Juegos
–No me lo puede creer, es que no me lo puedo creer– mascullaba Bones incesantemente mientras revisaba las lecturas que su tricorder acababa de obtener.
El enfado del médico era seguido de cerca por Scotty, Chekov y Sulu, mientras el resto de la tripulación alfa permanecían alejados de ellos, a una distancia prudencial a sabiendas de que la ira de Bones no tardaría en ser vertida en cuanto se cerciorase de que el estado de Jim no corría peligro. Algo que parecía a punto de confirmarse, ya no sólo por los datos médicos, sino porque el propio Jim estaba sentado en la cama médica, comiendo la mitad de un sándwich de pollo mientras leía un libro de aventuras que Chekov le había dejado. Los únicos signos que indicaban que algo había pasado eran las vendas que ahora cubrían el brazo izquierdo del niño y el apósito que estaba cicatrizando la brecha que se había abierto en su sien.
Con una última mirada a la pantalla de su tricorder, Bones se volvió hacia Scotty, Chekov, y Sulu ya que ellos habían sido los que habían traído a Jim hasta la enfermería.
–Bien, ahora explicarme por que hemos acabado el día con el capitán medio inconsciente. Pase que cuando el idiota es un adulto, o tenga el tamaño de un adulto, no deje de dañarse en las misiones de tierra pero ¿Qué se abra la cabeza en la propia Enterprise cuando es un inocente niño?– siseó el médico con la voz más baja que pudo obtener para que Jim no le escuchase–. ¡Por el amor de Cristo!
–Verá doctor, estábamos jugando– dijo Sulu.
–¿Jugando? ¿¡Jugando!? Pues espero que tengáis una gran historia sobre ese juego que explique este desastroso resultado.
–Si me permite doctor, yo se lo explicaré.
Conforme con el piloto, Bones le indicó que iniciase su relato mientras se acercaban al resto de la tripulación alfa…
Con un sonoro bostezo, Jim ocupó su sitio en el comedor en dónde, el día anterior, Scotty había colocado una silla más alta para que pudiera llegar con comodidad a la mesa a la que ya estaban sentados Spock, Uhura y Sulu.
–Buenos días Jim, ¿cómo has dormido hoy?– le preguntó Uhura sentándose a su lado y deslizando un brazo sobre sus pequeños hombros antes de darle un beso en la cabeza.
–Bien, pero la alarma sonó muy pronto.
–Entonces hoy habrá que tomar una siesta– dijo McCoy llegando hasta su lado y dejando el desayuno de Jim frente a él.
–No, siesta no– gimió el niño.
–Veremos– rió Bones–. ¿Tenemos nuevas órdenes?– preguntó mirando a Spock, pero el oficial estaba demasiado relajado supervisando la toma de alimentos de su pequeño amigo.
–Negativo. De momento continuamos con nuestra misión: registrar este sector en busca de planetas habitables. Seguiremos fuera de curvatura al menos durante cuarenta horas.
–Puede que hoy revisemos dos planetas– añadió Sulu–. Uno de ellos parece bastante prometedor según los datos del departamento geológico.
–Pues esperemos que ellos puedan conseguir mejores resultados que nosotros– suspiró Uhura–. Por que no he conseguido rastrear ni una mísera transmisión hablada.
Jim observaba el intercambio de los mayores en silencio cuando Scotty llegó a la mesa y se sentó a su lado.
–Buenos días pequeño, ¿qué tenemos hoy para desayunar?
Por extraño que pudiera parecer, sobre todo ante el aparente aspecto osco del ingeniero, Jim había hecho buenas migas con él rápidamente. Por ello a nadie le extrañó que Jim alzase una cucharada colmada de su propio desayuno hacia el hombre que, con gusto, lo probó.
–¡Uuumm! Galletas con leche y chocolate, tú sí que sabes empezar bien el día niño. Seguro que todo esto te va a dar mucha energía. ¿Qué piensas hacer el resto del día?– le preguntó Scotty viendo cómo la tripulación alfa seguía discutiendo acerca de las tareas que iban a sucederse a lo largo de las próximas horas.
