Hoola a tdos jejee ke les sta pareciendo jeje espero ke les ste gustando jeje ya q es un muuuy buena historia aprte de q es algo fuera de lo normal jeje
recuerden de ke nada me pertnece
Capítulo 2
Bella miró a su alrededor para comprobar si alguno de los clientes estaba tan impresionado como ella, pero ninguno parecía fijarse en la mujer o en la ira que le bullía como si fuera agua hirviendo. Cuando se asomó un poco más para verla mejor, aquellos ojos azules cambiaron de dirección y se clavaron en ella.
—Hola. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Yo estaba... pensaba... quisiera tomar un capuchino y un poco de sopa. Por favor.
Bella estuvo a punto de volver a esconderse detrás de las estanterías ante la mirada de fastidio que le lanzó Rosalie.
—Puedo servirle sopa, hoy es de langosta, pero me temo que no soy capaz de manejar la máquina de café.
Bella miró la preciosa máquina de cobre y latón y sintió un ligero hormigueo.
—Puedo hacérmelo yo misma.
—¿Sabe cómo se maneja esa cosa?
—Sí, la verdad es que sí.
Rosalie, pensativa, asintió con un gesto y Bella pasó detrás del mostrador.
—Podría hacerle uno a usted ya que estoy aquí.
—¿Por qué no? —Rosalie pensó que era una chiquilla decidida—. ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? ¿Eres una excursionista?
—No. Ah... —Bella se sonrojó al acordarse de la mochila—. No, estoy dando una vuelta. Busco un trabajo y alojamiento.
—Ya.
—Disculpe, sé que no hice bien, pero escuché... la conversación. Si he entendido bien, está en un pequeño apuro. Yo sé cocinar.
Rosalie observó el vapor que subía y escuchó el silbido.
—¿De verdad?
—Soy muy buena cocinera —Bella ofreció a Rosalie el café espumoso—. He trabajado en una empresa de catering y en una panadería. También he sido camarera. Sé preparar comida y servirla.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintiocho.
—¿Tienes antecedentes penales?
A Bella casi se le escapó una carcajada. Los ojos le chisporrotearon un instante.
—No. Soy honrada hasta el aburrimiento, una empleada digna de confianza y una cocinera creativa. —«¡No parlotees, no parlotees!», se ordenó a sí misma, pero no podía parar—. Necesito el trabajo porque quiero vivir en la isla. Me gustaría este trabajo porque me gustan los libros y me ha gustado... la sensación de su tienda desde que entré en ella.
Rosalie, intrigada, inclinó la cabeza.
—¿Qué has sentido?
—Oportunidades.
Rosalie se dijo que era una respuesta excelente.
—¿Crees en las oportunidades?
Bella lo meditó un segundo.
—Sí. He tenido que hacerlo.
—Disculpen —una pareja se acercó al mostrador—. Nos gustaría tomar dos helados de moca y dos pasteles de chocolate.
—Naturalmente. Un momento —Rosalie se volvió hacia Bella—. Estás contratada. El delantal está detrás de la puerta. Concretaremos los detalles más tarde —dio un sorbo al capuchino—. Muy bueno —añadió mientras se retiraba—. Ah... ¿cómo te llamas?
—Isabella. Pero es mejor Bella, Bella Swan.
—Bienvenida a Tres Hermanas, Bella Swan.
Rosalie Hale dirigía el café como dirigía su vida: Con un estilo fruto del instinto y, sobre todo, para su disfrute personal. Era una empresaria muy capaz que disfrutaba obteniendo beneficios, pero siempre según sus condiciones. Pasaba por alto lo que le aburría y perseguía lo que le intrigaba. En ese momento, Bella Swan le intrigaba.
Si Bella hubiera exagerado sus virtudes, Rosalie la habría despedido con la misma facilidad con la que la había contratado y sin remordimientos. Quizá, si se hubiera apiadado de ella, la habría ayudado a encontrar otro trabajo, pero sin dedicarle demasiado tiempo siempre y cuando no interfiriera en la marcha de su negocio.
