Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía, basada en un hecho de la vida real, está protegida en Save creative, y editada por Ale-javi.
"El miedo y la culpa son nuestros peores enemigos"
Capítulo 2: Te gusta
Forks, primer día de clases tres años antes.
- Tranquila Bells, qué malo puede pasar en este aburrido pueblo – susurró Jake.
- ¿Sabes que seremos el centro de atención por meses? – Él asintió – eso de por sí ya es malo – rió – claro ríete no más flacucho – le pico haciendo alusión a lo alto y flaco que lo estaba dejando el desarrollo.
-Ya verás en un par de años, cuando me llene de músculos y tú sigas igual de sosa - rieron ambos.
Charlie Swan y Billy Black eran socios y amigos de toda la vida. Eran dueños de la empresa turística más prestigiosa del estado de Washington. Sus hijos, Bella y Jake, se habían criado prácticamente juntos y ella lo consideraba prácticamente su hermano.
Ambas familias necesitaban un poco de tranquilidad luego de la muerte de Rachel, la madre de Jake, y decidieron mudarse a Forks y de paso dar un paso más en sus negocios, invirtiendo en el turismo aventura de ese pequeño pueblo.
Los chicos estaban felices, nunca les había gustado el instituto para pijos al que asistían en Seattle, y vieron en el pintoresco pueblo de Forks la oportunidad de ser ellos mismos por fin.
Llegaron al lugar y al bajar del coche sintió las miradas de muchas personas sobre ella. Jake se puso a su lado en seguida, pasó un brazo por sus hombros y juntos ingresaron al lugar, bajo la atenta mirada de alumnos y profesores.
Se acercaron a la oficina que asignaba los horarios de clases y después se separaron para entrar en sus respectivas aulas. Bella respiró profundo y entró al lugar mirando al piso sonrojada.
Presente
En una fría camilla del box dos de la sala de urgencias del hospital de Forks, Bella estaba sentada con las piernas colgando, mirando a la nada y con la mano izquierda alzada, mientras el doctor Eleazar Denali, limpiaba la herida para empezar a coser.
Edward la observaba desde la puerta, preguntándose qué escondían esos pozos chocolates para verse tan tristes, vacíos y aterrados. Era extraño sentirse así con una desconocida, pero en cuanto la vio, con la mirada perdida, en la sala de biología, sintió la necesidad de cuidarla y protegerla, aunque no supiera de qué.
La vida para él, ese último tiempo, no había sido fácil, pero encontrarse con Bella, le había hecho olvidar por primera vez desde que todo pasó, el motivo por el que estaba en ese pueblo.
La observó una vez más, su cabello caía en hermosos bucles castaño oscuro, su piel era pálida, casi albina, incluso más que él. Ya le causaba gracia la forma en que se mordía el labio inferior de manera compulsiva y había observado que cualquier cosa provocaba en ella un hermoso sonrojo. Se notaba que tras esas ropas anchas, se escondía una pequeña cintura, la cual había tenido el placer de rodear cuando la guió a la sala de urgencias.
- Esto era totalmente innecesario – se quejó Bella a su lado mientras observaba las vendas en su mano.
- ¿Qué clase de caballero sería, si estando herida te hubiese dejado ir sola? – Sonrió de lado y ella pareció quedarse pegada en algún pensamiento – Te invito a cenar – ella seguía sin responder - ¿Bella? – ella sacudió la cabeza y se mordió el labio al mismo tiempo que un tierno sonrojo amenazaba de nuevo.
- Eh… no puedo, tengo tarea – Balbuceó.
-¿Tarea? – intentó encontrarse con su mirada, pero ella lo esquivó – Lo más próximo que tenemos en lo de literatura y es para dos semanas – ella no dijo nada – Vale, lo capto. Sigo sin agradarte…-
-¡No! – Chilló – no es eso, es sólo que hoy no puedo – pestañeó un par de veces – además debo volver al instituto por mi camioneta…-
-En la noche, mi prima y yo iremos a dejarla a tu casa, ahora te llevo yo – tomó su mano sana y se encaminó tirando de ella hasta los estacionamientos del hospital.
De camino a casa, luego de preguntarle su dirección, Edward se mordió la lengua para no abrumarla con tantas cosas que su mente quería que él dijese. Era un mal de familia, tanto él como su hermana tenían problemas para controlar lo que salía por sus bocas y muchas veces la gente se alejaba de ellos porque era imposible seguirles el ritmo.
