El Fandom de InuYasha y sus personajes no me pertenecen.
Gracias por los reviews a: Minako, Faby Sama, Chovitap, María, Sofy3, andreinasophia, Daimonium Cardinale y Eliana.
Dedicado a: Alicia Medina por su presión constante u.u
Advertencia: Capítulo medio emo(¿?)
Deseo de cosas imposibles.
Capítulo 3
Presente, verano.
Si de algo estaba por completo segura Kagome es que si seguían buscando con ese ritmo a InuYasha y a Rin sería casi seguro de que los encontrarían pronto. Era increíble todo lo que había cambiado su vida en tan solo pocos meses y todo gracias a Sesshōmaru.
Sí, él había llegado a deshacer todo lo que había construido con mucho empeño en más de tres años. Con su presencia puso su mundo de cabeza, porque prácticamente la obligó a irse con él para que la búsqueda no fuera tan separada. Kagome quiso oponerse, pero tenía que aceptar que Sesshōmaru tenía toda la razón del mundo.
Se mudó a un departamento casi a las afueras de la ciudad junto con el Yōkai, no había sido un pequeño departamento por gusto de ambos, sino porque era necesario. Sería extremadamente raro que ella se hubiera ido de su casa para vivir en algo parecido a una mansión junto a alguien que no era ni siquiera un familiar o amigo.
Kagome tenía presente de que Sesshōmaru poseía más riquezas de las que portaba, pero éstas de seguro estaban escondidas en algún lugar. Pero, ¿a ella qué le iba a interesar eso? Ella solamente quería volver a estar con InuYasha.
Una vez la curiosidad le ganó y terminó preguntando qué había pasado con el castillo del Oeste y con todo lo que Sesshōmaru posiblemente tenía guardado ahí adentro. Él no tenía ánimos de contestar, la chica lo intuyó, pero en verdad quería saber. El aura de misterio que emanaba Sesshōmaru no le gustaba para nada y si lo iba a ayudar —o se iban a ayudar mutuamente— mínimo tenía que saber que había sido de él en más de cinco siglos.
Con mucha insistencia de su parte, finalmente Sesshōmaru le confesó que todo el castillo del Oeste seguía estando como lo estaba antes. Pero que estaba debajo de lo que ahora era el palacio municipal. La cara de asombro de Kagome no fue de esperarse y le preguntó que como era eso posible.
Pero Sesshōmaru no quiso responder.
—Entonces… —mencionó perpleja—… ¿estás diciendo qué tienes toda tu riqueza enterrada y deambulas por el mundo sin un solo centavo?
Sesshōmaru asintió, para él el dinero humano no era muy importante. Considerando qué era un Yōkai y que no necesitaba ni un techo para subsistir ni tampoco comida humana. En ese bosque había encontrado lo suficiente para alimentarse, además de que el agua de aquel río todavía no estaba contaminada.
Después de esa pequeña plática, Kagome le dijo a Sesshōmaru que con todo lo que probablemente poseía significaba que era prácticamente millonario. Pero él no pareció interesado en lo que mencionaba la chica, solamente se limitó a responder con respuestas vacías que dejaban con más dudas a Kagome.
—Sesshōmaru —lo llamó y él volteó a verla, Kagome había llevado media hora sin abrir la boca—. ¿Qué harás cuándo encuentres a Rin?
No esperaba tener una respuesta y efectivamente no la tuvo, Sesshōmaru se hundió en sus pensamientos y ella se levantó de la pequeña sala y susurró un «prometo poner más empeño en encontrarla» antes de entrar en el cuarto a descansar.
Por su parte él salió de sus cavilaciones y salió a caminar un rato en lo que la sacerdotisa descansaba un rato. Sesshōmaru tenía en cuenta que Kagome tenía muchos más deberes que él y por eso terminaba más cansada que nunca y luego la terminaba encontrando en la mesa durmiendo.
