Capítulo 3

El aire del amanecer era helado. Katniss se envolvió en el pesado capote que había pertenecido a su padre y bajó cautelosamente por el sendero del acantilado. Pronto se alzaría el sol, pero por el momento sólo se veía una suave luz grisácea reflejada en el mar.

Cuando llegó al pie de la pendiente giró para caminar deprisa a lo largo de la playa, rumbo a la hilera de aberturas en la faz de los barrancos. En la arena mojada se veían huellas de botas. Con sólo asegurarse de que el intruso no se dirigía a la cueva que tanto le interesaba en esos días, podría quedarse tranquila.

Sería bastante sencillo seguir el rastro hasta comprobar que nadie había hallado, por casualidad, el pasaje hacía la caverna que contenía el diente.

Algunos minutos después Katniss vio, con espanto, que las huellas de botas desaparecían justamente dentro de cierta caverna muy conocida. Trató de convencerse de que era pura coincidencia.

Pero podía ser que otra persona quisiera poner sus sucias manos en el precioso diente. ¡Por todos los diablos! Había sido una tonta al permitir que Peeta le prohibiera acercarse a la cueva mientras no hubiera concluido con sus planes. Eso era lo que resultaba de poner a un hombre como él a cargo de esas cosas.

Ciñéndose el manto al cuerpo y arrepentida de no haber llevado una lámpara, Katniss entró cautelosamente por la estrecha abertura hacia la caverna.

De inmediato se detuvo; no podía dar un paso más sin algún tipo de iluminación. Por un momento permaneció inmóvil, acostumbrando los ojos a la penumbra. A su alrededor, en la fantasmagórica oscuridad, se oía el goteo del agua.

Katniss forzó la vista, tratando de mirar por el estrecho corredor de piedra que se abría en la pared posterior de la caverna. No había señales de luz. El intruso ya había desaparecido en el retorcido túnel que conducía a la cámara donde estaban el tesoro robado y su diente.

—Diablos—murmuró Katniss en voz alta, completamente frustrada. No había nada que pudiera hacer, salvo esperar allí, en la caverna, hasta que el hombre regresara. Entonces le diría, en términos muy enérgicos, que sólo ella tenía autorización personal y exclusiva de Peeta para explorar esa caverna.

Estaba de pie allí, con los brazos cruzados bajo el pecho en actitud impaciente, cuando una mano muy grande descendió pesadamente sobre su hombro, la aferró con firmeza y la hizo girar.

—Buen Dios, ¿Qué...?—Katniss lanzó un pequeño chillido de alarma. Luego cayó en la cuenta de que era Peeta que había entrado tras ella—Oh, milord, es usted. Gracias a Dios. Me ha dado un buen susto.

—Merece mucho más que un buen susto—murmuró Peeta— Debería cruzármela sobre la rodilla. ¿Qué demonios está haciendo aquí? Le dije que no se acercara a estas cuevas hasta que los ladrones hubieran sido apresados.

Katniss frunció el entrecejo.

—Sí, milord, lo sé. Pero comprenderá usted por qué he venido cuando le cuente que, hace un rato, vi por la ventana que otro coleccionista se escabullía hacia aquí.

—Usted no vio nada.—Peeta echó un vistazo hacia el túnel, tenía una lámpara en la mano, pero no estaba encendida.

—Por supuesto que lo vi—le aseguró Katniss— Pero no me acordé de traer una lámpara. Por eso estoy aquí, esperando que salga

—¿Y qué demonios pensaba decirle cuando se presentara?

Ella levantó el mentón.

—Iba a informarle que tengo derechos exclusivos para explorar estas cuevas dentro de su propiedad, señor. Pienso advertirle que, si continúa invadiéndolas, usted lo hará arrestar.

Peeta meneó la cabeza, disgustado.

—¡Usted y sus malditos fósiles!—Era obvio que iba a continuar en eso tono, pero lo interrumpió un leve silbido proveniente del túnel.

—Aquí está—apuntó Katniss, apresuradamente. Al girar en redondo vio el resplandor de una lámpara en el fondo del corredor— Ha llegado usted muy a tiempo, milord. Ahora podrá respaldarme cuando yo diga a ese hombre que no tiene derecho a entrar aquí.

El silbido se hizo más potente; igual que el fulgor de la lámpara. Un momento después emergía del túnel un hombrecillo membrudo, vestido con un abrigo pesado, un sombrero de copa baja y botas muy gastadas. Era el mismo que Katniss había visto en la playa. La lámpara que llevaba en la mano reveló una cara estrecha y demacrada, dos ojos como cuentas. Se detuvo en seco al ver a Peeta y Katniss de pie en la parte exterior de la caverna.

—Buenos días, milord. Veo que llega usted a tiempo. No son muchos los de su clase que se levantan antes del mediodía. Ha venido usted con una amiga, por lo que veo.—El hombrecillo dedicó a Katniss una profunda reverencia— Buenos días tenga usted, señora.

Katniss frunció el entrecejo.

—¿Quién es usted, señor, y qué está haciendo en mis cuevas?

—¿Sus cuevas?—El hombrecillo arrugó la cara en una sonrisa torcida— No era eso lo que me habían dicho.

—Para todos los fines prácticos, estas cuevas me pertenecen— dijo Katniss con firmeza— Su señoría le explicará.

Peeta la miró con una sonrisa irónica.

—Creo que será mejor hacerlo antes de que la confusión aumente. Señorita Everdeen, permítame presentarle al señor Caesar Flickerman, de Bow Street.

Katniss lo miró con fijeza.

—¿De Bow Street? ¿Usted es detective, señor?

—Tengo ese distinguido honor, señora.—Flickerman hizo otra reverencia cortés.

—¡Qué apasionante!—Katniss echó un vistazo a Peeta— ¿Eso significa que los planes ya están en marcha y listos para ser llevados a cabo?

—Con un poco de suerte, apresaremos a los ladrones la próxima vez que vengan a depositar su mercancía.—Peeta señaló con la cabeza al hombrecillo— El señor Flickerman montará guardia por la noche durante las semanas venideras.

—Me alegra mucho saberlo.—Katniss miró a Caesar— Creo que hay dos hombres involucrados, cuanto menos. A veces los acompaña un tercero. ¿Podrá usted manejar a esos villanos por sí solo, señor Flickerman?

—Si es necesario, sí—dijo el detective— Sin embargo, espero recibir alguna ayuda. Su señoría y yo hemos acordado una señal. Cuando yo detecte a los villanos en la playa, usaré una lámpara para enviarle una señal desde lo alto de los acantilados.

—Mi mayordomo y yo nos turnaremos para esperar esa señal, en las horas de marea baja, hasta que los ladrones sean apresados—explicó Peeta— Cuando veamos los destellos del señor Flickerman bajaremos a la playa y nos aseguraremos de que el plan se lleve a cabo.

Katniss asintió con un gesto aprobador.

—Parece un excelente arreglo, tan sagaz como el que yo misma había pensado.

—Gracias—musitó Peeta, seco.

—Sin embargo—continuó Katniss—quisiera hacerles una pequeña sugerencia.

—No creo que sea necesaria, gracias—dijo Peeta. Y miró a Flickerman— ¿Encontró la cámara donde se guardan los artículos?

—La encontré, señor. Me guié por su pequeño plano y llegué a la caverna correspondiente. Un botín impresionante, sin duda.—A Flickerman le brillaban los ojos—Reconocí unas cuantas piezas cuya falta fue denunciada. Hemos estado buscándolas. No me extraña que no las encontráramos en la capital. Es obvio que pensaban mantenerlas ocultas hasta que todo el mundo las olvidara. Muy astutos. Muy astutos, por cierto.

