Me tardé un poco menos que antes. Comenzaré a usar el estilo de Stephen King, eso de dividir los capítulos en números, no sé por qué me motiva más.


Capítulo 3: No Me Juzguen


1.

Fueron instantes muy confusos, cuando escuché el disparo y nos enviaron de vuelta a la habitación. Luego de unos minutos de silencio en los que Lacey intentó articular palabras de aliento, entraron mamá y Asher. Él estaba agitado y casi no habló. Se me pasaron por la cabeza docenas de identidades que podría haber tenido el cuerpo baleado, pero no me digné a preguntarlo.

No recuerdo con exactitud lo que le siguió, sólo sé que ambos, junto con Lacey y Astrea, hablaron sin parar luego. Yo sentía las voces como un bullicio belicoso del que pretendía alejarme a toda costa. Las palabras dulces de mis amigas fueron asaltadas por las de mi madre, quien no dejaba de atacar con frases como "esto yo lo sabía" o "debí haberlo sentido esta mañana". Yo desde luego lo último que deseaba oír era eso.

- ¡Cállense! ¡No quiero ver a nadie! –grite. Nada me importaba, ni mi integridad ni mi futuro, más que me dejaran tranquila.

- Annie… -dijo Asher con el temple de mediador que poco le resultó-. Sólo queremos ayudar.

- ¡No quiero su ayuda! ¿De qué me sirve ahora? –por un instante pensé en golpearlo, tuve el instinto, necesitaba romper algo hasta que se hiciera trizas-. ¡Y ve a decirle a tu novia muchas gracias, muy amable de su parte!

Se quedó pasmado, lo que me contrajo en sorpresa pues debió haber imaginado un creciente rencor hacia Amorel. No quería explicaciones, me mantenía en una línea irracional de desesperanza.

Todo ese embrollo que se desencadenó el día de mi cosecha no me interesó allí, no tenía por qué. Era mi vida ahora la que estaba en juego, y no tenía exactamente muchas posibilidades. Las razones por lo que todo sucedió las conocí después, en instancias algo más idóneas. Yo me comporté, por decirlo en palabras poco suaves, como un agregado inesperado. Asher no sabía dónde meterse. Nadie. Él aún no había hablado con Darnell, quien residía en la habitación contigua junto a su hermana pequeña.

Cuando mamá comenzó con los respaldos astrales para el cambio de rumbo en mi vida, tuve suficiente. No recuerdo qué tantas atrocidades le dije, estaba fuera de mí. Luego se me dificultó la respiración –asma desconsiderada- y la desesperación llegó a su punto culminante cuando comencé a echar todo abajo. En otras palabras, me volví loca, o así se sintió.

Creo que en alguna parte había leído acerca de las cinco etapas emocionales básicas luego de un evento traumático en tu vida. La ira era la número dos luego de la negación. La ira refulgía dentro de mí, me corroía y no pude coercer mis instintos destructivos hasta que todo se volvió más lento y engominado.

Un agente de la paz llegó momentos después con una jeringa que poco pude distinguir entre mis menos y los brazos que intentaban sujetarme.

Me sedaron hasta que quedé dormida como un bebé indemne y pacífico. Como si nada hubiera sucedido. Desde eso momento caí en un profundo sueño del que aún no he despertado.


2.

En algún momento desperté. No sé exactamente cuándo. Mis manos me duelen, noto que llevo una cortadura prendada a la palma derecha. Debió haber precedido a un ataque destructivo, un jarrón o derivados. Las imágenes se pasean por mi cabeza como si fuera un parque de diversiones. Me tambaleo con cada nueva realización hasta que la más intransigente se planta como un yunque.

Voy a Los Juegos del Hambre. Mi nombre Salió elegido y nadie se presentó voluntaria por mí. Por un segundo pienso en que acompaño a Asher al matadero, pero luego recuerdo el voluminoso cambio de acontecimientos y de cómo intercambiamos papeles de la peor manera.

Yo voy y él no. Buenas noticias. De las mejores.

Viajo sobre algo que se mueve raudo por la calzada. Distinto las olas de mar y ciertas nibes congregándose en los cielos. Nubes negras. Se avecina una tormenta.

Mi predicción se materializa cuando el cristal del vehículo comienza a empañarse por el frío y una gota juguetona cae hasta perderse en el cemento. Miro hacia arriba. La tormenta no se avecina, la tormenta ya está aquí para acompañarme en mi pausado andar sobre un auto de lujo.

A mi lado van Leela y su trenza. El instrumento va justo rosando mi brazo desnudo y suspiro con el deseo de tocarla. Uno de los placeres culpables más absurdos pero que finalmente tengo la facilidad de experimentar. Por supuesto que entre medio no se toman en cuenta todos los requisitos que tengo que cumplir para realizar la hazaña.

De todas formas no tengo el tiempo. El auto se detiene en un santiamén, tampoco es como que nos encontremos muy lejos de la estación de trenes.

