DISCLAIMER: Naruto no me pertenece.

ADVERTENCIA: Muerte de personajes/ Leve OoC/ Universo alterno/Lemon.

SUMARY: "En este laberinto de la vida donde tanto domina la maldad, todo tiene su precio estipulado: el amor, el parentesco y la amistad" Anónimo; como los protagonistas de esta historia, porque a pesar de sus nombres de ficción, casi todo lo contado, está basado en la vida real.

Espero que lo disfruten.


El precio a pagar

Capítulo 3: Tras la pista

Hinata Hyuga había desaparecido hace más de diez años.

Su familia sabía que no estaba muerta porque habían hallado pruebas fehacientes de su integridad física, pero aparte de eso no sabían nada más. Cada vez que Neji o Hanabi creían haber dado con una nueva pista de su paradero, resultaba que la misma era insustancial o había aparecido demasiado tarde y Hinata ya se había mimetizado, como muchas tantas veces, en las sombras de un destino incierto.

Encontrarla se había convertido en una obsesión para Neji y después de la muerte de Hiashi Hyuga, cuando Hanabi conoció los pormenores de la desaparición de su hermana, también ella había hecho de esta búsqueda desenfrenada un asunto personal. El que otra persona con las mismas feroces ganas de dar con Hinata se hubiera sumado a la improvisada investigación, no había devengado en que esta diera mejores frutos, pero les había provisto de alguien con quien compartir sus indagaciones o discutir sus sospechas.

Hacían por lo menos cuatro años desde que ellos habían obtenido información fiable sobre el bienestar de Hinata. Según los registros de natalidad de un pueblo en la costa del país, ella había tenido allí a su hijo. Aunque no existía asentado ningún documento legal en el que apareciera el nombre de Hinata Hyuga como la madre de nadie, existía la foto más reciente que los primos habían podido obtener de ella. Su largo cabello negro con matices azulados, todavía enmarcaba los pueriles rasgos de su rostro mientras que la prominente barriga y su sonrisa cansada eran la única prueba del paso del tiempo. Del resto, la blancura de su piel seguía inmaculada; lo que además de su vestimenta, denotaba que no estaba teniendo una mala vida.

La fotografía había sido tomada por una enfermera con la que Hanabi había estado saliendo durante su paseo experimental por la Facultad de Medicina hace varios años, que conocía al dedillo la historia de su hermana perdida y había visto suficientes cuadros de la muchacha como para reconocerla aún en estado de gravidez. Cuando los inconfundibles ojos grises de los Hyuga se le materializaron en una joven embarazada, Matsuri no tuvo ninguna duda de quien se trataba, así que había contactado inmediatamente a Hanabi y hecho hasta lo imposible por retener a Hinata, pero cuando ella y Neji por fin lograron llegar al pueblo, Hinata y el recién nacido se habían marchado sin dejar más rastros que esa fotografía. Desde entonces, la intensidad de la búsqueda solo se había intensificado.

Durante los primeros años, Hanabi había albergado un frío rencor por el abandono insensato de su hermana. Ahora, con toda la carga que el conocimiento de una atroz verdad implicaba, ella solo podía sentirse más comprometida con la causa. Precisamente, por eso estaba tan enojada con Neji.

―¿Por cuánto tiempo piensas estar molesta? ―le preguntó su primo, echando una única cucharada de azúcar a su café y sorbiendo un trago.

Era una mañana soleada y como todos los domingos, Neji y Hanabi estaban desayunando en el bohío del jardín; junto a la inmensa alberca que hacía años que ninguno usaba. Neji tenía exactamente diez minutos intentando redimirse por su proceder de la noche anterior, pero como era natural, dada la testarudez recalcitrante de Hanabi, estaba bastante lejos de conseguirlo.

―Toda la vida ―replicó ella con una simplicidad devastadora, concentrándose diligentemente en la sesión de Economía de su periódico.

Neji carraspeó sonoramente en un mediocre intento por camuflar una maldición; ella le lanzó una mirada rebosante de odio por encima del ejemplar dominical al tiempo que la voz cansina de él preguntaba:

―¿No te parece mucho tiempo?

