. Lo miró a los ojos, suplicándole que se armara de paciencia y no se dejara llevar por la ira, aunque él ya estaba lo suficientemente airado como para comprender que de ahí no lo sacaba nadie.

Con un gruñido de insatisfacción, bajó el garfio, fusilando a la parejita del año, más conocidos como los príncipes o mejor aún, los padres de Emma, deseando que por un segundo no fueran padres de nadie y pudiera cobrarse su venganza de una maldita vez. La rubia se colocó entre sus padres y el pirata, de espaldas a este y con los brazos extendidos, buscando algo de calma.

— ¡¿Qué hacías con mi hija, maldito pirata?! —Espetó David, haciendo ademán de traspasar aquella barrera invisible que su propia hija había creado en pos de proteger al hombre que se aprovechaba de ella.

— ¿De verdad te hace falta preguntar? —Replicó el capitán, mostrando una sonrisa socarrona en su rostro magullado, donde ya aparecieron dos leves sombras violentas en recuerdo a aquellos puñetazos bien dados.

— ¡Killian! —Emma se giró, fusilándolo con la mirada, consiguiendo que él rodara los ojos, pero que en su rostro siguiera aquella sonrisita socarrona, algo ensombrecida por la rabia que aún chisporroteaba en sus ojos azules.

— Emma… —Mary Margaret bajó el arco, aunque no porque le faltaran ganas de ensartar al pirata con una flecha y en esta ocasión, sin fallar. — ¿Qué hacías con él? Es que… ¿Estáis…?

— ¡No! —La cortó ella, haciendo gestos con las manos. Un resoplido que escuchó a su espalda, la hizo recapacitar. Ya era la segunda vez que metía el dedo en la llaga aquella noche, aplastando un poco más el orgullo del hombre que la estaba ayudando a liberarse poco a poco. — Bueno… Es algo raro…

La incredulidad en los rostros de sus padres, era algo que Emma veía por primera vez, entremezclada con la pizca de desprecio que desprendían cada vez que su mirada se cruzaba con la del pirata. Simplemente, no alcanzaban a comprender qué demonios había visto su hija en aquel malhechor que de seguro sería su ruina, y la de toda mujer que acabara entre sus brazos. Él, por su parte, se limitaba a observar a Emma de soslayo, algo sorprendido por la forma en que lo había defendido y asumido tener "algo" aunque ni ella supiera el qué. La verdad, es que él tampoco tenía mucha idea de que se forjaba entre ellos.

Tras unos largos segundos de incómodo silencio y cruce de miradas por parte de los cuatro, al fin, Mary Margaret decidió ser, otra vez, la voz de la sensatez y tiró suavemente del brazo de su marido, quién claudicó con un exasperado suspiro.

— Procura que no te vuelva a ver enganchado a mi hija como un depredador, o te las verás conmigo. —Advirtió, añadiendo a su amenaza un toque más radical al llevar la mano libre a la empuñadura de su espada, que por suerte, seguía bien enfundada.

Garfio tuvo que morderse la lengua para no soltar otra de las suyas, pero la atenta mirada de Emma le sirvió de clara advertencia para quedarse calladito. Se limitó a alzar ambas manos, claudicando a los deseos de un padre sobreprotector con muy mal carácter, estaba claro.

En cuanto la pareja se hizo a un lado, acercándose a la hoguera para calentarse, y de seguro para debatir sobre la situación sentimental muy descarriada que parecía estar llevando su hija, y dejándoles a ellos un mínimo de intimidad, Emma se giró, suspirando pesadamente. Se acercó a Garfio con la duda impresa en sus pequeños y dubitativos pasos, aun refugiándose en su camisa. No tenía la más mínima idea de en qué se estaba metiendo con el pirata, y tener ahora el añadido de la presión de sus padres, quienes tarde o temprano querrían respuestas a preguntas que ella no quería ni formular, no ayudaba.

— Yo… Lo siento… —Torció el gesto, alzando la mirada para encontrarse con aquellos insistentes ojos azules. Siempre que la miraba con aquella fijeza, removía algo dentro de ella, era como si pudiera ver más allá de los muros que levantó hacía años, y aquello la desconcertaba bastante.

