hola hola espero disfruten este cap

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 3

La luz de la mañana se filtraba en la habitación. Deseando vagamente un cigarrillo, Edward observó la filigrana que el sol trazaba sobre el suelo. Había vuelto a hablar con Carlisle en el transcurso de un desayuno privado, en la suite del príncipe. Si había algo que Edward comprendía, era la resolución sin aspavientos y la frialdad del poder. Había crecido con ellas.

Maldiciendo para sus adentros, Edward miró por la ventana las bellas montañas que circundaban Cordina.

¿Por qué demonios estaba allí? Su tierra estaba a miles de kilómetros, esperando ser labrada. Y sin embargo allí estaba, en aquel pequeño país de cuento de hadas donde el aire era seductoramente suave y el mar azul y cercano. «No debí venir», se dijo agriamente. Debería haberse excusado cuando Carlisle se puso en contacto con él. Cuando su padre lo llamó para pedirle que acudiera a la llamada del príncipe, debería haberle dicho que tenía campos que labrar y heno que plantar.

Pero no lo hizo. Dando un suspiro, Edward tuvo que reconocer que había una razón para ello. Su padre le había exigido muy poco y le había dado mucho. La amistad que ligaba al embajador Francis Masen y a su Alteza Real Carlisle de Cordina era fuerte y sincera. Carlisle había viajado expresamente a Estados Unidos para asistir al funeral de su madre. Y Edward no podía olvidar lo que el apoyo del príncipe había significado para su padre. Y tampoco había olvidado a la princesa.

Siguió mirando por la ventana. Bella dormía tras él en una cama de hospital, pálida, vulnerable, frágil. Edward la recordaba tal como era diez años antes, cuando acompaño a sus padres en un viaje a Cordina.

Aquel día, ella cumplía dieciséis años, recordó Edward. Él tenía más de veinte y ya había empezado a escalar puestos en la policía. Era un hombre descreído. Ciertamente, no creía en los cuentos de hadas. Pero eso era justamente lo que había significado para él Su Alteza Serenísima la princesa Isabella de Cordina.

Su vestido, aún lo recordaba, era de seda verde pálido y, ceñido a una cintura de estrechez inverosímil, se henchía más abajo, ondulando como una nube. Bajo él, la piel de Bella refulgía llena de viveza y de juventud. La princesa llevaba en el pelo una fina diadema de diamantes que rielaba, titilaba y relucía sobre su espesa cabellera castaña. Cualquier hombre habría ansiado acariciar aquel cabello. Su cara era como una rosa, blanca y delicada, y sus labios gordezuelos parecían llenos de promesas. Y sus ojos... Edward los recordaba más que cualquier otra cosa. Sus ojos, bajo aquellas cejas negras y arqueadas circundados por espesísimas, pestañas, eran como chocolates.

Casi con desgana, se volvió para mirarla.

El rostro seguía siendo delicado, quizá incluso más que antes, pues ya no era el de una niña, sino el de una mujer. La altivez de los pómulos le confería dignidad. Pero la tez era muy pálida, como si la viveza y la juventud se hubieran disipado. El cabello conservaba su lustre, pero estaba recogido prietamente hacia atrás, dejando expuesta y vulnerable la cara. Su belleza permanecía intacta, pero era tan frágil que daba miedo tocarla.

Ella tenía un brazo cruzado sobre el pecho, y Edward podía ver el brillo de su sortija de zafiros y diamantes. Pero tenía las uñas cortas y desiguales, como si se las hubiera mordido o roto. En la muñeca seguía teniendo la vía del suero. Edward recordó que, cuando tenía dieciséis años, llevaba un brazalete de perlas en aquella misma muñeca.

Aquel recuerdo despertó su ira. Había transcurrido una semana desde el secuestro y dos días desde que una joven pareja encontró a la princesa desmayada en la cuneta de una carretera. Sin embargo, nadie sabía aún qué había pasado. Él podía rememorar el perfume que Bella llevaba diez años atrás. Ella ni siquiera recordaba su nombre.

Algunos rompecabezas podían arrumbarse en una estantería y dejarse olvidados; otros despertaban un interés momentáneo y luego se dejaban en manos de otros. Y luego estaban los que avivaban la curiosidad y despertaban la tentación. Estos últimos apelaban a la parte de la personalidad de Edward que se dejaba seducir por las incógnitas, por los acertijos y por el modo, a menudo violento, de resolverlos. Una parte de su personalidad que, casi había llegado a convencerse de ello, había vencido.

Carlisle era listo, pensó con sorna. Muy listo, por insistir en que viera a la princesa Isabella con sus propios ojos. ¿Qué iba a hacer con ella?, se preguntó. ¿Qué demonios iba a hacer? Tenía que emprender su propia vida. La nueva vida que había elegido. Un hombre que intentaba empezar por segunda vez no tenía tiempo para mezclarse en los problemas de los demás. ¿No era precisamente eso lo que quería evitar?