El chofer desciende para caballerosamente abrir nuestras puertas. Sé que de no estar en esta situación tan apremiante, lo agradecería con creces, por lo general esos detalles me encantan. Leela si que grafica todas esas cosas cuando se despide de él cordial como si fuera una autoridad.

- Por favor, muestren en camino a mis dos estrellas.

Los agentes de la paz nos rodean hasta colocarse a los lados en una línea recta y poco necesaria… como si fuéramos por la alfombra roja. Darnell se coloca delante de mí. Lo noto algo turbio y enderezado. Yo escondo la cabeza como un flamenco cuando nos erguimos frente a todo el público que acude en nuestro vitoreo. Distingo incluso a chicas de mi edad que aplauden, me aplauden a mí. Casi se nota como si yo hubiera elegido esto. Esto de ser el cuadro que todos analizan no me acomoda, por suerte la puerta del lustroso tren hace un sonidito de riel cuando Leela hace acto de presencia.

Entramos uno por uno y la algarabía se ensombrece por el efecto acústico hasta desaparecer por completo. El leve frío se transforma en calor abrasador en un principio y luego agradable. La calefacción aquí es lo que agradezco. Pero todo es muy diferente. Me ocurre algo similar a cuando permanecí aislada en esa habitación del Edificio de Justicia. La diferencia aquí es que no estoy sola.

Hay mucha combinación de colores pasteles, en las mismas paredes de los vagones y los sillones y lámparas. La mesa es de un marrón claro, como blanqueado y lleva el mantel ya puesto con innumerables pero organizados platos de un gris opaco. Todo parece combinar aún al verse una pelotera de cosas, nada de hacinamiento.

- Intenté dirigir la decoración desde casa, pero creo que el teléfono nunca será tan efectivo –explica Leela mientras analiza el lugar con detenimiento más crítico que el nuestro. Cada rincón funciona para alimentar mi curiosidad.

- Es… femenino –comenta Darnell. Es la primera vez que lo escucho hablar desde que el escenario. Momentos inconexos y poco agradables. Sería mejor eliminarlos así como así. El tono de voz me hace un poco de gracia, mezcla la ironía livianamente con un poco de resignación.

- De seguro que hallaras vagones más de tu agrado –le espeta Leela con una mueca de desagrado.

Darnell se encoge de hombros y alza las manos en rendición.

- Puedes ir a buscar a Finnick y Tamarin, de seguro estarán hablando con el chofer, siempre hacen tantos amigos en todas partes.

- ¿Dónde está la cabina del chofer? –pregunta Darnell abiertamente sarcástico-. No querrás que encuentre el camino yo solo.

Leela se incorpora del mullido sillón en el que había decidido reposar su magnificencia y deja el bolso verde limón sobre una mesa bajita de vidrio delante. La trenza se desliza por el cojín como si tuviera vida propia.

- Está bien, lo haré yo –asume y le lanza una mirada fría a Darnell antes de embelesarme con un temple mucho más emocionado a mí-. Intenten llevarse bien, escuche que los voluntarios del Uno y el Dos están bravos.

Dicho y hecho, sale por las puertas corredizas dejando una estela de instrucciones detrás.

- Apenas entramos y ya habla de la competencia –reclama Darnell antes de echarse al sillón en frente del recién abandonado por la escolta.

Admito que ni había pensado en eso. Hay otros veintidós chicos que han sido cosechados o se han ofrecido a ellos mismos para tener la oportunidad de luchan contra mí; sólo una más del grupo de tributos. No puedo evitar el escalofrío, la gota de empatía sombría que me recorre la espalda diciéndome que no soy la única en situación de tragedia. Todos harán lo necesario para no perderse entre la suerte. Incluso Darnell.

No pretendo asediarlo con preguntas ahora mismo. No estoy de humor y dudo que él lo esté como para ponerme al tanto de lo que ocurría. Tiene sus secretos, que obviamente me importan y quizá me incumban, pues probablemente tengan que ver con Asher, y algo me dice que yo soy el factor foráneo en la ecuación. No sé dónde entrará Amorel. Nadie se dignó a explicarme nada.

Sólo existe una duda insaciable que me asalta la cabeza. Me esfuerzo por escoger las mejores palabras.

- ¿Darnell?

Asiente, volteándose. Noto sus ojos débilmente anegados, lo que me hace dudar, pero la pregunta cubra mayor relevancia.

- ¿A-a quién le dispararon antes? ¿Qué ocurrió en el Edificio de Justicia?

Muy buen tema para comenzar la primera conversación con quien será tu primer rival y aliado los próximos días: la muerte.

Su rostro se contrae levemente pero recobra la sutileza con fortaleza lívida.

- No lo sé, no alcancé a ver nada. Yo también intenté salir pero los Agentes no me dejaron –me dice, manteniendo la mirada por un rato. Nuestra relación primeriza no filtra por ningún recoveco haber sigo conocidos ocasionales durante años.

