CAPÍTULO II
Las Sospechas del Santuario
Luego de que Dohko se marchara hacia Egipto, el médico del pueblo y su mujer estaban preparando el cuerpo del joven para que fuera sepultado, cuando la puerta de su casa se abrió de improviso. Ambos miraron a la puerta y vieron a un joven de pelo rubio que entraba rápidamente en la casa y caminaba hacia ellos.
-Disculpen por entrar así –comenzó a decir el hombre-, soy Haplos, caballero del Unicornio. Quisiera hablar con Dohko, el dijo que vendría acá para llevarse al muchacho que estaba con ustedes... ¿Él aún está aquí?
-Lo siento caballero –le respondió el médico sorprendido-, Dohko ya se fue hace unas horas hacia Egipto... Vino a buscar al muchacho, pero no sabía que había fallecido, así que partió él solo hacia allá
-¿El muchacho ha muerto? –preguntó Haplos con sorpresa-. ¿Donde está su cuerpo?
-Aquí en mi casa... Sígame por favor. –le respondió el médico que aún estaba sorprendido por la llegada del caballero y no entendía muy bien lo que ocurría. El hombre lo llevó hasta la habitación donde yacía el muchacho y Haplos se acerco a él. Miró al muchacho con una expresión preocupada y luego contemplo el tatuaje de su brazo por unos instantes.
-¿El muchacho le mencionó a usted algo sobre algún culto que realizara? –preguntó Haplos dirigiéndose al médico-. ¿Algún rito a un dios o algo parecido?
-No que yo recuerde... –respondió el médico mientras trataba de hacer memoria-. Solo mencionaba una y otra vez que necesitaba ver a un caballero del Santuario.
-Ya veo... –dijo Haplos para si, pensativo-. Bueno gracias por su tiempo –le dijo Haplos al médico finalmente, al momento en que se marchaba rápidamente del lugar con una expresión sombría en el rostro. La esposa del médico al ver la rapidez con que salía el caballero del lugar, miro preocupada a su esposo.
-Creo que este muchacho traía muy malas noticias desde su tierra para que un caballero llegara así a nuestra casa...–le dijo finalmente el médico a su mujer para luego continuar con los preparativos del cuerpo para su entierro.
Un gran salón que se encontraba sumergido en la oscuridad de hacia mucho tiempo, nuevamente recibía los cálidos rayos del sol que ahora entraban por la puerta principal, en la cual, Haplos ahora estaba de pie mirando hacia el interior del este lugar. Aquel salón se encontraba en las afueras de las Doce Casas y correspondía a la Biblioteca del Santuario, el lugar en donde miles de libros se encontraban archivados, algunos eran registros escritos por los antiguos Patriarcas del Santuario y otros habían sido recolectados de diversas partes del mundo, para el uso de los caballeros de Athena.
-Veamos... –dijo Haplos, mientras entraba al salón y empezaba a recorrer los pasillos mirando los lomos de los libros que estaban allí-. Debe estar en alguna parte...
Siguió buscando durante unos minutos, mirando todos los estantes del lugar, hasta que en la parte de arriba de uno de ellos que estaba cubierto por una película de polvo, encontró lo que andaba buscando. Se trataba de un libro grande, de tapas color amarillo, que estaba escrito a mano y que había sido traído hace mucho tiempo desde Egipto. Se sentó poniendo el libro sobre una mesa mientras le quitaba el polvo que tenía encima, para después comenzar a hojearlo y a buscar algo que pudiera ayudarlo a resolver aquella duda que lo había traído hasta ese lugar. Busco durante unos minutos y todo lo que había en aquellas hojas eran registros de las cosechas y los cambios de clima que habían ocurrido en Egipto en la antigüedad. Cuando ya estaba perdiendo las esperanzas de encontrar algo de utilidad, un nombre recalcado con color rojo llamo su atención.
Para su sorpresa era lo que andaba buscando, el nombre de aquel halcón que el muchacho tenía tatuado en su brazo: Horus. Sorprendido por el descubrimiento, salió rápidamente de la biblioteca y se dirigió hasta las Doce Casas para hablar con el Patriarca.
Un poco más tarde, las puertas del Salón del Patriarca se abrían nuevamente. A través de ellas pasaba Haplos caminando rápidamente para pararse en frente del Patriarca.
