¡Gracias a Nekolandia, Ruko Megpoid, nihon-lover3 y Sakuraba Kamii por los reviews, Story follower o Favorite story!

Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL.


"La Vaselina…" Maarten buscaba en el botiquín el frasco de vaselina que compró el día anterior, cuando regresaba a la floristería. Recordaba haberlo dejado en la orilla del lavamanos, junto a su cepillo de dientes. Pero no estaba allí. No estaba en ningún punto del baño. Ni siquiera detrás del inodoro, dentro de la tina de baño, bajo la alfombra, escondido entre la multitud de frascos de los estantes, entre medio de las toallas… nada. El frasco desapareció. Y no lo dejaría de buscar, el frasquito resultó caro, así que no dejaría botar euros al papelero así como así.

Amarro la toalla a su cadera y fue a la pieza de su hermano. Él era el único que podía haber cogido el frasco de vaselina, quizás como una broma. Si resultó así, le colgaría de la ropa interior y lo dejaría colgado del mástil del Ayuntamiento. Y sería el verdadero holandés volador*.

Jaja

Entró sin hacer ruido a la habitación de Laurent. Se notaba que era del chico, con tanta pomposidad en el aire y con las cosas muy bien alineadas unas con otras. La manía de su hermano por el orden no cabía límites.

No estaba en el closet, escondido tras los abrigos. Ni debajo de la cama, entre motitas de polvo y viejas cajas de zapatos. Tampoco detrás de las cortinas.

El único lugar que faltaba era el cuarto de baño. Tocó antes la puerta, que estaba cerrada. Una vocecilla contestó desde adentro.

-¿Maarten, eres tú?

"Quién más será" –repitió él mentalmente- Sus padres no están en casa, así que era Maarten o un ladrón. Cual era la mejor alternativa, no lo sabía.

-Asumiendo que eres tú, Maarten, ¿qué necesitas?

-Mi Vaselina, ¿La has tomado tú? Dime la verdad y no pasará nada, lo prometo.

Laurent no se fiaba para nada de lo dicho por su hermano. Ni un pelo. Se apresuró en aplicarse el tónico facial y arreglarse su cabello, y quitó el seguro a la puerta. Cuando vio a su hermano mojado, solo cubierto por la toalla en la cadera, sus mejillas se tiñeron de rojo y exigió a su hermano ponerse ropas decentes. Maarten le respondió si conocía el paradero de la vaselina. Sin ella, él no se movía de la casa, ni siquiera al umbral de la entrada. Laurent se dio por vencido; su hermano seguiría en paños menores si no le daba la vaselina y decidió prescindir de su broma, que salió como el culo.

-Está detrás del perro gigante, el del listón rojo.

Maarten, sin dudarlo, movió al muñeco de lugar y se encontró con su frasco de vaselina, intacto. Incluso aún tenía su envoltorio. Laurent puso el seguro a la puerta, y se preguntó si cabía su delgado cuerpo por el conducto de ventilación, en caso de escape apresurado.

-Laurent, sabes bien lo que esto significa, ¿no? –señaló Maarten en un tono calmado, pero que a Laurent le hizo dar un escalofrío.

-Fue sin querer.

-Pero, ¿sabes que puedo colgarte en el estandarte del ayuntamiento, no? –Dios, Maarten daba miedo cuando hablaba calmadamente, pronunciando lentamente cada sílaba.

-Me cabreé.

-Lo noté.

-Tendré un castigo, supongo. –Suspiró Laurent, apesadumbrado.

Siempre las bromas que le hacía a su hermano resultaban como el culo. Pero habría apostado para ver el rostro de su hermano desconcertado por no encontrar su estúpida vaselina. Oh, eso hubiera sido digno de mención.

-Si tú quieres. Ya tengo lo que necesito.

-No, estoy bien sin tus escarmientos. Solo vete y deja cerrada la puerta. Y deja de andar en paños menores en la casa, por favor.

-Es mi casa.

-Pero también es la mía y no dejaré que andes semidesnudo por la vida.