- Está bien. Espero que no haya sido nada grave.

Ambos nos callamos. No sé cómo continuar y tampoco quiero hacerlo. Muy en el fondo, sólo pretendo quedarme tranquila y sin molestias. Si me van a distraer que sea con algo bueno. Saldría si pudiera, pero dudo que haya un balcón aledaño a un vagón del tren o algo así.

Permanezco estancada a un lado de una mesa entubada con muchas exquisiteces hasta que el sonido característico de la puerta me despierta. Ambos nos volteamos sorprendidos.

Desde el vagón colindante, surgen tres personas atareadas en una charla. En primera instancia no parecen percatarse de que han llegado a su destino. Una de ellas es Leela, quien se dirige atareada a la mujer del par nuevo que nos visita. Los conozco a ambos, sólo que es extraño encontrarse así de cerca y en la respectiva situación. Hubiera preferido mil veces haber chocado en la calle con alguno de ellos.

- Buenos días pequeños –dice el hombre macho-alfa de cabello rizado y ojos profundos como el océano mismo en un crepúsculo (quizá sea mucho decir pero mis instintos emocionales están a flor de piel). Casi no parece que tuviera diecinueve años.

Finnick Odair me observa por unos segundos antes de pasar la mirada por Darnell. Tiene un año más que él, deberán llevarse bien, después de todo Finnick estaba entrenado antes de ir a los Juegos, sólo que lo cosecharon unos años antes. Eso no lo detuvo para ser el campeón menos longevo de la historia.

- ¿Ya me familiarizaron con el vagón de entrada? Leela puso todo su esfuerzo en él, como se esforzó en comunicarme en la venida hasta aquí.

Sus palabras son frescas y aparentemente despreocupadas. No sé cómo tomarlas. Sí acaso intenta alivianar un poco el aire que tanto me sofoca desde hace cerca de una hora, o si su naturaleza es así de transigente. Una cosa es segura, Finnick Odair no presenta falencias a primera vista, es verdad lo que dicen.

Tamarin es distinta. Va por los treinta y cinco años, pero la altura la acompaña por más décadas si esos factores fueran directos. Mide algo así como metro ochenta y cinco, es más alta que Finnick, y lleva el cabello corto y de un rubio platinado y punzante. Sus juegos fueron cuando yo aún no había nacido, puede que un par de años antes, pero sus fotos la muestran muy distinta, incluso creo recordar la piel más bronceada.

- Buena materia prima con la que trabajar. Veo que tienes agallas para escoger Leela. –La voz de Tamarin es rasposa y poco amigable, pero el tono empírico se familiariza bien en mi cabeza. Me recuerda a alguien, y eso es bueno. –Broma, Leela. O al menos con el macho. Por desgracia Finnick lo reclamó primero.

Trago saliva. La opinión se tergiversa por completo. Un segundo después, los ojos ámbares de Tamarin se posan en mí.

- Ya veré qué hacer contigo pequeña. –Su mirada no es reconfortante, pero sus palabras sí se apaciguan un tanto. –He visto ya a muchos tributos, y las apariencias engañan en… la mayor parte de los casos.

Sé que eso debiera ponerme al día con la supuesta ventaja de mi ingenuo andar en el primer cuadro, pero no lo hace. Continúo vigilando sus ojos brillantes como si fueran a atacarme.

- No la espantes tan pronto Tamarin –se cuela Leela, a quien le he tomado más aprecio que a nadie en este lugar. –Ya veremos cómo se las trae, escuché por ahí unos rumores que tu hermano es de buena racha. Deben estar hechos de la misma madera.

Observo de reojo a Darnell, quien traga saliva y por primera vez siento necesidad de hablar con él o con Asher y preguntar qué sucede. Por otro lado, me indigna la desacertada inserción de mi hermano en el tema. Por un segundo pensé que esto ya no sería de él, por fatalista que fuera el precio a cambio.

Me sorprendo por mi falta de sentido común.

Tamarin me observa detenidamente sin ponerle atención a las palabras de Leela. Puede que piense lo mismo que yo, puede que no. Noto algo peculiar en la forma de analizar a la gente que me pone algo incómoda. Pero es mi mentora, no pretendo hacer nada que la estigmatice a ella antes de que la verdadera pelea comience. La necesito. Si su mirada suspicaz tiene razón de ser, no hay discusión.

- Hablaré luego contigo a solas, Anne –puntualiza.

- Annie –la corrijo sin reparos y luego me arrepiento. No es tiempo para hacer de listilla. Sólo…

- ¿Prefieres que te llamemos así? –intercede Leela y le agradezco mediante lo que fuera telepatía en otra dimensión. Me sonríe como una muñeca de trapo y en otras circunstancias me alejaría de ella, pero es la única que aparenta respaldarme en este momento y no pretendo ocultar mi temor tanto a la situación como a los personajes que participan.

