N/A:

Autora: White Aconite (Kyomi).

Beta: Black Requiem (Anna).

Género: Sobrenatural, misterio, acción, humor, drama, AU, dark fic, shonen ai.

Rating: +16

Advertencias de capítulo: palabras altisonantes, violencia, gender-bender, travestismo.

Disclaimer: tú y tus abogados me obligan a admitir que Hetalia no me pertenece, sino a la ingeniosa mente de Himaruya-sensei.


Room 204.

By: White Aconite.

Capítulo 3:

308: Regarde la lune.

Ante tanto heroísmo uno usualmente agradecería con tanto ahínco, en especial cuando se ha salvado la vida de otro recibiendo tres disparos en la espalda, empero, ahora Arthur se disponía a golpear a muerte a ese bruto escoses que acababa de insultar su virilidad.

–Maldito bastardo –amonestó el rubio con todo el odio que podía reunir.

Malagradecido no era. La cuestión radicaba en el disfraz que el más alto había escogido, además del inadecuado e incómodo local que ungiría como su guarida.

Glen esperaba fuera del pasillo indolente al reclamo de su cliente. Estaba sobre aviso en cuanto el atuendo que Scott -más por maldad que por genuina preocupación- había entregado a Arthur cuando había ingresado a la habitación para cambiarse la muda de ropa.

Se extrañó que el insulto o la mofa nunca llegaran, después de todo el pelirrojo no desperdiciaba oportunidad para relucir el sarcasmo y la sátira -ambos producto de los genes en la familia- en otros. Enarcó la ceja al ver a Scott tan pasible en la puerta, sin ningún gesto que delatara su crueldad inherente. Tenía la mirada perdida en algún punto lejano, cosa inusual en el pelirrojo, por lo que, vencido por la curiosidad, se asomó por la entrada dispuesto a ver lo que había dejado sin aliento a su secuaz.

No se sorprendió en cuando le vio portar el vestido de manga larga color celeste dejando asomadas las pálidas piernas por debajo del conjunto. Tampoco se interesó tanto en el ligero maquillaje al que Arthur se había visto obligado a portar; había que ser bastante temerario o persuasivo para burlar a semejante maquillista. Ni el enrojecimiento del rubio -primero producto de la furia, ahora ante la inspección de Glen- le conmovió. Lo que le dejó pasmado era lo que la proyección le recordaba.

Verlo con el disgusto pintado en su rostro -en especial con las cejas tan fruncidas-, el cuerpo rígido como el de un gato molesto , los labios enrojecidos por ser tan fuertemente apretados y con un ligero sonrojo, le hizo viajar a décadas atrás cuando cierta rubia se oponía renuentemente en darle la bienvenida a su hogar como nuevo hermanastro.

El puchero y la manera en que crispaban era casi igual si no fuese por las diferencias obvias en el ancho de brazos, la voz ronca y complexión varonil -por más que Arthur fuese delgado. Con ese gesto era como verla de nuevo… inmaculada, pura y genuina.

La verdadera Alice antes de que Scott y él hubiesen quebrado el tabú, torciendo el alma de la más joven Kirkland hasta la locura.

Iba a añadir algo al momento cuando, la autora de semejante aspecto, apareció sacándolos del trance con su voz gutural.

¿No hice un buen tgabajo? –La hermosa mujer de rubios cabellos tomó por los hombros a Arthur acercándolo con familiaridad–. Siempge quise una hegmanita pero nunca se me hizo.

Françoise Bonnefoy era una beldad despampanante con largas piernas, sonrisa afrodisiaca y poseedora de una mirada de zafiro llena de seducción. Francesa de nacimiento con veintisiete años de edad que a pesar de haber viajado a Londres a tan temprana edad, hablaba hasta la fecha con marcado acento de su tierra nativa.

Mujer ambiciosa así como preciosa que si no hubiese sido por "dificultades de la vida" -había explicado a Arthur marcando diéresis con sus dedos- no habría terminado por trabajar en una casa de citas la cual, en la actualidad, ungía como propietaria: la famosa Regarde la lune.

