Kuroshitsuji no me pertenece, es propiedad de Yana Toboso

Esta historia está desarrollada en un Universo Alterno (AU). Yaoi, shonen-ai, shota, lime y lemon. Inspirada en "Fijación" por Lissa D'Angelo y adaptada para Kuroshitsuji y sus personajes principales. Espero, les guste esta versión.

Lil Joker.


El anhelo de lo prohibido

Capitulo 2: La omisión es traición.

Sebastian había sido un hombre soltero toda su vida, no era alguien capaz de mantener una relación estable, prefería la soledad y los encuentros de una sola noche. No era partidario del matrimonio, no se proyectaba como hombre de familia, fiel a una esposa. Fiel a una sola mujer.

Era un hombre, la carne es débil, a veces el deseo era más fuerte que él. Sabía de lo que era capaz, por esa razón no quería atarse a nadie, no quería dañar a nadie.

Y por consiguiente de todas estas razones, jamás tuvo hijos… Al menos eso creía. La posibilidad de que algunas de sus aventuras hayan tenido frutos era bastante alta, pero no tenía conocimiento de ninguno. Michaelis tampoco se veía cambiando pañales, alimentando bebés, sacrificando sus horas de sueños por la de un niño. No, para él eso no era vida.

Sin embargo, por Ciel había hecho bastante, había preparado sus comidas, le había curado cuando este se lastimaba jugando, le había bañado y vestido un montón de veces (obviamente, todo cesó cuando aquellos impuros pensamientos comenzaron), había asistido a las obras escolares de Ciel, le había ayudado con sus tareas, le había llevado a jugar al parque… ¿Qué no había hecho el pelinegro por ese pequeño?

Pero… todo eso era cosa del pasado… Ahora Sebastian era incapaz de hacer ese tipo de cosas por Ciel, lo encontraba tan… Hipócrita de su parte. ¿Un pedófilo velando por el bien de su victima? ¿Qué sigue? ¿Prisioneros usando jabón liquido en las duchas?

Para Michaelis, seguir actuando como un padre para Ciel no era más que una farsa. Aunque, llegó a considerarlo, creyó que si comportaba de manera paternal con el adolescente, esas repugnantes ansias por poseerle se irían y todo volvería a la normalidad. Si… Que idiota fue…

Todo había empeorado, sus deseos eran cada vez más fuertes, y la fuerza de voluntad se le estaba acabando al ojirojo. Ya ni siquiera era capaz de estar a menos de 1 metro del Phantomhive sin sentir esas ganas de someterlo, de hacerle su esclavo, de provocarle dolor y a la vez… El mejor placer de todos. Bueno, esa era una de las tantas fantasías que tenía para el chiquillo.

No tuvo que pensarlo demasiado para darse cuenta de que lo mejor era dejar al niño solo, de actuar como su tío… Como un conocido de la familia, y nada más. Si, una vez más… Que idiota fue.

Ciel estaba madurando día a día, su humor cambiaba con solo una palabra, se volvió retraído, sumiso, era solo un cascaron, un envase vacío. ¿Habrá sido su culpa? No… El ojiazul seguía comportándose de la misma manera con Sebastian, simplemente había cambiado su relación con el resto… O al menos eso quería creer el adulto.

Si, el muchacho estaba creciendo, la edad a veces pone idiota a los jóvenes, tienden a ser más rebeldes, creen que nadie les comprende. Sebastian lo sabía, ciertamente tenía grabado a fuego esa etapa de su vida.

Pero… ¿Por qué dolía tanto un simple no de su parte? ¿Por qué ahora? ¿Qué lo hacía tan diferente?

El pelinegro trataba de ver la televisión, pero esas preguntas rondaban su mente, estaban ahí, ocupando toda su atención, no podía ignorarlas. Jamás le había importado un no de Ciel, sabía que eran parte de los caprichos del ojiazul, parte de la edad. Entonces, ¿por qué ahora no podía disfrutar de una buena programación, en un cómodo sofá, junto a una buena cerveza? ¿Por qué ahogaba su frustración en suspiros? ¿Por qué se sentía tan cansado de tan solo pensar en los labios de Ciel pronunciando un molesto no?