Mientras cavilaba, frunció el ceño. Así fue como lo vio Bella al abrir los ojos. La princesa observó aquella cara severa y enojada, vio sus ojos brillantes y cafes, su boca crispada, y se quedó paralizada. ¿Qué era sueño y qué realidad?, se preguntó, cruzando con fuerza los brazos sobre el pecho. el hospital. Desvió la mirada de los ojos de Edward el tiempo justo para asegurarse de que seguía allí. Sus dedos se crisparon sobre la sábana hasta ponerse blancos. Pero su voz permaneció en calma.

- ¿Quién es usted?

Pese a los cambios que los años o las secuelas de la semana anterior habían obrado sobre ella, sus ojos seguían siendo los mismos. Ambarinos, profundos. Fascinantes. Edward mantuvo las manos metidas en los bolsillos.

- Soy Edward Masen, un amigo de su padre.

Bella se relajó un poco. Recordaba al hombre de los ojos cansados y el porte marcial. Había pasado una noche desapacible y frustrante, tratando de encontrar un vestigio de su memoria.

- ¿Me conoce?

- Nos conocimos hace años, Alteza -los ojos que lo habían fascinado años atrás en la cara de una niña, parecían devorarlo ahora desde la de una mujer. «Necesita algo», se dijo. «Necesita un asidero»-. Fue el día que usted cumplía dieciséis años. Estaba preciosa.

- ¿Es usted americano, Edward Masen?

Él vaciló un momento, entornando los ojos.

- Sí. ¿Como lo sabe?

- Por su forma de hablar -la confusión parecía apoderarse a intervalos e su mirada. Edward casi notaba que intentaba aferrarse desesperada al fino hilo de su intuición-. Me he dado cuenta por su acento. He estado allí, en América, alguna vez... ¿no?

- Sí, Alteza.

Él lo sabía, pensó Bella. Él lo sabía y, sin embargo, ella no podía más que intuirlo.

- Nada -los ojos se le llenaron de lágrimas, pero las refrenó con firmeza. Era la digna hija de su padre-. ¿Se imagina -dijo muy despacio- lo que es despertar un buen día y no saber nada? Mi vida es como un libro en blanco. Tengo que esperar a que otros lo rellenen por mí. ¿Qué me ocurrió?

- Alteza...

- ¿Tiene que llamarme así? -preguntó ella.

Aquel destello de impaciencia lo pilló por sorpresa. Edward procuro no sonreír. Intentó no sentir admiración por ella.

- No -dijo, sentándose cómodamente al borde de la cama-. ¿Cómo quiere que la llame?

- Por mi nombre -miró sorprendida el vendaje de su muñeca. Pronto se lo quitarían, pensó, intentando incorporarse-. Me han dicho que me llamo Isabella.

- Suelen llamarla Bella.

Ella guardó silencio un momento, intentando reconocer aquel diminutivo cariñoso. Pero el libro seguía en blanco.

- Muy bien. Ahora, dígame qué me ocurrió.

- No conocemos los detalles.

- Deben de conocerlos -dijo ella, mirándolo fijamente-. Si no todos, al menos sí algunos. Quiero conocerlos.

Él la observó. Frágil, sí, pero bajo su fragilidad había un núcleo de dureza. Tendría que reconstruir su personalidad a partir de él.

- El domingo pasado, por la tarde, salió usted a dar un paseo en coche por el campo. Al día siguiente, su coche fue encontrado abandonado. Se recibieron algunas llamadas. Llamadas que exigían un rescate. Al parecer, había sido secuestrada -no le habló de las amenazas de los secuestradores, ni de lo que habrían hecho de no cumplirse sus exigencias. Tampoco le dijo que dichas exigencias incluían desde exorbitantes cantidades de dinero hasta la liberación de ciertos presos.

- Secuestrada -Bella extendió un brazo y agarro a Edward de la mano. Veía imágenes, sombras. Una habitación pequeña y oscura. Un olor a... queroseno y moho. Recordaba las náuseas, las jaquecas. El miedo retornó, pero poco más-. No consigo recordarlo -musitó-. De algún modo sé que es cierto, pero es como una película que no puedo proyectar.

- Yo no soy médico -dijo Edward con la voz crispada. Los esfuerzos de Bella por encontrarse a sí misma lo afectaban demasiado-. Pero diría que no debe forzarse. Lo recordará todo cuando esté preparada para ello.

- Eso es fácil de decir -le soltó la mano-. Alguien me ha robado la vida, señor Masen... ¡Qué papel desempeña usted en todo esto? -preguntó de repente-. ¿Acaso éramos amantes?

El alzo las cejas. Estaba claro que no se andaba con rodeos, pensó. Pero tampoco parecía muy entusiasmada ante la idea, se dijo con sorna.

-No. Como le decía, usted tenía dieciséis años cuando nos vimos por primera y única vez. Nuestros padres son viejos amigos. Seguramente se habrían enfadado si la hubiera seducido.