Creo poder decir que mi temor se justifica.

Tamarin, Finnick e incluso Darnell también me observan como murciélagos en la oscuridad.

- Emm… sí –repongo entrecortadamente.

- Pues así será –dice Tamarin aplaudiendo una única vez, como sellando el trato y que todos lo graben. –Pero practica la facundia pequeña, necesitarás más que habilidades para ganar estos juegos.

Dicho esto, se va por donde arribó junto con Finnick Odair, quien no le sigue los pasos sino que se sumerge en una charla informativa con Darnell. Ninguno de los dos se interesa en mí. Oscilo entre las posibilidades de seguir a Tamarin como un cachorro o quedarme aquí esperándola. Pero quizá ya no vuelva.

Leela también se va, pero antes de hacerlo me introduce a la habitación con mi nombre grabado, la que como me entero, está al final de una infinidad de pasillos y puertas que no tengo tiempo de memorizar. La mujer promete entregarme un mapa más detallado luego, pero yo me rehúso. Puedo encontrarla yo sola. Sino preguntaré.

La última frase de Tamarin se me queda revoloteando como una mosca dentro de la cabeza. "…necesitaras más que habilidades para ganar estos juegos".

En primer lugar tengo que desenterrar mis condenadas habilidades.


3.

La decoración de mi santo cuarto no se asemeja nada a lo que he visto antes. Quizá al vagón en el que entré hace más o menos media hora, pero el asombro no se gasta con la aparición de nuevos elementos que lo estimulen.

Permanezco congelada en la misma posición y mueca frente a un espejo que podría haber costado más que una casa entera. Tiene inclinaciones en los extremos que lo hacen adecuarse a la pared como si hubiera surgido de ella. Me siento extraña entre todos estos lujos. No puedo evitar pensar en lo hermoso que es todo esto y lo mundana que me veo encertada por error en ello. Tampoco detengo mis visiones acerca de esa chica, de esa Amorel en mi lugar. Es más hermosa y más entrenada. Yo pertenezco al Distrito Cuatro y ella a este lugar.

Luego de unos momentos de charlas existenciales me echo en la cama como un saco de papas. Temo mancharla en primer lugar luego de ponerme en contacto con ella, pero recuerdo que ya me he cambiado con las infinitas prendas del guardarropa a mi izquierda y es improbable que ésas estén sucias. Me siento foránea, como si me hubieran raptado los extraterrestres.

No detengo ese sentimiento hasta que por arte de magia, el techo de un planco perlado me hipnotiza y no puedo detener el sueño imperceptible que me lleva de a pocos a dormir. No lo predigo, ya que es media tarde, como las cuatro, y a esta hora nunca me despisto, más que nada me siento más energizada, al contrario de los demás, pero percibo un cansancio un poco irreal que se mezcla con el constante malestar en mi estómago.

Continúa lloviendo.


4.

Despierto de golpe y respirando como si nunca lo hubiera hecho. La seda debajo de mí me indica que lo recién experimentado en sueños es completamente verídico.

La habitación parece engullirme. Lo catalogo como efectos secundarios del sedante que me inyectaron luego de la Cosecha.

Me percato del frío que siento en mis brazos. Al encontrarme con mi nuevo ropero no me detuve a pensar mucho y usé la primera camiseta a tiritas blanca e inmaculada que encontré. Eso combinado con un pantalón de buzo negro y arropado que contrarresta la temperatura en mis piernas. Siento escalofríos y al acurrucarme con mis propias manos el malestar se incrementa al tacto.

Una pequeña ráfaga que se comporta como el vestigio de viento y se cuela por las rendijas de la ventana me pone los pelos de punta. Me percato ahora del constante golpeteo en el mismo cristal y sé que está lloviendo. Me acerco al lugar para contemplar las afueras de mi hospitalaria cárcel.

Las nubes se mueven frenéticas por encima del tren, que al parecer va a una velocidad desmesurada. Pego la nariz a la ventana y la siento muy fría. El aliento contrasta y se condensa dejando una estela de vidrio empañado. Percibo el frío a ambos lados del cristal y algo extraño en la lluvia que no puede llegar a mí me hace romper a llorar e inmediato. Es extraño e inesperado.

Siento la reclusión, la posibilidad remota de despojarme de todo esto y continúo echando oleadas de aire caliente al vidrio que continúa desapareciendo, al igual que la imagen detrás. La sensación en el estómago y pecho molesta cuando intento dejar de llorar y debo echarme el cabello hacia atrás para que no me bloquee también de sentir como que voy a dormirme de nuevo. Todo se arremolina por mi cabeza una vez más antes de soltar dejar descansar mi cabeza en la ventana.

Ni la lluvia puede llegar hasta mí. Es verano, no debiera ni estar cayendo pero lo hace, se entromete en el verano radical y no puedo ni sentirla por ese estúpido vidrio.