Observó el parque frente a él, estaba tan bien cuidado que casi le recordaba un poco a los paisajes del Sengoku —como Kagome le había explicado que llamaban a la época en la que él había vivido— y el recuerdo de la pequeña Rin y Jaken volvieron por unos instantes a su mente.
Recordó que su súbdito había muerto después de saber sobre la muerte de la pequeña, el pequeño Yōkai se había mostrado demasiado triste por la niña, que si bien siempre dijo que era insoportable, muy dentro de sí mismo sabía que eso era una terrible mentira. Jaken le había tenido un gran aprecio a aquella humana y cuándo se enteró de su muerte perdió fuerza y murió en un invierno.
Sesshōmaru enterró a Jaken junto al castillo del Oeste, ese castillo que había servido con gran fidelidad y devoción. Ese castillo que, no solo tenía recuerdos de todos los habitantes, sino también de todos los sirvientes y generales que alguna vez pisaron ese lugar.
Siguió caminando sin rumbo fijo, pero teniendo en cuenta de que sería imposible que se perdiera en un lugar así, por más cambiado que estuviera Japón, nunca iba a ser lo suficientemente grande como para que alguien como él se perdiera.
Ni como las personas que eran como él.
Escuchó las risas de unos niños a lo lejos, seguida por otra más grave de un adulto, hubiera seguido su camino pero decidió ir a ver quiénes eran aquellas personas. Se encontró con lo que parecía una familia y un señor que se parecía demasiado a aquel que había sido su padre.
¿Sería la reencarnación de su padre?
—Muchas gracias por venir personalmente señor Inu —escuchó a la dueña de la casa mencionar—. Ojalá tuviera como pagárselo…
—No es necesario —acaró y acarició la cabeza de aquel niño—. Cuídense, nos vemos luego.
—¡Hasta luego! —Exclamaron ambos infantes.
Inu les dio la espalda y empezó a caminar, Sesshōmaru lo siguió de lejos, tratando de no perderé la vista y de no hacer tan obvio el hecho de que lo estaba siguiendo. El pelinegro avanzaba entre las calles observando el paisaje y esporádicamente una sonrisa aparecía en su rostro al ver a los niños jugar o al ser saludado por alguien.
—Sesshōmaru —mencionó una voz familiar, una que no creyó volver a escuchar en mucho tiempo.
Volteó y se topó con un anciano, quién le sonreía abiertamente.
—Totosai
—Tiempo sin verte —comentó él—. Nunca imagine que seguirías aquí —su vista se dirigió hacía el hombre que anteriormente Taishō seguía, formuló una sonrisa triste en su rostro—. Veo que lo encontraste… pero él no recuerda nada.
Sesshōmaru se le quedó mirando, sin creer en sus palabras.
—Me presenté ante él unos meses atrás —explicó—, le llamé por su nombre y le pregunté si no me recordaba. Respondió que no y posiblemente lo estaba confundiendo, entonces simulé sacar unos lentes de mi pantalón y supuestamente me los puse —rió—, le pedí perdón y me retiré.
—Busco a InuYasha —explicó—, y a Rin.
—Mucha suerte —le deseó—. Pero… ¿qué harás al encontrarlos? Ellos tienen una vida diferente ahora. Tu padre o el que era tu padre ahora mismo tiene una vida diferente, una en dónde tú no eres su hijo.
Sesshōmaru no mostró expresión alguna, pero escuchó sus palabras con atención casi impropia de él.
—Los pocos que hemos sobrevivido haciéndonos pasar por humanos hemos tenido que ver a nuestros seres queridos y…—en su rostro se formó una sonrisa triste—…renunciar a ellos.
»Supe que encontraste a la jovencita que viajaba con tu hermano, Kagome si no mal recuerdo.
—Has estado observando.
—He estado cuidando —corrigió—. Esa jovencita podría ser tu nuevo comienzo —agregó tiempo después.
