Seducción: el libro

Cuando el reloj anunció las seis de la mañana, el profesor Snape dio por concluidas sus esperanzas de poder dormir la noche. Estaba agotado, de tanto pensar en ella. Cansado de su recuerdo. De todos modos había tomado una decisión importante: no iría a buscarla. No podía enfrentarla, no ese día. Sabía que negarse a enfrentarla no le traería paz a su mente y lo único que conseguiría con ello era aplazar el momento inevitable de verse. Sin nombrar que contrariar a la directora no era una buena idea, no luego de prometer ir.

Se levantó incluso antes de que se disparara el reloj despertador. Tardó más que de costumbre cambiarse y se esmeró en su aseo personal. Su cabello lucía desastroso esa mañana pero cuando salió de la habitación su aspecto era mejor que nunca. Caminó hacia su despacho y comenzó a preparar la primera clase de esa mañana. Luego subió al gran comedor a desayunar, pero como no pudo hallar a la directora desayunando volvió a dirigirse a clase sin avisarle de su nueva decisión.

La clase fue lo más normal de siempre, no tuvo problemas a pesar de que era un grupo de primer año, y cuando concluyó tuvo la oportunidad de pensar otra vez en ella. Tenía media hora para ir a buscarla a la estación de tren de Hogsmeade. Estaba nervioso, tenía que avisarle a McGonagall que no iría, sino tendría que ir le gustara o no. Pensó en un encuentro con ella en la estación. Los frascos que sostenía en mano con las pociones de los alumnos tintinearon al deslizarse de sus manos sudorosas.

"¡No!" Exclamó de pronto asustado, pero por suerte no se habían roto.

Luego del percance los colocó en el escritorio, molesto consigo mismo por estar distraído pensando en otras cosas. En eso estaba cuando sus ojos se posaron en el primer pupitre (el que solía ocupar la señorita Granger) y se sorprendió de ver un libro allí. Un alumno lo había olvidado, seguramente, sin embargo este le disparó los recuerdos en su mente y ya no pudo controlarlos, sumergiéndolos en lo más oscuro de su alma.

Recordó la primera consecuencia del accidente, había empezado así: con un libro olvidado.

Al pensar sobre los recuerdos que tenía desde el accidente en las escaleras hasta que ocurrió lo indebido, lo impensable, había habido un periodo de meses en los que se había sentido inmerso en un juego que no sabía con certeza si lo dirigía él o la señorita Granger. Estaba inquieto: ¿había sido victimario o víctima? Aún no lo veía claro, después de tantos años.

Tan claro era el recuerdo de aquella lejana clase como si esta hubiese transcurrido ayer. Había estado enseñando la poción de los muertos en vida que nadie, ni siquiera ella, habían logrado llevar a cabo con éxito. Se paseaba por el aula, dando consejos o críticas, como era su costumbre de enseñar de toda la vida. El accidente en las escaleras estaba lejano en su pensamiento, ya habían pasado tres semanas completas y apenas lo recordaba, recuerdo que aparecía con una sensación de malestar físico en él por lo que evitaba tenerlo presente y cuando se presentaba lo descartaba con rapidez.

Se había acercado a ella por su espalda, estaba sentada, revolviendo el caldero que despedía un vapor molesto. A su lado estaba otra alumna pero Snape no pudo recordar quién. En ese momento la alumna había bajado su brazo y con su mano rozó la falda que quedó levantada unos cuantos centímetros más arriba. Sus blancos muslos quedaron al descubierto y el hombre experimentó una sensación de vuelco en el corazón, que empezó a latir con fuerza. Traicionado por sus emociones se alejó de ella y no revisó su trabajo. Como un conejo asustado fue a sentarse a la seguridad de su escritorio mientras terminaba la clase.

El fin llegó más tarde de lo que pensaba el profesor Snape, sin embargo ya estaba tranquilo. Los alumnos se agolparon en su escritorio para dejarle la muestra de la poción y no volvió a pensar más en el asunto. Se dio vuelta y los colocó en un estante que estaba detrás suyo, pero poco después pudo ver que ella y su amiga se quedaron rezagadas al resto de la clase.

