Capítulo 3. El día que miró sus ojos.


Iba tarde a clases.

Iba muy tarde a clases.

Sus zapatos patinaron por el suelo pulido de la escuela casi haciéndola resbalar al doblar al final del pasillo. Llegó a tiempo para ver cómo la puerta de su clase era cerrada y el segundo timbre resonaba por todo el edificio, tirando su carrera a la basura. Kagome cerró los ojos y se tragó un lloriqueo, apoyando las manos de sus rodillas para recuperar el aliento.

El profesor de Estudios Sociales no toleraba la impuntualidad. Kagome había tenido un fuerte episodio de insomnio la noche anterior tras unas perturbadoras pesadillas y, con el clima tan gris como estaba, terminó durmiendo más de la cuenta por la mañana. Avanzó los pocos pasos que la separaban de la puerta y respiró profundo para calmar toda la agitación de la carrera antes de golpear tres veces con los nudillos. La puerta se abrió a los pocos segundos y la cara con la que el profesor la recibió le dijo que no estaba nada contento con su retraso.

Se ajustó los lentes y cruzó los brazos antes de preguntar:

—¿Te puedo ayudar en algo, Higurashi?

—¿P-podría pasar?

El profesor se giró para revisar el reloj sobre el pizarrón antes de voltear a verla una vez más.

—Doce minutos de retraso.

—Tuve un inconveniente en casa —mintió, clavando la vista en el suelo. Dormir de más podía ser considerado un inconveniente...

El profesor suspiró y pareció debatirse entre querer dejarla fuera o aceptar la primera falta que cometía desde que inició el curso. Kagome cruzó los dedos porque fuera lo segundo. Finalmente él se hizo a un lado y abrió por completo la puerta para dejarla pasar.

—Que sea la última vez —advirtió.

Ella agradeció y se movió enseguida con el rostro calentándose por la vergüenza de entrar retardada. Por alguna razón, todos siempre se te quedan viendo cuando llegas tarde a clases como si hubieses cometido un crimen o algo parecido. Solo alzó los ojos lo suficiente para escanear el lugar y poder encontrar un puesto desocupado donde correr a sentarse.

Su vista recayó en el único asiento que quedaba vacío y todo su cuerpo hormigueó en respuesta.

Inuyasha barrió con los dedos los mechones de cabello negro fuera de su cara y apoyó los codos de la mesa, sosteniendo su mentón en una mano con semblante aburrido. Su altura, hombros anchos y figura atlética le daban un aspecto intimidante, aunque llevara una postura desgarbada la mayor parte del tiempo.

—¿Va a sentarse? —apuró el profesor con tono impaciente—. Hay un asiento vacío al lado de Taisho. Muévase.

Kagome deglutió saliva en lo que los ojos amarillos de Inuyasha se posaron sobre ella y la estudió sin mucho interés por un par de segundos antes de apartar la mirada. Ella, con pasos robóticos, consiguió avanzar entre el corredor que creaban las mesas hasta llegar a su lado y desplomarse en el asiento.

Pudo jurar que Inuyasha rodó ligeramente su silla solo para alejarse de ella.

Kagome supo que iba a ser la hora más larga de su vida.

El profesor impartió la cátedra los primeros treinta minutos de clase y les repartió un cuestionario con veinte preguntas para contestar junto con su compañero de asiento en los restantes treinta. Kagome no estaba muy segura de si su compañero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que requiriese interactuar con ella. La primera mitad de la clase solo la miró de reojo y luego... luego nada, solo mantuvo la vista al frente y cada vez que ella se movía él se tensaba. Ni una sola vez le dirigió la mirada, y se aseguraba de que sus brazos no se rozaran por estar compartiendo mesa.

Ella no era mucho de socializar pero él solo… parecía odiarla. Ni siquiera se conocían. Estaba segura de que era la primera vez desde que había entrado a la escuela que estaban tan cerca uno del otro. No tenía sentido. No es que tuviera alguna enfermedad contagiosa ni nada para que la tratara así.

—Pueden venir por estos libros —el profesor señaló una pila en su escritorio— en caso de que necesiten refrescar la memoria. Todo lo que he hablado se encuentra en el capítulo cinco.