Scott dio la vuelta saliendo por la puerta sin interés en añadir algo a la conversación; Glen supo que si para él había sido un nostálgico recuerdo, para escoses había sido también doloroso.

Suspiró. –Te agradezco mucho que nos prestaras este lugar para ocultarlo–distrajo a la perceptiva francesa de la reacción de uno de sus principales clientes. Ella y el pelirrojo pasaban buenos ratos tanto dentro como fuera del establecimiento.

No me puedo imaginag que haya pegsonas malvadas allá afuega que quiegan hacegle daño a una caga tan bonita como ésta– tomó el mentó del cohibido Arthur, quien veía sus pies con el ávido interés de ver abrirse el suelo para ocultar su bochorno, y le hizo voltear quedando muy cerca de los labios de la otra.

Glen, indiferente a la escena medio lesbianica que Françoise montaba para molestarlo, decidió salvar al joven de ojos verdes de la vergüenza que llenaba su rostro.

–Te doy las gracias por tu disposición, aunque creo exagerado el maquillaje.

No exagego, pgetendo cobgarg mi favog pidiéndole que sigva algunas copas. Ninguna otga cosa más con los hombges, lo prometo –aclaró al ver la cara de indignación de Arthur.

–Yo no quiero quedarme en un sitio como éste –reclamó sin importarle parecer un desagradecido. Por más que ese sitio fuera de alta alcurnia no dejaba de ser un prostíbulo.

Eges bastante joven paga seg tan malhumogado, pero eges lindo si te songojas cuando me acegco a ti –se mofó la rubia–. Solo los víggenes se abochognan de esa fogma.

Ante el dictamen, Arthur no pudo más que ruborizarse dando por hecho las palabras de Françoise. No es que no hubiese tenido novias durante su vida, sino que siempre éstas solicitaban más tiempo del que disponía el inglés; mimadas y caprichosas, como eran la mayoría de las mujeres de alta cuna, hacía que la relación a la larga se volviera un incordio. Esperaba encontrar en la universidad mujeres más maduras que respetaran su espacio y era obvio que sus planes no habían salido como esperaba.

¡Qué lindo! –Abrazó la francesa al ver la reacción–. No me molestagía enseñagte algunas cosas.

–N-no gracias –rechazó la insinuación. Más por timidez que por liarse con una de las amantes de Scott. –No voy a quedarme aquí.

Negó con la cabeza a la petición del rubio. –Necesitas un techo, y te ofrecería mi casa sino fuese porque Scott y yo estaremos fuera haciendo investigación de la compañía que te busca. No puedes quedarte solo.

–Entonces llévame a mi casa.

–Tus hermanos se meterán en problemas con tu regreso –el comentario había herido la sensibilidad del inglés.

Su expresión había cambiado en cuanto le recordaron la traición de los gemelos. Durante el chequeo médico al que le obligaron someterse, Glen le había notificado de sus investigaciones y con ello, también se enteró que los responsables de haber sido secuestrado habían sido sus hermanos. No era mentira que la relación con sus hermanos jamás se había visto tan tensa desde que estuviera cercano a entrar a la universidad, mas nunca se esperó que el desprecio que sentían por él fuese tan grande como para pedir que desapareciera.

Arthur se sentó pesadamente en su futuro lecho.

–Puedo cuidarme solo –como respuesta, Glen enarcó su ceja en señal de incredulidad –. Bien –había aceptado la fatalidad de su destino con gracia y resignación ante la reprimenda silenciosa del galés.


El viento le traía sonidos que pasaban desapercibidos para los vivos. Las voces mudas llegaban a sus oídos como aullidos confusos que realizan demandas furiosas. Tal oscuro alboroto haría que cualquiera perdiera el juicio, cualquiera menos él.

Nunca había gustado de poder hablar con quienes ya no tenían lugar en el mundo. Cada vez al prestar atención a aquellos susurros, más se sentía alejado de las personas de su alrededor; Alice podía vanagloriarse por obligarlo a hacer uso regular de aquella indeseada habilidad.