-¡Vamos Hermione, llegaremos tarde a Transformaciones!-había exclamado su amiga desde la puerta.

-Ya voy-respondió ella con un tono de molestia.

Luego se habían ido pero antes de salir, la señorita Granger se había dado vuelta y le había lanzado una mirada extraña, una mirada que lo inquietó bastante.

Se había demorado un poco en el aula, poniendo orden para la clase de la tarde que venía luego del almuerzo, cuando notó el libro olvidado. Lo tomó en sus manos y, aunque sabía de quien era, lo abrió para ver la firma. Allí decía: "Hermione Granger", con una caligrafía hermosamente femenina.

El profesor lo tomó en sus manos y salió hacia su despacho, ya tendría tiempo de devolverlo o esperaría a que ella fuera a pedírselo. Jugando con la idea, sin pensar en las emociones que experimentaba (no de desagrado sino de placer), se le ocurrió una idea algo perturbante.

"¿Habría dejado el libro a propósito para tener oportunidad de hablarle? Esa mirada que le había dirigido al marcharse… ¿Habría hecho a propósito lo de la falda también? No parecía su intención pero estaba esa mirada extraña."

El profesor Snape confundido descartó rápidamente la idea molestándose consigo mismo por pensar en semejante probabilidad. Era una niña. Era su alumna. Era la más inteligente de sus alumnas. Eran imaginaciones suyas. La señorita Granger seguía siendo la misma y él estaba teniendo esos sentimientos inapropiados otra vez, gracias a una estúpida falda y un libro olvidado. Había sacado mal sus conclusiones.

Se dirigió luego al gran comedor con otras preocupaciones más urgentes en su cabeza. Había almorzado y estaba comiendo un pedazo de una deliciosa torta de chocolate con crema cuando su mirada tropezó con la de la señorita Granger, que estaba sentada en la mesa de Gryffindor. En ese momento se llevó la cucharilla del postre a la boca de manera tan insinuante que dejó perplejo al profesor. Un grupo de bulliciosos alumnos de Gryffindor se levantó poniéndose entre los dos y el hombre perdió contacto con sus ojos. Cuando estos se retiraron, Hermione ya no estaba sentada allí y con una rápida mirada de reconocimiento el hombre la vio yéndose del gran comedor, con la mochila a la espalda y junto a sus dos inseparables amigos.

El incidente lo dejo desconcertado. Pensó que estaba mal interpretando todo y que era un maldito degenerado por habérsele ocurrido la idea de que una alumna se le estaba insinuando. ¡Estaba interpretando todo mal!

-Me estoy volviendo loco-susurró con un suspiro.

-¿Decía, Severus?-dijo la profesora Sinistra que estaba a su lado.

Pegó un respingo:

-Nada…

-Pensé que me hablabas, creí oírte-dijo la mujer.

-No, no hablaba-dijo. Su voz sonó nerviosa y preocupada.

Se paró con apuro y salió del gran comedor por la puerta que estaba a la espalda de la mesa de los profesores, mientras era observado por la profesora y por Dumbledore. Sorprendidos por su extraña conducta.

En la seguridad de su despacho estuvo pensando en el asunto hasta que concluyó que había visto visiones, su mente predispuesta había interpretado cualquier intención que tuviera la alumna. Miró el libro y lo lanzó al escritorio. No iba a ir tras ella a devolverlo, que viniera a buscarlo. Luego de tomar esta decisión salió a dar cases.

Tres años después el profesor Snape, se encontraba pensando en que sus conclusiones habían sido acertadas. Probablemente la señorita Granger no se había dado cuenta de que la tenía continuamente en su cabeza, en ese entonces. Todo había sido un mal entendido, mal entendido que desembocó en una muy mala decisión suya y una deplorable conducta. La había arrastrado a ella a su trampa, ¿o había sido al revés?