Varios estudiantes se levantaron mientras otros rápidamente se pusieron a trabajar.

—¿Q-quieres empezar? —Se sintió tonta por como su voz tembló al hablar. Ahora él debía estar pensando que la ponía nerviosa; lo cual era verdad, pero él no tenía que saberlo. Inuyasha apenas le asintió—. ¿Escribo yo?

—Como quieras…

Kagome retorció los dedos furiosamente sobre su falda antes de respirar profundo y agacharse para sacar su lapicero del bolso. Era solo una clase, no iba a dejar que la afectara.

Inuyasha se levantó y tomó uno de los libros para volver a sentarse junto a ella, hojeando las páginas en silencio.

—¿Cuál es la primera pregunta? —finalmente él le habló.

Ella se atrevió a levantar el rostro y se encontró con los ojos ambar de él mirándola directamente. El color del iris era el más impresionante que había visto en su vida, de un miel tan claro que se difuminaba en tonos amarillos alrededor de la pupila. Le robó el aliento por un segundo lo bonitos que eran. Su cabello y cejas eran de un negro imposiblemente oscuro —incluso más oscuro que el de ellacontrastando fuertemente con la claridad de sus ojos.

Todo él era una combinación inusual, incierta, pero perfecta de igual manera.

Seguía habiendo algo bastante hostil en la forma en que la miraba, sin embargo...

Por un momento olvidó que él le había hecho una pregunta. Acercó el cuestionario para que él pudiera leer las preguntas con ella y se pusieron a trabajar.

Kagome tomaba apuntes mientras Inuyasha dictaba pausadamente cada respuesta, siendo bastante paciente con lo lento que los nervios estaban provocando que ella escribiera. Estaba demasiado consciente de que él estaba inconforme con su presencia y eso la hacía sentir más ansiosa de lo que ya era.

Su voz era grave, ronca y melodiosa al mismo tiempo. Kagome pensó que de cierto modo encajaba con él, si eso era siquiera posible.

Terminaron dos minutos antes de que la clase terminara. En el tiempo que a Kagome le tomó levantarse y entregar el cuestionario al profesor, Inuyasha ya se había ido.


—¿No te maquillas?

Kagome miró a Sango preguntarle a través del reflejo en el espejo. Su amiga mantenía los labios entreabiertos para no perder el pulso mientras se aplicaba máscara de pestañas.

¿De verdad hacer esa cara ayudaba en algo?

—No realmente.

Nunca había tenido razones para querer maquillarse. Las mujeres lo hacían por diversión, o para verse más coquetas. A ella no le divertía embadurnarse el rostro, y jamás se había considerado coqueta.

—Lastima —dijo Ayame, sentada sobre el lavabo del baño de damas—. El azul de tus ojos resaltaría mucho más con algo de sombra, y tu piel se vería con más vida si le pones color a esas mejillas.

Sango estuvo de acuerdo.

—¿Qué tal tu cabello?

La azabache instantáneamente se llevó las manos a su cola de caballo.

—¿Qué hay con mi cabello?

—Siempre está recogido —se quejó Sango y, de un movimiento, le retiró la liga del pelo.

Las hebras negras cayeron como cascadas hasta la mitad de su espalda y, cuando trató de contenerlo en su lugar, su amiga se lo impidió apartándole las manos. Sango pasó los dedos por la espesura de su cabello negro para desenredarlo y lo sacudió un poco, acomodándolo sobre sus hombros.

La morena le dedicó una amplia sonrisa al reflejo de Kagome en el espejo.

—Mucho mejor.


—Diez mil yenes.

Miroku elevó las cejas y volteó a ver a Kōga, quien meditaba la oferta. Ya tenía el presentimiento de que su billetera sufriría las consecuencias si terminaba aceptando esa apuesta. Se rascó la nuca y suspiró cansado. Él solo había propuesto un juego amistoso de baloncesto y sus amigos siempre terminaban involucrando dinero en cada cosa que hacían.

—No lo sé...

—Quince mil y les damos un tiro de ventaja —subió la apuesta Inuyasha.

