RECUERDOS GRATOS.

- ¡¿Qué Butters qué? – exclamó Stan, quien casi se daba de bruces contra el suelo.

- Estaba herido, Stan – le respondió Kyle mientras comía un pedazo del KFC que Sharon les había comprado para cenar -. Su hombro parecía una aberración por la bala que le metieron.

- ¡Oh, Dios! ¡Eso es terrible! Jamás me imaginé que Butters estuviera en un lío de esos.

- Y eso no es todo. Hubieras visto la discreta musculatura que tenía; todo el mundo lo ve flaco, como si fuera una chica, pero quítale la ropa y le verás una musculatura bien formada. Por lo visto ha hecho mucho ejercicio.

- Eso no debería de importarte, Kyle. Lo que a mí me preocupa fue la forma en que me dijiste en que te trató. Yo diría que se sintió incómodo contigo.

- Tal vez, pero no puedo dejar de pensar que necesita ayuda. Sus padres le tratan muy duro; tal vez eso sea una forma de rebelarse contra ellos.

Kyle se detuvo un momento.

- Oh, Dios…

- ¿Qué? – inquirió Stan.

- Creo que Butters me mintió.

- ¿Eh?

- Stan, tal vez lo que hizo Butters fue un intento fallido de suicidio.

- ¡Oh, Kyle, no me asustes así!

-¡ ¿Cómo no asustarse cuando vemos a alguien que pide ayuda a gritos? Primero será una herida de bala, ¿y luego qué? ¿Intentar tirarse del edificio de la escuela? Stan, debemos ayudarlo a irse de su casa.

- ¡¿Estás loco?

- Loco no, pero sí cuerdo para actuar de prisa.

- Kyle, creo que será mejor que le dejemos en paz. ¿Qué tal si lo que te dijo era cierto y estuvo liándose con un conocido? Tal vez se lió con Cartman y el muy hijo de puta le hirió.

- No lo creo, Stan. Cartman no es tan maldito como para llegar a eso.

Kyle se hundió entonces en sus pensamientos, evocando la hostil plática que tuvo hoy con el rubio.

Algo había cambiado en el chico.

Definitivamente ese rubio no era el Butters que conocía desde que era pequeño; es más, el joven está escondiendo algún secreto macabro que podría estar ligado a su familia.

Y él, Kyle Broflovski, está más que dispuesto a averiguarlo y ayudarle a salir adelante.


La noche. La mejor aliada para un Asesino que en solitario surca los tejados de South Park en busca de un lugar en donde sentirse cómodo y vigilar los movimientos de la ciudad.

Butters se colocó en la punta de la azotea del edificio de Wade Travel Coporative, una magna compañía de viajes cuyos dueños eran los Obama (cosas de la vida, ¿verdad?); con la actitud de un vigilante nocturno, reflexionaba sobre lo acontecido el día anterior en el baño.

Nunca llegó a pensar que Kyle se preocupara por él; normalmente el pelirrojo oriundo de Jersey, junto con el culón bastardo, el bisexual que muere los casi 365 días del año y el hippie novio de Wendy Testaburger, lo había usado como señuelo para no meterse en problemas al igual que la mayoría los que le rodean. ¿O acaso no recurrieron a él para que se haga pasar por el autor de una novela prohibida y vetada al mundo? ¿Acaso no fueron ellos quienes le dejaron solo en medio del bosque para embarcarse en una aventura hacia México? ¿Acaso no fue ese cuarteto de amigos quienes lo incluyeron nada más como un simple sustituto de Kenny? ¿Acaso no le dijeron en su cara que era un reverendo pendejo cuando estuvieron a punto de balear su casa porque disque se estaba organizando una secta religiosa?

Hipócrita, más que hipócrita le sonó la actitud de preocupación de Kyle…

Pero no le enfada.

¿Por qué enfadarse con algo a lo que dolorosamente está acostumbrado al ser criado en una familia de mentirosos y manipuladores que siempre lo castigan por una pendejada como revolver la despensa?

Su naturaleza siempre había sido tierna y bondadosa; nunca ha sentido el resentimiento hacia ellos porque sabía que el verdadero problema no era él, sino la educación que le estaban dando: Una educación de lo más represiva que uno pudiera sentir, una educación obsesiva hacia el orden y la limpieza que podría llegar a un punto peligroso.

