Capítulo 3.

Disculpa

Gravemente acalorado por el fulgor del Sol de las 14:00 de la tarde y varado, hace una gran suma de minutos, dentro de una de las rutas más transitadas de la ciudad, me encontré yo instantes después de tomar mi motocicleta y abandonar el instituto una vez que las clases finalizaron. El abarrotamiento de vehículos en la zona en que me encuentro se efectúa, sin excepciones, todos los mediodías de cada día de la semana, por lo que situaciones como estas son ampliamente habituales en cada uno de los recorridos que ejecuto para retornar a mi casa.

Afortunadamente, una vez que me disponga junto al semáforo de la esquina, viraré mi rumbo por la curva izquierda y tal exasperante situación habrá de ser un inconveniente que me aguarde en los días posteriores.

Recorro el exiguo espacio que la circulación del tráfico me ha dejado disponible; con satisfacción, contemplo el semáforo ubicado a una corta distancia de mi motocicleta. Carezco de prisa para llegar a la vivienda en que resido, pero el enérgico fulgor del Sol se encuentra impactando contra la parte alta de mi cabeza y abrasando mi cuero cabelludo; a su vez, la chaqueta que traigo puesta abriga innecesariamente mi pecho y provoca que mis axilas suden como si estuviera dentro de una rotisería.

La monótona estructura del asfalto ubicado bajo mi cuerpo pierde interés para mis ojos, por lo que giro mi rostro en dirección a la vereda de mi lado izquierdo y contemplo al surtido de siluetas que transitan por tal sector. Las propiedades de una figura conocida acuden a mi retina y obtienen que mis pensamientos y acciones se vuelquen en sólo esa persona: Sakura Haruno recorre el camino dispuesto junto a mi costado, su rostro no revela sentimiento en específico y la forma de caminar que emplea sigue siendo exactamente la misma de aquel día en que la conocí; y sin embargo, tal cualidad suya, anteriormente descrita como algo repelente para mis propios gustos, no altera la impresión que poseo de ella ahora ni me es desagradable en absoluto.

Nuevamente, avanzo un pequeño espacio de la autopista y dispongo mi próxima acción en mi compañera de curso. —¡Eu, Sakura Haruno! —exclamo, con el fin de que la citada repare en mi asistencia dentro de aquella ruta.

Sakura reduce la celeridad de su caminata y voltea el rostro hacia donde me encuentro ubicado. Esboza una bonita y amigable sonrisa al advertir mi presencia y suspende su trayecto por completo. —Oh, Sasuke Uchiha, qué agradable coincidencia encontrarte por aquí. Pareces estar asándote con este Sol, tendrías que haberte quitado la chaqueta. ¿Por qué no llevas puesto el casco, por cierto?

—Mi moto no venía con casco en donde la compré. Y no lo necesito, de todas formas. ¿Vas a alguna parte?

—Por supuesto que lo necesitas, pero no te daré una lección sobre ese tema en plena calle. Y respondiendo a tu pregunta: sí, me dirijo hacia mi casa, como cualquier estudiante normal después de que las clases finalizan.

—¡Otra agradable coincidencia! Yo también me dirijo hacia mi casa, ¿quieres que te lleve?

—Supongo que sabes que estamos hablando de casas diferentes. Si es así, debo creer que me estás invitando a tu casa, lo cual debo rechazar por el momento.

—Ese por el momento es algo bueno. Pero ya sabes a lo que realmente me refiero.

—Me harías un gran favor si lo expresaras en palabras más claras.

—¿Querrías subirte a mi moto y permitirme que te lleve a dónde vives? Listo, ¿así te gusta?

—Bueno, en tal caso, tendré que confesarte una cosa, o tal vez dos: nunca me he subido a una moto y, por consecuente, les tengo miedo. Y si mis padres me ven contigo, subida en tu bestia de dos ruedas, no será para ellos una agradable situación que puedan recordar con alegría. No, será algo muy diferente, definitivamente —en el lapso de tiempo en que nuestra conversación fue prolongada, ambos llegamos hasta el semáforo de la esquina y doblamos la dirección de nuestro trayecto por la ruta izquierda.

—¿Me estás diciendo que nunca, ni por curiosidad, te subiste a una moto? ¿Y qué mierda tienen que ver tus padres? Mándalos al carajo.

—Nunca, nunca. Y no lo digas como si fuera un fenómeno, hay muchas personas como yo que prefieren los coches.

—¿Cómo puedes decir esas mierdas si nunca haz estado en una moto para decidir cual te gusta más? —interrogo. Giro reiteradamente el acelerador, el motor brama estruendosamente y la llanta trasera derrapa contra el pavimento. Finalmente, obtengo el resultado buscado con tal acción en el instante en que adquiero la atención de Sakura. —Dale, nena, no te pongas agria. Eres muy simpática cuando no sacas las garritas.