Recordó una época en la que muchos le evitaban por ser el bicho raro y él tampoco se esmeraba mucho por integrarse a los críos pertenecientes a la campiña; siempre residente en ambos mundos, pero al mismo tiempo buscando ser ajeno a ellos.

Quizá, solo quizá si hubiera mantenido en ese hermético escudo separándolo de la cálida suavidad que podía trasmitir la compañía cierta rubia, ella no hubiese descubierto su inusual cualidad y se hubiese fascinado, como con todo lo que consideraba sobrenatural. O mejor aún, si desde el principio no tuviera ese don -como se empeñaba Alice en catalogarlo- quizá, solo quizá no se le hubiera ocurrido tratar de engañar a la muerte.

Porque uno solo puede perder cuando se trata de desafiarla. Por deformar la razón y la verdad ahora era una existencia maldita.

– ¿Y bien? ¿Alguno de tus amigos pudo decirte alguna manera de entrar?

Bajo la mirada para encontrarse con esos destellantes ojos verdes que parecían reprocharle que ofuscara en los recuerdos.

Él se limitó a negar con la cabeza. Era inútil tratar de hablar con alguien cegado con tanta rabia y sed de venganza que se sorprendía que las instalaciones pudiesen marchar sin sufrir las penurias de vivir con sus eternos moradores.

– ¿Cómo diablos podríamos burlar tanta seguridad? Más que un centro científico, parece un cuartel militar.

El edificio no era más que una pesada placa de concreto rectangular de unos cincuenta metros de largo por treinta de ancho. A su alrededor, en los límites de la hectárea se montaba un alambrado cuyo constante zumbido delataba el peligro ante cualquier incauto que se acercara demasiado, y como si no fuera lo suficiente intimidatorio, tenía guardias montados cada veinte metros además de contar con la supervisión de una torre de vigilancia que monitoreaba desde las alturas.

Ambos estaban alojados en lo alto de un peñasco donde podían apreciar el complejo sin ser advertidos por la reforzada seguridad que patrullaba a menos de cien metros de distancia y diez metros de altura. Su principal interés era ingresar a aquel edificio y buscar algún indicio de la presencia de Alice que les ayudara a emprender rumbo.

Ninguno lo había hablado en voz alta, empero, la poca actividad que la menor de los Kirkland los dejaba con un mal presentimiento; caso contrario a anteriores décadas en la que su sutileza brillaba por su ausencia -casi como si hiciera brillar un faro para llevarlos a su patio trasero-, ahora se sumergía en un amplio silencio acerca de sus movimientos.

Si fuesen normales, podrían hasta asegurar el deceso de la rubia mas era imposible porque ellos seguían con vida.

Haberse topado con Arthur fue casi una respuesta a sus plegarias, y es que, quizá por primera vez, podían pasar al ataque antes de que Alice se aburriera y empacara hacia sitios recónditos con su siniestra investigación.

– ¿Crees que ella esté aquí? –aunque esa cuestión la compartían los dos, Scott fue el primero en decirla.

–Por lo menos ha pisado este sitio.

–Sí, parece el mismo tipo de fiesta que ella disfruta. Como lo que hizo en Alemania, China y Estados Unidos –contuvo el reflujo gástrico en cuanto un leve recuerdo escaló hasta la superficie. El hombre no era santurrón, empero, aquello que había presenciado era menos que aberrante. –Yo no necesito escuchar, Glen, puedo detectar desde aquí el hedor del horror.

Glen observó la expresión insolente y burlona tras la cual se ocultaba una melancolía podía pasar desapercibida para los demás menos para él. Decidió permanecer en silencio; no por nada habían compartido tanto juntos y sabía de sobra que el pelirrojo lo prefería así a recibir palabras de aliento.

Scott sabía de aquel horror y, a pesar del largo tiempo transcurrido, aun podía sentir la pesadilla gravada en sus venas, músculos y huesos. Era como sentir un repugnante y viscoso ser dentro de tus entrañas listo para nuevamente mancillar tu cuerpo y tu alma.