Pero eso se acabó.

Para él aquél mundo absurdo había acabado desde el momento en que conoció a Desmond Miles…

El joven sonrió.

:: Flashback ::

Butters había decidido huir de su hogar; tenía apenas 17 años cuando por fin se dio el ansiado despertar.

Ese día fue el peor día de su vida; era la enésima vez que sus padres le habían castigado por el simpe hecho de no haber posado bien para la foto del anuario de la preparatoria. Sus padres le dijeron que avergonzaba a la familia y acto seguido le aplicaron la ley del hielo a tal grado de lastimarlo emocionalmente.

Aquello fue la gota que derramó el vaso.

Que todos se vayan al carajo y se pudran en el averno; él ya no iba a soportar semejante presión emocional como la que había vivido desde que tenía uso de razón. Iba a escapar de su casa e irse del pueblo sin decirle a nadie ni siquiera al perro del vecino.

El chico cogió su mochila y guardó en ella algo de ropa y los ahorros de su vida. Trancó la puerta con la silla y se dirigió hacia la ventana.

Una vez que tuvo un pie afuera, Butters sintió por primera vez en su vida una sensación de libertad que nunca antes había experimentado; parecía como si el Destino quisiera que él lograra atrapar el último bus de la noche hacia Denver, de donde partiría hacia quien sabe donde sus pies y su corazón le dictasen.

Incluso pensó en olvidarse de ese odioso apodo que le hacía ver más marica que el culón de Cartman.

A partir de ese momento sería Leopold LaVolpe.

Leo para sí mismo y para quien sea su amigo.

Una vez en la gran ciudad de Denver, el chico se puso a explorar las solitarias y oscuras calles… Y fue en una de esas en donde el Destino y la Providencia le marcaron para siempre.

Una mujer estaba atrapada entre un hombre corpulento y la pared; en su rostro había miedo y terror, ambas justificadas por el simple hecho de que el tipo traía un arma de fuego apuntándole en el vientre.

- Dame todo tu dinero, perra – le decía hombre al mismo tiempo que aprisionaba el cuello de la mujer con una mano, apretándole poco a poco hasta hacerla perder el conocimiento.

Cualquier transeúnte saldría corriendo del lugar a gritos para pedir ayuda a la Policía, pero Leo decidió que no iba a ser un cobarde.

Ya no más.

Se acercó sigilosamente a la escena del crimen y, en un momento oportuno, se abalanzó encima del sujeto e intentó arrebatarle el arma.

- ¡Vete! – gritaba el joven entre jadeos - ¡Vete! ¡Llama a la Policía!

La mujer, quien estaba recuperando el aliento, se fue corriendo pegando de gritos para llamar la atención de algún representante de la ley.

Leo intentó golpear la mano del malhechor en la pared, pero éste le dio u puñetazo en el estómago varias veces hasta que romperle alguna costilla; no obstante, el chico, con voluntad de hierro, seguía forcejeando con él incansablemente.

En un movimiento, el hombre le golpeó las partes nobles, haciendo que el chico se doble de dolor.

- ¡Vas a morir, pendejo! – exclamó el hombre con una risa maliciosa.

Leo, al ver que probablemente la muerte haya decidido llevárselo, se levantó con mucho esfuerzo, impulsado por un sentimiento que le hacía hinchar el pecho.

El tipo estuvo a punto de disparar, pero algo extraordinario sucedió: Una cuchilla salió de la nada y se clavó en el hombro del ladrón; el muchacho, asombrado, buscó con la vista al dueño de esa cuchilla.

Y ahí, surgiendo de entre las sombras, un hombre de capucha y vestiduras blancas con una banda roja en la cintura se apareció ante ellos. Se le veía parcialmente el rostro, pero parecía ser que el ladrón había reconocido a aquél encapuchado, ya que su rostro reflejó un terror indescriptible.

Un terror que hizo figurar a Leo que aquél oscuro personaje encarnaba a la mismísima Muerte.

El ladrón intentó huir, pero rápidamente era alcanzado por el látigo del desconocido, quien le arrastró con una impresionante fuerza, ya que el tipo se ahogaba con cada arrastre.

- ¡No! – exclamaba el hombre mientras oponía resistencia.

