Un gato de color negro se paseaba a sus anchas por los jardines de la mansión. Seguramente que si alguien lo buscaba a aquellas horas de la noche pocos lo encontrarían. El verde de los arbustos y árboles se había tornado de un negro intenso bañado ligeramente por la luz de la luna. El gato se movía de forma sigilosa mientras sus ojos del mismo color miraban todo con curiosidad. Por la noche siempre corría alguna que otra ráfaga de aire que hacía que las puertas de la entrada crujieran. Las bisagras que sujetaban las puertas de hierro negro rugían en cada sacudida. Pero aquello no significaba un problema, estaban tan apartadas de la entrada de la mansión que dentro de esta no se escucharía el más mínimo ruido. El gato negro se deslizó entre los arbustos. Se puso camino de la mansión por el pasillo central adornado por estatuas de mármol de un color blanco azulado a causa del reflejo de la luna. Al llegar a la entrada, esquivó la puerta principal y giró a la izquierda. Un ciprés alto adornaba aquella parte de la mansión, ocultando casi por completo dos ventanas del piso superior. El gato trepó por el árbol con agilidad hasta llegar a la altura de una de las ventanas. Una rama se aproximaba a la casa quedando el fin de esta cerca del alféizar. Las patas negras del silencioso animal se fueron desplazando por la madera de la rama. La ventana estaba entreabierta, sin duda un hecho que no era fruto del azar. El resto de ventanas estaban cerradas a conciencia mientras que esa parecía tener el espacio justo para el pequeño animal. Este saltó de la rama colándose en el interior de la habitación. Cayó sobre la moqueta de color gris sin hacer el más mínimo ruido. Esquivó un par de calcetines tirados en el suelo y saltó por encima de unas botas negras desparramadas en este también. La puerta de la habitación también estaba entreabierta y dejaba colarse en el interior un pequeño hilo de luz. El pasillo estaba desierto por lo que el animal siguió la marcha sin detenerse. La luz venía de la habitación que se encontraba al final del pasillo. El gato se metió en el interior de esta. Buscó las piernas del que era su amo y se restregó contra ellas mientras unos maullidos se escapaban de su boca. Scorpius se sobresaltó como siempre. Su gato era de lo más silencioso, y a pesar de que tendría que estar ya acostumbrado a sus idas y venidas no podía evitar sorprenderse. Se puso de rodillas para poder acariciar al gato. Este se restregó entonces entre sus manos mientras se le escapaban un par de maullidos más. Una sonrisa pasajera cruzó el rostro de Scorpius antes de volver a levantar la vista. Su mirada se cruzó con la de su madre. Decían que tenían los mismos ojos, a pesar de que el color era el de su padre. Al ver como su hijo sonreía Astoria hizo lo mismo pero con mucho más esfuerzo. Tenía la cara pálida y las manos temblorosas. Su cabello estaba tan quebradizo como sus labios, lo único que seguía teniendo brillo eran sus ojos, los ojos que eran como los de Scorpius. Al menos aquella noche había logrado incorporarse en la cama, incluso había cenado más de lo normal en ella. Ambos mantuvieron la mirada sin decir nada hasta que la sonrisa de Astoria pasó a ser un ataque de tos. Scorpius se levantó del suelo alarmado subiéndose así a la cama de sus padres. Su estómago se había revuelto y dado la vuelta en cuestión de segundos, como cada vez que veía así a su madre. Le apartó un par de mechones de pelo con manos ansiosas. Pensó en hacer algo más pero lo cierto es que no se le ocurría nada. La impotencia se apoderó del él como todas aquellas veces que se veía así, sin saber qué hacer o decir. La sangre le bullía y una lágrima traicionera amenazaba con escaparse de su lacrimal derecho. Pero se dijo a si mismo que no podía llorar, los Malfoy no lloraban nunca, nunca. El ataque de tos pasó incluso antes de que su padre pudiera subir las escaleras. A pesar de no durar ni un minuto a Scorpius le había parecido una eternidad. Su madre se giró hacia su hijo, no sin esfuerzo, y apoyó una de sus manos temblorosas en su hombro. Llevó su cabeza al pecho de este y lloró. Ella no era una Malfoy, al menos no de nacimiento, por lo que a ella si se le estaba permitido llorar. Su hijo la abrazó con delicadeza para intentar consolarla mientras se mordía el labio inferior con fuerza para retener las lágrimas. Draco entró por la puerta justo en ese instante. Estaba nervioso, se notaba a una legua de distancia. Tenía la respiración entrecortada seguramente por haber subido los escalones de las escaleras de dos en dos, o puede que de tres en tres. Se acercó por el lado contrario de la cama y sin decir nada agarró la otra mano de su esposa con fuerza mientras se sentaba de medio lado en la cama. Estuvieron al menos cinco minutos en esa postura, sin decir nada. Scorpius miraba los ojos de su padre, en los cuales se notaba la angustia, el dolor, la rabia,... buscaba en ellos el consuelo que tanto necesitaba en esos momentos. Draco miraba la mano de su esposa, la cual el mismo tenía agarrada. Su respiración se fue calmando poco a poco pero el agarre seguía siendo el mismo. Notaba las manos de su esposa débiles, y necesitaba decirle aunque fuera de aquella forma que estaba allí. Astoria sin embargo no miraba a nadie. Cerró los ojos apoyada en el pecho de su único hijo y se dejó llevar. Se olvidó por un momento del dolor, de la medicación, de todo, y se dejó querer por los dos hombres que llenaban su vida. Fue ella la que primero habló. Tenía la voz rasgada y apenas podía elevar mucho el tono, pero en el silencio de la habitación ninguno tuvo problema en escucharla.