— No es culpa tuya. Te han tocado los padres sobreprotectores con acceso a armas y entrenamiento físico. —Le restó importancia, como de costumbre, dedicándole una de sus sonrisitas de chico malo sin nada que lamentar.

— Eres incorregible… —Murmuró, alzando una mano para deslizar un par de dedos por las leves sombras que adornaban sus mejillas. — ¿Estás bien? —Añadió, desviando la mirada hacia su brazo ensangrentado, inclinándose para examinar este con mayor detenimiento.

— Sí. Esto no es nada… —Alzó los hombros, echando un vistazo rápido a la herida de su brazo. — Nada que un poco de ron no pueda curar. —Apuntó, mirando de reojo a la rubia con aire picaresco.

— ¿Siempre lo solucionas todo con ron, o qué? —Se mofó ella, dándole un golpecito en el hombro.

— El ron es la solución para todo, Swan. —Rodó los ojos, como si aquello fuese tan obvio como que el cielo es azul. Se inclinó, recogiendo su casaca del suelo para sacar del bolsillo interior de esta la petaca de ron, dejándola caer de nuevo al suelo.

— ¿En serio te lo vas a curar con ron? —Emma abrió los ojos como platos, incrédula.

— ¿Y cómo pretendes que lo haga, sino? —Enarcó ambas cejas, mirándola a espera de una respuesta y tras esperar unos segundos y solo obtener un gesto de resignación, le tendió la petaca. — Vas a tener que echarme una mano… —Sonrío divertido ante su propia muestra de humor negro.

— Y acabas de perder todo tu encanto, Garfio. —Concluyó ella, arrebatándole la petaca de la mano para destaparla y verter un poco de ron sobre la herida de su brazo, que por suerte, parecía ser superficial.

— Qué desperdicio… —Murmuró entre dientes, más apesadumbrado por el mal huso que le estaba dando a su ron, que por la herida en sí. Emma resopló, agachándose para sacar un pañuelo de su cazadora y limpiarle así el brazo, para luego vendarle la herida. No sin darle un último apretón al hacer el nudo, más fuerte de lo que debería, arrancándole un quejidito al pirata.

— Listo. —Dejó una suave e involuntaria caricia en su brazo al retirar la mano, y antes de que pudiera cerrar la petaca, él se hizo con ella de nuevo, dándole un sorbo.

— Una lástima… —Musitó, relamiéndose los labios, mientras jugueteaba con la petaca entre los dedos y miraba de soslayo a su improvisada enfermera.

— ¿El desperdicio de ron? —Ironizó la rubia, poniendo los ojos en blanco. Jamás comprendería ese apego que le tenía a ciertas cosas, entre ellas, el ron.

— No. Que nos hayan interrumpido. —Aclaró, mirándola directamente, no sin antes darle un repaso de arriba abajo, sin ningún tipo de pudor. Emma carraspeó, agachando la mirada para evitar que él advirtiera el ligero rubor que teñía sus mejillas. Maldita sea, sí, había sido una auténtica lástima. Pero no podía admitirlo así, sin más. Ni siquiera sabía si para él solo habría sido un revolcón en la playa, o el inicio de algo más serio. — Pero bueno… Ya tendremos otra ocasión… —Añadió el pirata en un susurro, inclinándose ligeramente hacia ella.

Una de dos, o estaba realmente empeñado en acostarse con ella, por algún tipo de obsesión insana, o realmente pretendía algo más. La Salvadora alzó la mirada, perdiéndose en sus ojos durante unos instantes, debatiendo consigo misma si debía darle esa oportunidad que parecía clamar desesperadamente, o recuperar su coraza antes de salir gravemente dañada.

— No te lo creas tanto… —Murmuró, no muy convencida de sus propias palabras, pero tan desafiante como de costumbre. Él sonrió divertido, acercando su rostro al de ella hasta que sus respiraciones se entremezclaron con esa familiaridad ya adquirida.

— Si tus padres no estuvieran mirándonos, dispuestos a hacerme pedazos, te besaría ahora mismo… —Susurró en tono suave, perdiéndose en el dulce aroma que ya le había robado la razón un par de veces con anterioridad.

