Nuevo mundo


Día 8 del año 3 d.Z. (22 de marzo de 2006)

Le encantaba ducharse, eran sus dos minutos favoritos de la semana y no los cambiaría por nada. Dos minutos durante los cuáles podía sentir el agua recorrer su piel limpiando la suciedad acumulada por siete días y haciéndola olvidar el mundo exterior al que llevaba tres años enfrentándose. Todo había sido imposible a sus ojos los primeros días, pero ahora era su realidad. Una realidad que incluía zombis, duchas semanales de dos minutos, zombis, raciones pequeñas de comida, zombis, patrullaje a pueblos vecinos que se estaban quedando sin provisiones que pudieran llevarse, zombis… ¡ah! y aquello que había sido el verdadero "apocalipsis mágico": la desaparición de la magia.

Bip, bip, bip…

El cronómetro sonó avisando que sus dos minutos correspondientes en la regadera habían terminado. Cerró la llave de inmediato y, exprimiendo su cabello, sacó la mano para tomar la toalla roja que estaba en el perchero. Ya que había cerrado llave podría tomarse todo el tiempo del mundo para secarse, pero su pelirroja amiga seguro estaba fuera esperando su turno.

Se secó rápidamente, agradeciendo el haber tomado esa toalla de aquella tienda durante el último viaje por suministros pues no hubiese soportado usar una vez más la vieja toalla blanca que tenía desde hace años. Medio secó su cabello y después de envolverse en la toalla roja, salió del baño para encontrarse, como bien supuso, con su amiga.

— ¡Al fin! —exclamó la pelirroja de piel porcelanica que la castaña no entendía cómo mantenía si vivían en un mundo postapocaliptico lleno de zombis.

— ¿Tienes una cita o por qué la prisa? —dijo Hermione en respuesta, rodando los ojos.

Ginny Weasley no respondió, Sólo sonrió divertida y entró al baño. Divertida y satisfecha por las palabras de su castaña amiga.

Hermione llevaba dos años viviendo en la Madriguera junto con otras treinta personas y compartiendo habitación (que por suerte tenía baño propio) con Ginny y Luna Lovegood. Pero no fue sino hasta tres meses atrás, durante una noche demasiado mala, cuando habían perdido a varios de sus compañeros sobrevivientes, incluyendo a Dean Thomas que se había unido a la comunidad antes que ella; en que la castaña explotó frustrada gritando que odiaba la vida y al mundo. Ginny no se sorprendió por su reacción, no había sido la única que odió ese día; pero, contrario a la chica fuerte y poco expresiva que era siempre, aquella noche dejó salir todo su sentir. No sólo profesó su odio por la muerte de sus amigos, también a quien quiera que creó su jodido mundo actual, odió su pasado, el no haber encontrado a sus padres, el año que gastó en su búsqueda y del que ella nunca hablaba, odió su futuro, el saber que podía morir al día siguiente sólo para despertar segundos después sin saber quién es. Hermione gritó, pataleó y lloró como no lo había hecho en casi un año, y Ginny no trató de calmarla, al contrario, la animó a seguir desahogándose. Esa noche, Hermione expresó todo lo que pensaba y que se había guardado para sí misma sólo por no querer importunar a los demás con su sufrimiento, y después siguió haciéndolo. Se permitió ser sarcástica a veces, un poco egoísta otras, emotiva unas pocas y gritona otras tantas, se dejó disfrutar cada momento como si fuera el último, pues en ese nuevo mundo era probable que lo fuera, y no dejar nada por decir.

—Mira, Hermione, el fertilizante funciona —la voz de su rubia amiga la devolvió al presente.

Hermione miró hacia donde Luna señalaba. En una mesita cerca de la ventana estaba esa maceta con varias ramitas verdes que la rubia había conseguido semana a atrás, al acercarse pudo ver el pequeño botón en una de las ramitas del medio. Hermione sonrió, nunca había sido muy fanática de las plantas, pero desde que ese infierno comenzó, todo aquello que fuera vida para ella representaba esperanza.

—Sí, ya veo, debiste pedirle ese fertilizante a la señora Weasley desde antes —dijo la castaña, yendo a su cama y comenzado a vestirse sin pena. Después de dos años compartiendo habitación la vergüenza entre ellas había quedado un tanto de lado.

—No podría aunque hubiera querido, fue muy amable de su parte darme un poco como regalo de Año Nuevo —recordó Luna, acariciando la planta con delicadeza.