- Ya veo. Entonces, ¿qué está haciendo aquí?

- Su padre me pidió que viniera. Está preocupado por su seguridad.

Ella miró la sortija que llevaba en el dedo. Exquisita, pensó. Pero entonces se vio la uñas y arrugó el ceño. ¿No era extraño?, se preguntó. ¿Por qué, llevando aquel anillo, no se cuidaba las manos? De repente, la asaltó otra imagen. Pero cerró los puños al sentir que aquella vaga impresión vacilaba y se desvanecía-. ¿Qué tiene que ver con usted el hecho de que a mi padre lo preocupe mi seguridad? -continuó sin darse cuenta de que Edward observaba cada una de sus expresiones.

- Tengo cierta experiencia en esos temas. El príncipe Carlisle me ha pedido que cuide de usted.

Ella volvió a fruncir el ceño en una expresión discreta y reflexiva que adoptaba a menudo, aunque no lo supiera.

- ¿Un guardaespaldas? -preguntó, impaciente-. No creo que me guste la idea.

Edward sintió una punzada de amargura. Había abandonado su retiro, había recorrido miles de kilómetros, y a ella no le gustaba la idea.

- Pronto descubrirá, Alteza, que hasta una princesa ha de hacer cosas que no le gustan. Será mejor que se vaya haciendo a la idea.

Ella lo miró inexpresivamente, como hacía siempre que la ira amenazaba con dar al traste con su sensatez.

- Creo que no, señor Masen. Tengo la certeza de que no toleraría tener a alguien constantemente a mi alrededor. Cuando vuelva a casa... -se detuvo, porque su casa era otra página en blanco-. Cuando vuelva a casa -repitió-, encontraré otro modo de solucionar esta situación. Puede decirle a mi padre que declino su amable oferta.

- Mi oferta no es para usted, sino para su padre -Edward se levantó. Bella notó entonces que su figura resultaba imponente. Era delgado y fibroso, y su ropa era informal, aunque cara. Pero nada de eso importaba. si aquel hombre quería bloquearle el camino a alguien, lo hacía sin más. De eso estaba segura.

Edward Masen le causaba desasosiego. No sabía por qué, ni si debía saberlo, lo cual resultaba exasperante. Pero sabía que así era y que, por esa misma razón, no quería tener que verlo todos los días. Su vida era ya bastante complicada sin que un hombre como aquel se interpusiera en su camino.

Le había preguntado si eran amantes porque la idea a un tiempo la atraía y la asustaba. Al saber que no era así, no había sentido alivio, sino aquella misma sensación de vacío que experimentaba desde hacía dos días. Quizá fuera una mujer poco apasionada, se dijo. Quizá la vida fuera más sencilla de ese modo.

- Me han dicho que tengo casi veinticinco años, señor Masen.

- ¿Tiene que llamarme así -preguntó él, usando deliberadamente el mismo que había utilizado ella. Vio que Bella sonreía. Pero la luz de su sonrisa se apagó enseguida.

- Soy mayor de edad -prosiguió ella-. Puedo decidir sobre mi vida.

- Sin embargo, dado que forma parte de la familia real de Cordina, hay ciertas decisiones que no le corresponde tomar -él se acercó a la puerta y, tras abrirla, se quedó con la mano sobre el picaporte-. Bella, tengo mejores cosas que hacer que estar sentado a los pies de una princesa -sonrió breve y secamente-. Pero a veces ni siquiera los plebeyos tenemos elección.

Ella esperó hasta que la puerta volvió a cerrarse y entonces se incorporó. Se sintió aturdida. Por un momento, solo por un momento, deseó tumbarse hasta que alguien fuera a ayudarla, a atenderla. Pero no soportaba la idea de seguir postrada. Saliendo de la cama, esperó a que se le pasara el mareo. Luego, muy despacio, con sumo cuidado, se acercó al espejo que había en la pared de enfrente.

Había evitado mirarse en él. No recordaba su aspecto y en su imaginación se habían formado mil posibilidades. ¿Quién era? ¿Cómo iba a saberlo si ni siquiera recordaba el color de sus ojos? Respirando hondo para calmarse, se colocó delante del espejo y se miró en él.

Demasiado flaca, pensó enseguida. Demasiado pálida. Pero no del todo fea, se dijo con pueril alivio. Quizá sus tuvieran un color extraño, pero no eran bizcos, ni diminutos como cabezas de alfiler. Llevándose una mano a la cara, siguió el contorno de sus rasgos. Flaca, pensó de nuevo. Delicada, asustadiza. Nada en su reflejo recordaba al hombre que decía ser su padre. En el rostro de aquel hombre había visto fortaleza. En el suyo, solo veía fragilidad. Demasiada fragilidad.

«¿Quién eres?», se preguntó, apoyando la mano contra el espejo. «¿Qué eres?»

Y entonces, sintiendo lástima por sí misma, cedió a la desesperación y rompió a llorar.


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