- Maldita pubertad – bufó, alzando sus pies hacia la mesita de café. El agotamiento que sentía el ojirojo en esos momentos era bastante, sus parpados le pesaban sin razón y poco a poco, iba cayendo en el sueño.


- ¿Tío Sebas?

¿Esa era la voz de Ciel?

- Tío Sebas…

¿Acaso el mocoso intentaba despertarle?

- ¡Tío Sebas!

¿Estaba gritándole mientras él disfrutaba de una pequeña siesta?

- ¡Tío Sebas, despierta! – bramó el niño, moviéndole un hombro.

"… Voy a matar a ese niño"

El adulto abrió lentamente los ojos, encontrándose con la imagen de su sobrino sobre él, a pocos… centímetros… de su rostro…

Trató de aparentar su nerviosismo por tal cercanía, pero se percató entonces de lo apretado que sentía sus pantalones. Si el menor llegaba a enterarse de lo travieso que se estaba comportando el amiguito de Sebastian… El adulto estaría jodido. Bien jodido.

- ¿Estabas durmiendo? – El mayor le miró con ironía, ¿qué no era obvio?

- No… Yo veo la televisión así – respondió burlón. El menor sonrió y le golpeó el hombro – Creí que pasarías toda la noche encerrado en tu cuarto – dijo el ojirojo. La sonrisa de Ciel se borró de su rostro, bajando la mirada, avergonzado

- Me sentí culpable

- ¿Sobre qué?

- Sobre lo que sucedió en la cena… No debí gritarte - se disculpó. Sebastian pestañeó algo sorprendido. ¿De verdad se sentía mal por eso?

- Ciel, no tienes por qué…

- Si – interrumpió – Yo jamás te he faltado el respeto, tío

"Tío..." Ciel no sabía cómo le dolía en el alma a Sebastian escuchar esa palabra.

El moreno forzó una sonrisa y acarició la cabeza del menor con cariño, revolviendo aquel sedoso cabello que el chico poseía.

- Supongo que hay una primera vez para todo – dijo Michaelis – A tu edad, es normal actuar de esa forma. No nací ayer, ¿sabes?

- Bromeas – habló el chico, en tono de sarcasmo.

- ¿Acaso crees que mi madre me tuvo dentro de ella de esta forma?

- Pudo haber sido una mujer muy fuerte - explicó el menor - … O un alíen

- Oye – llamó el adulto, de manera seria – No te refieras a mi madre de esa forma – le reprendió – A las madres hay que respetarlas, son sagradas. Yo espero que tú respetes a Rachel

- Yo si la respeto… Pero mi padre no – musitó

- ¿De qué hables? Tu padre ama a Rachel, daría su vida p-…

- Que me dices de Hannah – le detuvo - ¿También daría la vida por ella?

Sebastian guardó silencio, casi de manera violenta. Al ver directamente a los ojos de Ciel, pudo darse cuenta del coraje del muchacho. Del rencor que sentía.

- No soy imbécil, tío – le dijo – Sé lo que sucede en esta casa, todo lo que sucede en esta casa.

¡Mierda! ¿Acaso también sabía la enorme perversión de ese hombre hacia su persona? El nerviosismo de Sebastian aumentó con creces de tan solo pensarlo. Aunque por otro lado, eso calmó definitivamente su erección. Un problema menos.

El adulto liberó un prolongado suspiro y se llevó las manos hacia el rostro, escondiendo su sueño.

- ¿Hace cuanto que lo sabes?

- Cuando mamá comenzó a sospechar sobre lo de las apuestas – respondió, inmutable. Estudiando cada acción de su tío.

- Vaya… Eso es mucho

- ¿Por qué no dijiste nada? – Sebastian le miró, arqueando una ceja

- Ciel – rió – Eso no me corresponde.

- Pero sabías lo que sucedía, eso te hace participe de la mentira – acusó el menor.