―No soy inmortal, Neji. Puedo, perfectamente, odiarte por cincuenta años. ―Hanabi le dedicó otra mirada malévola―. Hasta puede que sean menos, teniendo en cuenta que planeo asesinarte para hacerme de tu parte de la fortuna Hyuga.

En cualquier otro momento, él se habría visto forzado a sonreír para celebrar la broma de su prima, aun cuando no tuviera ganas de hacerlo, solo para aligerar la tensión que parecía siempre imperar entre ellos. Pero conociéndola como lo hacía, sabía que el desdén que teñía sus palabras ahora mismo estaba lejos de ser parte de una de sus charadas pueriles. Hanabi era mordazmente cruel cuando estaba de mal humor y Neji se consideraba lo suficientemente listo como cometer el error de subestimar su carácter.

―Vale ―suspiró él, saboreando el regusto amargo del café y la dimisión en su paladar. Su tono dócil iluminó la mirada gris de Hanabi, pero ella fue lo bastante audaz como para permitirse que Neji la viera regodearse―. Lo siento, ¿está bien? No volverá a suceder.

―Sabes que volverá a suceder ―le porfió Hanabi mientras él se estiraba en su silla reclinable. Estaba vestido con su ropa habitual de correr: bermudas caqui, franela oscura y zapatos deportivos; el cabello, todavía húmedo por el sudor, se le pegaba al cráneo, mostrando libremente cada línea de su rostro. Ella lo escrutó con una mirada solazada y sentenció―: Solo tienes que llamar y avisarme que no estás potencialmente muerto para poder dormir tranquila.

―Pensé que estabas con Sasame ―dijo, distraídamente, al tiempo que untaba mermelada de maní a un trozo tostado de pan―. Siempre te quedas con ella en la víspera de un viaje.

Hanabi negó con la cabeza; la voz plañidera al decir:

―Nunca lo hago sin decírtelo. Además, aún no había terminado de hacer mis maletas. Y también estaba lo de Hinata.

―Debí avisarte ―tranzó Neji; la mirada fija en el reflejo cristalino del agua de la piscina.

No quería tener que decirle que habían seguido otra pista falsa, a pesar de que estaba seguro que ella ya lo intuía. Cada vez que llegaba a sus manos alguna información referente al tema de Hinata ninguno de los dos podía evitar hacerse expectativas; los años de reiteradas decepciones todavía no les había enseñado a ser más cautos o menos ilusos. Así que cuando sucedía lo inevitable, el peso del fracaso parecía hundirlos en un mar borrascoso de desesperación.

―Tarde o temprano los vamos a encontrar ―murmuró ella, dejando su ensalada de frutas por una ración de huevos, tocino y pan tostado―. Solo no pierdas la fe.

Neji terminó de masticar un bocado de su pan con mermelada y bebió otro sorbo de café.

―La fe es lo único que nos queda.

Y se mantuvieron en silencio; cada uno envuelto en su propio torbellino de cavilaciones.

―A propósito ―habló Hanabi, cambiando olímpicamente de tema mientras se sacudía las migajas de pan del short de su pijama de tafetán verde―. ¿Dónde te metiste anoche? Y no te atrevas a decirme que estabas con Blue, porque la histérica de tu novia casi revienta nuestro buzón. Creo que hablaré con su psiquiatra; en serio, necesita triplicarle su dosis de Prozac.

Como primer impulso, él quiso increparle por tildar a su novia de desequilibrada mental; en general porque quería desviar sus recuerdos de los sucesos de la noche anterior. Principalmente, porque necesitaba sacarse a cierta mujer de llameantes ojos verdes de la cabeza a toda costa. Pero en lugar de eso, meramente, le dijo:

―Debes mantenerte alejada de la influencia de Shisui.

―Esa sería una tragedia. Porque Hanabi es mi Hyuga favorita.