—Les falta un jugador, de todas maneras. Hakkaku y yo jugaremos para el equipo de Kōga.

Inuyasha se cruzó de brazos y lo consideró por un momento. Realmente necesitaba el dinero.

—Dieciocho mil. Un tiro de ventaja y jugaremos con el equipo incompleto.

Miroku se acercó a él y masculló por lo bajo:

—No tenemos esa cantidad.

Realmente parecía que su amigo había olvidado ese pequeño detalle.

—¿Y bien? —insistió Inuyasha, ignorándolo.

Miroku se llevó las manos a la cabeza.

—Veinte mil y te dejo elegir a otra persona para completar el equipo —aceptó Kōga—. No necesito tener ventajas para patearte el culo.

Inuyasha estuvo por añadir algo, hasta que sus ojos captaron al grupo que recién entraba al gimnasio y toda su atención se vio desviada. Su mirada se enfocó específicamente en la chica tímida de su clase que subía las gradas con una sonrisa ligera en los labios. Sango y Ayame mantenían una conversación mientras la chica las seguía en silencio, pretendiendo que escuchaba lo que decían cuando en realidad lo que hacía era asentir de vez en cuando. Llevaba el cabello suelto, cayéndole largo y lacio hasta la mitad de la espalda. Si la miraba por mucho tiempo, podía jurar que lucía idéntica a alguien más… y eso lo molestaba.

No entendía la razón por la que, de la nada, ella había empezado a rondar su círculo social. Sabía que Kōga ahora estaba tras ella, pero la chica terminó haciéndose amiga de todos y ahora estaba ahí cada vez que él giraba el rostro. Lo ponía de los nervios.

¿Por qué no pudo quedarse lejos?

¿Cuál era el punto de hacer amigos en último año?

—¿Inuyasha? —la voz de Miroku llamó su atención de vuelta.

Quitó la vista de inmediato, pero Miroku ya había seguido su línea visual hasta el tope de las gradas. Encontró que las chicas habían venido a ver el juego como solían hacerlo… y que Kagome estaba con ellas.

—Tú —el ambarino señaló de mal humor al primer chico que vio en la banca. El muchacho flacucho se puso de pie como un resorte—, jugarás con nosotros así que muévete. —Avanzó hasta él y le sacó el aire al impactar la pelota contra su estómago—. Y más te vale no hacernos perder.


Miroku revisó su billetera por cuarta vez, con la esperanza de que si seguía viéndola el dinero reaparecería milagrosamente. Estaba tan vacía que casi podía ver moscas revoloteando fuera de ella.

—Sabía que perderíamos —se lamentó una vez más—. Ahora somos jodidamente pobres.

Inuyasha puso los ojos en blanco y dobló al final del corredor.

—Te dije que te pagaría.

—Siempre dices eso —siguió quejándose—. Hoy tenía una cita con una pollita.

—¿Pollita?

—Si. —Le dio un empujón mientras lo pasaba por el pasillo—. Una muy hermosa pollita a la que ahora tendré que cancelarle gracias a tu avaricia.

—Bien, le estoy haciendo un favor a la pollita al evitar que salga con alguien como tú.

Miroku se llevó una mano al pecho en gesto dramático.

—Tus palabras lastiman, ¿sabes?

Inuyasha ya tenía un mal comentario en la punta de la lengua cuando el repentino sonar de una melodía interrumpió sus pensamientos. Se detuvo a mitad del corredor, frente a la puerta del salón de música, el lugar de donde provenía el sonido. Sus pies avanzaron por si solos hasta la pequeña ventanilla que le permitía ver dentro del aula.

Ella estaba allí, sentada dándole la espalda frente al piano. Sus dedos se movían hábilmente sobre las teclas aunque no estuviera siguiendo ninguna partitura. La música que tocaba era suave, pero bastante lenta y melancólica. Algo extraño se apretó en su pecho al escucharla tocar algo tan… triste. No sonaba como nada que hubiera escuchado antes.

Sonaba como si estuviera describiendo sus sentimientos en esa melodía.