El hombre se acercó a zancadas hacia el ladrón y, mirándole a los ojos, le dijo:

- No sabía que asaltar a inocentes fuera uno de tus pasatiempos favoritos, Psimkins.

El joven se quedó asombrado.

Por lo visto, ambos personajes se conocían.

¿Serán del mismo gremio?

- Des… Desmond. ¡Qué agradable sorpresa verte por aquí! – exclamaba el tipo lleno de terror - ¿A-a qué debo el… el gran honor de tu presencia, ami…?

El encapuchado lo ahorcó con más fuerza.

- ¡Dios! – rogaba el ladrón - ¡Por favor, te lo puedo explicar todo!

- ¿Explicar qué, traidor? ¿Qué te vendiste a esos bastardos de Abstergo por unos miserables dólares? ¿Qué por tu culpa Harry murió en esa emboscada que le tendieron cuando regresaba a casa con su familia?

- ¡Des…!

- Traicionaste a la Hermandad, Psimkins. Y no es la primera vez que haces algo así.

- ¡Por favor! ¡Ten piedad!

Leo, quien presenciaba la escena, había decidido intervenir, mas la mirada del encapuchado recayó sobre el joven, dejándolo petrificado con la mirada. El joven comprendió entonces que tenía que irse de ahí sin mirar atrás y olvidando todo, por lo que hizo el ademán de retirarse... Pero contempló con ojos de alerta que el ladrón estaba sacando sigilosamente un cuchillo bajo la manga, por lo que saltó sobre el ladrón e intentó arrebatarle el arma.

El encapuchado, al ver eso, estiró hacia atrás la palma de su mano; de su muñeca salió una cuchilla muy afilada. Le asestó una cuchillada en el hombro primero y después en el cuello, haciendo que el tal Psimkins muriera al instante.

Leo, mientras tanto, yacía inconsciente y mal herido en el suelo a consecuencia de los duros golpes que había recibido de Psimkins.

El encapuchado, al contemplar el estado del muchacho, lo cargó en los hombros y se dispuso a escalar el edificio hacia la azotea.


Leo despertó con un agudo dolor en el abdomen.

Y se sorprendió.

Estaba ahí en algún hospital de la ciudad, y, a juzgar por la vista tan perfecta del amanecer en la ciudad, se figuró que era alrededor de las primeras horas de la mañana.

- ¡Oh, vaya! ¡Al fin despertaste! – exclamó una enfermera, quien había entrado minutos antes para checar su estado de salud - ¿Cómo amaneciste?

- Adolorido, creo – respondió el joven con timidez -. ¿Dónde estoy?

- Estás en el Hospital St. Mathews, Leopold.

El chico se asustó.

La enfermera, comprendiendo el estado de shock del chico, le explicó:

- Un transeúnte te vio en un callejón sin salida muy malherido; al parecer sufriste un asalto con agresión física.

- S-Si, así es.

¡Qué pésimo mentiroso eres, Leo!, se regañó internamente.

- Bueno… No hay de qué preocuparse debido a que las radiografías muestran que tienes una buena resistencia física a los golpes. Es un milagro que no te hayan fracturado ningún hueso.

- Uhmmm… Gracias. ¿Y… Cuánto tiempo he de quedarme aquí? Digo, no tengo mucho dinero como para pasarme las noches en el hospital.

- ¡Oh, no te preocupes! Tu tío llegó esta mañana y acordó pagar las atenciones médicas.

- ¡¿Mi tío?

Yo no tengo ningún tío, estuvo a punto de decir el chico, pero decidió cerrar la boca.

Se figuró de que podría ser el encapuchado quien le haya pagado su estancia en el hospital, por lo que no pudo estar más que agradecido.

Ojalá tuviera la forma de cómo devolverle aquél enorme favor.

- Bien, Leopold, descansa. Necesitas reposo mínimo durante el día de hoy. Mañana te daremos de alta, ¿de acuerdo?

- Sí. Gracias, señorita.

La mujer sonrió y salió de la habitación, dejando al joven Stotch sumido en un mar de pensamientos.

Mientras tanto, en el cuarto de seguridad, un hombre encapuchado observaba la habitación en donde estaba el joven.

Sonrió.

El muchacho había dado una verdadera muestra de valor la noche anterior al enfrentarse cara a cara con la muerte; no solamente había salvado la vida de la chica, sino también había salvado su propia vida.