— Pensaba que eras un tipo valiente… ¿Dónde está el pirata atrevido ahora? —Replicó ella, dejando asomar una leve sonrisa a sus labios, manteniendo el mismo tono suave e íntimo que empleaba él y procurando hablar lo suficientemente cerca de sus labios como para rozarlos.

El capitán no necesitó más provocación. Posó la mano en su mejilla y atrajo su rostro del todo hasta el propio, uniendo sus labios en un profundo beso, aunque tan lento que parecía saborear sus labios con devoción, adorándola en cada pequeño movimiento. Los murmuros juntos a ellos empezaron a crecer, hasta que David no se contuvo más y carraspeó sonoramente, obligando a Emma a deshacer el beso con otro leve carraspeo. Garfio ladeó el rostro, ocultando una sonrisita de pura diversión, y aprovechando para deslizar los labios por la mejilla de ella, hasta alcanzar su oído.

— Mi camisa te queda muy bien… —Susurró justo al lado de su oreja, dándole un suave mordisquito en el lóbulo, para luego depositar un lento beso bajo esta. Finalmente, apartó su rostro del de ella, comprobando con satisfacción que volvía a estar sonrojada.

Las siguientes horas transcurrieron en un ambiente algo tenso, que se agravó con el regreso de Rumpelstiltskin y Regina, a quienes obviamente, nadie les comentó nada del incidente sucedido anteriormente. No tenían pistas, los niños perdidos parecían esconderse de ellos adrede, un comportamiento francamente extraño en ellos. Tras mucho discutir, se tomó la decisión de volver al barco y zarpar hacia un lugar menos seguro de la isla, según el capitán. Iban a meterse directamente en la boca del lobo de ser necesario.

Cuando estuvieron a bordo del Jolly Roger, la noche ya era profunda. Debían ser las tantas de la madrugada, y había sido un día realmente largo, así que casi sin mediar palabra alguna, marcharon a descansar, resguardándose cada uno en su camastro.

El capitán del navío era incapaz de conciliar el sueño, pero en esa ocasión decidió permanecer en su camarote, dándole vueltas entre los dedos a una copa de ron medio vacía. Sentado a su escritorio, observaba con puro desinterés los mapas que tenía desperdigados sobre este. Sus pies descalzos repiqueteaban contra la madera del suelo en un gesto rítmico e inconsciente, fruto de sus quebraderos de cabeza. Cuando algo le carcomía por dentro, era incapaz de estarse quieto. Seguía con los pantalones y la camisa puestos, maldiciéndose por haber recuperado esta última, que ahora poseía el leve rastro del perfume de Emma. Alzó la mano, dispuesto a beberse lo que quedaba en su copa, cuando escuchó un suave golpeteo en la puerta del camarote. Ladeó el rostro, aún con la copa en el aire, a tiempo para ver entrar a Emma, quién cerró la puerta tras ella con sumo cuidado, recostando la espalda contra esta.

— No puedo dormir… —Murmuró, justificando así su intrusión en el camarote a aquellas horas de la noche. Cuando Garfio consiguió reaccionar, pasando por alto el hecho de que ella llevara solo una camiseta sobre la ropa interior, en lo que debía considerar un pijama y que a él lo volvía loco por segundos, sacudió ligeramente la cabeza, soltando la copa sobre el escritorio.

— Bienvenida al club. —Retiró la silla que había junto a él, dando una palmadita en esta para invitarla a sentarse a su lado. — ¿Una copa? —Ofreció, sin apartar la mirada de ella cuando recorrió el espacio que los separaba, sentándose a su lado, mientras tiraba inútilmente de la camiseta en pos de intentar cubrirse un poco.

— Sí… Creo que ahora me vendría bien. —Se acomodó en la silla, subiendo una pierna a esta, y mientras él le servía, ella paseaba la mirada con curiosidad por la estancia. Era bastante amplia y estaba bien equipada, se notaba que era el camarote del capitán, aunque también estaba francamente desordenada y parecía que Garfio tenía un afán por guardar objetos de todo tipo en cada estante o superficie que pudiera ocuparse. El único espacio libre, era el del camastro. — Asumo que pasas mucho tiempo aquí… —Concluyó, regresando su mirada a él, cogiendo la copa cuando se la tendió, dándole un corto sorbo.