Hacía meses que no hablaba tanto, pero en Bella encontró a alguien que lo escuchaba sin interrumpirle, de hecho casi sin responderle y lo menos que quería era que ella se molestara y no quisiera ser su amiga, pues era la única persona en el lugar que pareció valer la pena.
Al llegar a la residencia de Bella, Edward abrió los ojos asombrados. La casa eran tres enormes pisos de un blanco majestuoso y grandes ventanales. El jardín era enorme y bajo un gran árbol había un columpio. El jardín se unía con el de la casa vecina, sin rejas ni nada que las separara, pero a diferencia de la casa de Bella, la otra casa parecía abandonada.
- Por qué si vives aquí – apunto el lugar – Te movilizas en un cacharro que te puede dejar botada en cualquier momento – ella bajó la mirada.
- Esa camioneta es especial para mí – dijo como perdida en otra época y una pequeña sonrisa se apoderó de sus labios.
-Ya veo – Decir algo más hubiese sido impertinente, por lo que lo dejó pasar y lo guardó en su mente para otro momento.
- Gracias – dijo cuando terminó el jardín e inevitablemente la puerta de su casa les dio la bienvenida.
- Cuando quieras Bella. Vuelvo a decirlo, lamento si hice algo que te molestó, pero de verdad me agradas y me gustaría que fuésemos amigos. No me importa si de repente quieres aislarte y estar sola, yo te puedo dar espacio, pero no me niegues la posibilidad de conocerte por favor…-
-Dejarás de hablar si te digo que sí – Él sonrió y asintió con la cabeza mientras con su mano derecha cerraba su boca con un cierre imaginario – entonces intentaré ser tu amiga, pero desde ya te digo que no te conviene – ¿Por qué ella insistía en repetirle aquello? – además no siempre te hablaré y mientras yo no lo haga tú tampoco me puedes dirigir la palabra, es eso o nada – lo último lo dijo sin voz, como temiendo la respuesta de él.
- Haré lo posible, pero aún no entiendo tu comportamiento, algún día, como amigos que somos, me tendrás que decir qué ocurre – ella no dijo nada.
-Hasta mañana Edward – ella se dio la vuelta, pero él la tomo del brazo.
-Hasta mañana Bella – dio un sonoro beso en su mejilla y susurró cerca de su piel – necesito las llaves de tu camioneta – ella espabiló, se apresuró a sacarlas del bolsillo de su cazadora y como en trance se las dio. Luego, él se marchó rápido a hacia su coche.
Ya de camino a su casa, Edward aún sonreía como bobo. No le encontraba sentido a que su estomago picara por dentro y que su corazón martillara de manera descontrolada en su pecho. Aún sin entender sus sentimientos, se sentía feliz y tenía la certeza que esa muchacha, que conocía de sólo unas horas, era la culpable de todo aquello.
Dejó su coche en el garaje y por primera vez entró a esa casa sin sentirse fuera de lugar. La casa estaba a las afueras de la ciudad. Era de dos pisos y medio y parecía sacada de un cuento. Entró por la puerta de servicio y Carmen, su tía, posó sus ojos grises en él.
-Buenas tardes, tía – se acercó a ella y besó su mejilla.
-Se te ve feliz – respondió ella – qué tal el primer día – preguntó.
-Bien, han sido muy acogedores – se quedó pensativo - Aunque son un poco curiosos y chismosos – rió y ella le acompañó.
-Ya sabes lo que dicen, pueblo chico infierno grande – rió más fuerte.
-Y Tanya – preguntó.
-Aún no regresa. Fue a Seattle a solucionar algo de la universidad – él simplemente asintió y se encaminó a la sala.
Subió las escaleras que llevaban a su habitación y una vez dentro se dejó caer sobre la cama, y mirando el techo, su cabeza volvió a toparse con aquellos misteriosos y tristes ojos chocolates, preguntándose una vez más, qué cosas malas le habrán pasado a Bella para que siendo tan joven arrastrara un miedo y una tristeza tan palpable.
Al parecer la chica tenía todo lo que una adolescente quisiera. Era cosa de ver la casa en que vivía y el coche estacionado a la entrada. También notó, que a pesar de ser horrendas, sus ropas eran de buena calidad.