No hago mucho más, sé que no hay alternativa, pero no puedo dejar de llorar. Es extraño. Sé que es fácil que lo haga, no soy una persona muy seria y me muestro propensa a soltar lágrimas, y ahora todas las razones se agolpan que ya no sé cuál de ellas me molesta más.

Arrastro los pies hacia el cajón más cercano y extraigo el primer abrigo que encuentro. Me encajo en él hasta que el frío se desvanece de a poco, pero no por completo. La única salida es entrar en la cama. Lo hago de a poco pues me cuesta desenredar todas las sábanas y cubiertas que me bloquean el paso, pero lo logro luego de más o menos medio minuto en el que no paro de sollozar por la frustración.

Me meto debajo de las sábanas. Pierdo la noción del tiempo. No pasa mucho tiempo hasta que vuelvo a internarme en mi cabeza como cosa de todos los días. Sea como sea me evado e la realidad, pero no funciona. Despierta o adormilada, las visiones son las mismas.


5.

- Annie, ¡Annie!

La voz no se distingue por el tono grave, más bien agudo como un pitido en confuso laberinto. Me despierta de un golpe inesperado, sacándome de la confusión.

En primer lugar abro los ojos como resortes. En segundo, noto la humedad que me cubre. Al abrigo de polar en el interior me tiene como un bebé sofocado y siento las mejillas surcadas por una sustancia solidificada y los ojos molestos. Sólo sé que quiero seguir durmiendo. No quiero oír esa voz.

- Annie contéstame o tendré que hacer uso de mis beneficios Capitolinos. No hay muchos que gocen de ellos, no pretendo alardear…

Leela continúa por un buen rato dándome razones por las que no debiera hacerme la muerta, ¿Qué no piensa que puedo estar en el baño en este momento?

Dicen que cuando ya pasan diez o cinco minutos de un sueño, no recuerdo bien, ya se ha borrado por completo al menos el noventa por ciento de su contenido. O sea que lo que en algún remoto instante de tu subconsciente se alojó en tu cabeza como su fuera un hotel, ya desapareció dejando un mísero rastro de piedrecillas. Esos son los momentos de frustración, en los que venderías tu alma al diablo por no seguir con la regla de incapacidad memoriona que todo simple mortal comparte. Bueno, esta vez me alegraría ser uno de esos condenados mortales. Desearía no recordar los sueños tan vívidamente que no parecen viajes hacia mundos imaginarios inventados por tu propio cerebro. Parecen rea les y tangibles en una época próspera.

Comenzaba todo en las calles del Distrito Cuatro y de vez en cuando me daba un paseo por el mirador colindante a la Aldea de los Vencedores. Veía cierta gente, ellos me observaban como si fuera una extraña, con miradas acusadoras que sólo penetraban en mí como en una pesadilla. Luego corría, me alejaba del mar pues siempre me pareció un peligro.

Me encontraba luego en el área de Cosecha, esperando a que los incesantes pálpitos de incertidumbre cesaran. Lo hacían, pero cuando mi nombre era llamado. Cuando esas arritmias se convertían en algo menos penoso y más inestable, más peligroso. Vi los ojos de Lacey muchas veces mirándome como a un animal herido. También los de Asher, y Leela, la escolta que no tuvo nada mejor que hacer que sacar mi nombre. También a mamá, a Astrea, a Maris y a Landon. Mucha gente. Decenas de personas que se volteaban a poner sus ojos acusadores sobre mí, como en el mirador.

Luego desaparecía dentro del Edificio de Justicia. Allí cada diez segundos –puede que me haya detenido a contarlos- sonaba un disparo que alteraba todo el ambiente impávido que en un principio sólo yo quebraba con mi introspección a mejores pensamientos. Pensamientos lindos que no llegaban desde ninguna esquina de mi mente. Vi la cabeza de una mujer en el suelo, con el cabello revuelto y esparcido por los azulejos. Esa no era una visión sanadora, ni buena para mi estado, y yo sólo tenía la necesidad de enterarme de quién era. Porque Darnell no lo sabe, y Asher en su tiempo no se molestó en decírmelo. Sólo cambiaba el tema.

Más allá de eso no recuerdo. Tampoco se me viene a la cabeza la tercera etapa del Estrés Post Traumático. Quizá no se presenta como respuesta porque ni siquiera he sufrido el famoso PTSD, no aún, este es sólo el comienzo y como siempre estoy amplificando las cosas hasta su peor versión.

Pero esto no tiene una buena versión.

- Ya salgo Leela. –Mi voz surge como desde las entrañas de la tierra, parece ultratumba.

El estruendo de la puerta revela a una eufórica Leela, quien escudriña la habitación rincón por rincón hasta hallarme tendida bajo toda la ropa de la cama. No es una buena imagen. Me siento pulgosa y fuera de lugar. Mientras ella reluce con sus excéntricas tenidas.