El cuerpo de Sakura se estremece de pies a cabeza cuando mi diálogo es consumado, presa de sentimientos incomprendidos por mi persona. —Correcto, me llamaste nena. Bien… no sé cómo sentirme con respecto a eso, es extraño y me confunde demasiado. Y me comparaste con un gato por negarme, en todo mi derecho, a subirme en la moto de un completo extraño. ¿Sabes? Estás siendo bastante repulsivo en este momento.

Aquellas palabras ensombrecieron mi buen ánimo, debilitaron la natural perseverancia que diariamente presento en mi carácter, ocasionaron que mi mente fraguara un diferente rumbo en mis acciones, y comprendiera, por completo, que Sakura no necesita de mi ayuda. Dispuesto a marcharme, le dedico unos últimos segundos para despedirme brevemente: —Bueno… chau, entonces. Perdón si te molesté, no fue mi intención, en serio. Mañana te invito algo en la escuela para que andemos bien de vuelta.

—No, espera —sentimientos transparentes brotan en cada tramo de su fisonomía; suspendiendo mi interés en cada porción de su rostro, contemplándole como si fuera la primera ocasión en la que tengo el placer de hacerlo, soy capaz de palpar con mis pupilas el tropel de sentimientos contradictorios que irrumpen en su corazón. —Discúlpame, no quería herir tus sentimientos.

Encojo mis hombros y oculto mi cuello en las solapas de la chaqueta. —No heriste mis sentimientos, comprendí perfectamente tu reacción.

—No, no. Por favor, no seas amable. Fui realmente una arpía contigo. Y tú sólo querías ayudarme… lo siento. No tienes que invitarme nada —una risita, más melancólica que animada, es liberada por sus labios. —De hecho, tendría que ser al revés.

—Me conformaría con que, si aún puedes cambiar de opinión, me dejes darte una vuelta con mi moto.

—No de nuevo, Sasuke. Te lo dije, me dan miedo. Son tan rápidas y ruidosas, ¡y ni siquiera tienes un casco para prestarme!

—Justamente por ese motivo. No quiero que tengas miedo, eso es un jodido dolor de huevos. ¿Viviste pensando que esa porquería es normal? Pues no, no lo es. Tener miedos y no esforzarte por superarlos es como... qué sé yo, perder a un ser querido e intentar no pensar en su existencia, porque eso te pone triste. Pero sigue estando ahí, ¿entiendes? Tus miedos y la muerte de ese ser querido siguen existiendo. No es como si fueran a desaparecer si los ocultas debajo de la alfombra —contesto. —Perdón, me pongo muy salado con estas cosas. Y con lo del casco, tendrás que perdonarme por ahora, prometo conseguir uno en cuanto pueda. Pero hoy no tengas miedo, no chocaré ni andaré muy rápido teniéndote conmigo.

—No, está bien, supongo que esa... metáfora fue bastante conmovedora. Pero no, me niego rotundamente a subirme a esa cosa. No seas pesado, hazme el favor. Sabes, me pregunto: ¿eres así de porfiado con todo el mundo, o el asunto es sólo conmigo?

—Puedo ser porfiado como el infierno cuando la situación vale la pena.

—Bien, supongo que nos encontramos en una de esas situaciones —una extensa sonrisa florece en sus labios, asemejándose al brote de un lirio desplegando sus pétalos en el nacimiento de un nuevo amanecer. Su figura comparece al costado del sector en el que estoy estacionado y las pupilas de sus ojos permanecen inalterablemente sujetas sobre las mías. —¡Cielos! Seguro crees que soy patética por temerle a una moto. Muy linda, por cierto, el color azul definitivamente es lo tuyo.

—No creí que fueras patética ni por un segundo —respondo mientras sacudo la cabeza en señal de negación. —Sólo creo que tienes miedo de todo, y eso sí que es patético.

—Te equivocas. No soy una condenada miedosa. Soy diferente a ti, eso es todo —acota Sakura. Su rostro exhibe un brusco cambio en la condición de su temperamento, y mis labios, al presentar tal transformación en sus facciones, contienen la liberación de una retahíla de carcajadas involuntarias. —Pero ¿sabes qué? Siento que, tal vez, hay probabilidades de que no seamos del todo diferentes. E igualmente, siento que hay momentos en los que uno tiene que cambiar de perspectiva.

—¡Diablos, al fin! Pon tu culo en el asiento de una maldita vez.