—Como el señor Flickerman recibirá una recompensa cuando devuelva esos artículos robados a sus legítimos propietarios—murmuró Peeta a la joven—puede usted tener la seguridad de que custodiará estas cuevas con mucho entusiasmo.

—Sí, por supuesto.—Katniss sonrió al detective— Le diré, usted es el primer agente de Bow Street que conozco. Tengo muchas preguntas que hacerle sobre su trabajo, señor Flickerman.

El hombre sonrió con modesta importancia.

—Pregunte cuanto quiera, señora.

Peeta alzó una mano enguantada.

—Ahora no, Flickerman. Creo que usted querrá retirarse del vecindario cuanto antes, ahora que ya conoce el lugar. No tiene sentido correr más riesgos. No conviene que nadie lo vea por aquí.

—Tiene mucha razón, señor. Bien, me voy. Buenos días tenga usted, señora.—Flickerman hizo otra reverencia y salió de la cueva.

Katniss lo siguió con la vista.

—Bueno, es un gran alivio. Reconozco que me complace ver marchar las cosas a paso tan rápido. Excelente trabajo, milord. Pero lamento que no me haya consultado.

—Rara vez consulto a nadie, señorita Everdeen. Prefiero operar por mi cuenta.

—Ya lo veo.—Katniss frunció el ceño, pero de nada serviría discutir sobre esos métodos autocráticos. Los planes estaban trazados y parecían correctos. Tendría que contentarse— Supongo que yo también debo irme antes de que en casa noten mi ausencia.

Peeta se irguió ante ella con aire amenazados, bloqueándole la salida.

—Un momento, señorita. Quiero dejar algo bien en claro entre usted y yo antes de permitirle regresar a su casa.

—¿Sí, milord?

—Usted no se acercará a estas cuevas hasta que este asunto quede terminado.—Peeta espació las palabras, pronunciándolas con los dientes apretados— No quiero repetírselo. ¿Me ha entendido?

—Sí, por supuesto que he entendido. Sin embargo, milord, le recuerdo que no soy una niña, sino una persona muy capaz de actuar con cautela cuando sea necesario.

—¿Cautela? ¿Le parece cauto haber bajado a la playa en persecución de un desconocido y entrar aquí tras él? Eso no fue cautela, sino el acto de un crío sin cerebro.

—No soy un crío sin cerebro—disparó Katniss, ya furiosa— Supuse que el señor Flickerman era otro coleccionista de fósiles y que se encaminaba directamente a mis cuevas.

—Bueno, pues se equivocó, ¿verdad? No era coleccionista de fósiles, por cierto. Dé usted las gracias porque fuera un detective. Bien pudo ser uno de los ladrones, enviado a ver cómo estaba el botín.

—Ya le he dicho que los ladrones no vienen aquí durante el día. Y le agradecería que dejara de chillarme, milord. Por si no lo recuerda, fui yo quien lo puso sobre aviso de lo que estaba ocurriendo aquí. Y fui yo quien descubrió a los ladrones. Cuanto menos, debería tratarme como a una socia en esta empresa. Sólo trato de proteger mis fósiles.

—Malditos sean sus fósiles. ¿No puede pensar en otra cosa, señorita?

—En general, no—le espetó ella.

—¿Y su reputación? ¿Ha pensado en lo que puede suceder si usted continúa deambulando por ahí, en persecución de ladrones, detectives y cuanto desconocido invada esta playa? ¿No le interesa lo que dirá y pensará la gente, si se descubre que usted sale a cualquier hora del día y de la noche?

Katniss ya estaba realmente furiosa. No estaba habituada a recibir sermones, salvo de tía Effie, y mucho tiempo atrás había aprendido a ignorar gran parte de lo que Effie decía. Peeta era otra cosa. Resultaba imposible ignorarlo cuando bramaba de ese modo, erguido ante ella.

—No me interesa mucho lo que diga la gente—declaró ella— Y no me preocupo demasiado por mi reputación, puesto que no tengo interés en casarme.

Los ojos de Peeta, centellearon en las sombras.

—Ah, pequeña idiota. ¿Cree usted que sólo puede perder una proposición matrimonial que no le inspira interés?

—Sí.

—Pues se equivoca.—Peeta le envolvió la nuca con una manaza, obligándola a levantar el mentón para mirarlo directamente a los ojos— No tiene idea de lo que está arriesgando. Usted no sabe lo que es perder la reputación y el honor. Si lo supiera no haría declaraciones tan ridículas.

Katniss percibió en su voz un dolor salvaje, que le disolvió de inmediato el enojo. De pronto comprendió que él hablaba desde lo hondo de su amarga experiencia.

—No quise decir que el honor no tuviera importancia, milord. Sólo que no me interesa lo que diga la gente.

—Eso confirma que usted es una tonta—graznó él— ¿Quiere saber lo que se siente cuando todo el mundo lo cree a uno falto de honor? ¿Cuándo uno ve su reputación hacha añicos? ¿Cuándo todos, incluida la propia familia, piensan que uno no es digno de titularse caballero?

—Oh, Peeta.—Katniss le tocó suavemente la mano.

—¿Quiere saber lo que uno siente cuando entra en un salón de baile y sabe que todos los presentes están murmurando sobre su pasado? ¿Cuándo juega a las cartas en el club y teme que alguien lo acuse de hacer trampas si gana una mano? Al fin y al cabo, el hombre cuyo honor está en duda bien puede hacer trampa con los naipes, ¿verdad?

—Por favor, Peeta...

—¿Sabe lo que es quedarse sin amigos?

—Bueno, no, pero...

—¿Sabe qué se siente cuando todos están dispuestos a pensar lo peor de uno?

—Basta, Peeta.

—¿Sabe qué se siente cuando hasta su padre duda de su honor?

—¡Su propio padre!—Katniss quedó espantada.

—Cuando se es rico y poderoso—dijo Peeta —nadie lo desafía a uno cara a cara ni le brinda la posibilidad de explicarse. Todos los rumores corren a nuestras espaldas. Uno se encuentra sin medios para limpiar su nombre. Y después de un tiempo cae en la cuenta de que no tiene sentido esforzarse. La gente no quiere saber la verdad. Sólo quiere una oportunidad para agregar más leña al fuego de los chismes. Los rumores cobran tanto volumen que a veces uno teme ahogarse con ellos.

—Cielo santo...

—Así es perder el honor y la reputación, señorita Katniss Everdeen. Píenselo bien antes de correr más riesgos.—Peeta la soltó— Y ahora vuelva a su casa, antes de que yo decida tomarle la palabra y demostrarle cómo es, en realidad, ignorar la opinión del mundo.

La joven se envolvió en su manto y le clavó una mirada firme.

—Quiero hacerle saber que yo no lo creo falto de honor, milord. Un hombre sin honor no habría tenido tanto cuidado con el mío. Ni se lamentaría tanto por lo que ha perdido. Lamento mucho lo que usted ha sufrido. Veo que le ha causado mucha pena.

—No quiero su compasión, maldita sea...—rugió Peeta— Lárguese de aquí. Ahora mismo.

En ese momento Katniss comprendió que no había modo de franquear la muralla de ira y angustia íntima que Peeta había construido a su alrededor. Acababa de provocar a la bestia que habitaba en él y esa bestia la amenazaba.

Sin decir palabra, se dirigió hacia la entrada de la cueva. Allí se volvió para mirarlo una vez más.

—Buenos días, milord. Espero con ansias la culminación de sus sagaces planes.