Maarten replicó la respuesta del muchacho, sin embargo, Laurent no le respondió. Contento porque ya tenía lo que deseaba, fue de nuevo a su cuarto de baño para vestirse y aplicarse la vaselina.

Usaba vaselina desde los trece o catorce años. Al principio no sabía medir la cantidad exacta de ella para deducir si quedara muy elevado, o algo flácido, pero el uso dio paso a la experiencia y ahora se aplicaba la cantidad justa y necesaria. Antes de echarse el líquido viscoso en el pelo, se dedicó a mirarlo sin vaselina. Era liso, tan fino como el de Laurent, más rubio y paliducho. Con los mechones en su frente, se veía algo más desordenado. Hasta más guapo, según su opinión. Un día debería de no aplicarse vaselina. Pero no el día de hoy.


Maarten llegó a las 9:58 AM a la floristería. Con una puntualidad milimétrica se hallaba Lieve, esperando pacientemente a por Maarten. Hoy usaba una jardinera azul, con botitas café y un sombrero de paja. Aparte de la canasta, portaba una mochila roja, que colgaba en la espalda. Y la canastilla llevaba algo felpudo.

-¡Buenos días, Maarten! –La niña, al ver al muchacho, fue a su encuentro. Sostenía con mucho cuidado la canastilla.

-Hola. ¿Qué llevas ahí? –Maarten estacionó su bicicleta en el porche y puso su cadena correspondiente.

-Te has fijado, entonces. Mamá debió volar hoy y Katyusha no estaba disponible, así que Pim no podía quedarse solo en casa… ¡Te prometo que no hará desorden! Es un conejo muy bien enseñado.

-¿Co-conejo? –Maarten quedó en shock por la verborrea de la belga.

-Sí, debí traer a Pim porque si no, se quedaría solo en casa y eso sería peligroso. Pero si no se puede, volveré mañana sola y…

La cara de Lieve era un poema, había que decirlo. Debías de ser más duro que el mismo diamante si no te daba, al menos algo de tristeza, los ojos de Lieve. Chica lista. Usaba la vieja táctica de ser una monada para inspirar sentimientos de ternura. Laurent fue un experto en eso. Funcionaba en todos menos en Maarten, que le daba sus buenos coscorrones para que regresara a la realidad. Pero no podía hacer eso a Lieve, así que, por más que evitó la vista de la niña, debió ceder.

-Vale. Pero caga en un lugar que no sea el periódico, mordisquea las flores o ocurre cualquier cosa extraordinaria, y a la casa.

-Entendido. Además, no te preocupes por su limpieza y alimentación, yo cuidaré de eso.

-Me parece.

Pim, el conejo, era moteado. Blanco con manchas café, se notaba que tenía su buena cantidad de años y era un animalillo felpudo y bastante grande. Sin embargo, Lieve no tenía ni idea que el animal preferido de Maarten era justamente (y por qué no, curiosamente) los conejos. Cierto que él jamás lo comentaba, pero adoraba esas bolitas de pelo.

Maarten miró a las puntas de sus zapatos, para no ver a Pim que empezó a moverse dentro de la canastilla.

-Ha despertado. ¿Quieres sostenerlo? –Los ojazos verdosos de Lieve, suplicantes, escudriñaron el rostro de Maarten. Este miró al animal, que a su vez, le observaba con atención.

Maarten asintió. Cogió con cuidado a Pim. Lieve le entregó suavemente a su mascota. Esta no dio señales de repulsión hacia Maarten; es más, en cuanto Maarten le cogió y le acariciaba entre las orejas, se apegó a él. El semblante de Maarten era uno completamente relajado. Así se veía muy, muy lindo. Lieve se sonrojó al ver a Maarten; desde que conoció al holandés hace dos días, siempre estaba malhumorado, especialmente cuando Antonio estaba en los alrededores. Pero así, era divino.

-Yo creo que deberíamos entrar, Liève. Es hora de trabajar. Puedes dejar a Pim en el trastero.