Al escucharlo, Hanabi sonrió con genuina felicidad y se levantó de la silla para arrojarse a los brazos del recién llegado. Shisui se sacó las manos de los bolsillos de su pantalón de mezclilla y la rodeó en un abrazo fuerte, hundiéndole la cabeza en el hueco de su cuello donde el cuero de su chaqueta negra le hizo cosquillas en la frente a Hanabi. Él era un compendió de galantería de pies a cabeza, comprobó la chica al separarse. El puntiagudo cabello negro como el alquitrán se le disparaba en diferentes direcciones y los rasgos de su cara, más que juvenilmente trazados, contenían la belleza de los años de experiencias no muy gratas con el ánimo de quien ha logrado sobreponerse a las penurias de una vida de desaciertos. Su sonrisa nunca parecía ser legítimamente alegre, pero había algo en sus ojos que irradiaba conformidad; era algo extraño, pero poético de ver. Como alguien que sabe lo que necesita para alcanzar la dicha, pero que desconoce el camino para llegar a ello.

―No pensaste que te dejaría ir sin despedirme, ¿verdad?

―No si eras lo suficientemente listo como para querer otra Maldición Hyuga en tu haber.

―Me encanta cuando eres escalofriante ―repuso Shisui, besando la frente de Hanabi con el distraído afecto de un hermano mayor―. Lo cual eres la mayor parte del tiempo.

―Ustedes son empalagosos ―se quejó Neji, tomando el periódico que Hanabi había estado leyendo―. Lo saben, ¿cierto?

―Le he dicho que no tiene que sentir celos de ti ―murmuró ella con malicia mientras invitaba al pelinegro a tomar asiento―. Pero no hay nada que hacer con sus inseguridades.

―No es tu culpa, pequeña. Desde tiempos inmemoriales, los Hyuga siempre han sentido celos de los Uchiha. Tú solo naciste en la familia equivocada

Hanabi y Shisui compartieron una sonrisa cómplice de la que Neji, un tanto más parco de lo habitual, no quiso ser partícipe. Les frunció el ceño cuando reiteró sus quejas:

―Solo se irá por unos días. Estará de regreso antes de que lo notemos.

―Eso es cierto. ―La muchacha se mostró de acuerdo con su primo mientras servía un vaso de jugo para Shisui―. Es solo una junta de empresarios. Los mantendré informados y volveré el miércoles; justo para la boda.

Evidenciando lo vilipendioso que le resultaba todo el asunto de la boda, Shisui hizo una mueca clara de repulsa; sin embargo, cuando habló, no lo hizo para llover sobre mojado.

―En ese caso, ¿quieres que te lleve al aeropuerto? Sabes que odio las despedidas, pero por ti lo que sea.

Hanabi pareció sopesarlo.

―No es necesario; Sasame pasará por mí en unos minutos. ¡Diablos! ―imprecó al cotejar la hora en la pantalla de su celular―. ¡Es tardísimo!

―¡Apresúrate! ―canturreó Shisui, dando un primer trago a su jugo―. A nadie le gusta ver a tu novia enojada. ―Mirando a Neji declaró con sorna―: Por otra parte, tú y yo tenemos asuntos importantes que discutir.

―A ver si tienes más suerte y a ti sí te quiere contar donde carajos se metió anoche ―rumió Hanabi, recorriendo con alacridad el camino de mampostería que conducía hacia una de las verandas del jardín que daban al interior de la casa―. ¡Digo, en caso de que nos necesite como coartada en la hipotética comisión de un homicidio!

―¡No soy el de la mente criminal en la familia! ―Neji le regresó el grito, pero Hanabi ya había desaparecido tras los imponentes muros de la mansión Hyuga, por lo que probablemente no pudo escucharlo.

Con todo el buen talante que lo caracterizaba, Shisui lo miró; una sonrisa tan pervertida como maliciosa asomándose en sus labios.

―Bueno, tú y yo sabemos que anoche no estabas, literalmente, asesinando a nadie.

Neji frunció el ceño.

―No quiero hablar de eso.

―Ah, no. Tú vas a contármelo todo. Vas a decirme lo excelente amigo que soy por haberte dado el mejor regalo de despedida de soltero que has recibido en tus aburridos treinta y un años de vida y me vas a contar que tan ardiente es esa Jade. Tal vez me anime a contratar sus servicios.