Esa tarde, la llegada de la señora Cardew provocó en la casa parroquial un breve torbellino de actividad. Effie manejó las cosas como una experta. Katniss se vio obligada a admitir que su tía era muy hábil para ese tipo de cosas. Nunca se la veía mejor que cuando debía manejarse en las peligrosas aguas del trato social.

Fulvia Cardew era esposa de uno de los terratenientes más eminentes del distrito. Su esposo se dedicaba a sus perros de caza; ella, a pasar sentencia en las cuestiones sociales del vecindario. Era una fornida matrona que prefería los vestidos oscuros y los turbantes al tono. Ese día su aspecto era imponente: vestido de calle de lana gris y un pesado turbante del mismo color, que ocultaba por completo su fino pelo entrecano.

Aunque desconcertada por esa inesperada visita, Effie reaccionó de inmediato. En pocos segundos tuvo a su visitante sentada en la sala y preparado el té. Katniss tuvo que abandonar el estudio y Prim hizo cortésmente a un lado su labor de bordado para atender a la señora Cardew.

—¡Qué agradable sorpresa, señora Cardew!—Effie se acomodó en el sofá para servir graciosamente el té— Nos gusta tanto recibir visitas en la casa parroquial...—entregó la taza a su huésped con una sonrisa intencionada— Aunque sean tan inesperadas.

Katniss intercambió con su hermana una sonrisa sapiente.

—Temo que la mía no es una simple visita social—dijo la mujer— Ha llegado a mi conocimiento que anoche, en la tertulia local, se produjo cierto hecho infortunado.

—¿Ah, sí?—Effie tomó un sorbo de té, sin prestarle ayuda.

—Me han dicho que apareció St. Justin.

—Eso creo—concordó Effie.

—Y ordenó que se tocara un vals—continuó la señora Cardew, ominosa—que luego bailó con su sobrina Katniss.

—Fue muy divertido, en verdad—dijo Katniss, alegremente.

—Sí, es cierto.—Prim sonrió a la visitante— Todos disfrutamos mucho del vals y esperamos que vuelvan a tocarlo en la próxima tertulia.

—Eso está por verse, señorita Everdeen.—La señora Cardew enderezó su ya tiesa columna vertebral— Por indecoroso que fuera hacer tocar el vals, me preocupa mucho más el que St. Justin bailara con usted, Katniss. Y sólo con usted. Según la información que he recibido, se marchó después de esa única danza.

—Supongo que nuestra pequeña tertulia lo aburrió—dijo Effie con serenidad, antes de que Katniss pudiera contestar— Sin duda, le bastó una pieza para comprobar que no disfrutaría de la velada. Debe de estar habituado a entretenimientos más elevados.

—Temo que no me comprende, señor Trinket—advirtió la mujer, elevando el tono— St. Justin bailó con su sobrina. El vals, nada menos. Es cierto que el objeto de esa indeseable atención no fue Primrose, sino Katniss. Aun así se trató de un gesto muy audaz.

—Yo estuve allí en todo momento—aclaró Effie, seca— Puede usted creer que me mantuve muy alerta a la situación.

—Aun así, el hombre abandonó la tertulia sin molestarse en bailar con nadie más. Eligió sólo a su sobrina como objeto de sus atenciones. Comprenderá usted que semejante episodio despertará muchos comentarios.

—¿De veras?—Effie enarcó inquisitivamente las cejas.

—Por cierto que sí—aseguró la señora Cardew, ceñuda— La gente ya comenta. Por eso esta mañana me he tomado la libertad de venir.

—Qué amable de su parte—murmuró Katniss, sin poder resistir la tentación. Cruzó una mirada con Prim, conteniendo apenas otra gran sonrisa.

La señora Cardew seguía concentrada en Effie.

—No olvido que usted es nueva en el distrito, señora Trinket, y puede no conocer la reputación de St. Justin. Por cierto, es algo que no se debe comentar frente a señoritas inocentes.

—En ese caso, como hay dos señoritas inocentes en la sala, convendría que no lo comentáramos—sugirió Effie con suavidad.

—Sólo le diré esto—continuó la visitante, con decisión —ese hombre es una amenaza para todas las jóvenes sin experiencia. Si lo llaman la Bestia de Blackthorne Hall es, justamente, porque causó la ruina de otra joven que vivía en esta misma casa. Ella se quitó la vida por su culpa. Por añadidura, cuando murió su hermano mayor corrieron algunos rumores de asesinato. ¿Me explico con claridad, señora Trinket?

—Con toda claridad, señora Cardew, con toda claridad. ¿Le sirvo otra taza de té?—Effie levantó la tetera.

La señora Cardew la miró echando chispas de frustración. Luego dejó ruidosamente la taza y su platito para levantarse de súbito.

—Yo he cumplido con mi deber. Está usted sobre aviso, señora Trinket. Ya que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de cuidar a estas dos jóvenes, confío en que la cumpla como corresponde.

—Haré todo lo posible—dijo Effie, con frialdad— Tenga usted buenos días, señora. Espero que la próxima vez nos haga saber de su visita con alguna anticipación. De lo contrario es posible que no nos encuentre en casa. Llamaré a mi ama de llaves para que la acompañe a la puerta.

Un momento después la puerta de calle volvió a cerrarse. Katniss soltó un profundo suspiro de alivio.

—Qué mujer tan entrometida. Nunca me cayó bien.

—Tampoco a mí—dijo Prim— Reconozco que la manejaste muy bien, tía Effie.

La tía frunció los labios, entornando los ojos con aire pensativo. —Fue una escena horrible, ¿no? No quiero pensar en lo que estarán diciendo en la aldea. Sin duda todos los tenderos hablan de la tertulia de anoche con todos los clientes que cruzan el umbral de su tienda. Esto era lo que yo temía, Katniss.

La joven se sirvió otra taza de té.

—Oh, tía Effie, no tienes por qué preocuparte. Fue sólo una pieza. Y como voy camino a convertirme en una solterona, no creo que eso importe mucho. Pronto se olvidará todo.

—Ojalá—suspiró Effie— Yo me preocupaba por proteger a Primrose de St. Justin y ahora resulta que eres tú la que está en peligro, Katniss. Qué extraño. Según su reputación, el hombre prefiera a las niñas muy jóvenes.

Katniss recordó la confrontación de esa mañana. Jamás olvidaría el dolor y la ira que había visto en los ojos de Peeta mientras la fustigaba con el tema del honor perdido.

—Me parece que no deberíamos creer en todo lo que se dice contra St. Justin, tía Effie.

La señora Sae apareció en la puerta, con una advertencia justiciera en los ojos dolientes.

—Hará bien en creerlo, señorita Katniss, si sabe lo que le conviene. Acuérdese de lo que le digo: la Bestia no vacilará en arruinar a otra señorita, si se le presenta la oportunidad.

Katniss se levantó.

—No quiero que vuelva a tratar de bestia a su señoría, ¿me oye, señora Sae? Si lo hace tendrá que buscar otro empleo.

Y pasó al estudio, sin prestar atención al sorprendido silencio que dejaba atrás. Ya a salvo en su propio refugio, cerró la puerta y se sentó tras el escritorio. Con aire distraído, hizo girar entre las manos un cráneo de salvaje sonrisa.

Peeta no era ninguna bestia. Era un hombre que había sido gravemente herido por la vida y por su propio destino, pero no tenía nada de bestia. Katniss habría apostado por él su vida y su propia reputación.

Ya entrada la noche, Peeta abandonó el volumen de historia que trataba de leer desde hacía una hora y se sirvió un poco de coñac. Luego estiró las piernas hacia el fuego, contemplando las llamas por encima del borde de la copa.