Alguien había dicho que la maldad era pavimentada sobre buenas intenciones y no podrían estar más de acuerdo en ello. Aunque sus sentimientos habían sido sinceros, nadie pudo prever que aquellos agradables días se tornarían en horribles quimeras que los atormentarían durante el sueño y la vigía. Nadie sospechaba la cruda metamorfosis de Alice, haciendo doloroso y obvio lo que fueron y ya no son.

–Ver a ese crío travestido fue divertido –soltó para cortar el tenso momento de ambos.

Si bien ambos compartían la misma meta, no significaba que coincidieran en las mismas razones y de eso debía cuidarse el pelirrojo.

Volvió su mirada por el cristal de los binoculares observando el cambio de guardia.

–Ahora la pregunta del millón de dólares es ¿Cómo un chico -con evidentes carencias mentales- puede atravesar a un arsenal mercenario y salir bien librado?

–Durante la consulta, Fernández dijo que su mente fue alterada.

Razones sobraban para alejarse de los desconocidos, empero, el tiempo les había enseñado que eran necesarios los aliados, y Antonio Fernández era uno muy útil.

Aunque algunos lo pusieran en duda, ellos aún eran humanos y cometían deslices que podían comprometerlos; conocer el castaño les había quitado un gran peso, sobretodo porque horas antes tenían a un rubio histérico por el descubrimiento en la naturaleza del escoses. Afortunadamente, antes de que reaccionara tan agresivamente, el inglés había estado en un estado catatónico con el que les fue posible transportarlo hasta las puertas del consultorio del español.

Antonio era carismático y logró controlar la bravura del joven con la fuerza de su mirada; pronto sobrescribió el pasaje visto por el rubio y logró hacerle creer que Scott, en todo ese tiempo, había llevado un chaleco antibalas que le había protegido de las numerosas detonaciones.

No pasó mucho tiempo. El médico clandestino regresó la tranquilidad a Arthur por lo que Glen y Scott recobraron la confianza de su cliente.

Por supuesto, nadie podía asegurar que el escoces había elegido el escondite y el disfraz a posta tras recibir una patada en la ingle y escuchar al inglés llamarle engendro del mal en su estado de frenesí.

–A veces pienso que el hipnotismo es más útil que lo que haces –recibió una silenciosa pero fría amonestación con esos frívolos ojos celestes–. Ya hombre, no te sulfures.

–Fernández no siempre estará para modificar la memoria de otros a tu conveniencia.

–Lo sé. Además el mocoso seguramente quería olvidar lo que vio ahí. Ver a un fenómeno baleado debió ser muy conmoción muy fuerte, y me jode dar explicaciones…

Algo brilló en su mente e interrumpió el monólogo de su compañero.

– ¿Qué dijiste?

–Que me jode dar explicaciones. Uno busca ahondar en mi origen y es una patada en los…

–No. Dijiste que tal conmoción le habrá hecho querer olvidar.

–Hmm ya entendí –llevó su enorme mano a su barbilla cavilando las posibles reflexiones del rubio–. Mierda, esto vuelve a ser un deja vú – no se molestó en ocultar el hastío que lo embargaba.

...Similar cuando bloqueamos nuestros recuerdos de aquella noche ¿no?

–Aquella sensación de querer huir de algo sin saber de qué… sin duda es demasiada coincidencia.

– ¿Te refieres a que es como nosotros? –no pudo ocultar pánico en su entonación.

Negó con la cabeza. –Eso es irrelevante. Lo que me refiero es que si queremos entrar, es el mismo Arthur quien nos puede decir cómo.

–No creo que se muestre muy voluntarioso. Si lo que sufre es amnesia disociativa será por una buena razón.

–Tendremos que llegar a convencerlo.

La vibración de su móvil llamó su atención y se dispuso a averiguar la nueva información que cierto japonés se esmeraba en conseguir.