–No lo sé– Jim se encogió de hombros–. Bones tiene que estar cuidando a la gente que está enferma, así que iré al puente. Creo que tengo una película de dibujos para ver.
Para Scotty era impresionante ver cómo su activo y vivaz amigo se mostraba tan dócil y calmo. No pudo reprimir un resoplido antes de revolver el pelo del niño.
–Suena aburrido, niño. ¿Qué te parece si te vienes conmigo?
–¿De verdad?
El agudo tono que Jim había empleado se ganó la atención del resto de comensales que ahora contemplaban el intercambio entre el niño y el ingeniero.
–Por supuesto. No tengo ninguna tarea pendiente, y podríamos encontrar algún juego con el que entretenernos– viendo la mirada de Spock y Bones sobre él el hombre carraspeó–. Bueno, si nos lo permiten, claro está.
–El puente es un lugar mucho más seguro para un niño tan pequeño– comenzó a decir Spock, pero su hilo de pensamiento se vio modificado al ver la decepción aflorando en la mirada de Jim. Desde que el incidente cambiase a su capitán este apenas había pedido algo para si mismo que no fuera alguna comida o un vaso de agua–. Aunque supongo que en ingeniería, y con la supervisión del señor Montgomery, estará igual de cuidado.
La lógica de Spock convenció a Bones que claudicó y permitió que Jim pasase el día con Scotty no sin advertirles a ambos que les esperaba para la hora de la cena en perfecto estado de revista.
–Vamos, vamos– apremió Scotty a Jim. El niño tomó su mano y echó a andar junto a él fuera del comedor–. Alejémonos cuando podamos.
–¿Por qué tenemos tanta prisa?– preguntó el niño viendo cómo ya iban hacia un turboascensor.
–Por qué no estoy seguro de que el doctor permita que lleguemos a ingeniería sin volver a repetirnos todo lo que no podemos hacer.
Con una sonrisa cómplice ambos se metieron en el turboascensor y llegaron hasta los inmensos dominios de Scotty en dónde se encontraron con Chekov.
–Holia piqueño– exclamó el alférez corriendo hacia ellos–. ¿Qui hasis por aquí?
–Vengo a pasar el día con Scotty– cómo queriendo corroborarlo el niño agitó la mano del hombre entre las suyas–. Vamos a jugar.
–¿Y a quí van a jugar?
–Aún no lo hemos decidido– dijo Scotty rascándose distraídamente la nuca.
–Quí os parisi si jugamos a incontriar il tisoro– les propuso Chekov–. Io iscondere un objeto y os daré pistas para qui lo incontréis. Il qui gane se llivará un diseo.
–¿Y ese deseo qué es?– preguntó Jim.
–Lo qui quieras, siempri y cuando puida intrar en la nave– rió Chekov.
Conforme con la idea del alférez, Scotty se fue con Jim a su despacho para esperar a que el muchacho escondiese la prenda a encontrar: un cuaderno de anotaciones de la flota estelar en el que Jim había dibujado su propia visión de la Enterprise. La única regla era que no se podía salir de la zona de ingeniería, por lo que cuando Sulu bajó para ver el progreso en sus actividades se encontró con Scotty y Jim corriendo entre varios contenedores de dilitio en reparación.
–¿Qué hacéis?– preguntó el piloto.
–¡Cazamos un tesoro!– exclamó Jim estudiando el interior de uno de los contenedores tumbados y dentro del cual se encontraban dos ingenieros haciendo arreglos.
–Efectivamente– Scotty se acercó al asiático–. ¿Qué te trae hasta aquí?
–Asegurarme que no estáis haciendo locuras. El doctor insistió en que era peligroso dejar a dos mentes cómo la tuya y la de Jim juntas sin supervision– rió Sulu.
–Entonces tendrás una tarea sencilla por que todo está en orden– dijo satisfecho Scotty.
–No quiero llevarte la contraria pero para decir eso deberías saber donde está Jim.
–Y lo sé, está aquí… mismo– el ingeniero jefe rebuscó entre los huevos alrededor pero no había señal alguna del niño–. ¡Mierda!