Cuanto antes concluyera con ese asunto de los ladrones, tanto mejor. La situación se estaba tornando peligrosa. Katniss Everdeen parecía ignorarlo, pero él lo sabía perfectamente. Con un poco de sentido común habría abandonado el vecindario en el menor tiempo posible.

¿En qué demonios estaba pensando la noche anterior, al arrebatarla con ese vals? Demasiado sabía que eso iba a despertar comentarios, sobre todo si él no se molestaba en bailar con ninguna de las otras mujeres presentes.

Otra hija de párroco había bailado con la Bestia de Blackthorne Hall. ¿Iba a repetirse la historia?

En Katniss había algo que, decididamente, le despertaba la temeridad. Peeta trataba de ver en ella sólo una de esas fastidiosas intelectuales que reservaba su pasión para los huesos viejos, pero sabía que no era así.

Katniss albergaba una pasión capaz de satisfacer a cualquier hombre. Aunque él no la hubiera probado con ese beso en la cueva, por la mañana, la había visto en sus ojos, clara como el cristal, mientras bailaba un vals entre sus brazos.

Inmediatamente después se había retirado del salón de reuniones, sabiendo que, si permanecía allí, no haría sino agregar agua al molino de los chismes lugareños. Sería Katniss quien debiera soportar la cháchara cuando él se fuera. Y si a ella le parecía poca molestia, era una ingenua. Eso podía ser un infierno.

Peeta calentó la copa de coñac entre las manos. Lo mejor sería abandonar pronto el vecindario, antes de que se viera incitado a alguno de sus actos más escandalosos. Pero una parte de él deseaba que le llevara mucho tiempo atrapar a los bandidos.

Reclinó la cabeza contra el sillón, recordando la sensación de tener a Katniss entre los brazos, cálida, elegante; había respondido muy bien a la danza, con una deliciosa ansiedad. Encontraba un franco deleite en la pecaminosa sensualidad del vals. Peeta adivinó que haría el amor con la misma dulzura y sensibilidad.

Después de todo, esa mujer tenía casi veinticinco años y era decididamente empecinada. Quizá fuera mejor abandonar sus intentos de mostrarse noble y dejar que Katniss se ocupara de su propia reputación.

Si la dama quería jugar con fuego, ¿quién era él para impedírselo?

Tres noches después, Katniss se encontró completamente desvelada. Pasó dos horas, después de acostarse, dando vueltas y vueltas en la cama. No tenía sosiego. La acosaba una sensación de ansiedad y alarma sin motivo aparente.

Por fin, abandonando toda pretensión de dormir, se levantó de la cama. Al descorrer las cortinas vio que las nubes oscurecían parcialmente la luna. La marea estaba baja; al pie de los acantilados se veía una banda de arena plateada.

Pero también vio otra cosa. El parpadeo de una lámpara.

Ya invadida por la excitación, abrió la ventana para mirar mejor. Otro destello, más lejano, indicaba la presencia de un segundo ladrón. Tenía sentido: generalmente eran dos, aunque a veces bajaban tres hombres a la playa.

Katniss esperó un momento, por si aparecía otra lámpara. Por fin decidió que en esa oportunidad el tercer hombre no había acompañado a los otros.

Se preguntó si Flickerman, el detective de Bow Street, había entrado ya en acción. En ese mismo instante debía de estar haciendo señales a Peeta. La joven estuvo a punto de caer de la ventana en su esfuerzo por ver mejor lo que estaba sucediendo.

Sin duda alguna, eso era lo más apasionante que le hubiera ocurrido en su vida. Lo que más lamentaba era no poder ver exactamente lo que ocurriría cuando Flickerman hiciera sus arrestos.

Recordó el severo sermón de Peeta y su advertencia de no acercarse a las cuevas. ¡Qué típico! Los hombres eran quienes experimentaban directamente todas las aventuras mientras ella, que había alertado a todos sobre lo que estaba ocurriendo, sólo podía asomarse a la ventana para ver los procedimientos.

Katniss aguardó con ansiedad, por si pudiera ver a Peeta cuando fuera a reunirse con el señor Flickerman. Pero la luna sólo iluminaba a ratos, haciendo difícil ver lo que estaba pasando en la playa.

Se le ocurrió que, si llegaba hasta el tope del sendero de los acantilados, podría ver mucho mejor.

Tardó sólo unos minutos en ponerse un abrigado vestido de lana, atarse las botinas y tomar su capote y sus guantes.

Poco rato después, con la capucha levantada para protegerse del frío aire nocturno, Katniss salió de la casa y llegó hasta lo alto del sendero.

Desde su nuevo puesto el panorama era más amplio. La franja de arena se iba estrechando casi imperceptiblemente, a medida que la marea comenzaba a cambiar. Dentro de media hora, el agua empezaría a penetrar en las cuevas.

Los ladrones conocían a la perfección el horario de las mareas. Habían hecho lo mismo muchas veces. Peeta y el señor Flickerman también estaban al tanto de eso. Tendrían que actuar con celeridad, pues los ladrones no se demorarían mucho tiempo; de lo contrario, la pleamar los atraparía dentro de las cuevas.

Katniss detectó un oscuro movimiento en la playa. "Dos sombras", se dijo. Ninguna de las dos llevaba una lámpara con que iluminar el camino. Eran, sin duda, Peeta y su mayordomo, que respondían a la señal de Flickerman.

Katniss se acercó un poco más al borde de los acantilados. De pronto la consumía la preocupación. Esos ladrones debían de estar armados y saldrían de las cuevas en cualquier momento.

Por primera vez se le ocurrió que Peeta corría peligro. La idea la enervó, ahogando por completo su excitación anterior. De pronto no podía soportar que él saliera herido.

Las sombras que Katniss había tomado por Peeta y el mayordomo se reunieron con otra sombra, que debía de ser el señor Flickerman, y se apostaron detrás de unos cantos rodados.

En ese momento apareció un destello de luz a la entrada de la cueva. Salieron dos hombres. Flickerman les dio la voz de alto. Katniss oyó apenas el grito autoritario del hombrecillo, por encima del ruido del mar y el viento.

—¡Alto, ladrones!—Abajo sonaron exclamaciones sobresaltadas. Katniss trató de ver mejor lo que estaba ocurriendo, pero de pronto el largo brazo de un hombre se le enroscó al cuello desde atrás, inmovilizándola. Ella quedó petrificada de espanto.

—¿Qué diablos hace usted aquí, señorita Everdeen?—Siseó Crane.

—¡Señor Crane! Caramba, qué susto.—Katniss reflexionó deprisa— Como no podía dormir, salía a dar un paseo por los acantilados. ¿Qué hace usted por aquí?—Para sus adentros, Katniss se felicitó por su notable aplomo.

—Vigilar, señorita. Por suerte, ¿no? De otro modo me habrían atrapado como a esos pobres estúpidos de la playa.—Y le hizo sentir la punta de un cuchillo contra el cuello.

Katniss se estremeció al captar el desagradable olor de ese hombre alto y desgarbado, junto con la fuerza de ese brazo, que parecía una serpiente.

—No sé de qué me habla usted, señor Crane. ¿Sucede algo en la playa? Estaba convencida de que ya habíamos terminado con los contrabandistas en esta región.

—No vale la pena que mienta, señorita Everdeen.—El hombre ciñó el brazo, dejándola casi sin aire— He visto con mis propios ojos lo que está sucediendo allí abajo. Mis socios han caído en una trampa.

—No tengo idea de lo que me dice, señor Crane.

—¿De veras? Bueno, se enterará dentro de unos minutos, cuando bajemos.

Katniss tragó saliva.

—¿Por qué tenemos que bajar?