No había encontrado a la directora para avisarle que no iría a buscarla, así que para su desgracia se encontraba caminando por el camino a Hogsmeade. Enojado consigo mismo, pero pronto serían las 10. Hora en que llegaría el tren. Cuando tuvo una duda y se detuvo de repente.

"¿Había arrastrado a una alumna a su trampa o había sido al revés? "

"¿Realmente eran acertadas sus conclusiones? ¿Había malinterpretado sus intenciones?"

Estas dudas lo llevaron a seguir recordando, con la intención de ponerlo en claro.

Recordó el libro olvidado, y como había estado en el cajón de su escritorio un par de días. En ese tiempo había observado con atención a la chica sin encontrar nada anormal en su conducta, y mucho menos insinuante. Se había decidido por un mal entendido y olvidó el libro. Hasta que unos golpes en la puerta de su despacho lo volvieron a traer a su memoria.

-Pase-dijo sin prestar mucha atención.

Estaba llevando a cabo la preparación de una poción curativa para la enfermera. Un alumno de Hufflepuff tenía viruela de dragón, contraída en unas vacaciones en el extranjero, y se encontraba muy mal. Él era el único en el colegio que la hacía a la perfección sin esos síntomas colaterales que experimentaban los pacientes con una poción corriente de San Mungo. No había querido pedirla al hospital por eso sino hacerla el mismo.

-Disculpe, señor-dijo una voz de mujer.

Snape se dio cuenta que era la señorita Granger y se distrajo.

-¿Sí?-dijo, aunque ya sabía a qué iba a verlo.

-En la última clase de pociones me dejé un libro en el aula y quería saber si no lo había visto. Le pregunté a Filch y me dijo que no había encontrado nada cuando limpió-dijo Hermione. Se veía nerviosa y preocupada.

No era raro, todos los alumnos al encararlo se veían de la misma forma. Su presencia era intimidante y le temían. Sólo que pensó:

"¿Le preguntó primero a Filch?"

Estaba algo celoso. Ese pensamiento lo inquietó.

-Sí, lo tengo yo- dijo el profesor para cortar ese silencio incómodo que siguió a la pregunta.

Fue al escritorio y lo sacó del cajón.

-¡Oh, gracias!-exclamó claramente aliviada y se acercó al escritorio.

Expresión que sacó de dudas al hombre. Era obvio que la señorita Granger no lo había dejado olvidado a propósito. Increíblemente tuvo una punzada de molestia, sin embargo.

-Cuide sus pertenencia- le advirtió el profesor mientras estiraba su mano con el libro.

Entonces se dejó llevar por un impulso desafortunado. Cuando ella tomó el libro, él lo retuvo en sus manos y la miró fijo. Hermione, desconcertada, lo miró también a los ojos y un rubor apareció en sus mejillas. Estaban muy cerca. Temeroso de pasar un límite, el profesor Snape soltó el libro de repente y, al hacerlo, el hombre acarició su mano, apenas rozándola, pero con intención evidente. Traspasando, de todos modos, el límite que había querido evitar antes.

En los ojos de la señorita Granger apareció sorpresa, se ruborizó intensamente y por poco no salió del despacho corriendo. Snape se sintió mal después de eso, se sintió sucio, perturbado. No comprendía por qué había hecho aquello. No estaba bien. No estaba nada bien.

"Había acariciado su mano a propósito y la había mirado con intención. ¿Con la intención de qué? De hacerle saber que ella le hacía experimentar ciertas emociones…"

Caminando por la calle de tierra que conducía al pueblo, se detuvo al recordar el incidente:

-No debí hacer eso-le dijo a los árboles.

Quizás aquello habría desencadenado lo demás. Lo siguiente no era precisamente algo tan inocente como un roce de manos.

"Si tan sólo no hubiera hecho aquello… Todo habría sido muy diferente". Pensó.

Se detuvo de repente y dio media vuelta, con arrepentimiento.

"¡No podía verla!"

Su corazón latía con fuerza. No estaba preparado. No podía verla aquel día. Volvió sobre sus pasos e ingresó casi corriendo al colegio. Tantos años después y su recuerdo lo seguía atormentando.