Sulu y Scotty buscaron a Jim por toda la ingeniería sin éxito. Media hora después Scotty propuso buscar en los niveles superiores, un lugar repleto de escaleras, quiebros en el camino, tubos de refrigeración, válvulas de escape funcionando… un lugar nada halagüeño para cualquier niño no así para Jim, pues fue allí dónde le encontraron. El ingeniero iba a correr hacia el niño pero Sulu le detuvo pues no estaba sólo. Ambos observaron desde la distancia cómo Jim se había detenido frente a un corpulento hombre, ni más ni menos que el jefe de seguridad de la nave, el mismo al que Jim, antes de entrar a formar parte de la flota estelar, había bautizado cómo "Magdalena". El encuentro parecía algo tenso pues el hombre, de metro noventa, permanecía petrificado frente al niño, que le miraba con los ojos muy abiertos. Jim le dijo algo, inaudible desde la distancia, pero el hombre no se alteró. Sulu creía que iban a tener que intervenir cuando, para sorpresa suya y de Scotty, el gran jefe de seguridad se inclinó hacia Jim y le tomó entre sus brazos con una delicadeza casi ridícula, antes de alzarle para que pudiera reconocer la zona superior de los tubos. Escondiendo sus sonrisas, Sulu y Scotty regresaron a la cubierta principal de la ingeniería.
La interacción entre Giotto y Jim se prolongó durante casi una hora, cuando finalmente ambos regresaron junto al resto Jim iba sobre los hombros del jefe de seguridad, que mantenía sus manos sobre las piernas del niño para prevenir cualquier caída. El hombre sonreía mientras Jim parloteaba alegremente una historia.
La sonrisa de Giotto se transformó en un gesto impertérrito cuando se percató de que Sulu, Scotty y Chekov le miraban con diversión. El hombre tomó a Jim de sus hombros y lo dejó con cuidado sobre el suelo.
–Hemos llegado. Espero que encuentre el tesoro– dijo Giotto al niño.
–Gracias Magdalena.
El apodo del jefe de seguridad heló la sangre de todos los que por allí pasaban ya que era bien sabido que el hombre detestaba el sobrenombre que el Jim adulto le había dado. Sin embargo, Giotto pareció olvidarse de cuanto le molestaba aquello ya que estaba demasiado ocupado acariciando los rizos dorados del pequeño capitán que ahora se abrazaba a su pierna.
–Si no lo hubiera visto… jamás lo hubiera creído– musitó Sulu.
–Creo que necesito un trago– añadió Scotty mientras Chekov se frotaba los ojos.
Los tres sintieron un escalofrío mientras Jim se acercaba riendo hacia ellos, y es que tras el niño Giotto había vuelto a poner sobre su rostro una máscara de frialdad con la que ahora les miraba en una muda advertencia. Tanto Scotty, cómo Sulu y Chekov comprendieron que si querían continuar con su existencia no debían decir a nadie lo que acababan de ver.
La comida fue una sucesión de divertidos acontecimientos que desembocó en una guerra de agua en el despacho de Scotty, que sólo dio por concluida la batalla cuando uno de sus padds pasó a mejor vida tras un sorpresivo ataque por parte de Sulu. A primera hora de la tarde la búsqueda del tesoro se reanudó. Esta vez, y para evitar volver a perder a Jim, los hombres decidieron seguir sus pasos.
–¡Pista!– le pidió el niño a Chekov.
–¿Frió y caliente?– Jim asintió a la proposición del alférez–. Muy bien piquiño, pues intoncies… ¡Frío!
Jim correteó por la ingeniería esperando las instrucciones de Chekov que comenzaron a acercarle al tesoro a mitad de la tarde. Estaban cerca de los depósitos de agua cuando Chekov le advirtió que estaban llegando al premio, y Jim chilló de pura alegría señalando un hueco sobre sus cabezas, comprendido entre dos depósitos inmensos de agua, y al que se podía acceder por unas escaleras metálicas.
–Ahí, tiene que estar ahí– les dijo el niño.