—Voy a esperar a que esa gente se haya ido; después bajaré para apoderarme de lo que pueda. Con la primera luz vendrán las autoridades para llevarse la mercancía de la cueva. Tengo que cargar ahora con lo que pueda. En cuanto a usted, vendrá como rehén, por si alguien trata de detenerme.

—Pero mientras conversamos está subiendo la marea, señor Crane—advirtió Katniss, desesperada— No tendrá usted mucho tiempo.

—Pues bien, tendré que darme prisa, ¿verdad? Y también usted. Vamos, señorita Everdeen. Se lo advierto: si grita le clavaré este cuchillo en la garganta.

Crane la empujó hacia el sendero del acantilado. Al mirar abajo, Katniss vio que Peeta y los otros habían completado la tarea da aprehender a los bandidos y marchaban con ellos por la playa, hacia otro de los senderos. Si alguno de ellos se volvía para mirar, difícilmente la verían descender con Crane hacia la playa, entre sombras.

Dentro de pocos minutos, Peeta y los otros estarían lejos y ya no podrían oírla.

La marea subía rápidamente. Mientras bajaba con dificultad por el sendero, Katniss vio que las olas lamían con hambre la arena. Su paso era inseguro, pues Crane la sujetaba por el brazo, sin apartar el cuchillo de su nuca.

Cuando llegaron al pie del sendero, Katniss miró a lo largo de la playa, rezando porque Peeta o Flickerman giraran la cabeza y vieran lo que estaba ocurriendo allí atrás. El vacilante claro de luna le permitía a duras penas ver las siluetas que se retiraban.

—Recuerde: ni una palabra.—Crane volvió a ceñirle el cuello con un brazo en cuanto llegaron a la playa— Además de este puñal tengo una pistola en el bolsillo. Si escapa del cuchillo le meteré una bala. Se lo juro.

—Pero si dispara la pistola los hombres lo escucharán—advirtió Katniss, temblando de miedo.

—Puede que sí, puede que no. Las olas hacen mucho ruido. No me provoque, señorita. Siga caminando. Rápido.

De pronto Katniss descubrió que no sólo ella estaba temblando de susto. Crane también estaba alterado. Por el brazo que le apretaba el cuello corrían estremecimientos. Y exudaba el fétido olor del miedo.

Además del factor tiempo, había otra cosa que ponía nervioso a Crane. Katniss presintió que el hombre se debatía contra el terror que le inspiraban las cuevas. Eso no era raro. Tal como había explicado a Peeta, muchas personas sentían pánico al entrar en las cavernas.

Al mirar hacia abajo vio que la espuma del mar ya empezaba a lamerle las botas. Eso le dio una idea.

—No hay tiempo, señor Crane. Quedará atrapado en la cueva. Si no es ahora, tendrá que pasar la noche en esa caverna tan oscura. Dudo que esa lámpara se mantenga encendida por mucho tiempo. Imagine esa aplastante oscuridad, señor Crane. Será como el mismo infierno.

—Cállese la boca—siseó Crane.

—Las autoridades no tendrán más que esperar a la mañana. Cuando se retire la marea, usted correrá directamente a sus brazos. A menos que antes se pierda allí adentro. Siempre cabe la posibilidad. Hay quienes se perdieron en esas cuevas y jamás volvieron a aparecer, señor Crane. ¿Se imagina la sensación de estar atrapado en la oscuridad?

—Puedo entrar en esa caverna y salir en diez minutos. Tengo un mapa. Camine, mujer.

Katniss percibió la creciente tensión de su voz. El hombre estaba muy asustado. Sabía tan bien como ella que restaba muy poco tiempo.

Ese nerviosismo, cada vez mayor, tenía que proporcionarle una oportunidad. Katniss trató de pensar rápidamente. En la caverna exterior la oscuridad sería total. Crane tendría que para encender la lámpara, con los dedos torpes por la ansiedad. Y mientras la encendía no podría mantener el cuchillo contra su cuello.

Si ella se movía con celeridad podría entrar en el corredor de la parte trasera antes de que el hombre extrajera la pistola del bolsillo para disparar.

Echó una última mirada por la playa, envuelta por la noche, y supo de una profunda desesperación. Peeta y los otros estaban ya muy lejos y la distancia crecía segundo a segundo.

Si gritaba a todo pulmón, quizá Peeta la oyera por encima del ruido de la marea creciente, pero Katniss no estaba segura de que pudiera comprender lo que ocurría.

Tendría que escapar por sí sola.

Katniss tomó su decisión en el momento en que Crane la empujaba hacia la entrada de la cueva.

—Después de todo, señorita Everdeen, parece que no voy a necesitar rehenes. Aquellos se han ido. Puedo deshacerme de usted ahora mismo. Por los clavos de Cristo, qué oscuro es esto, ¿Cómo podían soportarlo?

Katniss tropezó deliberadamente y cayó de rodillas, mientras Crane maniobraba con la lámpara. Ese movimiento la libró momentáneamente del brazo que la sujetaba.

—¡Peeta!—Su alarido colmó la caverna, pero no había modo de saber si se oiría afuera, en la playa. Dio un puntapié a la lámpara, pero falló.

—Cállese la boca, grandísima perra. ¡Por todos los diablos!

Crane se interponía entre Katniss y la entrada. Jamás podría pasar por allí. Sólo puedo girar y huir a ciegas hacia las negras profundidades de la caverna, con las manos extendidas, buscando con los dedos la pared de piedra. Detrás de ella Crane, entre maldiciones, luchaba por encender la lámpara.

—¡Vuelva inmediatamente!—Chilló.

En ese momento la lámpara cobró vida, bañando la caverna con un fulgor dorado. Viendo que estaba a menos de un metro de la entrada al túnel, Katniss se lanzó directamente hacia allí.

Un disparo retumbó en toda la caverna, despertando ecos horribles. Pero Katniss no miró hacia atrás. Ya estaba dentro del túnel, corriendo hacia la nueva oscuridad.

—¡Maldita sea!—Gritaba Crane, furioso— ¡Maldita sea!

Katniss se acurrucó en el túnel, en un sitio donde no llegaba la luz de la lámpara. El administrador se acercaba a grandes pasos. Ella esperaba que el pánico lo obligara a desistir de llevarse parte del tesoro. Por desgracia, su codicia parecía más fuerte que el miedo a las cuevas o la perspectiva de ser atrapado.

La joven se escurrió un poco más por el negro corredor, tanteando el camino con las manos enguantadas. Un rayo de luz le advirtió que Crane no había abandonado la persecución. Sus pasos resonaban en el suelo de piedra, igual que sus resuellos.

Ella retrocedió por el túnel. Algo cruzó sobre la puntera de su botina. Un cangrejo, sin duda.

Ese mortífero juego de escondidas se prolongó por un tiempo que parecía interminable, mientras Katniss retrocedía más y más por el corredor. El rugido del mar se hacía cada vez más potente. La joven comprendió que las olas empezaban a inundar la caverna exterior, cortando toda salida poco a poco, pero sin pausa. En pocos minutos más sería demasiado peligroso intentar la salida. Quizá fuera ya demasiado tarde.

—¡Condenada estúpida!—Aulló Crane— ¿Dónde diablos te has metido?

De inmediato lanzó un chillido. Fue un espantoso ruido de puro terror animal, que reverberó por los pasadizos.

El fulgor lejano y vacilante de su lámpara desapareció de súbito, hundiendo a Katniss en la total oscuridad. Las botas de su perseguidor retrocedieron ruidosamente hacia la caverna exterior. En Crane el miedo acababa de imponerse a la codicia.

Katniss aspiró hondo para calmar los nervios y lenta, penosamente, inició la tarea de regresar hacia la entrada. Casi de inmediato comprendió que ya era demasiado tarde. El sonido del mar en la caverna exterior llegaba con toda claridad. Entonces se detuvo a pensar.