Los pies de Sakura descienden de la vereda en la cual se hallaba ubicada y la palma de su mano izquierda se dispone sobre el asiento de mi motocicleta, palpando con la punta de sus dedos la cuerina que lo reviste. —Bien, estoy en eso, ¿sí? Confío en que te portarás civilizadamente cuando estés conduciendo y no nos mandarás al hospital. Correcto, ahí vamos —impulsa su cuerpo con ambos brazos, y tras elaborar un puñado de maniobras extrañas y cambiar insistentemente la postura de su cuerpo, logra acomodarse en la parte trasera de mi motocicleta. —¿Cómo demonios me dejé convencer por ti?

—Igual de fácil que en la anterior ocasión —giro mi rostro hasta que nuestras miradas se descubren. Le sonrío y procedo a pedir la ubicación de su residencia; una vez adquiero dicho dato, reúno nuevamente mi vista con la carretera que hemos de atravesar y enciendo el motor de mi vehículo.

Finalmente, nuestro circuito por las rutas de la ciudad adquiere su comienzo. Con las coordenadas transmitidas por Sakura establecidas en mis pensamientos, lidero el rumbo de mi motocicleta por diferentes números de autopistas. Al ser un emigrante experto, conozco el barrio en el que Sakura reside y soy capaz de rememorarlo vagamente: no es una zona comprendida totalmente por mí, y aún desconociendo si esta próxima suposición es correcta, puedo pensar que conozco dicho lugar tras haber atravesado sus calles para dirigirme a un barrio adyacente. La zona no es cercana, por lo que llego a considerar que Sakura se encontraba caminando hacia la parada del colectivo en el instante en que nos encontramos.

Cavilando en cuestiones relacionadas con mi compañera de instituto, consigo involuntariamente que mis pensamientos se concentren en ella. Tras el amplio muro que conforma mi espalda, logro sentir el ligero contacto de su figura con la mía. Sus brazos, con la acendrada piel de su complexión revestida por las mangas de un suéter negro, abrazan los costados de mi torso y enlazan sus manos en la zona de mi estómago, aferrándose a mi cuerpo como si tal acción le ofreciera apoyo y seguridad a su conciencia. Sabiendo cómo afecta en ella la situación en la que nos hallamos, cercioro frecuentemente que la velocidad en la que conduzco sea adecuada.

Suspendo el movimiento de mi motocicleta frente a un semáforo en rojo. Dedico tal exiguo momento para intercambiar unas cuantas palabras con Sakura, entre ellas, una interrogación sobre cómo se encuentra.

—Estoy perfectamente. Aún no tengo miedo, ¿no es curioso? Siempre creí que le tenía miedo a estas cosas. Es una experiencia muy interesante —su mano derecha asciende hasta la altura de su mentón y procede a retirar un par de cabellos distribuidos por la zona de sus facciones. Dos salpicones de color rosado en sus mejillas destacan entre la piel inmaculada de su rostro, y una reciente sonrisa embellece la percepción de la cual me encuentro siendo espectador. Habré de admitir que es preciosa, perfecta y hermosa en demasía; sin embargo, a su vez, admito que no es la conformación de su rostro y su físico lo que más me atrae de ella. Es sino su carácter, la natural personalidad que ella posee y todo aquello que forma parte de su espíritu; ente imperceptible para nuestros ojos y, en su lugar, ampliamente apreciable para nuestros corazones.

Asiento con la cabeza y retorno la dirección de mi vista en el frente de la carretera. Varados frente al semáforo sólo se ubican mi vehículo, un coche detrás nuestro y otra motocicleta en mi lado derecho. El artefacto que suspendía nuestra marcha vuelve a cambiar de color, por lo que procedemos a reanudar nuestro recorrido.

La velocidad de mi motocicleta continúa manteniendo el ritmo prudente del cual hacía uso anteriormente; y los brazos de Sakura estrechan, ahora, el talle de mi cintura con una blandura reciente, un frágil contacto de roces suaves del cual me encuentro disfrutando ingenuamente.

La motocicleta amarilla emergente de mi lado derecho toma distancia del punto en el que me ubico, se retira un puñado de metros y me demanda, indirectamente, que incremente la presteza de mi desplazamiento y adquiera ventaja en la delantera del camino. Tal planteamiento acude a mi mente como un eventual entretenimiento, por lo que no le asigno mucha importancia y procedo a cumplir dicho propósito.

