Byakuya
Naraku no fue a trabajar como todos los días. Se reportó enfermo, y dijo que el trabajo que tenía pendiente lo haría en casa y lo mandaría por correo, pero tampoco hizo trabajo alguno. Cuando estuvo a unas cuantas calles de distancia del edificio, súbitamente se volvió sobre sus pasos y decidió no ir. Estaba demasiado intranquilo y la palabra onryo no dejaba de darle vueltas en la cabeza. En lugar de eso, fue a la biblioteca. Buscar algo en internet no era para nada fiable y estaba seguro de que encontraría muchas tonterías. Un libro era mucho más objetivo, pero no tenía mucho por dónde iniciar, sólo la palabra onryo y el origen de los cuarzos rosas como sus únicas pistas.
Byakuya fue a la universidad con su mismo semblante despreocupado. A pesar de las pesadillas y de sentir aun la incómoda sensación que le habían dejado, y aunque era un tanto supersticioso, no era el tipo de chico que se preocupara demasiado por las cosas, ni por los pequeños o grandes problemas. Su filosofía era que, si tienes un problema que tiene arreglo, ¿para qué preocuparse? Y si no lo tiene, ¿para qué preocuparse? Además, siempre terminaba arreglándoselas de una u otra forma.
El chico entró al salón, con cierto dejo de flojera. Después de todo no había tenido buena noche. Se dirigió a un asiento y dejó ahí sus cosas, y a los pocos segundos se le acercaron tres chicos con semblante serio.
—Byakuya, ¿dónde te habías metido?— exclamó uno de ellos. En pocos segundos fue rodeado por los tres y Byakuya se sintió como animal acorralado en matadero.
—Te estuvimos llamando ayer durante toda la tarde— dijo la única chica del grupo.
—¿Me llamaron?— replicó Byakuya, arqueando las cejas —No recibí ninguna llamada— agregó desconcertado, sacando su celular. El registro no tenía llamadas ni mensajes perdidos.
—¡Aun tenemos lo del trabajo!— dijo el tercero de ellos —¿Avanzaste?—
El joven cerró los ojos con fuerza y le dieron ganas de darse de topes contra la pared. ¿Cómo se le pudo haber olvidado lo del trabajo en equipo? Aun hacía falta seleccionar y revelar sus fotos, y no había avanzado nada, y sólo le quedaban un par de días para terminarlo. Los chicos se miraron con fastidio al ver la obvia expresión de su compañero.
—En dos días es la entrega— sentenció la joven con preocupación.
—Te estuvimos llamando para que no lo olvidaras—
—Chicos, lo siento mucho— se disculpó Byakuya —Les juro que no recibí ninguna llamada, creo que ayer por la tarde el teléfono estuvo fallando o algo. A mi hermano también le estuvo fallando el celular y yo no recibí nada— ante la declaración los chicos se miraron confusos, pensando que se trataba de uno de los tantos pretextos que Byakuya solía inventarse a veces. Tokio no era un buen lugar para que la conexión telefónica fallara, así que era raro que algo así sucediera, y si pasaba, enseguida se convertía en tema de conversación.
—Para nada— dijeron un par de ellos —Nuestros celulares estuvieron funcionando sin problemas—
Byakuya frunció el entrecejo, contrariado. ¿Cómo era posible que sólo a su hermano y a él le hubiesen fallado los móviles la tarde anterior?
—Bueno, no se preocupen— exclamó Byakuya, sonriendo —Si es necesario me quedaré en el cuarto de revelado hasta terminar el trabajo— afirmó, resignándose a que tendría que pasar tiempo extra en la escuela. Sus compañeros lo miraron con cierto enfado, pero le dieron oportunidad. Byakuya era muy bueno trabajando, además de creativo, su problema es que se distraía con cierta facilidad y era dado a tomarse todo a la ligera, y a veces caía en la irresponsabilidad.
El chico se sintió ligeramente apenado y se quedó aplanado en su asiento, preparándose mentalmente para pasar el resto del día en la facultad. Y eso que él tenía planes de llamar a Jakotsu para salir a divertirse esa noche, a pesar de que sólo era miércoles. Tendría que cancelar. Lo que no podía entender es por qué su celular había fallado, incluido el de su hermano, y cómo es que no se había acordado del trabajo.
Internet era un asco. Naraku encontraba pura basura, así que se fue a la biblioteca. Ahí buscó libros sobre piedras, minerales y demás cosas relacionadas con el tema. Por supuesto, que encontró información científica y más fidedigna con respecto a aquel pedazo de cuarzo rosa que había encontrado, y que por alguna razón, lo obligaba a querer saber más sobre él. De hecho, estaba un poco alarmado. Era alguien bastante desvergonzado, pero no solía faltar al trabajo por una nimiedad como esa; al final se lo atribuyó al hecho de que, cuando se obsesionaba con algo, realmente podía caer en una tremenda terquedad.
Si bien la información que encontró fue mucho más objetiva, eso no le ayudó en nada. Sí, era un cuarzo, pero no entendía porque venía colgado a una especie de rosario sintoísta. Algo debía de tener relacionado con el sintoísmo. Entre los libros sobre piedras que tomó, procuró agarrar también un par de libros sobre leyendas antiguas y religión. Encontró muchas cosas, pero la mayoría no le interesaban, sólo hubo una leyenda que llamó su atención, dentro de un libro desgastado y viejo, que al parecer no había sido muy popular; parecía estar demasiado especializado como para el gusto popular.
Ahí encontró finalmente algo relacionado con una dichosa perla mágica que se asemejaba a un cuarzo rosa. Según la leyenda, la joya había sido codiciada por toda clase de monstruos, ogros, malos espíritus y demonios, cuando supuestamente los demonios caminaban sobre la tierra. La "Perla de Shikon", como era llamada en el cuento, proporcionaba poderes inimaginables a aquellos que la tuvieran en su poder, incluso a los humanos, si es que estos encontraban la manera de usarla a su favor a pesar de su condición humana. También, según la leyenda, se decía que la perla se había mantenido escondida durante el paso de los siglos, siempre al cuidado de poderosas sacerdotisas capaces de purificarla y protegerla de que cayera en manos equivocadas, y que aun hasta ahora existía.