Aunque sabía nadar, no tenía las fuerzas necesarias para luchar contra ese oleaje sin que la hiciera pedazos contra las paredes de la caverna.

La idea de pasar la noche sola en esa intensa oscuridad no le resultaba más atractiva que al señor Crane. Se estremeció al caer en la cuenta de que podía quedar atrapada allí por varias horas.

—¡Katniss! ¡Katniss! ¿Está usted aquí? ¿Dónde diablos está?

—Peeta.—El alivio corrió por ella como una ola. Ya no estaba sola en esa interminable negrura— Estoy aquí, Peeta. En el túnel. No veo nada. No tengo lámpara.

—No se mueva. Estaré allí en un momento.

Vio primero una luz que ondulaba. Poco después apareció Peeta, encogiendo sus anchos hombros para virar en un recodo del túnel. Iba sin sombrero y sin abrigo; llevaba la pesada prenda enroscada al cuello, como si fuera una corbata sin atar o una bufanda. Katniss notó que tenía los pantalones y las botas empapados; sin duda se había visto obligado a entrar en la caverna con el agua hasta los muslos. Ella comprendió que se había quitado el abrigo para mantenerlo fuera del agua.

Él se detuvo con la lámpara en alto, para verla mejor. La luz recortaba ásperamente sus facciones, pero Katniss se dijo que nunca había visto a nadie tan hermoso como Peeta en ese momento, tan corpulento, tan fuerte y sólido. Habría querido arrojarse en sus brazos, pero logró dominarse.

—¿Se encuentra bien?—Preguntó Peeta, brusco.

—Sí, estoy bien, sí.—No pudo dejar de echar un vistazo tras él— ¿Qué pasó con el señor Crane?

—Se arriesgó a echarse a la mar. Si no ha muerto ahogado, está ya en poder de Flickerman. Lo que sé es que, por esta noche, ya no podremos salir de esta cueva. Al parecer, tendremos que esperar la mañana en este maldito lugar, señorita Everdeen.

—Me lo temía. Gracias a Dios, usted tiene una lámpara.

—Sí, y en la caverna hay otras que dejaron los ladrones junto con el botín. Venga, salgamos de este condenado túnel. Se me ajusta al cuerpo como una chaqueta de buen corte.

Katniss, sin discutir, giró para marchar hacia la caverna de los bandidos. Peeta la siguió, lanzando una leve exclamación de alivio al salir a la amplia cámara.

—No es exactamente un agradable cuarto de posada, ¿verdad?— Colgó la lámpara en una cuña metálica, clavada en la pared por uno de los ladrones— El servicio es malo. Y supongo que este suelo de piedra se nos hará muy incómodo antes de que llegue la mañana. Recuérdeme que no deje propina para la gerencia.

Katniss se mordió los labios, invadida por el remordimiento.

—Sé que todo esto es culpa mía, milord. Lamento mucho estas molestias.

—¿Molestias?—Peets enarcó una ceja— Usted no sabe lo que significa esa palabra, Katniss. Mañana descubrirá lo molesta que puede resultar esta situación.

Ella frunció el entrecejo.

—No comprendo, señor. ¿Qué trata de decirme?

—No importa. Más adelante tendremos tiempo de sobra para discutirlo.—Peeta se sentó en un trozo de roca para quitarse las botas mojadas— Por suerte, usted tiene un capote y yo, un abrigo seco. En este cuarto hace mucho frío.

—Sí, es cierto.—Katniss se acurrucó bajo el manto, echando una mirada intranquila a su alrededor. Empezaba a comprender que debía pasar la noche allí, con Peeta. En toda su vida nunca había pasado la noche con un hombre en la misma habitación— ¿Cómo me encontró? ¿Oyó mi voz? ¿O fue el disparo del señor Crane?

—Ambos.—Una bota cayó al suelo de piedra. Peeta se dedicó a forcejear con la otra— Estaba alerta por su aparecía el tercer hombre que usted decía haber visto. Supuse que estaría montando guardia. Pero no esperaba verlo bajar por el acantilado con usted.—La segunda bota cayó al suelo.

—Comprendo.—Katniss echó un vistazo a las botas y se humedeció los labios, súbitamente secos.

—Si no le molesta, señorita Everdeen, me gustaría que me diera una explicación.—Peeta se levantó para maniobrar con la abotonadura de sus pantalones.

Katniss dilató los ojos de espanto. ¡Ese hombre iba a quitarse la ropa mojada! Dadas las circunstancias, no había otro remedio. Si intentaba dormir con esas prendas húmedas pillaría una pulmonía. No obstante, ella nunca había visto a un hombre sin ropas. Le volvió la espalda y empezó a hablar apresuradamente, para disimular su nerviosismo.

—No podía dormir—dijo— Desde la ventana vi que había hombres en la playa y me di cuenta de que los ladrones estaban aquí. Sabía que el señor Flickerman haría su señal para el plan se pusiera en acción. Al principio me sentí muy excitada. Quería ver lo que ocurría. Pero luego me alarmé.

—¿Tuvo miedo de sus condenados fósiles?

—Tuve miedo por usted—susurró ella, muy consciente del ruido que hacía Peeta al quitarse esos pantalones empapados.

—¿Por mí?—Hubo un breve silencio— ¿Por qué diantre tenía que preocuparse por mí?

—Bueno, es que usted no tiene mucha experiencia en cazar ladrones, milord.—Katniss se retorció las manos bajo el capote— Es decir, no es su ocupación normal. Pensé que los ladrones estarían armados, que eran peligrosos y... bueno...—Se le apagó la voz. No podía confesar que su aflicción era mucho más personal. Ella misma acababa de descubrirlo.

—Comprendo—dijo Peeta, con voz fría.

—No quise ofenderlo, milord. Sólo me preocupaba el peligro que usted pudiera correr.

—¿Y el que corría usted misma, señorita Everdeen?

Ella se preparó para resistir el sarcasmo.

—No pensé que corriera ningún peligro allí, en la cima de los acantilados.

—Casi no la oigo, señorita Everdeen.

Katniss carraspeó.

—Dije que no creía correr ningún riesgo allí, en lo alto de los acantilados.

—Bien, se equivocó, ¿verdad? Y ahora corre un peligro mucho mayor del que puede haber imaginado.

Katniss giró en redondo ante esa suave amenaza. Fue un alivio ver que Peeta se había puesto el abrigo; le llegaba hasta las pantorrillas desnudas. El hombre estaba atareado con uno de los sacos.

—¿Qué hace usted, señor?

—Preparo una cama para que pasemos la noche. ¿O piensa usted dormir de pie?—Peeta abrió la saca y la volvió hacia abajo, dejando caer una fortuna en plata y piedras preciosas.

—No creo que esta noche pueda dormir—murmuró Katniss, mientras Peeta vaciaba otra de las bolsas de lona— Comprendo que esté fastidiado conmigo, milord, y lo lamento mucho. Pero comprenderá usted que lo sucedido es puro accidente.

—Fatalidad, señorita Everdeen. Creo que podemos rotularlo como fatalidad. Lo que ha ocurrido esta noche tiene todo el peso ominoso y sobrecogedor de la más pura y condenada fatalidad. ¿Pertenece usted al tipo filosófico?

—No he pensado mucho en la filosofía, aunque he leído a algunos de los clásicos, por supuesto. Siempre me interesaron más los fósiles.

Peeta le echó una extraña mirada de soslayo.

—Pues prepárese, señorita Everdeen. Ante sus mismos ojos está por abrirse todo un campo nuevo.