Había dado aquel paso porque le había impresionado una cosa en el preciso instante en el que los enormes ojos chocolates de Bella se habían encontrado con los de ella. Inocencia herida. Ésa había sido la primera impresión de Rosalie, quien por definición confiaba en sus primeras impresiones. También había notado aptitud, aunque la confianza en sí misma parecía vacilar un poco.
De todas formas, en cuanto Bella se puso a trabajar, todas sus dudas se disiparon.
Rosalie la observó durante la tarde y notó que manejaba sin aturullarse los pedidos, los clientes, la caja registradora y la misteriosa y desconcertante máquina de café. Rosalie decidió que tendría que adecentarla un poco. Esos vaqueros gastados eran habituales en la isla, pero resultaban un poco desaliñados para su gusto.
Satisfecha, en cualquier caso, Rosalie entró en la cocina. Se quedó impresionada al ver que las encimeras y los cacharros estaban limpios. Jessica nunca había conseguido ser una cocinera pulcra, y eso que casi toda la repostería se hacía fuera.
—¿Bella?
Bella dio un respingo y se apartó de un salto de los fogones que estaba limpiando. Se ruborizó y miró a Rosalie y a una joven que estaba con ella.
—No quería asustarte. Es Peg. Ella trabaja en el mostrador de dos a siete.
—Ah. Hola.
—Hola. ¡Caray! No puedo creer que Jessica y Mike se marchen. ¡Nueva York! —Peg parecía un poco envidiosa. Era baja y alegre y tenía una mata de rizos decolorados hasta parecer casi blancos—. Jessica hacía unos bollos de arándanos impresionantes.
—Sí, es verdad, pero Jessica y sus bollos ya no están. Ahora tengo que hablar con Bella, de modo que te quedas a cargo de la tienda.
—Muy bien. Hasta luego, Bella.
—Vamos a mi despacho. Concretaremos las cosas. En verano abrimos de diez a siete. En invierno cerramos a las cinco. Peg prefiere el turno de tarde. Le gusta salir y no es madrugadora. En cualquier caso, como empezamos a servir a las diez, te necesito aquí por la mañana.
—Me parece perfecto.
Bella subió otro tramo de escaleras detrás de Rosalie. Se dio cuenta de que no se había fijado en que la tienda tenía tres pisos. Unos meses antes no se le habría escapado ese detalle. Habría comprobado el espacio y las salidas. Se recordó que el tranquilizarse no significaba descuidarse. Tenía que estar preparada para salir corriendo en cualquier momento.
Atravesaron un gran almacén lleno de estanterías con libros y entraron en el despacho.
La mesa antigua de cerezo encajaba perfectamente con Rosalie. Bella se la imaginaba rodeada de objetos preciosos y bellos. Había flores y plantas, y cuencos con trozos de cristal y piedras pulidas. Además de muebles elegantes había un ordenador de última generación, un fax, archivadores y baldas para los catálogos de las editoriales. Rosalie señaló una silla y se sentó en la que había detrás de la mesa.
—Ya has pasado unas horas en el café de modo que has podido ver lo que ofrecemos. Cada día hay un sándwich especial, una sopa distinta y una pequeña selección de sándwiches alternativos. Hay dos o tres variedades de ensaladas frías. Pasteles, galletas y bollos. Yo dejaba que la cocinera se encargara de hacer el menú. ¿Te parece bien?
—Sí, señora.
—Por favor, apenas tengo un año más que tú. Llámame Rosalie o Rose. Hasta que veamos si todo funciona, me gustaría que me enseñaras el menú del día siguiente para que le dé el visto bueno —sacó una hoja de papel del cajón y se la pasó a Bella—. ¿Podrías escribir lo que tienes pensado para mañana?
Bella notó que el pánico amenazaba con apoderarse de ella y que le temblaban los dedos. Respiró hondo y esperó hasta que se le aclararon las ideas.