–Pues el primero que llegue…
Scotty no terminó su frase ya que Jim echó a correr por las escaleras hasta el hueco. Se arrodilló en el suelo, y metió su manita entre los dos depósitos de agua. Cuando sus dedos tocaron el cuaderno soltó una exclamación. El niño no tardó en tomar el cuaderno y abrirlo para descubrir su dibujo y mostrárselo a sus compañeros de juego que le jalearon desde la cubierta inferior. Para desgracia de todos la nave sufrió una leve sacudida en ese momento, no tan fuerte cómo para resultar alarmante pero si lo suficientemente brusca cómo para hacer que Jim perdiese el equilibrio y cayese desde los dos metros y medio de altura a la que había trepado. Un chasquido, seguido de un sollozo se escuchó antes de que todos corriesen hacia el niño.
–¿Qué? ¿Todo esto era una absurda búsqueda del tesoro?– los hombres ante el médico asintieron y este bufó–. ¿Pero cómo podéis ser tan inconscientes? ¿No se os ocurrió pensar que la osadía y el ímpetu del capitán ya venían de serie con él?– Scotty y Sulu clavaron sus miradas consternadas en el suelo. El médico resopló–. Al menos decirme que Jim logró el premio.
–Sí señor– dijo rápidamente Scotty–. Pero no pudo llegar a pedirlo por que se cayó justo antes de que nos lo dijera.
Exasperado, Bones dio media vuelta y entró en la sala en la que estaba Jim, seguido por el resto del equipo alfa. Para fortuna de todos los cinco días que Jim ya llevaba en la nave con su forma infantil le habían permitido perder el miedo a sus compañeros adultos.
Al verles entrar, el niño engulló el último bocado de su cena y se sentó en la cama.
–¡Hola!– les saludó con una sonrisa inimaginable días atrás.
Todos se sintieron aliviados al ver el buen estado del niño, al lado del cual se sentó McCoy para aprovechar y volver a pasar sobre él el tricorder.
–Hola Jimmy, ¿sigue sin dolerte la cabeza?
–Sí.
–¿Y sigues sin náuseas o mareos?
–Sí.
–Muy bien– dejando a un lado el artilugio médico, Bones le miró con seriedad–. Jim, has ganado el juego de la búsqueda del tesoro– el pequeño dio palmas y rebotó con ansiedad sobre el colchón–. ¿Puedes decirnos que quieres?
–¡Un panda!
Todos se quedaron petrificados ante la petición del pequeño capitán.
–¿Un… panda?– repitió Bones.
–¡Sí! ¡un oso panda!– dijo Jim con entusiasmo–. Mamá no tiene tiempo para comprármelo, Sam me ha dejado alguno de sus animales pero ninguno es un panda, y Frank dice que soy demasiado mayor para él. Nunca he tenido ninguno.
–Es normal, Jim. Los osos pandas no son una mascota que un niño deba tener– le dijo Spock.
Jim le miró extrañado.
–¿Una mascota? ¿Los peluches pueden ser mascotas?
Comprendiendo que lo que el niño pedía era un juguete todos respiraron aliviados… hasta que se dieron cuenta de que las palabras de Jim implicaban que él no había tenido un peluche propio durante su infancia.
Incapaz de seguir molesto con nadie, Bones dio la orden de que todos despejasen la enfermería para dejar al niño descansar. Jim protestó levemente pero sus quejas cesaron en cuanto sus compañeros de juegos se acercaron a él para despedirle con besos y abrazos de los que disfrutó hasta que Bones le tomó en brazos, y caminó con él en cuello hasta su habitación para acostarle. Cuando llegaron a los cuartos del capitán, y aunque minutos atrás Jim había insistido en que quería seguir jugando, el pequeño ya dormitaba sobre el hombro del médico que le cambió con cuidado antes de arroparle bajo el nórdico blanco.
Doce horas más tarde los gritos de alegría de Jim recorrían los pasillos de la nave mientras el niño abrazaba un oso panda de peluche que misteriosamente había aparecido a su lado esa misma mañana.