Neji no sabría explicar por qué, pero al escuchar a su amigo hablar acerca de la somera posibilidad de intimar con Jade, el estómago se le estrujó con una repentina y horripilante sensación de repulsión al tiempo que una furia demente empezaba a serpentearle por el pecho. Tal vez si no hubiese estado en tal estado de negación, hubiese podido identificar el sentimiento de inmediato, pero Neji, que ya estaba imaginando variadas formas de asesinar a su amigo si osaba a cumplir su palabra, no parecía estar precisamente en sus cabales. La sola idea de que algo así pudiera suceder, lo estremecía de rabia mientras que un retorcido concepto de pertenencia se apoderaba de sus sentidos. Como si el haber sido el primero de los dos en dormir con Jade, le otorgara una suerte de concesión especial tratándose de ella; como si lo de anoche significara que él tenía legítimos derechos sobre una mujer que se dedicaba a comerciar con su cuerpo. Neji puso en cuarentena los malsanos pensamientos que lo agobiaban, entendiendo que era una estupidez reclamar algún tipo de respeto por parte de ellos y trató de relajar su postura mientras en su cabeza conjuraba una respuesta satisfactoria para su amigo.

―Fue genial.

―¿Genial? ―repitió Shisui con desdeñosa decepción mientras veía a su amigo maniobrar con su celular―. ¿Solo eso dirás? ¡Mierda, Neji; tienes una habilidad innata para volverlo todo tan genérico!

―Te dije que no quería hablar de eso ―se defendió; su fría voz rayando en la indiferencia.

Y tenía buenas razones para no querer hacerlo.

Lo experimentado con Jade hace unas horas, además de considerarlo algo demasiado íntimo, incluso para compartirlo con su mejor amigo, no había tenido el desenlace que él habría esperado. Al principio, Neji había establecido una extraña conexión –si se quiere unilateral- con ella; que tal vez se debiera al hecho de que al ser una desconocida con la que no volvería a tratar, él había podido deshacerse de los años de fingida compostura. Sin embargo, Jade no se había mostrado del todo cómoda; dándole la impresión de que ella tenía ciertas reticencias con respecto a él, por lo que en algún lapso de tiempo hasta había considerado seriamente abandonar sus pretensiones. Pero después, al desvanecerse las dudas, habían terminado compartiendo un momento glorioso. Repitieron la hazaña una segunda y tercera vez, quedando placenteramente exhaustos. Por eso, cuando Neji despertó unas horas más tarde, no podía creer del todo el que ella se hubiera ido sin despedirse. Había mirado el lado vacío de la cama con borrosa y herida sorpresa y tratado de sobreponerse de la aturdidora sensación de abandono que lo sobrecogió.

Todavía no lo había conseguido.

―¿Por qué?

―Porque no pienso contarte mis anécdotas sexuales.

―Pues deberías; soy tu mejor amigo.

Era cierto. Shisui no solo era el mejor amigo de Neji desde hace más de una década, sino que, después del accidente en el que murió Rock Lee, se había convertido en el único que le quedaba. Era su mano derecha en los negocios y el cómplice ideal en cada una de sus aventuras. Técnicamente, él le había presentado a su primera esposa y, cuando los tuvo, se autoproclamó como el padrino de sus hijos. Pero ni aún por esas razones, él se sintió lo necesariamente a gusto como para contarle todo lo que había pasado con Jade; ese era su secreto. Solo suyo.

Y, aparentemente, así lo entendió Shisui al instante siguiente.

―¿Sabes qué? No importa. Sé todo lo que necesito saber.

Neji lo penetró con la mirada y, mandando al Diablo el previo fastidio que le producía lidiar con la perentoria impertinencia de Shisui, formuló la pregunta que le cosquilleaba en las amígdalas desde que le vio poner un pie en el jardín:

―¿Sabes dónde encontrarla?

En la oscuridad de su habitación, el cuerpo de Sakura bajo la cobija era un conjunto amorfo de siluetas refractadas por la luz diurna que se colaba por las persianas cerradas. Desde su llegada, ella había permanecido postrada en su cama; el cuerpo enfermo y el alma rota. Nada que se dijera lograba paliar el asco crónico que la estaba royendo desde las vísceras. Todo le dolía; cada célula parecía infectada por el germen de la repugnancia hacia sí misma y aunque una suave voz en la parte posterior de su cabeza le decía que había hecho lo correcto, los temblores que la sacudían contradecían tal cosa.