-Patriarca, disculpe mi intromisión, pero hay algo que necesito informarle de inmediato –dijo Haplos mientras se arrodillaba ante el Patriarca.
-¿Que es lo que tienes que decirme? -le pregunto el Patriarca sorprendido.
-Creo que Dohko se dirige a una trampa… Quizás esa presencia que él sentía estando con el muchacho, sea de un enemigo mayor que el simple gobierno otomano.
-Eso ya lo presentía Haplos –le respondió el Patriarca más tranquilo-. Es por eso que envié a Dohko en una misión de reconocimiento a Egipto, para que averiguara que pasaba realmente con el pueblo del muchacho…
-Ya veo… -respondió Haplos pensativo-. Pero creo que Dohko no va a poder enfrentar aquella situación por el mismo… Es más, creo que está en grave peligro. Hoy fui a la casa donde tienen el cuerpo del muchacho y me fije bien el un tatuaje que tenía en el brazo, un tatuaje de un halcón… Este me pareció familiar, lo había visto en algún otro lugar, así que fui a investigar a la Biblioteca del Santuario, para averiguar donde había visto aquella figura. Buscando en textos antiguos de Egipto lo encontré finalmente. Aquella figura representa al dios Horus.
-¡¿Horus?! ¿Estas seguro de lo que estas diciendo? –preguntó el Patriarca sorprendido.
-Creo que sí Patriarca, quizás sean hombres seguidores de Horus quienes están esclavizando a la gente de Egipto.
-O mucho peor… Es posible que Horus haya renacido en esta época y haya llamado a caballeros como nosotros para servirle. Quizás eso explique la extraña presencia que sintió Dohko en presencia del muchacho… -agrego el Patriarca preocupado.
-Pero Horus era adorado por el pueblo de Egipto según textos antiguos… ¿Como es posible que un dios ataque a su propio pueblo?
-No lo se… Es por eso que Dohko fue a investigar, pero si existe la posibilidad de que hayan guerreros de Horus en Egipto, entonces Dohko corre grave peligro. Aunque sea mi discípulo, él aún no es un caballero de Athena…
-Me ofrezco como voluntario para ir a ayudar a Dohko Patriarca –dijo Haplos comprendiendo que su amigo estaba en peligro.
-No, esta vez no enviaré a Caballeros de Bronce ni de Plata, ya que esto pasó de ser un conflicto menor… Estamos hablando de la presencia de un dios. Para esto enviare a caballeros más capacitados para enfrentar esta situación. Por favor, llama ante mi presencia a Hamal, Régulus y a Kaus, diles que necesito verlos urgentemente.
-Como lo desee Patriarca –dijo finalmente Haplos mientras hacia una reverencia y se marchaba del templo dejando al Patriarca en su trono pensando en las posibles consecuencias que traería todo esto para el futuro.
En un lugar lejano del Santuario, el barco en donde viajaba Dohko, llegaba al puerto de Alejandría, después de dos días de viaje por el Mar Mediterráneo. Este era el puerto más grande de Egipto y el que tenía más habitantes y trafico de embarcaciones, pero esta vez, al momento en que Dohko dejaba la embarcación, no había ningún barco en el muelle, ni nadie en el puerto. Esto extrañó a Dohko de sobremanera, ya que en vez de un puerto importante, Alejandría ahora parecía una ciudad fantasma.
-¿Que estará pasando aquí? –comenzó a pensar Dohko -. Se supone que esto debería estar repleto de gente, sobretodo a esta hora que es cerca del mediodía…
Comenzó a caminar en dirección a la ciudad para ver si había alguien con quien poder hablar y preguntarle sobre lo que sucedía en el lugar. Caminó un rato y mientras avanzaba veía el mismo panorama que había presenciado en el puerto, no se divisaba nadie por las calles, las casas, tiendas y callejones estaban vacíos y sin ningún rastro de vida o alguna pista que pudiera ayudarlo a dilucidar qué había ocurrido. A medida que avanzaba, más se iba generando una preocupación dentro de Dohko. Comenzaba a sospechar que el conflicto que lo había traído hasta Egipto, era mucho más grande que una disputa política como había llegado a pensar en un principio. Dohko no creía que el gobierno otomano fuera capaz de hacer desaparecer a la población total de una de las ciudades más importantes de Egipto.
