Espero que os guste jaja ;)
Capítulo
2
La primavera había llegado a Valkyria. Sus jardines colgantes florecían, las praderas que rodeaban las murallas de la ciudad estaban pobladas de hermosas flores coloridas cuyos aromas flotaban en el tibio viento. Las cumbres que rodeaban la el valle habían perdido su hielo, y el murmullo del río que pasaba cerca de la ciudad se había convertido en un rugido.
Esas cinco semanas habían sido todo menos lo que Dean esperó. Sí, había concurrido a la taberna muy a menudo, y los primeros días se la había pasado persiguiendo a Sammy por el templo de los Hombres de Letras, gastándoles bromas a los iniciados y ganándose miradas de reproche de su hermano.
Pero, no importaba cuan ebrio o cansado estuviera, cada noche trepaba por la torre de los Custodios e iba al Jardín del Rey.
Durante las primeras dos semanas descubrió que Castiel era un cabezadura bastante agradable. Entrenaban hasta casi entrada la mañana y, tumbados junto a la pileta, exhaustos, se dedicaban a hablar hasta que el sol asomaba por el horizonte.
-Se perfectamente cómo se maneja una espada –le había espetado el castaño durante su primer entrenamiento.
-Claro –respondió Dean, mordaz. Tomó una de las manos de Cas apartándola de la empuñadura-. Lección número uno: jamás tomes una espada con ambas manos.
Esos ojos azules lo miraron con molestia al principio, pero poco a poco ese brillo confundido en los ojos de Castiel fue convirtiéndose en confianza, en verdadera amistad.
Los primeros días el chocar de la espada lo ponía nervioso, terminaba con el brazo dolorido después de cada entrenamiento, y a veces tropezaba con sus propios pies. Pero, a eso de la tercera semana de sus encuentros a media noche en el Jardín del Rey, Castiel empezó a mejorar.
Dean arrojaba una estocada por encima, describiendo una medialuna, y ese muchacho de cabellos castaños ya no sólo se limitaba a detener la afilada espada del rubio. Devolvía los ataques con igual y mayor ímpetu. El choque de las espadas seguido de las risas de ambos era la música que mecía los árboles de los jardines.
Los movimientos tensos y titubeantes de Cas se habían convertido en golpes certeros que a veces impresionaban al mismo Dean.
Castiel, no tardó en admitir que, ni el mejor maestro de armas le hubiera enseñado como lo hizo ese recién llegado rubio. El castaño era bastante reacio a abrirse con los demás, apenas si hablaba con sus hermanas y con Kevin; pero extrañamente Dean había conseguido, con una simple sonrisa y un guiño, destruir esa barrera detrás de la cual el de ojos azules parecía ocultarse.
Las conversaciones vagas después de los entrenamientos sólo los unieron aún más. A Dean le fue más fácil sincerarse cuando, después de haber ido borracho a los jardines, terminó por desahogarse con Cas sobre lo terrible que había sido la batalla de Vanadis, y verlo todo reducido a cenizas.
-Mi padre murió allí ¿Sabes? –había dicho, con la mirada fija de Cas encima-. Sam está devastado por su muerte, aunque tampoco lo demuestra; y eso que se la pasaba la vida entera discutiendo. Pero… yo adoraba a ese hombre… a veces era un poco como Sam ¿Sabes? Testarudo y todo, pero era mi padre. ¡Yo debí estar a su lado! ¡Peleando por la ciudad! ¡Hubiera matado a todos esos hijos de perra! –maldijo a los demonios de Agatión.
-Lo siento, Dean.
-No lo sientas. No es tu culpa…
Después de ese tipo de conversaciones solía sobrevenirlos el silencio, pero no uno incómodo, sino una apacible, donde podían dejar de pensar en tantas cosas por un instante, y escuchar sus pulsos y sus respiraciones, sabiendo que nada más importaba.
-¿Así que también tienes un hermano bastardo? –preguntó Cas, una noche de aquellas.
-Adam –asintió el rubio, sentando en el borde de la fuente, recuperando el aliento y bebiendo un pellejo de vino-. Pero partió al norte con su madre hace mucho tiempo, no le visto desde entonces.
-¿Su madre era una mujer noble? –los ojos azules de Cas lo miraron expectantes. Dean volvió a asentir.
Cas soltó un suspiro y dejó caer los hombros, como si ya no avanzara consigo mismo, como si la vida lo hubiese derrotado.
-¿Por qué Michael… su Alteza…? –tartamudeó entonces Dean.