Claro, los regalos de Año Nuevo, el único día que se permitía excederse un poco en lo que quisieran. Ya no había Navidad, ni Pascua, ni Halloween, pero aún había Año Nuevo. En la Madriguera, cada Año Nuevo, que ahora era algo así como por el 15 o 16 de marzo de la era pasada, uno podía pedir algo extra a lo ya establecido. Luna había pedido fertilizante que la señora Weasley utilizaba en la huerta, Ron había sido bastante predecible al pedir doble ración de comida, Ginny se fue por algo más útil: munición para su arma, Harry pidió chocolate y ella, por extraño que pareciera, había pedido tres minutos más en la ducha. Así fue cómo obtuvo cinco minutos bajo la caída de agua que la hicieron sentirse rejuvenecida treinta años que ni siquiera había vivido. Año nuevo, vida nueva, solían decir.

Estaba terminando de vestirse cuando Ginny salió del baño.

—Ginny, está por florecer, ¡mira! —exclamó Luna.

—Espero que sea una rosa —opinó la pelirroja mirando el pequeño botón.

Hermione rodó los ojos, secando su cabello sentada en su cama.

—Las hojas son de margarita, ya se los dije —dijo la castaña.

Ginny se encogió de hombros y siguió su camino hasta tumbarse en su cama, aún envuelta en su toalla y con su cabello rojo fuego extendido por toda la almohada; a ella le gustaba terminar de secarse así. Luna se levantó de un saltito y, tomando la toalla sobre su cama, se dirigió al baño.

Para cuando dieron las nueve de la mañana, ya todos en la pequeña comunidad se encontraban trabajando. Algunos en la huerta donde cultivaban trigo, cebada, papa, calabaza; además de árboles de manzanas, peras, fresas, uvas, moras y cerezas que la señora Weasley, la profesora Sprout y Neville habían sido capaces de hacer crecer a pesar de la falta de magia. Unos se hacían cargo del ganado vacuno y de ovejas, otros del corral donde criaban algunas aves. También estaban los que trabajaban en la cocina como Fleur, Ernie y Hannah. Los que construían como Bill y Percy, y el señor Lovegood que colaboraba con el diseño de planos. El señor Weasley era quien creaba o reparaba cosas, como la adaptación del drenaje.

Pero Hermione no se dedicaba a ninguna de esas cosas, Hermione era parte de las patrullas. Junto con Harry, Ron, Ginny, George, Seamus, Susan, las gemelas Patil y tres muggles que se habían unido a la comunidad; Hermione, fungiendo como enfermera con ayuda de Luna quien, para sorpresa de varios, tenía una gran habilidad para la curación, salía cada día a mediodía para subirse a una de las dos viejas camionetas que el señor Weasley había logrado reparar, en busca de alimentos, agua, combustible, medicina y todo tipo de suministros que pudieran conseguir. Últimamente los viajes se habían vuelto más largos pues los pueblos cercanos ya estaban vacíos, pero ellos seguían saliendo, no quedaba más.

Aquel día no era la excepción, por lo que al dar las 12:00 p.m. ya todos los de la patrulla estaban montados en las camionetas de carga para partir, con Harry al volante de una y un muggle llamado Owen de la otra. A Hermione le gustaba viajar atrás, sintiendo el aire golpear su rostro, cerrando los ojos y olvidándose de todo por un rato, olvidar era lo que todos querían; le gustaba extender los brazos y sonreír contra el viento, dejando que éste se colará hasta sus huesos y le hiciera dejar de sentir sus brazos y cara entumecidos por el frío, no quería sentir nada más, sólo quería olvidar ese nuevo y feo mundo, olvidar ese pasado del que nunca hablaba con nadie, olvidar, olvidar, olvidar.

Un frenon la hizo casi caerse de la camioneta, sobre el techo, el parabrisas y directo al piso, hubiera sido feo, pero sus reflejos habían mejorado con el tiempo y fue capaz de sostenerse antes de que eso pasara.

— ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ¿Qué demonios? —se escucharon las voces de sus compañeros en la camioneta de atrás pues la de adelante se había detenido sin avisar.

Varios se bajaron de la parte trasera y son las armas listas para atacar avanzaron con cautela hasta adelante. Hermione veía todo desde su lugar arriba de la camioneta, pero aún no se percataba de que los había detenido.