Entra como Pedro por su casa y se sienta a los pies de la cama.

- Annie, cariño, pareces como si te hubiera quedado mal la ropa. Levántate, hace un día precioso.

¿Precioso? Por lo que sé hace veinte minutos estaba lloviendo como si el mundo se fuera a acabar.

Pero la ventana enmarca algo distinto. El vidrio empañado es reemplazado por los rayos de sol relucientes que no alcanzan a colarse por completo, pero dan la idea de un verdadero paraíso afuera. La lluvia se ha marchado, y no sé si eso es bueno o malo. Me acurruco más en la cama.

- De todas formas será mejor que te levantes cariño, no querrás que Tamarin venga a buscarte a la fuerza. Aunque si lo hiciera Finnick yo misma me quedaría allí dentro…- rie Leela y yo no sé si seguirle el juego o lanzarle una mirada acusadora. -…pero lo dudo, Tamarin no suele delegar, así que yo temería. Y tendrás que anotar más porotitos puesto que eres Cosechada.

- ¿A qué te refieres con eso? –pregunto sorbiendo lo que haya en mi nariz que me molesta. Creo que es hora de que yo misma decida salir de la cama.

- Voy a hablar por lo que yo sé –me advierte utilizando sus manos teatralmente-. ¿No quieres pañuelos? Tu carita debe estar impecable para cuando lleguemos mañana.

No repongo, quiero escuchar lo que tenga que decir. Sin ofender, es lo más útil que podría comunicarme desde que me condenó hace unas horas en la cosecha.

- Bueno, volviendo a lo otro. –Juega con sus manos como una niña pequeña. –Pues, los mentores de Distritos Profesionales como el nuestro –me extraño cuando dice "nuestro", pero no la detengo- tienden a preferir a los tributos que se han presentado voluntarios. Eso es obvio. Y por lo general el mentor que se queda con el adolescente cosechado pues… revisa su potencial y si no lo deja a un lado y juegan al dos por uno.

- ¿Dos por uno?

- Que ambos mentores ayudan a un solo tributo pues saben que este tiene las de ganar con respecto a su compañero y a los demás Profesionales –revela Leela con palabras muy cohesionadas, por lo que digiero el mensaje y luego muestro mi rostro de estupefacción.

- ¿Eso significa que…?

- ¡No! No significa nada aún –se corrige, jugando con mis pies que se acorralan en el borde de la cama-. Y Tamarin no tiene fama de eso.

Eso no me consuela. Ya caí muy bajo siendo la tributo cosechada sin ninguna opción aparente de ganar, ¿y ahora me dicen que tengo pocas posibilidades de contar con una mentora que compita por mí?

- Y además Finnick ya es suficiente para Darnell. El chico es muy orgulloso como para dejarse ayudar por una mujer. Creo que tiene un trauma irracional contra nosotras. Tamarin por más que pretenda hacer lo correcto no querrá entrometerse con los rencores de Finnick. Ya es incómodo que no esté Mags aquí, ella era la que nos cohesionaba a todos

Me doy cuenta en este instante de que Leela ha hablado de forma muy profesional y seria en los últimos minutos. Podría quedarse así, pero no asustarme como lo hizo antes.

- Mags es otra mentora, ganó hace mucho tiempo y tenía muchos trámites en el Capitolio como para hacer su trabajo este año. Finnick es muy apegado a ella desde que ganó gracias a su ayuda.

Creo que eso sí lo sé. Mags fue la mentora de Finnick Odair cuando ganó hace cinco años. Salieron ambos juntos a la entrevista en la celebración post-juegos.

- Te diré la verdad –comienza Leela nuevamente-. Yo creo que eres adorable, pero te vez un poco debilucha. Muestra que lo vales en el Capitolio si tienes las agallas y Tamarin no dejará tu lado.

Sonrío forzosamente. Nuevamente hacen alusión a mis supuestas facilidades en el entrenamiento cuando ni yo sé qué tan empolvadas están. De todas formas no se lo hago saber a Leela, sólo le agradezco.

- ¿Leela? ¿Puedo preguntarte algo? –digo temerosa. La duda me asalta la cabeza y creo que explotará si no me entero.

- Por supuesto cariño.

Respiro antes de formularla, ni yo sé cómo hacerla. Tampoco sé si Leela tendrá las facultades para responderla, pero debo intentarlo.

- ¿A quién le dispararon los Agentes de la Paz en el Edificio de Justicia, luego de la Cosecha?

Noto la reacción inmediata e incómoda de Leela, quien mira hacia todos lados de la habitación como buscando cámaras escondidas. Su rostro se pone serio, lo que me contagia lo que sea que esté sintiendo. ¿Es tan inadecuada la pregunta?

- Me temo que no lo sé Annie –dice aprensiva y colocando ambas manos sobre su regazo-. Y si lo supiera no podría decírtelo.