Tomó el mando de su estéreo y puso algo de música clásica para relajarse. Hacía mucho tiempo que su mente no trabaja tanto, es más incluso podía escuchar los engranajes de la misma intentando recuperar el tiempo perdido.
Sintió unos golpecitos en su puerta y después de que él vocalizara un "adelante", se asomó una cabellera rubio ceniza y en abrir y cerrar de ojos su prima estaba en la habitación
-Escuchas música de nuevo – sonrió y se lanzó sobre él en la cama mientras desordenaba aún más su cabello.
-Cuándo entenderás que no soy de fierro – frunció el seño y ella rió más fuerte.
-Mamá dice que me buscabas – se sentó en la cama en posición de yoga.
Edward le explicó lo que había pasado con Bella ese día y ella, a medida que avanzaba el relato, agrandaba más su sonrisa y abría sus ojos azules al máximo.
-Te gusta – Edward bajó la mirada y se sonrojó – ¡sí! Te gusta, te gusta, te gusta…-
-¡Tanya! – reprendió.
-Bueno, no diré nada – hizo una pausa - pero de que te gusta, te gusta – la miró cabreado. Suspiró resignada – Papá dice que bajes, quiere hablar contigo – Edward asintió extrañado y se levantó – luego vamos a casa de los Swan a dejar la camioneta – Agregó con una sonrisa pícara. Él volvió a asentir y abrió la puerta.
Edward bajó rápidamente las escaleras y se encaminó al despacho de su tío. Estaba ansioso por volver a ver a Bella otra vez y esperaba que su tío fuera breve en lo que tenía que decirle, para ir a devolverle la camioneta a esa princesa en apuros.
La puerta estaba entreabierta y Edward pidió permiso y entró. Eleazar tenía sus ojos pegados en un conjunto de papeles que sostenía entre ambas manos y negaba con la cabeza, notoriamente cabreado.
-Siéntate Edward, no quitaré más de dos minutos – el chico lo miró asustado.
-¿Ocurre algo malo? – preguntó cauteloso.
- Sólo problemas en el hospital que me ponen de mal humor – Edward se relajó – quiero hablarte de tu amiga…-
- ¿Amiga? – Alzó las cejas.
- La chica que llevaste al hospital hace un rato – cayó en cuenta.
- Bella – sonrió – pasa algo malo con ella – le miró preocupado de repente.
- No sé si sabes, pero es quinta vez que la atiendo este año – Edward negó agitando su cabeza – La última vez, en mayo pasado, llegó inconsciente y según el profesor que la trajo se había caído en la ducha después de gimnasia, pero los síntomas dejaban ver algún tipo de agresión – Edward inconscientemente tenía ya las manos convertidas en puños – Cuando despertó ella ratificó la versión que nos habían dado y me pidió no darle más vueltas al asunto.
- Y qué hiciste – cuestionó un consternado Edward.
- No se puede hacer nada, si ella no está dispuesta a decir quién le está haciendo eso, nadie puede hacer nada. Se lo dije a ella, pero me dijo que no me metiera donde no me corresponde… La cuestión es que la herida de hoy tampoco era una herida accidental, estaba demasiado limpia y profunda para que hubiese sido un descuido y me preocupa que esa chica esté siendo agredida por alguien…-
- Pero cómo ella va a permitir algo así. Y sus padres, ¿qué pasa con ellos? – preguntó.
-Ellos trabajan mucho, Bella vive prácticamente con los sirvientes – Edward tragó el nudo que se formaba en su garganta, ahora entendía la pena que llevaba a cuestas la muchacha y sintió aún más ganas de cuidarla y protegerla – Intenta hacer algo por ella. Por lo que veo te simpatizó y sería bueno que ella confiara en alguien para saber qué está ocurriendo en el instituto de Forks – se quedó pensativo.
Edward salió del despacho con unas enormes ganas de llorar.- ¿A qué nivel la estarán maltratando para que ella dejara que lo hiciesen sin intentar denunciarlo? – se preguntó y no quiso ni pensar en la respuesta. No le cabía en la cabeza que alguien hiciera daño a un ángel como ella.
Bella estaba muy equivocada si pensaba que él se alejaría de ella. Desde ese momento se convertiría en su sombra, hasta que ella confesara quién era la persona que le estaba haciendo daño.
Con ese pensamiento subió las escaleras para buscar a Tanya.