—Creo que en esta época del año deberíamos hacer sopas ligeras. Un consomé con hierbas. Una ensalada de tortellini, otra de judías blancas y otra de gambas. De sándwiches... uno de pollo con especias en pan de pita y algunos vegetarianos, aunque tendría que ver qué hay de temporada. Puedo hacer tartas, pero también según la fruta que haya ahora. Los pasteles de crema y chocolate gustan mucho, puedo hacer el doble. Y tartas de seis pisos. Maravillosos bollos de arándanos y de nuez también. Hay poco bizcocho de avellana. ¿Galletas? De chocolate, de nueces de macadamia... En vez de un tercer tipo de galletas, yo haría brownies. Hago unos buenísimos.
—De todo lo que has dicho, ¿qué es lo que podrías hacer aquí mismo?
—Supongo que todo, pero si vas a servir los pasteles y los bollos desde las diez, tendría que empezar sobre las seis.
—¿Y si tuvieras tu propia cocina?
—Bueno —eso era una fantasía maravillosa—. Podría preparar parte del menú la noche anterior y hacer los pasteles por la mañana.
—Mmm... ¿Cuánto dinero tienes, Bella Swan?
—Suficiente.
—No seas susceptible —le dijo despreocupadamente Rosalie—. Puedo adelantarte cien dólares. A cuenta del sueldo, que para empezar sería de siete dólares a la hora. Anotarás todos los días las horas que emplees en comprar y cocinar. Cargarás lo que necesites de comida a cuenta de la tienda, siempre que sea prudencial. Quiero los recibos de todo; todos los días.
Bella abrió la boca para decir algo pero Rosalie levantó un dedo delgado y con la uña pintada de color coral.
—Un momento. Deberás servir y limpiar las mesas cuando haya demasiada gente y ayudarás a los clientes en la librería cuando tengas tiempo. Tendrás dos descansos de media hora, los domingos libres y un quince por ciento de descuento en las compras, excepto en la comida y bebida que, salvo que resultes ser una glotona, forman parte de tu salario. ¿De acuerdo hasta ahora?
—Sí, pero yo...
—Perfecto. Yo estoy aquí todos los días. Si tienes alguna duda o problema, dímelo. Si yo no puedo atenderte, díselo a Lulú. Suele estar en el mostrador del piso principal y está al tanto de todo. Pareces suficientemente espabilada como para enterarte. Otra cosa. Estás buscando alojamiento, ¿no?
—Sí —era como si la arrastrara un vendaval inesperado—. Espero...
—Acompáñame.
Rosalie sacó un llavero del cajón, se apartó de la mesa y se levantó; Bella se dio cuenta de que llevaba unos tacones de aguja impresionantes.
Cuando llegaron al piso principal, Rosalie fue directamente a una puerta trasera.
—¡Lulú! —gritó—. Vuelvo dentro de diez minutos.
Bella, que se sentía torpe y un poco estúpida, la siguió y entró en un pequeño jardín con un camino de losas de piedra. Una enorme gata negra tomaba el sol sobre una de ellas y abrió un ojo dorado cuando Rosalie le pasó por encima.
—Es Isis. No creo que te moleste.
—Es preciosa. ¿Has hecho tú el jardín?
—Sí. Sin flores no hay hogar. ¡Ah! No te lo había preguntado, ¿tienes medio de transporte?
—Sí, tengo un coche. Aunque llamarlo medio de transporte es un poco exagerado.
—Te vendrá bien. Las distancias no son grandes, pero te resultaría un incordio tener que cargar con la compra todos los días.
Al llegar al final del jardín giró a la izquierda, mantuvo el paso vivo, pasó por la parte trasera de algunas tiendas y entre casas muy bien cuidadas.
—Señora... lo siento no sé cuál es su apellido.
—Es Hale, pero te he dicho que me llames Rosalie. No me gusta repetir las cosas Bella.
—Lo siento. Rosalie, te agradezco el trabajo. La oportunidad. Te prometo que no te arrepentirás, pero... ¿puedo preguntar dónde vamos...?
—Necesitas alojamiento —dio la vuelta a una esquina, se paró y señaló—. Eso te servirá.