-Esto no está bien… -pensaba Dohko mientras caminaba por las últimas calles de Alejandría-. Quizás esto este relacionado con la esclavización del pueblo del muchacho… Es mejor que me dirija hacia allí, no podré descubrir nada más acá, es posible que encuentre algo en el pueblo, quizás alguna pista que me ayude a seguirles el rastro a las personas desaparecidas.
Luego de recorrer las últimas calles de la ciudad, salio de esta al desierto que se encontraba al sur de Alejandría. Su ruta comenzaba al salir de la ciudad, de ahí tendría que desviarse hacia el este y seguir el curso del Nilo hacia el sur, por la ribera oeste, hacia las cercanías de Abusir. Con un poco de suerte podría llegar al pueblo del muchacho antes del mediodía del día siguiente.
En el Santuario, tres figuras entraban rápidamente al Salón del Patriarca y se reportaban ante él. Se trataba de los tres caballeros que había mandado a llamar el Patriarca, Hamal de Aries, Régulus de Leo y Kaus de Sagitario. Hamal, a sus setenta años de edad, era uno de los más antiguos caballeros que habitaba en el Santuario. Es un hombre de contextura media, cabello liso y medianamente largo que le llega a los hombros, tiene los ojos de color verde y la tez blanca. Hamal es una de las personas más sabias del Santuario, superado solo por el caballero de Libra, Argés. Todos los demás caballeros confían en él y lo ven como si fuera un padre para ellos, lo que lo convierte en una ayuda emocional y en un gran consejero a la hora de discutir algún problema. Régulus era uno de los caballeros más jóvenes del Santuario, tenía veintidós años de edad, medía unos 1,80 mts. de altura, tenía pelo color rojizo, corto y liso, era de contextura delgada, tez blanca, no poseía vello facial y sus ojos eran de color celeste. Su ojo derecho lo cruzaba de arriba a abajo una cicatriz con forma de relámpago. Fue uno de los que más joven obtuvo su armadura, debido a que desde niño estuvo entrenando en el Santuario.
Es una persona seria, orgullosa y calculadora, pero al mismo tiempo, noble y fiel a sus amigos. Kaus, al igual que Régulus, tenía veintidós años de edad, su personalidad es tranquila y compasiva, siempre piensa antes de actuar y cada vez que alguien necesita ayuda, esta dispuesto a ayudar, sea cual sea el problema que se tenga. Había llegado al Santuario y convertido en Caballero Dorado un poco después que Régulus, por lo que junto con Argés de Libra, que a pesar de ser mucho mayor que ellos, habían formado un gran lazo de compañerismo y amistad. Kaus medía unos 1,75 mts. de altura, su pelo es de color negro, medianamente ondulado y largo, que le llega más abajo de los hombros. Sus ojos son de color celeste, poseía una pequeña barbilla en su mentón, era de contextura media y de tez blanca. Los tres se pararon frente al Patriarca y comprendieron de inmediato que algo no andaba bien.
-¿Que es lo que ocurre Patriarca? – preguntó Kaus.
-Tengo un mal presentimiento, es por eso que los he mandado a llamar… -comenzó a decirles el Patriarca-. Hace cuatro días, en la mañana Dohko, mi aprendiz, partió hacia Egipto a realizar unas investigaciones, debido a que nos llegaron noticias de que la gente de allá estaba siendo esclavizada. Envié a Dohko creyendo que se trataba de un asunto de menos importancia, pero hace poco, un Caballero de Bronce me ha venido a informar que quizás el asunto sea más grave de lo que parece…
-¿Más grave dice? ¿Tan grave como para mandarnos a llamar a nosotros, unos Caballeros Dorados? –preguntó intrigado Régulus.
-Así es… -continuó el Patriarca-. El Caballero de Bronce vino con la información de que detrás de toda la esclavización de aquella gente, quizás estén involucrados los seguidores de un dios… Horus.
-¿Horus? –preguntaron al mismo tiempo los tres caballeros incrédulos.