- Scorpius... ¿Has preparado todo para mañana? Es... Es tu gran día.

- Sí mamá, lo tengo todo preparado.- Contestó entonces desviando la mirada de la de su padre para centrarse en el cabello de su madre que era lo que le quedaba a la vista en aquella posición.

- Mañana te acompañaré al Expreso.- dijo entonces Astoria con un tono más firme que el que había empleado antes.

- ¿Qué? ¡No! ¡Ni hablar! - Draco levantó la mirada de la mano de su esposa mientras hablaba para dirigirse entonces a su rostro.- Astoria, no permitiré que te muevas de la cama, y menos después de... - tragó saliva durante un momento antes de volver a hablar.- Después de lo que acaba de pasar.

- Draco Malfoy... - Astoria se deshizo del abrazo de Scorpius mientras dirigía la mirada al que era su marido.- Pienso ir, y no me importa los argumentos que utilices en mi contra. Scorpius es mi único hijo y no pienso abandonarlo de tal manera...

- ¡No lo estás abandonando! - gritó entonces Draco mientras se levantaba de la cama de golpe. Desvió la mirada hacia el tocador de Astoria, al ver su rostro reflejado en el no tardó en mirarse la punta de los zapatos.-

- Sí, sí lo estaría abandonando. Es nuestro hijo Draco. Quiero... Quiero vivir aunque sea eso.

- ¡No! - Draco se volvió entonces. Sus ojos estaban acuosos, las venas de su cuello estaban hinchadas y la mandíbula estaba tan apretada que de haber tenido un lápiz entre los dientes lo habría convertido en miles de astillas.- No vuelvas a decir eso nunca más. Vas a vivir eso... Vamos a vivir todo eso juntos, los tres. Eso y mucho más. No vuelvas a decir eso Astoria, No vuelvas...

- Entonces mamá puede venir ¿no? - Los dos se habían olvidado por completo de la presencia de Scorpius, eso o que no esperaban que participara en la conversación. Su padre lo miró rabioso, colérico, mientras que su madre lo miró de nuevo con una sonrisa en los labios.

- Yo no he dicho eso.- respondió Draco manteniendo la mirada a su hijo.-

- Cierto, has dicho que viviremos ese y muchos más momentos juntos, por lo que mamá vendrá mañana al andén con nosotros. ¿O no has dicho eso papá? - Scorpius mantuvo la mirada a su padre. Ambos eran fríos como témpanos.

- Tenemos un hijo increíble.- Dijo entonces Astoria mientras se inclinaba para dejarle un beso en la mejilla.

- En eso llevas razón.- Comentó Draco antes de cruzarse de brazos y volver a sentarse en la cama.- De acuerdo, mañana iremos al andén los tres. Nos entretendremos lo menos posible, y en cuanto Scorpius haya cogido el tren nos volvemos de vuelta a casa ¿queda claro?

- ¿Te he dicho cuanto te quiero Draco? - Astoria se volvió hacia su marido dejándole un suave y tierno beso en los labios que terminó en una sonrisa por parte de ambos.

- Me hago una ligera idea, créeme.- contestó aún con la sonrisa puesta en los labios.

- Papá, ¿me ayudas a terminar de preparar todo? Creo que mamá necesita descansar. Mañana es un gran día, para todos.

- Para todos.- volvió a repetir Draco antes de depositar un beso en la frente de Astoria y levantarse de la cama.

- Buenas noches mamá.- repitió el gesto de su padre y se colocó al lado de este una vez que se bajó de la cama.

Astoria no dijo nada más, estaba demasiado cansada para ello. Se limitó simplemente a sonreír e introducirse en el interior de las sábanas. Aquella imagen sí que valía más que mil palabras. Su esposo al lado de su hijo, los dos tan parecidos y a la vez tan diferentes. Cerró los ojos y aún podía ver sus rostros en la oscuridad. No tardó nada en dormirse y padre e hijo esperaron a que lo hiciera, de pie, en silencio como dos estatuas. Finalmente Draco sacó la varita de su bolsillo e hizo que las luces de la habitación se apagaran. Scorpius se agachó estirando el brazo. Black, su gato, se deslizó por la moqueta para subir por el brazo de su dueño y situarse en su espalda. Ambos salieron detrás de su padre de la habitación mientras entornaban la puerta.