Mi decepción es palpable, pero no queda nada más que hacer. Algo me susurra que Leela tiene la información que quiero, pero no me lo está diciendo. Algo me dice que todos lo saben menos yo, y por macabro que sea, yo también quiero saberlo. ¿Qué pasa si era alguien que yo conocía? Tengo derecho a enterarme, más derecho que Leela por lo menos.

- Está bien, no importa.

La escolta se incorpora, como finiquitando el tema con esa acción y continúa insistiendo, ignorando la pequeña charla íntima de recién.

- Ya es muy tarde y la cena será pronto, prepárate –dice con una sonrisa que noto forzada.

- ¿Qué hora es? -¿Cuánto dormí? ¿Una hora? ¿Dos?

Leela busca un reloj con la mirada, y al no encontrarlo en una pared su vista se ilumina como si hubiera recordado las coordenadas de un tesoro. Busca en un bolsillo irreconocible entre los pliegues de su vestido un pequeño reloj dorado plegable.

- Las ocho y media –me informa volviendo a la voz estridente tan característica.

¿Ocho y media? Cuidaré la próxima vez no ponerme a hibernar.


6.

Encuentro el camino de vuelta al vagón principal y un funcionario me explica el camino hacia el comedor, que se encuentra a poca distancia. El rastro que la ducha caliente deja en mi cuerpo es reconfortante. También me cambié de ropa. Escogí una copia exacta del pantalón, al que le agarro cariño, pero esta vez escojo una polera amarillo brillante de manga tres cuartos. En los compartimientos posteriores encontré un depósito de felpudas pantuflas. Fue una odisea elegir entre eso.

Pero me siento de alguna forma renovada. Me limpié un poco y, gracias a las normas del universo, ya no recuerdo muy bien los sueños previos que tan acongojada me tuvieron durante la visita de Leela. Ahora sólo recuerdo la realidad, lo que no es lo ideal, pero mejor que tener una mezcla de imágenes inconexas que no dejan de atormentarte. He decidido ponerme al día y absorber todo lo que pueda sobre los juegos, al menos hasta que el efecto de la ducha se acabe.

Las puertas corredizas me revelan una habitación de inmensas proporciones a indumentaria similar a los demás, pero que aloja una mesa larga y muy bien cubierta, con varias sillas y un sillón combinado al papel mural de ciertos sectores. Los cuadros que adornan las paredes muestran imágenes algo abstractas de instantes de la naturaleza y de vez en cuando personas entre ella.

Leela, Finnick y Tamarin. Todos me sonríen. Leela con emoción de sobra, Tamarin lo justo y necesario como para no postular ilusiones y Finnick con algo de aprensión.

- Qué bueno que llegaste, Annie. Toma asiento –saluda la escolta señalando a una avox para que me corra la silla a un lado de mi mentora. Tamarin no voltea la cabeza cuando me siento, pero sí es quien inicia la conversación introductoria que me tiene como protagonista.

Ya vamos en mi familia cuando Darnell se presenta. La incomodidad me toma por sorpresa al no haber sopesado el hecho de que tenemos a personas en común. Me parece extraño hablar de Asher cuando su mejor amigo está delante. Aun siendo su hermana no me siento con las facultades.

Cortó la comunicación en ese momento, lo que no detiene a Finnick de iniciar una de reconocimiento a mi compañero tributo.

- Fui a la Academia Lugano –dice Darnell orgulloso demostrándolo con la muñequera respectiva con las líneas verdes y blancas. Finnick se interesa, al igual que Tamarin. El prestigio de ese lugar ayudará a Darnell.

- Pues entonces tenemos a un luchador experimentado entre nosotros –elogia Finnick haciendo un brindis a mi juicio innecesario.

Tamarin le sigue el juego y continúa.

- ¿A dónde fuiste tú, Annie?

Darnell y Finnick me lanzan ambas miradas idénticas que me dan la idea de ponerles una bolsa de plástico en la cabeza por un buen rato. Trago saliva antes de reponer.

- Fui a la Windsor desde pequeña –informo levantando el pecho y la nariz. No me molesto en revelar detalles de estadías y tiempos. No es necesario, lo que sea para que se detengan.

- Entonces creo que tenemos a dos luchadores, ¿no Finnick? –corrige Tamarin echándole una ojeada al rubio que no se molesta en mirarme a mí en el proceso.

Mi mentora sí que se ocupa de analizarme a fondo con esos ojos ámbares que ya comienzan a intimidarme. Siento su necesidad de que yo sea lo que prometo ser y mis interiores tiemblan como asediados por una tormenta.

Tengo que ser lo que a ella le convenga. La frase "dos por uno" revolotea por mi cabeza en ese intertanto.