Al otro lado de una estrecha calle lateral se veía una pequeña casa amarilla. Era como un rayo de sol al final de una arboleda. Las contraventanas eran blancas, como el pequeño porche. Tenía también flores que le daban un brillante colorido veraniego. Estaba a espaldas de la carretera, en una parcela cuadrada con árboles que la ocultaban entre manchas de luz y sombra.
—¿Es tuya? —preguntó Bella.
—Sí. Por el momento —Rosalie avanzó por el camino adoquinado mientras hacía sonar las llaves— La compré la primavera pasada.
Se había visto obligada, recordó Rosalie. Se había convencido de que era una inversión. Aunque ella, una mujer de negocios hasta la médula, no había hecho nada por alquilarla hasta ese momento. Había esperado, como había esperado la casa.
Abrió la puerta principal y se apartó.
—Está bendecida.
—¿Cómo dices?
Rosalie se limitó a asentir con la cabeza.
—Bienvenida.
El mobiliario era escaso. Un sofá que pedía a gritos una tapicería nueva, una butaca mullida y unas mesas dispersas.
—Los dormitorios están a los lados, aunque el de la izquierda es más apropiado para despacho o estudio. El cuarto de baño es pequeño pero agradable y acabo de arreglar la cocina, que debería funcionar perfectamente. Está justo detrás. He adecentado el jardín, pero necesita cuidados. No hay aire acondicionado, pero la chimenea funciona y lo agradecerás cuando llegue enero.
—Es preciosa —Bella dio una vuelta y asomó la cabeza al dormitorio principal, donde había una cama muy bonita con un cabecero de hierro blanco—. Es como una casita de cuento. Debes estar encantada de vivir aquí.
—Yo no vivo aquí. Tú sí.
Bella se dio la vuelta lentamente. Rosalie estaba en el centro de la habitación con las llaves en la palma de la mano. La luz se colaba por las dos ventanas y parecía tener la cabellera en llamas.
—No entiendo.
—Tú necesitas un sitio para vivir y yo lo tengo. Yo vivo en el acantilado, lo prefiero. Esta es tu casa, por el momento. ¿No lo notas?
Bella sólo sabía que se sentía feliz y muy nerviosa al mismo tiempo. Y que en el mismo momento en que entró en la casa quiso desperezarse y quedarse, como la gata que tomaba el sol.
—¿Puedo quedarme?
—La vida ha sido dura, ¿verdad? —Murmuró Rosalie—. Tiemblas ante la buena suerte. Pagarás un alquiler porque no se valora lo que es gratis. Ya acordaremos las condiciones y haremos los papeleos mañana. El mercado es el mejor sitio para encontrar los ingredientes que necesitas para el menú de mañana. Les diré que vas a ir para que lo carguen todo a la cuenta de la tienda. Los cacharros, sartenes o utensilios van por cuenta tuya, pero te los adelantaré hasta fin de mes. Espero verte a ti y a tus creaciones a las nueve y media.
Se acercó y dejó las llaves en la temblorosa mano de Bella.
—¿Alguna pregunta?
—Demasiadas. No sé por dónde empezar. No sé cómo agradecértelo.
—No malgastes tus lágrimas, hermanita —replicó Rosalie—. Son demasiado valiosas. Vas a tener que trabajar mucho.
—Estoy deseando empezar —Bella alargó la mano—. Gracias Rosalie.
Se estrecharon las manos. Saltó una chispa azul como una llama. Bella retrocedió con una risa nerviosa.
—Debe haber mucha electricidad estática o algo así.
—O algo así. Bueno, bienvenida a casa, Bella.
Rosalie se dio la vuelta y fue hacia la puerta.
—Rose —Bella tenía un nudo en la garganta—, dije que era como una casita de cuento; tú debes de ser mi hada madrina.
La sonrisa de Rosalie era deslumbrante y la risa, grave y sonora, le recordó al chocolate caliente.
—Pronto te darás cuenta de que disto mucho de serlo. Sólo soy una bruja con sentido práctico. No te olvides de llevarme los recibos —añadió mientras cerraba lentamente la puerta.
Hola de nuevo jeje ke ls sta pareciendo la historia ? jeje espero les ste pegando jeje
espero ke me dejen unos cuantos reviews hehee
byee