-No tiene importancia –Cas intentó evadir la respuesta, pero Dean le había revuelto el cabello.
-¡Vamos! Habla o de lo contrario tendré que derramarte el vino encima y… eso sería trágico –bromeó, jugueteando con el pellejo de vino. Castiel suspiró, rendido.
Nunca había hablado de su hermano, pero ahora que la guerra estaba casi encima de ellos y podía morir al día siguiente, se sintió agradecido de tener a su lado un amigo a quién decirle todo aquello que lo aplastaba.
-Es difícil –había clavado sus ojos azules en la franja anaranjada de la mañana-. Mi padre tuvo una esposa legítima, pero… le gustaban las mujeres demasiado. Él siempre fue bueno conmigo y me trató igual que a Michael, Ephraim y Lucifer. Recuerdo que, antes de morir, me contó sobre mi madre. Dijo que la conoció una noche en una taberna… la dejó embarazada y ella murió en el parto. Al enterarse mi padre fue por mí y me llevó al palacio. La reina me crio como a uno de sus hijos, Ephraim y Lucifer me llamaban "hermanito" cuando yo era un crío, y Hannah y Rachel insistían en ponerme sus vestidos… pero Michael… -Castiel se acomodó.
-Es un arrogante idiota –gruñó Dean.
-No lo era antes –una sombra descendió sobre los ojos azules del muchacho-. Primero murió la reina y Michael pareció más distante, pero fue cuando Lucifer se marchó a Agatión cuando todo empezó a ir mal. Se volvió más frío, reservado, repitiendo que debía mantener el honor de nuestra familia… para entonces yo tenía doce años, entonces padre murió y vi que Michael perdió lo último de corazón que le quedaba…
Castiel sonaba tan triste que Dean se dejó caer sentado a su lado, sobre la hierba, y le ofreció el pellejo de vino. Cuando el castaño lo rechazo a pesar de que estaba tiritando de frío el rubio suspiró.
-Y tú has perdido el juicio. Está helando… bebe un poco, te hará bien –pero Cas había vuelto a negarse.
Entonces, en alguna clase de trance a causa del vino, o quizá conmovido por el momento y el rostro tan confundido y perdido de Cas, Dean lo abrazó por los hombros. Al principio Castiel se había tensado, pero pronto decidió sólo quedarse así. Hacía frío pero Dean era tibio.
Días después Dean se descubrió pensando que, de no ser por Castiel, él ya habría terminado muerto en alguna pelea entre los ebrios de la taberna o acostándose con alguna mujer de la corte y perdiendo la cabeza, literalmente, por ello.
De no ser por Cas no se hubiese acostumbrado a Valkyria tan bien.
Había llegado una paloma desde una aldea a siete días de la ciudad cuando Dean se percató que ya no sólo veía a Castiel por las noches. Al encontrarlo por uno de los corredores del palacio no tardaba en fastidiarlo; caminaban largas horas por la ciudad; iban a ver a Sam juntos, y arrastraban a Kevin a beber de vez en cuando.
En los banquetes Dean había olvidado lo que era bailar con alguna dama de la corte, se la pasaba riendo junto a Cas sin importar cuantas miradas desaprobatorias el rey les dirigiera. Incluso había llegado a entenderse con el moreno por medio de miradas y gestos.
-¿Así que es tu nuevo escudero? –había preguntado Sam.
-No. No es mi escudero. Es sólo mi amigo –aclaró Dean.
-Seguro.
-¡Lo digo enserio, Sammy! –le espetó el rubio.
-Pues pasan tanto tiempo juntos, que ya no sé dónde empieza el uno y termina el otro. –se había burlado el más alto, ganándose un empujón.
Faltaban cinco días para la llegada de los emisarios del norte y la formación del Consejo de Guerra cuando sucedió. Dean repasaba en su cabeza todo lo que ocurrió esa noche, sin encontrar en qué punto las cosas habían tomado otro rumbo muy diferente al entrenamiento.
-¡Te he ganado, idiota! –se lo refregó en la cara Castiel, siendo esa la primera vez que lograba desarmar a Dean y hacerlo caer de espaldas sobre el pasto.
Dean no había sabido si sentirse humillado por la derrota limpia, ofendido por la expresión de victoria del castaño, o divertido por el intento de celebración de Cas, que poco le duró. Con un puntapié en las piernas, Dean había intentado hacerlo caer a su costado; en lugar de ello Castiel intentó mantenerse de pie, se tropezó con sus propios pasos y se desplomó encima de Dean.