— Todo el tiempo que no estoy fuera, batallando con vosotros… —Se mofó, sonriendo antes de dar un sorbo. Su mirada volvió a irse donde no debía, e incapaz de resistirse más, tuvo que comentar su atuendo. — Bonito pijama…

— Ya tardabas en decirme algo… —Murmuró ella, sorprendiéndose a sí misma cuando se echó a reír ante aquello. Empezaba a conocerlo demasiado, y lo que era peor, a captar su peculiar sentido del humor. Él soltó una leve risotada, encogiéndose de hombros como el niño travieso que era a veces, incapaz de ocultar sus intenciones.

— Eres tú la que ha venido semidesnuda a mi camarote en mitad de la noche… —Arqueó una ceja, relamiéndose los labios como si verla le hiciera la boca agua, algo muy cercano a la realidad.

— Aunque viniera tapada hasta las cejas, soltarías alguna de las tuyas. —Replicó, aunque tuvo que apartar la mirada de él, acalorada por aquella forma en que la miraba. Maldita sea, no podía con él cuando se ponía así y estaban solos, era un hecho. — La verdad… Es que no puedo dejar de pensar en lo de antes… —Admitió al fin, en un susurro.

— Yo tampoco… —Soltó la copa, arrebatándole a ella la suya y sujetó una de sus manos, tirando de ella para arrimarla a su cuerpo, ansioso por sentirla cerca de nuevo. — Tenemos algo pendiente… —Murmuró contra sus labios, antes de atraparlos entre los suyos con pura desesperación.

Estaba claro que andaban buscando ambos. Emma correspondió al beso con la misma necesidad, llevando las manos directamente a su torso, recorriéndolo con intensas y torpes caricias, fruto de la impaciencia. Se levantó de la silla, para sentarse a horcajadas sobre él, jadeando ambos al sentir de nuevo la presión y el calor del cuerpo del otro.

La rubia deshizo el beso, respirando acelerada y fue ella misma quién se quitó la camiseta, dejándola caer al suelo, para luego ayudarlo a él con su camisa, que corrió el mismo destino. Retomaron el beso en un choque de bocas que era la viva imagen de la desesperación y el descontrol. Aquel beso era todo fiereza, lenguas entrelazadas y saliva compartida, ahogando los jadeos de ambos. Los hábiles dedos de él le recorrieron toda la espalda, trazando aquellas líneas que ya había memorizado con un solo encuentro, deteniéndose al topar con el cierre de su sujetador, con el cual batalló unos segundos antes de poder abrirlo, tirando de este hasta dejarlo caer con el resto de la ropa que ya se amontonaba a su alrededor.

Su mano fue directa a cubrir uno de sus pechos, sintiéndolo suave y pesado bajo la aspereza de sus dedos, que lo presionaban con firmeza y dedicada insistencia. En cuanto atrapó su pezón entre el pulgar y el índice, dándole un tirón, ella tuvo que deshacer el beso para gemir suavemente. Se arqueó contra él, ofreciéndole sus pechos para que siguiera por ese camino. Cubrió el pecho libre con su boca, delineándolo con la lengua antes de centrar toda su atención en su excitado y endurecido pezón, succionándolo y mordisqueándolo, siguiendo el compás que marcaba con sus dedos en el otro, pellizcándoselo sin piedad. Los gemidos de ella fueron sucediéndose cada vez con más frecuencia, mordiéndose la lengua para no elevar demasiado la voz, disfrutando de aquella deliciosa tortura.

Cuando al fin estuvo saciado, el pirata liberó sus pechos, deslizando la mano por la arqueada línea de su espalda, posando la palma abierta en el centro de esta al tiempo que deslizaba la lengua en el hueco de su escote, ascendiendo lentamente hacia su garganta. Ella hundió una mano en su pelo, tirando de este para echarle la cabeza hacia atrás y así tenerlo a su merced, empezando a repartir besos por todo su cuello y su garganta, lamiendo de vez en cuando la incipiente barba que allí nacía, arrancándole jadeos de puro deseo.