El peliplata frunció el ceño al darse cuenta de que le había perdido la pista a su padre y, en un lugar como ese, con tantos aromas distintos y sobre todo fuertes, sería muy tardado volverlo a encontrar.
Totosai suspiró, no importaba cuándo tiempo pasaba, Sesshōmaru nunca cambiaría.
—Dos calles más derecho y una a la izquierda —indicó—, ahí Inu tiene una cafetería. Si tienes suerte tal vez te contrate… —bromeó—… y encuentres a tu hermano.
—Medio hermano —corrigió.
—Ya no tendrás que preocuparte por eso —sonrió—, ya no es tu hermano.
—Lo has visto.
Totosai le dio la espalda a Sesshōmaru y empezó a caminar hacia el otro lado, estaba a una distancia considerable, pero teniendo en cuenta que él lo escucharía perfectamente bien.
—No planeo arruinarles su búsqueda.
Y se marchó.
Sesshōmaru dedujo entonces que algo había pasado con Totosai como para que mantuviera con él una explicación sería de esa manera y más por no prestarle ayuda. Tal vez era completamente cierto que tanto tiempo escondiéndose puede llegar a cambiar a cualquiera, pero detrás de eso había algo más.
Miró al frente y empezó a andar por las calles que anteriormente el anciano le había mencionado y tal como indicó, se detuvo en una cafetería que se veía a gran distancia que apenas era nueva, no quiso entrar al local, pero sentía que debía hacerlo.
Más porque recordó las palabras de Totosai.
Sin pensarlo demasiado, decidió entrar.
Eran las cuatro de la tarde cuándo Kagome despertó y se dio cuenta de que había dormido más de lo que había planeado, se levantó rápidamente y empezó a ordenar lo poco que estaba desordenado, también empezó a hacerse de comer para ella e hizo un poco de más por si acaso Sesshōmaru quería comer.
Hace unos días logró convencerlo de simular comer comida humana con ella; además de que sería terriblemente arriesgado que alguien lo viera comiendo carne cruda de animales por el bosque. Capaz y lo consideraban un completo demente y de un manicomio Kagome no sería capaz de sacarlo, ni aunque quisiera.
Él a duras penas aceptó, igual que aceptó ya no llamarla más humana, sino simple y sencillamente: Kagome. Eso había costado más de tres horas de práctica hasta que él mencionó su nombre con tanta naturalidad y tantas veces que prefirió quedarse en silencio durante horas.
Kagome no quería presionarlo, sabía lo difícil que era adaptarse a una época completamente distinta —ella lo había pasado en el Sengoku— pero también sabía lo importante que eso era para engañar a las personas y encontrar a Rin y a InuYasha.
La chica tenía la leve sospecha de que pronto lo lograrían, algo en su interior le decía que solamente tendría que poner un poco más de empeño y buscar en otros lugares que todavía no habían frecuentado.
Recordó también que había estado examinando todos los expedientes de los pacientes que llegaban al hospital con la esperanza de encontrar a alguien que se pareciera a Rin, pero no encontró absolutamente nada.
La idea de que ella no estuviera en Japón llego a su mente, pero enseguida la desechó.
Rin tenía que estar en algún lugar de Japón.
Dieron las seis de la tarde y Sesshōmaru no había llegado, por lo que se puso a terminar los deberes que le hacían falta y se distrajo en eso hasta que se dio cuenta de que eran las siete y media y el peliplata no volvía.
No estaba preocupada por lo que podría pasarle, puesto que Sesshōmaru era un Yōkai y era mucho más resistente que un humano como ella, pero no dejaba de sentirse preocupada porque no volvía. Él nunca había desaparecido durante mucho tiempo, siempre volvía al instante o antes de que ella se levantaba, como si pudiera saber cuánto tiempo ella iba a dormir y así no se quedaba ella mucho tiempo sola.