Giro el acelerador reiteradamente y avanzo con premura hacia la meta decretada, y tras un conciso momento, consumo mi cometido y me hallo limitando con el vehículo de aquel extraño. Amplío la velocidad y obtengo terreno en la ruta; el hombre que conduce aquella motocicleta parece reparar en mis intenciones, puesto que emula mi proceder y se arrima unos cuantos metros al sector en el que conduzco. Tras esto, nos dedicamos a conducir a un ritmo elevado, aprovechando la desocupación de la carretera y la prolongada longitud de esta —y, por tal factor, la carencia de esquinas y semáforos—. Sakura, la cual advirtió mis intenciones desde el principio, reanudó sus anteriores temores y comenzó a golpear mi hombro derecho con uno de sus puños, mientras exclamaba frases inaudibles y ceñía su brazo restante en el costado de mi torso.

El vehículo de aquel extraño prolongó la carrera por, aproximadamente, medio kilómetro, y finalmente dobló en una esquina ubicada a mi derecha. En el momento en que aquello finalizó, mi motocicleta se encontraba un par de metros por delante; por lo que, en una nueva circunstancia, la adrenalina del momento y la ausencia de cobardía en mí cuando me encuentro en la carretera, me proporcionaron la victoria en otra de las tantas carreras que he jugado desde que conduzco.

Avanzo, en esta ocasión, con la velocidad apropiada para que Sakura vuelva a sentirse estable; su temperamento retorna a su estado regular y el insistente ajetreo de su cuerpo se encuentra menguado en casi su totalidad. Aún sabiendo que la celeridad de las motocicletas es una de las razones por las que rehúye a dicho vehículo, soy incapaz de sentir culpa por mi acción previa, puesto que, de algún modo, siento que sus temores son estúpidos y debe de abandonarlos en algún momento.

Tras acceder al barrio de Sakura y recorrer las cuadras imprescindibles, estaciono mi motocicleta delante del domicilio que ella me indica y procedo a descender del vehículo. Sakura imita mi acción y dispone su figura frente a mis ojos: su cabellera se presenta totalmente alborotada, un vivo tinte de color escarlata es exhibido sobre la albugínea piel que recubre su fisonomía, mientras que el temple de sus facciones se encuentra compuesto por una expresión arisca y disgustada. Un profundo enfado es generosamente advertible en toda su persona y, aún sin hallarme convencido por completo, creo saber a qué se debe tal súbita transformación en su carácter.

Sakura eleva ambos brazos y coge, entre sus manos, las riendas de su mochila. Acomoda el elemento nombrado sobre sus hombros y adopta un diferente trayecto. Al contemplarla recorriendo el lado izquierdo de la vereda en que nos encontramos, logro deducir que la casa vecina —y en la cual su trayectoria tiene como punto fijo— es el lugar en el que ella reside.

Avanzo hacia el sector en el que Sakura se ubica y coloco el hueco de mi palma derecha por encima de su hombro. Ella voltea su rostro y nuestros ojos componen contacto. —¿Qué pasa? —interroga inmediatamente.

—Es que… —medito sobre una respuesta a la pregunta establecida. —¿No vas a decirme nada?

—No tengo nada que decirte —la conexión de nuestras pupilas y el toque de mi piel sobre su hombro continúan perdurando tras dicha afirmación. Un liviano suspiro atraviesa los labios de Sakura y, tras esto, se dispone a continuar hablando: —Gracias. ¿Estás contento con eso?

Comprendiendo que la reciente situación en la que nos vimos comprometidos fue la causante del abatimiento de su humor, me inclino por no responder a su pregunta y permitirle marcharse. Retiro mi mano de la curva de su hombro y rompo el contacto de nuestras miradas. Sakura voltea hacia adelante, prosigue su caminata y accede al patio de su vivienda, privando finalmente a mis ojos de poder contemplar cualquier parte de su anatomía.

Dirijo mis pasos hacia donde se encuentra estacionada mi motocicleta, me acomodo en el asiento y medito brevemente sobre el sitio en el que haré mi próxima parada. Sin mucho esfuerzo, logro hallar, entre mis pensamientos, un lugar apropiado en el cual invertir las horas venideras: se trata de un estrecho y animado bar, ubicado cerca de mi instituto y del que me encuentro más familiarizado que con el acomodado barrio que se figura en mi entorno.

Vuelvo a encender el motor de mi vehículo y procedo a marchar por la autopista con presteza. Al transitar frente a la vivienda de Sakura, soy incapaz de evitar que el rumbo de mis cavilaciones no haga un vínculo con ella: pensando en que, tal vez, he logrado ofenderla con mi comportamiento, acojo la idea de que mañana todo habrá de ser distinto y podremos seguir contactándonos para pasar un buen rato entre nosotros.