Sus ojos se encontraron en un imprevisto, azul contra azul, ardiendo en deseo el uno por el otro. Y esa simple mirada bastó para que se comprendieran a la perfección. Emma se puso en pie, tomándolo de la mano para levantarlo a él, pegando sus cuerpos. Sus delicadas manos descendieron pausadamente por todo el cuerpo de él, entreteniéndose en sus pectorales y su abdomen, disfrutando de la sensación que le producía sentir sus fuertes músculos tensarse, endureciéndose bajo las yemas de los dedos. Al fin, alcanzó la cintura de sus pantalones de cuero, desabrochándolos y bajándoselos de un firme tirón, dejando que él mismo se deshiciera de ellos a patadas.

Los ojos de ella se centraron en aquel miembro erecto que satisfacía al fin su curiosidad. Se mordió el labio en un gesto de puro deseo, deslizando los dedos por toda su extensión, cubriéndolo después con toda su mano, la cual empezó a mover muy lentamente, deleitándose con los roncos y leves gemidos que emitía él con cada movimiento. El pirata apoyó su frente contra la de ella, jadeante, y la despojó de su última prenda de ropa interior con urgencia. Su mano le rozó las nalgas, dándole un ligero apretón a una de estas, y luego voló entre sus piernas. Rozó su sexo, húmedo por la excitación del momento, con apenas dos dedos, provocándole un delicioso estremecimiento.

Harto de preámbulos, y necesitando culminar con ella de una vez por todas, alzó la mano para posarla en su vientre, empujándola hasta la cama donde ella cayó de espaldas. Se abalanzó sobre su cuerpo como un animal hambriento, recostándose en los antebrazos para quedar adherido a su cuerpo, sintiéndola en todo su esplendor. Ella alzó las caderas, tentándolo y provocándolo, como siempre, y él respondió con un gutural gruñido, antes de penetrarla con fuerza. Esta vez no pudo contenerse, se arqueó, emitiendo un profundo gemido y deslizó las manos por su espalda, pegándolo contra ella.

Permanecieron inmóviles apenas un segundo, y pareció una eternidad, en la que ambos estuvieron mirándose a los ojos con fijeza, escuchando el acelerado sonido de sus respiraciones. Ella alzó ligeramente el rostro, entreabriendo los labios, y él aceptó su invitación, sellando sus labios con un beso al tiempo que empezaba a mover las caderas. Primero adoptó un ritmo lento y cadencioso, deleitándolos a ambos con cada centímetro que conectaban de aquella forma tan primitiva, imitando de forma inconsciente aquellos movimientos con sus lenguas, adentrándose en la boca del otro con parsimonia. Pronto aquello no fue suficiente, y él aceleró el ritmo. Se tornó implacable, embistiéndola hasta lo más profundo, con fuerza, en un ataque imposible de soportar por demasiado tiempo. Con cada envite, ella hundía las uñas en su espalda, buscando desahogo y acallando sus gemidos contra su boca, desesperada.

Les faltaba el aire, y podrían haberse ahogado que hubiese sido la mejor sensación del mundo de todas formas. Los suaves mordiscos se entremezclaron en aquel beso, que iniciaban y acababan una y otra vez, dejándose llevar por aquel frenético ritmo que marcaban sus caderas. Ella se tensó bajo él, rodeándole la cintura con las piernas para pegarlo con ansia contra su sexo, clavando los dedos en sus hombros al alcanzar el orgasmo, estallando en un sonoro gemido que ni pudo, ni quiso ocultar, liberándole así a él, cuyos roncos gruñidos se asemejaban a los rugidos de una bestia que la seguía poseyendo desesperadamente. Y poco después, se precipitó a su propio orgasmo, murmurando su nombre en un último gemido de pura satisfacción, relajándose de golpe sobre ella.

Él acomodó la cabeza sobre su pecho, acariciando con su nariz el borde de su cuello y ella deslizó las manos por su espalda en una suave y lenta caricia. Exhaustos a la par que satisfechos, se sumieron en un sueño reparador antes siquiera de poder mediar palabra al respecto de su encuentro.


N/A: ¡Sí, al fin! Vale, quería liarlos ya, porque fui muy cruel dejándoos con las ganas. Como supondréis, esto no va a ser todo, solo acaba de empezar. Tened paciencia, que conmigo, hace falta. Críticas y tomatazos, a los reviews.