Eso parecía una historia sacada de un anime o algo así, pensó Naraku.
Era extraño, porque la información que encontró en internet, la cual él consideraba basura, le atribuía poderes de sanación al cuarzo, y el cuento contaba algo más o menos similar, sólo que mucho más dual y crudo. Y más real, por así decirlo. Los poderes de la perla se amoldaban a los deseos y sentimientos de quien la poseyera. Si la persona que lo tenía en sus manos era bondadosa y sin malas intenciones, la perla se mantenía pura, por eso debía estar al cuidado de sacerdotisas que se mantuvieran en un constante trabajo propio de purificación, pero si caía en las manos de alguien malvado, se corrompía, e incluso se volvía más poderosa. Sus poderes tenían tanto alcance, que según la leyenda, con un solo fragmento se podía mantener con vida a alguien ya fallecido, alargar la vida de un anciano moribundo o controlar toda clase de ánimas, demonios y monstruos. Incluso cambiar la condición humana a la de un demonio.
Tal parece que las supuestas habilidades que se le daban a una simple piedra dependían de la época.
—Qué montón de basura— escupió Naraku cerrando el libro de golpe y recargándose en la silla. Ya era tarde. Cuando miró el reloj de su celular se dio cuenta de que ya eran las tres. En unas pocas horas comenzaría a anochecer y debía pasar a encontrarse con Byakuya e ir por Kagura.
Cuando Naraku vio su celular, recordó súbitamente el sueño que había tenido en la noche, aquella llamada de celular que había recibido.
"4444444"
—Imposible— pensó, viéndose tentado a revisar el registro de llamadas. En la mañana había encontrado su celular apagado, tal y como había soñado que lo había hecho. Quizás alguien sí le habló en la noche y él había estado medio sonámbulo y no se percató de ello. Es más, es posible que aquel sueño raro que había tenido se sintiera tan vivido a causa de eso. Nunca había sufrido de sonambulismo, pero, ¿por qué no? Había estado un poco presionado los últimos días, y desde su accidente de vez en cuando tenía malas noches.
Naraku le dio un vistazo a la perla, la cual descansaba sobre el escritorio, a un lado de la pequeña pila de libros que había revisado. Al carajo, murmuró. Se quitaría la curiosidad de encima. Tecleó hasta el registro de llamadas y buscó aquel número raro, casi seguro de que no encontraría nada.
Pero sí lo encontró. La larga e interminable serie de cuatros estaba ahí, registrada como llamada perdida. A Naraku se le heló la sangre y sin siquiera pensarlo la borró del historial. Ya sin miedo, aunque con un extraño escalofrío en la nuca, se forzó a repasar las imágenes que había soñado. La mujer pálida que apareció entre las sabanas, su voz, ese traqueteo extraño, la supuesta Perla de Shikon en sus manos cuando despertó.
Naraku negó con la cabeza. ¿Qué estupideces estaba pensando? De pronto se acordó del sueño que su hermano había tenido con una onryo, y sin siquiera pensarlo el recuerdo del traqueteo del fantasma de su sueño lo asemejó con el que había escuchado en la casa la tarde anterior, cuando pensó que el móvil le estaba fallando a causa de una mala recepción. Todo se estaba volviendo muy raro, y Naraku de inmediato pensó que sólo se estaba sugestionando.
Mataría a Byakuya por meterle ideas raras en la cabeza.
Con el pensamiento de cómo hacerlo pagar, se volvió otra vez sobre la lectura del libro y la Perla de Shikon, la cual había dejado a medias. Lo que encontró fue aun más interesante que toda la sarta de supersticiones que había leído antes.
Supuestamente, la Perla de Shikon siempre había estado al cuidado de sacerdotisas, resguardada dentro de templos. Aquel historiador aseguraba que la misteriosa joya aun existía, y que a pesar de que había intentado investigar más a fondo, la supuesta sacerdotisa que cuidaba de la perla en la actualidad, le había impedido indagar más.
El lugar donde supuestamente se hallaba era un pequeño templo en el mismo Tokio, con al menos 500 o 600 años de antigüedad, donde se hablaba abiertamente de la Perla de Shikon, y que según sus sospechas, era el mismo lugar donde ahora se encontraba en la actualidad.
El templo Higurashi.
—Ja, no puede ser…— espetó Naraku, ironizando una sonrisa mezcla de fastidio y malicia. Ese era el mismo templo donde estaba una vieja conocida: Kikyou. Ya decía él que por alguna razón la Perla hacía que se acordaba de ella sin explicación alguna. La supuesta Perla de Shikon, protagonista de aquellas leyendas y ese estudio, era protegida por la misma Kikyou, dentro del templo de su familia, que si mal no recordaba, era de la familia de su prima, una tal Kagome. Ahora su duda era qué demonios hacía la Perla de Shikon dentro de la casa donde sus hermanos y él habían irrumpido la tarde anterior. Parecía demasiada coincidencia, y cuando se trataba de Kikyou y él, no había lugar para las coincidencias.
A Byakuya ya le andaba porque se terminara su última clase. Sólo unos veinte minutos más y se tomaría un breve descanso para comer algo y ponerse a trabajar en su parte del proyecto. Si tardaba más estaría ahí hasta las siete u ocho, y quería salir aunque fuera más o menos temprano para irse de farra con Jakotsu. Además, se estaba durmiendo. La clase era interesante, pero la odiosa voz del profesor resultaba arrulladora. Miró a su alrededor tratando de desperezarse y evitando caer de boca contra el escritorio. Se encontró con un par de compañeros más que luchaban por mantener los ojos abiertos.
Byakuya se sonrió un poco, saliendo un poco de su flojera. De pronto sintió algo pasarle por los pies. Pensó que había sido alguna brisa, pero cuando bajó la vista hacia sus piernas, vio que un gato negro le pasaba entre ellas y se restregaba contra sus talones y pantorrillas con cariño.