Habían reído un largo rato, tumbados el uno sobre el otro hasta que, finalmente, sin aliento Castiel se separó un poco. Sus labios enrojecidos por el cansancio, su cabello alborotado por el viento y sus ojos tan azules, estuvieron demasiado cerca para que Dean pudiera resistirlo.
La mano del rubio se deslizó por la espalda de Cas, y lo besó. Al principio fue un casto roce de labios, después sintió la boca de Castiel abrirse, y pronto pudo saborearle los labios, deslizar su lengua dentro. Dean se sintió temblar pero luego reparó en que era el moreno quién temblaba.
Se separaron turbados, y Castiel se hizo a un lado de un brinco. Regresaron en completo silencio al interior del palacio, cada uno sumido en sus pensamientos. Ambos estaban ruborizados y agitados.
Castiel se decía para sus adentros que si alguien se enteraba los matarían, se repetía que no podía estar sintiendo el corazón acelerado por Lord Winchester. Jamás había ido a un burdel porque las mujeres no lo entusiasmaban; había tenido fantasías con cuerpos bien torneados, e incluso se había colado un par de dedos en alguna ocasión, pero eso era muy diferente a desear a un hombre en específico, y mucho más si se trataba de su amigo… su único amigo.
Dean, a su vez, se preguntaba tantas cosas; se repetía que eso había estado mal, pero al mismo tiempo el rastro del beso de Cas aun cosquilleando en sus labios se sentía tan bien que… no podía, simplemente no podía pensar en Castiel así. O de eso trató de convencerse.
Caminaron hacia las habitaciones de Dean, como cada noche, pero esta vez no hubieron risas, sólo el eco de sus pasos.
Antes Dean ya había tenido esas ideas hacia otros hombres, pero nunca algo tan fuerte que una paja o una mujer no pudieran calmar. Pero tenía que admitir que esas noches en Valkyria cuando a veces su mano iba hasta su entrepierna y todo empezaba con la idea de una mujer, a veces terminaba con la imagen de Cas, de sus ojos azules, de sus labios resecos y su voz rasposa.
El rubio abrió la puerta de su habitación, intentando entrar sin voltear la mirada hacia Cas. Sabía que si lo miraba no podía resistirse a aquello que, durante toda su vida, se le había enseñado que estaba mal.
-Dean, yo… -las palabras de Castiel aun en el corredor lo detuvieron de cerrar la puerta.
-Está bien, Cas. Sólo fue el vino –aclaró Dean, de espaldas.
-Bien –entonces el castaño había dado media vuelta.
Pero algo en el estómago de Dean se apretó. No era como tener fantasías con algún soldado cualquiera o que se le pusiera dura por ver los entrenamientos del ejército desde lejos; ese era su amigo, alguien que lo comprendía, que podía ver más allá del rubio ebrio e idiota.
-¡Espera, Cas! –en un acto impulsivo lo atrapó por el brazo, esos ojos azules lo miraron asombrados-. Esto está mal ¿Verdad?
-Terriblemente mal –afirmó Cas, antes de cerrar la distancia entre su boca y la de Dean.
Los brazos de rubio fueron veloces, lo rodearon por la cintura, y sin despegarse del beso entraron en la habitación. Dean trancó la puerta a tientas; Cas empezó a morderle el cuello. Las manos ágiles de Dean apretaron el trasero del castaño haciendo que sus durezas aun vestidas se frotaran.
-¡Ah! –Castiel gimoteó, arrojando la cabeza hacia atrás. Dean aprovechó ésta invitación para morderle el cuello y asir esas piernas alrededor de sus propias caderas.
Torpemente fueron hacia la cama. Los cintos con las armas cayeron, las cotas de malla siguieron el mismo destino. Sentado a horcajadas sobre Dean, Castiel empezó a mecerse sobre sus caderas mientras el rubio lo desvestía.
Los dedos torpes de Cas temblaron cuando, desnudo sobre el colchón y con Dean entre sus piernas, intentó desnudar al rubio. Al notar que no lo conseguía el mayor tomó sus manos y le besó sus nudillos; retirándose la ropa por sí mismo.
Dean estaba de rodillas entre las piernas abiertas de Castiel cuando se detuvieron a observarse. La polla de Dean estaba dura y describía una leve curva hacia arriba; sus músculos estaban perlados de una ligera capa de sudor, respiraba agitadamente y un ligero rubor cubría sus pecas. Por otra parte, Castiel, estaba ruborizado hasta el pecho, tenía el entrecejo fruncido, y los labios entreabiertos; estaba tenso y asustado, pero a la vez no parecía querer detenerse; su erección empezaba a gotear.