- Escucha – dijo el abogado – Tu padre y yo somos muy buenos amigos, los mejores diría yo. Que él decida contarme sus planes no me hace participe de ellos – aclaró – Jamás le he mentido a tu madre, ni a él, ni mucho menos a ti.

Ciel guardó silencio por unos segundos, y apretó los puños, intentando frenar su ira

- La omisión es traición, tío

El mayor pasó una mano por propio cabello, quitando algunos mechones que cubrían su rostro.

- Ciel, yo velo por tu felicidad, por la de tu madre y la de tu padre. Es lo menos que puedo hacer por ustedes… Pero no me pidas que me excuse por los errores de tu padre, jamás lo he hecho… Y jamás lo haré – sentenció el pelinegro, levantándose del sofá con la intención de retirarse a su habitación.

- Engañar está mal – predicó el niño, tratando de volver a integrar a su tío a la conversación.

- Tú lo has dicho – dijo el adulto – Ahora practícalo – Y desapareció por las escaleras, dejando a su sobrino completamente solo.


Semanas después.

Lunes, 7:45 am.

Sebastian estaba frente al espejo del baño, arreglando su corbata. El fin de semana ya había terminado y todos en la casa Phantomhive retomaban sus labores cotidianas. Él iría como todos los días a la firma, el comienzo de una nueva semana era muy ajetreado para la profesión de Michaelis, y regresaría a su hogar como era debido. Ciel iría a la escuela, Vincent… Se quedaría en casa hasta que su resaca cesara y Rachel… Bueno, ella cuidaría de Vincent.

Después de muchos nudos, ajustó su corbata al perfecto y pulcro cuello de su camisa blanca. Vaya… Camisa blanca, corbata negra, saco y pantalones de traje negros, solo le faltaba un reloj de bolsillo y sería todo un mayordomo.

Sebastian negó con la cabeza y sonrió ante su reflejo en el espejo, ser abogado era mucho mejor que servirle todos los días a alguien, además, ¿a quién estaría dispuesto a servir hasta el último día de su vida?

- ¡Tío Sebas!

Ah, si. A ese mocoso

Ciel abrió rápidamente la puerta de la habitación y corrió de esquina a esquina, buscando a su querido tío. Este salió sin prisa del baño y le entregó una tierna sonrisa de buenos días. El mocoso rió gustoso ante el gesto y se abalanzó sobre él, cayendo ambos sobre la cama

- ¡Buenos días, tío! – saludó carismático, reposando su rostro en el pecho del mayor.

Y una vez más, las ansias de Sebastian despertaron. Ya había luchado bastante esta mañana, por lo que se vio obligado a tomar una ducha muy fría. Y ahora, ese niñito venía e inconscientemente le provocaba de sobremanera. Un día de estos, el adulto abusaría de él sin compasión

- ¿Dormiste bien? – preguntó con una sonrisa infantil en el rostro. El mayor se dedicó a admirar esos divinos ojos azules, tan bellos, tan perfectos.

No, jamás abusaría de él. Sería incapaz de dañarlo.

- Por supuesto, en esta casa tienen las mejores camas – Y después de haber lanzado esa frase al viento, Michaelis se dio cuenta de todas las interpretaciones que eso podía tener, la mayoría malas.

- ¿Y sabes qué es lo mejor que se pueden hacer en ellas? – inquirió el menor, en un tono travieso. ¡¿Qué diablos?! ¡¿Acaso le estaba siguiendo el juego?!

El pelinegro tragó duro y, nervioso, negó con la cabeza. El menor simplemente sonrió y justo cuando Sebastian creyó que se acomodaría mejor sobre él, este se quitó sus zapatos y comenzó a saltar en la cama.

- ¡Saltar descalzo! ¡Vamos! ¡Salta conmigo! – le invitó el niño. El ojirojo se dio una bofetada mental al darse cuenta de su horrible imaginación y forzó una sonrisa

- No puedo, Ciel. Debo ir a trabajar… Y tú – se acercó a él y le detuvo, cargándolo entre sus brazos – Debes ir a la escuela

- ¡Oye! ¡Bajame! ¡No…!