Se quedó en la sala observando el televisor sin mucho interés, solo contaba los programas que pasaban uno tras de otro y se daba una vaga idea de cuánto tiempo estaba tardando Sesshōmaru, no quería ver el reloj porque se impacientaría aún más.
Fueron largas horas hasta que escuchó la puerta abrirse y la figura de Sesshōmaru hizo acto de presencia.
Se relajó y se dio cuenta de que Sesshōmaru portaba un uniforme de trabajo en una cafetería en especial, una que ella conocía muy bien. Se quedó observándolo durante varios minutos incapaz de formular una respuesta coherente que dudaba fuera contestada.
Pero él no dijo absolutamente nada, se sentó en el sillón, al lado de Kagome quién se apartó solo un poco para no molestarlo.
—¿Trabajarás en una cafetería? —Soltó finalmente.
Él asintió.
—¿Es una estrategia para encontrar a Rin?
Sesshōmaru se quedó durante varios minutos en silencio, Kagome por primera vez en mucho tiempo sintió ese silencio incómodo, era un silencio raro en él… y se preocupó.
—Encontré a mi padre.
—¿Y te reconoció?
A la mente de Sesshōmaru volvió el recuerdo de la vez que estuvo frente a frente con la reencarnación de su padre, él le había sonreído como lo hacía antes y le había preguntado si deseaba trabajar con ellos. Estuvieron varios minutos platicando, minutos en los que Sesshōmaru tuvo que dar algunos datos falsos —que realmente no eran tan falsos según los papeles que había conseguido con los que anteriormente eran sus aliados—, minutos en los que Inu no tuvo ni siquiera idea de que estaba hablando con su hijo.
«Hemos tenido que ver a nuestros seres queridos y… renunciar a ellos»
Ahora por fin entendía las palabras de Totosai.
—No.
Kagome volteó a ver a Sesshōmaru, quería ver la expresión en su rostro, pero el cabello de él se lo impedía. Ella sospechó que debería de sentirse mal; no había visto a su padre desde hace mucho tiempo atrás y ahora que lo volvía a encontrar no lo reconocía.
Se acercó poco a poco y cuándo estuvo a una corta distancia lo abrazó un poco, no fue un gran contacto y Sesshōmaru no correspondió el abrazo, ni siquiera mencionó palabra. Pero comprobó que aquella humana era cálida.
—Ella te recordará —le dijo y ella misma trató de creerse esas palabras.
Porque no había nada que les garantizará que InuYasha y Rin los recordarían.
Había hace mucho tiempo una joven llamada inspiración, quién se casó con el joven tiempo. Pero ellos dos eran una pareja demasiado disfuncional, nunca lograban coincidir. Cuándo lo hicieron, tuvieron una hija llamada: impuntualidad.
Impuntualidad se apoderó del cuerpo de la autora de éste fic. (¿?)
Antes que saquen las antorchas, déjenme decirles que estuve enferma y que estaba demasiado cansada. Pero después de dormir 13 horas xD estoy lo suficientemente alegre y en mis casillas como para traerles 3 fics de diferentes fandoms.
Ahora, no sé qué decirles, quiero hacer los capítulos alegres y todo pero xD sale esto, creo que sufrirán conmigo un poco. ¡Pero habrá felicidad!
Agradezco muchísimos sus comentarios y ver que han estado siguiendo el fic, por sus lindos reviews. ¡Especialmente los anónimos!
Disculpen si hay OoC u. u y si quieren lincharme adelante (¿?) o regañarme adelante. También recuerden que cualquier sugerencia es bien recibida. Las adoro con todo mi corazón. Gracias por todo, Saludines.
Capítulo 4, otoño.
Sesshōmaru la miró y se dijo que aquella era la sacerdotisa que había conocido primero a su hermano. Pero al lado de ella estaba… ¿InuYasha?
—InuYasha… —dijo Kagome.
El joven de ojos azules volteó. —¿Te conozco?