–Parece que Ponta-san es más útil que tus otros amigos –rio Scott quien, llamado por la curiosidad, asomó su cabeza por el hombro de compañero para ver qué era lo que le tenía tan entretenido.

–Mantenimiento de los equipos electrónicos el lunes por la tarde –dictó las palabras enviadas a su pantalla tratando de maquinar un posible escenario para pasados dos días–. Podría ser nuestra mejor oportunidad.

– ¿Sabes? Aunque es un gran investigador neet, no es sano estar encerrado en su habitación tanto tiempo.

– ¿Planeas lograr la hazaña de que Kiku abandone su aislamiento? Él es mucho más terco que tú.

El otro escogió permanecer en silencio para no comprometerse en, lo que él considera, una misión inalcanzable, y esas eran palabras mayores para alguien que puede resistir una lluvia de plomo.


Cinturas entalladas, escotes generosos y gargantillas que rodeaban altos cuellos… muchas clases de mujeres tan diferentes la una de la otra tanto por su aspecto como por su carácter, sin embargo, Arthur pudo distinguir en todas ellas algo en común: no había pudor alguno que pudiese quedar de los antiguos días de inocentes mozas.

Muy pocos instantes habían pasado desde que el rubio estuviese tras el mostrador apreciando las risas exageradas, la fiebre simulada y los incitantes susurros en los oídos de los clientes, que todo se le antojaba repugnante.

Ciertamente aún era joven y había pasado por sufrimientos románticos como cualquiera a su edad, en cambio éstas muchachas -poco mayores que él- solo conocían el sacrificio diario con el que se ganaban la vida. Si había desesperación en sus corazones, era muy difícil verlo reflejado en sus miradas.

Los hombres solo buscaban ser engañados con la ilusión de ser atrayentes y satisfacer su lascivia. Los que entendían a las mujeres como personas, era chiquillos que apenas alcanzaban la mayoría de edad para estar en ese establecimiento y Arthur intuía que ese respeto era sin duda por la inexperiencia erótica, que sin duda, perderían con el tiempo.

No necesitó ver con el rabillo del ojo para identificar a la bella rubia que se había acercado con varias copas vacías dejándolas en el mostrador.

¿Asqueado?

– ¿Tanto se me nota?

No, tienes una buena caga de pókeg como la de Glen –explicó Françoise mientras buscaba sentarse en un largo banco en busca de descanso–. Solo que todos los que llegan a tgabajarg aquí se ofenden pog lo que apgecian sus ojos. Incluso se llegan a indignag de mí.

–Cualquiera que estuviera en mi lugar lo haría…

Lo compgendo, y no repgocho nada.

–…sin embargo, solo me es difícil imaginar lo que todas estas mujeres padecieron antes de llegar aquí, como para preferir esta vida. Digo, no creo que la mayoría haya venido porque quisiera, sino porque su vida anterior debió haber sido tan insoportable.

Un largo silencio se instauró en los dos y el inglés se volteó hacia Bonnefoy esperando alguna larga tertulia de la desesperación de las damas de compañía o del amargo trato del destino y de lo mal que las seguirá tratando.

Los ojos de la francesa brillaban con genuina curiosidad mientras apoyaba el mentón en sus manos como buscando leer al chico como un libro abierto.

Eges difegente a cómo te había pensado siendo todo un Kirkland.

–Acaso… ¿haz atendido algún otro Kirkland en este establecimiento para decir eso? –pensó con horror al imaginarse a su padre o a los gemelos sentados en aquellos sillones rodeados por un mar de féminas.

Si. Había tratado con dos Kirkland bastante peculiares.

Como sospecha, el joven desconocía bastante de sus protectores por lo que sonrió. –Tganquilo tesogo. Cgéeme que ningún hombge de tu familia ha pasado pog esa puegta.

El suspiro de alivio del rubio se le hizo hilarante. Continuó.