Luego de la grandiosa comida y de los discursos de Leela acerca del Capitolio y de cuán prolijo debe ser nuestro comportamiento –se molesta en reiterárselo también a ambos mentores-, nos incorporamos para ir a ver el recuento de las Cosechas a la habitación contigua. En resumen, tenemos que ver a nuestros "aliados" y contendores venideros.

La televisión se revela entre la prominente pared de en frente cuando ya todos estamos alojados en nuestro asientos. Decido tomar un lado del sillón de cuero rosado en el que también se sienta Leela. Todos los demás toman asientos solitarios de los que protagonizas caras de concentración dignas de una carcajada.

- Analícenlos –Tamarin nos dice-. Las reacciones dicen mucho de una persona. En los próximos días compartirán mucho con todos ellos.

La imagen se alumbra mostrándonos a Caesar Flickerman, el hombre que se las da de entrevistador y presentador de los juegos desde hace años. Su cabello esta vez es negro azabache, al igual que sus cejas. El traje que usa no puede ser más rojo, algo en su apariencia le incomoda a mi vista.

- Ese se las trae, ¿no podía elegir algo menos… brillante? –comenta Tamarin moviéndose en su asiento.

- Igual te gustaba antes –encara Finnick con una risita femenina.

- Negativo.

Caesar habla con un tono demasiado fungido para mi gusto, y admito que sería el último hombre en la tierra que me llamaría la atención. Parece un camaleón con un síndrome extraño. Su sonrisa es terrorífica.

- Queridos y estimados televidentes, les damos una ojeada a las cosechas que se llevaron a cabo el día de hoy. Tienen chipe libre para juicios tempranos y opiniones parciales. La primera vista a sus tributos comienza en tres…

Me desconecto de la voz de Caesar y muchas cosas se me pasan por la cabeza. Pero la más importante… ¿éstos son los chicos con los que tendré que luchar en unos días? Por un minuto no quiero verlos.

Pero tengo que hacerlo. Las palabras de Tamarin son verdaderas.

Los Profesionales son los que me llaman la atención. En primer lugar, son todos voluntarios menos yo. En segundo, me intimidan, más de lo que esperaba. Comienzo a pensar por primera vez en mis opciones de no quedar en la alianza Profesional y tener que enfrentarme sola a los chicos que van surgiendo de a poco en la pantalla.

En el Uno se presentan una chica con el cabello negro y muy liso, quien se proclama como Angora Belze, junto con su compañero un poco muy estridente y notorio, un tal Gideon, quien tiene el cabello tan reluciente como Tamarin sólo que un poco más desordenado.

En el Distrito Dos me sorprende una chica muy baja de estatura que se desprende de la sección de diecisiete. Tiene los rulos rubios muy marcados y hasta media espalda. Su voz es inesperadamente grave y se hace llamar al escolta, quien no deja de observarla, como Malin, Malin Larkspur. La acompaña un chico enorme te tez oscura y cabello rapado casi por completo. Podría decir que él es el que me provoca más temor. Mide más de uno noventa por lo que veo, y su voz prominente y grave le da el aire de una caja de problemas.

Cuando llegamos al Distrito Cuatro noto la confusión al esperar tanto por el varón Voluntario, pero allí está Darnell para hacérselas con el título, mientras que yo me tomo una eternidad para llegar al escenario mientras me deshidrato con lágrimas. Me veo débil, inestable y poco prometedora. De todas formas no me culpo, no iba a reaccionar de otra forma.

De los otros distritos sólo me llaman la atención una chica del Seis con el cabello corto y ondulando, que mira a la cámara dolida, pero noto la pizca de luchadora en sus ojos azules como el cielo. Carolee, se llama Carolee. En el Distrito Siete hay un chico de trece años que no pretende de ninguna forma dejar su sección, planta gritos desesperados en el cielo mientras alguien más se desgarra detrás. Patea a todos los Agentes que se le acercan y en última instancia lo deben llevare entre cuatro al escenario. La chica de Nueve y el chico del Doce también hacen una buena impresión. No tengo mucho más que decir pues los Profesionales son los que se llevan la medalla de sobresalientes.

Respiro cuando la transmisión se corta con las palabras de Caesar Flickerman ovacionando a los valientes y reconfortando con el renombre a quienes fueron elegidos. No distingo ni una gota de empatía en su expresión.

- Aquí los tienen, mañana los podrán ver en persona. –Tamarin se incorpora y los demás la seguimos. Tengo que estirarme para despojarme de la tensión que significó ver todo esto.

- Interesantes, pero me intimidan los del Uno y el Dos –comenta Finnick, haciendo eco a mis pensamientos.

- Es por eso que ustedes también tienen que intimidar –asegura la chica, observándonos a mí y a Darnell por separado-. Pero no dejen el encanto fuera, los Patrocinadores y el público buscan más que simples asesinos a sangre fría. Quieren un personaje que los represente en todos los sentidos.

Un nuevo escalofrío de inseguridad me recorre por completo. No estoy lista ni para una competencia Romana ni para un concurso de belleza.