—Tiene talento, ¿no crees? —Se sobresaltó al escuchar la voz de Miroku demasiado cerca. El ojos azules se asomó a su lado por la misma ventanilla y sonrió—. Parece llevarse bien con las chicas ahora.

Inuyasha le dio un último vistazo antes de alejarse de la puerta y retomar el camino a la salida.

—Bien por ella.

—No son la misma persona —dijo, e Inuyasha ralentizó el paso tras ese comentario—. No deberías juzgarla solo por el parecido físico.

—No lo hago —corrigió enseguida—, que no me agrade no tiene nada que ver con cómo luce.

Y con eso salió de la escuela.

Miroku suspiró.

Su amigo era la persona más difícil que conocía.


Lo que probablemente lo despertó en la tarde fue el constante sonido de nudillos contra la puerta.

Tenía un dolor de cabeza terrible. Sus sienes palpitaban por la falta de descanso y le ardían los ojos, lo que le dejaba saber que solo había estado durmiendo un par de horas a lo sumo. Sin abrir los párpados se acomodó más en el duro colchón y atrajo una almohada para hundir el rostro en ella, a ver si con eso lograba amortiguar el irritante toquido. El constante tock tock de la puerta no se detenía, si algo hacía era incrementar en fuerza.

Maldijo, lanzando lejos la almohada.

Iba a arrancarle la cabeza a la persona que estaba, prácticamente, pateando su puerta.

—¡Ya voy! —gruñó y se levantó de mala gana.

Recogió la primera playera que encontró en el suelo y arrastró perezosamente los pies por la alfombra, consiguiendo colocarse la camisa justo en lo que abría la puerta principal. Kōga lo esperaba del otro lado y, en efecto, había estado pateando la madera.

—¿Qué mierda quieres?

El moreno entró a su departamento sin invitación, como siempre.

—No has ido al instituto, bestia.

Inuyasha no se molestó en cerrar la puerta a sus espaldas mientras volvía a caminar hasta la cama y se desplomaba sobre el colchón. Agarró el paquete de cigarrillos que estaba sobre la encimera de la cocina en el proceso. Sacó uno y se lo llevó a los labios, batallando un poco con el encendedor hasta lograr que funcionara.

—¿Y qué? ¿Me extrañabas?

—¿Has estado muriendo o algo? —dijo Kōga, escaneando brevemente la condición del departamento.

Había más botes vacíos de ramen que en el supermercado.

—Trabajando —respondió Inuyasha en lo que exhalaba el humo fuera de sus pulmones—. Básicamente lo mismo.

Kōga arrastró un taburete de la cocina para tomar asiento.

—Perfecto, porque tengo la solución a tus problemas. —Inuyasha lo miró de reojo, ahora un poco más interesado en sus palabras—. Necesito que me cubras por unos días.

—¿Cubrirte? —bufó con sorna—. ¿Desde cuándo trabajas?

—Necesitaba el dinero, imbécil. Es en un templo shinto a las afueras de la ciudad. Tengo cosas que hacer la próxima semana, y necesito un reemplazo.

Inuyasha se levantó y abrió la ventana para dejar el humo escapar de la habitación.

—No voy a trabajar de sirviente en un templo. Me prenderé en fuego tan pronto poner un pie allí.

—Como quieras, pero la paga es buena y me debes dinero. —Su amigo se levantó y sacó de su bolsillo un pedazo de papel para dejarlo sobre la encimera—. Piénsalo. Si no lo quieres conseguiré a alguien más.

—No lo quiero —habló alto para que su amigo lo escuchara ahora que caminaba hacia la salida.

—¡Piénsalo! —reiteró el moreno antes de cerrar la puerta.

El ambarino apagó el cigarrillo contra el alfeizar y se movió hasta la cocina para tomar el papel arrugado de la barra. Estaba la dirección, el horario de trabajo y la paga realmente era buena.

—Templo Shinto Higurashi.


Rose. Tres capítulos en una semana — estoy inspirada. Millones de gracias por dejarme sus comentarios, no se imaginan lo feliz que me hace que les esté gustando la historia.

Pronto el misterio que envuelve a nuestros amados personajes se irá resolviendo.