Aquella mañana no me fue posible hallar un motivo para no asistir al instituto. Desperté en un horario inauditamente temprano; el lóbrego de la noche instalado en los cielos y filtrándose por mi ventana fue testimonio de tal afirmación. Me coloqué las prendas que encontré a mi alcance —una camiseta color gris, pantalones holgados y de color verde oliva, zapatillas deportivas y mi recurrente chaqueta de cuero—, ingerí los alimentos suficientes para desechar el apetito de mi cuerpo y procedí a marchar, acomodado en mi motocicleta, hacia una nueva jornada dentro del instituto.

Sin embargo, las sensaciones que abrumaron mi conciencia en aquel instante fueron completamente distintas de las anteriores. Mis reflexiones matutinas, diariamente extraviadas en proyectos superfluos concebidos por mis ansias de evadir las clases, fueron enmendadas por un reciente contento instaurado en mi temperamento. Un júbilo de orígenes desconocidos y matices agradables, que tuvo como ocupación manifestar dentro de mí el anhelo de cambiar momentáneamente de atmósfera.

Y, en instantes presentes, establecido en el suelo del pasillo de la preparatoria, dichos sentimientos continúan desplazándose libremente dentro de mi sistema. Mientras ocupo estos momentos de inactividad en aguardar la llegada de mis amigos al establecimiento, mi mente se encuentra lucubrando en pensamientos de importancia pasajera, los cuales habrán de ser descartados en cuanto adquiera temas más interesantes en los que concentrarme.

Adoso mi torso en la pared del pasillo y enderezo ligeramente mis piernas. A través de la ventana situada al costado derecho de mi ubicación, soy capaz de apreciar las lozanas tonalidades del Sol dispersándose desde un punto lejano en el horizonte. Frente a mi cuerpo, la prolongada llanura del pasillo es recorrida por una moderada cantidad de estudiantes; y el salón principal, sector frecuentemente establecido como punto de agrupación en el horario de entrada, alberga dentro de su territorio a un exiguo conjunto de profesores, trabajadores del establecimiento y alumnos recientemente presentados en el umbral de acceso.

Un par de piernas de complexión menuda, enfundadas con la tela de un pantalón pescador de color gris y dos zapatillas con abrojo, suspenden su circulación frente al costado izquierdo de mi cuerpo. Elevo la postura de mi rostro y revelo la identidad de la persona que acaba de abordarme: Sakura Haruno.

—Hola —saludo, mientras le ofrezco una sonrisa. Evocando en mi memoria las secuencias de las que ambos fuésemos intérpretes el día pasado, procedo a incorporar una interrogación: —¿Todo bien?

Las rodillas de Sakura Haruno se flexionan y su torso desciende hasta adecuarse a la altura de mi cuerpo. Nuestros rostros se descubren, en esta oportunidad, con escasos centímetros de apartamiento y poseyendo la aptitud de contemplarse plenamente.

—Hola —responde Sakura. Sus pupilas declinan en dirección a las baldosas del pequeño espacio en el que nos encontramos ubicados. —Qué temprano viniste hoy, eso no es normal, ¿todo bien contigo?

—Sí, es que… bueno, realmente no importa —musito con neutralidad. —Sólo será por hoy. Ya sabes, no quiero que los profesores se acostumbren.

—Sí, por supuesto —una débil sonrisa es concebida por sus labios. Su rostro asciende hasta donde se ubica el mío y nuestros ojos instauran un nuevo encuentro. —Estoy bien, gracias por preguntar. Hoy hace un tiempo hermoso, como en la mayoría de los días de Verano. El viento es fresco y el Sol cálido… me encanta esta estación, viajaría constantemente a diferentes países con tal de estar siempre en Verano. ¿A ti te gusta?

—Ni ahí, detesto el Verano. Me joden muchísimo el calor y los días tan largos. Yo soy de Invierno u Otoño, pero concuerdo en que hoy está lindo el tiempo —respondo. La percepción de mis pupilas, hallándose afianzada en el rostro de Sakura, desconfía de la respuesta que ella habría de proporcionar a mi anterior pregunta, por lo que me dispongo a continuar hablando. —Cuando te pregunté si estaba todo bien, era por lo de ayer. ¿Fue para tanto?

—Sé a lo que te referías. Y no te mentí en ningún momento, todo está bien —acota Sakura. —Ayer cometiste una estupidez, realmente me sentí muy furiosa por culpa tuya. Me juré a mí misma que no volvería a hablarte, Sasuke.

—¿Y qué pasó, entonces? —cuestiono, procurando que las facciones de mi semblante no desvelen el interés que su diálogo suscita en mis sentidos.

—Esta mañana, cuando desperté, ya no te odiaba. Qué fácil, ¿no crees? —una ligera carcajada es efectuada tras la consumación de sus palabras. Frágiles vestigios de una sonrisa se exhiben en la comisura de mis labios; repentinamente, las palabras de Sakura saturan mis pensamientos y suspenden el transcurso de mis futuras acciones. —Pero… me pincha bastante que estés sonriendo. ¿Puedes no hacerlo? Vamos, ponte serio.