El ojiazul forcejeó con el pelinegro, tratando de que lo soltara, pero nada resultó. El adulto bajó las escaleras con Ciel sobre su hombro.

Al encaminarse a la cocina, pudo sentir el delicioso aroma a vainilla por los hot cakes y a café francés tostado, recién servido. Con un apetito increíble, apresuró el paso y entró sin demora a la cocina, donde Rachel apilaba los últimos hot cakes en un plato, luego dejaba caer en el centro ese exquisito jarabe, que se desparramaba por toda la pila de masa.

- Sebastian – le llamó la mujer, sin quitar la vista de los hot cakes – Bájalo, ahora.

El mencionado obedeció como un robot y tomó asiento junto al de Rachel.


Michaelis nunca entendió porque a Vincent le disgustaba tanto desayunar junto a Rachel, la mujer cocinaba exquisito, como los dioses, eso explicaba los dotes culinarios de Ciel. Pero el mayor de los Phantomhive insistía en desayunar cerca de su trabajo… Junto a Hannah.

- ¿Algo importante para hoy? – preguntó la dama, bebiendo de su café

- No – respondieron ambos al unísono, preocupados de devorar hasta el último bocado de su desayuno. La mujer solo sonrió y disfrutó del rico aroma de su café.

Minutos después, Ciel se despidió de su madre y de su tío y se encaminó a la escuela.

Sebastian decidió permanecer unos minutos más en casa, no había prisa por llegar temprano al trabajo, después de todo, él era el jefe. Se sentó en su sofá favorito y comenzó a leer el periódico, como siempre. Y detrás de él, llegó Rachel.

El abogado le observó de reojo. El cuerpo de la mujer era cubierto solo por una bata de seda color lila, su color favorito. Su cabello largo y rubio reposaba sobre uno de sus hombros, lo que le daba un aspecto bastante juvenil. Su rostro de niña buena no había cambiado nada con el pasar de los años… Nada.

El recuerdo de un amor a primera vista le golpeó duramente a Sebastian, aquello que creía olvidado, de pronto tomó forma en su mente. Trató de ignorarlo todo, volviendo a su lectura del periódico.

- Vincent aún duerme – musitó la rubia – No ha estado muy bien estos días. Y ha bebido demasiado… - dijo en un tono preocupado, pero su expresión no decía lo mismo. Ella solo sonreía. Esa sonrisa… Seguía siendo igual de perfecta.

- Bueno, no tiene mucho que hacer por hoy, supongo que no hay por qué preocuparse por él – parló el ojirojo, cambiando la página del periódico

- Así es… – susurró la mujer, junto a su oído. ¿En qué momento se había acercado tanto? – No nos preocupemos por él… - dijo, usando un tono de voz bastante provocativo… ¿Provocativo?

En un rápido movimiento, Sebastian se vio recostado sobre el sofá, el periódico yacía olvidado en el suelo, y sobre él, se encontraba aquella mujer. Sus piernas estaban a ambos lados de la cadera del moreno, apretando, provocando a cierta anatomía del hombre. Y lo logró. Rachel ahogó un gemido de sorpresa al sentir la hombría de Sebastian crecer y endurecerse debajo de ella.

- R-Rachel…

- Shh… No hables – le susurró, besando su cuello – Solo calla y disfruta – Los besos de la mujer fueron subiendo hasta el oído del ojirojo – Vincent no me ha tocado en meses… Y sé que tú no me defraudarás…

La mano de Rachel acarició lentamente el abdomen de Sebastian, por sobre su camisa. Cansada de sentir solo la tele, desabrochó botón por botón, hasta encontrarse con ese duro y bien trabajo abdomen.

La piel de Sebastian se erizó al sentir el frío contacto de la mano de Rachel contra su caliente cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era la mujer de su mejor amigo!

- No lo harás… ¿verdad, Sebastian? – le preguntó, excitada.