Maarten notó que Lieve estaba absorta en algún lugar del universo. La llamó por su nombre, pero la niña seguía inserta en su imaginación. Finalmente, Maarten le movió el brazo con poca delicadez y Lieve despertó de su estado casi catatónico.

-¿Eh?

-Hay que entrar. Sujeta a… eh… ¿Pim? Para que abra la reja.

-Oh, vale, me concentré demasiado en nada.

-No me digas.

El humor de Maarten en acción.

Lieve recibió a Pim, que se acurrucó en los brazos de su dueña, mientras Maarten corría las puertas e invitaba a la chica a pasar adentro.


De tanto en tanto, Lieve hacía un alto en su labor, para vigilar a Pim. Este, al parecer, era un conejo bastante flojo, y después de olisquear el trastero, se dedicó a descansar en su cama improvisada. Lieve le trajo pellets gourmet; ahorró todo el mes para comprarle una bolsa pequeñísima. Al lado de los pellets, dejó un cuenco con agua y algunos ¿juguetes? del conejo.

Las ventas en la floristería iban viento en popa. Todo indicaba que ese día sería fructífero en cantidad de ventas. Qué agradable. Maarten pensó que, cómo cerraría antes la floristería para ir a la piscina de Mathias, las ventas serían más bajas de lo usual. Al contrario, se dispararon. Cada vez que la caja registradora se abría, el 'clink' de esta era música para los oídos de Maarten. Obviamente, un pequeño porcentaje de lo ganado iba para él, pero era lo suficiente para lo que necesitaba. Además, con sus padres habían concordado que, en caso de hacer horas extra, las ganancias de ese período de tiempo eran exclusivamente de él. No hacía horas extra todo el tiempo, pero intentaba dosificarlas de tanto en tanto en su agenda.

-Lieve, hoy cerraré la floristería a las cinco. –Maarten avisó de repente.

-¿Ah? ¿Tan temprano? –La niña preguntó sorprendida.

-Un amigo me invitó a su casa, así que cerraré antes. Mañana haré horas extra para recompensar, así que abriré media hora antes.

-Vale. Pero llega temprano, eh, nada de atrasos.

Maarten gruñó; Lieve sabía cómo tomarle el pelo. Ella rió, pero casi de inmediato bajó el tono de su voz recordando las reglas que el muchacho había establecido para continuar su estadía en la Floristería.

-¿Estás a cargo de una niñera, Lieve? –Maarten preguntó. Como se iba antes, Lieve no se quedaría hasta la hora correspondida.

-Sí. Una chica de un instituto me cuida cuando mamá anda en un avión. Es azafata.

-¿Viaja a menudo?

-Durante temporada alta, sí. Cuando era más niña, casi no pasaba en casa, pero ahora prefirió tomar vuelos más cortos para estar conmigo. Aprovecha ahora que todos se van de vacaciones y agarran un avión para tener fondos extra.

-Ya veo. –Por lo visto, la belga no tenía hermanos.

-¿Iniciarás la escuela al término de las vacaciones?

-Sí. Qué lata, ¿no? Me gustaría que siempre fuese verano… los deberes son un rollo.

-Cuando seas mayor, agradecerás esa época en que los deberes no eran más que potencias y fracciones. –Maarten advirtió a la chica.

Suele pasar que cuando eres más grande y analizas las obligaciones que tenías cuando eras un niño, te das cuenta que en realidad no eran nada o muy poca cosa. Lieve, cuando tuviera 17, daría lo que fuera para volver a sus 12, según Maarten. Aunque 17 también tenían su lado positivo.

-Maarten ¿Qué quieres estudiar tú? Cuando termines el instituto, claro.

-Botánica. O si no hay nada más, entrenamiento físico. –Las respuestas de Maarten eran precisas y concisas; no dejaban lugar a la duda. Lieve quedó en silencio, sin saber qué más preguntar.

Maarten ordenaba 20 tulipanes rojos en una fuente. Junto con los tulipanes, le acompañaban hortensias, hipericum, molluccellas e hilos de oro. La niña jugaba con un lápiz. Se le ocurrió otra pregunta.

-Maarten, ¿Qué significan los tulipanes rojos?