Observó las cosas que estaban en la mochila del chico; por lo que pudo leer en su diario íntimo, aquél chico era una persona incomprendida, solitaria, de nobles sentimientos y deseoso de formar amistades que le ayuden a sobrellevar la constante represión a la que estaba sometido, la cual le había obligado a tomar la decisión de irse de su hogar para forjarse una nueva vida.

Él comprendía perfectamente aquél anhelo porque ya lo había vivido en su juventud; ahora, con sus cuarenta años de edad, Desmond Miles, el Gran Maestro de los Asesinos, decide darle al chico una oportunidad que no se le ofrece a cualquiera o que cualquiera puede aceptar.

La oportunidad de ser un Asesino.

- Rebecca – le decía a la enfermera -… Creo que hallé a un nuevo pupilo.


Leo observaba desde la ventana la impresionante vista de la ciudad; hoy era su primer día de libertad, y planeaba disfrutarla descansando de su primera aventura.

No podía esperar el día siguiente para abandonar el hospital; tenía en su dulce cabeza muchos planes de vida que le permitirían sobrevivir en una sociedad indiferente ante la bajeza humana.

Evocó entonces lo sucedido en el callejón.

El encapuchado había hablado de una Hermandad y sobre unos tipos llamados Abstergo; le surgió una curiosidad saber qué carajos era lo que había sucedido en ese callejón, porque aquello le sonaba como un sueño…

UUn sueño demasiado dopado, diría él.

- Si subieras a la azotea, tendrías una mejor vista que ésta – le dijo una voz.

El chico se volvió y, por primera vez en su vida, se sintió feliz de ver a alguien.

Aunque ese alguien no sea amigo o conocido.

Apoyado en la pared, estaba él, el hombre encapuchado; le sonreía como si estuviera feliz de haberle agradecido por salvarle la vida.

- ¿Cómo te sientes? – inquirió el hombre.

- Mejor. No sabe cuánto le agradezco que usted se haya tomado tantas molestias en procurarme atención médica. ¡Ni siquiera sé cómo pagarle todo lo que gastó!

- No importa, muchacho. Lo importante es que estés bien y estés fuerte para lo que viene.

El muchacho le miró muy extrañado.

- Ven – le dijo el hombre -. Te mostraré algo.

Leo obedeció y siguió al hombre.

:: Flashback ::

Una lágrima corrió en su mejilla.

Recordó el momento grato en que Desmond le había ofrecido su apoyo… Y con él la oportunidad de ser lo que era ahora.

:: Flashback ::

Observando la impresionante vista de la luz del sol iluminando la ciudad de Denver, Leo sintió que en ese momento el Destino le había llamado para ser alguien… Y lo sintió en las confortantes palabras de Desmond:

- Muchacho, lo que estoy a punto de ofrecerte nadie lo conoce y no cualquiera puede hacerlo.

El muchacho se volvió muy sorprendido.

Desmond, sonriente, añadió:

- Leopold Stotch, he visto tu valor y tu decisión la noche anterior. Me di cuenta de que posees algo que ni tú mismo conoces y que había surgido en ese momento. Por ello y en agradecimiento por haberme salvado la vida, te ofrezco una oportunidad de cambiar tu mundo y los que te rodean.

Dicho esto, Desmond se desbarata un brazalete y se lo entrega al joven.

Leo, por primera vez en su vida, se dio cuenta de lo que quería decir aquél gesto, por lo que decidió ponerse el brazalete en su muñeca. Con ello, surgió un pacto entre ambos hombres, un pacto entre alumno y maestro… Un pacto entre un Novato y un Gran Maestro Asesino.

Había aceptado ingresar a la Hermandad de los Asesinos.

:: Flashback ::

Leo, con una calma que transmitía serenidad, se paró en la punta de la azotea e hizo su salto de fe.


NOTA PARA AQUELLOS QUE NO ESTÉN FAMILIARIZADOS CON ASSASSIN'S CREED: EL SALTO DE FE ES EL ACTO EN DONDE UN ASESINO SALTA DESDE LA PUNTA O LA ATALAYA DE UN EDIFICIO PARA ATERRIZAR EN UN MONTÓN DE PAJA O A PIE.

ESPERO HABERLES ACLARADO UN POCO LA CUESTIÓN.

^_^BESOS!