—Espera, baja un cambio. ¿Qué mierda te hice ahora?

—Sonríes como si sólo estuvieras hablando con una jodida histérica. Yo no soy la del problema.

Encojo mis hombros y deposito mis pupilas en un punto apartado del costado en el que se ubica mi interlocutora. Un exorbitante deseo de continuar hablándole y darle la razón sobre el dictamen relacionado con su histeria irrumpe dentro de mis pensamientos; sin embargo, consigo reservar dichos impulsos y templar la irritación que las palabras de Sakura habrían desencadenado.

—No fue para tanto, al contrario, fue una maldita estupidez —nuevas palabras suyas acuden a mis oídos, respondiendo con ellas a mi anterior cuestionamiento. Permanezco en sigilo, por lo que el diálogo de Sakura procede a ser ampliado: —Y me divertí bastante, me gustó que me llevaras en tu bestia de color azul. Es rápida como el infierno y me daba mucho miedo, pero estuvo bien —una suave risita nace en el interior de su garganta y es liberada por sus labios.

Presa de una intriga incontenible, viro discretamente la orientación de mi mirada y contemplo el rostro de Sakura. Las matices joviales afirmadas en su semblante, que mis ojos habrían de presenciar recientemente, han sufrido una súbita alteración: ahora, su rostro expone una rigidez inalterable en cada porción. —No habría sido nada, Sasuke, pero llegué muy tarde a casa y mis padres me retaron. No es normal, ¿sabes? Yo nunca llego tarde, es un tipo de norma establecida desde que tengo memoria. Además, la vecina de al frente de mi casa nos vio llegar, es cuestión de tiempo para que esa vieja se lo cuente a mi madre. Tú tampoco eres el del problema —el hueco de su mano derecha se establece en mi hombro izquierdo, depositando suaves palmadas por encima del cuero de mi chaqueta. Tras un breve intervalo, retira su mano y se pone de pie. Sus ojos se aseguran en los míos y las comisuras de sus labios se arquean en una sonrisa. —Bueno, nos despedimos por ahora. Está por tocar el timbre, de todos modos. Así que… allá nos vemos, Sasuke.

Despojándome de la oportunidad de responder a su despedida, Sakura marcha por el lado izquierdo de la zona en que me encuentro, y el gentío que ocupa las angostas porciones del pasillo priva a mis ojos de continuar contemplando su figura en los segundos en que sus pasos se prolongan.

Tomo mi celular del bolsillo derecho de mi chaqueta y enciendo la pantalla. Cuatro mayúsculos dígitos situados en un costado del móvil me advierten que son las 07:45 y en exiguos minutos habré de acceder al salón de clases, por lo que me propongo a emplear estos momentos previos en utilizar dicho aparato. Abro WhatsApp y procedo a contestar los mensajes nuevos que me han enviado; en su mayoría, de amigos y amigas de otros institutos u otros barrios. Después de consumar esta tarea, bloqueo nuevamente el celular y lo deposito en mi bolsillo.

—Hola, hermano —Naruto es el primero de mis amigos en acudir a donde estoy. Su torso se reclina ligeramente para lograr obtener una mejor perspectiva de mi rostro. Contemplo sus facciones, oscurecidas parcialmente por la sombra que proyecta la visera de su gorra, y consigo percatarme de un agudo demacramiento asentado en cada parte de su constitución.

—Hola —respondo. Me pongo de pie y estrechamos nuestras manos. —¿Todo bien? Estás hecho mierda.

—Sí, ya sé. Anoche fui al cumpleaños de una prima mía y me quedé madrugando. No iba a venir a clases, ni tendría que haberlo hecho, ya estoy queriendo volverme —una áspera carcajada es producida por sus labios tras finalizar su explicación. —Estoy re mal de la garganta y se me parte la cabeza. Vayamos al baño, Kiba esta allá; el estuvo conmigo en el cumpleaños y nos vinimos juntos para acá.

—Sí, los otros ya deben estar en el salón también.

Nos desplazamos a través del costado izquierdo del pasillo y, tras abarcar la totalidad de dicho sector, finalmente comparecemos frente a nuestro destino fijado. Abrimos la puerta del baño y procedemos a acceder por el umbral de entrada.