—Lo mejor es que des la vuelta y vuelvas por donde viniste, hacia acá no hay nada para ti —escuchó a Harry decir.

A la castaña no le sorprendía la reacción de su amigo, no después de lo ocurrido semanas atrás. Un par de hombres habían llegado a la Madriguera pidiendo ayuda, como a todos los que llegaban se les dio acceso, comida, agua y un lugar donde dormir; la Madriguera era un refugio y los señores Weasley como buenas personas que eran aceptaban a todo aquel que lo necesitara. Por desgracia, esos hombres eran parte de esa parte de la población que Hermione había tenido la desdicha de conocer antes de llegar a la Madriguera mientras buscaba a sus padres, de hecho conocía a esos dos hombres, pero muy tarde se dio cuenta de quienes eran. Una noche, los hombres decidieron que era hora de irse, trataron de robarse gran parte de sus provisiones, primero fueron por alimento, agua, medicina… y Hermione.

Pero cuando fueron por la castaña su plan se arruinó. Un año había tenido que valerse por sí misma, un año que había permanecido en alerta permanente durmiendo con un cuchillo bajo la almohada. En cuanto sintió que alguien entró a su habitación tratando de no hacer ruido, Hermione abrió los ojos; lentamente deslizó su mano bajo su almohada y cuando uno de los hombres se acercó, ella no dudo en atacar, clavó su cuchillo en la mano del hombre que lo hizo gritar obligando a sus compañeras a despertar. Ginny tenía una nueve milímetros lista para disparar y Luna una flecha en su arco apuntando al hombre.

Esa noche atraparon a los dos hombres, algunos querían darles el peor castigo, pero los señores Weasley intervinieron y los dejaron irse con la advertencia de nunca de volver. Desde entonces no se dejaba entrar a nadie a la comunidad, desde entonces Harry no confiaba en los desconocidos. Hermione estuvo a punto de contarle lo sucedido en ese solitario año al ojiverde pues parecía que al fin había alguien que entendía su miedo por los extraños, pero no lo hizo.

—… es Hermione —la castaña volvió a la realidad cuando escuchó una voz ajena a la de sus compañeros decir su nombre.

Bajó de la camioneta de un salto, con su coleta alta moviéndose de un lado al otro a cada movimiento. Caminó lentamente hacia el frente de la primera camioneta donde Harry, Ron, Ginny y uno de los muggles llamado Patrick se habían reunido, rodeando a una quinta persona que la castaña no alcanzó a ver hasta que estuvo frente a ella. Contuvo la respiración al verlo, era alto, delgado pero fuerte, de ojos negros y cabello castaño oscuro, piel clara pero no demasiada; una sonrisa se formó en los labios de ambos y sin aviso se abalanzaron el uno sobre el otro, uniéndose en un abrazo.

Los demás bajaron sus armas lentamente, al parecer Hermione lo conocía por lo que podía ser de confianza. Permanecieron abrazados varios segundos más, sin decir nada, después se separaron.

—Estás vivo —dijo Hermione, tomándolo de las manos y sin borrar la sonrisa de su rostro—, no puedo creerlo —lo volvió a abrazar.

—Tú también estás viva —dijo el desconocido sin separarse—, pero yo sí puedo creerlo, después de todo —se separó y la miró, puso su mano sobre la mejilla de la castaña— eres nuestra única esperanza.


¨ ° º O º ° ¨


Lo odiaba. Por Merlín, Salazar, Morgana, ¡y hasta por Godric!, que lo odiaba, era insoportable, y si le dieran a elegir entre seguir soportándolo y morir, elegiría morir, pero después recordaba que uno no moría del todo en ese nuevo mundo y de nuevo elegía seguir soportándolo.

— ¡Draco, Draco, Draco! ¡DRACO! —gritaba Blaise moviéndolo con el pie en su quinto intento de hacerlo despertar.

— ¡Está bien! ¡Ya! —exclamó el rubio, levantándose de golpe, aventando a su moreno amigo y cubriéndose la cara con las manos.

Blaise Zabini, moreno, fuerte, de ojos verde limón y cabello negro corto casi hasta el comienzo del cuero cabelludo, se levantó divertido, siempre era lo mismo con Malfoy, pocos lo sabían pero al rubio le gustaba dormir hasta tarde, y no desde que sobrevivían en ese infierno, siempre había sido así.