—¿Qué demonios…?— susurró Byakuya en voz muy baja, observando el gato, que seguía dando vueltas entre sus piernas. ¿De dónde había salido? Se preguntaba, ¿y por qué nadie más lo notaba? Byakuya iba a hacer una pequeña interrupción a la clase para preguntar de quién era el gato, pero justo cuando iba a levantar la mano, el maestro se dio la vuelta y avisó que la clase había terminado, haciéndolo detenerse en seco. Miró rápidamente a su alrededor y vio cómo todos los demás comenzaban a guardar sus cosas con prisa, ansiosos por salir de clase.
Byakuya bajó nuevamente la vista buscando al gato, pero ya no estaba. Arrugó el entrecejo y se levantó, tratando de encontrarlo con la mirada, pero lo único que veía eran las baldosas blancas del piso, atestadas de pies presurosos y bancos.
—Esperamos el trabajo— le recordó uno de sus compañeros de equipo con mirada inquisitiva, dándole una palmada en la espalda. Byakuya se sobresaltó un poco y sólo pudo atinar a asentir con la cabeza y asegurar que ese mismo día estaría terminado.
Eran las cinco de la tarde y Byakuya aun no podía terminar. Por lo menos necesitaría una hora más para terminar por completo, y probablemente al día siguiente necesitaría un rato más. El proceso de selección le estaba costando mucho trabajo, por alguna razón no podía concentrarse por completo, escuchaba un constante zumbido en sus oídos y no sabía por qué, pero tampoco pudo quitárselo de encima.
En pocas palabras, le estaba yendo muy mal, tenía un constante vacío seco en el estomago, como si no hubiera comido nada en todo el día. Las fotos no terminaban de revelarse, de hecho, parecía que se estaban tardando más de la cuenta, y Byakuya estaba cada vez más desesperado, además ya había arruinado un par de ellas debido a la rara variación de tiempo que les estaba tomando para revelarse. No iba a alcanzar a salir para cuando Naraku pasara por él para después ir por Kagura, así que decidió llamarlo para avisarle que llegaría tarde a casa y que no lo esperaran.
Tomó su celular y marcó el número, que sabía de memoria, mientras enfocaba la vista en una fotografía dentro del químico para revelar; no se podía dar el lujo de arruinar más fotos. Hubo un par de timbrazos antes de que se escuchara el sonido de alguien contestando.
—¿Naraku? Soy Byakuya— dijo, sin darle tiempo a su hermano de decir nada. Su voz hizo eco en el lugar —Solo quería avisarte que tengo un par de tareas atrasadas que estoy hacien…—
Un traqueteo comenzó a sonar a través de la bocina. Byakuya sintió su cuerpo temblar de manera automática, deteniéndose, y extrañado escuchó con atención aquel ruido rasposo.
—¿Naraku?— dijo, pero el traqueteo continuó. Ni por la mente le pasó que fuera una broma de su hermano, él no tenía mucho sentido de humor; el de las bromas pesadas era él. La única explicación lógica que encontraba es que había mala recepción, de nuevo. Soltó un par de palabrotas, aun tratando de captar la señal y hablando al teléfono para ver si su hermano alcanzaba a escucharlo. Mientras tanto, el traqueteo se volvía cada vez más insoportable, tanto, que parecía que las paredes de la habitación absorbían aquel espantoso sonido.
Dio un vistazo a la foto que estaba revelando, y notó cómo los químicos dentro de la vasija comenzaron a oscurecerse sin razón, luego de que esta estuviera apunto de mostrar toda la imagen captada. Byakuya chasqueó la lengua y colgó de inmediato. Maldijo mentalmente para después tomar las pinzas y sacar la imagen. ¿Qué demonios le estaba pasando a la fotografía? El líquido rápidamente tomó una tonalidad profundamente negra para cuando Byakuya metió las pinzas para sacarla, mientras sentía que el alma se le iba del cuerpo. Sus compañeros lo iban a matar.
Cuando metió las pinzas, algo lo distrajo. Levantó la vista por pura inercia, y un montón de sombras en movimiento se apoderaron de todas las fotografías que estaban colgadas alrededor de la habitación.
Byakuya abrió los ojos, demasiado impactado como para reaccionar o pensar en algo. Su mente quedó en blanco por unos segundos. Su cuerpo se paralizó, como si le hubieran drenado toda la sangre del cuerpo, y entonces, una protuberancia empapada y negra salió de golpe de la vasija donde se encontraba la fotografía. En cuanto Byakuya vio eso, se echó hacia atrás, espantado y chocando contra una mesa. Entre las sombras que se movían de una foto a otra sin control, miró como la protuberancia se elevaba, hasta que se mostró el rostro de una mujer. Sólo sus ojos, el resto de su cara estaba oculta bajo el líquido negro.
Byakuya abrió los ojos de par en par, con un nudo en la garganta y un súbito vacio en el estomago. La mujer lo observaba directamente; Byakuya sintió la necesidad de correr lo más lejos de ahí, sentía las piernas fuertes a pesar de que los brazos le temblaban y el vacio de su estomago contrastaba con el peso que sentía incrustado en el pecho, pero los ojos de la mujer, inhumanamente oscuros, parecían tragarse toda su voluntad.
Era la onryo de su sueño, eran los mismos ojos. Byakuya sintió ganas de vomitar cuando un par de manos salieron lentamente de la vasija y se agarraron con suavidad de la orilla. Un zumbido le martillaba los oídos con la imagen roja y negra de la aparición, así como escuchaba el eco del mismo traqueteo que había escuchado en su celular.
La onryo se irguió por completo, como tratando de salir. Byakuya sintió como el estomago se le revolvía y escuchó un grotesco grito de ira salir de la boca de la mujer, retorcido y penetrante, al tiempo que todas las fotografías colgadas mostraban el ojo abierto de la mujer en un fondo absolutamente negro, mirándolo como si fuera una presa.
Finalmente reaccionó y salió corriendo de ahí, chocando en su camino con un estante y tirando varias cosas. Todos los ojos mostrados en las fotos lo siguieron hasta la salida. No se detuvo ni miró hacia atrás hasta que salió de la habitación de revelado, pero al darse la vuelta para cerrar, logró ver como la mujer corría hacia él, con los brazos extendidos y ensangrentados, gritando, y el cabello asqueroso, enmarañado y ocultándole el rostro. Antes de que lo alcanzara, Byakuya logró cerrar la puerta.