Ciegtamente tienes gazón. Vienen aquí de todas pagtes y con difegentes gazones, pego todas ellas han sufgido de la pegsecución, el odio y el despgecio. Aunque te adviegto hegmoso jovencito –hizo pausa para acercarse a susurrar a su oído –: todas la mujeres que ves aquí, incluso yo, y todas las demás rameras de Londres llevamos mucho tiempo sumergidas en la podredumbre como para no corrompernos a nosotras mismas. Ten cuidado de no ser embaucado por alguna.

La francesa le había hablado en perfecto acento inglés para revelarle a Arthur la laboriosa pantomima que había creado para los hombres que atendía. Sin duda, retomar el acento de su país de cuna la hacía una belleza exótica que muchos hombres buscaban, y salía a relucir el ingenio que podía mostrar una mujer tras vivir por mucho tiempo en una jaula dorada. No por nada había salido airosa como administradora de ese sitio a pesar de los pocos años que tenía.

Françoise le hizo un ademán con la mano para que le siguiera hacia el trastero que había hasta el fondo del largo pasillo. Dispuesto le siguió en silencio hasta llegar a una habitación donde estaba dispuesta una pequeña pero funcional sala con un surtido minibar para las visitas.

Ante la orden silenciosa, Arthur se dispuso a sentar mientras que, en el mostrador, la mujer servía whiski en unos vasos de vidrio.

–Durante toda mi vida como cortesana, solo tres hombres me han oído hablar con naturalidad –Arthur tomó el vaso ofrecido. La dama se dispuso a sentarse frente a él para conversar cómodamente –: mi jefe, el tirano que administraba este sitio con anterioridad y que ahora nada con los peces por un mal trato con la mafia rusa.

Por el tono despectivo, el rubio no dudó que Françoise hubiera planeado entre las sombras la caída del antiguo regente de la casa de citas.

–Aunque debo admitir que su falta no me pesa –tomó un sorbo del alcohol y continuó –. Los otros, como podrás imaginar, son Scott y Glen.

– ¿Los conoces desde hace mucho tiempo?

–Bastante. Dado la naturaleza de mi profesión, no soy capaz de confiar en los hombres, en especial los que atraviesan esa puerta. Siempre pienso en ellos como animales de rapiña a los que, con disgusto, debo servir porque mantiene un techo sobre nuestras cabezas. Pero esos dos… son diferentes.

– ¿En qué son diferentes? ¿Acaso Scott no viene por las mismas razones con las que vienen esos viejos rabos verdes?

El comentario hizo soltar una risita divertida en la francesa. –Llegan toda clase de hombres por esas puertas: hombres interesados en un amorío rápido buscando por una sensualidad oriental; otros son hombres que pretenden llegar como conquistadores que terminan atrapados en un mar de hielo mendingando cariño; y, raramente, hombres con carácter particularmente fuerte. Todos ellos se resumen en criaturas débiles. Lo sé porque desde los doce años he vivido en este sitio y se distinguirlos con solo verlos caminar en la calle.

Vio como el rubio iba agregar algo, empero, le interrumpió.

–Scott no vino por esas razones, es más, para empezar no necesita pagar para conseguirse una amante diferente cada noche. Dio la casualidad que ambos investigaban un caso y uno de los testigos era una de las mujeres del local.

...Para bien o para mal, nuestras vidas se unieron en aquel momento y créeme, no fue fácil hacer que ese escoses me mirara. Yo sólo era una ramera novata con poco más de dieciséis años que probablemente no lograría satisfacerlo; él mucho menos quería involucrarse conmigo al ver que había quedado prendada con él.

...Muchas veces me advirtió que no era la clase de hombre que me haría feliz, que no podría liberarme de mis ataduras si era lo que buscaba… es extraño, yo ya sabía eso y aun así mi cariño crecía desmedidamente.

...Pero a pesar de ser una de las pocas personas en las que ese par confía, debo admitir que no conozco muchos detalles de ellos. Cuando saco el tema a colación, Scott me rehúye los detalles de su procedencia o lo que hacían antes de llegar a Londres.