Katniss arrugó la frente.

—Esta noche denota usted un extraño talante, ¿verdad, milord?

—Puede atribuir mi humor al hacho de que, a diferencia de usted, siento un saludable respeto por el poder de la fatalidad.—Peeta vació el último de los sacos. Luego los abrió a lo largo, uno a uno, y acabó por apilarlos en una especie de colchón.

Detrás de él, la lámpara centelleaba en los objetos valiosos amontonados en el suelo de piedra. Candelabros de oro, anillos de rubíes y cajas para rapé chispeaban en un fuego refulgente, que no proporcionaba ningún calor.

Katniss echó un vistazo a los sacos de lona.

—¿Piensa usted dormir allí, milord?

—Mi intención es que los dos durmamos aquí.—Peeta acomodó las bolsas a su gusto— La lona nos protegerá un poco del frío de la piedra; como mantas tenemos su capote y mi abrigo. Así sobreviviremos a la noche.

—Sí, por supuesto.—Quería que ella durmiera a su lado. Por la espalda de Katniss corrió una desconcertante emoción, seguida por un destello de miedo que también la inquietó. Echó una mirada a la cámara, buscando alguna alternativa— Supongo que es una decisión muy sensata.

Peeta le miró las botas mojadas.

—Sería mejor que se descalzara.

Ella siguió la dirección de sus ojos.

—Sí. Sí, por supuesto.

Se sentó junto al montón de rocas donde había descubierto su diente en la visita anterior. Después de echar una mirada melancólica al fósil, se inclinó para desatarse las botas.

Un momento después de quitárselas se sintió mortificada. No había perdido tiempo en ponerse un par de medias antes de salir. Se estaba poniendo roja; era de esperar que Peeta no se diera cuenta.

—Tranquilícese, Katniss. A lo hecho, pecho. Ya no podemos hacer nada, salvo tratar de descansar un poco. Del resto nos encargaremos por la mañana.—Los ojos sombríos de Peeta parecieron suavizarse un poco al apreciar el aspecto desaliñado e inseguro de la muchacha— Venga, querida. Si compartimos estos sacos estaremos más abrigados y correremos menos peligro de pillar una pulmonía.

Katniss se levantó, removiendo los dedos de los pies contra la piedra fría. Luego cuadró los hombros. Peeta tenía mucha razón: era lo más sensato.

Sin poder mirarlo a los ojos, caminó con paso vacilante hasta el montón de lona y se detuvo junto a la cama improvisada, sin saber cómo actuar.

Peeta se acomodó en las sacas, con un revoloteo de abrigo. Luego abrió el pesado capote de Katniss y la tomó con firmeza de la mano para hacerla sentar a su lado, con aire suave, pero implacable.

Con un gran esfuerzo de voluntad, Katniss se las compuso para mantener alguna semblanza de serenidad exterior, pero sus dedos temblaban en la manaza de Peeta. Estaba segura de que él lo había notado, aunque tuviera la amabilidad de no burlarse y se comportara como si no estuviera ocurriendo nada indebido.

Un momento después la hizo acurrucar a su lado, cubierta con el manto desde el cuello hasta los pies, con la capucha como almohada. El calor de ese poderoso cuerpo la envolvía traspasando los pliegues del grueso abrigo; era reconfortante. Katniss permaneció muy quieta, observando las sombras que la lámpara arrojaba contra las paredes de la caverna.

—Lamento muchísimo estas molestias, milord—murmuró una vez más.

—Duerma, Katniss.

—Sí, milord.—Ella guardó silencio por un momento— En casa se preocuparán mucho cuando descubran, mañana por la mañana, que no estoy en mi cama.

—A no dudarlo.

—¿Les informará el señor Flickerman que estamos en las cuevas?

—Estoy seguro de que su familia se enterará muy pronto de todo—aseguró Peeta, con sequedad.

—Podremos salir muy temprano—aseveró Katniss, con una nota optimista.

—No tanto como para detener las ruedas de la fatalidad, señorita Everdeen.—Peeta se puso de costado para curvarse a su alrededor, rodeándole audazmente la cintura con un brazo— No tanto, no.

Katniss aspiró bruscamente al sentir el peso del brazo, pero se tranquilizó un poco al caer en la cuenta de que él sólo trataba de proporcionarle un poco más de calor.

—Nos encontramos en una situación muy extraña, ¿verdad, milord?

—Muy extraña, sí. Trate de dormir, Katniss.

Ella cerró los ojos, convencida de que no podría pegar un ojo. Con un bostezo, se acurrucó más cerca del calor de Peeta y de inmediato se perdió en el olvido.

Al despertar, largo rato después, tenía frío. Sintió que la pierna de Peeta se movía a lo largo de la suya y por instinto, se acercó más a él, buscando su calor. Entumecida por la posición de costado en el duro suelo, giró hacia el costado contrario y se encontró cara a cara con Peeta.

De inmediato vio que él tenía los ojos abiertos y la observaba con sorprendente intensidad. Sus ojos centelleaban en las sombras parpadeantes de la lámpara. Su brazo le ciñó la cintura.

—¿Peeta?—Sonrió, trémula y aún aturdida por el sueño, alargando una mano para tocarle la mandíbula desfigurada— ¿Le he dado las gracias por acudir en mi rescate?

Él calló por un momento. Luego se incorporó sobre un codo para inclinarse hacia ella.

—No sé si por la mañana querrá todavía darme las gracias.

Ella iba a asegurarle que sí, pero no tuvo oportunidad de hablar. Peeta bajó la cabeza y le cubrió la boca con la suya.

Katniss, sin vacilar, lo rodeó con los brazos para acercarlo más; le encantaban su calor y su fuerza; necesitaba más de ambas cosas. Por una parte sabía que habría debido mostrarse horrorizada o, cuando menos, profundamente ofendida. Una parte de ella sabía que era menester resistir.

Pero la otra parte reconocía haber estado esperando que Peeta volviera a besarla desde el primer abrazo, en esa misma caverna.

—En verdad creo que usted es mi fatalidad—susurró Peeta contra su boca— Para bien o para mal, parece que estamos atados el uno a la otra. ¿Va a resistirme, Katniss?

Ella no comprendió.

—¿Por qué he de resistirle?

—Los vecinos me llaman la Bestia de Blackthorne Hall.

—Usted no es ninguna bestia.—Katniss volvió a tocarle la cara, saboreando las fuertes y audaces líneas de su mandíbula— Es un hombre, el hombre más fascinante de cuantos he conocido.

—Apostaría a que no ha conocido tantos hombres.—Con un gruñido quejoso, Peeta le abrió el capote para besarla en el cuello— Eso no cambia las cosas.—Katniss se estremeció al sentir su boca contra la piel.

—No hay otro hombre como usted en el mundo entero. Estoy segura. La otra noche, cuando bailé con usted en la tertulia, me sorprendí deseando que ese vals no acabara nunca.

—¿Disfrutó usted del vals?—Él le rozó la boca con la suya.

—Mucho.

—Eso me pareció. El placer se le veía en los ojos. Usted es una criatura muy sensual, Katniss Everdeen. El vals está hecho a su medida.

—Me gustaría mucho que volviéramos a bailarlo algún día—dijo ella, súbitamente sofocada.

—Tomaré nota.—Peeta retiró otro poquito de capote y le clavó en los ojos la mirada sombría, mientras encerraba en la mano la curva de un pecho. Esperando su reacción.

Katniss ahogó una exclamación ante esa chocante intimidad. Era preciso decirle que cesara ya con esas cosas. Pero al fin y al cabo, ella tenía casi veinticinco años y ésa era la primera vez que conocía el contacto de un hombre. Probablemente fuera su única experiencia. Y se trataba de Peeta.