Se quedó unos momentos en el pasillo, observando la puerta, como esperando que la perilla comenzara a moverse, pero no pasó nada. Byakuya exhaló con fuerza y tomó una enorme bocanada de aire tras otra, dándose cuenta de que no había respirado. El corazón le latía a mil por hora y sus manos temblaban sin control, al igual que sus piernas. Estuvo a punto de desmayarse, pero cuando pensó en escapar, que no estaba del todo seguro ahí al recordar los abismales ojos que lo cazaron con la mirada, sintió como si tuviera una dolorosa inyección de adrenalina y desesperación que lo obligaron a ponerse en marcha.
Se dio la vuelta con la intención de salir y unos pasos más allá, se topó con el elevador. Sin pensarlo siquiera apretó todos los botones nerviosamente, y en cuanto las puertas se abrieron se metió ahí. Soltó un grito de espanto cuando se encontró con su propia imagen reflejada en los espejos dentro del mismo elevador.
—No puede ser— se repitió una y otra vez, sin aliento, recargándose contra uno de los espejos, sintiéndose de pronto tremendamente agotado. Tenía las manos heladas y sudorosas, y los acelerados latidos de su corazón intensificaban el nudo en su garganta y la boca del estomago.
Era la misma onryo con la que había soñado, de eso no tenía duda. Jamás se le podrían olvidar esos ojos que lo enfocaron. La misma sensación de miedo que sintió al ver sus ojos de pesadilla fue la misma que sintió al verla salir de la vasija. ¿Cómo era siquiera posible? Se dio cuenta de que aquello no había sido un sueño, había sido real. La propia revelación le detuvo el corazón por unos instantes. Se llevó las manos al rostro, sintiendo que aquello rebasaba sus límites. Nunca había creído esas cosas, nunca había visto nada extraño en su vida, ¿por qué de pronto estaba siendo acosado por un fantasma?
La respuesta dentro de su cabeza no tardó en formularse. Apenas veinticuatro horas antes había entrado a una casa supuestamente maldita, entre juegos y bromas morbosas. Después de lo que había visto, hasta el más ateo terminaría creyendo, pero Byakuya no podía pensar en otra cosa más que salir corriendo de ahí. De pronto se sintió seguro estando encerrado en el elevador, pero enseguida pasó a sentir terror cuando miles de ideas pasaron por su cabeza, preguntándose qué podía encontrar cuando las puertas del elevador se abrieran. Aun así, Byakuya se dio cuenta de algo.
El elevador no estaba yendo a ningún lado.
Echó un rápido vistazo a la pequeña pantalla que mostraba los números de los pisos. A pesar de que sentía el elevador moverse, solamente el numero cuatro se mostraba en él. Aparecía y desaparecía en fracciones de segundo, pero era el mismo número. Las luces dentro del elevador comenzaron a parpadear sin control, y entonces Byakuya comenzó a ponerse realmente nervioso. Una nueva oleada de miedo lo recorrió y volvió a quedarse sin aliento. Sabía que ella estaba ahí con él.
Estuvo a punto de abalanzarse sobre la puerta y pedir ayuda, cuando sintió un súbito frio que se deslizaba con gentileza por su nuca, y segundos después en sus mejillas. Un par de manos frías y pálidas le taparon el rostro, y entre los espacios que los dedos dejaron a través de sus ojos, lo último que Byakuya vio fueron las puertas del elevador abrirse, y a su hermano Naraku, ahí, observando impresionado cómo era jalado dentro del espejo, el cual tragó completo por completo a Byakuya, en un santiamén, y así de simple desapareció dentro de él, sin dejar rastro alguno, como si su existencia en ese mundo hubiera sido sólo una ilusión.
Kagura estaba terminando de ponerse su chamarra y acomodarse el cabello. Había sido un ensayo largo y sentía que no lo había hecho muy bien, a pesar de que los coreógrafos no le dijeron nada. Había tenido una noche pésima y se sentía adormilada. Cuando terminó de atarse el cabello, una compañera se acercó hasta el tocador para tomar su bolso.
—Hoy parecías muy distraída— observó la joven. Kagura no tenía una especial amistad con ninguna de sus compañeras ni con los demás bailarines, pero en un par de ocasiones la chica, Kazumi, había intercambiado palabras con Kagura y se había dado cuenta de que no era tan malhumorada como parecía, sólo había que agarrarla en un buen momento, aunque fueran escasos.
—Lo sé. No dormí muy bien— contestó Kagura, retocándose los labios.
—¿Van a pasar tus hermanos por ti?— Kagura soltó un bufido de fastidio que no pasó desapercibido por la joven. Se dio cuenta de que la había molestado y prefirió irse. Ni modo, Kazumi se quedó con las ganas de ver aunque fuera de lejos al hermano mayor de Kagura, que a pesar de que la chica decía era insoportable, a ella le parecía muy apuesto. El menor también, pero tenía la sospecha de que era gay. Kazumi se despidió rápidamente y dejó a Kagura sola, quien sólo termino de ponerse la bufanda y tomar su bolso.
Kagura apagó las luces de los camerinos y cerró la puerta con expresión agotada. Comenzó a recorrer los pasillos, dirigiéndose a la salida, donde seguramente tendría que esperar unos minutos a sus hermanos, pero a medio camino algo llamó su atención y la obligó a detenerse.
—¿Kazumi?— preguntó Kagura, pensando que se trataba de su compañera. Por alguna razón, estaba parada como tonta en medio de dos estantes de casilleros grises. La figura era claramente femenina, y estaba ataviada con un vestido blanco. El cabello largo y negro le caía al frente, ocultando su rostro —¿Por qué te cambiaste de ropa? ¿Qué haces ahí?— inquirió un tanto preocupada. ¿Qué podía decir? La chica le caía un poco bien, pero hacía frío y no entendía por qué de pronto se había cambiado de ropa, se había soltado el cabello y estaba ahí escondida, sin hacer nada.
—¿Es una estúpida broma?— exclamó Kagura, ahora molesta al no recibir respuesta. Un traqueteo comenzó a escucharse, como si saliera de las rejillas de ventilación. Kagura al principio pensó que se trataba de algún ruido de tuberías o algo, pero después se dio cuenta de que provenían del lugar donde se hallaba la chica.