...Aunque hay muchos vacíos en nuestra relación, sé con certeza una cosa: él sabe que me gusta y sé que tampoco le soy indiferente como el resto de sus amantes. Podría funcionar, no sería difícil amarlo y permitirme sentir como una mujer enamorada… podría si no existiera ese pasado del que no me quiere hablar que le atormenta cada día.

...Lo sé porque todas las noches que pasamos juntos, abrazada a él puedo oírle gemir lastimosamente y lanzando disculpas.

...Te dije que podía identificar a los hombres débiles con sólo verlos ¿no? Ni Glen ni Scott lo son, al contrario, son formidables ante lo que sea lo que ocasiona su dolor; porque eso puedo vislumbrar en fugaces momentos cuando piensan que nadie más los ve.

–Algo que los atormenta… –se quedó cavilando aquella opción. Aunque sabía que tenía de conocerlos poco tiempo, nunca le habían dado esa impresión, empero, ya de por sí era difícil sortear el adusto semblante de Glen.

–Desconozco lo que es, no obstante, Scott es incapaz de olvidar. Hasta que no enfrente sus demonios, no puedo permitirme visualizar un futuro con él en sus brazos. Es algo así, como el único hombre que puedo llegar a amar.

–Lo siento, es que me es difícil imaginarlo de otra forma que no sea como el sucio escoses de mierda que piensa que es divertido travestirme.

Sin demorar, Bonnefoy soltó una risotada por las ocurrencias de Arthur. –Bueno, es parte de su encanto.

– ¿Por qué me cuentas estos? Si es para que mejore mi opinión de esos dos, ¡Olvídalo! – la mirada condescendiente Françoise le hizo sentir incómodo, como si ella supiera algo de ellos que él no.

–No lo sé. Por alguna razón extraña que no logro identificar, algo en ti me hace recordarlos.

–No hay nada en común que ellos tengan conmigo –refutó de inmediato.

–No me refiero a eso. Es… ¿cómo decirlo? –caviló mientras rizaba una de sus hebras doradas –. Ellos mantienen cierta lejanía con las demás personas que son pocos los compañeros en los que pueden llegar a confiar y depender; inclusive puedo contarlos con los dedos de una mano. Es muy difícil para un forastero entablar una amistad con ese par sin llegar a cohibirse.

...Debo admitir que cuando Scott está con Glen, a veces me siento fuera de lugar… cómo si no debiera intervenir. ¡No me malentiendas! Glen siempre ha sido un verdadero caballero y nunca me ha tratado descortésmente a pesar de mi condición, solo que… lo que sea que lleven entre sus manos es tan prioritario que se olvidan de todos los demás.

...En cambio tú… –se detuvo, indecisa por las palabras que quería expresar.

–Yo ¿qué? –alentó Arthur.

–Es… como si no fueras un extraño. ¡Si! ¡Eso! Es como si pudieras… no, como si debieras estar con ellos para completar un cuadro.

Las palabras de la blonda fueron desvaneciéndose en un lejano eco. Su visión empezó a nublarse y la mujer frente a él cada vez se transparentaba más, como si fuese a desaparecer.

"Escucha bien. Ni siquiera la muerte nos hará soltar esta mano".

– ¿Dijiste algo? –preguntó tras regresar en sí de ese leve letargo.

–Dije que te pusiste muy pálido –contestó la mujer acercándole un vaso de agua.

–Lo siento.

–No hay de qué –se levantó de su lugar al notar que ya era hora de regresar a su labor–. Será mejor que descanses esté día. Ya podrás servir copas el día de mañana.

Recibió una especie de gruñido haciéndole saber el desacuerdo que tenía Arthur. Bonnefoy le sonrió coquetamente saliendo por el pasillo en dirección al vestíbulo. Antes de salir de la comodidad que le brindaba la poca luz del corredor, se detuvo apoyándose en la pared tratando de regular su ritmo cardiaco.

No solamente era una mujer de mundo, también había visto cosas extrañas desde que frecuentaba a Scott desde hace muchos años, empero, mentiría si dijese que no sintió miedo -por muy breve que fuera- de Arthur y sus palabras.