-Hm… creo que eran amor perfecto, si mal no recuerdo. También son tomados como una declaración de amor.

-¿Amor perfecto? Qué cursi… -la belga apoyó uno de sus dedos índice en su mejilla izquierda. ¿Por qué es así?

-El significado viene de una leyenda turca. Un príncipe estaba muy enamorado de una doncella. Cuando esta murió y le avisaron de esta noticia, no pudo soportar el pésame y se suicidó lanzándose con su caballo por un desfiladero.

-¡Que horrible! –Lieve tapó su boca con su mano, algo horrorizada por la acción precipitada del príncipe. Dejó a Maarten continuar, al notar que interrumpió su narración.

-Se dice que de cada gota de sangre derramada por el príncipe, brotó un tulipán rojo, por eso se ha tomado el tulipán rojo como una forma del amor idealizado.

-Qué curioso que una flor tan bonita pueda tener una historia tan triste. Aunque la doncella y el príncipe lograron reunirse en el cielo, ¿no?

-No sé. La leyenda no es cristiana y la historia la oí de hace mucho tiempo atrás.

-Pero puf… -Lieve sopló su flequillo. Esperaba que después de tan entristecedor relato, al menos la pareja disfrutó de estar juntos en el más allá, si es que existía alguno.

-Es lo que hay. –Maarten dijo desganadamente. La verdad es que sí era bastante triste la leyenda, pero, se supone que es una leyenda, y por lo tanto, muchas de los relatos fueron adaptados de otros y la historia tergiversando.

Lieve no quiso continuar la conversación. Se dedicó a terminar de leer la revista que le había facilitado Maarten, acerca del cuidado de las flores en apartamentos y lugares pequeños. De ahí sacaría buenas notas para poner en práctica lo aprendido en el apartamento.


Tocó el horario de recreo y Maarten cerró la floristería. Lieve y él fueron al mismo banco de la plaza que ocuparon el día anterior; poca gente circulaba por allí y Pim podía andar a sus anchas sin temor a que un perro le cogiera por sorpresa. Pim recorrió un rato la hierba verde, para tomar un rato de sol echado en los pies de su dueña. Lieve esta vez no preparó sándwiches, hizo ensalada de verduras con atún en conserva, no podía hacer el lujo de traer comida que requiriese calentarse, o gastar dinero en un restaurante. De todas formas, también trajo ración para Maarten.

-¿Está rico? –Lo único industrial es el atún, todo el resto son de la feria orgánica.

-Se nota que es orgánica por el sabor. Las del supermercado saben a mierda*.

-Jaja, tienes razón.

-La mejor forma para saber si una manzana es transgénica es ver si tiene gusanos dentro. Los insectos tienden a huir de los vegetales y frutas transgénicos y una fruta con químicos no es su hogar ideal.

-¡Qué miedo! Igual es algo asqueroso encontrarse con un gusano mientras comes… -Lieve hizo una mueca de asco mientras cogía su tenedor para atajar una pieza de lechuga que se le escapaba.

-Yo prefiero eso antes de comer verduras con químicos. –Maarten zanjó la discusión.

-Mamá es de la misma opinión. Ella siempre me cuenta que no le gusta mucho la comida que ofrecen en los aviones. La he probado y es algo sosa. Por eso es mejor la cocina casera, especialmente la que cocina ella.

Era notorio que Lieve y su mamá se llevaban muy bien. Una relación muy armónica.

-Todo se hace rápido. Las cosas se hacen rápido, se viaja rápido, se vive rápido. No hay nada que siga su verdadero ritmo. –Maarten sacó de su chaqueta una cajetilla de cigarros.

-¿Fumas? No tenía idea. –Lieve miró curiosa a la cajetilla. No esperaba que Maarten, que pareciera que mantenía una fachada de vida sana, fumara.

-Solo para liberar tensión. No es siempre. Aunque estoy intentando dejarlo. ¿Te molesta? –Maarten apostaba que la niña diría que sí.

Para su sorpresa, resultó que no.