—¿Kazumi?— murmuró Kagura, ahora nerviosa, sintiendo de pronto la atmosfera pesada y densa, tanto que sentía que en cualquier momento caería de rodillas. Las luces comenzaron a parpadear sin control, y un escalofriante tronido de huesos se escuchó cuando la chica en medio de los casilleros se movió de una manera inhumana. Su brazo se retorció de manera imposible, como si tuviera los huesos rotos, al igual que el tobillo que sobresalía de entre los casilleros, y cuando la cabeza de la mujer se ladeó hacia afuera y unos delgados espacios entre los mechones dejaron entrever su cara, el traqueteó se intensificó de un segundo a otro.
Kagura soltó un suspiro de miedo y se dio la vuelta de inmediato, comenzando a correr hacia la salida. Sentía el ruido de aquel traqueteo y tronidos de hueso persiguiéndola, pero en su carrera volteó un par de veces y no vio nada. Aun no así no se detuvo hasta que llegó a la puerta y salió a la carrera, atravesando parte del jardín.
—¡Fíjate!— Kagura chocó con alguien después de haber doblado una de las esquinas del edificio, provocando que gritara con fuerza, absolutamente aterrada. Casi se va de espaldas con el choque, pero Naraku alcanzó a tomarla del brazo para que no cayera.
—¡Naraku!— exclamó, casi sin aire. Por primera vez en su vida se sentía aliviada de ver a su hermano. Sintió como si sus piernas se debilitaran, como si hubiese corrido durante horas, y por pura inercia se acercó a su hermano, agarrándose de su chamarra, con las manos temblorosas y apenas respirando. Le importaba un carajo que fuera él, por lo menos se sentía más segura de saber que Naraku no era una cosa tan rara como la que se había encontrado en los camerinos.
Aun aterrada volteó y miró hacia todos lados, buscando cualquier cosa extraña. Estaba comenzando a anochecer y las sombras azules y negras que se formaban entre los arbustos y los arboles no la ayudaba a calmarse.
—¿Qué te pasa? ¿Estás loca o qué?— escupió Naraku con rudeza. No era nada usual que Kagura se pegara a él de esa forma, y estaba pálida, como si algo la hubiese asustado.
—Es que…— tartamudeó, separándose un poco de su hermano —Es que… no sé, vi algo raro en los camerinos— fue lo único que atinó a responder, mientras volteaba a ver a su hermano.
—¿De qué hablas?— espetó con fastidio.
—No lo sé, te juro que vi algo. Era como…—
—Ya déjate de tonterías, Kagura— la interrumpió —No me vas a decir que ahora ves cosas. Pareces una chiquilla—
—¡Hablo enserio!— exclamó su hermana, molesta. Era obvio que no le iba a creer, es más, ni siquiera ella sabía qué diablos había visto.
—Probablemente alguna de tus compañeras te jugó una broma. No seas dramática y ya vámonos— ordenó Naraku tomando a Kagura del brazo y obligándola a seguirlo. A los pocos segundos Kagura se soltó de su agarre, incomoda y molesta. Sí, se sentía más aliviada estando Naraku ahí, pero eso no quitaba el hecho de que su hermano era un hígado.
El silencio entre ellos era más tenso y pesado que de costumbre, de hecho, no era usual. Usualmente Naraku caminaba con ese porte de arrogancia y esa mirada maquiavélica que no podía quitarse de encima, siempre frente a ella o con una actitud como de querer dominarla hasta con el sonido de sus pasos, pero esta vez Naraku había optado por caminar con lentitud, lado a lado, pero su rostro no mostraba más que una profunda seriedad, como si estuviese perdido dentro de su cabeza. La ignoraba por completo, cuando casi siempre la miraba algunas veces de soslayo, sólo para hacerla sentir que él estaba ahí y que ella no podía hacer nada.
De igual manera, Kagura no se habría percatado del inusual comportamiento de su hermano mayor de no ser porque ella también iba sumergida en sus propios pensamientos. Seguía a Naraku por pura inercia, ni siquiera sabía bien por dónde iban o si era el camino correcto para llegar a casa. Las imágenes de la rara mujer que vio en los camerinos seguían dándole vueltas en la cabeza, definitivamente no se trató de Kazumi; cada que recordaba su cabello o sus pálidos brazos cayendo con pesadez a los lados de su cuerpo, un escalofrío la recorría y atenuaba la fría brisa que le golpeaba el rostro. Si se había tratado de una broma para subirla a Youtube o algo por el estilo, mataría al causante, pensó, intentando tranquilizarse.
De pronto pasaron por una calle que ya habían visto la tarde anterior. Sin saber por qué, Kagura desvió la vista hacia la bifurcación lateral que había en la calle y se encontró con el callejón que conducía a la casa a la cual sus hermanos y ella habían entrado, cortesía de Byakuya.
Claro, pensó Kagura. El ambiente ahí se sentía tan raro porque no estaba Byakuya con ellos.
—¿Dónde está Byakuya?— preguntó Kagura por pura inercia, mirando hacia atrás, como tratando de comprobar si iba con ellos o no. Salió tan alterada del teatro que ni siquiera lo notó.
Naraku no contestó de inmediato, ni siquiera esbozó mueca alguna al escuchar el nombre de su hermano menor, a pesar de que se llevaban relativamente bien, a diferencia de Kagura.
—Se quedó en la universidad haciendo un trabajo. Llegará tarde—contestó escuetamente Naraku, sin siquiera mirar a Kagura. La joven torció la boca confundida. La voz de su hermano sonó automática, como si estuviera ensayada hasta el hartazgo, pero no dijo nada. Sabía que su hermano menor era un poco irresponsable en la escuela, no le extrañaba que a veces tuviera que quedarse hasta tarde en la facultad tratando de adelantar trabajos pendientes.
Se mantuvieron en silencio hasta llegar al departamento. Una vez ahí, Kagura tiró al sofá su chamarra, y a regañadientes fue a la cocina a preparar la cena. Naraku no tardaba en decirle qué quería comer, pero, para su enorme sorpresa, él simplemente arrojó al mismo sofá su saco, al tiempo que dejaba ahí mismo un par de libros que había sacado de la biblioteca.