-Horus es uno de los dioses más poderosos en la mitología egipcia… Esto puede significar solamente dos cosas… -comenzó a decir Hamal que hasta ahora había permanecido pensativo-. Que exista una especie de secta fanática que este raptando a la gente o que esos seguidores estén cumpliendo las órdenes directas de su dios…
-Eso es lo que me temo Hamal –comento el Patriarca pensativo -. No ha habido la presencia de un dios en la tierra desde hace siglos… Si resulta ser verdad que Horus ha renacido en la tierra, entonces quiere decir que la época de las Guerras Sagradas esta muy cerca…
-¿Guerras Sagradas? –preguntó sorprendido Régulus-. ¿Entonces puede ser que la profecía se cumpla en esta época?
-¿De que profecía hablas? –le preguntó Kaus.
-La que anuncia sobre el nacimiento de la reencarnación de Athena…
-Tienes razón Régulus –comentó Hamal-. Quizás esta sea una señal… Dice la profecía que la diosa Athena siempre renacerá cuando el mal aparezca en el mundo para así combatirlo en lo que se han llamado desde la Era Mitológica, las Guerras Sagradas.
-Si resulta ser verdad que Horus haya renacido, entonces Athena debe estar por nacer, o quizás ya haya nacido… Solo el tiempo nos lo dirá –dijo el Patriarca ante el comentario de los caballeros-. De todas maneras, los he llamado hasta acá para que acudan hasta
Egipto y traten de contactar a Dohko, para así advertirle de todo esto y tomen su lugar… Esta es una misión muy peligrosa para encomendársela a cualquier caballero de menor rango que uno Dorado, y mucho menos a un aprendiz. Dohko se dirigía a las cercanías del Cairo, allí se encontraba el pueblo donde se origino todo. Deberán averiguar lo que más puedan para evaluar la situación….
-Muy bien Patriarca –dijo Hamal asintiendo al mandato-. Le prometo que traeremos a salvo a su aprendiz y averiguaremos todo lo posible sobre este asunto. Iremos inmediatamente.
-Una última cosa… -dijo el Patriarca a los caballeros antes de que se fueran -. Recuerden que van como infiltrados, no deben iniciar ningún conflicto ni dar a conocer su identidad como caballeros a menos de que su vida esté en peligro. Viajen sin sus armaduras y traten de averiguar lo más posible sin ser detectados, ni entrar en contacto con otras personas.
-¡Entendido! –dijeron los tres al mismo tiempo mientras daban media vuelta y salían del salón. Comenzaron a caminar hacia la entrada del Santuario pasando por las Doce Casas, mientras pensaban lo que podría estar ocurriendo en Egipto verdaderamente. No demoraron mucho en llegar a la salida del Santuario, donde los estaba esperando un hombre alto de unos veintiocho años de edad, de contextura fuerte, cabeza calva, mirada segura y tez blanca, que se puso delante de ellos.
-Veo que el Patriarca los ha reunido… ¿Me pregunto por que mandaría a llamar a unos Caballeros Dorados tan urgentemente? –dijo el hombre a los tres caballeros.
-Hay un peligro en Egipto, Pleios… – le respondió seriamente Kaus a Pleios, quien era el Caballero Dorado de Tauro. Él había llegado hace poco al Santuario, donde obtuvo rápidamente el título de Caballero Dorado debido a su gran fuerza, tanto interior como exterior, y por su coraje.
-¿Un peligro dices? –preguntó Pleios-. Debe ser muy serio para que el Patriarca despache a tres de los caballeros más fuertes…
-Tienes razón Pleios –le respondió Hamal-. La vida de Dohko, el aprendiz del Patriarca, esta en peligro, debemos ir a rescatarlo… Además cree que un dios ha renacido en la Tierra, lo que nos compromete enormemente... No debería decirte esto, pero es mejor que les adviertas a los demás para que estén preparados por cualquier eventualidad. En estos momentos debemos ser sumamente cuidadosos.
-Sí Hamal, tienes razón –le dijo Pleios con expresión preocupada-. De inmediato comenzaré a informarles a los demás…
Diciendo esto, Pleios dejo a los tres caballeros y se marcho para buscar a los demás caballeros e informarles de lo que estaba ocurriendo. Al mismo tiempo, usando su cosmos, Hamal, Régulus y Kaus se encaminaron hacia Egipto a la velocidad de la luz, convirtiéndose en estrellas fugaces que surcaron el cielo de la tarde de Grecia, algo imposible de hacer para otro tipo de caballeros que no poseyera el cosmos de un Caballero Dorado.