-Hazlo si quieres. Puedo decirte que no, pero es decisión tuya, supongo. –Lieve cogió un pedazo de atún y se lo echó a la boca.

Maarten sacó su encendedor y prendió el cigarrillo. Por fortuna, el humo iba dirigido en dirección contraria a la de la niña. Suspiró y dejó que la nicotina hiciera su trabajo. Qué irónico, siempre hacía ejercicio, comía sano, no bebía, dormía sus horas y, sin embargo, fumaba. Cosa que hacía muchísimo daño.

-¿Tus papás saben que fumas? –Lieve preguntó.

-Les da lo mismo.

-¿No conversas mucho con ellos?

-Cuando es necesario. –Maarten aspiró un poco del aire que surgía de la colilla.

-¿Y con alguien más?

-Tengo un hermano que tiene tu edad. Es un llorón, pero es buena persona.

El tono de voz de Maarten no dejó lugar a dudas; no quería continuar la conversación, al menos de ese tema. Lieve pensó que Maarten debía de sentirse muy solo. Le dio un poco de lástima. Ni siquiera podría acompañarlo en la escuela, tanto la primaria como la preparatoria eran edificios independientes y se encontraban muy alejados uno del otro. A su mamá no la podía ver a menudo, pero aprovechaba todos los ratos libres que tenía con ella.

-¿Maarten? ¿Puedo… eh… preguntarte algo?

Maarten, que fluía en sus ensoñaciones, miró, algo turbado a la niña. Asintió. 'La forma en que cambia su humor' pensó la niña. Hace un instante estaba de lo más bien conversando y ahora parecía andar por los suelos. Pero desde que lo conoció, hace apenas unos días, quedó con esa consulta en el aire.

-¿Todas esas chicas que vienen a la floristería a dejarte regalos… te gustan?

Maarten tosió; aspiró el humo demasiado rápido. De no haber ocurrido eso, se habría reído a carcajadas ¿Él, enamorado? No señor, para nada.

-No Lieve, no me gustan. –Dijo en tono serio, aunque se notaba que se ahorraba la risa.

-¿Y si no te gustan, por qué no les dices nada?

-Lo hago y no pasa nada. Así que dejo que se aburran solas.

Lieve frunció el ceño, no estaba de acuerdo con la actitud de Maarten frente a aquella situación. Le parecía que no era el trato adecuado.

-Eso es muy feo. Por lo menos deberías tratarlas con más cuidado.

-Yo les he dicho de todas las formas que no busco nada serio. Si ellas ponen atención o no es cosa de ellas. Ahí no puedo hacer nada. –Maarten espiró y una bocanada de humo salió de sus labios- Así que me da lo mismo.

-¿Te da lo mismo que hieras sus sentimientos? –Lieve estaba enfurruñándose en nimiedades, Maarten lo notó. Pero este deseaba dejar en claro su punto de vista, así que continuó tensando la conversación.

-También considera que yo no andaré con nadie que me hostigue de la forma en que ellas lo hacen. Ni compartiré mi tiempo con alguien así.

-Deberías hacer el intento. –Lieve apretó los labios, irritada. Dio el último bocado de su ensalada y guardó el frasco en su mochila.

-Haré lo que me plazca en este tema. No intrusees más. –Con lo anterior, Maarten dio por finalizada la plática.

Al cabo de un rato, en silencio, Lieve comenzó a guardar los restos del almuerzo. Maarten apagó el cigarro en un cenicero cercano y la niña le entregó a Pim a Maarten para que lo cargara. Aún estaba molesta, pero se dio cuenta que Maarten tenía un punto a favor. Por más que a ella le pareciera incorrecto el trato del muchacho, ella solo podía ser una mera espectadora de lo acontecido. Y nada más que eso.