No debían ser más de las once de la mañana cuando salió al fin de la tienda de campaña. Blaise y Theodore Nott ya estaban sentados frente a la fogata, haciendo el desayuno que consistía en recalentar unos grumosos frijoles con carne que habían encontrado hace unos días en una tienda y sólo tenían que sacarse de la lata para ser comestibles. Draco se sentó frente a ellos, en un tronco viejo que habían encontrado ya ahí, al igual que la fogata. Cuando habían llegado a ese lugar ya no había nadie pero el espacio rodeado de piedras con algo de carbón y madera para encender una fogata decente seguía ahí, obra de un buen samaritano o de alguien que no había logrado volver a su campamento.

Comieron en silencio, directo de la olla, no podían darse el uso de usar platos porque uno: no tenían y dos: no podrían lavarlos a causa de la escasez de agua. Llevaban casi una semana en ese lugar, por lo que era hora de seguir moviéndose, no era seguro quedarse en un sitio por mucho tiempo, tanto por los vivos como por los muertos.

—Bien, en una hora nos vamos —organizó Draco al terminar de comer, los otros dos asintieron y sin decir más los tres se dirigieron a su respectiva casa de campaña para empacar.

Draco se dejó caer en la cobija que estaba en el suelo al entrar. Soltó un largo suspiro y cerró los ojos, quería dormir más. Si antes le gustaba dormir ahora le fascinaba, dejando las pesadillas de lado era su momento favorito del día, no tenía que enfrentarse a esos muertos vivientes que ahora poblaban la tierra, no tenía que soportar a Blaise ni tratar de esconder a todo lo que sentía a cada momento de Theo, ese jodido era demasiado perceptivo a veces, no tenía que estar cuidándose de todos lados por miedo a que alguien lo atacara, no tenía que pensar si confiar o no en las personas con quienes se cruzaban, aunque por lo general no confiaban, no tenía que sobrevivir. Al dormir se desconectaba del mundo y podía ignorar ese mundo en el que ahora vivía, ignoraba sus miedos, sus instintos, su hambre…, su falta de magia.

Abrió los ojos cuando el sueño estuvo a punto de atraerlo a sus brazos de nuevo, se levantó y comenzó a guardar sus cosas en la mochila negra que había conseguido hace ya dos años. Un par de municiones ya estaban dentro, además de un cuchillo de combate, varias latas de comida, dos botellas de agua que recién había llenado dos semanas atrás y seguían completamente llenas, la camisa que usaba el día 1 del año Z que por alguna razón que no entendía seguía llevando consigo, una fotografía del tamaño de su mano bastante maltratada que hasta hace tres años se movía, pero que ahora estaba inmóvil con tres personas posando seriamente en una mansión que había dejado atrás hace años. Y su varita. Espino, 25 centímetros, núcleo de pelo de unicornio. No se había desecho de ella, pero sabía que no era el único, sus amigos igual conservaban las suyas, los tres con la esperanza de recuperar su magia algún día.

Al terminar de empacar todo eso, salió de la tienda y comenzó a desinstalar su tienda, un menos de diez minutos ya estaba guardada en su mochila junto con única cobija que tenía. En menos de una hora los tres ya estaban listos para partir de nuevo a un destino incierto, no sabían a donde iban, no sabían que hacer, sólo sabían que debían seguir moviéndose, matando zombis, sobreviviendo.

Esa era su rutina desde hace casi tres años. Después de que todo se fuera a la mierda. Y no a la mierda con el apocalipsis zombie que asolaba al mundo, tanto muggle como mágico, sino con la desaparición de la magia. Varias familias sangre pura se habían juntado para celebrar el fin del mundo pues ellos lo veían como una purga que limpiaría el planeta de muggles y traidores a la sangre que querrían ayudarlos. Todos estaban felices, estúpidos sangre pura elitistas que aún creían en su superioridad.

Draco había odiado eso, algo dentro de él se retorció al verlo. Quería estar del lado correcto esta vez. Al regresar a la mansión Malfoy se encerró en su habitación sin hablar con sus padres, especialmente con su padre que estaba rebosante de felicidad porque sus amigos sangre pura parecían tan encantados con la purga que habían olvidado la deserción de la familia durante la guerra y los habían aceptado como si nada.