A Kagura se le hizo raro. Usualmente, apenas llegaban a casa, Naraku la ponía hacer de comer sin darle tiempo de nada. No iba a reprocharle que de pronto un día el muy zángano comenzara a ocuparse de sus propias cosas y a ella dejara de tratarla como a una sirvienta, pero era extraño que el día anterior y ahora no estuviera ordenándole a todas horas.
—¿No vas a cenar?— inquirió Kagura, asomando la cabeza a la sala. Apenas alcanzó a ver a Naraku perderse en el pasillo que daba al baño.
—No, no tengo hambre— contestó con voz monótona. Kagura enseguida escuchó el sonido de la puerta del baño cerrándose y pocos segundos después el de la regadera. Naraku se estaba portando extraño, pero no es como si ella fuera a rogarle para hacerle la comida. Por ella, que se muriera de hambre, pensó, para después dirigir la vista al sofá, que con tantas cosas encima era un desastre.
—Pero sí deja sus cosas en todo en todos lados— refunfuñó Kagura quitando de mala gana el saco de su hermano. Entre tanto algo cayó al suelo y por poco le cae en los pies. Kagura bajó la vista fastidiada, encontrarse con dos libros. Se le hizo extraño. Su hermano usualmente sólo se dedicaba al trabajo y quien sabe a qué otras cosas, pero no era de interesarse en cosas como ¿leyendas del antiguo Japón?
Kagura frunció el ceño y se inclinó, recogiendo los libros. Dio un rápido vistazo hacia el baño. De pronto escuchó que el agua dejaba de correr. Conocía la rutina de su hermano; cuando estaba muy cansado o presionado, usualmente se quedaba un buen rato en la bañera. Tenía por lo menos media hora, ¿para qué? ni ella lo sabía, simplemente encontró interesante el par de libros que su hermano había llevado a casa, además de que la tenía intrigada su extraño comportamiento.
Abrió uno de los libros, curiosamente, este ya estaba marcado con un separador, y Kagura se puso a leer lo que decía.
Naraku cerró los ojos y se echó el cabello hacia atrás con suavidad. La frialdad del ambiente contrastaba con el vapor tibio que exhalaba el agua acumulada en la bañera, creando una patina ligera de agua en el espejo y la ventana. Los dedos fríos comenzaron a calentarse dentro del agua caliente y Naraku intentó relajarse, aunque no pudo.
Lo que había leído esa mañana no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Tampoco podía olvidar a su hermano menor, Byakuya, cuando lo vio desaparecer en el espejo sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. El estomago se le encogió cuando invocó en su mente la imagen del espectro que se lo llevó. ¿Qué iba a hacer? No sabía qué había pasado con su hermano, probablemente estaba muerto, pero sorprendentemente, no le importaba mucho, no sentía el dolor que se supone debe sentirse cuando se pierde a un pariente tan cercano, sobretodo en circunstancias tan… ¿sobrenaturales?
Naraku, a pesar de la mala relación que tenía con sus hermanos, un par de veces se preguntó qué sentiría si de pronto a alguno de ellos les pasara algo o murieran. Nunca pudo contestar a esa pregunta, probablemente porque nunca había sentido nada especial por ellos. Se soportaban como podían, y a pesar del lazo sanguíneo, nunca pudo sentir aquel sentimiento que se supone nace automáticamente a causa de la misma sangre. A veces creía que era un sociópata, pero eso no le quitaba el sueño.
La abrumadora desaparición de Byakuya era lo que menos le preocupaba. Ahora sabía que aquello no eran simples cuentos. Toda su vida había subestimado y se había burlado de aquellas supersticiones, de las creencias de su país y de las leyendas. Él se creía demasiado encima de fuerzas o energías superiores a la suya, no entendía de eso y no le interesaba, pero lo que había pasado no tenía más explicación. Había visto a su hermano siendo arrastrado dentro de un espejo por un fantasma, la misma mujer que había visto en su sueño, probablemente era la misma que Byakuya también había soñado, y quién sabe, tal vez hasta Kagura. ¿Por qué de pronto estaba yendo tras sus hermanos y él?
Con la pequeña investigación que realizó en la mañana pasó por el tema de las onryos y los fantasmas vengativos, las maldiciones y sus consecuencias; no le costó trabajo, después de ver lo que había pasado con su hermano, darse cuenta de que había provocado la ira de aquel fantasma. Byakuya había dicho que la casa estaba maldita… y él que pensó que eran tonterías y sólo quería jugar un rato. Al final su propio juego se lo tragó, pero ahora iba tras Kagura y él. Lo que Kagura había visto en los camerinos, después de encontrarla aterrada, no había sido su imaginación o una broma, él lo sabía. Al parecer la siguiente sería Kagura, y él no tenía intenciones de decirle nada. Se sorprendió un poco de sí mismo al notar la nula angustia que sentía por lo que podía pasarle a su hermana, incluso a él.
Sin embargo, por alguna razón, no estaba asustado. Confundido, claro que sí, un poco anonadado, darse cuenta de un día para otro y con semejantes hechos de que había sido realmente estúpido. Finalmente, "ver para creer". Pero no, por alguna razón se sentía seguro, invulnerable a cualquier cosa. La historia de la Perla de Shikon que leyó le respondió las preguntas del por qué aquel sentimiento de poder salir siempre impune. No era ningún demonio, pero tal parecía que esa piedra realmente tenía poderes, sino, ¿por qué a él no le había pasado nada? Pero lo que más lo intrigó fue descubrir donde supuestamente estaba la perla, o donde había estado. Tal parece que tendría que ir a ver a Kikyou, y no sabía si eso le molestaba o le agradaba.
Conforme los ojos de Kagura leían con avidez las líneas de aquellas historias, más angustiada y pesada se sentía. Se relamió los labios miles de veces y miles de veces le pasaron escalofríos por la espalda, obligándola a ver detrás de ella, sintiendo que era observada, que en el departamento había alguien más además de Naraku y ella.