Inmediatamente, nuestros ojos se contactan con la persona que ocasionaría nuestro traslado hacia aquel punto. Kiba se encuentra acomodado sobre el lavamanos de piedra de mármol; la zona trasera de su torso descansa sobre el espejo ubicado a sus espaldas y un cigarrillo oscila entre los dedos de su mano derecha. Al advertir nuestra presencia, abandona su zona de reposo y se aproxima al lugar en el que estamos detenidos.

—Hola, Sasuke —Kiba coloca el filtro del cigarro entre sus labios y me saluda brevemente con su derecha. —¿Viste a los otros? Creí que ya estaban con ustedes.

Encojo mis hombros, otorgándole escasa importancia a su interrogatoria. —Deben andar por ahí, ya los vamos a ver en el salón. ¿Vamos? Apaga el cigarrillo, ya te enganchó una portera el otro día.

—Recién lo prendo, hombre. Dale, no hay ningún drama. ¿Quieres una pitada?

—No, no. Yo espero al recreo, tampoco soy tan bobo para ponérsela tan fácil a los profesores —contesto. Oriento mis pisadas hacia el lavamanos y adoso la parte inferior de mi espalda en los extremos de dicho elemento. —¿Cómo la pasaron anoche? ¿Algo bueno, además de tenerse el uno al otro?

—¿Algo bueno? No tienes idea. Estuvo buenísimo todo, tendrías que haber estado ahí —responde Naruto. —Cuando dices que vas al cumpleaños de tu prima, tía, abuela, ¡cualquier pariente! Siempre te imaginas que va a ser el bajón del año; pero no, la fiesta se re puso y la pasamos bien. Pasamos, no sólo yo me divertí. Kiba estaba eufórico, fuera de sí, ni lo reconocía. Y también se re pasó, el muy hijo de puta: Cuéntale, Kiba, lo que querías hacerle a mi prima en la parte de atrás de la casa.

—Bah, fue una pavada. ¿Viste cómo armas un tornado en un vaso de agua?

—Es una tormenta en un vaso de agua, idiota.

—Bueno, esa mierda —los ojos de Kiba se retiran del rostro de Naruto y afianzan su nuevo punto de percepción en el mío. —No fue nada. Me gustó bastante la prima de Naruto; se llama Samantha, una rubiecita hermosa, se partía sola de lo buena que estaba. Me la llevé a la parte de atrás, nos besamos un rato, le dije un montón de cosas que a las chicas les gusta oír, y después vino este bastardo y tuvimos que separarnos.

—No sé, te fuiste un poco a la mierda igual, ¿no? —mis labios se contraen en una extensa sonrisa socarrona. —Ya que estabas, ¿le pediste el número?

—Sí, obvio. Ya la tengo agendada en WhatsApp, después te muestro cómo es con la foto que tiene puesta. Tus ojos se van a acaramelar cuando veas al bomboncito que me comí, ¡y no te pienso compartir su número!

—Váyanse al carajo los dos. ¿Tú también, Sasuke? ¿Quieres que te pase algún número de una pariente mía? Mi tía Marcia tiene cuarenta y uno, pero le gustan los pibitos como tú.

—No, sabes que no. Puedes tener a la jodida Miss del país como pariente y seguiría importándome una mierda todo el asunto —determinando la dirección de mis próximas palabras en Kiba, me dispongo a pronunciarlas: —A ti te también te falla un poco la cabeza, ¿no? Tienes que estar de última para querer ligarte a la prima de Naruto. Por lo menos, intenta tratarla mejor que a las otras.

—Cielos, Sasuke, ¿hoy estás empeñado en hacer de vigilante? No le haré nada que ella no quiera. ¡Vamos! Todo el barrio ha pasado por ella y yo seré uno del montón, Naruto se queja porque le gusta andar quejándose —sus dedos trasladan el cigarrillo que se encuentra consumiendo hasta la comisura de sus labios. Tras darle una calada, el producto es totalmente consumido y procede a apagarlo con la suela de su zapatilla. —La trataré bien, de todas formas. Te enviaré fotos de ella a menudo para que veas que no la golpeo. Hasta soy capaz de bajarle la Luna, voy a ser buenito con ella.

—Qué imbécil eres, Kiba. Si vas a ser su novio, ya sabes lo que espero de ti —contesta Naruto. Su semblante expone un reciente enfado, compuesto por el diálogo anteriormente enunciado por Kiba. —Sé cómo es Samantha, es media loquita y anda con el primero que se le cruza, pero intenta ser un poco menos hijo de puta con ella.

—Claro que sí, Naruto. Ni siquiera tendrías que pedirlo, ¡eres mi amigo, diablos! Nunca te cagaría de esa forma —responde Kiba. —Pero… ya que estamos con el tema de las primas: Sasuke, ¿tú no te coges a una de las primas de Naruto?

—¿De dónde sacaste esa mierda?