"Yo tampoco permitiré que nadie nos separe. Ni siquiera la muerte".

Fin del capítulo.


Extra: Escena falsa

–Tendremos que llegar a convencerlo –Scott enarcó la ceja en cuanto la mirada mentolada se posó en ella con descarado escrutinio.

–No me van los hombres –apresuró a decir.

–Por algo le habrás puesto un vestido.

Era una de esas –numerosas- ocasiones en que odiaba la cara indolente y la cojera crónica emocional de Glen. No sabía si era una broma o si hablaba en serio con la insinuación que se dejaba entrever de los ojos del galés. A veces se preguntaba si el rubio en realidad no compartía lazos sanguíneos con Alice, porque la perversidad es la misma.


N/A:

Si, a mí no me engañas Scott :3 pequeña idea de mi beta.

Otra vez el título es un juego de palabras. El número 308 puede también leerse en japonés como Mizuki (観月) que se traduciría Viendo/observando la luna o Visión/Ilusión de luna. Lo traduje al francés y voilà, tenemos nombre para nuestra casa de citas XD Arthur me odiará por esto. Y sí, antes de que alguien pregunte, estos nombres los saqué de Fatal Frame.

Me tardé porque con la mudanza y con mi trabajo de becaria, llego arrastrándome a mi departamento; a eso añadan que me robaron mi celular donde tenía bien avanzado el capítulo, y aunque muchos proclamen que es más fácil escribir por segunda vez un trabajo, pues es una vil mentira para mí. Mi inspiración es caprichosa y voluble, que sin importarle los ruegos y los mimos que le hago, me abandona o me ignora la desgraciada.

Françoise Bonnefoy, como muchos imaginarán, es el fem de Francis. Necesitaba un personaje femenino que fuese aliado de nuestro trio pero que tuviera esa innata habilidad para manejar a los Kirkland y salir airosa en el intento. Fue divertido cambiar "erre" por "g" en sus diálogos para que sonara francesa -idea de mi hermana- aunque creo que mis lectores deberán leer lentamente para no perderse.

Pienso hacer un pov de ella más adelante durante el interludio de la primera parte a la segunda, es específico de su pasado y parte de esta escena. Me ha gustado como la he construido en mi mente y pues no puedo hacerle justicia en este capítulo.

No sé si pueda escribir con mayor rapidez porque mi móvil es de la edad de las cavernas y ya no se me facilita escribir -en mis breves momentos libres- palabra por palabra como lo hacía con mi Smartphone y como dije, llego cansada entre trabajo y escuela como para abrir la lap y ponerme a escribir.

Pero de que avanzo lento pero seguro lo hago.

Ya di muchas –demasiadas pistas- así que quien me diga que son Glen y Scott se lleva un muffin de arándano –no, no influye que en este momento me esté comiendo uno.

Ahora respuestas a los review sin cuenta

Bloodyrisu: muchas gracias por tu comentario ^^ ¿Pareja establecida? Pues aún me estoy decidiendo y es que cualquiera hace que muera vomitando arcoíris pixeleados; eso sí, la relación irá lento porque, como podrás entrever, Arthur se verá en el dilema en saber si sus sentimientos son genuinos o no. Además Glen y Scott no se lo harán fácil porque, como dijo Françoise, siempre se mantienen lejos de los forasteros.

Guest: lamento la tardanza de mi regreso. Los gemelos no tendrán mucha participación en esta primera parte del fic, que se enfocará en lo que pasó con el pobre de Arthur. Luego vendrá un intermedio con pov´s y revelaciones del pasado para entender mejor de lo que va esto. Y finalmente vendrá la siguiente parte donde aparecerán más personajes –ha sido una lata ver a quienes quiero para la siguiente parte y a quienes no _ _;. Espero que disfrutes este capítulo y quizá puedas adivinar de lo que val el capítulo (te doy un muffin de arándano :3).

Chao chao ^^