La descripción de las onryos la dejó con una sensación de asco y la boca seca, curiosamente, ese día no era la primera vez que escuchaba esa palabra, pero lo que más llamó su atención fue lo de la Perla de Shikon. El supuesto dibujo y la descripción de la mítica joya eran iguales a la que había caído del bolso del saco de su hermano. ¿Qué mierda hacía su hermano con esa cosa? ¿Desde cuándo la tenía? Peor aún, ¿desde cuándo él estaba interesado en esas cosas?
Igualmente, la descripción de aquellos vengativos fantasmas femeninos era idéntica a aquella mujer extraña que había visto en los camerinos. Se le heló la sangre al leer sobre maldiciones dejadas en los lugares donde esas mujeres habían muerto, presas del odio y la pena, y automáticamente se le vino a la mente el recuerdo de la casa abandonada a la cual sus hermanos y ella habían entrado la tarde anterior. Un lugar que contaba la violenta historia de cómo una mujer había sido asesinada por los celos desmedidos de su esposo.
No, tenía que estar delirando, estaba demasiado nerviosa, se dijo, pasando la vista al otro libro. Continuó con la lectura sobre la mítica Perla de Shikon, la cual había dejado a medias. Lo que la sorprendió fue ver que la dichosa piedra supuestamente se encontraba bajo el cuidado de una sacerdotisa en un templo con varias centurias, el templo Higurashi.
—¿Higurashi?— murmuró Kagura, acercando su cara al libro. El rostro de cierta joven se le vino a la cabeza —¿Acaso Naraku otra vez anda tras esa mujer?— se preguntó la joven. Naraku había tenido una rara relación, por así decirlo, con una joven estudiante llamada Kikyou, que también se encargaba del templo de la familia de su prima. Kagura sólo sabía de la historia gracias a Byakuya, ya que Naraku no solía contarle sus cosas a nadie. Lo único que ella sabía es que Kikyou era fría, calculadora y extrañamente generosa, y que además, de cierta forma, había rechazado a Naraku, y al final él había estado tras ella o algo así, después de que este se convirtiera en su paciente después de su accidente, tres años atrás. Kagura desconocía con qué motivos su hermano, durante tres años, no la dejó en paz, sólo sabía que Kikyou tampoco le daba buena espina a ella.
¿Qué carajo hacía su hermano con la Perla que supuestamente ella protegía?
Sintió que estaba por quedarse dormido, lo hubiera hecho incluso a riesgo de ahogarse, si no hubiera sido porque abrió los ojos por pura inercia. Escuchó cómo el agua de la bañera se movía, golpeando su cuerpo con suaves ondas. Abrió los ojos y Naraku se encontró la cabeza de una mujer al pie de la bañera, saliendo del agua. El joven ahogó un gritó y enmudeció, al tiempo que se echaba hacia atrás, provocando que un poco de agua saliera de la bañera. Con el sonido del agua goteando como fondo y el de su propia respiración agitada, el rostro de la mujer estaba parcialmente oculto por el agua, sólo se veían sus ojos, y alrededor de ella flotaba una inmensa mata de cabello oscuro. Lo veía directamente a los ojos y a pesar de que su mirada le causaba repulsión, con esos enormes y oscuros ojos abiertos como dos abismos en medio de la misma nada, Naraku era incapaz de apartar la suya de ella.
Sentía su corazón latir con velocidad, y a pesar de que el agua estaba caliente, sintió su cuerpo helado, como si la mujer despidiera un aura gélida que congelaba todo a su alrededor. Tuvo nauseas, pero no la irrefrenable necesidad de salir corriendo de miedo. La mujer estaba inmóvil, sin quitarle la vista de encima. Por un momento Naraku pensó que se había quedado dormido y estaba soñando, pero después recordó su sueño, los ojos de la mujer, las manos del fantasma que arrastró a su hermano al otro lado del espejo. Era la misma.
—¿Qué quieres?— Naraku habló muy bajo, con una mezcolanza de firmeza y cierto temor. Se tuvo que agarrar de las orillas de la bañera. La mujer no respondió nada, y mucho menos se movió.
—¿Por qué me persigues?— insistió. Fue entones que la mujer reaccionó. Movió lentamente la cabeza hacia un lado, tan lentamente que el agua ni siquiera se perturbó. Su vista parecía mirar a través de la pared, hacia el lugar donde estaba la sala, como diciéndole que ahí estaba la respuesta. Naraku miró hacia el mismo lugar. Recordó de pronto que la Perla de Shikon estaba en su saco y que lo había dejado en la sala. Se sintió inseguro sin ella. Cuando regresó la vista al frente, el fantasma ya no estaba.
Kagura dio otro vistazo a la perla, tirada en el suelo. La iba a tomar, pero fue interrumpida cuando apenas uno de sus dedos tocó la superficie lisa de la joya.
—Kagura— la aludida se sobresaltó, aspirando con fuerza. Con el corazón acelerado miró hacia atrás, encontrándose con su hermano. Se notaba que acababa de ducharse. Su cabello lucía enmarañado y los mechones aun goteaban, mojándole la ropa y dejando sus hombros empapados. Parecía que ni siquiera se había dado el tiempo de secarse.
—¿Qué crees que estás haciendo?— Kagura escuchó la voz de Naraku inhumanamente sombría. Era la de él, pero casi parecía estar en una especie de trance, como si estuviera fuera de sí y al mismo tiempo estuviese consciente de ello. La miraba con una frialdad furiosa que parecía encajarse a través de todo su cuerpo.
Kagura sólo atinó a soltar el libro que tenía entre sus manos, y alejar la mano de la perla. Se volteó hacia él, casi lista para correr, pero parecía devorarla con su presencia, tanto que le daba miedo ponerse en pie.
—Nada— contestó apenas la joven —Sólo estaba…— no quiso decir más. Kagura obligó a sus piernas a ponerse en marcha y se levantó en un santiamén, lista para correr. No sabía qué demonios le pasaba a su hermano, pero esa mirada no presagiaba nada bueno. No tuvo tiempo de hacer mucho. Apenas se volteó en la dirección contraría cuando Naraku la agarró del brazo y la jaló con fuerza hacia él. La puso de frente a él y sin avisar la abofeteó con tanta fuerza que la arrojó al suelo, chocando contra el sofá.