Sakura quería morirse; disiparse como un espectro entre la oscura niebla del olvido. Como si suprimiendo los eventos de ayer consiguiera expiar en algo su culpa, se había propuesto con especial ahínco desterrar todo de su mente. No estaba, sin embargo, teniendo éxito en ello. Su piel todavía ardía; la indeleble sensación del cuerpo de Neji sobre el suyo, quemándole centímetro a centímetro mientras que cada molécula de su organismo se seguía convulsionando ante la evocación de él amándola.

Amarla. Era lo que Neji había hecho esa noche cuando solo debían haber tenido sexo. Y eso, indudablemente, había arruinado su plan.

Al escuchar un rumor de pasos por el pasillo, Sakura dio un respingo y se arrebujó en la cama antes de que su madre pusiera un pie dentro de la habitación. Había intentado darles la cara a ella y a Sarada, pero su propia cobardía la había cogido por sorpresa esa mañana. Así que al llegar a casa, en lugar de entrar a ver a su hija como acostumbraba, había pasado de largo directo al baño y luego de ducharse por lo que parecieron horas, se encerró en su cuarto; pestillo puesto. A su madre parecía importarle un comino sus intenciones de cautiverio, porque había hecho uso de su copia de la llave del cuarto y entrado a verla aun cuando la puerta cerrada era un claro mensaje de su intromisión.

―¿Cariño? ―llamó Mebuki con ternura mientras encendía la luz y cruzaba en cortas zancadas la habitación―. ¿Te encuentras bien? Casi dan las dos de la tarde y ni siquiera te has asomado a la cocina. ―Ante la ausencia de respuesta, agregó―. Te traje algo para que almuerces.

Ella, que estaba luchando con el dolor del pánico que le producía enfrentar a su madre, hizo un hercúleo esfuerzo por mostrarse inmutable; no queriendo dar indicios de estar despierta. Pero Mebuki no picó y se acercó a la cama; charola en mano. Dejó la bandeja en la mesita de noche y se sentó al lado de Sakura, que se atiesó ante el toque de su madre sobre el cobertor. La palma de Mebuki resbaló suavemente por la espalada de Sakura; quien casi saltó ante el contacto mientras aquietaba la urgencia de encogerse lejos de ella. No quería que la tocara. No quería contaminarla con su inmundicia. Mebuki volvió a llamarla con el inconmensurable afecto de una madre dedicada al cuidado de su hija y Sakura, a quien las lágrimas le quemaban detrás de los parpados, no pudo aguantar más el peso de los angustiosos recuerdos que se acumulaban en su cabeza de manera apretada y tormentosa, originando que la esclusa que había edificado para aislarlos, se desquebrajara. Entonces, lloró. Lloró por esa parte de ella que había perdido; a la que ella mismo le había puesto un precio. Lloró por la mujer que había sido y que no volvería a ser. Lloró hasta que se quedó sin aliento.

―¿Sakura, hija, qué es lo que te pasa?

Un silencioso sollozo fue todo cuanto la preocupación de Mebuki obtuvo como respuesta; así que, mortificada, ella insistió.

―No te ves bien, cariño ¡Sakura, estás ardiendo en fiebre! ―se alarmó su madre cuando al despojarla de la sábana comprobó su temperatura elevada.

―No pasa nada, mamá. ―Venciendo la opresión en su garganta, Sakura le aseguró, aunque su tono constipado no pareció darle a su voz la seguridad requerida para que su madre le creyera―. Solo estoy un poco… Un poco resfriada.

―Hum… No pareces 'solo resfriada', cariño. Te ves, realmente, enferma.

―Bueno, creo que lo estoy ―dijo, sin poder sostenerle la mirada a su madre. Su voz sintiéndose como si estuviera tragando cristales rotos.