¿Cómo los entrenamientos habían terminado en esto? Ninguno lo sabía, pero aparte del nerviosismo del momento, se sentían plenos, confiados como si sus cuerpos sólo se rozaran mientras en realidad sus almas hacían el amor.
-¿Estas bien? –inquirió Dean paseando sus manos por el torso y las piernas de Cas, las cuales abrió cuanto pudo, acariciando la entrada del moreno.
-No –respondió éste, inclinándose un poco hacia adelante para que Dean lo besara.
Los labios y las caricias fueron convirtiéndose en dos dedos moviéndose en la entrada de Cas. La punta de la polla de Dean presionando en la entrada del moreno no tardó en ser reemplazada por estocadas cada vez más rápidas. Los jadeos entrecortados pronto fueron gemidos y gritos ahogados en el cuello ajeno.
-¡Ah, Cas! ¡Cas… oh, maldición, estás estrecho… maldición!
-Dean, espera… Dean… ¡Oh, sí, más rápido! ¡Así, Dean, así! ¡Ah, ah, Dean!
Por suerte las gruesas paredes de piedra caliza del palacio impidieron que, durante el resto de la noche, el crujir de la cama, los gemidos de Dean y los gritos de Cas salieran de esa habitación.
Dean no supo exactamente qué ocurrió después de que Cas se corriera apretándolo aún más, y él llenara su interior con tibios chorros de su semilla, pero cuando se despertó ya había amanecido. Descubrió a Castiel dormido sobre su pecho, con un hilillo de saliva deslizándose de sus labios. El rubio lo observó durante un largo momento; no acostumbraba a dormir con ninguna de las mujeres con las que había tenido sexo pero Cas…
Sin pensárselo dos veces lo rodeó por la cintura, acariciándole la espalda. Castiel nunca había tenido su lugar en el mundo, y con la guerra que se avecinaba quizá perdiera lo poco que le quedaba.
Dean depositó un beso en la frente de Castiel, haciendo que se removiera entre sueños, y se prometió a si mismo asegurarse de que ese muchacho no perdiera su hogar.
-¿Dean? –los ojos azules asomaron bajo esas pestañas oscuras.
-Buenos días –respondió el rubio. Entonces Castiel pareció reparar en lo que había hecho.
-¡Por los dioses! ¿Qué hemos hecho? ¿Qué has hecho tú? Todo esto es mi culpa –Castiel se puso de pie de un salto, rebuscando su ropa en el suelo.
Dean soltó un suspiro, y se sentó al borde de la cama. Alcanzó a mirar, mientras Cas iba de un lado para el otro recogiendo su ropa en los brazos, que un rastro de semen seco le corría entre las piernas al moreno.
-No seas idiota –Dean se puso de pie, lo tomó por la cintura con ambos brazos, besándolo en la oreja, y Cas sucumbió-. Ven, aun podemos aprovechar algo de tiempo.
-Si nos descubren nos matarán -Castiel soltó la ropa y se giró hacia Dean-. Nos matarán –lo besó rodeándolo con los brazos.
Retrocedieron con pasos torpes de vuelta a la cama.
-No dejaría que te pongan un dedo encima ¿me entiendes? –Prometió Dean, aprisionando al moreno con su cuerpo desnudo-. Ni tu hermano, ni ningún demonio hijo de perra. ¿Me has escuchado, Cas?
-Sí, Dean –gimió Castiel.
…
Los emisarios de Skoll y Bor llegaron el día del equinoccio.
Durante los días que pasaron desde la primera noche en que Dean compartió lecho con Cas hasta la llegada de los emisarios; el vínculo entre ambos sólo se vio fortalecido. El rubio aparecía en las habitaciones del moreno o viceversa, compartían largas miradas en público, se besaban en los establos o en la armería cuando no había nadie cerca, salían a cabalgar hasta el anochecer, y una de esas veces a Dean se le había ocurrido hacer el amor con Cas en un desolado arroyuelo que corría por los bosques.
A Cas le parecía que Dean cada noche se movía mejor, para el rubio los gemidos de Castiel eran cada vez más adictivos y con sólo pensar en enterrarse en ese apretado interior se le ponía dura.
Llegó el día en que los emisarios del norte entraron en la ciudad. Fueron recibidos por los Custodios y el Ejército de Valkyria formados en la plaza. El emisario de Bor era un hombre regordete de cabello cano llamado Zacharias.
