Bueno, este capítulo es más corto y aburrido porque es introductorio


La joven Alvedonnia siempre supo que fue torpe para muchas materias; estuvo a punto de reprobar historia por el simple hecho de que pensaba en cualquier cosa, menos lo que debía pensar. Pero ahora la materia que terminó reprobando fue matemáticas, una muy natural para cualquier alumno, salvo en esa prestigiosa secundaria, donde muchos papás ricos lograban hacer aprobar a sus hijos de cualquier forma o los hacían estudiar en casa con un tutor privado que podían pagar. Sus padres si poseían el dinero para pagar algún tutor, pero no quería ser una carga, ya le pagaban la escuela que era costosa de por si y ellos eran de clase media. Por eso, no se sorprendió cuando vio que era la única en la sala de reprobados, el tutor que daba las clases particulares de casi todas las materias en la escuela lo hacía gratis, oportuno para ella.

"Debe ser un profesor realmente malo, si nadie va a sus clases particulares" pensó reticente. No conocía al nuevo profesor, solamente sabía que había llegado ese año y enseñaba desde cuarto hasta sexto año de secundaria en asignaturas súper complejas para cualquier ser humano común, y, también, que tenía seis dedos. En esos momentos estaba a mitad de tercer año, hace poco cumplió quince y se dirigía hasta el aula 2b. Abrió la puerta y lo encontró parado revisando algunos papeles. Carraspeó para llamar su atención.

-Oh, hola, no esperaba alumnos aquí ¿Vienes por las clases particulares de matemáticas? -ella asintió como él indicaba un pupitre cerca de su escritorio-. Toma asiento.

Hizo caso del pedido y el hombre sacó otros papeles del cajón de su escritorio.

-Dime ¿De que año eres y cómo te llamas?

-Soy de tercero "B"y me apellido Alvedonnia.

-Alvedonnia, lindo apellido ¿Eres europea o algo así?- desvió su vista de los papeles y se dirigió a ella, que se sonrojó levemente por el halago y la mirada directa.

-Si, bueno, no en realidad. Mis abuelos lo eran.

-Bien Alvedonnia ¿Cómo te llamas?- calló avergonzada y su cara hizo una expresión de disgusto. Detestaba decir su nombre, esperaba que esté profesor le bastara su apellido y listo, pero no.

-Mi nombre es muy feo, largo, anticuado y súper difícil de pronunciar. Llámeme Winibel, todos los hacen- el hombre hizo un gesto de sorpresa confundido, pero luego sonrió como si fuera lo más natural del mundo.

-¿Winibel? ¿Huh? Bueno, si insistes. Me llamo Stanford Pines, es un gusto.

Estiró su mano a ella y la chica la estrechó. Stanford se percató que ella atisbó su sexto dedo, pero se quedó callada por el asunto, eso lo confortó de alguna forma.

Winibel notó de repente que los rumores eran cierto, el nuevo profesor si tenía un sexto dedo, pero no dijo nada de aquello. Algo que le había enseñado su madre era "si no tienes nada bonito que decir, mejor no digas nada" y en ese momento, no se le ocurría nada que decir, así que únicamente correspondió la sonrisa del profesor.

-Es un gusto también.

Las clases eran mejor de lo que ella esperaba, los jueves, después de clase se quedaba en las clases particulares. El señor Pines enseñaba realmente bien y tenía mucha paciencia a la hora de enseñar y era un milagro que tuviera paciencia con alguien tan despistada.

-¿Entendiste ahora la ecuación?- preguntó señalando al pizarrón, pero ella veía la ventana.

-¿Qué? Perdón profesor, algo afuera llamó mi atención ¿Qué decía?

Ford suspiró y masajeó su sien. Debía, una vez más, explicar todo. Una vez, mientras leía el listado de alumnos del aula tercero "b", distinguió su nombre. No le parecía feo, si era largo y anticuado, pero no feo, aunque muy raro para esa época, pero a él le gustaban las rarezas.

-Winibel, estuve leyendo la lista de tu clase -le decía una vez que ambos salían del instituto-. Y, para ser sincero, tu nombre...

-No hace falta que trate de pronunciarlo. Nadie de esta escuela lo logra hacer, ni el director- ella rio cabizbaja-. Seguro se preguntará que pensaron mis padres por ponerme un nombre así.

-Bueno, tenía la curiosidad por saberlo. Te llamas como la reina de Camelot, ¿Fue por eso?

-No, mi abuela paterna se llamaba así. Ella era británica, así que supongo que a ella la llamaron por el cuento. Que tonta tradición ¿No?

-No lo creo, siendo sincero -ella levantó una ceja un poco impresionada. Tal vez él solamente estaba siendo amable.

-¿Ah, no? ¿En serio?

-No y me parece un buen nombre, de alguien fuerte y solidario. Guinevere es un muy bonito nombre.

La susodicha se detuvo en la caminata y contempló por un rato al maestro que se alejaba de a poco. Sintió el tiempo detenerse, a su corazón latir, sus pupilas dilatarse, la boca secar y los músculos entumecidos.

-¿Te sientes bien?- le preguntó Ford al ver que no avanzaba.

Se sentía impresionada, nadie más que sus padres lograban decir correctamente su nombre, ni siquiera su hermano menor podía ¿Acaso ese hombre tenía una maestría en la pronunciación de nombres anglosajones antiguos? Reaccionó a los pocos segundos a la pregunta y bajó su cabeza apenada.

-Si... -susurró y siguió caminando, un poco más apartada de su lado.

Ford creyó que tal vez no había dicho algo correcto, por lo que cambió de tema.

-Y... ¿Tu otro nombre, Isabel, es por la reina de Inglaterra? -la risa que salió de Winibel fue suave y débil, como si quisiera forzarla.

-No, es por mi madre.

-Entiendo eso. Mi segundo nombre también es el de mi padre.

Los dos rieron animadamente, pero para Stanford, su alumna parecía incómoda, como si algo fallara en el sitio o cómo si deseara llegar lo más rápido a la salida.

-Bueno, hasta el jueves próximo- saludó el hombre y se adelantó en la caminata a ella.

La joven Alvedonnia se quedó estática en su sitio por muchos segundos, teniendo en su mente una y otra vez la adorable voz del profesor pronunciando su apelativo personal. "Guinevere... Guinevere..." ¿Qué le estaba pasando?

Luego de varios minutos caminado hasta su casa, se dio cuenta de todo; de lo mucho que le parecía especial el señor Pines, de como su corazón latía con más fuerza cuando pensaba en él. Pero más que nada, entendió que ya no lo vería con los mismos ojos nunca más.