Aquella hora de trabajo fue más bien administrativo. Se vendieron ramos, incluso un bonsái carísimo, pero Maarten se dedicó a revisar el inventario y encargar distintos tipos de flores y enseres. Lieve chequeaba con una lista las cosas que debían comprar y las que no, además aprovechando para preguntar los cuidados de cada vegetal. Al principio, la tensión flotaba en el aire, pero de a poco, fue aliviándose esta. Pim vigilaba a su dueña y al amigo de esta desde su canastilla, cerca del mostrador. Maarten decidió ponerlo allí después de constatar que el ambiente en el trastero era demasiado caluroso. Ya pudo comprobar que el animal era un holgazán. Diez minutos antes del cierre, Maarten comenzó a entrar los letreros y algunos ramos mostrados en el exterior, al igual de regar por última vez las plantas y ponerlas a buen resguardo. Lieve ayudó con eficiencia dichas tareas.

-Perdón por ser tan metida.-Lieve dijo de repente, quebrantando el silencio del interior.

-No importa. De todas formas, tú no sabías.

-Pero igual no era mi intención presionarte. –Lieve no sostenía la vista a Maarten. Estaba avergonzada.

-Lieve. Ya te dije que no importa. Si continuas, me enojaré en serio. –Y era verdad, a Maarten ya pasó su enojo. Con sinceridad, el tema le importaba tan poco que ni siquiera valía sulfurarse por él. Solo la belga lo tomó como algo personal.

-¿Disculpas aceptadas?

-Tómalo como desees.

-Vale. –Lieve sonrió. No quería quedar con esa espina rondando por su cabeza todo el día, así que se sentía feliz de que sus disculpas fueran aceptadas.

-¿Mañana será horario normal?

Maarten asintió, por lo que la belga tomó como un sí.

-Mañana Pim quedará en casa, no te preocupes por eso.

-Puede venir. Tú te ocupas de él, eso sí.

-¿Pero no es incómodo para ti? Yo no debería darte más molestias de las que ya te he dado…

-No eres molestia. Si lo fueras, ya te habría echado. –Maarten respondió quedamente. Lieve podría ser muchas cosas, pero su presencia no resultaba incómoda para él. Ya no. Era agradable que alguien estuviera interesado en su trabajo, era animante.

Los ojos de Lieve brillaron como joyas. Sonrió ante el comentario del neerlandés y continuó trabajando, silbando una canción. Terminaron el trabajo justo a tiempo. Lieve limpió los desechos del conejo junto con el cuenco con agua y guardó los pellets en un frasco. Dejó todo en orden, como si el conejo no hubiese estado nunca en la floristería.

-Así que nos vemos acá mañana media hora antes, ¿no?

-Exactamente.

-Esto… ¿puedo llevarme la revista que me diste antes? Quiero mostrársela a mamá.

-Llévatela. Ese tomo lo tengo en casa.

-Gracias Maarten. Ojalá que disfrutes tu salida.

-Cuidado al devolverte a casa. Nada de hablar con extraños.

Maarten empezaba a sentirse responsable por Lieve. Sí, antes le daba un bledo lo que pensaba la belga, pero ya comenzaba a ser rutina conversar con ella. Dejó salir a la niña primero, después bajó las cortinas y cerró con el candado. Pim se asomaba por su canasta, oliendo a su alrededor.

-También cuídate tú, Maarten. Nada de hablar con extraños. Si no, ¿Quién me seguirá explicando sobre las flores? –Lieve dijo como despedida.

Y lo único que pudo hacer Maarten fue sonreír.

-o-


Notas

*El Holandés Volador: Hago referencia a Epke Zonderland, gimnasta neerlandés ganador de la medalla de oro en la barra horizontal. Su apodo es el holandés volador.

*Menciono que muchas de las frutas y verduras que normalmente se hallan en los supermercados son de origen transgénico. Es increíble como se tratan a las semillas con químicos para que, por ejemplo, no estén tan expuestos a plagas. Muchos de esos químicos quedan almacenados dentro del organismo y a la larga, pueden afectar su funcionamiento. Sin considerar que suelen vender la misma variedad de producto una y otra vez, abandonando los cultivos de otros vegetales. Por eso, prueben alimentos no transgénicos (que poseen la dicha validación de no ser tratados genéticamente), el sabor es magnífico y no se le compara a las transgénicas. Mera opinión personal.