En cambio, Skoll no había enviado un emisario; las cartas donde se había dicho tal cosa habían sido sólo una forma de proteger a la reina en persona, quién descendió de su carruaje.
Dean, Sam y Castiel estaban de pie entre los nobles a las espaldas del rey Michael quién se apresuró a saludar a la imponente mujer que era su tía. La reina Amara era una mujer hermosa, de cabellera castaña, ojos profundos y rostro cincelado; de armadura brillante y porte prepotente. Se parecía a Michael en expresión y ademanes.
-Ahora tengo miedo que me corte las pelotas –había comentado Dean. Cas y Sam habían contenido las risas.
Pero, una vez todo el espectáculo del recibimiento terminó, y Amara apareció en la sala del trono vestida con un hermoso vestido negro Dean notó que, realmente, la reina de Skoll, no tenía nada de parecido con su sobrino Michael. En especial cuando ella preguntó por Castiel.
-¿Y mi sobrino? –había dicho.
-Yo soy tu sobrino, alteza –respondió Michael, tenso.
-Me refiero a Castiel. No he visto a ese niño desde que correteaba por allí y se escondía en la capa de su padre –replicó Amara, tajante-. Tiene que estar en el banquete o no tendrán ni un solo hombre de mis ejércitos, Michael.
-Soy el rey…- corrigió Michael, echando chispas por los ojos.
-Sí, y también el niño que robaba pasteles la última vez que lo vi. Así que no intentes intimidarme, Michael Novak.
Y, aunque el rey de Valkyria había estado refunfuñando todo el día, Castiel terminó por asistir al banquete, casi arrastrado por la misma Amara.
Se celebró un banquete abundante, y hubo tres bardos entonando alegres canciones así como un bufón danzando en el centro del salón. Sam ocupó su lugar junto a otros Hombres de Letras que fueron invitados, y Dean se sentó junto a Amara y Castiel.
-Has crecido bastante. Eres todo un hombre, Cas. Y noto que algo ha cambiado en ti –le sonrió Amara a su sobrino-. La última vez que te vi Hannah te perseguía atándote lazos en el cabello.
-Tía, eso fue hace como diez años –se quejó Castiel ruborizado, Dean rió por lo bajo.
-¿Y usted, Lord Winchester? –Amara se volteó hacia Dean-. ¿Participará en el Consejo de Guerra?
-En efecto –respondió Dean, algo abrumado por la desenvoltura de Amara.
-Perfecto. Espero verlos a los dos allí… -dijo ella, entusiasmada-. Todos allí serán una parvada de viejos lunáticos, como lo era mi hermano. Aunque él era mucho menos amargado. Recuerdo que una vez, cuando ambos vivíamos aquí en Valkyria, y tu abuelo reinaba, Castiel –miró al moreno-, Charles decidió que se convertiría en bardo. Por supuesto nuestro padre no lo aprobó. Espero que tú no seas otro bardo, Castiel. Chuck era bueno, pero demasiado corazón para un hombre tan pequeño.
-¿Chuck? –preguntó Cas, ladeando la cabeza.
-Charles. Yo le decía Chuck, era mi hermanito –sonrió Amara, nostálgica. Bebió algo de vino y se dedicó a observar al bufón.
Cuando Castiel se distrajo pidiéndole a uno de los sirvientes que le trajera algo de hidromiel, Amara aprovechó para inclinarse hacia Dean y hablarle por lo bajo.
-Castiel me ha dicho que eres buen amigo suyo, así que… ¿Quién es la muchacha?
-¿Disculpe? –Dean frunció el entrecejo.
-¿Quién es la muchacha que lo tiene así? No he visto a Castiel desde hace años, pero conozco los ojos de un hombre enamorado –explicó Amara. Los colores ascendieron al rostro de Dean.
-No…No lo sé –se limitó a decir Dean, carraspeando y bebiendo algo de vino.
-Estoy segura de que lo sabes, y estoy segura de que me lo dirás –canturreó Amara.
-¿Cómo? –Dean quiso sonar desafiante.
-Tengo mis métodos –sonrió Amara.
Dean decidió posar su atención en el bufón.
Había algo en la reina Amara que le ponía los pelos de punta, pero al mismo tiempo le era agradable. Sonrió, divertido, clavando sus ojos verdes en Castiel que movía la cabeza al son de los cantos del bardo.
Amara era agradable pero se había equivocado en algo: Castiel no era el único hombre enamorado allí.
Continuará…