—Te he dicho que nunca toques mis cosas— sentenció Naraku con dureza y una tranquilidad que resultaba más perturbadora que cualquier grito, reclamo o golpe. La joven se llevó una mano a la mejilla golpeada y miró a su hermano. No era la primera vez que la golpeaba, ya en un par de ocasiones la había abofeteado, pero no era usual, y casi siempre lo hacía cuando de verdad lo sacaba de quicio, no por una cosa tan simple como agarrar sus cosas.
—¡Estúpido imbécil! ¡¿Qué carajo te pasa?!— reclamó sin pensarlo mucho. Naraku frunció el ceño y se inclinó hacia ella, tirándola al suelo. Kagura no tuvo ni tiempo de forcejear cuando su hermano se puso encima de ella, inmovilizándola, y puso ambas manos alrededor de su cuello, apretándolo con fuerza. Kagura de inmediato sintió la presión sobre su cuello y tráquea y comenzó a sentirse desesperada. Se retorcía como podía debajo de él, sin poder hablar. Intentó con sus manos quitar las manos de su hermano, pero le fue imposible, era como si se hubiesen fusionado. Con la presión y el movimiento de su cuerpo supo que si las cosas seguían así, la terminaría matando, y sólo atinó a tratar de golpearlo en el rostro, pero la falta de aire que rápidamente iba menguando sólo daba para que ella intentara apartarlo de encima.
No era la predicción de que podía morir ahorcada o el exacerbado ataque de violencia contra ella lo que más la asustó, sino la mirada de furia e indiferencia con la cual Naraku la miraba mientras ella se quedaba sin aire. Nunca había llegado a tal grado de violencia con ella. Aun trataba de defenderse como podía y ya había puesto sus manos sobre el rostro de Naraku. Alcanzó a picarle un ojo, haciendo que Naraku perdiera la concentración y ablandara la fuerza ante el repentino dolor en su ojo. Kagura aprovechó ese momento para soltarse, y habría salido corriendo de no ser porque quedó tirada ahí mismo, tosiendo sin control al tiempo que trataba de recuperar el aliento y sentía como la presión de su rostro disminuía.
—¡¿Qué te pasa, idiota?! ¡¿Te has vuelto loco?!— exclamó Kagura con una mano alrededor de su cuello lastimado. Naraku aun se frotaba el ojo con una mueca de ira en el rostro, mirándola fijamente, pero parecía no tener intenciones de atacarla de nuevo.
Kagura no quiso tentar más su suerte. Apenas se sintió con fuerzas y el estremecimiento de su cuerpo se disipó un poco, salió corriendo a su habitación y se encerró ahí, poniendo llave a la puerta.
Naraku ni se inmutó. Con uno de sus ojos entrecerrados miró detrás de él y encontró la Perla de Shikon a un par de metros de él, arrojada en algún momento de la pelea. Naraku se levantó y la tomó entre sus manos, y la miró como si eso fuera lo único con sentido en su vida, ni siquiera parecía percatarse de que ese mismo día había visto morir a su hermano y de que había estado por matar a su hermana.
En sus manos, de pronto vio la Perla de Shikon desprender un intenso brillo oscuro, y se sintió más invulnerable que nunca, como si el simple hecho de tenerla en su mano lo inyectara de una fuerza y un poder que jamás había sentido.
Aun temblando, Kagura buscó su celular en la bolsa del pantalón y sin pensarlo marcó al móvil de su hermano menor. No se llevaba muy bien con Byakuya, pero no estaba tan demente como Naraku. Nadie contestó, en lugar de eso, sólo escuchó a través de la bocina el chirrido de un gato, tan fuertemente que se vio obligada a cortar la llamada. Cuando dio por terminada la llamada que nadie contestó, el chillido seguía ahí. Kagura sintió una oleada de miedo e instintivamente dirigió la vista al lugar de donde salía aquel ruido, y vio a un gato negro afuera de la ventana, con el cuerpo pegado al cristal y la boca abierta, chillando como si lo estuviesen matando.
Ush, qué coraje. Yo quería subir este capítulo ayer, por motivo del supuesto fin del mundo, pero se me jodiò la luz en mi casa y en fin. Pero aquí estoy.
En fin, pues ya empezamos con las muertes, y la de Byakuya me pareció la más adecuada para comenzar. ¿Por qué? Creo que fue el más inocente de todos, por lo tanto, también el más vulnerable, además fue el de la idea de entrar a la casa. Digamos que se lo buscó. Según yo, encuentro cierta analogía. Su ilusión de pensar que lo de la casa era puro cuento se lo terminó jodiendo a él mismo, y es irónico, porque en la serie él era el maestro de las ilusiones. Se podría decir que se metió tanto en su ilusoria vida y en la ilusión de que nada pasaba y tomarse todo a la ligera, que no alcanzó a notar cuando las cosas eran reales hasta que fue demasiado tarde.
También la escena de su muerte fue un guiño a la serie. Por ejemplo, en la serie, Byakuya es tragado por el Meidou Zangetsuha y desaparece; en este caso, Byakuya es arrastrado al otro lado del espejo, se podría decir que el espejo hace las veces del Meidou. También mezclé varios elementos de muertes que salen en la película para matar a Byakuya. Como lo del espejo (en la segunda película, una de las chicas que entra a la casa, posteriormente es tragada dentro de un espejo por Kayako) y lo de la escena del cuarto de revelado, es también de una escena de la película, donde Kayako mata a un fotógrafo que también entró a la casa, y de ahí hice la mezcla. Y no sé, la profesión de fotógrafo creo que también le quedaría a Byakuya.
Y bueno, sé que podrían quedar más dudas, por ejemplo el por qué Naraku está como si nada aun cuando vio a Kayako frente a él o a su hermano morir, pero esas cosas se explicarán más adelante.
Y en fin, yo creo que hasta aquí llego con las notas. Espero hayan disfrutado del capítulo. Siento que la escena de Byakuya no me quedó tan intensa como quería, pero hice mi mejor esfuerzo u_u y muchas gracias a quienes me han dejado review y se toman el tiempo de leer.
Me despido
Agatha Romaniev