—¿Y bien, Katniss?—La manaza de Peeta se movía con tentadora ternura, encerrándola, dándole forma, acariciando suavemente.

La lengua de Katniss le tocó la comisura de la boca. No hallaba palabras para responder. Tenía el pulso acelerado y un calor pesado, líquido, fluía de algún sitio, muy dentro de ella. Le rodeó el cuello con los brazos para besarlo, con una pasión que pareció estallar de la nada.

Peeta no necesitó de más acicate. El sereno dominio que había caracterizado sus actos hasta entonces se disolvió en un instante. Apartó bruscamente el manto para desatar las cintas del vestido.

—Katniss, mi dulce y confiada Katniss—murmuró contra su cuello, enronquecido, mientras le deslizaba el corpiño hasta la cintura.— Acaba usted de sellar su destino.

Ella no comprendió esas críticas palabras; estaba demasiado atareada en lidiar con una verdadera inundación de sensaciones nuevas como para preguntarle qué significaban. Sólo sabía que cuanto estaba ocurriendo estaba predeterminado, de alguna manera. Era algo que ella deseaba, algo que no podía evitar. Algo que anhelaba... no, que necesitaba experimentar.

Sintió frío donde el aire le tocaba la piel desnuda pero de inmediato sintió calor otra vez, porque Peeta estaba sobre ella. Más que calor. Ardía. Jamás había ardido así en su vida. El peso de ese hombre la excitaba de un modo increíble. Todos sus sentidos respondían a él.

Peeta se quitó el abrigo, impaciente, dejando al descubierto la larga camisa blanca que llevaba por toda prenda interior. En el pecho amplio se le rizaba el vello rubio y duro, formando una densa esterilla que se ahusaba hacia abajo. Katniss vio un destello de su miembro viril, tenso y duro, y quedó petrificada.

—¿Peeta?

—Debe confiar en mí—dijo él, con una voz ronca y oscura que revelaba su deseo con tanta claridad como el mismo cuerpo. Acomodó el abrigo sobre ambos, ocultando a la vista la carne excitada.—Ya no tiene más alternativa que confiar en mí. Míreme, mi dulce Katniss.

Ella lo miró a los ojos y notó en ellos la desnuda necesidad. Nunca antes había visto el deseo desatado en la mirada de un hombre, pero lo reconoció de inmediato. Y vio algo más: una profunda cautela y una ceñuda determinación. Era como si se preparara para experimentar nuevos dolores.

Katniss sonrió suavemente.

—Confío en usted, Peeta.

Con otro gruñido, él inclinó la cabeza para besarle los pechos con reverente cuidado. Ella le clavó los dedos en los hombros. La sensación superaba todo. Sintió que la manaza de Peeta se deslizaba hacia abajo, pasándole el vestido por encima de las caderas hasta quitarlo por completo, liberándola al tacto. Se estremeció bajo la recia suavidad de sus dedos.

La palma de Peeta estaba ahora en la cara interior de sus muslos, acariciando hacia arriba, dirigiéndose hacia el centro de fuego líquido que parecía arder dentro de ella. Pero cuando él hundió un largo dedo en ese fuego, abriéndola, Katniss lanzó un grito de espanto.

—Ya estás lista para mí.—Peeta retiró suavemente el dedo y volvió a hundirlo con más lentitud.

Todo el cuerpo de la muchacha se puso tenso en respuesta a esa asombrosa intromisión. Apretó los ojos con fuerza y permaneció inmóvil, tratando de determinar si le gustaba o no. Era demasiado extraño. Deliciosamente extraño.

Luego Peeta movió el dedo una vez más y Katniss llegó a una decisión. Le encantaba sentirlo dentro de sí. Levantó las caderas contra esa mano que hurgaba cautelosamente y le aferró los hombros.

—Me deseas.—Peeta le apresó un pezón entre los dientes, tirando de él un poquito— Dilo.

—Te deseo.—Katniss apenas podía respirar. Sus palabras eran un jadeo ahogado— Te deseo, Peeta.

—Dilo otra vez. Necesito oírtelo decir, mi dulce y temeraria Katniss. Necesito oírtelo decir.—Su mano seguía moviéndose y trazando un pequeño dibujo en el calor húmedo.

A Katniss le pareció imposible que el fuego interior pudiera ir en aumento. Se retorció debajo de él, buscando algo que no podía determinar.

—Por favor. Por favor, Peeta.

—Sí—murmuró él— Sí, qué diablos.

Un segundo después le separaba las piernas para instalarse entre sus muslos. Katniss sintió que bajaba una mano para guiarse hasta esa parte que había estado acariciando. Lo sintió mojarse en su húmedo calor. Y luego sintió que la penetraba.

Muy tensa, cayó en la cuenta de que esa parte en especial de Peeta estaba construida a la misma escala enorme que el resto de su persona. Sus dedos le aferraron los hombros, en tanto abría súbitamente los ojos. Se encontró mirando directamente la feroz caldera de esos ojos zafiro.

—Te hago daño—dijo él, apretando los dientes en un rígido autodominio— No quería hacerte daño. Eres tan estrecha... tan pequeña, hermosa y estrecha... Y yo soy un bruto muy grande que no tiene por qué forzarte así.

—No digas eso. No me estás forzando.—Katniss miró al fondo de esos ojos azulados y vio entre las llamas la pena y el dolor— No vuelvas a decir eso. No es cierto.

—Lo es. Te he enseñado deliberadamente a experimentar sensaciones que no sabes manejar. Y me estoy aprovechando de esas emociones.

—No soy una niña. Puedo decidir por mi cuenta—aseveró ella.

—¿Te parece? Creo que no. Ya tendrás demasiado que lamentar por la mañana, tal como están las cosas. No quiero agregar esto a la carga.

Ella supo instintivamente que iba a retirarse; supo también que no podía permitirlo. Y adivinó que Peeta necesitaba saberse deseado con tanta desesperación como él parecía desearla.

—¡No!—Le hundió las uñas en la potente espalda, arqueando la parte inferior del cuerpo en un gesto de invitación— No, Peeta. Por favor, no te apartes ahora de mí. Te deseo. Te deseo.

Él vaciló, aún detenido en la suave y húmeda entrada de su cuerpo. El sudor le cubría la frente.

—Que Dios me perdone, pero te deseo como nunca he deseado en mi vida.—Las palabras parecieron serle arrancadas en un gruñido estrangulado, en tanto que se hundía lenta y pesadamente en ella.

Katniss lanzó un grito, pese a su resolución de no hacerlo. Peeta se apresuró a cubrirle la boca con la propia, bebiendo su exclamación incoherente.

Un entusiasmo apasionante, mezcla de dolor y placer, corrió por el cuerpo de Katniss. Se sintió extendida y colmada hasta lo insoportable, pero al mismo tiempo cobró oscura conciencia de que buscaba una excitación refulgente que parecía estar casi a la mano.

Supo que rondaba el umbral de un gran descubrimiento. Con un poco de tiempo llegaría asir ese placer elusivo. Estaba segura.

Pero no tuvo tiempo. Peeta se escurrió lentamente. Luego volvió a hundirse, hasta el fondo. Con un grito ronco, lleno de cruda satisfacción masculina, arqueó el cuerpo por encima de ella, con los músculos duros como acero.

Y luego se derrumbó a lo largo de su cuerpo, aspirando el aire a grandes bocanadas, en tanto la aplastaba entre su mole y el duro suelo de la cueva.

Hola! Qué tal?

Que les pareció el capítulo? Son rápidos no creen? Jajajaja

Nos leemos pronto! .lll.