Meses después el "apocalipsis mágico" pasó. La magia se fue. Ahora todos eran simples muggles. El caos se desató en la comunidad mágica que hasta entonces no estaba tan mortificada por los zombies como el mundo muggle. Su padre se suicidó dos días después, sin avisar, sólo dejando una carta que decía que no viviría como un asqueroso y simple muggle. Draco lo llamó cobarde, su madre lo siguió a la muerte. Ambos revivieron minutos después, Draco se paralizó al verlos con esos ojos sin vida que lo miraban como si fuera un pedazo de carne. Sabía que no había magia, tomó una de las espadas medievales que adornaban la pared arriba de la chimenea, la dirigió a sus padres. Parecían sus padres, pero ya no lo eran. Lucius tenía su túnica manchada de la sangre que había brotado de su cuello al abrírselo con un puñal, de los brazos de su madre aun resbalaba la sangre de los cortes que se había hecho. Draco levantó la espada… y la dejó caer contra el frío suelo de mármol negro, para después salir corriendo de la mansión.

Ahí fue donde Blaise y Theo lo encontraron, corriendo en el jardín delantero, alejándose de la mansión. Sus ojos estaban llenos de desesperación y lágrimas que seguro él no sabía había dejado salir. Blaise se quedó con Draco mientras Theodore entraba a la mansión para encontrarse con el por qué su amigo huía. Draco escuchó dos disparos, pero no hizo ni dijo nada al respecto, sabía que sería cruel dejar a sus padres convertidos en esas cosas, el mismo les habría dado misericordia sino fuera tan cobarde.

—No fuiste cobarde, Draco, sólo fuiste humano —le dijo Pansy al día siguiente, cuando se la encontraron en un pequeño hotel muggle en el que varios Slytherin se habían hospedado una noche después de romper las reglas y salir a beber en un lujoso bar muggle.

El golpe en la nuca por parte de Theo lo devolvió al presente.

—Ya dormiste suficiente, Draco, despierta y camina —dijo el ojiazul, colgándose su mochila al hombro y adelantándose en el camino.

Blaise pasó a su lado con una sonrisa de suficiencia que seguía sin entender cómo mantenía en su cara, su mundo era peor que el tártaro, ¿por qué seguía sonriendo?

—Tranquilo, guapo, vengo en son de paz —escucharon una voz frente a ellos.

La sonrisa del moreno se borró y ambos se apresuraron a alcanzar a su amigo. Draco se detuvo al verla. Rubia, de labios rosados y gruesos con una sonrisa de suficiencia que le había atraído años atrás, piel bronceada pero clara y ojos verdes en esa mirada de misterio que le daba una aura de saber siempre que es lo que debe hacer.

—Está bien, Theo, la conozco —dijo Draco.

Nott lo miró con el ceño fruncido, pero bajó su espada lentamente y dio un paso atrás.

—Vaya manera de recibirme, querido —dijo la desconocida, mirando a Draco, bajando sus manos y guardando su arma.

—Bueno, la última vez que te vi estábamos desnudos en una habitación en un hotel en Las Vegas, eres de las últimas personas que creí volvería a ver —respondió Draco, sonriendo de lado y acercándose a ella.

—Debo decir que me sorprende que me recuerdes —dijo la rubia, acercándose también.

— ¿Por qué?

—Porque no pareces ser de los que recuerdan a sus conquistas de una noche.

—Bien, ya está claro que se conocen y de donde, ahora puedes decirnos quien eres y como es que estás aquí, dudo que sea casualidad —dijo Blaise, colocándose entre ambos y mirando a la rubia con desconfianza.

—No, no es casualidad —comenzó la rubia, dando un paso atrás—, estoy aquí porque Malfoy… —miró a Draco a los ojos— es nuestra única esperanza.

León y serpiente, separados pero más juntos de lo que imaginaban, escucharon las palabras al mismo tiempo, y ambos fruncieron el ceño al escucharlas. Nuestra única esperanza… ¿qué demonios significaba eso?


Debo decir que la idea de quitar la magia fue para darle más realismo a la historia, de lo contrario me imagino que los magos encontrarían una manera de sobrevivir, con protecciones mágicas para zombies, suministro de agua con un aguamenti, transporte por aparición, sería muy… fácil.

Otra aclaración, más ortográfica que de otro tipo, a partir de ahora escribiré zombis en lugar de zombies porque uno, mi compu me lo marca como incorrecto, y dos, porque investigue y, en español, el plural es zombis, así que… Pero cuando sea en singular si escribiré zombie.