Ni siquiera sabía que en serio estaba enferma. Aunque las muchas horas de desvelo en el hospital podrían haber influido en la disminución gradual de sus defensas, ella había creído que todo lo que sentía no era más que una secuela del remordimiento por haber faltado a su moral. Somatización de la culpa, como lo llamaría Ino en uno de sus impertinentes psicoanálisis. Lo cierto es que sus dolencias, ya estaba demostrado, también eran físicas. Sakura sintió su cabeza darle un vuelco cuando Mebuki la obligó a darle la cara. Algo en las facciones de su madre, ella se lo figuró, era severo, como si le estuviera reprochando su conducta de los últimos días. Ante ese pensamiento el corazón de Sakura pareció encogerse dentro de su pecho a la par que procuraba rehusarse a las intenciones de su madre para no tener que lidiar con el dolor de su decepción royéndole el alma. Pero fue en vano. Mebuki fuertemente la sostuvo en sus brazos y recostándola sobre el espaldar de la cama trató de que ingiriera algo de comida.

La jaqueca de Sakura, en consecuencia, solo se acusó con las náuseas.

―¡Dios mío! ―chilló cuando Sakura se levantó a vomitar―. ¿Quieres que vayamos al hospital?

Se impuso un largo silencio y solo cuando la dirección de los desesperados pasos de Mebuki se encaminó hacía el baño, Sakura se sintió obligada a contestar.

―No hace falta, mamá. ―murmuró, deseando que la dejara sola―. Solo necesito guardar reposo y me pondré bien.

―Iré a traerte unos analgésicos y algún antibiótico. Creo que queda algo del que le dimos a Sarada la semana pasada.

Sakura se encorvó en su pijama a causa de una nueva punzada de dolor que le atravesó la columna vertebral, agarrotándole los músculos, cuando oyó el nombre de su hija. Gimió, asiéndose del lavamanos para no caerse; no dando crédito a que realmente se pudiera morir de vergüenza y decepción por uno mismo. Cuando captó su reflejo en el espejo, se dio cuenta que estaba sudorosa; el rostro ceniciento en sombras, sin color en sus mejillas o brillo en sus cóncavos ojos verdes. El cuerpo seguía convulsionándosele en agudos escalofríos. Sin más fuerzas para soportar la imagen de en lo que se había convertido, se lavó la cara con abundante agua y regresó a refugiarse bajo las sábanas. Pasados unos minutos, Mebuki se apareció con unas grageas analgésicas y el teléfono. Se encaminó a la mesita de noche, vertió agua en un vaso y luego de asegurarse que Sakura se tomara el calmante, le anunció:

―Cariño, tienes una llamada.

―¿Quién? ―suspiró ella en un susurro tenue; con apenas ganas de hablar con nadie.

―No me lo quiso decir; solo se identificó como 'un cliente'. Supongo que es alguien de la floristería.

Sakura abrió los ojos con acuciante curiosidad y se precipitó a tomar el teléfono con sus manos trémulas; más con la intención de alejarlo de su madre que de contestarlo. En el ínterin, un perturbador pensamiento se apoderó de sus sentidos, haciendo que el pánico se abalanzara sobre ella con la violencia de un vagón en movimiento, dejándola momentáneamente sin aire. Se llevó el auricular a la oreja con la lentitud necesaria para no demostrar su alarma. El corazón le latía rápido, pero su voz no la traicionó con ansiedad cuando habló:

―¿Si?

Y el resto del color abandonó su cara cuando escuchó la voz al otro lado de la bocina.


Capítulo tres arriba. :)

Simplemente, espero que haya sido de su agrado y que me puedan contar que les pareció, pues este, junto con el siguiente son mis capítulos favoritos. En fin, ya saben que pueden ametrallarme a preguntas, que trataré de disipar dudas a lo largo del fic. Les dije que era una historia en apariencia simple y no mentía, pero algunas veces hasta en la simplicidad de algunos sucesos de la vida, hallamos complicaciones. Especialmente, en este capítulo hay suficientes eventos de cosas que le sucedieron a personas que ahora, después que me contaran sus historias y me autorizaran a hacer uso de ellas, son muy allegadas a mí.

Próximo capítulo: Entre girasoles.

¡Feliz existencia!