—De su cabeza, como todas las estupideces que dice a cada rato —contesta Naruto a mi interrogativa, en lugar de Kiba. —Es que él cree que Karin es mi prima porque tenemos el mismo apellido. ¿Dónde viste que yo tenga una pariente con pelo rojo? Todos mis familiares son rubios o de pelo castaño claro, nada que ver. Ella no es mi prima, ni siquiera nos hablamos cuando la veo en los recreos.

—Cierto, ya me acordé. Me estaba pareciendo raro que a mí me estés haciendo un escándalo por lo de Samantha y a Sasuke no le dijeras nada. Bueno, ¿y Karin es tu novia, Sasuke?

—No, ni ahí. Ella es mi mejor amiga y tenemos sexo cuando hay ganas, pero ninguno de los dos quiere una relación seria.

Tras finalizar mi diálogo, logro advertir que los ojos de Naruto examinan insistentemente mis facciones. Sus párpados se encuentran entreabiertos y la franja divisora de sus labios alberga una pequeña abertura. —¿Alguna vez tuviste novia, Sasuke? Digo, me puse a pensar y no recuerdo que nos hayas presentado a alguna. Capaz me estoy saltando algo, seguro que sí tuviste alguna novia, ¿cuál fue la última?

—Tenía quince la última vez que tuve novia, fue hace rato y es normal que no te acuerdes. Ino Yamanaka fue la última, a estas alturas ni recuerdo por qué cortamos.

—¡Es verdad! —exclama Naruto. —¡Me acuerdo! Te veías muy contento cuando te pusiste de novio con Ino, y ella también se veía muy feliz. Siempre andaban de acá para allá juntos, incluso nos dejabas de lado para llevártela atrás del instituto. Igual, duraron muy poco, vaya uno a saber qué pasó entre ustedes.

Brevemente, me consagro a cavilar sobre el motivo por el que Ino y yo habríamos de separarnos. Sin embargo, tras aceptar que la contestación de mis dudas no irá a presentarse en mi memoria, musito lo siguiente: —Realmente no lo recuerdo, ¿quién lo diría? Esas cosas vuelan tan rápido, son tan insignificantes —después de acontecer un breve instante, las remanentes de efímeras memorias se presentan en mis pensamientos, concediéndome una vaga idea del motivo por el que ambos habríamos de cortar nuestra relación. —Pensándolo un poco más, creo que el motivo de nuestra ruptura estuvo relacionado con el padre de Ino. ¡Ah, recuerdo a ese pedazo de mierda! Era tan irritante.

—¡Como buen suegro, hombre! Por cierto, no me acordaba que saliste con Ino —menciona Kiba, manifestando en su semblante una sorpresa semejante a la de Naruto. —Fue hace bastante, me parece raro que no te hayas puesto de novio desde ese entonces. ¿Cómo era ella? Yo no trato con Ino, pero siempre me pareció una chica muy agradable y divertida; re hermosa, además. ¿Cómo lo hacía? Anda, cuéntale a tus buenos amigotes.

—¿Cómo lo hacía?... bueno, ella llevaba bien nuestra relación, supongo. Siempre fue muy buena onda, y lo sigue siendo todavía. A veces hablamos por WhatsApp o me la encuentro en algunos boliches, es muy buena persona.

—Bien, creo que Kiba no se refería a eso —comenta Naruto.

—Sí, cualquier cosa lo que respondiste —afirma Kiba mientras libera una sucesión de ligeras risitas.

El suave rumor de la campana resonando desde el salón se presenta en mis oídos, indicándome que los minutos de ocio disponibles han concluido y el momento de acceder al salón de clases ha llegado. Recojo mi mochila, la cual, minutos previos, habría de colocar encima del lavamanos, me la coloco nuevamente y dispongo el rumbo de mis pupilas en mis dos compañeros.

Kiba palmea sus manos, nos sonríe a ambos y profiere —con muy buen ánimo— la siguiente oración: —¡A entrar al salón, muchachos!


Bueno... ahora se sabe que Sasuke tuvo una relación con Ino, hace dos años atrás. Esto, aunque en el capítulo no lo parezca, va a ser algo muy importante en los capítulos futuros. Ino va a jugar un papel relevante en la historia, ¿cuál creen que sea?

Ahora sí, me despido. No sin antes agradecerle a las personas que dejaron un review en esta historia, la guardaron en Favoritos y la están siguiendo. Me animaron un montón, en serio, son fantásticas•os. Igualmente con Ángel de Fuego, lo aprecio un montón.

Bueno, espero que estos dos capítulos les hayan gustado y entretenido. Nos vemos en un mes más, ¡abrazos y besos para todas y todos!